De nuevo, la montaña

Joaquín Ignacio Goñi y Fernando García de Galdeano, cansados y tranquilos, a su llegada a Los Arcos tras pasar la noche perdidos en el Anie.

Joaquín Ignacio Goñi y Fernando García de Galdeano, cansados y tranquilos, a su llegada a Los Arcos tras pasar la noche perdidos en el Anie. (Foto y pie tomados de Diario de Noticias)

Hace poco más de un año, el 22 de enero de 2011, Felipe Zurbano Osés perdía la vida en la montaña del Pirineo oscense. A lo largo del año tuve la oportunidad de comentar lo sucedido con muchas personas y todos resaltaban en él su profesionalidad, su prudencia y su generosidad. Uno de los que sintió de verdad su partida, además de su familia, fue Joaquín Goñi, montañero y deportista como él y  uno de sus asiduos acompañantes. Así me lo ha recordado varias veces a lo largo del año recién terminado.

Pues bien, el pasado domingo, de camino a Los Arcos para visitar a mi madre, recibí una llamada de mi hermano Jorge, compañero de andanzas, diciéndome que Joaquín y Fernando estaban perdidos en el Anie y no acababan de localizarles. Inmediatamente pensé en Felipe y lo que aquello supuso para todos nosotros.

Llamé a continuación a José Mari Vázquez, director de la Agencia Navarra de Emergencias, para recibir información de primera mano. Aunque no había aparecido, parecía que la cosa estaba bajo control. Afortunadamente, la desazón duró poco, porque minutos después, Lidia, su mujer, recibió una llamada de Joaquín diciéndole que, aunque habían pasado la noche al raso, estaban sanos y salvos. A lo largo de mi vida política me he visto en la obligación de comunicar por dos veces a sus respectivas familias la desaparición de sendos montañeros en el Himalaya. Por eso, cuando el domingo por la mañana visité a la mujer y a la madre de Joaquín para compartir con ellas la buena nueva, me embargaban por igual la alegría y el alivio.

Mucho se ha hablado en los medios de comunicación sobre el comportamiento de Joaquín y Fernando. Parece que, además de cierta imprudencia por no llevar GPS y no calibrar bien las posibles sorpresas del tiempo en el fin de semana, todo lo demás ha sido positivo: el material del que disponían, su buen conocimiento del terreno, las decisiones tomadas y la forma de enfrentarse a una noche al raso y bajo cero. Para quienes conocemos a Joaquín, ninguna sorpresa: es veterano, prudente, buen conocedor de la montaña y tiene la cabeza perfectamente amueblada. Fernando, más joven e impulsivo,, tenía un buen maestro y amigo a su lado.

Me alegro de que esta vez la historia termine bien. No cabe esperar que abandonen su práctica, pero espero que al menos les sirva para disminuir los riesgos y valorar todavía más la vida de cada día. De la aventura también se acordarán, porque afortunadamente han logrado sobrevivir para contarla.

En la muerte de Joaquín

El domingo pasado, tras la una larga enfermedad, falleció Joaquín Elvira Alfaro, compañero y amigo en el IES Tierra Estella. Era un docente especialmente querido por toda la comunidad educativa. Buena parte de los que fuimos o son sus compañeros nos dimos cita en la iglesia de San Miguel de Estella, donde quiso que se celebrara su funeral de cuerpo presente. Tras su incineración posterior, sus cenizas descansan en  su pueblo natal, en las recias tierras castellanas de la provincia de Burgos. Estas son las palabras que pronuncié en su funeral, sintiéndome portavoz de las comunidades educativas del Politécnico y del Instituto de Estella, centros en los que dejó los mejores años de su vida.

“Sé que a cualquiera de los que os encontráis aquí reunidos os gustaría acercaros al ambón y decir unas palabras en honor de Joaquín. Me correspone a mí hacerlo, así me lo ha pedido la dirección, en nombre de las comunidades educativas del Instituto y también del Politécnico del que nunca se olvidaba, y lo hago con la emoción y el sentimiento de la obligación y del deber cumplido.

