La Conferencia de Consejos Sociales de España

Relojes

La Conferencia de Consejos Sociales de las Universidades Públicas Españolas es una asociación que aglutina a los órganos de participación de la sociedad en los centros de Educación Superior del Estado: los Consejos Sociales”. Así inicia su presentación la flamante páginas web de esta institución, recientemente remodelada.

Actualmente forman parte de ella 47 de las 48 universidades públicas existentes en España. La Asociación se constituyó en 2005 en Las Palmas de Gran Canaria con el objetivo de facilitar la colaboración entre los diferentes Consejos Sociales y promover el diálogo y la reflexión sobre la Educación Superior. La Conferencia está dotada de plena personalidad jurídica y capacidad de obrar. Entre sus funciones, de acuerdo a sus Estatutos, destacan:

– Apoyar la actuación de los Consejos Sociales como interlocutores entre las universidades y la sociedad.

– Promover la colaboración e intercambio de experiencias entre estos órganos, en particular en lo que se refiere al EEES (Espacio Europeo de Educación Superior)

– Impulsar actividades que permitan reforzar la presencia y participación de los Consejos Sociales, tanto en la sociedad como en la universidad.

En definitiva, su finalidad principal es unir fuerzas para impulsar políticas que refuercen el papel social de las universidades públicas españolas.

Pero, aunque los objetivos estén claramente enunciados, su puesta en práctica no es sencilla. La diferente cultura de cada universidad, desde las pluricentenarias a las recientemente creadas; las diferencias en número de alumnos, profesores, centros y titulaciones; la mayor o menor proclividad al cambio y la modernidad; las formas de hacer existentes, tan distintas en las diecisiete comunidades autónomas; y las rémoras de un modelo tendente a la burocracia y la escasa delimitación de responsabilidades, hacen que el papel de los Consejos Sociales sea muy distinto también, en cantidad y calidad, en cada una de las universidades. Y que, en consecuencia, el inaplazable proceso de modernización, camine con lentitud, continuos vaivenesy velocidades diversas.

El pasado 11 de junio, tuve la oportunidad de visitar, junto con Ladislao Azcona, presidente del Consejo Social de la Universidad de Oviedo, a Joaquin Moya-Angeler, presidente de la Conferencia de Consejos Sociales de España. Se trataba de presentar nuestra asociación, el G9 de los Consejos Sociales -recuerdo que lo conformamos Cantabria, Castilla La Mancha, Extremadura, Islas Baleares, La Rioja, Navarra, País Vasco, Oviedo y Zaragoza-, comunicar al presidente nuestras intenciones y ponernos a su disposición para trabajar conjuntamente en la mejora de la Universidad española, objetivo común que todos perseguimos. La acogida fue amable y el eco positivo.

Esa misma tarde, en la Universidad Carlos III de Madrid, tuvo lugar la Asamblea General de la Conferencia. La presencia no fue especialmente nutrida y la asamblea tuvo un carácter básicamente informativo. Y eso que la nómina de asistentes contenía nombres rutilantes de la economía, las finanzas, la comunicación y la Academia, todos ellos presidentes de los distintos Consejos Sociales de España.

Aproveché una breve intervención en “Ruegos y preguntas” para presentar al G9, dar cuenta de la reunión de relanzamiento de Zaragoza y ponernos a disposición del resto de los colegas. Inmediatamente después, saltó la sorpresa. Joaquín Moya-Angeler comunicó la renuncia al cargo de presidente del Consejo Social de la Universidad de Almería y, en consecuencia, su cese como presidente de la Asamblea de Consejos Sociales. Y anunció que la próxima asamblea general del otoño, que tendrá lugar en Jaén, deberá proceder al nombramiento de nuevo presidente.

