El viejo y el nuevo Egipto

Río

Hoy, como ayer, el Nilo es elemento clave en la vida de Egipto

La semana del 11 al 18 de enero he visitado Egipto en un viaje de estudios con mis alumnos de los cursos de Los Arcos y el Aula de la Experiencia de la UPNA . Todo viaje, señala Javier Reverte, para que pueda considerarse tal debe constar de tres partes diferenciadas y complementarias: la preparación del mismo, a fin de sacar el mayor provecho; el desarrollo propiamente dicho, tratando de acercarse al concepto de viajero, que no de turista; y una tercera etapa de recopilación, resumen y repaso que permita dar sentido a todo lo vivido.

En los meses pasados, y como parte del curso de historia del arte impartido, habíamos tenido la oportunidad de acercarnos a los elementos básicos del arte egipcio, subrayando sus características más definitorias, ejemplificadas en algunas de sus obras más conocidas. Pero nada es comparable a las visitas in situ, en las que el contexto geográfico y cultural, la escala, y la inserción en el espacio y en el tiempo permiten hacerse una idea aproximada de los logros alcanzados. Con la ayuda de un guía local excelente, Ahmed Samir, buen profesional que se expresaba en un español espléndido, realizamos el circuito convencional, con algunos complementos y modificaciones.

El primer día se inició con una proeza en la que apenas reparamos: pasar a través del autobús primero, el avión después y finalmente el barco, de despertar en Navarra a dormir sobre el Nilo. El tiempo primaveral del que gozamos y un número de visitantes asumible, permitió un disfrute especial de lugares y templos unidos normalmente al calor y la multitud. Amanecer en Karnak y Luxor, y visitar el valle de los Reyes y algunas de sus tumbas de forma sosegada, serán imágenes que permanecerán para siempre en nuestra retina. Como quedará también el crucero por el Nilo observando paisajes, apreciando formas de vida y disfrutando de vistas asombrosas que apenas han cambiado a lo largo de los siglos transcurridos. Probablemente el momento más mágico y simbólico de todos, aquel en el que se juntaron lo antiguo y lo nuevo en diálogo fecundo, escribiendo una historia de cooperación humana encomiable, fue la visita a Abu Simbel. El madrugón fue de época, pero mereció la pena. Tras recorrer más de doscientos kilómetros en autobús, allí estábamos los primeros, a las 5,30 de la mañana. Tras dar la vuelta a la montaña artificial que contiene los templos situados en origen a la orilla del río, las fachadas del dedicado a Ramsés II y a su esposa favorita Nefertari, se ofrecieron iluminadas antes nuestros asombrados ojos. En pocos minutos, pudimos apreciar el milagro. El sol se levantó sobre el lago Nasser (el gran embalse de 5.000 kilómetros cuadrados, justo la mitad de Navarra), y las fachadas, ahora ya apagadas, se iluminaron con la tenue luz del amanecer dotando al conjunto de un aura dorada y casi irreal. Como irreal fue el espectáculo de luz y sonido en Filae, al anochecer del mismo día, otro de los templos salvados de las aguas gracias a la cooperación entre países propiciada por la UNESCO.

Y del Alto al Bajo Egipto, ejemplificado en la capital, El Cairo y los monumentos emblemáticos del Imperio Antiguo. Le cedo la palabra a un autor que siempre nos acompaña en nuestras clases, Ernst Gombrich: “No existe ilación entre los extraños comienzos del arte y nuestros días, pero sí hay una tradición directa, pasando de maestro y discípulo, y del discípulo al admirador o al copista, que relaciona el arte de nuestro tiempo con el del valle del Nilo de hace unos cinco mil años, pues veremos que los artistas griegos realizaron su aprendizaje de los egipcios, y que todos nosotros somos alumnos de los griegos. De ahí que el arte de Egipto tenga formidable importancia para nosotros”.En ningún sitio es más evidente el concepto de “arte para la eternidad” que en las pirámides y su entorno. No solo arquitectura, que impresiona, sino también los relieves y pinturas de las propias tumbas que, además de impresionar, emocionan. ¡Y pensar que cuando estas grandes obras estaban levantadas, en nuestra zona apenas se erguían algunos megalitos!

