La Semana Santa en el arte. Domingo de Resurrección

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La Resurrección del Señor. Giotto, siglos XII-XIV. Capilla de los Scrovegni. Padua

Pasado el sábado, María Magdalena, María la madre de Santiago y Salomé compraron perfumes parea embalsamar el cuerpo de Jesús. Y el primer día de la semana, muy temprano, a la salida del sol, se dirigieron al sepulcro. Iban preguntándose unas a otras: ¿Quién nos quitará la piedra del sepulcro?

Pero al mirar vieron que la piedra había sido removida, y eso que era una piedra enorme. Entraron en el sepulcro y, al ver a un joven vestido con una túnica blanca que estaba sentado al lado derecho, se asustaron. Pero el joven les dijo: No os asustéis. Estáis buscando a Jesús de Nazaret, el que fue crucificado. Ha resucitado; no está aquí. Ved el lugar donde lo colocaron. Ahora id y anunciad a sus discípulos, y también a Padro, que él va delante de vosotros a Galilea. Allí lo veréis, tal y como él os dijo.

Marcos, 16, 1-7.

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La Semana Santa en el arte. Sábado Santo

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El entierro de Cristo. Juan de Juni, siglos XVI. Catedral de Segovia

(Álef) Yo soy el hombre que ha conocido/ el sufrimiento bajo la vara de la cólera;/ me ha conducido y llevado/ a la tiniebla y no a la luz; contra mí ha vuelto sin parar/ su mano todo el día.

(Bet) Ha consumido mi carne y mi piel/ ha quebrado mis huesos;/ la levantado un cerco y me ha rodeado/ de veneno y pesadumbre;/ me ha confinado en las tinieblas,/ como a los muertos de antaño.

(Guimel) Ma ha tapiado y no puedo salir,/ me ha cargado con pesadas cadenas;/ aunque grito y pido socorro,/ cierra sus oídos a mis súplicas;/ ha cerrado mis caminos con sillares,/ la retorcido mis sendas.

Jeremías, tercera lamentación, 1-10.

La Semana Santa en el arte. Viernes Santo

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Relieve de la Crucifixión. Claustro de Santo Domingo de Silos, siglo XII.

´”Después de esto, José de Arimatea, que era discípulo de Jesús, aunque lo mantenía en secreto por miedo a los judíos, solicitó de Pilato el permiso para hacerse cargo del cuerpo de Jesús. Pilato se lo concedió y él se hizo cargo del cuerpo. También vino Nicodemo, el que con anterioridad había ido de noche a entrevistarse con Jesús, trayendo cien libras de una mezcla de mira y áloe. Entre ambos se llevaron el cuerpo de Jesús y lo envolvieron con vendas de lino bien empapadas en aromas, según acostumbraban hacer los judíos para sepultar a los muertos. Cerca del lugar donde Jesús fue crucificado había un huerto, y en el huerto, un sepulcro nuevo en el que nadie había sido sepultado. Y como el spulcro estaba cerca y era para los judíos el día de la Preparación, depositaron allí el cuerpo de Jesús”. Juan, 19, 38-42.

La Semana Santa en el arte. Jueves Santo

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Capitel de la Última Cena. Claustro de San Juan de la Peña, siglo XII.

Segunda lectura: 1 Corintios 11, 23-26

“Por lo que a mi toca, os he transmitido una tradición que yo recibí del Señor; a saber: que la noche misma en que iba a ser entregado, tomó pan, dio gracias, lo partió y dijo: “Esto es mi cuerpo, que entrego por vosotros; haced esto en memoria de mí”. Después de cenar, tomó igualmente la copa y dijo: “Esta copa es la nueva alianza sellada con mi sangre; cada vez que bebáis de ella, hacedlo en memoria de mí”. Y, de hecho, siempre que coméis de este pan y bebéis de esta copa, estáis proclamando la muerte del Señor, en espera de que él venga”.

Domingo de Resurrección: Las mujeres ante el sepulcro. Portada de San Miguel de Estella (hacia 1200)

 

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Vista global del relieve situado en la portada norte

La portada de San Miguel de Estella es una de las cumbres del románico navarro. En el relieve situado a la derecha de la puerta de entrada, se sitúa la escena de la visita de las tres mujeres al sepulcro, probablemente la de mayor calidad del conjunto.