Creo sinceramente que, pese a los indudables avances alcanzados en los últimos años, la Conferencia necesita un nuevo impulso. Debe definir con claridad los objetivos que persigue, dotarse de un sistema operativo y participativo, abordar los grandes temas pendientes de la universidad española y convertirse en un interlocutor legitimado ante las instituciones por origen, argumentos y razones a fin de aportar criterios y propuestas en el proceso de reformas ya inaplazables. En definitiva, debe creerse su función y ejercerla con firmeza, responsabilidad y rigor. Y eso requiere conocimiento, tiempo, ganas, dedicación y contactos.

En la búsqueda de estos objetivos, el G9 de los Consejos Sociales pretende ser un instrumento activo, tratando de converger con los que, como nosotros, aspiren a estos cambios imprescindibles. Confiemos en que, de aquí al otoño, seamos capaces de articular el proceso, definir objetivos y procedimientos, y encontrar el equipo adecuado para liderar la nueva etapa que se abre. El Consejo Social de la Universidad Pública de Navarra, por responsabilidad y convencimiento, apoyará este proceso. Ese futuro que se adivina y que entre todos tenemos que conseguir no nos es ajeno, también es el nuestro.

Diario de Navarra, 22/7/2014

 

Anuncios

Néstor Basterretxea

Nestor

El artista en una imagen reciente

El pasado 12 de julio, los medios de comunicación nos trajeron la noticia de que Néstor Basterretxea, nacido en Bermeo hace 90 años, había fallecido en el caserío Idurmendieta, su casa de Hondarribia, rodeado de los suyos, tras una vida plena en lo personal y lo artístico. Tras conocer la noticia, que escuché en la televisión, volví la vista en el salón de mi casa hacia la izquierda y contemplé de nuevo dos pequeñas obras artísticas del autor que me han acompañado desde hace 25 años y que me han permitido tenerlo muy presente en mi memoria.

Corría el año 1989. Los responsables de cultura de las cuatro diputaciones forales fuimos invitados a un viaje a los Estados Unidos, que tenía básicamente una finalidad: asistir a la inauguración de un monumento al pastor vasco que, previa suscripción popular y con la ayuda de las instituciones forales, pretendía homenajear a un colectivo de evidente importancia en los Estados de Idaho, Nevada y California, entre finales del siglo XIX y los años sesenta del pasado siglo. Tras vencer algunas reticencias y clarificar mi papel en los actos, ya que los aspectos cultural y político se entremezclaban en la iniciativa, cosa bastante habitual en aquellos años, emprendí viaje a Reno, la ciudad del Estado de Nevada donde se levanta la imponente escultura de bronce.

Pastorm

Monumento al Pastor Vasco. Reno. Nevada. USA

Dos cosas se me quedaron grabadas de aquella estancia. Por un lado, el cariño con el que los pastores y sus descendientes, muchos de ellos procedentes de los valles de Aézkoa, Salazar, Roncal y todo el norte de Navarra acogieron mis palabras de saludo. No era exactamente un vasco quien les hablaba, sino un navarro que sin menospreciar la cultura común, les dejó claro que representaba a una Comunidad distinta que quería vivir en armonía con sus vecinos con los que tantas cosas teníamos en común. Y aquella presencia de Navarra, su Navarra, la agradecieron especialmente. La segunda cosa fue la sorpresa con la que acogieron la obra del escultor. Ellos aspiraban a una obra realista, en la que el pastor fuera pastor, la oveja pareciera tal, y todo fuera perfectamente identificable. Y se encontraron con un soberbio monumento, más una idea que un elemento estrictamente descriptivo, en el que la soledad de la vida pastoril quedaba nítidamente reflejada en un enorme basamento, una ciclópea figura humana sin rostro específico, una oveja apenas sugerida en trazos rasgados sobre el propio bronce y, finalmente, una enorme luna como culminación, imagen real y poética de la dura vida que les había acompañado. Esta obra representó para el autor “el carácter esencial de ese arquetipo de nuestra cultura popular que es el pastor; su capacidad para vivir y trabajar en soledad. Ese fue el sentido de lo que quise hacer en Reno. Allí tuve conciencia del sentimiento de respeto y simpatía que se guarda por esos hombres que han sabido y saben cumplir con tan duro compromiso”. A mí el monumento, situado a la salida de Reno, en pleno desierto de Nevada, me gustó mucho, y pude hacerme con una pequeña copia de una serie de 50 que se puso a la venta, que es la que conservo en mi cuarto de estar. Mi relación con él fue muy cordial durante aquellos días, y algunos meses después recibí una hermosa serigrafía del lago Tahoe, una lámina de agua azul en medio del desierto, evocada en día de tormenta. No me resisto a transcribir para ustedes la dedicatoria de su puño y letra: “Homenaje al lago Tahoe, USA. Para mi querido amigo R.Felones. Néstor Basterretxea 89.”