Este viejo Egipto es hoy un país muy joven, con 100 millones de habitantes sumidos en gravísimos problemas de desarrollo económico y falta de libertades. Un nuevo faraón, el presidente Al-Sisi, rige con mano de hierro el destino de un pueblo que reúne en El Cairo, una megalópolis de 22 millones de habitantes, lo mejor y lo peor del nuevo Egipto. Desarrollo, infraestructuras, modernidad y nuevas oportunidades, junto a un urbanismo deplorable, suciedad acumulada y un caos circulatorio que lo condiciona todo.

Todo esto y mucho más es Egipto. Un país en el que nos hemos sentido reflejados algunas veces, asediados otras, y acogidos siempre. Un destino especialmente recomendable y sin riesgo aparente, pese a las evidentes e incluso aparatosas medidas de seguridad de las que el régimen hace alarde.

Por cierto, a la vuelta a casa, sea España, Navarra o nuestro pueblo, todos hemos sentido el mismo alivio. Pese a las deficiencias, que también tenemos, ¡qué bien se está aquí!

Diario de Navarra, 23/1/2020

 

Viaje a Egipto. El arte al servicio del poder (IV)

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Primera imagen de Abu Simbel, todavía con luz artificial

Apenas ha habido tiempo de cerrar el ojo cuando el despertador suena de nuevo. Son la 1,30 de la madrugada y Ahmed ha decidido ser el primero en llegar a Abu Simbel. Cuando dejamos la ciudad, todavía hay vida y jóvenes que salen de algunos locales de ocio. En nuestro autobús monta, además de un segundo chofer, un policía que acompaña al grupo. Las medidas de seguridad no terminan ahí. Frecuentes tanquetas y controles asiduos en la carretera demuestran que Egipto se ha tomado muy en serio el tema de la seguridad, ya que ésta es básica para el turismo y éste es, a su vez, la primera fuente de divisas del país.

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El sol comienza a elevarse sobre las aguas del lago Nasser

Todavía es de noche cuando llegamos a Abú Simbel, ya muy cerca de la actual frontera con Sudán y lugar de entrada y paso desde la antigüedad. Para reafirmar su poder, Ramsés II decidió erigir un templo en el que su imagen y sus victorias son el argumento fundamental. Debía de impresionar en aquellas fechas, en torno al 1500 a.C., a todo viajero, comerciante o militar encontrar tal señal de poderío y grandeza. Un templo a la orilla del Nilo, presidido por cuatro enormes estatuas de más de 20 metros de altura de Ramsés II sentado, acompañado de su esposa e hijos de menor tamaño a sus pies.

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María Luisa y Román, ante la fachada del templo

El curso del Nilo y el desierto acabaron casi con esta espectacular puerta de entrada al Alto Egipto, la tierra de los faraones. Solo a comienzos del siglo XIX fue encontrado semihundido en la arena, y pocos años después pudo ser limpiado y reconocido.

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Vista general de los dos templos, bañados ya en la luz del amanecer

Pero el verdadero momento de peligro para el monumento llegó con la planificación de la gran presa de Asuán. Buena parte de Nubia debía ser sacrificada para favorecer la economía del resto del país. Y los nubios llevaron la peor parte. Dejaron casas, campos y terruño y tuvieron que emigrar a nuevos asentamientos.

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La cabeza caída de una de las estatuas nos permite apreciar la grandiosidad del conjunto

¿Y qué hacer con el templo de Abú Simbel? Imposible acometer la salvaguarda de los templos que debían ser literalmente engullidos por las aguas. Por una vez, la cooperación internacional surtió efecto y el templo pudo ser salvado trasladándolo de lugar, fragmentado en múltiples pedazos. Una montaña artificial, una estructura de hormigón y la pericia humana consiguieron su objetivo. Esa fue la imagen que pudimos apreciar a nuestra llegada. Primero, nocturna, tras observar la parte trasera de la montaña.

