La Pamplonesa: música que acompaña a su ciudad

Pamplonesa

Ficha técnica

Título: 100 años con La Pamplonesa 100 urte zurekin

Autor: Luis María San Martín Urabayen (coord.)

Editorial: Ayuntamiento de Pamplona y Fundacion CajaNavarra

Páginas: 238

Precio: 8 euros

Que una institución de cualquier signo tenga el título de centenaria, le da un marchamo de interés indudable. Si además, como sucede en este caso, se trata de una institución musical vinculada a la ciudad de la que toma el nombre, y dedicada a hacer feliz la vida del ciudadano de a pie, ese que nunca o casi nunca ha entrado en una sala de conciertos, al interés se une la importancia, cuando no relevancia del acontecimiento. Porque para la ciudad de Pamplona y sus ciudadanos, la banda de música La Pamplonesa forma parte de su vida, especialmente de sus momentos festivos en los que la camaradería y la unión parecen expresarse y sentirse de una manera más natural. Lo mismo sea en el crudo invierno celebrando a San Saturnino o a Santa Cecilia, en la incipiente primavera vinculada a las procesiones de Semana Santa, que en el verano festivo en que San Fermín nos vuelve a hacer universales durante unos días. Eso, sin olvidar las mañanas domingueras en las que La Pamplonesa se enseñorea del Gayarre y demuestra año tras año sus progresos, inquietudes y posibilidades.

Dicho lo anterior, un libro conmemorativo resultaba necesario y esperable. Y a tono con su centenario, el objetivo está perfectamente cumplido. Se agradece, eso sí, que además de todo lo que un libro de estas características debe contener -San Fermín, Osasuna, discografía, directores, protagonistas, integrantes, premios y reconocimientos, lugares en los que ha tocado, y agradecimientos varios-, el libro nos cuente cumplida y acertadamente la historia de la institución.

En tres grandes capítulos se desglosan los inicios (1919-1942), el patronato de la banda de música de Pamplona (1942-1987) y la última etapa como asociación cultural (1987-2019).

Un libro de estas características obliga a un esfuerzo especial en el aparato gráfico. Es, junto con el estudio histórico que aporta el texto, el otro gran acierto del volumen. Fotografías abundantes, en blanco y negro y color, como corresponden a los colores que ha vivido la ciudad en el último siglo, unas históricas, otras institucionales, las más familiares y afectivas, a tono con una ciudad que ha crecido como su propia banda. De aquellos inicios en los que la ciudad apenas sale de sus murallas con el primer ensanche, a estos últimos años en los que, tras colonizar prácticamente todo su término municipal y fusionarse con los municipios más próximos, vuelve sus ojos al centro histórico donde se siente como en ningún sitio el latido de su historia centenaria.

Felicidades a los autores, Luis Mª San Martín, Rebeca Madurga y Javier Marquínez, a los directores y músicos, a los equipos gestores que nos han traído hasta aquí. Y a los ayuntamientos de uno y otro signo, que hicieron posible su pervivencia en circunstancias nada fáciles.

Que La Pamplonesa fuera honrada con el honor del lanzamiento del cohete festivo no es sino una forma adecuada de devolver los favores recibidos por la ciudadanía durante el primer siglo de su existencia. Nobleza y gratitud obligan. ¡Que siga la música!

Diario de Navarra, 20/7/2019

 

 

 

 

 

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Velázquez, Rembrandt y Vermeer en el Prado

Prado

Que Madrid tiene una bien ganada fama de ciudad de museos es un hecho incuestionable. Desde hace un par de décadas se ha consolidado una ruta artística de proyección internacional, “ El Paseo del Arte”, que permite visitar tres museos de primer nivel: el Prado, el Thyssen y el Reina Sofía, cada uno con sus propias especificidades.

La primera colaboración de este año la dediqué precisamente al bicentenario del Prado, dado que en 2019 se cumplen los 200 de su creación como Museo Real por el rey Fernando VII. En el artículo les subrayaba que el verdadero acontecimiento no es el bicentenario, sino el museo en sí. Las más valiosas exposiciones no son las temporales, sino la colección permanente, esa que está a nuestro alcance durante todo el año.

