El gatopardo

El Gatopardo

La preparación de un viaje a Sicilia con mis alumnos del Aula de la Experiencia de la UPNA , me ha dado la ocasión de volver los ojos a la buena literatura que ha dado la isla. Dante asegura que en la corte de Federico II, que reinó entre 1197 y 1250, nació la literatura italiana: “todo lo que de poético se creó antes de nosotros los toscanos, se llama siciliano”. Pero es en los últimos cien años cuando la gran tradición cultural de la isla cristaliza en un magnífico conjunto de hombres de letras que recogen una característica señalada por Leonardo Sciascia: “tener como materia y como objeto Sicilia, representándola como un medio de llegar a través de ella a la comprensión y al destino de toda la humanidad”. Y para subrayar la misma idea, remachaba: “Sicilia es el mundo”.

Puestos a resumir lo más selecto, éstos serían los autores más representativos: En el siglo XIX, Verga y De Roberto, autor de Los virreyes, su obra maestra, en la que realiza un retrato despiadado de la degeneración de una clase social, coincidente con la dominación española. En el siglo XX, Pirandello, autor de El difunto Matías Pascal, premio Nobel en 1934; Lampedusa, al que luego nos referiremos; Quasimodo, poeta que obtuvo el Premio Nobel en 1959; y Sciascia, del que hace escasas semanas les glosé su libro El contexto. El siglo XXI tiene un líder indiscutible, Camilieri, autor de los relatos policiacos de Montalbano, el culto, melancólico y fatalista comisario de provincias que permite al autor hacer un retrato crítico pero entrañable de la Sicilia provinciana. Por cierto, una interesante entrevista con el escritor acaba de aparecer en el Diario de Navarra del 17 de julio.

De entre todos los citados, El gatopardo de Giuseppe Tomasi de Lampedusa, tal vez sea el más conocido, apoyado en la película del mismo nombre, magistralmente dirigida por Visconti.

 

El gatopardo es una novela escrita por Giuseppe Tomasi di Lampedusa entre 1954 y 1957, y publicada una vez muerto su autor. Narra las vivencias de don Fabricio Corbera, Príncipe de Salina y su familia entre 1869 y 1910. El título se refiere al leopardo jaspeado que aparece en el escudo de armas de la familia. En mayo de 1860, tras el desembarco de Garibaldi en Sicilia, don Fabricio, personaje inspirado en el bisabuelo del autor, asiste con distancia y melancolía al final de una época. La aristocracia va a ser sustituida por la burocracia y la burguesía, la nueva clase social emergente, aprovechando la llegada del nuevo régimen generado por la unificación italiana. Su sobrino Tancredi, un oportunista que combate en las filas garibaldinas, destinado inicialmente a casarse con Concetta, hija del Príncipe, lo terminará haciendo con la bellísima Angelica, hija de Calogero Sedára, un prestamista y usurero burgués de origen humilde, que hará carrera como político. La vida del Príncipe transcurre con monotonía y desconsuelo, hasta que muere en una anónima habitación de hotel en Palermo en 1883, cuando regresaba de Nápoles adonde había acudido para unas visitas médicas. En su palacio próximo a Palermo vivirán sus tres hijas, dedicadas a coleccionar falsas reliquias hasta su muerte en 1910.

Cartel

Más importante que la historia en si misma, la novela es un magistral fresco de una familia, una época y un territorio. De su lectura, que recomiendo vivamente, extraigo algunos párrafos memorables:

– “Un Falconeri debe estar a nuestro lado, por el rey.

Los ojos volvieron a sonreir.

-Por el rey, es verdad, pero ¿por qué rey?

El muchacho tuvo uno de sus accesos de seriedad que lo hacían impenetrable y querido.

– Si allí no estamos también nosotros -añadió-, ésos te endilgan la república. Si queremos que todo siga como está, es preciso que todo cambie. ¿Me explico?”.

“Después de cenar, a las nueve, tendremos el placer de ver a todos los amigos. Donnafugata (el feudo propiedad de Don Fabricio) comentó extensamente estas últimas palabras. Y al príncipe, que no había encontrada cambiada a Donnafugata, se le halló, en cambio, muy cambiado, a él que nunca antes hubiera empleado tan cordiales expresiones. Y en aquel momento, invisible, comenzó la declinación de su prestigio”.

