Escapadas de verano. Valladolid

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Patio de San Gregorio, sede del Museo Nacional de Escultura

Es costumbre en esta sección dedicar las colaboraciones de verano a sugerir salidas culturales de un día, que podamos efectuar desde cualquier lugar de la geografía navarra. Dado que en los años anteriores hemos procurado visitar lugares relativamente cercanos, vamos a ampliar el radio de acción, teniendo presente que las autovías nos permiten recorrer cómodamente distancias antes impensables.

Visité Valladolid por primera vez el Viernes Santo de 1979. Sentado en una silla en la Plaza Mayor, el espectáculo del mejor barroco hispano -todo arte, devoción, color, luz, música y teatro- me deslumbró. Volví en 1988 con ocasión de la exposición de Las Edades del Hombre, de las que volveremos a hablar próximamente. Y tras casi treinta años de ausencia, el pasado martes dediqué el día entero a redescubrir una ciudad que encontré muy crecida, todavía provinciana en el mejor sentido de la palabra, aunque con ciertas ínfulas de ciudad grande, renovada en su casco histórico y con un patrimonio artístico -motivo básico de mi visita- extraordinario.

En poco más de tres horas de cómodo viaje, incluida una breve parada en el entorno de Dueñas para degustar unos torreznos recién fritos, llegué a Valladolid. Afortunadamente, unos extensos polígonos industriales forman ya parte de un paisaje que antaño quedaba reducido a algunas harineras, bodegas y maquinaria agrícola. Y con el nuevo paisaje, un nuevo río, el Pisuerga, recuperado y vinculado a la ciudad, junto a extensos parques que mitigan el carácter y color casi estepario de la meseta.

La ciudad presenta un centro histórico amplio, transitable, en parte peatonalizado y muy renovado. Puede usted dejar cómodamente el coche en el parking de la Plaza Mayor o de la catedral, ambos perfectamente ubicados. No hay más inconveniente que el precio. Justo al lado, de camino hacia la catedral, está la oficina de información turística. Su eficiente responsable me dio cumplida información y me surtió de un mapa de la ciudad y de toda clase de folletos, gratuitos y bien elaborados. Les recomiendo tres: museos e iglesias, Valladolid monumental y Semana Santa. Si ustedes son amigos de la gastronomía, añadan el dedicado a las tapas y pinchos, que no desmerecen de los nuestros.

Puestos a seleccionar un recorrido básico, mi sugerencia es la siguiente: Comiencen por la Plaza Mayor, la primera plaza regular de España, plaza del mercado desde el siglo XVI. El núcleo artísticamente más relevante está ubicado en torno a la Plaza de San Pablo. A mitad de camino, entre las calles Platería y Felipe II, se encuentra la iglesia penitencial de la Santa Vera Cruz, sede la cofradía del mismo nombre. Allí encontrarán algunas de las mejores tallas de Gregorio Fernández, el gran imaginero del siglo XVII en Castilla. Y la iglesia respira quietud, oración y silencio, entre velas encendidas que nos hablan de una religiosidad aún presente.

La Plaza de San Pablo reúne arte exquisito por los cuatro costados. La iglesia de San Pablo, construida en el siglo XV, con la monumental fachada-retablo de estilo hispano-flamenco; el Palacio de Pimentel, que vio nacer a Felipe II en 1527, con su hermosa ventana esquinada de estilo plateresco; y el Palacio Real, residencia de Felipe III entre 1601 y 1606, años en los que Valladolid fue capital de las Españas. Justo al lado, se encuentra el Colegio de San Gregorio, bello ejemplo del gótico isabelino en fachada, patio y estancias, y hoy sede del Museo Nacional de Escultura . Es, sin duda, lo más trascendente de la ciudad, artísticamente hablando. Admire la arquitectura -no olvide la joya de la capilla-, los techos y, sobre todo, las obras maestras de la imaginería hispana. En su especialidad, no hay ninguno que se le iguale. Berruguete y Fernández son las estrellas indiscutibles, pero la constelación que les acompaña no les van a la zaga.