Despedimos en este acto al compañero y al amigo. Pero despedimos, sobre todo, al hombre cabal que había hecho de su profesión una verdadera vocación a la que se dedicó con la sencillez, el entusiasmo y las ganas que lo caracterizaban, Si alguien quiere poner un ejemplo de docente, de maestro con toda la acepción que el término tiene, no necesita ir lejos ni buscar en libros ni internet. Si se lo preguntan a sus compañeros, obtendrán un nombre: Joaquín. Si lo hacen a los alumnos y alumnas que disfrutaron de sus clases, probablemente coincidirán en que Elvira era su ejemplo. Y los primeros alabaremos su pundonor, su compañerismo, su laboriosidad. Y los segundos, su cercanía, su rectitud y su minuciosidad en el trabajo, como acreditan los cientos de exámenes y ejercicios subrayados en rojo con anotaciones personales llenas de tino, ánimo y conocimiento.

Pasé diez años de mi vida profesional con las mesas de trabajo una enfrente de la otra. Joaquín fue siempre para nosotros, sus compañeros del Seminario de Geografía e Historia, un puntal al que acudir, una referencia a la que imitar y un amigo con el que compartir vivencias e inquietudes,

Me comentaba Mari Jose, su mujer, que en el periodo de su enfermedad, uno de sus peores momentos fue cuando le comunicaron que debía dejar el instituto y tomarse una baja prolengada. Y eso dice mucho de su talante personal y vital. Como dice mucho su actitud ante la enfernedad: una entereza, una reciedumbre y un pundonor que producía escalofríos.

Joaquín ya no está físicamente entre nosotros. Lo echaréis de menos vosotros, sus familiares, que lo disfrutasteis primero en Estella y después en su casa de Bearin, con ese huerto que llegó a formar parte de su vida. Lo echaremos en falta nosotros, profesores y alumnos del Politécnico y del Instituto, a los que dio los mejores años de su vida. Lo echará de menos Tierra Estella y la audiencia de la radio, a las que dedicó espacios llenos de cariño y sabiduría. Y hasta esta iglesia de San Miguel, en la que juntos hemos enseñado a los alumnos la evolución de los estilos artíticos desde el románico al barroco.

Para terminar, querida Mari Jose, Joaquín y demás familia, nos vais a permitir que además del pésame y la solidaridad de la gran familia docente que hoy nos hemos congregado aquí, termine con una felicitación y un agradecimiento. Felicitación, por tener el esposo, el padre y el hijo que habéis tenido. Y agradecimiento, por haber querido compartirlo con nosotros, que lo disfrutamos como amigos, como compañeros o como alumnos.

Joaquín, querido amigo, descansa en paz, te lo has merecido.”

Rodin en Pamplona

Desde el 12 de enero y hasta el 19 de febrero, la Plaza del Castillo cuenta con unos invitados de excepción. La actividad conjunta de la Caixa y el Museo Rodin han permitido que recalen en Pamplona siete piezas del escultor francés, pertenecientes a dos de sus conjuntos más emblemáticos: El pensador y Los burgueses de Calais. Pese al peculiar concepto de “piezas originales” que rodea a algunas esculturas y a que la exposición ha rodado ya por un buen número de ciudades españolas y europeas, no conviene minusvalorar la iniciativa del ayuntamiento de Pamplona. Y esto, por dos razones: el valor intrínseco de la obra expuesta y el ejemplo de que el arte puede y debe convivir con la ciudadanía, compartiendo sus mismos y comunes espacios.