Pero el bicentenario bien merecía un esfuerzo extraordinario por tratar de completar, siquiera provisionalmente, algunas ausencias que el Prado tiene, aunque sea probablemente el mejor museo de pintura del mundo. Nuestro Siglo de Oro presenta una nómina nutridísima de grandes pintores, entre los que sobresale Velázquez, el más genial de todos ellos. Las circunstancias históricas contribuyeron a que en el Prado estén representados también algunos de los grandes `pintores europeos de su tiempo. En cantidad y calidad ninguno como Rubens, el extraordinario y prolífico pintor de Flandes. Pero en los Países Bajos, en trance de separación del Imperio Hispánico por intereses políticos, económicos y religiosos, brillaban otros dos pintores, Rembrandt y Vermeer poco o nada representados en nuestro museo. Por eso, que Velázquez reciba en su casa a los otros dos autores citados en una exposición titulada “Velázquez, Rembrandt, Vermeer. Miradas afines” es una idea excelente y una oportunidad única para observar y disfrutar del diálogo fecundo entre tres de los más grandes en el universo pictórico de todos los tiempos.

De la exposición del Prado, verdaderamente memorable y que justifica sobradamente una escapada a Madrid, podemos deducir, al menos, cuatro conclusiones.

Muchos pintores españoles y holandeses del siglo XVII comparten una técnica de pincelada suelta y aspecto abocetado, como si los cuadros estuvieran sin terminar. Esta forma de trabajar, heredera de los pintores venecianos del siglo XVI, en especial de Tiziano, tuvo en España y en los Países Bajos una especial incidencia. He aquí una afinidad que no había sido suficientemente puesta de relieve y que queda patente si uno analiza las obras presentes en la exposición.

Sin embargo, entre los historiadores del arte de los siglos XIX y XX primaron una visiones más políticas que artísticas y subrayaron, a veces en exceso, las diferencias existentes como una forma más de afirmar las diferencias entre naciones en lucha.

Es obvio, en consecuencia, que la pintura europea se expresa en variantes regionales herederas de una tradición paneuropea, que pone en evidencia que esa tierra común a la que aspiramos es mucho más que la Europa de los mercaderes, y que probablemente lo que la salvará o le permitirá seguir a flote es la existencia de valores culturales comunes que alimentan a cada una de las partes que la componen.

Finalmente, una última constatación. La exposición pone de manifiesto que no hay una única manera de acceder al Olimpo pictórico. La genialidad es el fruto complejo y maduro de la inspiración, la técnica y la habilidad para reflejar situaciones y sobre todo estados de ánimo, y en ese sentido los tres pintores de la muestra son verdaderamente excepcionales.

Aunque la exposición sea un verdadero acontecimiento artístico, dado el reducido número de piezas y la corta duración de la visita, bien merece que la acompañemos de otra, también estupenda, dedicada a Fray Angélico y los inicios del Renacimiento en Florencia.

Y no olviden que están ustedes en el Prado y que ninguna exposición temporal, por extraordinaria que sea, puede compararse con la visita de la exposición permanente. Perderse en sus salas, disfrutar de los autores, sorprenderse con sus obras, puede hacer de cualquier día de 2019 una jornada inolvidable. Reitero lo que les dije en mi colaboración de enero. Elijan si pueden las horas menos concurridas y no traten de abarcarlo todo. El Prado exige espíritu abierto, dosificación y paciencia. Opten por el banquete, no por el atracón. Y no se preocupen, las obras no caducan. Probablemente en materia artística, no habrá regalo igual en todo el año.

Diario de Navarra, 26/7/2019

 

La Pamplonesa, música que acompaña a su ciudad

Pamplonesa

Ficha técnica

Título: 100 años con La Pamplonesa 100 urte zurekin

Autor: Luis María San Martín Urabayen (coord.)

Editorial: Ayuntamiento de Pamplona y Fundacion CajaNavarra

Páginas: 238

Precio: 8 euros

Que una institución de cualquier signo tenga el título de centenaria, le da un marchamo de interés indudable. Si además, como sucede en este caso, se trata de una institución musical vinculada a la ciudad de la que toma el nombre, y dedicada a hacer feliz la vida del ciudadano de a pie, ese que nunca o casi nunca ha entrado en una sala de conciertos, al interés se une la importancia, cuando no relevancia del acontecimiento. Porque para la ciudad de Pamplona y sus ciudadanos, la banda de música La Pamplonesa forma parte de su vida, especialmente de sus momentos festivos en los que la camaradería y la unión parecen expresarse y sentirse de una manera más natural. Lo mismo sea en el crudo invierno celebrando a San Saturnino o a Santa Cecilia, en la incipiente primavera vinculada a las procesiones de Semana Santa, que en el verano festivo en que San Fermín nos vuelve a hacer universales durante unos días. Eso, sin olvidar las mañanas domingueras en las que La Pamplonesa se enseñorea del Gayarre y demuestra año tras año sus progresos, inquietudes y posibilidades.