Basterretxea, forjado en el exilio argentino como consecuencia de la guerra civil, regresó a España en 1952 y pasó a formar parte a finales de los cincuenta de los grupos de vanguardia más importantes del campo creativo. El equipo 57 y el grupo Gaur reunieron a personalidades tan sólidas y dsipares como Oteiza, Chillida, Mendiburu, Ruiz Balerdi, Amable Arias o Sistiaga. La pintura, el diseño industrial, la escultura, los cinematografía y la escritura, son eslabones en los que Basterretxea ha expresado su universo artístico y vital, un universo en el que la multidisciplinariedad es elemento característico. Probablemente, junto con los dos colosos, Oteiza y Chillida, Basterretxea compone la tríada más deslumbrante del arte vasco del siglo XX. Y probablemente también, su figura se ha visto oscurecida por las de estas dos sólidas personalidades artísticas. El legado de ambos, pese a pasar por serias dificultades de diverso tipo, está a salvo. Katrin Alberdi, restauradora y conservadora de la obra de Basterretxea, señalaba en una entrevista: “Yo espero que se le otorgue una posición importante porque artísticamente ha marcado mucho y ha hecho su propio camino. Es patrimonio cultural de todos y se merece un respeto y un sitio en la sociedad”. Mi deseo es que familia, instituciones y sociedad acierten en el empeño.

Diario de Navarra, 24/7/2014

 

En memoria de Joseba Urbe

Ioseba

El pasado jueves, 17 de julio, nos encontrábamos María Luisa y yo en el porche de casa, en una noche especialmente cálida y estival, cuando recibimos la noticia: Joseba Urbe se había matado con el tractor trabajando sus viñas en Cirauqui. Y, una vez más, quedó de manifiesto que la diferencia entre la felicidad y el drama no es sino una línea tenue, regida por no se sabe qué fuerzas ocultas.

Joseba era un chaval de 29 años, con el que nos unían lazos de relación y amistad. Desde los ocho años, tanto él como su hermano Iker habían comenzado a jugar en las secciones infantiles del Idoia, siempre acompañados de Gloria, su madre, viuda desde hacía poco tiempo, y de su tío Ezequiel. La presencia de ambos, Gloria y Ezequiel, fue permanente a lo largo de los años, y juntos recorrimos muchos de los lugares de la merindad acompañando a nuestros hijos, celebrando las cenas de fin de campaña, consolándolos en las derrotas y alegrándonos en los días de victoria. Hasta que, con el paso de los años, Joseba pasó a jugar en el equipo de su pueblo, el Zirauki. Lo que no impidió poder seguir saludando a Gloria y Ezequiel, y a los propios chicos, vinculados ahora a Oteiza a través del matrimonio de su hemana Amaia con Mitxel Sanz de Galdeano.