Auguste Rodin es uno de los grandes escultores de todos los tiempos y, tras Miguel Angel y Bernini, el autor que nos conduce desde la estricta concepción clásica a la modernidad. Ese legado clásico es perfectamente visible en su obra más emblemática, El pensador, inicialmente un elemento más de las Puertas del Infierno, un encargo oficial para el Museo de Artes Decorativas de París. Verlo de cerca, pese a su alto podio, constituye un extraordinario recorrido por la historia del arte: el dominio de los recursos técnicos,  la perfección anatómica, la rotundidad formal, la vida interior de un ser casi animado. Y, junto a ello, como rasgo propio y aportación fundamental, esa plasticidad nueva que conduce a la escultura por senderos poco transitados y vías apenas exploradas. Ese rostro cambiante según la hora del día y recortado sobre el cielo pamplonés será para muchos navarros, sin duda ninguna,  el recuerdo artístico por antonomasia de este 2012 tan lleno de incertidumbre.

Esa plasticidad nueva a la que me refería anteriormente queda manifiestamente explícita  en los seis personajes que componen la segunda obra presente en Pamplona, Los burgueses de Calais, un monumento conmemorativo del sacrificio de Eustache de Saint-Pierre y sus compañeros, que se ofrecieron como rehenes para salvar a su ciudad de las tropas inglesas. Las diversas actitudes ante la derrota personal, que será la salvación de la ciudad, constituyen un muestrario de la capacidad de Rodin para la expresión de emociones y sentimientos. Su ubicación en plena Plaza del Castillo, el espacio ciudadano por antonomasia de Pamplona, resulta especialmente idónea. Como lo es su disposición a ras de suelo, en línea con el deseo del autor. Eso permite acercarse a ellos, rodearlos y vivir de cerca sus vicisitudes. Si no estuviera mal visto, casi resultaría obligado palparlos para apreciar, entre otras cosas, esa plasticidad rugosa y sentir la emoción estética que desprenden. A tan acertada ubicación, solo le encuentro un defecto. La excesiva distancia entre los personajes les hace perder  la armonía del conjunto y dificulta sentirlos como  una pieza coral de la que todos forman parte.

La emblemática presencia de Rodin en Pamplona, inserta en un programa titulado “Arte en la calle” nos permite reflexionar sobre la relación existente entre arte y ciudadanía. Cuando la obra es de una calidad indiscutible y el nombre del autor se impone por jerarquía y conocimiento ciudadano, el diálogo resulta fluido y normalmente exitoso. El eco de la exposición y su evidente presencia en los medios son fiel reflejo de ello. La relación resulta más difícil si las obras o los autores no tienen ese rango, y todavía se acentúa más si lo figurativo deja paso a lo abstracto.  La presencia de obra escultórica en calles, plazas y jardines de Pamplona no es menor, y además está muy bien documentada. La “Guía de la escultura urbana de Pamplona”, editada por el ayuntamiento de la ciudad en 2010, recoge, describe y valora 109 obras de 67 autores distintos. En un conjunto tan heterogéneo hay de todo, como lo ponen de manifiesto las dos esculturas que conviven con Rodin en la propia Plaza del Castillo. Tal vez sea el momento de reivindicar selectivamente su contenido y gozar de su presencia.

Diario de Navarra, 26/1/2012

La voz dormida

La guerra civil española continúa siendo fuente inagotable de inspiración literaria y cinematográfica. Setenta y seis años después de su inicio, sus desgarradoras escenas de sangre y represión siguen alimentando a novelistas, ensayistas y guionistas de cine y televisión. Y no sólo la guerra, con su secuela de muerte en el campo de batalla y fuera de ella. También la posguerra, un periodo de dolor, miseria y represión, sin el tono exaltado de batallas y contendientes en lucha, ha sido objeto de interés y preocupación. Este es el caso de la novela de Dulce Chacón, aparecida en 2002, “La voz dormida”. La obra narra el sufrimiento inmisericorde de las mujeres republicanas en las cárceles franquistas , representado en personajes de carne y hueso entre los que sobresale Hortensia, que verá pospuesta su ejecución hasta que nazca su hija. Es una historia de silencios, amarguras, solidaridades, dignidad y coraje.

