Serrat y Viana

Viana es una ciudad con un patrimonio histórico-artístico difícilmente igualable y una nómina de personajes ilustres que abarca a escritores como Juan de Amiax y Francisco Navarro Villoslada; innumerables clérigos, entre los que se cuentan tres arzobispos de sedes tan significativas como Méjico, Zaragoza y Santiago de Compostela; artistas como el escultor Juan Bautista de Suso; o historiadores como Francisco Alesón. A esta nómina de hijos ilustres, a la que cabe añadir César Borgia, que aquí reposa tras una vida tan corta como intensa, la crónica local añadirá en el futuro uno más, Joan Manuel Serrat, “de Viana y catalán”, como él mismo se definió en el concierto celebrado el pasado día 9 de agosto en la plaza del Coso de su pueblo de adopción.

¿Y quién escribirá y glosará la relación entre Serrat y Viana? Afortunadamente, no le faltan a la ciudad  cronistas de mérito para dar a conocer su historia, su vida y sus costumbres. Uno se fue, pero quedan dos en ejercicio. Nadie la ha descrito tan hermosamente como Pablo Antoñana: “Esta titulada ciudad, pueblo muerto, fosilizado barco de piedra con su popa, su proa y dos altos palos vigías dedicados a la mayor honra de Santa María y del apóstol Pedro”. Nadie la conoce mejor que Juan Cruz Labeaga, que la estudió con detenimiento y la divulgó en un libro de la colección Panorama “Viana”, que les recomiendo vivamente. Y nadie la absorbe, disfruta y vive con más fruición que Félix Cariñanos, que le dedica horas, cariño, fotos,  jotas y escritos varios para completar esta trilogía de lujo.

Aunque el idilio entre Serrat y Viana viene de lejos, tras un larguísimo noviazgo, los esponsales se oficializaron a la vieja usanza: vestidos él y la ciudad con sus mejores galas, con música, escenario de lujo y en presencia de todo el pueblo. Hasta la noche quiso unirse al espectáculo esplendente. Bajo la bóveda celeste, con miles de estrellas sobre nuestras cabezas y la Vía Láctea asomada al alcor en el que se asienta la ciudad fundada por Sancho el Fuerte, ambos se declararon su mutuo amor, recordaron sus primeros encuentros, bromearon sobre sus respectivos achaques, recordaron a los suyos y se fundieron en un hermoso diálogo. Y en esta fiesta de vecinos de Viana, que eso fue la velada en palabras del propio Juanito, cada uno dio lo mejor de sí: unos sus aplausos y otro sus canciones. Un recital generoso, bien articulado y llevado con mano maestra por un hombre acostumbrado a dialogar con el público, que fue mucho más que un concierto al uso.

Para muchos de los presentes, entre los que me encuentro, Serrat ha formado parte de nuestras vivencias más íntimas. Asistí con mi novia entonces, mi mujer hoy, al concierto del año 1979 en el antiguo convento de San Francisco, nos ha acompañado en viajes y veladas innumerables a lo largo de los años, y nos reencontramos con él, ya más maduros todos, en esta noche mágica vianesa. Pero aunque todo pasa, ¿cómo no emocionarse ante melodías y palabras que significan tanto para cada uno de nosotros como Palabras de amor, Para la libertad, Cantares, Pequeñas cosas, La saeta, Nanas de la cebolla o Mediterráneo? Fue un concierto multitudinario, pero a la vez íntimo y familiar, porque las canciones de Serrat no las interpreta sólo él, son canciones corales que las hemos hecho nuestras y que él las canta para cada uno de nosotros. Y todas tienen para quien las escucha una historia que rememorar.

Esta pequeña crónica sentimental no puede terminar sin recordar cuatro razones más que hicieron redondo el recital. El fin del mismo, a beneficio de la residencia de ancianos de Viana; la presencia de Ricard Miralles, el pianista que le acompaña, todo un lujo en sí mismo; el coprotagonismo de la banda de música de Viana, numerosa, valiente y entonada desde el pasodoble inicial hasta el bis con el que se cerró el espectáculo; y el esfuerzo de todos los que hicieron posible esa noche mágica. Una velada que permanecerá en la memoria de la ciudad y de cuantos la disfrutamos.