Aunque la muerte sea inexorable y casi siempre resulte inoportuna, hay casos en los que carece de toda lógica. Y el impacto en los que apenas saben de su existencia porque no va con ellos, es enorme. Eso indicaban los aledaños del tanatorio de Mercatondoa en Estella, la tarde del día siguiente, cuando me acerqué para saludar a Gloria y dar el último adiós a Joseba. Cuadrillas de jóvenes, de Cirauqui, Oteiza y otros lugares de la merindad, con la mirada perdida, lágrimas en los ojos y la pregunta en los labios. Copartícipes de un duelo que les había pillado de improviso. Me impresionó la serena presencia de Gloria, aislada de la multitud, junto a la caja de su hijo, sin levantar ni una sola vez la mirada, repasando sin duda, sus cortos y fructíferos 29 años de vida en común. Junto a ella Joseba dormía plácido, con su indumentaria futbolera y sus guantes de portero, redeado de flores y cariño, ajeno ya a un mundo que se desmoronaba a su alrededor y se convertía en preguntas sin respuesta.

Hay funerales que se definen por sus silencios. Y éste fue uno de ellos. Una multitud, tomado el término en sentido literal, de personas jóvenes la mayor parte, esperaban en el entorno de la hermosa iglesia de San Román de Cirauqui la llegada del cadáver. La tarde, calurosísima, no se prestaba a la espera callada y sosegada. Pero apenas hubo sino murmullos, lágrimas entrecortadas y abrazos. Lo recibimos en la escalinata, arropado por su familia y sus compañeros del club deportivo que, con sus camisetas amarillas, se encargaron de arroparle y acompañarle. A la finalización de la acogida, hermosa y cercana por parte del sacerdote que presidió la ceremonia, sonó una melodía que parecía surgir del alma de cada uno de nosotros.

La ceremonia religiosa, especialmente díficil en ocasiones como ésta, tuvo calor, color, hondura y humanidad. El sacerdote, amigo de la familia, tocó sin excesos la fibra sensible, glosó sus valores humanos, el compromiso con su familia y con su pueblo, y sus gustos y aficiones. Y los acompañantes, seguimos con silencio y respeto, en un templo abarrotado, una celebración que los creyentes creemos, entre la espera y la esperanza, que es una celebración de vida. Sonó el agur jaunak rotundo, sonoro y siempre melancólico en el ofertorio, que Joseba oiría con gusto, dada su afición a la música. Y la coral de Cirauqui acompañó el resto de los cantos de la celebración.

La emoción se desbordó en los momentos finales, cuando los amigos del club recordaron al entrañable compañero que guardaba la portería. Y prometieron dedicarle todos los goles que en la nueva división marque este año el club. Una carta, puesta en su boca por una joven familiar de Joseba, puso ese nudo en la garganta difícil de aguantar. Recordó su vida, sus compromisos, sus anhelos, su amor por la familia y por su pueblo, y nos dio un hasta pronto que será una realidad un poco antes o un poco después.

El aurresku sirvió de despedida civil. Me situé al lado de Javier Morentin, uno de sus grandes amigos y compañeros de trabajo, que no paró de sollozar sentidamente durante su interpretación. Era uno más, y muy representativo, del sentir generalizado. Se ha ido una buena persona y un gran tipo. Así se lo reconocieron sus compañeros de la charanga, que interpretaron para él una evocadora canción de despedida.

Leía por la mañana en el Aleph de Borges que “ser inmortal es baladí; menos el hombre, todas las criaturas lo son, pues ignoran la muerte; lo divino, lo terrible, lo incomprensible, es saberse inmortal.”

Joseba ha dejado este primer mundo. Que junto a Pepito, su padre, su tío Ezequiel y el resto de sus familiares y amigos, siga viviendo esa otra vida que no tendrá fin.

 

 

 

 

Los cansados

Los cansados

El autor e imagen de portada del libro

A sugerencia de la bibliotecaria de Oteiza, recogí de la estantería de novedades este libro, mitad novela, mitad ensayo, como lectura para estos días de vacaciones. Sus apenas 150 páginas son una agradable novedad, breve y jugosa. El tema no puede ser más manido: la visión de un padre posmoderno -se define a sí mismo como un burgués de izq uierdas- y separado respecto a su hijo de 19 años, un auténtico extraterrestre en casa, casi siempre tumbado y cansado.