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Vista del acceso al interior del recinto con el sol impactando sobre las estatuas-columna

El gran Ramsés vigila de nuevo las aguas del río, convertido en un impresionante lago artificial que ocupa 500 kilómetros de largo y 5.000 km2 de superficie, justo la mitad de Navarra. Una imagen impactante y espectacular, que poco a poco queda envuelta en una luz difusa, porque el amanecer asoma y el sol, primero tenue, y después brillante, se levanta sobre el algo. La preciosa luz del amanecer acaricia el templo y las luces eléctricas dejan paso a la luz natural en una imagen única difícilmente olvidable. Impresionante el contexto, impecable la reconstrucción, hermoso el edificio, tanto por dentro como por fuera.

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Como en buena parte de los edificios, magníficos relieves decoran sus paredes

El templo dedicado a su esposa favorita Nefertari, nos presenta a ésta junto con Ramsés II en el exterior, todo bello, pero más reducido en dimensiones.

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Una última imagen del conjunto, ya como despedida

Son las 7 de la mañana cuando salimos del recinto. La opinión general es que mereció mucho la pena el madrugón. Pero junto a la belleza, la dureza de la vida del egipcio actual. El mercadillo de la salida, reciente y bien acondicionado, ya está a pleno rendimiento y los vendedores dispuestos a convencer de lo bueno y barato de su mercancía. Y así, hasta bien entrada la noche.

Tras Abú Simbel, nos espera la gran presa de Asuán, obra emblemática de Nasser en la segunda mitad del siglo XX, junto con la nacionalización del Canal de Suez. La obra, de enorme envergadura, no impresiona en exceso frente a Itaipú, que tuve la oportunidad de conocer hace unos años, en la frontera entre Argentina, Brasil y Paraguay.

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Vista parcial del imponente obelisco inacabado, desechado por las grietas encontradas en la propia cantera

Volvemos a Asuán para conocer la cantera de granito rosa y el obelisco inacabado, una pieza única de la época de la reina Hatshepsut de 45 metros, agrietada en la cantera y que no pudo ser empleada para tal fin. Difícil de entender el trabajo de la cantera, el traslado por barco y la ubicación en el sitio elegido. Pero ahí están, en Egipto o fuera de él, dando fe del poderío de una civilización que domesticó la naturaleza y fue capaz de elevarse a cotas apenas logradas por la humanidad a lo largo de los siglos.

La vuelta al barco y la larga siesta tras la comida intentan compensar la larga marcha de la mañana. Para la tarde tenemos reservada una doble actividad. La visita a una casa de esencias en las que un hispano-egipcio, en perfecto castellano, nos introduce en los secretos de este mundo tan peculiar; y la presencia en el espectáculo histórico-musical del templo de Filé, otro de los grandes monumentos salvados de las aguas del Nilo.

Una barquitas nos permiten acceder a la isla de Filé. El complejo arquitectónico, de época ptolemaica, retoma vida en un espectáculo de luz y sonido bien planteado y trabajado. Lo escuchamos en español, lo cual ayuda mucho, y la historia de Isis y Osiris se desgrana en un marco incomparable y bajo un manto de estrellas espectacular. Tras la historia de los dioses, escuchamos la propia historia del templo progresivamente en manos de ptolemaicos, romanos, ortodoxos, musulmanes en sus variadas familias y las potencias colonizadoras. Salvado también de la inundación del Nilo gracias a la ayuda internacional, hoy supone un hito en la visita a Asuán que culmina con un pequeño viaje de ida y vuelta en barca a motor hasta la isla que lo cobija.

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La imaginación y el buen hacer del personal de servicio del barco nos depara estas sorpresas al entrar en la habitación

Después de un larguísimo e inolvidable día, es el momento de intentar conciliar el sueño, tras la suculenta cena que nos ofrecen en el barco. La comida es buena y variada, los camareros, amabilísimos, y todo, cercano y próximo, Casi hemos hecho ya del barco nuestra casa.

Viaje a Egipto. Un crucero por el Nilo (III)

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Los cuatro componentes de la calesa camino del tempo de Edfú

El día se presenta más relajado, tras el maratón espectacular que vivimos ayer. No obstante, la buena costumbre de Ahmed, nuestro guía, permanece. Le gusta ser el primero en llegar a los sitos y, de nuevo, fuimos conscientes de sus buenas razones.

