La crisis de la socialdemocracia

Acabo de terminar la lectura de un librito que hoy presentará en Pamplona su autor, acompañado de Roberto Jiménez, secretario general del PSN-PSOE, y que les recomiendo vivamente: “La crisis de la socialdemocracia: ¿qué crisis?”. El texto es obra de Ignacio Urquizu, profesor de sociología de la Universidad Complutense de Madrid y colaborador de El País y la Cadena Ser.

El autor señala con claridad su objetivo: huir de los dos enfoques más comunes, el historicismo y la visión narrativa y centrarse en uno más analítico, el estudio de los factores que influyen en la transformación ideológica de la izquierda.

La tesis central del libro es la siguiente: el cambio ideológico en los partidos socialistas no es caprichoso, sino que responde a las circunstancias de cada momento, especialmente a los contextos político y económico. Estas circunstancias son de muy diverso signo. Algunas pueden ser cambiadas, caso del diseño de la unión económica y monetaria de la eurozona. Otras resultan más difíciles de mover y constituyen el sino de la izquierda: conforme va consiguiendo sus objetivos, tiene que moderar sus posiciones ideológicas de partida. “Es decir, la socialdemocracia contribuye a modificar la realidad con sus políticas y, cuando lo consigue, tiene que revisar sus propuestas” (Urquizu, 129)

El autor estudia las tres etapas por la que pasa la socialdemocracia: reformismo (finales del XIX hasta la II guerra mundial), remedialismo (de la II guerra mundial a finales de los setenta) y resignación (de comienzos de los ochenta hasta la actualidad)

En cada una de ellas las ideas socialistas han desempeñado un papel distinto. En sus orígenes, la izquierda trató de integrarse en unos sistemas políticos y económicos que inicialmente rechazaba. Cuando comenzó a competir electoralmente y participó en los primeros gobiernos, tuvo que renunciar a parte de sus posiciones ideológicas. Estas circunstancias la dejaron huérfana de ideas.

La crisis del 29 le permitió convertir sus propuestas económicas y sociales en hegemónicas. Desde entonces y hasta los setenta, el keynesianismo fue la estrategia económica dominante e incluso los conservadores aplicaban sus recetas. Durante este periodo, bautizado como la edad de oro de la socialdemocracia, el pleno empleo y la redistribución eran los objetivos a perseguir.

De nuevo, una crisis económica provocó un cambio en la batalla de las ideas. La recesión de los años setenta significó la derrota de la política económica socialdemócrata. Los monetaristas consiguieron abrirse paso en el terreno del pensamiento y otorgaron sustento teórico a muchas de las reformas conservadoras que se emprenderían a partir de entonces. Solo como excepción, se ensayaron políticas económicas diferenciadas de las neoliberales, por ejemplo en España con los gobiernos de Felipe González.

La socialdemocracia ha pasado por tres etapas y en cada una ha defendido ideas fuerza distintas. Por lo tanto, el porqué del cambio ideológico tiene que ver, en gran medida, con las circunstancias descritas anteriormente. ¿Este cambio es sinónimo de crisis? –se pregunta el autor- . Su respuesta es contundente:” no cambiar y no adaptarse a la realidad sí que sería una crisis profunda”.

I., Urquizu, La crisis de la socialdemocracia: ¿qué crisis?, Los libros de la catarata, Madrid, 2012, 158 págs.

Anuncios

Un Calderón prodigioso

El pasado domingo tuve la oportunidad de asistir en el Teatro Gayarre de Pamplona a una sesión de teatro de muchos quilates. Se representaba “La vida es sueño”,  de Calderón de la Barca, por parte de la compañía nacional de teatro clásico dirigida por Helena Pimenta, en versión de Juan Mayorga.

No soy gran aficionado al teatro, pero me pareció una obra memorable por tres razones. La primera, el texto de Calderón, en opinión de Helena Pimenta, “uno de los textos más hermosos e inquietantes, no ya del Siglo de Oro español, sino de la dramaturgia universal de todos los tiempos”. En las más de dos horas de representación, seguidas con atención por un público que abarrotaba el teatro, los versos fluían con aparente facilidad y perfección formal, pese a la dificultad y la profundidad de la trama. Resultaba reconfortante recordar de vez en cuando estrofas completas que estudié en el bachillerato y retrotraerme a tiempos educativos marcados por valores distintos a los actuales. Con aspectos positivos, sin duda ninguna.

