El Museo de la Acrópolis

Desde el punto de vista artístico, el siglo XX podría dividirse en tres etapas bien caracterizadas: un primer tercio dominado por la eclosión creativa, especialmente en el ámbito de la pintura; un segundo tercio en el que parece remansarse el ímpetu de modernidad; y un tercero en el que el eclecticismo y la dispersión, en ausencia de liderazgos incuestionables, son los rasgos dominantes, acompañado de un esfuerzo ingente en materia de museos y centros de arte contemporáneo.

Estos nuevos espacios culturales, verdaderos iconos de nuestro tiempo que han conseguido situar a ciudades oscuras en el olimpo del arte, han seguido dos modelos radicalmente diferentes. Por un lado, la modernización y ampliación de los viejos museos nacionales, normalmente ubicados en palacios y edificios antiguos readaptados a tal fin. Es el caso del Louvre de París, el British de Londres, el Pergamon de Berlín o el Prado de Madrid. Pero, tal vez, han causado un impacto todavía mayor las edificaciones de nueva planta, en las que el edificio en sí ha tomado un protagonismo superior a la colección que alberga. Es paradigmático el caso del Guggenheim de Bilbao, una acertada mezcla de osadía cultural, inversión costosa y belleza arquitectónica, convertido en pocos años en imagen mediática de una oscura ciudad industrial en búsqueda de una nueva identidad.

A esta familia que engloba verdaderas obras maestras, actuaciones notables, edificios anodinos y desaciertos clamorosos, ha venido a sumarse un último ejemplar, el Nuevo Museo de la Acrópolis de Atenas, inaugurado el pasado 20 de junio. El gigantesco edificio, obra del arquitecto Bernard Tschumi, está situado al pie de la colina y sus cifras son todas apabullantes: 21.000 metros cuadrados de superficie, 130 millones de euros de coste, 4.000 objetos expuestos, 16.000 metros cuadrados de mármol y 4.390 de cristal usados en su construcción, y una previsión de 2 millones de visitantes al año.

Levantado en buena parte sobre pilotes para respetar en lo posible la zona arqueológica en la que se asienta, el nuevo museo presenta tres vertientes de especial interés: el edificio propiamente dicho, el proyecto museográfico y la reivindicación político-cultural de los mármoles originales.

El proyecto arquitectónico no ha suscitado alabanzas unánimes en público y crítica. Ultramoderno, ampuloso, extravagante, perturbador, molesto, son algunos de los adjetivos que han acompañado las crónicas de la inauguración y los primeros pasos del nuevo edificio. El impacto visual del nuevo edificio es enorme, restando protagonismo  al verdadero centro artístico, cultural y religioso, la Acrópolis propiamente dicha.

Mayor unanimidad existe sobre la bondad del proyecto museográfico. El nuevo edificio recoge toda la historia de la Acrópolis, desde la época micénica y arcaica, pasando por su momento álgido –la Atenas de Fidias y Pericles- hasta el helenismo y la época romana. Las joyas que alberga, excepcionalmente dispuestas, unido a los últimos avances técnicos, sumergen al espectador en una atmósfera difícilmente repetible.

Pero el museo es además un potente y permanente grito reivindicativo frente a la dispersión del legado clásico. Los 75 metros de friso, las 15 metopas y 17 estatuas de los pedimentos,  “comprados” por Lord Elgin a principios del siglo XIX, actualmente en el British Museum de Londres, ocupan en su ausencia todo el piso tercero del nuevo museo, dedicado a recrear la decoración del Partenón. Un museo, en consecuencia, incompleto hasta tanto no vuelvan los mármoles exiliados.

A los que no hemos tenido la suerte de verlo todavía, la página oficial del museo www.theacropolismuseum.gr nos permite realizar una visita virtual que palía la ausencia. Pero nada sustituye, si resulta posible, a la visita in situ, y no conviene demorarla porque, como nos recuerda Séneca, “el arte es largo y la vida breve”.