El núcleo de la catedral, imponente, desvencijada e inconclusa, junto a la iglesia de La Antigua, único resto románico en la ciudad, y las ruinas de la vieja colegiata, son otro vector importante, al que se añadió en el siglo XVIII el edificio de la Universidad.

Y aún hay un tercero, en torno al monasterio e iglesia de San Benito el Real. La monumental iglesia, maltrecha pero con obras importantes en su interior, ¡qué dos Cristos yacentes de Gregorio Fernández!, y el Patio Herreriano, hoy sede del Museo de Arte Contemporáneo Español, son visita inexcusable. En casi todos los sitios, la tranquilidad fue total y, dada mi condición de jubilado, todas la visitas fueron gratuitas,

Quedan los paseos por las calles porticadas, otros conjuntos de interés, el Valladolid burgués y la zona de tapas en torno a la Plaza Mayor. Será cuestión de volver otro día para completar el itinerario.

Diario de Navarra, 27/6/2019

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La soledad tiene rostro de mujer

Mujer

Mientras los medios de comunicación nos informan de los múltiples pactos posibles, los vetos cruzados entre partidos, y las sumas para acceder al número mínimo necesario para alcanzar el poder sin preguntarse todavía ¡a estas alturas! para qué lo quieren, la vida de la Comunidad prosigue su marcha a la espera de que puedan abordarse los grandes problemas que nos acucian. El otro día lanzaba un SOS por la Navarra vacía, instando a que los poderes públicos tomen conciencia del problema y articulen un pacto global que permita que la política de cohesión territorial se convierta en prioritaria en la próxima legislatura. Hoy, permítanme que insista en otra faceta social también de particular interés: el problema de la soledad impuesta.

Estos son los datos más significativos. Según el Instituto Nacional de Estadística (INE) de 2018, en Navarra viven solas 68.600 personas, de las que 30.700, el 45%, son mayores de 65 años. De esta cantidad, el 70 % son mujeres, 21.700, frente a 9.000 hombres. Y de estas mujeres, el 81% son viudas. Resumido en una solo frase, el perfil típico de la persona en soledad es el de una mujer viuda y mayor de 65 años.

La proyección del INE, sin tener validez absoluta, apunta a una Navarra en la que en 2033 habrá cada vez más gente mayor y menos niños, con un porcentaje de domicilios unipersonales situado en el entorno del 30%. Es decir, en casi uno de cada tres domicilios navarros vivirá una sola persona.

¿Qué consecuencias tiene esto para nuestra sociedad? Las hay de dos tipos, las que afectan a las personas individualmente consideradas y las que nos afectan como sociedad en su conjunto. La soledad no es un mal en sí mismo. Nos acompaña como parte inherente de la compleja vivencia del ser humano e, incluso a veces, es elegida como forma voluntaria de vida. Pero no es lo mismo vivir solo que sentirse solo. La soledad potencialmente peligrosa es la que se deriva de una situación impuesta, que suele convertirse en un factor de riesgo para la salud física y mental, y que afecta especialmente a las personas de más edad, mayoritariamente mujeres.

La gerontología, especialidad en auge y cada vez más demandada en nuestra envejecida sociedad, apunta a determinadas políticas que permitan paliar en la medida de lo posible el problema. La más importante sería la educación en actitudes proactivas que hagan posible dar más vida a los años. Vivir en soledad ya no va a ser la excepción en el inmediato futuro, sino una realidad que estadísticamente nos va a rondar cada vez más. De ahí la importancia de ser conscientes y prepararse para ello. Afortunadamente, en la Navarra solidaria que hemos construido entre todos, la familia y los amigos todavía son una barrera a tener muy en cuenta. Pero cuando ésta falla, y eso sucede sobre todo en el ámbito urbano, la ayuda del voluntariado se convierte en un elemento fundamental de acompañamiento, que palía una soledad no atendida. Lo que no exime para que demandemos a los poderes públicos lo que todo estado del bienestar que se precie debe incluir: programas de atención a nuestros mayores, médicos, sociales y culturales, que permitan que aquellos que nos han traído hasta aquí, puedan disfrutar de sus últimos años en las menores condiciones posibles. Resulta satisfactorio comprobar la nutrida presencia de mujeres ya jubiladas -en torno al 70%- en los muchos programas culturales puestos en marcha por iniciativas públicas o privadas. Pero a partir de una determinada edad, pongamos que 75 años, esa medida ya deja de utilizarse y es preciso dar paso a otras que comportan más recursos y son de más difícil encaje. En palabras de Camino Oslé, vicepresidenta de la Sociedad Navarra de Geriatría y Gerontología, “nuestro objetivo tiene que ser, además de morir tarde, vivir y morir bien”.