La segunda, la versión y dirección de la misma. La puesta en escena, con la luz jugando un papel clave; la presencia de música barroca en directo; y el juego y movimiento de actores, incorporando  técnicas propias de mimo y danza, me pareció extraordinaria.

La tercera, la interpretación general de los personajes, sobresaliendo una Blanca Portillo en el difícil papel de Segismundo, capaz por sí sola de articular buena parte de la obra. Su menudo cuerpo lleno de vigor, su buen hacer dramático, y su pulcritud a la hora de declamar el texto poético evidenciaron que Segismundo es más que un personaje masculino, es la quintaesencia de un ser humano privado de libertad. Que sea hombre o mujer no deja de ser una cuestión menor.

Y una constatación final: la buena respuesta del público cuando la obra lo merece. No siempre ocurre así, pero probablemente la presencia de Blanca Portillo le dio ese plus de notoriedad que el teatro necesita para hacerse popular. Lo ratificaron las dos sesiones con el cartel de no hay billetes que tanto gusta a compañías, instituciones y público. La programación promete y es de justicia dejar constancia de ello.

Compromisos incumplidos

Ujué espera el Plan del gobierno

Estamos a punto de cerrar el mes de enero de 2013. Es este un mes propicio para revisar lo conseguido en 2012 y proponer los objetivos para el año que ya avanza inexorablemente. De ambas cosas nos hemos ocupado en las primeras entradas del blog. Pero no quiero dejar pasar un compromiso que tengo, como portavoz parlamentario que soy, en materia de Cultura, Turismo y Relaciones Institucionales.

Mi tarea como miembro de la oposición, lo suelo recordar con frecuencia,  es doble: controlar e impulsar la labor del Gobierno. Y este gobierno, perezoso y renuente a cumplir los compromisos emanados de la actividad parlamentaria, tiene deudas pendientes. Ya sé que estas deudas no son estrictamente legales, sino políticas. Pero debían de ser razón suficiente para tratar de cumplirlas.

Mi grupo presentó una serie de iniciativas a lo largo del año que el gobierno debía de haber enviado a la Cámara antes del 31 de diciembre. Son las siguientes:

1.- Presentación de un Plan de visitas turístico-culturales. Fue aprobada por unanimidad de los grupos.

2.- Presentación del Plan estratégico de la cultura de Navarra. Ha sido reiteradamente anunciado por el consejero.

3.- Presentación del II Plan plurianual del patrimonio de Navarra. Fue aprobado por todos los grupos a excepción de UPN, que se abstuvo.

Las tres primeras iniciativas de 2013 han sido, en consecuencia, sendas preguntas a Pleno para que el Consejero informe del por qué de los incumplimientos y de la fecha aproximada en que llegarán  a la Cámara.

Esto no es incordiar, esto es cumplir con mi obligación. Quien incumple es el gobierno.

Historia mínima de España

El cultivo de la ciencia histórica en España se remonta a varios siglos atrás. La misma “historia de España” como algo distinto a las meras crónicas y anales de reyes y reinados nació en el siglo XIII de la mano de autores como Lucas de Tuy, Rodrigo Ximénez de Rada y Alfonso X el Sabio, ésta última escrita ya en lengua vernácula. A partir del XVI, todos los siglos han conocido algún texto memorable, fruto más del esfuerzo y capacidad individual que de la existencia de verdaderas escuelas  históricas, que no han hecho su aparición hasta bien entrado el siglo XX.

La transición democrática supuso una etapa de efervescencia también en el ámbito del estudio de la historia. Junto a la culminación de la gran Historia de España de Menéndez Pidal, iniciada en 1935 y finalizada en 2004, obra en 42 tomos y 65 volúmenes, los últimos treinta años se han caracterizado por la aparición de historias en varios volúmenes vinculadas a equipos universitarios, obras divulgativas en fascículos, tan populares años atrás, y la publicación de innumerables textos de historia regional, fruto del nacimiento primero y consolidación después de las comunidades autónomas.

