Una oportunidad para Aezkoa

Vista de algunos de los espacios objeto del proyecto de rehabilitación

Navarra es una región con un gran patrimonio cultural. Un ejemplo señero lo constituye el complejo de la Real Fábrica de Municiones de Orbaitzeta.

Aunque de corta existencia (1784-1884), la instalación produjo durante años munición, en alguna etapa incluso cañones, y a partir de la segunda mitad del siglo XIX hierro de calidad, que luego era transformado en las fábricas de Trubia y Oviedo en Asturias. Malvivió desde 1869, tras un incendio fortuito, y terminó cerrando sus puertas en 1884 por el auge de los Altos Hornos. La Real Fábrica es una joya de la arqueología industrial peninsular. Construida bajo la influencia del enciclopedismo francés, fue un edificio dotado de todos los adelantes de su época. Llegó a contar con más de 150 trabajadores y sus familias que, junto a las tropas de vigilancia, vivieron durante años en este frondoso y perdido rincón de la Selva del Irati. En 2007 fue declarada por el Gobierno de Navarra Bien de Interés Cultural, el máximo grado de protección  previsto en nuestra legislación, y ha sido objeto de algunas campañas de limpieza y desbroce del conjunto, que permiten hoy en día una cómoda y provechosa visita. En todo caso, pese a los esfuerzos de los últimos años, no deja de ser una sugerente ruina.

Pero la situación puede cambiar y para bien. En febrero de 2010,  la Junta de Aezkoa presentó al Ministerio de Fomento del Gobierno de España, presidido por Rodríguez Zapatero y con José Blanco como ministro, un proyecto para la realización de la primera fase de intervención, solicitando una subvención con cargo al 1% cultural. Tras quedar en la reserva, la Junta del Valle presentó de nuevo la documentación en 2011, modificando la solicitud inicial a favor de la rehabilitación del palacio, dado que las obras del complejo fabril estaban incluidas en la previsión de fondos del Plan de Desarrollo Rural. La aportación del Gobierno de España se concretó en 899.990 euros, correspondientes al 75% del presupuesto del proyecto. La Junta tenía el compromiso del Gobierno de Navarra de cofinanciar el 25% restante.

Eximo al lector del complejo y prolijo expediente hasta el día de la fecha. Tras diversos avatares, la situación al día de hoy es la siguiente. El Ministerio de Fomento, que ya ha adelantado 315.000 euros, exige para continuar con la obra dos cosas: que se garantice el 25% restante para los próximos tres años y que las obras estén adjudicadas para el 31 de diciembre. A la Junta del Valle le corresponde, por tanto, adjudicar correctamente una obra que el Ministerio rechazó hace unos meses por defectos en su tramitación, y pagar la dirección de obra.  Y al Gobierno de Navarra garantizar la financiación complementaria. El Parlamento, a instancias del grupo socialista y por unanimidad de todos los grupos,  ya ha realizado su tarea: ha instado al Gobierno de Navarra a aportar el 25% complementario y ha insistido en que la obra trasciende el ámbito estrictamente cultural para convertirse en una palanca de desarrollo social y económico de esa zona del Pirineo navarro.

Pero es preciso estar alerta. La obra corre un riesgo cierto de no llevarse a cabo si las tres administraciones no trabajan de forma rápida y eficaz. Solo quedan 45 días y la burocracia no puede impedir la materialización de una inversión tan necesaria. Reitero las cifras, por si no han quedado claras. Están en  riesgo 930.000 euros procedentes del Gobierno de España, si el Gobierno de Navarra no compromete 300.000. La inversión total no es ninguna broma, asciende a 1.199.998 euros.

Cuando se habla de cuál es la función del Parlamento, este es un buen ejemplo de la tarea realizada: velar por el interés general, seguir atentamente los expedientes, hablar con los sectores interesados, y controlar e impulsar la labor del Gobierno. Si todo sale bien, seré el primero en felicitar a los responsables de las instituciones por su logro. Si fracasa, también seré el primero en exigir responsabilidades. En su mano está.