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Vista del imponente pilono de entrada al templo de Edfú

La salida al templo de Edfú, construido sobre una elevación sobre el Nilo es todo un poema. Lo hacemos en calesas, distribuidos de cuatro en cuatro. Moustafá, nuestro cochero, dirige un caballito ágil y un carro algo desvencijado con el que compite con otros muchos que acercan a los viajeros al templo desde la orilla del río.

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Gran patio de las ofrendas del templo de Edfú, con columnas y capiteles muy evolucionados

Apenas ha aparecido nadie cuando iniciamos la visita. Ahmed teatraliza la historia de la construcción del templo dedicado a Horus, el hijo vengador de Isis y Osiris. Contribuyo a la escena, siendo Osiris en el relato. El templo es hoy el mejor conservado de todo Egipto, ya que al librarse de las crecidas y ser cubierto por una capa de arena sobre la que se montó un verdadero poblado que vivía en él, favoreció su conservación. Se trata de un templo relativamente reciente, de época grecorromana. Levantado sobre una estructura anterior por Ptolomeo III a mediados del siglo III a.C., fue terminado en el siglo I por el padre de Cleopatra.

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La admiración del grupo ante las paredes cubiertas de relieves queda patente en la fotografía

Dos espléndidas tallas de granito de Horus flanquean un grandioso pilono de 36 metros de altura, decorado con las típicas escenas del faraón agarrando por el pelo a sus enemigos. El gran patio de las ofrendas, con columnas y capiteles muy evolucionados a los que se añaden elementos de los capiteles clásicos, además de loto y papiro, nos permite conectar con los templos del Imperio Nuevo. Una sala hipóstila interior y otra exterior, esta con la cubierta original todavía en pie, nos introducen en las grandes construcciones que vimos el día anterior. Frente a la policromía y el horror vacui característicos de columnas y paredes, el techo está casi negro, consecuencia de las hogueras multiseculares de generaciones que hicieron del templo su propia vivienda.

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María Luisa mira arrebatada al guardián del templo

La cámara de las ofrendas y el santuario con la réplica de la barca de madera llevada en procesión en las días grandes completan un espacio extraordinario. Pero tal vez, ningún templo contiene tal número de metros cuadrados de relieves, que cubren en su totalidad las paredes exteriores del templo y el muro exterior que cierra el conjunto. Todavía tenemos algo de tiempo para sentarnos de nuevo en la esplanada y contemplar el pilono de entrada, ahora ya repleto de visitantes.

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Espléndida la escultura de Horus que da entrada al conjunot

Tras la salida obligada por el mercadillo agobiante en el que el asedio al turista es continuo e inmisericorde, el espectáculo de la plaza ha cambiado por completo. Un pequeño ejército de calesas compite con llenar cuanto antes el pescante y salir corriendo. Nuestro Moustafá también lo intenta, pero conseguimos frenar su ímpetu y esperar nuestro momento. De nuevo, al barco, comida, y una pequeña siesta que yo aprovecho para redactar estas líneas. No pensaba hacer referencia a ello, pero el masajista del barco y su amigo Ahmed me dicen que cuando escriba la crónica del día me acuerde del masaje de pies y espalda que ellos han dado a María Luisa, mi mujer. Así lo hago, quede constancia de ello en su recuerdo.

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Los conductores esperan la salida de los turistas para transportarlos en las calesas

Nuestro barco está atracado en el muelle de Konombo tras Unas horas de navegación. La tarde la dedicamos a visitar otro de los templos de referencia en el Nilo. Los cocodrilos, su ubicación como paso de comercio, la llegada de oro, elefantes y esclavos dieron notoriedad a la población en la que nos encontramos.

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¿Disfrutaron los faraones de estas comodidades en sus paseos por el Nilo?

El templo, también de época ptolemaica, está situado en una curva del río y está dedicado a dos deidades: el dios cocodrilo Sobek y Horus, el dios halcón.

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Las vistas de las orillas del río apenas han variado con el paso de los siglos

Dos entradas gemelas, dos salas hipóstilas, varias antecámaras y un doble santuario dan notoriedad al templo, que convertido en un “hospital” de referencia, conserva en sus relievas precisiones sobre elementos quirúrgicos y otros detalles de interés.