Solo esporádicamente, al margen de los manuales escolares o universitarios, han aparecido textos breves con una visión de conjunto del devenir histórico de España. Destaco tres especialmente sobresalientes: “Aproximación a la historia de España” (1952) de J. Vicens Vives, que ejerció una extraordinaria influencia en los ambientes universitarios de los sesenta y setenta en nuestro país; “España. Tres milenios de historia” (2004) de A. Domínguez Ortiz, un prestigioso investigador procedente del ámbito de la enseñanza media; e “Historia mínima de España” (2012) de J.P. Fusi, que pretendo glosar brevemente para ustedes. No es de extrañar la escasez de textos de este calibre, ya que a la falta de tradición divulgativa existente en nuestro país a diferencia de otros países europeos, hay que añadir la dificultad que supone condensar toda la historia de España en unos cuantos cientos de páginas y el riesgo evidente de una crítica fácil desde todos los flancos al que se someten los autores.

El título de la obra que comentamos, tan equívoco como sugerente, era arriesgado en grado sumo. Y esto por tres razones: lo sintético de texto, no más de 270 páginas; lo convencional de su periodización; y el objetivo perseguido, sintetizar la nueva forma de interpretar, explicar y entender la historia que impulsó desde 1950-60 la historiografía española, fruto de varias generaciones, diferentes escuelas y variados enfoques historiográficos.

Juan Pablo Fusi, formado en Oxford con Raymond Carr y catedrático de la Universidad Complutense de Madrid, es un donostiarra experto en el nacionalismo y la democracia en España y uno de nuestros grandes historiadores. La tesis central de su obra la refleja con toda claridad en la primera página del prólogo: “Este libro no tiene tras de sí, sino unas pocas convicciones insobornables: 1) que la historia de España muestra ante todo la complejidad y diversidad de la experiencia histórica española; 2) que la historia de España es un proceso abierto, evolución no lineal, continuidad y cambio en el tiempo; 3) que la historia de España no estuvo nunca predeterminada, y nada de lo que sucedió en ella tuvo que ocurrir necesaria e inevitablemente”.

Tras una síntesis siempre lúcida y a veces magistral, al alcance solo de los más grandes, como sucede con los dos últimos capítulos, el autor nos deja un último mensaje: “La historia española no es -quede claro- ni una historia única ni una historia excepcional. Como la historia de cualquier otro país, la historia española es, sencillamente, una historia muy interesante, cuyo conocimiento –una obligación política y moral para hablar apropiadamente de España- plantea un amplio repertorio de cuestiones esenciales”. Les invito a adentrarse en ellas. Aprenderán y disfrutarán.

Diario de Navarra, 24/1/2013

Una polivalente sesión

El Parlamento de Navarra, como todo legislativo, trabaja básicamente a dos niveles: el Pleno, al que llegan los asuntos granados, y que es la cara más conocida de la institución; y las comisiones, en las que se desarrolla buena parte de la labor de control e impulso del gobierno.

El pasado día 15 de enero, la Comisión de Cultura, Turismo y Relaciones Institucionales celebró una densa sesión en la que compareció el equipo del departamento, con su consejero al frente, para debatir sobre tres temas de evidente interés y actualidad: la financiación de la Orquesta Sinfónica de Navarra, el nuevo Plan integral de Turismo y la política de Patrimonio. La primera, a iniciativa de Bildu, Nabai e I-E, y las dos siguientes a petición del PSN-PSOE.

Frente a la densidad y minuciosidad del anterior consejero, Juan Ramón Corpas, el actual titular, Juan Luis Sánchez de Muniáin, realiza unas intervenciones más cortas, menos precisas y algo distanciadas. Suelen ser correctas en las formas, pero faltas de pasión e implicación. Así sucedió con las tres intervenciones que paso a glosar.

La financiación de la Orquesta Sinfónica de Navarra es un problema pendiente. El objetivo del gobierno, una financiación a tercios, no está mal como modelo, pero me temo que es bastante irrealizable a corto plazo. El patrocinio no será fácil, a no ser que el golpe de mano de Barcina en la Fundación CAN facilite la operación. Pero pretender otro tercio vía recursos propios está muy lejos de la realidad.

La tesis que defendí en nombre de mi grupo es que, previamente, hay que responder a una pregunta concreta: ¿queremos una orquesta profesional? Si es así, debemos adoptar las medidas oportunas para que eso sea posible. Medidas que afectan a las tres partes en juego: los propios músicos, los usuarios y el gobierno. Si no se hace, la orquesta corre un serio riesgo de involución.