Desde la Navarra profunda

En el mes de junio de este año, recibí una invitación de la revista “Conocer Navarra”, vinculada a esta casa, para escribir un reportaje sobre el entorno de Codés. El artículo, con preciosas fotos de Oscar Berroeta, apareció en el número de septiembre. Como consecuencia de aquello, el 2 de noviembre pasado, invitado por los municipios del Valle de Aguilar –Aguilar de Codés, Azuelo, Desojo, Espronceda y Torralba del Río- y la cofradía de Nuestra Señora de Codés, impartí una conferencia en el santuario sobre el valle y su entorno. Fue un gusto ver la iglesia llena de curiosos, alcaldes de todos los municipios incluidos, ratificando lo que ellos bien conocen: que tienen un valle precioso en lo geográfico, aseado en lo urbanístico, rico en lo histórico, muy representativo en lo artístico e inquieto en lo social. Un valle, que como buena parte de la Navarra rural, ha sufrido un espectacular descenso demográfico que le ha llevado de 1.926 habitantes en 1960 a 493 en 2012.

El Valle de Aguilar se encuentra ubicado en la merindad de Estella, casi en la frontera con Álava y La Rioja. Lo que yo vi en mis paseos del verano para preparar el reportaje es lo siguiente: un esplendoroso pasado, un presente aparentemente halagüeño –con calles cuidadosamente asfaltadas, casas mejoradas, servicios básicos garantizados, economías relativamente saneadas y paz, mucha paz y sosiego-, personas jubiladas tomando el sol o la fresca, algunos agricultores con máquinas herramientas, un pequeño grupo de personas adultas que salen fuera a trabajar, y jóvenes y niños que se cuentan con los dedos de una mano. Una estampa que solo se anima los fines de semana, los meses de verano o las fiestas patronales. Y este retrato robot es aplicable, en mayor o menor medida a amplias zonas de las merindades de Estella, Sangüesa, Tafalla y Montañas.

Por ello, la pregunta surgió inevitable: ¿Cuál va a ser nuestro futuro? A mi juicio, la respuesta ha sido doble: decidida por parte de los vecinos y tímida por parte de las instituciones forales.

Los vecinos han dado un paso al frente, mancomunando servicios, potenciando el auzolán, creando asociaciones culturales, deportivas o recreativas, propiciando nuevos recursos económicos como los molinos que, aunque desgarren el paisaje, vienen con un pan bajo el brazo, o potenciando el turismo rural, aunque todavía esté en mantillas. ¿Pueden hacer algo más? Sin duda, pero su margen de maniobra es escaso.

Frente a esta actitud, la de las autoridades forales ha sido más bien tímida. Los retos están a la vista: consolidar el equilibrio territorial que corre serio riesgo de desestabilizarse, readaptar el mapa local de la mano de los ayuntamientos, garantizar los servicios básicos, asegurar una financiación suficiente, consolidad unos accesos cómodos y rápidos a las autovías, y, sobre todo, dar trabajo a los jóvenes en las proximidades.

Nuestros pueblos no deben ser sólo parques temáticos o espacios para la estampa etnográfica y añorante de un tiempo que no volverá, sino lugares lo más cómodos posibles para los escasos vecinos que viven todo el año. Allí quieren terminar sus días los mayores, en su casa y entre los suyos. Allí luchan las generaciones intermedias por consolidar los núcleos urbanos y mejorar la vida de los  vecinos. Allí otean un futuro incierto los escasísimos niños y jóvenes, sin saber si la suya será la última generación que escriba una historia que viene de lejos.

Este es nuestro reto: o salvamos la Navarra rural o nuestra tierra ya no será la misma. Y esta es tarea de todos, que no admite ni divergencias políticas insalvables, ni dilación ni espera. Muchas gracias a los vecinos de Aguilar por conservar para generaciones futuras un valle tan hermoso.

Diario de Navarra, 14/11/2013

Cuestión de principios

Presidente y secretario del Consejo Social saliente en una visita al Parlamento

Finalmente, se consumó lo previsto. María Kutz, Camino Paredes, Félix Taberna y Verónica Ferreira, fueron elegidos por el Parlamento de Navarra miembros del Consejo Social de la UPNA. Pachi Tuñón, el quinto candidato propuesto, no alcanzó los 26 votos necesarios. Como no tuve ocasión de explicar en el Parlamento el voto de mi grupo, por no estar previsto en el reglamento al ser una votación secreta, lo hago mediante este escrito que ha sido publicado hoy en el Diario de Noticias.

Una de los reproches clásicos que se hacen a la universidad española es su lejanía de la sociedad a la que sirve. Para tratar de reducir esa distancia, la legislación universitaria previó la creación del Consejo Social, órgano colegiado de participación de la sociedad en el gobierno y la administración de la universidad. El Consejo Social tiene importantes funciones en materia económica. Así, le corresponde la aprobación del presupuesto, la programación plurianual de la universidad, la supervisión de las actividades económicas de la misma y el análisis del rendimiento de sus servicios. También le compete promover la colaboración de la sociedad en la financiación de la universidad. El funcionamiento de los diferentes Consejos Sociales en las universidades españolas deja bastante que desear. Sin embargo, y afortunadamente, no es el caso del Consejo Social de la UPNA. Su tarea, desarrollada con profesionalidad, dedicación y lealtad, es ampliamente reconocida, no solo a nivel foral, sino también en el ámbito nacional. Esto se debe, en buena medida, a la tarea desarrollada por Jesús Irurre, su presidente en la última etapa, que dejará su cargo en los próximos días.