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Vista del templo de Konombo con la hermosa luz del atardecer

Es importante un buen guía, porque a veces detalles menores revelan mucho más que construcciones mayores. El nilómetro, imponente pozo de piedra bien escuadrada, dedicado a medir las crecidas del río y el museo del cocodrilo situado cerca, completan el conjunto.

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Jovita y Javier, auténticos embajadores de Bargota en la corte del faraón

Tras la cena, es el momento de vestirse para la fiesta egipcia. Las chilabas compradas en los mercadillos, el barco o a los pescadores que tiran el producto con máxima precisión a la cuarta planta desde sus pequeñas embarcaciones, salen a escena y buena parte de los componentes de nuestro grupo, animadas ellas y animados ellos, aparecen relucientes y transformadas.

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No hay como una pista de baile para unir razas y religiones

Un buen rato de baile, diversión y risas que se agradecen. Pero todo debe concluir pronto, porque el de mañana es un día particularmente marcado en nuestro viaje. Es preciso dormir algo, porque Nubia, Abú Simbel y Asuán nos esperan.

 

Viaje a Egipto. El esplendor del Imperio Nuevo (II)

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Amanecer en Karnak , la primera de las muchas sorpresas del día

El barco está atracado en la orilla oriental del Nilo y nada durante la noche ha perturbado nuestro sueño ligero y breve. Tampoco el río se ha dejado ver ni apenas sentir cuando el despertador ha sonado a las 4,30 de la madrugada. Una ducha rápida, un buen desayuno y a las ¡5,30! Partíamos en dirección a Karnak. ¿Pero esto no se hacía para evitar el calor del día? No del todo. Hace 7 grados y todavía es de noche. El vieja hasta el templo de Karnak nos permite introducirnos en la historia del Imperio Nuevo, mientras con nuestro flamante autobús nos cruzamos con motos más bien desvencijadas y escasas de luces, algún motocarro, coches varios y los primeros viandantes casi todos ellos con chilabas y turbantes en la cabeza. De pronto, a las puertas del complejo templario al aire libre de Karnak, se produce el primer milagro matutino. En apenas 10 minutos, mientras se hace la luz, amanece y una suave claridad inunda unas imponentes ruinas que se corresponden con el templo.

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Una galería de esfinges da acceso al primer pilono del templo

La primera y más profunda impresión es la grandiosidad del conjunto. Todo en Egipto tiene otra dimensión. La medida no es la figura humana, insignificante, sino una escala sobrenatural, el mundo de los faraones y del más allá, e incluso divina, el culto a los dioses presididos por Amón Ra.

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La rampa de adobe de la parte posterior del pilono nos permite apreciar el proceso constructivo del mismo

Precisamente el templo de Karnak está dedicado a Amón y supone la culminación del poder tebano del Imperio Nuevo entre 1500 y 1100 a.C. Una avenida procesional de esfinges con cabeza de carnero nos lleva hasta el primer pilono inacabado, pero de dimensiones enormes. Su parte interior conserva parte de la enorme rampa de adobe por la que con rodillos y cuerdas arrastraban los bloques de piedra para colocarlos sobre el muro.

Tras el pilono se encuentra el gran patio con los santuarios de Seti II y Ramsés III, el gran faraón magníficamente representado. La única columna de 21 metros de las 10 inicialmente existentes es recuerdo vivo de esta sección grandiosa.

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Columna del patio de Seti II y Ramsés III. Sus 21 metros de altura son buen ejemplo de la grandiosidad de la arquitectura egipcia

El segundo pilono da paso a la gran sala hipóstila, ejemplo supremo de colosalismo, buen gusto, relieves inmarcesibles con una tenue policromía en algunos lugares y una abigarrada serie de columnas para articular un techo arquitrabado de enorme peso y poder. 134 altísimas columnas no dejan lugar a dudas: estamos ante una de las construcciones más singulares e impresionantes realizadas por bora humana.

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La historia de la arquitectura posee pocos espacios tan bellamente abrumadores como la sala hipóstila de Karnak

Los pilonos siguientes se adornan con obeliscos de una sola pieza como el de Hatshepsut, de 30 metros de altura, el más alto de Egipto.

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El obelisco de la reina Hatshepsut, otro símbolo universal del arte egipcio

 

Todo el conjunto termina en el santuario original de Amón, núcleo del templo y morada oscura del dios.