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Dos ángeles se sitúan en la parte izquierda de la escena. Uno, de pie, y el otro, sentado sobre el sepulcro vacío. Una inscripción señala: “Resurrexit, non est hic”. Ha resucitado, no está aquí.

Las tres mujeres portan vasos de perfumes. Una atiende a la explicación del ángel, y las otras dos intercambian sorprendidas miradas entre ellas. Es una escena de gran realismo y naturalidad.

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El detalle del sepulcro nos habla de una estética que ya se acerca a los cánones góticos que se otean al otro lado de los Pirineos. Las elegantes telas aparecen sobre el sepulcro vacío, subrayando la Resurrección de Jesús.

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La inscripción situada bajo las tres mujeres las identifica con claridad: “María Magdalene, María Iacobi, altera María”.

La naturalidad de los rostros, la relación existente entre las dos últimas mujeres, de charla entre sí, la elegancia de los vestidos y el canon de las figuras nos hablan claramente de un estilo que se va, el románico, y otro que llega, el gótico. Y todo ello en torno al cambio de siglo, cifra de especial actividad en cantidad y calidad en la ciudad de Estella y su entorno.

 

 

Viernes Santo: Crucificado (1656). Alonso Cano

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Vista de conjunto de la capilla penitencial presidida por el Cristo de Alonso Cano

La Capilla Penitencial tiene unos pocos bancos en el centro, cuatro confesonarios a cada lado y, en la cabecera, el impresionante Cristo en la cruz del artista granadino Alonso Cano (Granada 1601–1667). Es, sin duda, la joya artística de esta iglesia de San Antonio. Una verdadera sorpresa para muchos, situada no en un lugarprincipal, sino en esta apartada capilla penitencial, donde cobra toda su fuerza gracias al realismo y al dramatismo con que supo plasmar Alonso Cano a Jesús crucificado.

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La belleza sublimada del Crucificado brilla en todo su esplendor

Se trata de una de las mejores obras del artista granadino. Fue un encargo para el monasterio benedictino de Montserrat, en Madrid, hecho por la reina doña Mariana de Austria en 1656. El monasterio se encontraba en la calle de San Bernardo, justamente en el lugar en el que unos pocos años más tarde se levantaría la que hoy sigue siendo Iglesia de Montserrat, regentada por la comunidad benedictina de Silos. Sebastián de Herrera realizó el proyecto en 1668.

Allí estuvo el Cristo de Alonso Cano hasta que a principios del siglo XIX, con la invasión francesa, fue llevado a la Academia de Bellas Artes de San Fernando, en la madrileña calle de Alcalá, para regresar al monasterio unos años más tarde, hacia 1814. Con motivo de la desamortización y definitiva supresión del monasterio, pasó de nuevo a la Academia de San Fernando en 1837. Allí permaneció hasta 1891, año en que fue donado al Colegio de los Padres Capuchinos de Lekaroz. El Colegio se inauguró en 1891 y fue una iniciativa del padre Joaquín María de Llevaneras. Fue el propio Padre Llevaneras quien consiguió que la Academia donara la obra de Alonso Cano a Lekaroz. Cano planteó en el Cristo de Lekaroz un modelo original del que existe una versión pintada en la Real Academia de Bellas Artes de Granada. Según la profesora García Gaínza es “un Cristo sublimado, idealizado, casi divino en el que la belleza del cuerpo se traduce en hermosura espiritual”.

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Vista de detalle de la cabeza y el torso del Crucificado

En el Catálogo Monumental de Navarra, en el apartado correspondiente a la iglesia de Lekaroz, se puede leer lo siguiente de esta obra: “El cuerpo de Cristo, tratado con gran naturalidad, destaca por la exactitud de sus proporciones y el perfecto estudio anatómico. Se le representa exangüe, con la cabeza levemente inclinada sobre su hombro derecho; su rostro de finos rasgos refleja un cierto expresivismo de tradición granadina, con los ojos entornados, cabellos de mechones lacios de gran efecto plástico y barba rizosa partida, de apurado tratamiento.

