De vuelta a la Sonsierra

Sonsierra

El curso pasado y como detalle de jubilación, mis compañeros del IES Tierra Estella me regalaron una estancia de fin de semana en el hotel-bodega Eguren Ugarte de Páganos, una pequeña población próxima a Laguardia en la Rioja Alavesa. Casi un año después he tenido la ocasión de aprovechar el regalo y, mediante estas líneas, pretendo comentarles brevemente las impresiones de mi estancia.

La Sonsierra de antaño, hoy dividida entre La Rioja propiamente dicha y la comarca de la Rioja alavesa, formó parte del reino de Navarra hasta el siglo XV. Los nombres de sus villas, con Laguardia y San Vicente de la Sonsierra como lugares más conocidos, aparecen en la documentación del reino desde hora temprama. Sirva como ejemplo la completa relación contenida en el Libro del Rediezmo de 1268 en la que se consignaron las cantidades recogidas con motivo de este impuesto extraordinario concedido por el Papa a Teobaldo II para contribuir a los gastos de la cruzada de Túnez, convocada por su suegro San Luis, rey de Francia. Con una novedad, es uno de los territorios navarros en los que el vino tiene una presencia relevante junto con los cereales entre los pagos en especie.

Tierra de frontera casi permanente, la Sonsierra permaneció como parte del reino cuando en 1200 Sancho VI el Sabio se vio obligado a ceder Álava, Guipúzcoa y el Duranguesado en su guerra con Castilla. Pero lo que fue posible entonces no lo fue dos siglos y medio más tarde. De nuevo en conflicto con el vecino, Navarra perdió definitivamente la comarca de Laguardia en 1461, fijándose la frontera occidental del reino en los términos que la conocemos hoy en día.

Esta tierra en otro tiempo navarra es hoy una comarca con un esplendoroso pasado histórico-artístico, un pujante presente en lo económico y un prometedor futuro, si sabe combinar adecuadamente los múltiples tesoros de que dispone.

La belleza del paisaje es incontestable. Al abrigo de la sierra de Cantabria por el norte, la vid ha ido ampliando la superficie cultivada hasta convertirse en casi un monocultivo. El paisaje que se divisa, en cualquiera de sus cuatro puntos cardinales, se condensa en pequeñas colinas y hondonadas cubiertas de vides amorosamente trabajadas, una sucesión de pequeños núcleos de población primorosamente cuidados como consecuencia de la riqueza acumulada en los últimos años y un sinfín de bodegas que le dan un aire inconfundible.

La riqueza histórico-artística es muy notable. Si tuviera que decantarme por algunos ejemplos obviamente señalaría a Laguardia como el lugar más enblemático. Situada en un altozano, esta villa a la que el rey Sancho el Sabio concedió fuero en 1164 conseva casi intacto su trazado medieval. La iglesia de Santa María guarda un pórtico excepcional con una policromía en excelente estado de conservación. En sus calles descubrimos espléndidos edificios medievales, casas palaciegas, y un subsuelo totalmente horadado por bodegas para trasegar y almacenar el vino ya desde antaño. Y junto a Laguardia, otras joyas menos conocidas: Labraza, una villa totalmente amurallada, muy próxima a Viana; una serie de dólmenes bien conservados y señalizados; Santa María de la Piscina, un despoblado medieval del que quedan una necrópolis rupestre y la iglesia románica mejor conservada de La Rioja; y San Vicente de la Sonsierra, bañada por el Ebro y levantada bajo un castillo que alberga en su interior la imponente iglesia gótico-renacentista de la villa. Y junto a estos, el resto de los cascos urbanos, dotados de iglesias y casonas nada desdeñables.

El mejor símbolo del esplendoroso presente lo constituyen las bodegas. Solo la Rioja Alavesa, con sus 300 kilómetros cuadrados y sus 12.000 habitantes, alberga 13.500 hectáreas de viñedos y casi 400 bodegas que producen aproximadamente 100 millones de botellas de vino anuales. Las hay de todas las tipologías: familiares, donde se mantiene la tradición elaboradora artesana, o de viticultores de tercera o cuarta generación dotadas de las más modernas tecnologías. Las encontraremos centenarias, majestuosas y clásicas, o de arquitectura de vanguardia diseñadas por algunos de los mejores arquitectos del mundo. Y dispondremos también de bodegas propiamente dichas, junto a otras que convinan elaboración, gastronomía y descanso.