La presentación del Plan Integral de Turismo sirvió para poner en evidencia la progresiva importancia que va adquiriendo el sector, que representa casi el 6% del PIB y da trabajo a casi 30.000 navarros. La comparecencia sirvió para valorar el trabajo bien hecho y para poner en evidencia algo que el propio gobierno no quiere reconocer: ¿si ha sido posible un Plan integral de Turismo, evaluable y hecho con la colaboración del sector, por qué no un Plan Integral de Cultura? Sigue sin  haber respuesta.

Tras la interpelación conocida en el Pleno del 20 de diciembre pasado sobre política general en materia de Cultura, que terminó con un diagnóstico radicalmente distinto entre Gobierno y partido que lo apoya, y toda la oposición, incluido el PP, se pretendía analizar el ámbito del Patrimonio Cultural. El resumen es bien sencillo: se vive de las rentas, con un presupuesto muy escaso y unas discutibles intervenciones miradas desde la perspectiva ciudadana. Hubo, en todo caso, una buena noticia: aunque tarde, llegará próximamente al Parlamento el II Plan de Patrimonio Cultural de Navarra, que la institución, a iniciativa de nuestro partido, demandó mayoritariamente. Ahí veremos, negro sobre blanco, la política de Patrimonio para los próximos años. Con un peligro, que todo quede en papel mojado. Eso es lo que ha sucedido, en buena medida, con el I Plan.

Navarra y la Laureada

El Parlamento de Navarra aprobó el pasado 20 de diciembre de 2012 una moción sobre la Cruz Laureada de San Fernando concedida a Navarra por el general Franco en plena guerra civil. La moción, inicialmente presentada por Bildu Nafarroa fue finalmente objeto de una iniciativa conjunta de todos los grupos de la Cámara, a excepción de UPN y PP, que no se sumaron a su aprobación final.

El texto recogido constituye la transcripción, con muy ligeras variantes, de mi intervención en la defensa de la moción, representando al PSN-PSOE.