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La expresividad del rostro queda patente en esta imagen nacida para la oración

El resto del cuerpo presenta un canon esbelto en el que cada uno de sus miembros ha sido cuidadosamente modelado. Al igual que en sus demás crucificados, los dedos de las manos no aparecen extendidos sino que se contraen. Cubre el cuerpo un reducido paño de pureza que se ajusta al vientre por una cuerda, cuyos dinámicos y complicados pliegues caen por detrás de la figura. La policromía, aunque retocada, contribuye a lograr un efecto dramático tanto por la palidez que aflora en su rostro como por la multitud de hilillos de sangre que caen por la cabeza, brazos, torso y piernas”.

(Texto tomado de la página oficial de la iglesia de San Antonio, padres capuchinos, de Pamplona)

Jueves Santo: La oración en el huerto(1752). Francisco Salcillo

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Vista de la escena en su conjunto

Un paso del mismo tema fue propiedad de la Cofradía desde sus primeros tiempos en el que los apóstoles acompañando a Jesús eran imágenes de vestir. El escultor murciano planteó un conjunto de gran calidad y de novedad compositiva e iconográfica. Puede que ninguna otra obra haya dado pie a tanta literatura encomiástica.

Recoge el paso el momento en que Jesús se retira con Pedro, Santiago el Mayor y Juan al huerto de Getsemaní y, puesto en oración, sintiendo “angustias de muerte” (Marcos XIV, 34) “se le apareció un ángel del cielo, confortándole”, como indica el versículo de Lucas XXII.

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El ángel de Salcillo es una de las cumbres de la imaginería hispana

Retirados se encuentran los apóstoles, con sus ojos “cargados de sueño”, al decir de San Mateo y San Marcos. La tradición asegura que cada uno de ellos simboliza los diferentes estados de la vida: sueño confiado y profundo el del joven San Juan, sosegado el del maduro Santiago, ligero y en vela el del más anciano, San Pedro, que en su mano porta la espada presta a intervenir. Esta última es una figura muy lograda, por su expresivo rostro, la perfecta anatomía del brazo en alerta, los magníficos pliegues del pie.

La figura de Cristo, imagen de vestir, se representa arrodillada e implorante, como hundido ante el peso del destino que se avecina, con todo el sufrimiento concentrado en un rostro de mirada suplicante, que contrasta con la serena belleza del Ángel, figura que lo conforta, que a su mismo nivel evita que desfallezca, con las alas aún desplegadas, pues acaba de posarse en la tierra.

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Imagen de Jesús consolado por el ángel

Este Ángel, elogiado por su belleza, muestra el cáliz que en la procesión se encuentra sobre una palmera cargada de dátiles, enfrentada a una rama de olivo, para representar el huerto de Getsemaní.

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Primer plano del rostro de Pedro dormido en el huerto de los olivos

Aunque se han propuesto diferente fuentes para explicar la novedad del paso, acaso uno de los más bellos de Salzillo hecho en 1754, nada puede compararse a la originalidad del conjunto. Pinturas y grabados mostraban la forma de solucionar el desfallecimiento de Cristo mediante artificios propios de las dos dimensiones del lienzo, la tabla o el papel. El verdadero mérito del paso fue el de dar el salto a las tres dimensiones de la realidad que representa la escultura. Sólo el gran Gregorio Fernández había abordado una solución similar -.el Descendimiento de Cristo – trasladando a la madera las ficciones de la pintura. En este caso Salzillo se adentró en una aventura similar, destacando planos compositivos, integrando diferentes atmósferas, buscando un pasillo visual que condujera a los protagonistas de la escena y, sobre todo, modulando el color desde diversas tonalidades que inevitablemente conducen a la etérea y rosada figura del ángel que conforta a Cristo. Incluso en la indagación de sentimientos se expresó con rotundidad. La policromía – y el visitante ha tenido la oportunidad de contemplar su soberbio manejo en el Belén – ayuda, así como el espléndido juego de intencionalidades fisiognómicas, a explicar el significado de este paso renovado. La abatida figura de Cristo, un héroe de tragedia que acepta su trágico destino, cae pesadamente en tierra.

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Santiago y Juan también dormidos en el huerto

Su rostro amoratado, de suaves entonaciones violáceas, impresiona tanto por su lacerada humanidad como por su sumisa aceptación del símbolo que el mensajero le señala. Y el Ángel, intermediario entre el héroe y su destino, es ligero e inmaterial como los sueños. Apenas posa sus pies sobre la tierra, sus alas, de un colorido fantástico e irreal, parecen humedecidas por la noche.

(Texto tomado de la página oficial del Museo Salcillo, Murcia)