“Un castigo de Dios, excelencia, un castigo de Dios. Y todavía no vemos más que el principio de la carrera de don Calogero: dentro de unos meses será diputado en el Parlamento de Turín. Dentro de unos años, cuando se pongan en venta los bienes eclesiásticos, pagando cuatro cuartos, se quedará con los feudos de Marca y Fondachello y se convertirá en el mayor propietario de la provincia. Este es don Calogero, excelencia, el hombre nuevo como debe ser. Pero es una lástima que deba ser así”.

“El sueño, querido Chevalley, el sueño es lo que los sicilianos quieren; ellos odiarán siempre a quien los quiera despertar, aunque sea para ofrecerles los más hermosos regalos. Y, dicho sea entre nosotros, tengo mis dudas con respecto a que el nuevo reino tenga en la maleta muchos regalos para nosotros”.

“Esta violencia del paisaje, esta crueldad del clima, esta tensión continua en todos los aspectos, estos monumentos, incluso, del pasado, magníficos, pero incomprensibles porque no han sido edificados por nosotros y que se hallan en torno como bellísimos fantasmas mudos; todos estos gobiernos que han desembarcado armados viniendo de quién sabe dónde, inmediatamente servidos, al punto detestados y siempre incomprendidos, que se han expresado sólo con obras de arte enigmáticas para nosotros y concretísimos recaudadores de impuestos, gastados luego en otro sitio: todas estas cosas han formado nuestro carácter, que así ha quedado condicionado por fatalidades exteriores además de una terrible insularidad de ánimo”.

“El príncipe estaba deprimido: Todo esto no tendría que durar, pero durará siempre. El siempre de los hombres, naturalmente, un siglo, dos siglos… Y luego será distinto, pero peor. Nosotros fuimos los Gatopardos, los Leones. Quienes nos sustituyan serán chacalitos y hienas, y todos, gatopardos, chacales y ovejas, continuaremos creyéndonos la sal de la tierra”.

Ficha bibliográfica: LAMPEDUSA, G.T. de, El gatopardo, Seix Barral, Barcelona, 1983.

 

Viaje a Sicilia. Una noche en la época (VIII)

Nuestro día no terminó con la llegada a Palermo. Procuro, siempre que viajo a una ciudad, estar atento a la actualidad musical o teatral que se ofrezca. He tenido a lo largo de los años la oportunidad de escuchar buenos conciertos en Praga, Berlín o Budapest a un precio relativamente asequible. De ahí que, nada más llegar a Sicilia, comprobé el programa del teatro Massimo y vi la posibilidad de asistir a una de las óperas de la temporada que se iniciaba esos días. Tras intensas gestiones que demostraron la constancia y profesionalidad de Laura y la desidia de los responsables del teatro, conseguimos entradas no para el estreno, pero sí para el 26, jueves.

Llegamos al hotel, nos cambiamos de ropa, nos pusimos nuestras mejores galas, que no eran muchas, y salimos hacia el teatro. El Teatro Massimo de Palermo es el mayor de los teatros de ópera de Italia y el tercero más grande de Europa. Se inauguró con el Falstaff de Verdi en 1897.

Los exteriores del teatro, siguiendo la moda neoclásica de utilizar arquitectura antigua, presenta una pronaos corintia hexástila elevada sobre una monumental escalera. A los laterales de ésta se encuentran dos leones de bronce con alegorías de la Tragedia y la Lírica. Sobre las seis columnas se puede leer “L’Arte rinnova i popoli e ne rivela la vita”: “el arte renueva los pueblos, y en ellos revela la vida”. Existen varias teorías sobre la paternidad de esta frase, sin llegar a existir consenso. En lo alto del edificio se construyó una enorme cúpula semiesférica. El esqueleto de la cúpula es una estructura metálica reticular que se apoya sobre un sistema de rodillos que permiten los movimientos provocados por los cambios de temperatura.

La simetría alrededor del eje de ingreso, la repetición constante de ciertos elementos (columnas, ventanas en arco, etc.) y la decoración rigurosamente compuesta definen una estructura espacial simple y una volumetría clara, armónica y geométrica, de inspiración griega y romana. Las referencias formales en este edificio son, además de teatros antiguos, construcciones religiosas y públicas romanas como el templo, la basílica civil y las termas. El interior, magníficamente decorado, dispone de alrededor de tres mil quinientos asientos. El Teatro Massimo reabrió sus puertas el 12 de mayo de 1997, tras un largo periodo de abandono.