Diario de Navarra, 22/82013

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Lo que el día debe a la noche

Lo que el día debe a la noche es un libro complejo y de largo aliento. Es un relato sobre la sociedad argelina antes de la descolonización, un relato de la evolución vital de un joven desarraigado, a caballo entre dos culturas, y  un canto a la amistad y al amor como objetivo supremo.

El libro consta de cuatro grandes capítulos. Jenane Jato narra la vida miserable de una familia que lo ha perdido todo por culpa de un especulador. El padre, de hondos principios e incapaz de aceptar ayuda ninguna, trabaja de sol a sol dispuesto a dar una vida decente a su familia. Pero esta no llega. Viven en un suburbio de Orán donde Younes inicia su vida y pasa su niñez. El cuadro de situación es sombrío, con un retrato de la doble sociedad de la Argelia colonial.

El segundo capítulo, Río Salado, narra la nueva vida de Younes, ahora convertido en Jonas, junto a su nueva familia: su tío, un farmacéutico culto e  instruido que va tomando conciencia de la situación de su pueblo y su mujer, Germaine, El joven es aceptado por los colonos y traba amistad sincera con sus compañeros, todos ellos en buena posición social. Es la otra cara de la moneda. La vida de los colonos franceses, en una próspera región que crece gracias a la opresión de los musulmanes, es descrita desde la perspectiva de aquellos. También ellos son hijos de esa región en la que han nacido y con la que se sienten identificados,  pero la separación de culturas se ahonda progresivamente.

El capítulo tercero es un canto a la amistad de la pandilla y a la llegada del amor, representado en Emilie, a la que Jonas no responderá positivamente por estar prometida con uno de sus amigos íntimos, pero que le marcará profundamente para el resto de su vida. Cuando lo intente, ya será demasiado tarde y la aparente indiferencia de Emilie le cerrará una puerta que él deseaba abrir: “todo ha terminado cuando ni siquiera había comenzado”. Esta época coincide con el proceso de descolonización de Argelia y los desgarros personales, familiares y políticos que esta guerra provocó. También a Younes-Jonas, que sin querer tomar partido porque odia la guerra, se encuentra entre unos, los suyos, y otros, los que le han acogido. Un retrato cruel de todas las guerras, especialmente de las civiles, que son especialmente dolorosas.

El último de los capítulos recoge la llegada muchos años después a Francia para asistir a los funerales de Emilie, y al reencuentro con aquellos amigos que la guerra y el nuevo país ha dispersado. Solo al final, en el tiempo de descuento, tiene la ocasión de reencontrarse con Jean Christophe, el amigo resentido que se niega a hacer las paces con él. “Justo cuando me dispongo a pisar el umbral de la zona franca, miro por última vez hacia atrás y los veo a todos sin excepción, vivos y muertos, de pie tras el gran ventanal, despidiéndose de mí con la mano”.

La novela, excelentemente escrita, contiene frases memorables y reflexiones de gran interés.

Ficha bibliográfica:

KHADRA, Yasmina, Lo que el día debe a la noche, Destino, Barcelona, 2009

Cultura, también en verano

Pocas expresiones resultan en nuestros días más repetidas, invocadas y valoradas que la palabra “cultura” y todo lo que conlleva. Sobre todo desde que los países más avanzados la incorporaron a las normas básicas como un derecho de toda la ciudadanía. Eso sucede también en España, donde la Constitución reconoce en su artículo 44.1 que “los poderes públicos promoverán y tutelarán el acceso a la cultura, a la que todos tienen derecho”.

Pero si intentamos definir qué se entiende por cultura, desaparece la unanimidad y comienzan las divergencias. Aristóteles, Cicerón, Ortega y Gasset -“lo que el hombre hace para sobrenadar en la vida”, es su escueta y lúcida definición-, Freud, Weber, Geertz son algunos nombres que han reflexionado sobre este polisémico concepto. Para no entrar en compleja polémica, quedémonos con la aséptica y poco comprometida definición de la RAE: “Resultado o efecto de cultivar los conocimientos humanos y de afinarse por medio del ejercicio las facultades intelectuales del hombre”.