La Universidad Pública de Navarra dispone, por tanto, de un Consejo Social compuesto por 19 miembros, distribuidos de la siguiente manera: 13 pertenecen a la parte social y 6 a la universidad. La parte social la componen cinco miembros designados por el Parlamento de Navarra, cuatro por el Gobierno de Navarra y los otros cuatro por las organizaciones sindicales y empresariales más representativas. El sector universitario lo forman el rector, el secretario general, el gerente y tres miembros del Consejo de Gobierno.

El Pleno del Parlamento de Navarra eligió ayer, 14 de noviembre, a cuatro de los cinco miembros que le correspondía designar. Y  la pregunta surge inevitable: ¿Qué pasó con el quinto? Esta es la explicación.

Los grupos políticos decidieron en la Mesa y Junta de Portavoces el siguiente procedimiento: dos vocales serían designados a propuesta de UPN-PP; uno, a propuesta de los grupos nacionalistas; otro, a propuesta de PSN e I-E; y el último sería elegido por consenso de todos los grupos. De la propuesta se descolgaron I-E y los no adscritos, mientras que los otros cinco grupos siguieron adelante con la misma. Pero el acuerdo, lamentablemente, no fue posible. Unos, no dieron su visto bueno al primer candidato propuesto. Otros, no lo dieron al segundo. Y el tercero, tampoco contó con la anuencia de todos. El único grupo que no manifestó reparos a ninguno de los tres fue el PSN-PSOE, pero puso una condición para aceptarlo: que el candidato gozara del consenso general.

A punto de finalizar el plazo, varios grupos, de forma unilateral, presentaron a un candidato que no gozaba de este consenso. En consecuencia, nuestro grupo, por cuestión de principios, decidió no apoyarlo, pese a que su persona no nos suscitaba ningún problema. No en vano fue propuesto hace unos años por nuestro grupo como  candidato a senador autonómico.

¿Qué consecuencias podemos sacar de este proceso? A mi juicio hay tres dignas de resaltar. Los grupos políticos hemos enviado un mensaje muy negativo a la ciudadanía: hemos sido incapaces de pactar un nombre para un organismo no especialmente relevante. Algún grupo actuó con deslealtad, filtrando nombres y discusiones a los medios de comunicación, con la pérdida de confianza que ello supone. Finalmente, a mi juicio, quedó demostrada la necesidad de un partido que ocupe la centralidad política y que impida una fractura que se divisa cada vez mayor en el horizonte.

El PSN-PSOE está dispuesto a ser ese partido. La situación en Navarra es muy delicada. La crisis nos está azotando de forma virulenta. Y en este contexto, deben primar más los intereses generales que las cuitas partidarias. Solo cabe desear que los elegidos cumplan bien su trabajo en el Consejo Social. La UPNA, no lo olvidemos, es una potente herramienta para luchar contra la crisis. Ella representa como nadie el horizonte al que debemos aspirar: primar la Navarra del conocimiento.

Diario de Noticias 16/11/2013

Incapaces de acordar

Vista de una de las reuniones del Consejo Social de la UPNA

He terminado la semana política con mal sabor de boca. Hoy,  a las doce de la mañana, terminaba el plazo para la presentación de candidatos al Consejo Social de la UPNA, un órgano que representa los intereses de la sociedad en la universidad.  Al Parlamento le correspondía designar 5 miembros. Los grupos decidimos repartirlos de la siguiente manera: dos lo serían a propuesta de UPN-PP; uno a propuesta de los nacionalistas; el cuarto a propuesta de PSN-I/E; y el quinto saldría del consenso de todos.

Pese a los intentos del PSN, que es quien más empeño ha puesto en conseguir el acuerdo, éste no ha sido posible. Lo más triste del asunto es que Bildu/Aralar-Nabai e

I-E han decidido presentar a Pachi Tuñón por su cuenta, incumpliendo el acuerdo inicialmente suscrito. Lamentablemente no podremos votar al candidato propuesto. Pachi Tuñón ya fue presentado por el PSN hace unos años como senador por Navarra. No tenemos nada contra su persona. Pero es una cuestión de principios. Y por si todo esto no fuera suficiente, los nombres de los candidatos barajados han sido filtrados al Diario de Noticias por uno de los asistentes a la reunión. Penoso espectáculo. ¡Y luego nos quejamos de que nuestra consideración está por los suelos!