Las últimas escenas de El Padrino III se rodaron precisamente en la escalinata del teatro.

La ópera programada era Macbeth, obra en cuatro actos y diez cuadros con música de Giuseppe Verdi, estrenada en el Teatro de la Pergola de Florencia el 14 de marzo de 1847. El libreto está basado en la tragedia homónima de Shakespeare. Fue la décima ópera de Verdi y también la primera de las obras de Shakespeare que adaptó a la escena operística.

Creo que para casi todos los asistentes del grupo importaba menos la calidad musical que la oportunidad de asistir a un espectáculo en vivo en un gran teatro de ópera italiano. Desde las gradas más altas donde estábamos situados, el espectáculo era imponente: un grandioso escenario, un patio de butacas con una aparatosa lámpara colgante y una innumerable serie de palcos superpuestos en cinco pisos, que componían en sí mismos una hermosa coreografía. Digamos como referencia, que el teatro Gayarre, también italiano en su concepción, tiene capacidad para 900 espectadores.

Y si interesante fue la función, con una coreografía muy sucinta pero de gran plasticidad, tanto o más interesante resultó el recorrido por el hall y los distintos pisos durante el entreacto. Allí, junto al busto de Verdi y una maqueta del teatro, María Luisa tuvo la oportunidad de fotografiarse con un elegante señor tocado con traje y sombrero que no tuvo ningún inconveniente en posar con una señora más bastante más joven que él como recuerdo de nuestra visita.

Fue, sin duda ninguna, un digno final para un viaje que nos ofreció lo mejor de una isla que lo tiene casi todo.

 

Viaje a Sicilia. Del Jónico al Tirreno (VII)

El día se inicia de muy primera hora, ya que a las 7,30 estamos en ruta. Son muchos los kilómetros que nos separan de Palermo y debemos llegar de buena hora, porque Verdi nos espera.

Desandamos el camino transitado el día anterior, todo a pie del Etna, con la ventaja añadida de que el gigante hoy se nos muestra casi al completo. Y la vista no deja de ser sorprendente. El mar, con sus irisaciones plateadas al fondo; tras la ciudad y sus urbanizaciones, que se han apoderado de toda la costa, los feraces campos de cultivo mediterráneos con los naranjos como elemento dominante; y a los pies del Etna, una serie de pueblos que conviven con un volcán que de vez en cuando asusta, pero da más de lo que perjudica: tierra buena, turismo en alza y fuente de riqueza. Hoy la cumbre está nevada y presenta una vista de postal.

La autopista serpentea la costa, horadada por túneles y con numerosos viaductos. Es una lástima que una obra de infraestructura tan costosa tenga un mantenimiento tan deplorable: Firme en malas condiciones, continuos cierres de carriles y obras interminables en marcha. Enzo nos ratifica que nunca la ha conocido sin obras.

Tras pasar por Taormina, divisamos en lo alto Calatabiano, uno de los lugares inmortalizados por Andrea Camilieri y el comisario Montalbano. Al fondo, los montes Peloritani dejan entrever pueblos encaramados a la montaña, esa Sicilia rural que nunca visitamos, hermosa en su decrepitud y que tanto nos recuerda a nuestra España rural. Una gran iglesia normalmente barroca dedicada a la Virgen, una serie de casas en laderas, muchas personas mayores, escasos jóvenes que se han ido a la ciudad y al norte en busca de mejores condiciones de vida, y ausencia casi absoluta de niños. En mis tiempos universitarios, cuando pasé tres veranos en Ginebra allegando recursos para el curso siguiente y practicar el francés, uno de mis compañeros de trabajo era un joven de Trapani. ¿Qué habrá sido de él? ¿A dónde le habrá conducido la vida?

Nos acercamos a Messina, la punta nororiental de la isla, donde solo tres kilómetros la separan de Calabria y la punta de la bota de la Italia peninsular. Cien veces azotada por los terremotos y cien veces reconstruida, Messina espera pacientemente la construcción del puente atirantado sin pilares más grande del mundo. ¿No sería mejor con ese dinero mejorar radicalmente las infraestructuras de la isla para facilitar un desarrollo equilibrado y sostenido? Esas y otras reflexiones nos desgrana Laura, nuestra guía siciliana, que ama profundamente su tierra y la conoce como la palma de su mano.