Su inicio es prometedor: “Pero ¿dónde coño estás? Te he llamado por teléfono cuatro veces por lo menos, y no me contestas nunca. Tu móvil suena que te suena, como los de los maridos adúlteros y las amantes ofendidas. La interminable retahíla de timbrazos da a entender tu activa renuencia o tu sosegada distracción: y no sé cuál es, de los dos “no contesto”, el más ofensivo”.(…) Lo único seguro es que has pasado por esta casa. Las pistas de tu presencia son inequívocas. El kilim de la entrada es una pequeña cordillera de pliegues y hondonadas. Su honesta forma rectangular, cuando entras o sales de casa, no tiene escapatoria: se ve desfigurada por las huellas de tus enormes zapatos (…) En invierno, rastros de cieno y de hojas secas agregan osadas variantes de Land Art a los austeros diseños geométricos del kilim. En verano, el desastre es más pulcro, menos sugestivo respecto a la apoteosis invernal. Pero el calzado que impresiona y desarraiga siempre es el mismo: tú y tu tribu habéis abolido sandalias y macasines en beneficio de esos cascos de goma acolchada que os engullen los pies durante todo el año, sea en la nieve húmeda o en la arena caliente (…) En la cocina, el fregaderoi está lleno de platos sucios. Manchas de salsa ya calcinadas por la sucesión de cocciones churretean los hornillos. Esa es la norma; la excepción es una sartén carbonizada, un colador mutilado de su mango, o una fuente de pírez con restos de macarrones que genera su propio moho en la balda al lado de la nevera”. Y, a partir de ahí, taza de café, baño, toallas, ropa tirada, calcetines sucios, aparatos electrónicos. Y concluya la descripción: “Todo queda encendido, nada apagado. Todo abierto, nada cerrado. Todo empezado, nada terminado. Tú eres el consumistas perfecto. El sueño de todo jerarca o funcionario de la presente dictadura, a quien para mantener en pie sus muros delirantes le es necesario que todos quememos más de lo que nos calienta, comamos más de lo que nos alimenta, iluminemos más de lo que podemos ver, fumemos más de lo que podemos fumar, compremos más de lo que nos satiface”.

La descripción física y psicológica de esta juventud, en la que muchos padres y madres nos sentimos más o menos reflejados, la ubica el autor en un contexto de Occidente en el que los viejos serán la clase dominante y el resto los dominados. Eso le lleva a escribir una novela grandiosa y definitiva en la que lleva bastante tiempo trabajando La Gran Guerra Final que narrará la lucha entre Viejos y Jóvenes.

Pese a todo, lo mejor del libro me sigue pareciendo la lucha de amor-desamor con el hijo, la reflexión sobre los jóvenes de nuestro tiempo, la impostura de nuestra cultura, y ese espíritu desenfadado con que se enfrenta a un mundo en el que está irremediablemente inserto.

Bien escrito, bien articulado, mitad sátira social y encuentro-desencuentro afectivo, el libro es un viaje hacia una generación que se ha extendido horizontalmente por el mundo -su posición natural- y quizás desde esa postura pueda ver cosas que los adultos -los erectos- todavía no ven o ya no quieren ver.

Recomendable para todas las edades, pero especialmente para los que todavía están disfrutando/padeciendo de hijos adolescentes. Que les sea leve.

 Ficha técnica: Michel Serra, Los cansados, Alfaguara, Madrid, 2014.

 

 

El legado Várez Fisa

 José Luis Várez Fisa en el momento de firmar la donación al PradoLegado Várez

.