Dicho lo anterior, un libro conmemorativo resultaba necesario y esperable. Y a tono con su centenario, el objetivo está perfectamente cumplido. Se agradece, eso sí, que además de todo lo que un libro de estas características debe contener -San Fermín, Osasuna, discografía, directores, protagonistas, integrantes, premios y reconocimientos, lugares en los que ha tocado, y agradecimientos varios-, el libro nos cuente cumplida y acertadamente la historia de la institución.

En tres grandes capítulos se desglosan los inicios (1919-1942), el patronato de la banda de música de Pamplona (1942-1987) y la última etapa como asociación cultural (1987-2019).

Un libro de estas características obliga a un esfuerzo especial en el aparato gráfico. Es, junto con el estudio histórico que aporta el texto, el otro gran acierto del volumen. Fotografías abundantes, en blanco y negro y color, como corresponden a los colores que ha vivido la ciudad en el último siglo, unas históricas, otras institucionales, las más familiares y afectivas, a tono con una ciudad que ha crecido como su propia banda. De aquellos inicios en los que la ciudad apenas sale de sus murallas con el primer ensanche, a estos últimos años en los que, tras colonizar prácticamente todo su término municipal y fusionarse con los municipios más próximos, vuelve sus ojos al centro histórico donde se siente como en ningún sitio el latido de su historia centenaria.

Felicidades a los autores, Luis Mª San Martín, Rebeca Madurga y Javier Marquínez, a los directores y músicos, a los equipos gestores que nos han traído hasta aquí. Y a los ayuntamientos de uno y otro signo, que hicieron posible su pervivencia en circunstancias nada fáciles.

Que La Pamplonesa fuera honrada con el honor del lanzamiento del cohete festivo no es sino una forma adecuada de devolver los favores recibidos por la ciudadanía durante el primer siglo de su existencia. Nobleza y gratitud obligan. ¡Que siga la música!

Diario de Navarra, 20/7/2019

Escapadas de verano. Ángeles y música celestial

Lerma

Vista parcial de la exposición en la colegiata de San Pedro, sede principal de la muestra

En el ya lejano 1988, la Fundación Las Edades del Hombre puso en marcha una iniciativa especialmente exitosa, que pretendía no sólo exponer el imponente patrimonio artístico de carácter religioso que acumulan las 11 diócesis de Castilla y León, sino aprovechar tal patrimonio para enmarcarlo en un servicio evangelizador y catequético de la Iglesia dirigido a los hombres y mujeres de nuestro tiempo. A Valladolid, siguieron exposiciones en cada una de las cabeceras de las once diócesis, con dos paradas intercaladas en Amberes y Nueva York. Finalizado el periplo, este ha continuado por otras ciudades que, sin ser propiamente sedes episcopales, acumulan un rico patrimonio, enriquecido con las aportaciones que cada exposición lleva consigo.

Tales exposiciones, de acuerdo a su carácter evangelizador y catequético, están amparadas bajo un tema que aborda un aspecto concreto de la vida y creencias de la religión cristiana, lo que permite que la exposición se articule armónicamente en torno a este tema o idea predominante.

En más de una ocasión, hemos tenido la oportunidad de comentar algunas de estas exposiciones, sobre todo las celebradas en provincias próximas, que permiten una cómoda excursión de un día. Este es el caso de la de este año, abierta en Lerma, provincia de Burgos, entre abril y noviembre de 2019, que les recomiendo vivamente. Está dedicada a esa enigmática figura de los ángeles, tan presentes en la religión de nuestra niñez y que tan difíciles nos resultan abordar hoy. La guía de mano de la exposición los presenta así: “El término ángel significa mensajero. En total consonancia con el título, la muestra pretende ser un acercamiento a la realidad espiritual de los ángeles, servidores celestes que tienen encomendada la misión, entre otras, de asistir a los que han de heredar la salvación (Hebreos 1, 14) y, por tanto, están vinculados directamente a la vida del ser humano. Aunque constituyen un mundo misterioso y por tanto difícil de comprenderlo en su totalidad y de objetivarlo y formularlo con absoluta precisión, los ángeles son realidades simbólicas, fantásticas o mitológicas. Su existencia y su presencia han sido reveladas paulatinamente por Dios a lo largo de la historia de la salvación humana, y por tanto forman parte de los contenidos de la fe católica”.