No hay duda de que, aún con todas las dificultades y carencias que la crisis ha generado, la etapa democrática en España y también en Navarra se ha caracterizado, entre otras cosas, por el auge y la generalización de la cultura. Y esto entendido tanto en sentido cuantitativo como cualitativo, y aplicado, aunque con carencias, a todo el territorio,  tanto a la Navarra urbana como rural.

Hagamos un poco de historia. Hasta 1984, el organismo encargado de la cultura, la Institución Príncipe de Viana, centraba sus esfuerzos en  patrimonio, archivos, museos y bibliotecas, y solo esta última disponía de una red que mereciera tal nombre. Unos años antes habían nacido los Festivales de Olite, un hito relevante en el panorama cultural navarro, que permitió disfrutar de espectáculos teatrales y musicales inexistentes durante el resto del año. Solo los ayuntamientos de mayor población y capacidad aportaban algo más a este exiguo balance. La creación del departamento de Educación, Cultura y Deporte supuso la aparición de un organigrama en el que la difusión y promoción cultural tomó cuerpo y se desarrolló una programación modesta y estable. Todo ello con un crecimiento sustancial de los presupuestos, que nos acercó al 1% tenido por objetivo deseable en los países desarrollados. Los ayuntamientos se unieron de forma entusiasta a esta dinámica y la programación cultural se convirtió en un capítulo obligado, y no el menor, de la actividad municipal. La red de casas de cultura y centros cívicos, excelente aunque parcialmente infrautilizada, es hoy el mejor exponente de una política continuada en el tiempo.

Es un lugar común, solo parcialmente cierto, que el verano cultural navarro es un yermo, como si la cultura tuviera que coger también vacaciones y esperar a septiembre para volver a desperezarse. Sin embargo, pocos tiempos tan propicios para la cultura en sentido amplio como el estival. La lectura de un libro, sea en la biblioteca o en casa, está a nuestro alcance en cualquier punto del territorio. Si usted no es socio de la red, le recomiendo que se haga. Es sencillo, gratuito y le atenderán de forma muy amable y profesional. Los museos y colecciones museográficas se extienden por toda nuestra geografía. Haga turismo interior. Lo tenemos todo, naturaleza, gastronomía y arte, con ejemplos señeros que podemos visitar en excursiones de un día, sin pernoctar fuera de casa. Los festivales de música -Pamplona, Euguí, Mendigorría, Larraga- han arraigado en los últimos años. El Festival de Olite, este año con buen tiempo, nos ha deparado espectáculos de calidad. El programa Cultur nos ofrece una variada programación durante el mes de agosto a precios populares, cuando no gratuitos. Las visitas teatralizadas a espacios y monumentos ya no son una excepción. Y las programaciones locales, sean en fiestas patronales o no, también han hecho un hueco a la cultura.

No desaproveche la ocasión. El año ha sido duro y el que viene tampoco se promete fácil. Siguiendo a Ortega, coja fuerzas y ayúdese de la cultura para sobrenadar en la vida. Hay pocas cosas que resulten más gratificantes.

Diario de Navarra, 8/8/2013

El club de lectura del final de tu vida

Acabo de terminar la lectura del libro. MI impresión primera es de honda satisfacción. He asistido, casi en primera fila, al igual que miles de lectores en cualquier lugar del mundo, a una historia profundamente humana, la del amor entrañable entre una madre y un hijo, subrayado por dos elementos singulares: el final de una vida que se apaga y la mutua pasión por los libros.

Todos tendemos a pensar que nuestras madres son mujeres excepcionales, y en muchos casos lo son. Han dado su vida por su familia, han cuidado de los suyos, han sido un bálsamo permanente, en muchos casos se han realizado profesionalmente y todo ello sin alardes, con discreción, sin aparentes heroicidades.