 Diario de Navarra 30/7/2009

Leire y el valle de Salazar

Acaba de celebrarse en Estella la XXXVI Semana de Estudios Medievales. Como cada año ha reunido, esta vez con el sugerente y muy actual tema de “Ricos y pobres” a un selecto grupo de especialistas venidos de universidades españolas, italianas e inglesas. Y junto a ellos, un grupo de becarios, normalmente alumnos de doctorado, que si sigue la tradición, dentro de no muchos años serán los ponentes encargados de impartir las lecciones magistrales.

Como cada año también, el miércoles fue dedicado a una excursión representativa por nuestra Comunidad. Los lugares elegidos por el Comité Científico fueron el monasterio de Leire y el valle de Salazar en dos de sus enclaves más representativos: Muskilda y la villa de Ochagavía. La excursión, desde hace más de una década, se la encomienda el Gobierno de Navarra al Centro de Estudios Tierra Estella que, a su vez, me encarga a mí su coordinación.

La jornada, agradable en lo meteorológico y prometedora en lo cultural y artístico, se inició en la estación de autobuses de Estella. Tras un viaje a través de las autovías del Camino y del Pirineo, casi paralelas ambas a los dos principales ramales del Camino de Santiago en Navarra, a las 10 en punto estábamos en Leire. La explicación de la historia y el arte del monasterio corrió a cargo de José Antonio Pedroarena, prior del cenobio y experto conocedor del mismo. Su bien timbrada voz, su conocimiento y su pasión apenas contenida fueron los ingredientes de un recorrido que satisfizo a todos.

Tras el café en el hostal Latorre, enfilamos el otrora duro camino del Pirineo, suavizado por el buen firme de la carretera y las novedades introducidas en el puerto de Iso. La subida a Muskilda, pese a la dimensión del autobús, no planteó mayores problemas. La explicación frente a la basílica, tras la referencia obligada al presidente del Comité Científico, Angel J. Martín Duque, autor de la obra clave para conocer el nacimiento y desarrollo  de la historia del valle “La Comunidad del Valle de Salazar. Orígenes y evolución histórica”, se centró en tres aspectos: la realidad artística del edificio, una sobria edificación de la segunda mitad del siglo XII, reedificada en parte a lo largo del siglo XVII, el peculiar patronato mere lego que ha gestionado históricamente la basílica, y las danzas vinculadas a las ceremonias religioso-festivas del 8 de septiembre.

Tras un reposado descanso para contemplar las vistas inigualables que pueden observarse en día claro y limpio como el que tuvimos, descendimos a Ochagavía. Tras una introducción a su historia, entre casonas del XIX y calles empedradas y primorosamente cuidadas, recorrimos algunas de sus calles y recalamos finalmente en su impresionante iglesia parroquial. Admirable su imponente fábrica, pero más admirable aún su colección de retablos romanistas debidos a la maestría de Miguel de Espinal, que los ejecutó en el último tercio del siglo XVI. Los laterales de Santa Catalina y Santiago, y especialmente el central, dorado, pintado y estofado por Martín Zabalza, son un hito del renacimiento no sólo navarro, sino de todo el norte de España.

Cumplido el programa cultural y artístico también hubo tiempo para la gastronomía, los últimos kilómetros de la etapa reina del tour con el que muchos vibramos y la contemplación de la Foz de Arbayún en el viaje de vuelta.

Un año más, el programa se ha cumplido. Profesores y alumnos, sobre todo los foráneos, tuvieron la oportunidad de conocer rincones de un territorio que no quiere olvidar su historia y se precia de cultivarla. Ojalá llegue un día en que sea difícil elegir destino para la excursión. Ello indicará que las Semanas perduran y el interés por Navarra no ha decaído. ¡Larga vida a las Semanas de Estudios Medievales de Estella!

Pax Avant

El valle de Roncal es una tierra de acusada personalidad. Así lo acredita la historia y así lo recoge el estudio de Juan Cruz Alli Aranguren “La mancomunidad del valle de Roncal”, una de las monografías más completas sobre el mismo, con especial referencia a sus aspectos institucionales y jurídicos.