Por razones vinculadas a mi nuevo destino en el Consejo Social de la UPNA, he vuelto a retomar una actividad casi olvidada, los viajes a Madrid, siempre con la misma cadencia: viaje en tren desde Tafalla a primera hora de la mañana y vuelta a última hora de la tarde para poder dormir en casa. Un trayecto cómodo y rápido que apenas desmerece del AVE, y permite realizar una intensa jormada en la capital. Como las reuniones y entrevistas son a horas desiguales y procuro huir de las largas sobremesas, casi siempre encuentro un hueco para escaparme a uno de los museos de las inmediaciones de Atocha: el Reina Sofía, el Thyssen, CaixaForum o el Prado, con radical preferencia por éste último.

En los últimos meses he tomado también otra decisión: visitar las exposiciones temporales de interés y comenzar una visita al museo por etapas en función del tiempo disponible. Sabia decisión de la que no me arrepiento, porque conozco pocos espacios en el mundo que posean un magnetismo mayor y te reserven sorpresas tan gratas en cada una de las visitas. Es como volver a las variaciones Goldberg o los conciertos de Branderburgo, o releer el Quijote cada verano. Siempre son el mismo y distinto Bach o Cervantes, y siempre encierran una nueva sorpresa.

Con este espíritu comencé el pasado 3 de junio la nueva visita al Prado. Y dentro de la pintura, la inicié con el capítulo de la pintura románica, escasa pero excelsamente representada por los conjuntos procedentes de Santa Cruz de Maderuelo (Segovia) y San Baudelio de Berlanga (Soria). Ambos conjuntos son lo más antiguo en pintura del museo, pero están llenos de una radical modernidad. La cacería de liebres del primero, y la creación de Adán y la escena del pecado original del segundo, encierran intuiciones que sólo las sacarán a la luz los grandes pintores del siglo XX.

Pero la visita tenía una especial finalidad, disfrutar del legado Várez Fisa, ubicado en la Sala 52A, planta baja, con acceso por la Puerta de Jerónimos. A principios de 2013, don José Luis Várez Fisa y su esposa, doña María Milagros Benegas Mendía, junto con sus hijos, realizaron una generosa donación de doce obras de arte al museo. En esta sala, que lleva el nombre de la familia, se expone el conjunto completo, incluyendo el gran artesonado procedente de Valencia de Don Juan (León). Las obras, una a una, son de gran calidad: un frontal de altar del círculo del maestro de Lluçà de en torno a 1200; un retablo con relieves escultóricos de San Juan Bautista, del último cuarto del siglo XIII; un retablo pictórico de San Cristóbal, obra de un autor castellano de finales del siglo XIII; la Virgen de Tobed, de finales del siglo XIV, atribuida a Jaume Serra; el ya comentado artesonado, de comienzos del XV, que cubre toda la sala; un retablo pictórico de la Virgen, obra del maestro de Torralba, de mediados del siglo XV; un San Antonio Abad de Joan Reixach, también de mediados del XV; un hermosísimo tríptico del Nacimiento de Jesús, que da nombre al maestro, de mediados del siglo; una Virgen entronizada con el Niño, obra de Gil de Siloé de finales del siglo XV; una tabla con San Gregorio Magno y San Jerónimo, de Pedro Berruguete, fechada en torno a 1500; un Cristo de Piedad entre David y Jeremías, obra de Diego de la Cruz, de las mismas fechas; un nacimiento de Cristo con un donante, obra de Fernando Llanos de comienzos del siglo XVI, y una tabla de la Virgen con el Niño de Juan de Flandes, fechada en torno a 1510.

Con la fascinación de la donación y la pretensión de comentársela a ustedes volví a Navarra. Y cuál no fue mi propresa al encontrar en el Diario de Navarra del día 10 de junio una esquela de don José Luis Várez Fisa, fallecido el día 8 de junio en Madrid. La explicación la daba el mismo medio en una información firmada por Miguel Lorenci. “Muere el mecenas Várez Fisa, creador de Laminaciones de Lesaca”. Nacido en Barcelona en 1928, se formó como ingeniero en la Ciudad Condal e hizo fortuna como empresario en Navarra. Llegó a Pamplona como consejero de la sucursal del Banco de España. Fundó en 1959 la empresa Laminaciones de Lesaca, industria de derivados del acero, que presidió. Vendió la empresa en 1973 a Altos Hornos de Vicaya para centrar su actividad en la promoción inmobiliaria y el sector financiero. Coleccionista de arte desde los años sesenta, se instaló en Madrid cuando ETA empezó a amenazar a los empresarios vascos.