Sin ningún ánimo de irredentismo político, la comarca de la Sonsierra y Ultrapuertos forman parte de nuestra memoria histórica como pueblo. Pasear por sus caminos y veredas es salir al encuentro con la historia y, con algo de nostalgia, reencontrarnos en nuestra propia casa. Con la alegría también de saber que, al igual que ocurre en nuestro territorio, sus tiempos hoy en Álava, La Rioja o Francia son mejores para sus actuales habitantes que los de la Navarra de antaño.

Diario de Navarra, 24/7/2015

Hombres buenos

Honbres buenos

Acabo de terminar la lectura del último libro de Arturo Pérez Reverte Hombres buenos. Se trata de una larga novela de 583 páginas en la que el escritor, miembro activo de la Real Academia de la Lengua Española, nos narra el viaje a París de dos académicos del finales del siglo XVIII para comprar por mandato de la propia institución la Enciclopédie, ou dictionenaire raisonné, de Dálambert y Diderot, la Biblia de la modernidad en los tiempos de la Ilustración.

El libro, distribuido en 12 capítulos, nos narra las aventuras de don Hermógenes Molina, bibliotecario de la docta casa y de don Pedro Zárate, brigadier retirado de la Real Armada, comisionados de la institución para la compra de los 28 volúmenes de la primera edición, pese a que la obra estuviera prohibida en España. Visto desde esa perspectiva, el libro presenta todos los componentes de una buena novela de intriga y acción: buena descripción de los personajes, magnífica ambientación, credibilidad, y un ritmo literario ágil tan característico del autor.

Pero el libro presenta para mí una novedad digna de ser resaltada. No soy especialmente adicto a la novela histórica porque, en unos casos, carece de sufienciente soporte documental, y en otros se excede en vuelos literarios olvidando los hechos que le dan soporte. Me parece que en este caso hay un difícil equilibrio que, sin perjuicio de contar los hechos básicos de una historia que sucedió en realidad, contiene también los elementos complementarios que permiten que la imaginación del autor reconstruya ambientes, situaciones y diálogos que dan credibilidad y calor literario a la historia.

Me ha intersado también una novedad incorporada a la novela. El autor dedica en el propio cuerpo de la obra bastantes páginas a explicarnos la documentación de la propia historia. El sistema de postas del siglo XVIII entre Madrid y París; la minuciosa descripción de la ciudad de Paris y la vida de salones y cafés; costumbres poco conocidas para nosotros como los duelos de honor con toda su parafernalia y lenguaje peculiar; o la vida del Madrid de la segunda mitad del siglo XVIII. Esa exigente y concienzuda documentación queda puesta de manifiesto en esas páginas y resulta reveladora del trabajo de un escritor que se toma en serio su tarea. Nada obligaba a Pérez Reverte a profundizar en los detalles y dotarlos de rigor histórico, tratándose de una novela, pero esta actitud le da credibilidad a su trabajo y le aporta un plus que se agradece grandemente.

Los demonios familiares, las filias y las fobias que caracterizan al autor también están presentes en la obra. Es obvio que a estas alturas de su vida, Pérez Reverte tiene una considerable mochila de la que no puede prescindir para bien o para mal en su personal escritura. Pero todo ello no oscurece, hablando del Siglo de las Luces, una obra bien escrita, interesante, ágil y con buen mensaje de fondo. Se la recomiendo como lectura de estos meses veraniegos.

Ficha bibliográfica: Pérez Reverte, A., Hombres buenos, Alfaguara, Barcelona, 2015