Este valle es, entre otras muchas cosas, tierra de frontera. Y aunque ésta presenta formas bien distintas, pocas resultarán tan aparentemente nítidas como la triple barrera que separa a Roncal de Barétous: la física, los Pirineos; la lingüística,  español y francés como lenguas dominantes, con el uskara y el bearnés como vestigios históricos; y la política, España y Francia como Estados nítidamente diferenciados y fraternalmente enfrentados en muchos momentos de la historia.

De esta misma historia participaron los dos valles fronterizos, pero sus litigios no  fueron cosas de honor, conquista de nuevas tierras o liderazgos políticos, sino asuntos más prosaicos y entendibles: uso de pastos y aprovechamiento de manantiales, especialmente importantes en una zona kárstica como la de Larra.  Las desavenencias, conflictos e incluso muertes acaecidas llevaron a unos y otros a aceptar la sentencia arbitral de 16 de octubre de 1375 y la tregua “por ciento et un aynnos”, es decir a perpetuidad,  por la que los baretoneses entregarían a los roncaleses “tres vacas de dos años, del mismo pelaje y cornaje, sin tacha ni lesión alguna”. Pese a incidentes y desavenencias puntuales, el pacto ha sido respetado a lo largo de los siglos, y sólo en muy escasas ocasiones y por motivos excepcionales se ha dejado de celebrar. A los interesados en una breve historia del tributo y su desarrollo les recomiendo el folleto de Florencio Idoate, “El tributo de las tres vacas”, editado en la bien conocida colección Navarra: temas de cultura popular.

Pues bien, el pasado lunes, 13 de julio, en la llamada Piedra de San Martín, situada en el collado de Ernaz, a 1.721 metros de altura, volvieron a reunirse los representantes de Roncal, con atuendo tradicional compuesto por sombrero, capote negro, valona y calzón corto, y los de Barétous, que estrenaban atuendo tradicional, adornados con la banda tricolor francesa cruzada al pecho. Tuve la suerte de presenciar muy de cerca, invitado por el dinámico alcalde de Isaba, la multisecular ceremonia y sentir muy dentro el latido de la historia, hecha no sólo de gestas memorables, sino también de actos modestos pero perdurables.

El triple “Pax Avant” –paz en adelante- del alcalde de Isaba, respondido por las autoridades del valle vecino, es todo un programa de trabajo. Hoy, afortunadamente, las desavenencias de antaño se han trocado en relaciones fluidas y cordiales, encarnadas en las personas de los alcaldes de Isaba y Arette. Ellos representan el intento por compartir un pasado y el deseo de abrirse a un futuro incierto.

El primero se concreta en proyectos como el Museo de la Almadía en Burgui, el Museo de Gayarre en Roncal, la Casa de la Memoria en Isaba o la Casa de Barétous en Arette.

El segundo ha tomado cuerpo en proyectos vinculados a la nieve y al sector turístico. Y uno y otro se han plasmado en proyectos transfronterizos apoyados por la Unión Europea, caso de “la ruta Pax Avant”, un recorrido por la historia, las gentes y la cultura de dos valles, en este caso no separados, sino unidos por la montaña.

Pero Roncal no sólo se merece la visita el 13 de julio. Pasear por sus villas, adobadas de arquitectura tradicional e iglesias monumentales, disfrutar de unos paisajes cambiantes con el paso de las estaciones o gozar de su gastronomía, desde las modestas pero inigualables migas a productos más elaborados como el queso, están a nuestro alcance en cualquier época del año. Por ejemplo, ahora. Pruébelo y disfrute.

 

Diario de Navarra 16/7/2009

Una mañana en el Senado

Es una costumbre no escrita pero sí practicada en esta sección, que los temas abordados durante el verano sean un modesta invitación  al viaje. Navarra sigue siendo nuestro objetivo preferente, pero no exclusivo. Y en esta ocasión, aprovechando una experiencia muy reciente, nuestro destino es el Madrid histórico, en concreto el palacio del Senado.