Esperemos que al margen del color ideológico del próximo gobierno, esta política impregne la tarea de todos.

Diario de Navarra, 13/6/2019

Las memorias como fuente histórica

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Titulo: Una vida al servicio de Navarra. Memorias

Autor: Joaquín Gortari

Editorial: Fundación MTorres

Páginas: Volumen I (618) y Volumen II (229)

La transición política en Navarra ha sido objeto en los últimos años de importantes novedades editoriales de toda índole. Por lo que afecta a la Diputación Foral, su institución más representativa, cabe destacar el estudio de Joaquín Gortari La transición política en Navarra 1976-1979; el estudio conjunto de Joaquín Gortari y Juan Cruz Alli La transición política en Navarra 1979-1982; y el magno estudio de Juan Cruz Alli, del que dimos cuenta en junio de 2018 en esta misma sección, La autonomía de Navarra. Historia, identidad y autogobierno. A todos ellos acaba de unirse el relativo a las memorias de Joaquín Gortari, objeto de estas líneas.

Que Joaquín Gortari tuvo una información de primera mano sobre todo lo acontecido en la vida institucional de Navarra en el último medio siglo, queda fuera de toda duda. Que tuvo un papel relevante en la gestión institucional, también, dado que ocupó el más alto cargo funcionarial de Navarra, como fue la Secretaría de la Diputación Foral. Si a ello se une la convicción del personaje sobre el importante papel que le había tocado en suerte y la ausencia de testimonios escritos dejados por los líderes políticos y sociales de la Navarra contemporánea, se comprende la importancia y el interés de un texto que ayuda a conocer mejor la sociedad y las instituciones navarras de la segunda mitad del siglo XX.

Pero subrayado el interés del texto, ¿a qué género pertenece exactamente un libro que, no por causalidad, se titula Una vida al servicio de Navarra. Memorias? Juan Cruz Alli, autor de un jugoso prólogo, agudo y perspicaz como es, duda en calificar el libro como “autobiografía” o “memoria”, como lo define el autor, y termina por encuadrarlo como ecléctico entre ambos géneros, “siendo el primero recogido en todos los aspectos más biográficos de infancia, juventud, noviazgo, esposa y familia (…) En los dos últimos capítulos sobre su vida en la Diputación, lo institucional trasciende lo individual”.

El texto consta de dos volúmenes. El primero presenta dos partes bien diferenciadas. Los cinco primeros capítulos narran su nacimiento e infancia, el seminario, los estudios y primeros trabajos antes de entrar en la Diputación, la entrada y los inicios en la Diputación y su etapa en la Dirección de Industria. El capítulo sexto, la Secretaría General de la Diputación -algo más de doscientas páginas- es el más denso e institucional. Uno último, dedicado a la jubilación, y un epílogo cierran el texto. Cada capítulo se complementa con un extenso álbum de fotos que tratan de ilustrar los acontecimientos narrados.

El segundo volumen, que se inicia con una larga entrevista, resumen de sus memorias, recoge básicamente artículos de opinión, conferencias y participación en publicaciones.