La visita nos deja una sensación de fragilidad e impotencia frente al orden faraónico y divino. Aunque el templo merecía una visita sosegada y una lectura más detenida de relieves y mensajes en ellos contenidos. Pero no podemos pasar por alto las extraordinarias condiciones en que hemos realizado nuestra visita. Salir a muy primera hora y ser los primeros nos ha permitido ver el santuario en unas condiciones privilegiadas. Por si había alguna duda, la multitud congregada a la salida nos ha servido de estímulo. En Egipto, madrugar tiene premio.

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El templo de Luxor, con su pilono, sus seis estatuas de Ramsés II y su obelisco. El segundo se encuentra en la plaza de la Concordia de París

 

Tras un paseo en autobús por el Luxor histórico, una ciudad que vive básicamente del turismo, hemos llegado a la explanada del templo de Luxor, el segundo complejo fundamental de la orilla oriental.

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Hermosa estatua del omnipresente Ramsés II, el gran faraón guerrero

Una colosal avenida de esfinges que próximamente unirá en forma peatonal los tres kilómetros que separan los templos de Karnak y Luxor en línea recta, nos acerca al segundo templo que se inició con un enorme pilono de 24 metros de altura levantado por Ramsés II en el Imperio Nuevo, decorado con 6 estatuas del faraón, 4 sentadas y 2 erguidas, de las que quedan solamente 3. De los dos obeliscos de granito rosa, uno se conserva in situ y el otro preside la plaza de la Concordia en París. Le sigue el gran patio con doble fila de columnas y unas muy hermosas y monolíticas estatuas del gran guerrero, con representación de sus esposas e hijos (al menos 17), además de los reyes vencidos en sus expediciones militares. Una gran columnata y patio de Amenofis III da paso a la cámara de Amón y el santuario con la barca sagrada. Si en Karnak la grandiosidad es el principal elemento, en Luxor sobresalen las estatuas de Ramsés II y los relieves de prácticamente todas las paredes del templo, un horror vacui que se extiende por cientos de metros cuadrados de piedra, con escenas de todo tipo y un realismo y calidad indudables.

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El cartucho del faraón y una escena doblegando a sus enemigos decoran la estatua del faraón

La visita a los templos de Luxor y Karnak justifica un viaje a Egipto. Sería lo apropiado para un día entero o al menos una mañana, pero apenas son las 10 y queda mucho que ver.

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El templo memorial de Ramsés III conserva sus columnas y cubiertas repletas de relieves y bellos colores

Sin solución de continuidad nos trasladamos a la orilla occidental del Nilo. Allí visitamos el templo memorial de Ramsés III, resguardado por la gran montaña tebana que cierra la estrecha franja bañada por el Nilo. La construcción del enorme templo presenta algunas novedades. Resaltaré dos: el acceso a través de un edificio de dos plantas inspirado en una fortaleza siria, y el extraordinario conjunto de relieves policromados que se conservan en buen estado muchos de ellos tras más de 3.000 años de existencia. Un templo muy importante que sin sus hermanos mayores y más conocidos sería excepcional.

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El templo conmemorativo de Hatshepsut, horadado en el farallón de la montaña tebana sorprende por su radical modernidad

Visitados los templos es el momento de dar paso a otra tipología especialmente importante, las tumbas. Dos aspectos complementarios ayudan a dar al conjunto el carácter excepcional que presentan. Por un lado, la importancia de la vida de ultratumba en la cultura y la religión egipcia, y por otro la existencia de una cadena montañosa próxima al Nilo de extrema sequedad, que permite horadar la piedra e introducir el sarcófago literalmente en la montaña, añadiéndole todo tipo de ajuares, relieves, pinturas y menajes con una riqueza tal que solo podemos apreciar viendo el poderío de la tumba de Tutankamon, al fin y al cabo un faraón menor.

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Si esto sucede en invierno, ¿qué agobios no habrá en verano con el sol cayendo a plomo?