Otro hito jacobeo

Camino primitivo

Camino primitivo, uno de los cuatro tramos declarados Patrimonio Mundial

El Camino de Santiago es, sin duda alguna, uno de los grandes hitos de la cultura europea. Fue desde el primer momento un fenómeno complejo en el que la religión, la cultura, la economía y la sociedad se dieron la mano a lo largo de los siglos, conformando territorios y uniendo reinos en un viaje de ida y vuelta. Iniciada la peregrinación, todavía reducida al ámbito hispánico durante el siglo IX, los siglos siguientes conocieron el proceso de formación de la ruta, culminado a lo largo del siglo XII. Con relativa rapidez alcanza un evidente protagonismo el conocido como Iter Francorum, Vía Francígena, Camino Francés o Camino Francisco que, hasta hoy, sigue siendo la ruta por excelencia. Cuando se inició la revitalización y recuperación del Camino en los años sesenta del pasado siglo, todos los esfuerzos de las instituciones civiles y religiosas se volcaron en esta ruta. En 1987, el Consejo de Europa instituyó el Camino de Santiago como Itinerario Cultural Europeo y en 1993 el Camino fue declarado Patrimonio de la Humanidad. Los años jubilares de 1965, 1971, 1982, 1993, 1999, 2004 y 2010 han supuesto un aumento casi exponencial de la cifras de peregrinos, de tal forma que hoy el Camino Francés está próximo a la saturación y tal vez haya que ir pensando en tomar medidas para evitar que la vía jacobea pierda los valores que le son propios y no muera de éxito.

Pero el Camino, que más acertadamente debería enunciarse en plural, no termina en el Camino Francés. Así fue históricamente y así lo desean las mismas instituciones que propiciaron la declaración de Patrimonio de la Humanidad en 1993. Esta vez con el empeño adicional de las Comunidades de La Rioja, País Vasco, Cantabria, Asturias y Galicia. Al final, el objetivo se ha conseguido. En el marco de la 39ª sesión celebrada hace escasas fechas en Bonn (Alemania), la Organización de las Naciones Unidas para la Ciencia, la Educación y la Cultura (UNESCO) ha incluido en la lista de Patrimonio Mundial el bien “Los Caminos de Santiago del Norte Peninsular”.

¿Qué incluye esta denominación un tanto ambigua? La cuatro nuevas rutas que se incorporan son: El Camino Primitivo, que se inicia en Oviedo; el Camino Costero, de 936 kilómetros de longitud; el Camino vasco-riojano, que comienza en Irún; y el Camino de Liébana, ramal que une el Camino con el monasterio de Santo Toribio.

El carácter histórico de estos Caminos está ampliamente acreditado y documentado. Para quien desee conocerlos algo más a fondo basta revisar los capítulos XIX a XXII del tomo II de “Las peregrinaciones a Santiago de Compostela” de los profesores Vázquez de Parga, Lacarra y Uría, que, pese a ser escritos en la década de los cuarenta del pasado siglo en difíciles condiciones, siguen siendo una referencia esencial en la historia de la peregrinación. Pero tan meridiano como lo anterior resulta tras su lectura que estas vías, con todo su interés, no pueden competir ni en importancia histórica, ni artística ni documental con la ruta por excelencia que es el Camino Francés.

De ahí que a estas alturas del desarrollo jacobeo, las reticencias que históricamente han mantenido Comunidades como Aragón, Navarra y Castilla y León carezcan de sentido. Si algo le sobra al Camino Francés son peregrinos y un punto de mayor sosiego y una mejor atención al margen de albergues y negocios varios sería una consecuencia buena para la ruta principal. Junto a lo cuantitativo, nada despreciable, debe cuidarse lo cualitativo, que no solo de pan vive el hombre.

Y sentado este primer precedente, ¿qué hacemos con el resto de las rutas? Que el fenómeno jacobeo sigue en alza no cabe ninguna duda. Sirva como ejemplo que, para sorpresa de casi todos, el último congreso nacional de asociaciones jacobeas se celebró en ¡Jaén!. Queda mucho por hacer y conviene no precipitarse. El espaldarazo de la declaración de la UNESCO va a ayudar a los nuevos tramos a darse a conocer, pero consolidar una infraestructura permanente no es fácil, ni cuestión de días ni de años. La experiencia nos dice que una buena coordinación entre instituciones, una continuidad en las políticas presupuestarias y un proyecto integral de actuación resultarán claves para el éxito de la empresa.

En todo caso, es cuestión de alegrarse como país. Con éste son ya 44 los bienes que España tiene inscritos en la lista del Patrimonio Mundial, ocupando la tercera posición de todo el mundo. Un acicate más, ahora que comienza el verano, para aprovechar la larga lista e incorporar la visita a alguno de ellos en nuestras vacaciones. No hay excusa, los tenemos en la puerta de casa.

Diario de Navarra, 9/7/2015