La interesante lectura del texto me suscita dos reflexiones: ¿es correcta la identificación de Navarra con sus instituciones, sobre todo la Diputación Foral? Así parece pensarlo el autor que titula el libro “Una vida al servicio de Navarra”. Joaquín Gortari encarna hasta tal punto esta visión funcionarial que, en ocasiones, uno no sabe si es el más alto funcionario quien está al servicio de la institución, o es él quien encarna la institución misma. “Me convertí en una referencia institucional en la Diputación y en el Gobierno de Navarra, y todo el mundo lo aceptaba”, dice en una entrevista recogida en el libro.

Aunque la probidad, bonhomía y rectitud de intención son virtudes que le adornaban, no estoy tan seguro, como el propio autor señala y Juan Cruz Alli reitera, que la obra no tenga una parte de apologética. Es el propio autor quien señala que “en estas Memorias he querido demostrar a esas personas que depositaron en mí su confianza que no se equivocaron”. En todo caso, hay que agradecerle su esfuerzo por escribir sus memorias, su tono y su sinceridad, aunque se haya callado determinadas cosas. Todo libro de memorias, por definición, es subjetivo, lo que es exigible es que no sea sectario, y éste no lo es, por más que a veces nos parezca edulcorado.

Antes de terminar es preciso hacer referencia a la labor de Marialuz Vicondoa, periodista de profesión y ejercicio, quien facilitó fuentes, redactó y pulió textos, entrevistó al autor e hizo posible que las memorias se concretaran en este libro. De ahí que en los créditos aparezca como autor: Joaquín Gortari con Marialuz Vicondoa.

Los gastos de redacción, edición y publicación los hizo posible Manuel Torres a través de la fundación que lleva su nombre. El libro es, finalmente, un ejemplo de pulcro diseño y maquetación y de una excelente impresión.

¿Conoceremos en los próximos años nuevas memorias de hombres y mujeres que han liderado la transición en Navarra? Creo que sí. Espero y deseo que las memorias de Gortari animen a ello.

Diario de Navarra, 24/5/2019

 

La entrevista

papa

Para los que seguimos de cerca la actualidad española, hay una entrevista que está en nuestro imaginario como paradigma de un género tan habitual como difícil: la que Iñaki Gabilondo le hizo a Felipe González, siendo éste presidente del Gobierno de España, en un momento particularmente complicado. A partir del domingo pasado, aunque por motivos distintos, aquella entrevista muchos la acompañaremos con otra, la que durante setenta minutos Jordi Évole realizó al papa Francisco en el Vaticano. Frente a estas dos exitosas, recordemos una fallida: la que hace unos años Jesús Hermida le hizo al rey Juan Carlos, que por excesivamente respetuosa, resultó vacía y sin ningún interés.

En la entrevista emitida el domingo pasado, un éxito indudable de audiencia, cabría distinguir dos planos: la forma y el fondo.

En cuanto a la forma, la heterodoxia estuvo presente de principio a fin: nada de pompa y solemnidad, ni en las personas, ni en el tratamiento, ni en el decorado. Si en vez de la sobria mesa de madera, se hubiese desarrollado en una mesa camilla, nuestra impresión hubiera sido la de una amable conversación ¡en español! entre un abuelo simpático y lúcido y un nieto talludito que recoge sus vivencias a mitad de camino entre el respeto y el desparpajo. Lo del abuelo no me lo invento. Así definió él cariñosamente la presencia del emérito Benedicto XVI en una entrevista: “es como tener al abuelo en casa”.

¿Por qué fue elegido Jordi Évole, un periodista de izquierdas, amable pero incisivo en sus preguntas, tan alejado de la nomenclatura oficial y eclesial? Yo me lo explico desde la apuesta firme de Francisco desde el primer día por las periferias entendidas en sentido amplio: geográficas, sociales, culturales, ideológicas y religiosas. No hay sino que ver los países visitados por el Papa, mayoritariamente del tercer mundo, donde los católicos en muchas ocasiones son una minoría. No es por casualidad que Évole comenzara su programa con unas imágenes del Papa explicando el por qué de su nombre, en alusión a Francisco de Asís, hecho pobre para los pobres.