Como es obvio, no pretendo adoctrinar, sino simplemente subrayar la doble lectura de la exposición: es una imponente muestra artística que, además, tiene esa segunda lectura para el que la desee.

Ubicada en tres sedes, la ermita de la Piedad, la colegiata de San Pedro y el monasterio de la Ascensión, las tres muy próximas y en el casco histórico de Lerma, destaca especialmente el contenido expuesto en San Pedro, un hermoso edificio del siglo XVII, marco extraordinario de la muestra. Dividida en capítulos, esculturas, pinturas, tapices y orfebrería, ofrecen un recorrido selecto por el arte castellano-leonés, con algunos añadidos sorprendentes: la Coronación de la Virgen, de El Greco, procedente de Illescas; el San Rafael Arcángel, de Luis Salvador Carmona, venido de Sesma, o el espectacular San Miguel Arcángel, también de Carmona, llegado desde Bergara, que preside la exposición.

La muestra es también una magnífica ocasión para recorrer pausadamente la hermosa villa ducal castellana, con iglesias, palacios y conventos vinculados a su hijo más ilustre, don Francisco Gómez de Sandoval y Rojas, valido de Felipe III, primer duque de Lerma.

Si me permiten una propuesta, les indico la que efectué hace unas semanas, Tras un cómodo viaje por carretera, que no excederá de dos horas y media, incluida una breve parada, dediquen la mañana a recorrer Lerma, incluido un pequeño descanso en el hermoso patio del suntuoso palacio del duque, hoy parador de turismo, y a visitar la exposición. No desdeñen, si les resulta posible, un buen lechazo en cualquiera de los restaurantes de la zona. La buena gastronomía, no necesariamente cara, forma parte de nuestra mejor cultura. Y completen la tarde con una visita detenida al monasterio benedictino de Santo Domingo de Silos, lugar de procedencia de los monjes de Leire, tras la restauración de la vida monástica. Silos condensa en grado superlativo dos manifestaciones artísticas de primer orden: el románico y la música gregoriana. Casi todos los autores están de acuerdo en que el claustro de Silos constituye la quintaesencia del románico en la Península Ibérica. Menos conocida, pero igualmente emocionante, resulta la experiencia de asistir a vísperas en la iglesia de la abadía. Si van con tiempo, porque no estarán solos, pueden recoger su folleto y seguir el canto hecho oración de los monjes en un gregoriano pausado y de calidad, que lamentablemente ya no es habitual ni siquiera en los monasterios.

Ángeles y música celestial. Como verán, un menú tan peculiar como sugestivo. Degústenlo, seguro que no se arrepienten.

Diario de Navarra, 11/7/2019

 

Escapadas de verano. Valladolid

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Patio de San Gregorio, sede del Museo Nacional de Escultura

Es costumbre en esta sección dedicar las colaboraciones de verano a sugerir salidas culturales de un día, que podamos efectuar desde cualquier lugar de la geografía navarra. Dado que en los años anteriores hemos procurado visitar lugares relativamente cercanos, vamos a ampliar el radio de acción, teniendo presente que las autovías nos permiten recorrer cómodamente distancias antes impensables.

Visité Valladolid por primera vez el Viernes Santo de 1979. Sentado en una silla en la Plaza Mayor, el espectáculo del mejor barroco hispano -todo arte, devoción, color, luz, música y teatro- me deslumbró. Volví en 1988 con ocasión de la exposición de Las Edades del Hombre, de las que volveremos a hablar próximamente. Y tras casi treinta años de ausencia, el pasado martes dediqué el día entero a redescubrir una ciudad que encontré muy crecida, todavía provinciana en el mejor sentido de la palabra, aunque con ciertas ínfulas de ciudad grande, renovada en su casco histórico y con un patrimonio artístico -motivo básico de mi visita- extraordinario.

En poco más de tres horas de cómodo viaje, incluida una breve parada en el entorno de Dueñas para degustar unos torreznos recién fritos, llegué a Valladolid. Afortunadamente, unos extensos polígonos industriales forman ya parte de un paisaje que antaño quedaba reducido a algunas harineras, bodegas y maquinaria agrícola. Y con el nuevo paisaje, un nuevo río, el Pisuerga, recuperado y vinculado a la ciudad, junto a extensos parques que mitigan el carácter y color casi estepario de la meseta.