A este modelo responde Mary Ann, la madre del autor: madre de familia, profesional inquieta y comprometida con las causas de los más necesitados y lectora impenitente. Una mujer que, con serenidad, valor y coraje, se enfrenta al diagnóstico de su enfermedad, cáncer, y decide seguir viviendo y apurando la vida mientras pueda.

Su hijo, David, es un típico producto de la clase media americana, demócrata  y progresista.  Profesional liberal, culto, sensible, homosexual discreto –solo al final del libro hará explícita esta inclinación- formará con su madre un peculiar club de lectura durante la enfermedad de ésta, que le permitirá ahondar en una relación entrañable.

La contraportada resume muy bien el contenido del libro: “El resultado es una historia profundamente conmovedora sobre la pérdida pero también un homenaje festivo a la vida y a la literatura, una carta de amor, en definitiva: la de Will a su madre y la de ambos a la página impresa.

A modo de pequeñas perlas, recojo algunas de las frases e ideas que me han gustado especialmente del libro:

“Es mucho más fácil dedicarse a perseguir la felicidad cuando se tiene suficiente dinero para pagar el alquiler”.

“La permanencia no es; la impermanencia no es; un yo no es; un no-yo (no es); la limpieza no es; la no limpieza no es; la felicidad no es; el sufrimiento no es”. Setenta estrofas de la vacuidad,  c. 200 d.C.

“Veo libros electrónicos a menudo, pero nunca me persiguen. Me hacen sentir, pero no puedo sentirlos. Son alma sin carne, sin textura ni peso. Se te pueden meter en la cabeza, pero no pueden asestarte un golpe físico”.

“Le conté cómo un día desperté y me di cuenta de que había recorrido medio mundo esperando que la gente fuera a recibirme, en vez de intentar yo salir a su encuentro”.

“Cuando veía a mi madre dar las gracias al personal médico con gesto radiante, caí en la cuenta de una cosa que había intentado inculcarnos desde siempre: el agradecimiento encierra auténtica alegría”.

“Lo que entendí de súbito fue que una nota de agradecimiento no es el precio que se paga por haber recibido un regalo, como creen muchos niños, una especie de tributo mínimo o cuota, sino una oportunidad de agradecer lo que se tiene. Y la gratitud no es lo que se da a cambio de algo, sino lo que se siente al saberse afortunado: afortunado de tener familia y amigos que se preocupan por ti, y que quieren verte feliz. De ahí la alegría de dar las gracias”.

“Todos estamos en deuda con el prójimo por todo lo que acontece en nuestra vida. Pero no se trata de una deuda con una persona en concreto: en realidad estamos en deuda con todos por todo. Nuestra vida entera puede cambiar en un instante, así que cada una de las personas que evitan que eso ocurra, por pequeño que sea el papel que desempeñen, también es responsable de todo ello. Ofreciendo amistad y amor, uno consigue que las personas a su alrededor no se den por vencidas, y cada expresión de amistad o amor puede ser lo que cambie las cosas por completo”. Palabras de Mary Ann.

“Me encantó conocer gente en todos mis viajes. Me encantó oír sus historias, llegar a conocerlos y averiguar qué podía hacer por ellos, si es que podía hacer algo. Enriqueció mi vida más de lo que soy capaz de expresar. Naturalmente, podrías hacer más cosas, siempre se puede hacer más y se debe hacer más, pero aun  así, lo importante es que hagas lo que puedas cuando puedas. Haz lo que esté en tu mano, eso es lo único que puedes hacer. Mucha gente recurre a la excusa de que no cree que pueda hacer gran cosa y acaba por no hacer nada en absoluto. Nunca hay una buena excusa para no hacer nada, aunque solo sea firmar algo, o enviar una pequeña contribución, o invitar a una familia de refugiados recién llegada a comer el día de Acción de Gracias”. Palabras de Mary Ann a Will, su hijo.

“Tienes que decir todos los días a los miembros de tu familia que los quieres. Y asegurarte de que sepan que también estás orgulloso de ellos”. Consejo de Mery Ann a Will.

SCHWALBE, Will, El club de lectura del final de tu vida, RBA, Barcelona, 2013