La más original de todas es, sin duda, el templo conmemorativo de Hatshepsut, no estrictamente tumba, pegado al farallón de la montaña. Su radical modernidad todavía sorprende hoy. Una terraza inferior, una primera columnata, una terraza intermedia, otra columnata intermedia, una terraza superior y el santuario de Amón, apenas un apéndice final, componen un conjunto singular, fruto del trabajo en común de una faraona poderosa y s¡nfgular (retratada con barba postiza como sus homólogos masculinos) y su arquitecto Senenmut, miembro de su corte y posiblemente su amante. Su cercanía no acabó en vida, sino que el propio arquitecto descansa en un sepulcro excavado en la roca muy cerca de su amada. Una excepción en el mundo masculino que duró 15 años y que marca la historia de Egipto.

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Imagen de los turistas y visitantes desde la plataforma de acceso al templo de Hatshepsut

Tras la tumba de Hatshepsut, que pudimos disfrutar durante un buen rato desde un café ubicado a los pies del recinto, nos trasladamos al otro lado de la colina, un lugar especialmente inaccesible, árido y seco hasta el extremo, el valle de los reyes.

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Entrada a una de las tumbas del valle de los reyes. Solo las gafas del vigilante egipcio nos permiten deducir que no es una imagen venida del más allá

63 tumbas son las aparecidas hasta el presente, de las que solo una menor, la del Tutankamon, ha llegado intacta hasta nuestros días. Tras una puerta sencilla, se encuentra un mundo sorprendente. Pasillos, galerías, paredes exquisitamente trabajadas, una policromía excepcional y, en algunos casos, sarcófagos vacíos, es lo que resta de aquellos que se consideraron todopoderosos e inmortales. Prácticamente todas fueron saqueadas en un momento u otro de la historia, dejando si no ajuares, sí momentos imborrables de la vida y la cultura egipcia. Como ejemplo de otras muchas, visitamos las de Ramsés III y Merenptah. Imborrable el recuerdo y maravillosa la experiencia. No la perturbaron siquiera la multitud de vendedores que apostados a la entrada y salida de los edificios, exhibían su mercancía con profesionalidad, empuje y casi asedio en algunos casos.

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Vista de uno de los infinitos relieves que decoran las paredes de las tumbas

Los colosos de Memnón, entrada a otro de los recintos sagrados, cerró nuestra visita.

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Entrada a una de las tumbas en el impresionante e inhóspito valle de los reues

Abrumados, extenuados, muertos físicamente tras el viaje, las escasas horas de sueño y lo intenso de la mañana, llegamos al barco para comer. Siesta, larga siesta, descanso y tarde la recuperación. NO es posible seguir este ritmo, pero lo hoy vivido no se nos olvidará fácilmente.

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Escaleras de acceso al interior de una de las tumbas. Las paredes aparecen cubiertas de hermosas escenas bellamente policromadas

¡Qué comienzo de viaje tan espectacular!

 

Viaje a Egipto. Donde todo comienza (I) 11 de enero de 2020

Egipto

El lema con el que turismo de Egipto se presenta al mundo

Los prospectos sobre Egipto traen todo tipo de mensajes para captar la atención del potencial visitante. El nuestro recoge el programa con el siguiente epígrafe: “Egipto, donde todo comienza”. Aunque algo oscuro para el turismo menos avezado, la frase recoge fielmente lo que Egipto ha supuesto para la historia de la humanidad. El neolítico, la escritura, la historia en definitiva, tienen en el valle del Nilo un enclave fundamental. El espacio que permitió pasar a partir del quinto milenio a.C. de la prehistoria a la historia, ejemplificado en una civilización que supone en sí misma una cumbre de la historia de la humanidad.

Mi contacto con el arte egipcio viene de lejos. Comenzó en el bachillerato, aunque ya aquellas películas emblemáticas, como los 10 Mandamientos, la primera película que yo vi de niño en el cine en Logroño, a donde nos desplazamos toda la familia en la camioneta de mi abuela, me aproximaron a una civilización llena de lujo, oropel, mensajes y enormes diferencias sociales.