La ciudad presenta un centro histórico amplio, transitable, en parte peatonalizado y muy renovado. Puede usted dejar cómodamente el coche en el parking de la Plaza Mayor o de la catedral, ambos perfectamente ubicados. No hay más inconveniente que el precio. Justo al lado, de camino hacia la catedral, está la oficina de información turística. Su eficiente responsable me dio cumplida información y me surtió de un mapa de la ciudad y de toda clase de folletos, gratuitos y bien elaborados. Les recomiendo tres: museos e iglesias, Valladolid monumental y Semana Santa. Si ustedes son amigos de la gastronomía, añadan el dedicado a las tapas y pinchos, que no desmerecen de los nuestros.

Puestos a seleccionar un recorrido básico, mi sugerencia es la siguiente: Comiencen por la Plaza Mayor, la primera plaza regular de España, plaza del mercado desde el siglo XVI. El núcleo artísticamente más relevante está ubicado en torno a la Plaza de San Pablo. A mitad de camino, entre las calles Platería y Felipe II, se encuentra la iglesia penitencial de la Santa Vera Cruz, sede la cofradía del mismo nombre. Allí encontrarán algunas de las mejores tallas de Gregorio Fernández, el gran imaginero del siglo XVII en Castilla. Y la iglesia respira quietud, oración y silencio, entre velas encendidas que nos hablan de una religiosidad aún presente.

La Plaza de San Pablo reúne arte exquisito por los cuatro costados. La iglesia de San Pablo, construida en el siglo XV, con la monumental fachada-retablo de estilo hispano-flamenco; el Palacio de Pimentel, que vio nacer a Felipe II en 1527, con su hermosa ventana esquinada de estilo plateresco; y el Palacio Real, residencia de Felipe III entre 1601 y 1606, años en los que Valladolid fue capital de las Españas. Justo al lado, se encuentra el Colegio de San Gregorio, bello ejemplo del gótico isabelino en fachada, patio y estancias, y hoy sede del Museo Nacional de Escultura . Es, sin duda, lo más trascendente de la ciudad, artísticamente hablando. Admire la arquitectura -no olvide la joya de la capilla-, los techos y, sobre todo, las obras maestras de la imaginería hispana. En su especialidad, no hay ninguno que se le iguale. Berruguete y Fernández son las estrellas indiscutibles, pero la constelación que les acompaña no les van a la zaga.

El núcleo de la catedral, imponente, desvencijada e inconclusa, junto a la iglesia de La Antigua, único resto románico en la ciudad, y las ruinas de la vieja colegiata, son otro vector importante, al que se añadió en el siglo XVIII el edificio de la Universidad.

Y aún hay un tercero, en torno al monasterio e iglesia de San Benito el Real. La monumental iglesia, maltrecha pero con obras importantes en su interior, ¡qué dos Cristos yacentes de Gregorio Fernández!, y el Patio Herreriano, hoy sede del Museo de Arte Contemporáneo Español, son visita inexcusable. En casi todos los sitios, la tranquilidad fue total y, dada mi condición de jubilado, todas la visitas fueron gratuitas,

Quedan los paseos por las calles porticadas, otros conjuntos de interés, el Valladolid burgués y la zona de tapas en torno a la Plaza Mayor. Será cuestión de volver otro día para completar el itinerario.

Diario de Navarra, 27/6/2019

Víctor Urrutia, un navarro cabal

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Hace unas semanas, mi buen amigo Javier Pagola, periodista jubilado y comprometido en causas varias, me invitó a la presentación del libro de Víctor Urrutia Memoria de silencios, que iba a tener lugar en la Biblioteca de Navarra. No pude asistir, pero le pedí que me enviara el texto, un escueto libro de poemas, que tanto me ponderaba. Y la tarde del día 26, en vísperas de conocer los resultados de la triple cita electoral, la dediqué a leer, reflexionar y escribir el texto que ahora les ofrezco.

Si tuviera que resumir su vida en pocas líneas, diria que Víctor Urrutia Abáigar fue un hombre de fuertes ideas políticas, un socialista honesto, un excelente profesor universitario, un cristiano comprometido y un poeta tardío.