Pero, afortunadamente, más importante que la forma fue el fondo. Pactada para hablar básicamente de inmigración, la habilidad de Évole y la condescendencia de Francisco -más determinante la segunda que la primera- permitieron abordar otros muchos temas de actualidad, nada fáciles la mayor parte: la pobreza en el contexto del Vaticano, los abusos sexuales, el capitalismo, el periodismo, los nuevos pecados sociales, la riqueza, la homosexualidad, el feminismo, la curia romana, el aborto, la prostitución, la memoria histórica, la exhumación de Franco, las armas, los chismorreos, y hasta su día a día en el Vaticano, por citar los más importantes.

Vi a Francisco, probablemente la mayor referencia moral en el mundo de hoy, rotundo en sus juicios y admoniciones contra la inmigración, la construcción de muros o la venta de armas. Como la entrevista se dirigía básicamente al público español, Évole centró sus preguntas en la actuación de sus dirigentes. Las respuestas, desde las concertinas al Open Arms, no fueron nada complacientes. Hasta me parecieron más rotundas que las dedicadas a Trump, más elusivas, o a su vecino Salvini, que no apareció, paradigma de una infame actuación en la propia Italia.

Pero Francisco, además de referente moral, es cabeza visible de la Iglesia Católica. Y ahí, la doctrina se mantiene inmutable, léase la referida a la homosexualidad o el aborto. No cabía esperar otra cosa. Pero sí cabía esperar más en temas en los que los avances son lentos y en los que las reticencias las tiene en casa: la feminización de la Iglesia, pese a su cálida referencia al femenino del nombre; medidas drásticas contra la pederastia; la reforma de una curia que es más rémora burocrática que palanca de evangelización, por citar algunos casos. Confiemos en que Francisco, como le preguntó Évole, no haya echado el freno y el proceso puesto en marcha sea imparable.

En todo caso, que Francisco es un personaje extraordinario y singular quedó fuera de toda duda. Sus respuestas pudieron gustar más o menos, entusiasmar a unos, defraudar a otros y dejar indiferentes a los más, pero que un Papa se arriesgue a una entrevista con Évole, a tumba abierta y sin cuestionario previo es sinónimo de un deseo de cambio indudable. Y esto en una institución como la Iglesia católica, decantada en dos mil años de difícil y frágil equilibrio entre el mundo espiritual al que aspira y el mundo temporal del que se sirve. Y este cambio lo representa Francisco, un hombre maduro, sereno, con los pies en el suelo, un equilibrio psicológico envidiable que le permite dormir como un tronco en palabras textuales suyas, simpático, e incluso bromista, que el otro día, espoleado por Évole, nos deparó una entrevista inolvidable.

Diario de Navarra, 4/4/2019

 

Escurrir el bulto

mendia

En los días previos a la Navidad, una fotografía publicada en el Diario Vasco, con los principales dirigentes institucionales del País Vasco -Andoni Ortuzar (PNV), Arnaldo Otegi (Bildu), Idoia Mendia (PSE-PSOE) y Lander Martínez (Podemos-Euskadi) cocinando y brindando en una sociedad gastronómica donostiarra, provocó una auténtica polvareda. Al día siguiente, José María Múgica, hijo de Fernando Múgica Herzog, abogado y dirigente socialista asesinado por ETA en 1996 en San Sebastián, solicitó la baja del partido. “No en mi nombre. Te ruego tramites mi baja del PSOE”, fue la reacción de Múgica tras salir a la luz aquella foto.

Una semana después del suceso, la líder del PSE-PSOE ha publicado un artículo en su página personal de Internet, titulado Nuevos fariseísmos, nuevos populismos, en el que reconoce que “han sido días duros, en los que he tenido que leer y escuchar acusaciones gruesas que no me afectan en lo personal, porque una ya ha visto de todo a estas alturas”.

Idoia Mendía se refugia en la trayectoria casi heróica de su partido que es el mío, para cuestionar las críticas que ha recibido. Mendia reconoce que las críticas “me indignan en la medida que cuestionan, muchas veces desde la cómoda distancia, el compromiso ético y democrático del partido que lidero, de mis compañeros y compañeras, de una organización centenaria que ha tenido que aguantar lo que no está escrito por hacer política en este país”.