Las Constituciones habidas en España desde 1812 a 1978 han contemplado dos variantes para el poder legislativo: el sistema unicameral o Cortes en la tradicional denominación española, propio de las constituciones de 1812 y 1931, y el sistema bicameral, compuesto por el Congreso de los Diputados y el Senado, definido en el Estatuto Real de 1834 y en las constituciones de 1837, 1845, 1869, 1876 y 1978.

La Constitución española de 1978 señala que “las Cortes generales ejercen la potestad legislativa del Estado, aprueban sus presupuestos, controlan la acción del Gobierno y tienen las demás competencias que les atribuye la Constitución”. El Senado es, básicamente, una Cámara de segunda lectura, y además, la Cámara de representación territorial. Y, en cuanto tal, está pendiente de una profunda reforma que no acaba de llegar. Mientras tanto, pese al empaque de su historia y la modernidad de su nuevo hemiciclo, la institución languidece a la espera de un futuro menos indefinido y más decisorio.

El pasado 22 de junio, lunes, tuve ocasión de asistir en el salón de los pasos perdidos al que luego me referiré, a la presentación de un libro titulado “Carlos Chivite, una vida al límite”, en el que amigos y compañeros del senador electo por Navarra en el momento de su muerte, ocurrida hace algo más de un año, glosan su figura y su obra. Y con ese motivo, tuve la oportunidad , una vez más, de recorrer detenidamente un edificio que es un trozo vivo de la Historia de España.

El palacio del Senado está instalado en el antiguo convento de los padres agustinos calzados, fundado por doña María de Aragón a finales del siglo XVI, justo al lado de edificios tan relevantes como el monasterio de la Encarnación y el palacio real.  La iglesia del convento fue habilitada como salón de sesiones en 1814 y, con profundas modificaciones, se ha mantenido como sede del Senado desde 1835 hasta nuestros días. La pieza maestra es el salón de plenos, la antigua iglesia, que ha pervivido en su estilo neoclásico pese a las diversas modificaciones y consolidaciones llevadas a cabo. Su vieja distribución a la inglesa con bancos enfrentados, su disfuncionalidad y su estrechez aconsejaron su sustitución por un nuevo hemiciclo en grada, sin duda mucho más cómodo y funcional, aún a costa de perder el empaque del primero.

El segundo elemento digno de interés es la biblioteca. Fruto de la reforma del último tercio del siglo XIX, en plena eclosión de los estilos historicistas, y localizada en el antiguo claustro del monasterio, sorprende su composición a base de elementos de fundición en estilo gótico inglés.

No obstante, su verdadero valor reside en sus fondos, especialmente el histórico, uno de los más importantes de nuestros siglos XIX y primer tercio del siglo XX. Allí un selecto grupo de usuarios, formado por senadores e investigadores disfrutan de un espacio en el que la prensa nacional y regional, o los fondos históricos se degustan pausadamente bajo unas lámparas de vidrio verde, entre entradas y salidas de grupos de ciudadanos que transitan el edificio en visitas guiadas.

Un tercer elemento, quizás el más deslumbrante, es la pinacoteca. La colección de pinturas procede, en buena parte, de adquisiciones oficiales en las exposiciones patrocinadas por el Gobierno y la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. Los más característicos son los cuadros históricos, en especial los que adornan la estancia más espectacular, el salón de los pasos perdidos, que reflejan fielmente momentos significativos o legendarios de la historia de España. Obras de Casado del Alisal, Sorolla, los Madrazo, Gisbert, Pradilla, Muñoz Degrain, Moreno Carbonero, Esquivel y otros figuran en la valiosa pinacoteca de la casa. Además es notable la galería de retratos de reyes, próceres y presidentes del Senado, además de una serie de Maestres de Campo que adornan las galerías y despachos de la planta noble del palacio.

El palacio del Senado es un buen lugar para perderse una mañana y encontrarse con una parte de la Historia de España. Mi experiencia es francamente positiva. Espero que la suya, si lo intentan, lo sea en igual medida. Felices vacaciones.

 

Diario de Navarra, 2/7/2009