“Con la recuperación de la democracia, el Parlamento de Navarra ha tomado a lo largo de los años muchas iniciativas al respecto que debemos reconocer, ponderar y agradecer.
Señalo algunos hitos fundamentales en esta larga cadena: la retirada de la laureada del escudo en 1981; la resolución del Parlamento de Navarra sobre recuerdo, reconciliación y reparación moral de las personas fusiladas y represaliadas durante la Guerra Civil en marzo de 2003 -probablemente la acción más importante en todos estos años-; el parque de la memoria de Sartaguda en abril de 2008; el ciclo de conferencias sobre víctimas de la Guerra Civil y memoria histórica celebrado en esta misma casa en noviembre de 2008; la moción sobre protocolo de exhumaciones en abril de 2010; la moción de condena y reprobación de la Guerra Civil y la dictadura; y la creación de una ponencia todavía en marcha. Como puede comprobarse, ha sido, por lo tanto, una preocupación permanente la que tiene que ver con las cuestiones derivadas de la Guerra Civil.
Hace escasas fechas se cumplió el setenta y cinco aniversario de la concesión a Navarra de la Cruz Laureada de San Fernando y Bildu-Nafarroa presentó una moción en la que pedía literalmente tres cosas: la reprobación y renuncia, la devolución de documentos y la retirada de cualquier símbolo franquista. Tras las enmiendas de los grupos PSN-PSOE, Bildu, Nafarroa Bai, Izquierda-Ezkerra y los parlamentarios no adscritos, todos hemos convenido en un texto conjunto.
El PSN-PSOE lo hace por dos razones fundamentales. La primera, por respeto a nuestra propia historia como partido. Buena parte de los tres mil quinientos asesinados y represaliados eran de la UGT y del Partido Socialista, y, evidentemente, estamos hablando, nunca mejor dicho, y en sentido estricto, de los nuestros.
Pero hay una segunda razón que también es importante, una razón de oportunidad. Se hace como salvaguarda ante opiniones de algunos cargos electos en el legislativo nacional que, sinceramente, creíamos definitivamente superadas.
La moción, aprobada por el Parlamento, resume acuerdos ya tomados junto a otros que se hacen por primera vez y se pretende, al menos por nuestra parte, que tenga un carácter global. Muy brevemente, es lo siguiente:
– En primer lugar, reiterar la condena y reprobación de la sublevación militar del 18 de julio del 36 y de la subsiguiente dictadura franquista.
– El segundo punto habla de algo que ya se realizó en el año 1981: reiterar la decisión tomada por esta Cámara en los años de la transición democrática de retirar del escudo oficial la Cruz Laureada de San Fernando.
– El tercer asunto es un rechazo político de esta condecoración, y se dice: El Parlamento de Navarra, sin perjuicio de las consideraciones jurídicas e históricas pertinentes, que, efectivamente, darían para mucho, teniendo en cuenta la imposición de unos valores ciudadanos sobre otros que dicha condecoración supuso, manifiesta su rechazo político a dicha condecoración.
– El cuarto habla concretamente de la renuncia a la condecoración en nombre del pueblo de Navarra en la medida en que el Parlamento es su representación. En este punto debo subrayar con trazo grueso algo importante: nuestro partido hace esta renuncia desde el más exquisito respeto a los combatientes de buena fe, que efectivamente estuvieron en uno y en otro bando, la mayor parte en el bando sublevado, el llamado bando nacional, tampoco lo debemos olvidar.
– Finalmente, el quinto punto habla de que el Parlamento inste al Gobierno de España a derogar este decreto porque es evidente que, cumpliendo la legislación actual,  no le corresponde a este Parlamento la posibilidad de derogar tal decreto.
– Y, finalmente, una vez más, la retirada de los símbolos franquistas que todavía existen en nuestra Comunidad.
¿Con qué espíritu e intenciones se acerca el PSN-PSOE a esta importante moción?
En primer lugar, con el de la reconciliación, la reconciliación que inspiró la transición en la que el Partido Socialista Obrero Español jugó un papel clave. Por lo tanto, el Partido Socialista no pretende abrir heridas sino restañarlas. Lamento no coincidir con las opiniones del parlamentario Víctor Rubio (Bildu), respecto a la transición; es más, le diré que los historiadores futuros señalarán como una de las aportaciones fundamentales de la historia de España a la historia universal el proceso de transición democrática que tuvimos de la dictadura a la democracia.
En segundo lugar, el espíritu del deseo de cumplimiento de la ley de memoria histórica, conocer lo sucedido, enterrar dignamente a los muertos y dejarlos descansar en paz.
En tercer lugar, con el deseo de cerrar un negro capítulo de nuestra historia, que, por cierto, y hay que subrayarlo una vez más, solo vivió el 20 por cierto de los navarros que hoy existen. El 80 por ciento de esos navarros ha muerto y creo que les debemos, sencillamente, un respeto y debemos intentar en la medida de lo posible que esto se culmine definitivamente.
Y, finalmente, deseo referirme a una cuestión de actualidad con la pretensión de poder dedicarnos a los verdaderos problemas de la ciudadanía que, evidentemente, no son estos sino que son otros.
Es más, la mayor parte de los que fueron asesinados y represaliados aquellos años ¿saben ustedes por qué lo fueron? Por una sencilla razón, por tratar de mejorar las condiciones de vida de los trabajadores. Ese fue el objetivo fundamental por el que lucharon. La justicia social, la reforma agraria y la democracia y, por lo tanto, estoy convencido de que si hoy pudieran dirigirse a nosotros algunos de aquellos, nos lo resumirían en una sola frase: Nosotros luchamos y morimos por una mayor justicia social y pedimos que vosotros luchéis para que nuestros hijos, nuestros nietos y nuestros biznietos tengan ese ideal de justicia social que nosotros no pudimos conseguir y que nos costó la vida.
Por lo tanto, una vez solventada esta cuestión,  gastemos nuestros esfuerzos en que los trabajadores de Navarra, que somos la mayor parte de los que habitamos esta tierra, tengamos unas condiciones dignas para nosotros, pero sobre todo para nuestros hijos, que tienen un futuro oscuro.
Esto es lo que el Grupo Parlamentario Socialista ha pretendido concretamente con su apoyo a las moción sobre la Laureada: reivindicar el nombre de los que murieron por una causa justa, tratar de enterrarlos en paz y gastar el tiempo que nos llega para que el futuro sea mejor para nuestra tierra”.