“No nos lo merecemos”, dice Mendia en su escrito. Pero, a mi juicio, no es esa la cuestión. Nadie cuestiona, que yo sepa, la trayectoria del partido, sino su decisión de comparecer con Otegi en el reportaje, con lo que ello supone de intento de blanqueo de una trayectoria abominable. Lo más honrado por su parte hubiera sido pedir perdón, o al menos disculpas por el error cometido y la afrenta producida a muchos de sus compañeros. Una pena que la secretaria general del partido en Euskadi no haya aprovechado la ocasión para rectificar. Cuanto más tarde en hacerlo, más ahondará la brecha con una buena parte de su partido y de su electorado.

Alberto Urroz y el festival de Mendigorría

Urroz

Alberto Urroz en la nave mayor de la parroquia de Mendigorría

En la columna del pasado domingo, titulada Pamplona de estío, Juan Gracia Armendáriz se hacía eco de las bondades de la ciudad en verano, concluyendo que “la estación en que Pamplona luce mejor es ahora, cuando el calor aprieta (…) redescubrimos nuestra ciudad con nuevos ojos, pues luce un sol casi levantino (…) y disfrutamos del latido atemperado por la sombra musgosa que proyectan los parques”.

Si esta amable versión de Pamplona la trasladamos al conjunto de Navarra, tampoco faltan razones para solazarnos en lo que hemos venido en llamar, no sin razón, nuestra alta calidad de vida, fruto de políticas continuadas y bien orientadas en los más variados frentes: urbanístico, paisajístico, gastronómico, cultural y turístico. Lo digo, porque tendente como es al adanismo, conviene recordar al actual gobierno que no es sino un eslabón más en la cadena de los que fueron y serán, habiendo aportado cada uno su granito de arena para que podamos disfrutar de esta Navarra que nos incluye a todos.

Durante un tiempo fue un lugar común decir que Navarra en verano era fundamentalmente una tierra de procesiones y vacas. Pero siendo esto verdad, con lo que tiene de positivo mantener dos tradiciones que no es por casualidad que congreguen al mayor número de personas de cada localidad, no sería justo dejar de señalar que en los últimos lustros determinados programas culturales amenizan, bien sea en locales cerrados o en nuestras frescas noches con chaqueta, nuestro verano menguante. Los hay más institucionales: Festival de Teatro de Olite, Kultur, Flamenco On Fire, o la Semana de Música Antigua de Estella; pero los hay también menos conocidos, más modestos y recoletos, ubicados en espacios a veces insospechados, y vinculados a localidades o personas. Quisiera poder hablar de todos ellos, y lo hago fijando mi atención en uno en concreto que los representa muy bien a todos, pretendiendo dos cosas: rendir homenaje a los que los hacen posibles y animar a disfrutarlos.

Mendigorría es una hermosa población de la zona media, situada en una soleada colina sobre el Arga, con un apretado caserío del que sobresale la imponente iglesia de San Pedro. Unos kilómetros más abajo, siguiendo el curso del río, se encuentra Andelo, la importante ciudad romana hoy musealizada, que permite una visita cómoda y muy recomendable. Una población, pues, repleta de historia y de arte.

Aunque nacido en Pamplona, Alberto Urroz está vinculado a Mendigorría. Músico y pianista versátil, se graduó en el Real Conservatorio de Música de Madrid y amplió estudios en Tel Aviv y Nueva York. A su doble faceta de docente en la Universidad Alfonso X el Sabio e intérprete en festivales nacionales e internacionales, une una tercera de investigador, con una tesis leída en 2017 y vinculada a la enseñanza-aprendizaje de la técnica pianística.