Durante estas navidades he tenido la novela algo aparcada en mi mesilla de noche. Su estilo pausado y nada estridente no me había enganchado especialmente. Otra cosa ha sido la película del mismo nombre, dirigida por Benito Zambrano,  que acabo de ver la semana pasada. Salí de ella acongojado y emocionado a la vez.  La historia es hermosa, la fotografía, excelente y la interpretación de las dos hermanas (María León e Inma Cuesta), extraordinaria.

La película es un alegato contra la sinrazón y el terror. Y un canto a la amistad, el coraje, la dignidad y la justicia. Es, sin duda, una película entrañable, que no deja a nadie indiferente.

Gustav Leonhardt

Ayer terminaba mi escrito recordando que para mí, Juan Sebastián Bach es el grande entre los grandes. Pues bien, pocos intépretes y directores han hecho más por recuperar la música y el legado del maestro alemán que Gustav Leonhardt. El organista y clavecinista holandés, una auténtica leyenda en la interpretación de la música antigua, falleció el pasado lunes en Ámsterdam a los 83 años, víctima de un cancer.

Además de en sus antológicas grabaciones, tuve la oportunidad de escucharlo personalmente hace unos años en una memorable sesión en la Semana de Música Antigua de Estella. No es fácil sostener un programa de clave, un instrumento minoritario que tiende a resultar ciertamente monótono. Pero Leonhardt le imprimía una maestría tal,  que esta monotonía se convertía en extrema musicalidad.

Como ejemplo de este arte sublime, subo por primera vez al blog un vídeo tomado de youtube. Se trata de una versión de las Variaciones Golberg, la obra que condensa como ninguna la casi infinita gama de posibilidades que Bach era capaz de introducir en su lenguaje musical.

Sanidad sin fronteras

La Constitución Española de 1978 establece, en su artículo 43, el derecho a la atención sanitaria de todos los ciudadanos. El organismo encargado de velar por el cumplimiento de este derecho es el Sistema Nacional de Salud. Basado en los principios de universalidad, gratuidad, calidad, descentralización y cohesión, el SNS se configura como el conjunto coordinado de los servicios de salud de la Administración del Estado y de las Comunidades Autónomas que integra todas las funciones y prestaciones sanitarias, responsabilidad del conjunto de las administraciones. En definitiva, es el garante de que todos los ciudadanos españoles, cualquiera que sea su lugar de residencia, tengan razonablemente resuelta su atención sanitaria.

Uno de los grandes logros de este país en su etapa democrática es haber diseñado una nueva estructura territorial denominada coloquialmente “Estado de las Autonomías”. La cercanía del poder al ciudadano ha propiciado indudables avances en los ámbitos de la salud, la educación, la política social o la cultura, por enumerar algunos de los ámbitos más relevantes. Pero la nueva distribución territorial tenía un peligro latente: fragmentar el territorio en tantos espacios como Comunidades Autónomas y herir de muerte logros tan esenciales como el Sistema Nacional de Salud o el sistema educativo.

El riesgo lo acabamos de ver estos días. La Comunidad Autónoma de La Rioja, a cuyo frente se encuentra el muy populista Pedro Sanz, enarboló en plena campaña electoral la bandera riojana y dejó de admitir unilateralmente a los navarros y vascos de poblaciones limítrofes que hasta ahora eran atendidos en hospitales riojanos. La razón no es que la sanidad de esta Comunidad sea sustancialmente mejor que la de los otros territorios citados, sino que los pacientes se guían por criterios de proximidad y comodidad. Y los ciudadanos de Oyón o Viana, por poner un ejemplo, prefieren ir a Logroño que desplazarse a Vitoria o Estella. ¿Qué exigía a cambio La Rioja? Oficialmente, contraprestaciones económicas, a lo que se han opuesto la consejera Vera y su homólogo Bengoa. Finalizada la campaña electoral y conseguido el rédito político, probablemente el objetivo último de la reivindicación, se ha impuesto cierta cordura: las cosas han quedado como estaban, habrá contraprestaciones médicas, y las económicas quedan para un fondo de compensación nacional que habrá que arbitrar con carácter general.