Una vecindad complicada

Dos reinos radicalmente desiguales

Estos días se vienen celebrando en Pamplona diversos actos, académicos unos y populares otros, para conmemorar el bicentenario del sitio y capitulación de Pamplona durante la Guerra de la Independencia. El evento ha gozado del favor popular y la ciudadela y las murallas han ocupado el lugar central que tuvieron en muchos momentos de nuestra historia. Al hilo de este acontecimiento, más de uno se habrá preguntado: ¿Cómo han sido las relaciones históricas entre Navarra y Francia a lo largo de la historia? Aún a fuerza de ser osado, estas apretadas líneas pretenden ser una respuesta de urgencia a tal pregunta.

Comencemos por una doble precisión,  geográfica e histórica. Navarra, por su ubicación entre un extremo del Pirineo y el Ebro, ha sido históricamente tierra de paso y espacio de frontera. Y eso ha marcado, para bien y para mal, buena parte de su historia. Durante toda la Edad Media, Francia y Navarra fueron  dos territorios radicalmente desiguales en  importancia política, económica, demográfica y cultural. Sin embargo, ambos tenían en común su condición de reino, una cuestión nada menor.

Desde la caída del imperio romano  hasta el siglo XIII, las tierras del Pirineo occidental viven un lento y complicado proceso que culminará en la creación del reino de Pamplona primero, y Navarra después. El episodio de Roncesvalles (778), en el que la retaguardia del emperador  Carlomagno fue atacada por los vascones a su regreso de la expedición de Zaragoza y tras destruir los muros de Pamplona, podría ser considerado el primer envite de la amenaza franca, que decayó en los siglos siguientes. Pasados cuatro siglos, para compensar la pérdida de las tierras guipuzcoanas y buena parte de las alavesas, en torno a 1200, los monarcas navarros impulsaron una política de control de las tierras de Ultrapuertos (la Baja Navarra), que hasta entonces habían dependido del duque de Aquitania. Dicho control perdurará hasta 1530.

Durante los siglos XIII, XIV y XV, tres dinastías francesas se suceden en el trono de Navarra: Champaña, Capeta y Évreux. Y esta vinculación se extendió más allá de lo político, abarcando también a espacios económicos, sociales  y culturales.

La separación se acentuó a partir de la conquista de Navarra y su progresiva inserción en la monarquía española. Durante los  siglos XVI y XVII, España disputó su posición de primera potencia europea a Francia, y en estas circunstancias Navarra se hallaba en la vanguardia frente al enemigo. Esta defensa de la frontera, donde las alarmas que anunciaban invasiones, ataques y movimientos de tropas fueron frecuentes, justificó la obra de la ciudadela de Pamplona y el gran recinto amurallado de la ciudad. Un recinto que, pese a todo, apenas tuvo asedio militar alguno.

La Guerra de Sucesión, a comienzos del siglo XVIII, no supuso especial conflicto, dado que Navarra, al igual que Castilla, tomó partido por Felipe V. Más incidencia directa tuvo la Guerra de la Convención, tras la Revolución Francesa. Toda la zona norte de Navarra, hasta las cercanías de Pamplona, sufrió los asaltos de los ejércitos franceses, con el consiguiente desastre económico para estas comarcas.

Pocos años después, tuvo lugar la Guerra de la Independencia, el último gran conflicto militar entre Francia y España, con especial afección a Navarra.  Las tropas francesas, teóricas aliadas de los Borbones españoles, entraron en Pamplona en febrero de 1808 y no tuvieron problemas para instalarse. La ocupación sorpresiva de la ciudadela no generó una reacción inmediata. Pero la progresiva ocupación del territorio motivó  la aparición de las guerrillas con Javier Mina y su Corso Terrestre, y Francisco Espoz y Mina y su División de Navarra. Finalmente, tras la batalla de Sorauren, en 1813, la guarnición francesa de Pamplona capituló el 31 de octubre del mismo año.

Esta es la historia oficial. Pero por debajo de ella, las relaciones entre habitantes de uno y otro lado del Pirineo fueron constantes y fluidas. Unas relaciones que hoy, miembros ambos de la Unión Europea, haríamos bien en incrementar en beneficio de todos.

Diario de Navarra, 31/10/2013