Nació en Andosilla en 1945, y allí, en una villa que sufrió muy mucho la represión de la guerra y la posguerra, vivió durante su infancia. Pasó su juventud en Pamplona, comenzó a trabajar en un banco, y se inició en las primeras acciones políticas. De allí pasó a Bilbao, donde redescubrió su fe cristiana al calor del concilio Vaticano II, militó en la clandestinidad, fue detenido y sufrió torturas.

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En la democracia, Víctor Urrutia supo combinar su pasión por la acción política y la gestión pública con la docencia universitaria. Doctor en Ciencias Políticas y Sociología por la Universidad de Deusto y catedrático de Sociología Urbana en la UPV, pronto se convirtió en una autoridad de la investigación urbana. Como sociólogo ha dedicado muchos años a tratar de entender cómo funcionan las sociedades, a descubrir sus grandes problemas, a realizar un diagnóstico acertado y a proponer políticas y soluciones.

Esta docencia universitaria, unánimemente alabada por sus alumnos, la compatibilizó con tareas de gestión en la propia universidad. Fue vicerrector de profesorado en los duros años de plomo y un abanderado de la defensa de un campus pluralista frente al fanatismo y el crimen. En este difícil contexto, él hizo de la coherencia una forma de estar y de servir que abarcaba todos los ámbitos de su personalidad y de su vida: como profesor, como socialista, como cristiano y como ciudadano. La contrapartida, la imaginan ustedes: escolta durante varios años, mal visto en determinados ambientes y malinterpretado por quienes prefirieron contemporizar con los amigos de los verdugos y sus aledaños.

Y junto a la docencia y la gestión universitaria, la política activa. Ocupó en 1994 la dirección de Asuntos Religiosos en la Secretaría de Estado de Justicia, en el gabinete de Felipe González. En 2005 fue designado senador del PSE por el Parlamento Vasco, partido al que llegó desde Euskadiko Ezkerra. Y en tiempos de Patxi López como lehendakari, fue responsable del Gabinete de Prospecciones Sociológicas del Gobierno Vasco.

Pero a esta vida fructífera y plena le faltaba todavía una sorpresa. Vio publicado en vida El libro de los días, y tras su muerte acaba de ver la luz Memoria de silencios. Su poesía, nada académica ni edulcorada, es recia, firme, honda y sentida. Más que exégesis, sus poemas requieren una lectura atenta en conexión con la sociedad y la vida que nos ha tocado vivir. Permítanme que escoja para ustedes algunos fragmentos:

¿Quién no ha visto odio en nuestra sociedad? Víctor lo aprecia así: “He visto el odio:/es oscuro,/ y es desprecio./ También ignominia culpable./Habita los arrabales del alma,/ y de pronto se dispara/ chulesco, envalentonado,/ curvo el torso,/ diente afuera./ ¿Qué hacer?/Aguantar. (…) Conviene, pues, mostrarlo así,/ desnudo./ Reírse de él si se puede./ y ofrecer enseguida/ otra estampa”.

El odio, a veces, se traduce en muerte. Un poema titulado “Silencio”, lo traduce así: “Sobre el ala rota del pájaro/ se hizo el silencio./ ¿Quiénes son los héroes: los que predican el horror/ o los que se resisten a él?/ Las miradas se hicieron sospecha, / las palabras susurros,/ los cuerpos materia invisible./ ¿De qué os quejáis,/ si aquí se vive muy bien?/ Se lo decían a los heridos,/ a los familiares de los muertos,/ a los amenazados,/ a los exiliados./ Lo decían por radio y televisión,/ lo siguen diciendo/ como si nada hubiera pasado,/ como si ellos no hubieran estado aquí/ y nosotros tampoco”. Esas muertes, que durante años solo provocaron silencio, le afectan especialmente: “Silencio sobre silencio/ (…)Silencio que lo calla todo:/ amistades, conciencias,/ ciudades,/ miradas./ (…) No dejaré que me venza,/ no dejaré que me calle/ ese pertinaz silencio”.

Tras aquellos duros años que no conviene olvidar, llegó el final y la luz, la vida, siendo las mismas se volvieron diferentes: “Salir/ caminar con tu rumbo/ ligero de peso/ abierto y libre/ como el aire/ en el campo./ Salir/ recorrer las calles/ tocar a la gente/ conversar/ escuchar el rumor de la vida./ Salir/ sin nadie a tu espalda, libre”.

Sirvan estas líneas para agradecer el trabajo y el testimonio de este navarro cabal, ciudadano coherente y comprometido. Y si pueden, lean su poemario. Rezuma vida.