Lo sucedido, en todo caso, es una llamada de atención para el tiempo venidero. En época de bonanza era relativamente sencillo equilibrar la balanza y dar prioridad al principio de cohesión y solidaridad frente al principio de estricta territorialidad. Y eso que el flujo entre Navarra, La Rioja y País Vasco no es cuantitativamente muy importante. ¿Qué decir de Cataluña, País Valenciano o Andalucía, con colonias cuantiosas y estables de ciudadanos de otras Comunidades durante muchos meses del año? Pero la crisis puede agudizar la guerra entre Comunidades y convertir el sistema nacional en un mercado sanitario. Es mejor prevenir que curar, especialmente en el ámbito de la salud. Bienvenido sea el acuerdo provisional alcanzado entre las tres administraciones, pero recordemos que el acuerdo es eso, provisional y que su fecha de caducidad es casi inmediata, el 29 de febrero de este mismo año. Resulta, por tanto,  imprescindible, frente a los litigios políticos o territoriales, preservar la prioridad absoluta del ciudadano paciente y reforzar los mecanismos de cooperación del Servicio Nacional de Salud, uno de los grandes logros, si no el que más, de nuestro Estado de Bienestar. Si la descentralización sanitaria no ha impedido situarnos en la vanguardia mundial en materia de trasplantes, no hay razón alguna para no resolver satisfactoriamente este problema menor. Ni la calidad de nuestro sistema, ni nuestros ciudadanos, se lo merecen.

Diario de Navarra, 12/1/2012

Costumbres de hogaño

Las navidades ya han terminado. Esta mañana de sábado la he dedicado a recoger el belén familiar, retirar las figuras de unos reyes magos procedentes de un belén escolar que mis hijos hicieron durante su etapa en la escuela de Oteiza y que, desde entonces, nos acompañan distribuidas en cada una de las habitaciones, y subir al desván los adornos navideños hasta el próximo diciembre. Todo ello entre la pena y el alivio que supone cada siete de enero el volver al tiempo cotidiano.

En Oteiza, la navidad termina con un acto singular, propio todavía del mundo rural en el que vivimos. Los reyes magos, que han recorrido las calles del pueblo en sus modestas carrozas en la tarde-noche del día 5, vuelven a aparecer en la misa mayor del día 6. No siempre son los mismos. A veces, alguno de los reyes se queda por el camino y, tras la larga noche de trabajo y juerga, debe ser sustituido por otro, más descansado y madrugador. Tras la misa de epifanía, preparada con esmero por Ángel Mauleón, toda la feligresía, coro incluido, hacemos una pequeña procesión festiva, acompañando a la sagrada familia y los reyes, para ir a las casas de los enfermos a fin de que Jesús les de su bendición para el año nuevo. Mientras el sacerdote y todo el cortejo suben a la casa, el coro parroquial y los feligreses, esperamos abajo mientras suenan los últimos villancicos.

Este sencillo cortejo me parece unos de los actos más entrañables, solidarios y afectivos  de todas las navidades. ¿Quién no lleva un niño dentro y recuerda sus mejores momentos, rodeado de sus padres y hermanos? ¿Quién no recibe un pellizco interior, cada vez que ve a los reyes, y rememora aquel juguete, por nimio que sea, que nunca se le olvidará? ¿Quién no desea verse acompañado por unos momentos y sentirse parte de una gran familia, sobre todo en una etapa en que la soledad es la habitual compañera de noches y días?

Por eso, la procesión festiva de reyes es una hermosa tradición que debe perdurar. Que ellos y ellas sientan que forman parte activa del pueblo, que les queremos, les recordamos y les tenemos presentes. Estas y otras pequeñas cosas son el baremo de la verdadera calidad de vida de nuestros pueblos.  En la última etapa, el cariño y el detalle es tanto o más importante que la necesidad material.