Moises

Los diez mandamientos, la primera película que vi en pantalla grande y que tanto me impresionó

Tras el bachillerato, con aquella historia del arte universal donde las pirámides, los faraones, el Nilo, Nefertiti y los templos empezaron a tomar cuerpo, la licenciatura en Filosofía y Letras me permitió ahondar progresivamente en una materia que me ha interesado especialmente. Los nombres de Ignacio Barandiarán, Antonio Beltrán, Mari Carmen Lacarra, Gonzalo Borrás y Federico Torralba acompañaron cada una de las etapas y marcaron a fuego una inclinación que se tradujo en una materia para mí obligatoria en mi docencia de bachillerato. Prácticamente, todos los años de docencia acumulados, aproximadamente 18, tuvieron a la historia del arte como elemento clave, con una práctica que intenté siempre acompañar de diapositivas y salidas fuera del aula. Un programa de aplicación del arte al estudio del entorno, titulado “Tierra Estella, una mirada a nuestro entorno”, dirigido por los hermanos Larreta y yo mismo, docentes los tres en el IES Tierra Estella, quedó finalista en los Premios Giner de los Ríos de Innovación Educativa en los primeros años del siglo XXI.

Desde hace 15 años, coincidiendo con el estreno del programa Aula de la Experiencia en la Universidad Pública de Navarra, vengo impartiendo la materia de Arte Antiguo y Medieval, en la que Egipto ha tenido cabida. Pero faltaba una cosa por llenar: visitar in situ una región y una cultura que tanto me ha fascinado, que me sigue fascinando y que tantas veces he explicado en clase. Así que, tras la salidas en los últimos años a Sicilia, Grecia Continental y las ciudades griegas del Asia Menor, era el momento de poner rumbo a Egipto. En un formato condensado, 8 días, pero suficiente para conocer lo básico de los ingentes tesoros que el país del Nilo atesora.

El grupo, de carácter mixto, lo componemos 44 personas, de las que 32 son alumnos del curso de Historia del Arte universal y de España que imparto en Los Arcos a 65 alumnos de la zona, y 12 forman el pequeño grupo procedente del primer curso del Aula de la Experiencia de UPNA.

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Los viajeros toman el avión a Madrid camino de Egipto

El sábado 11 de enero, partíamos en autobuses Latasa de Oteiza a las 7,30 de la mañana. Una madrugada tan fría como hermosa nos ha permitido recoger a los componentes del grupo en Los Arcos, Estella y Pamplona. A las 9 en punto, partíamos hacia Madrid. La impecable conducción de Jesús, nuestro chófer, nos llevó entre el frío, la rosada mañanera y la niebla hasta Medinaceli, donde casa Nico nos recibió una vez más para desayunar y descansar. A las 2 en punto estábamos en Barajas. El embarque se produjo sin problemas y puntualmente también despegamos hacia Egipto. Ahora en avión, un aparato que cada vez que levanta el vuelo uno no puede menos que admirarse y encomendarse a Dios, en cuyas manos estamos con más propiedad que nunca. Prácticamente todos los pasajeros somos turistas y viajeros -me gusta más la segunda expresión que la primera-, que pretenden pasar una semana en Egipto. Casi todos nos volveremos a ver el próximo sábado en este mismo vuelo con destino a Madrid.

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Terminal de maletas en el aeropuerto de Luxor. Nuestro primer contacto con Egipto

Y del aeropuerto de Luxor, directamente al barco atracado en el Nilo. El viaje sirve para que nuestro guía Ahmed nos introduzca en un país del que ha hecho su profesión y su vida. Licenciado en Filología Hispánica y con estudios de historia del arte, su español es limpio, sobrio y claro. Sin muchas alharacas nos da instrucciones prácticas y nos introduce en las primeras palabras del vocabulario árabe.

Son ya las 11,30 cuando llegamos al barco atracado en el río. De nombre Crown Prince, es una motonave moderna de cuatro alturas, en la que ocupamos un amplio y confortable camarote en el piso tercero. Recibimos las instrucciones del día siguiente, con llamada a las 4,30 horas y, tras un tentempié de bocadillos y fruta, nos vamos a dormir.

Una vez más, se impone la modernidad y sus transportes. Bus, avión y barco en un mismo día, que nos permite pasar de la civilizada y algo revuelta Navarra actual a dormir sobre el propio Nilo cual si de un sueño faraónico se tratara, para despertar mañana mecidos por sus aguas a una cultura y una civilización que está en la cuna de lo que nosotros hemos llegado a ser.