Diario de Navarra, 30/5/2019

 

Viaje a Normandía y Bretaña. Arte y naturaleza (V)

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Vista general del recinto parroquial de Saint Thegonec,

De nuevo, de buena mañana, salimos de Saint Brieuc a través de la autovía que une la comarca de la Costa de Armor al Finisterrae. El paisaje es ondulado, con pequeñas colinas y un bocage todavía en funcionamiento. Pocas veces será más verdad lo del paisaje humanizado. Prados, extensiones de tierra bien cultivada, casas pequeñas perfectamente integradas en la naturaleza y una ordenación y limpieza exquisitas, hacen del paisaje bretón un lujo para los sentidos. No me sorprende el sentido de pertenencia que los bretones han desarrollado a lo largo de su historia: región bien definida, lengua propia, tradiciones conservadas y un amor profundo a su tierra hacen que Bretaña viva con cierta incomodidad el centralismo parisino. Tras llegar a Morlaix, definida por un hermoso puerto fluvial que la conecta al mar mediante una bahía, nos disponemos a entrar en unos paisajes dominados por unos conjuntos singulares. Unas iglesias que, rodeadas de un muro de piedra, son a la vez crucero, osario, cementerio y espacio porticado Son muchos los recintos parroquiales existentes en la región, en torno a cincuenta, y nos disponemos a visitar los dos más completos: Saint Thégonnec y Guimiliau.

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Una buena representación de Bargota, Los Arcos y Oteiza posan a la entrada del recinto

Saint Thégonnec nos recibe de buena hora. Un cercado de piedra separa el caserío, escueto y reducido, del recinto parroquial. El pórtico, en granito y formas barrocas, nos recuerda modelos gallegos con los que está lejanamente emparentado. Tras el pórtico, profusamente decorado, se encuentra el crucero, mucho más que la tradicional cruz con las imágenes de la Virgen y San Juan. Una serie de escenas en piedra conviven con el crucero propiamente dicho, sirviendo de temas pedagógicos para la predicación y el culto. La iglesia conserva una entrada de tradición gótica con los doce apóstoles en peana, de los que quedan solo cuatro. El interior resulta muy interesante por el espíritu claramente contrarreformista que respira. Retablos, santos, vírgenes y advocaciones que señalan la vinculación a la Iglesia católica tras Trento. Como novedad, un baptisterio de madera sin policromar, de excelente factura, en cuyo interior está enclavada la pila bautismal. Un osario y el cementerio propiamente dicho completan el conjunto. Guimiliau ofrece como novedad una entrada en la que el románico y el gótico perduran no en las formas pero sí en el contenido.

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El baptisterio en todo su esplendor durante un bautizo

Y en el interior, un espectacular baptisterio en madera del siglo XVII, en el que se está procediendo a realizar un bautizo. No cabe mejor oportunidad para comprobar el sentido y la realidad de la obra. El crucero todavía es más espectacular que el anterior con casi 200 figuras componiendo un conjunto bíblico de gran interés.

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El espectacular crucero de Guimiliau, subrayado con la presencia del grupo de interesadas visitantes

¿Por qué estas dos obras singulares? Es el momento del esplendor económico de la zona, derivado en parte a estas construcciones religiosas. La población no las necesitaba, pero los donantes lo hicieron posible.

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Pausa para la comida en un entorno playero

Tras el arte, la naturaleza. Después de comer en una localidad costera a pie de paya, la tarde la dedicamos a recorrer la costa de granito rosa. Peñascos imponentes, piedras esculpidas por el mar y amables paseos se repiten en el itinerario. Descendemos en la playa de Ploumanach, un localidad turística ya en ebullición, y recorremos pausadamente uno de los itinerarios prefijados. Todo es relajo, buen tiempo, tranquilidad y terraza, donde degustamos distendidamente una sabrosa cerveza en animada conversación.

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Tierras de granito rosa y altos acantilados que nos hablan de pesca, comercio y duras batallas

Y tras esta tarde sosegada, regreso a nuestro buen hotel de Saint Brieuc, cena en un restaurante del centro de la pequeña ciudad y descanso.

Sin el fragor de los días anteriores, una buena jornada. Espectaculares y distintos los recintos parroquiales de la Bretaña rural, levantados como fruto del comercio marítimo, y hermosos los paisajes de granito como material preponderante.