El enclave, pese a estar marcado por viaductos y urbanizaciones de escasa calidad, es de una gran belleza. No sorprende que la mitología griega situara aquí a Scila y Caribdis, porque las corrientes del estrecho hacían muy peligrosa la navegación por estas aguas, cosa que ahora, con los grandes ferris, no plantean gran dificultad. Su posición estratégica convierte a Messina en el segundo puerto de Sicilia, tras Palermo.

Y del Jónico, el mar griego por excelencia, al Tirreno, que nos vincula ya más directamente al mundo romano. Continuamos por la autopista, igualmente desvencijada, hasta llegar a a Milazzo, con fortaleza española y salida de los barcos hacia las islas Eolias, conocidas sobre todo por su actividad volcánica y hoy dedicadas al turismo de calidad. Vulcano, Lípari y Strómboli son las más conocidas.

Allá arriba, casi colgando como balcón sobre el mar, se alza Tyndaris, la ciudad griega y sus restos arqueológicos. Junto a ellos se levanta el santuario más popular de toda Sicilia. Una Virgen negra procedente de Oriente de origen bizantino, del tipo Monserrat, es la patrona del santuario. Se celebra una gran romería el 8 de septiembre, festividad de la Natividad de la Virgen María y día mariano por excelencia junto con el 15 de agosto. El santuario está reedificado muy recientemente, sin especial interés artístico, pero digno y respetuoso con las formas de la tradición siciliana. Hay celebración litúrgica, cánticos incluidos. Pero son solo cuatro fieles los que asisten un 26 de enero a la misa de las 11 horas. Las vistas sobre el Tirreno, las islas Eolias, los montes Peloritani, la Rocca di Novara y el golfo de Patti y sus pequeños lagos es especialmente hermosa.

Tras la parada y la visita, de nuevo al autobús hacia Cefalú, siempre a la orilla del mar, entre túneles y viaductos. Divisamos otro de los parques naturales de la isla, los montes Nebradi y, poco a poco, nos acercamos a Cefalú, la principal visita artística del día.

Cefalú nos retrotrae de nuevo a la edad media y la época normanda, con la ventaja añadida de que el enclave y el urbanismo no han perdido el encanto de antaño. En el interior de la catedral realizamos una pequeña síntesis de todo lo visto, dado que es el último edificio que visitamos. La catedral contiene restos griegos en las columnas monolíticas reaprovechadas; el edificio responde al mejor momento árabe-normando del siglo XII, con el espectacular Pantocrator del ábside; y el barroco siciliano está presente en el crucero y en detalles del conjunto. Un buen ejemplo de convivencia de estilos y del esplendor del arte en esta isla privilegiada.

Un restaurante junto al puerto nos permite apreciar una buena cocina marinera. Mejillones con tomate y un pescado muy agradable son los ingredientes de la comida en un espacio que mira al mar.

El tramo hasta Palermo nos depara la sorpresa de que nuestro chófer, Enzo, debe comenzar mañana otro servicio y debe dejarnos. Adelanto la despedida prevista para la noche y agradezco en nombre del grupo la labor siempre ingrata y no demasiado valorada del chófer. Un viaje es el resultado de muchos elementos que deben estar bien coordinados: un buen destino, una buena preparación, una buena organización, un tiempo aceptable, una buena guía y un buen chófer, entre otros. Enzo ha demostrado profesionalidad, amabilidad y buen trato, y ha respondido en condiciones extremas. El día de Érice puso a prueba todas estas cualidades. Y Laura también ha demostrado conocimiento, saber hacer, disponibilidad y buena mano. A ella debemos, en buena medida, la sorpresa que nos deparará esta tarde la ópera.

 

La evolución de la fiesta

Glosas

Cuando lea estas líneas en la mañana del 6 de julio, Pamplona, la capital de tercer orden, aquella a la que hasta hace unos años le faltaba universidad y le sobraban cuarteles y conventos, habrá estallado en una fiesta continua.