Estos pecualiares orígenes son una razón más para visitar su legado en el Prado. Que la donación fuera conjunta del matrimonio y los hijos, nada menos que siete, dignifica a toda la familia. Una donación que justifica sobradamente las condecoraciones que recibió en vida. Sin duda estaban más que justificadas.

Diario de Navarra, 10/7/2014

 

 

La fiesta de mi jubilación

El pasado viernes, 27 de junio, celebré la fiesta de mi jubilación en el IES Tierra Estella, en el que he ocupado la plaza de catedrático de Geografía e Historia desde 1994, aunque en los últimos 8 años lo haya hecho en servicios especiales, desde que accedí al Parlamento de Navarra en el año 2008. La fiesta, una comida en el restaurante de Larrión a la que asistieron una treintena de compañeros que quisieron sumarse a la celebración, fue jovial, animada y un punto nostágica. ¡Quién nos iba a decir a nosotros, acostumbrados a nuestro rol de jóvenes profesores, que también nos iba a llegar la fecha de la jubilación!

Yo quise participar de la misma porque tenía interés en cerrar correctamente mi círculo profesional. Comencé en el Instituto de Estella, seguí en Irubide de Pamplona, y volví a Estella. Ese ha sido todo mi periplo funcionarial. Y en Estella ha sido donde he desarrollado mi pasión por la docencia, que me ha acompañado a lo largo de mi vida profesional. La otra mitad la he dedicado, básicamente, a la administración educativa, en la que también he puesto alma, corazón y vida, con sus correspondientes errores, que también me han acompañado.

Si tuviera que elegir una etapa como la más fructífera de mi vida, sin duda debería referirme a la década de 1996 a 2006, en la que tras mi paso por  la vida pública, me dediqué activamente a la docencia y a la divulgación histórica. Fueron años en los que volqué mi experiencia acumulada en la docencia de la historia y el arte de España y de Navarra. Escribí manuales, ensayé con algún éxito fórmulas novedosas de enfrentarse a la enseñanza-aprendizaje, impartí cursos y conferencias, y nos hicimos presentes como centro de la vida de la ciudad. Todo ello ha quedado reflejado en algunas publicaciones y, espero, en el recuerdo del alumnado que compartió conmigo aquellos años. Siempre les dije que no aspiraba a quedar bien con ellos a corto plazo, sino a dejar una pequeña huella y a que me recordaran con cariño cuando, con el paso de los años, me vieran por Estella.

Alcanzado el umbral de la jubilación, me gustaría subrayar la importancia de la labor docente. Sé que hoy la figura del profesor ya no tiene la preponderancia de antaño, pero todavía su figura resulta ciertamente importante como compleja. En la educación reside el futuro de un país. Y creo haber puesto mi granito de arena, tanto en el aula como en el despacho, para que la educación en Navarra haya alcanzado un digno nivel de calidad.

Solo puedo dar gracias a todos por haberme ayudado a ser feliz en mi profesión. Trabajar en algo que te gusta es un privilegio que no está al alcance de todos. Y a mi me ha sido concedido.

Conmigo se jubilaron cinco compañeros más. Todos merecen agradecimiento. Pero quiero citar a uno especialmente que ha sido ejemplo constante de buen hacer y dedicación, José Ignacio Martínez Cía. Con él se va un docente cabal, comprometido, preparado e inquieto. Un ejemplo que dignifica a una profesión que no morirá nunca.