Probablemente sin saber muy bien donde se embarcaba, en 2004, con escasos recursos materiales, pocos apoyos institucionales y mucho ánimo y no menor energía, inició el Festival de Música de Mendigorría, que estos días cumple su XV edición. Rodeado de alumnos venidos de fuera, acompañado de profesores amigos o conocidos por él, Alberto Urroz ejerció desde el primer año como hombre orquesta: organizador, director y, sobre todo, intérprete principal de los variados

programas que ha ido presentando con el correr de los años. Evidentemente, es el alma mater del festival.

El de este año, iniciado el día 27 y que se prolongará hasta el 12 de agosto, incorpora algunas novedades: se inició con un recital de canciones míticas de Broadway en el centro cultural de Tafalla -magnífico para eventos de este tenor- e incluirá un recital de arpa en el museo romano de Andelos. Pero el plato fuerte lo constituyen los conciertos que tienen lugar en la iglesia parroquial, nada menos que cinco más. En familia, con el piano situado en medio de la nave central, bien solo o acompañado de otros instrumentos o la voz humana, las veladas tienen un encanto especial, porque a la calidad musical hay que añadir un bellísimo marco que constituye un lujo para los sentidos: un interior en el que conviven las naves gótico-renacentistas y una buena colección de retablos romanistas y barrocos.

Si pueden, acérquense a Mendigorría estos días. Ni la música ni el marco artístico les dejarán indiferentes. En todo caso, de vacaciones o no, permítanme una sugerencia: ojeen la agenda diaria del DN. No les faltarán propuestas de interés.

Diario de Navarra, 2/8/2018

 

Una (casi) completa monografía local

Barbarin

Luis López de Dicastillo Gorricho, licenciado en Filosofía y Letras y doctor en Filosofía y Ciencias de la Educación, catedrático de enseñanza media y profesor tutor de la UNED, decidió volver espiritualmente a Barbarin, el pueblo en el que nació, y desentrañar “ese agujero negro escondido detrás del velo de mi infancia”. El resultado es este Memorial de Barbarin dedicado a su familia y “a todos los vecinos que tan amablemente me han ayudado y siguen viviendo en ese arca de Noé que se ha quedado anclada en la Atalaya”.

Barbarin es una pequeña y típica población de la merindad de Estella, situada en el histórico valle de Santesteban de la Solana. Ubicado a media ladera, al pie de la carretera Pamplona-Logroño, su apretado caserío ha oscilado entre los 45 habitantes de 1330, los 190 de 1553, los 208 de 1935 y los 72 de 2010. El autor se atreve a calcular en 2793 los habitantes habidos en Barbarin entre la primera y la última fecha citada. Pues bien, el autor ha querido estudiar esta microcomunidad con una macrohistoria de 796 páginas, que más de uno considerará excesiva. Conozco la dificultad de la síntesis, la otra alternativa posible, y entre una visión sintética y una historia más minuciosa y pausada, Luis López de Dicastillo ha optado por la segunda. Cinco años de trabajo, mucha paciencia, muchas lecturas e innumerables horas de archivo, han decantado una historia que comienza en el primer milenio antes de Cristo y llega hasta el final de la guerra civil de 1936. La primera parte, edades antigua y media es una síntesis de lo escrito por otros autores; la segunda, edades moderna y contemporánea, utiliza fuentes primarias procedentes sobre todo de los archivos municipal y parroquial.

Al lector apresurado le recomiendo una jugosa introducción que resume en cinco páginas la historia de la localidad en sus hitos esenciales. El lector sosegado y con tiempo, si ojea detenidamente sus páginas, tendrá oportunidad de revivir la historia de un pequeño municipio tratada con rigor y con el cariño de quien, a su vez, relata su propia intra-historia.

El libro está magníficamente editado, y solo echo de menos un elemento imprescindible en un volumen editado con el rigor que éste tiene: una relación bibliográfica final de los libros y archivos utilizados y consultados.

Es un aporte más, y nada despreciable, a la rica bibliografía local de Navarra.

Ficha Técnica:

Título: Barbarin. Un lugar en el valle de Santesteban de la Solana

Autor: Luis López de Dicastillo Gorricho

Editorial: Lamiñarra

Páginas: 796

Precio: 25 euros