La ciudad y la fiesta han evolucionado con el paso de los años. No podía ser de otra manera si recordamos que la diminuta y enclaustrada ciudad de principios que siglo, que apenas superaba los 30.000 habitantes, hoy tiene 200.000 a los que se suman los muchos navarros que tienen por copatrón a San Fermín, para los cuales Pamplona es su segunda fiesta patronal después de las de su pueblo. Si a eso añadimos la masiva invasión de foráneos, los corsés físicos y anímicos del casco viejo pamplonés han saltado necesariamente por todos los lados. En acertada frase del profesor Ricardo Fernández Gracia, “las fiestas constituyen un fenómeno dinámico, que aparentemente se han secularizado y se han vuelto más lúdicas, identitarias y supralocales. Se han hecho más espectaculares y menos rituales”.

Pamplona ha visto recogido en un libro de José María Iribarren, Pamplona y los viajeros de otros siglos, las opiniones de los extranjeros que pasaron por la ciudad. “Los viajeros de siglos anteriores son, a decir verdad, bastante parcos y bastante insulsos en sus noticias y comentarios (…) Fuera de un militar granadino -don Jacinto Aguilar- que describió muy detalladamente los Sanfermines del año 1629, y del pícaro Estebanillo González, que nos descubre sus truanerías, los demás dicen poco de provecho. A partir del siglo XVIII, los viajeros que nos visitan aportan datos y consignan observaciones de interés y de enjundia. Así la descripción de los Sanfermines del año 1766 que escribió el amanuense y colega del Padre Enrique Flórez, o la que de las fiestas del año 35 del último siglo hizo un inglés que se firmaba “Poco Más”. Pero la estampa más preciosa y completa, la más emocionante y colorista que un autor extranjero haya podido dedicar a una capital española es la que en 1843, en plena madurez de su talento literario, escribió Víctor Hugo sobre Pamplona”. Dejo de lado la aportación de Hemingway, por suficientemente conocida y glosada.

Pero aunque el mismo Iribarren diga que “aprendemos a saber cómo somos cuando nos vemos retratados o juzgados por los demás”, son los escritores autóctonos los que de verdad han profundizado en el carácter y sentido de la fiesta. Una fiesta cuya verdadera esencia se encuentra con más verdad en los apuntes de los cronistas locales que en los sesudos estudios de socíólogos o etnólogos.

De estos cronistas, la ciudad ha tenido cuatro, a mi juicio magníficos, a lo largo del siglo XX. Ángel María Pascual fue el primero en el tiempo y el de mayor calidad literaria. Sus Glosas a la ciudad no se detienen especialmente en los sanfermines, pero nadie como él acertó a evocar la vida de la Pamplona de posguerra. Su artículo dedicado a las Vísperas de 1946 es especialmente hermoso: “Hay muchos que opinan ser las Vísperas, el 6 de julio, lo mejor de las fiestas. Serán quizás los mismos que, entre todas las horas del día, prefieren la frescura del amanecer. Pero a partir de este punto, el ramo de visperistas se bifurca en dos grandes grupos. Del 6 de julio prefieren unos el momento del mediodía, cuando un cohete arranca doce meses de tetricópolis, de habitualidad y de rutina, y se los lleva por el aire para pulverizarlos allí arriba en el humo del primer estampido. Otros prefieren las cinco y media de la tarde, cuando el Ayuntamiento se asoma a la puerta de la casa consistorial y Cervantes y Berruezo levantan en el aire la batuta para arrancar el primer compás del Vals de Astráin (…) Baja la clerecía con sus capas rojas con el escudo de la ciudad. Inciensos,cortesías, reverencias. Y lejos, un eco de voceríos, de carreras de chiquillos, de charangas discordes y dormidas, tras la gruesos muros en la tarde candente de la Taconera”.

José María Iribarren reunió sus artículos desde los primeros años treinta hasta 1968 en el libro Sanfermines, editado por esta casa. Es la colección más nutrida y vivaz sobre los diversos aspectos de la fiesta en los años de la posguerra y el desarrollismo. El testigo lo recoge, y de qué manera, José Miguel Iriberri, que durante muchos años, en este mismo medio, ha tomado la temperatura de la fiesta como el verdadero doctor de cabecera de la nueva Pamplona. ¿Para cuándo la recopilación de sus apuntes? Y finalmente, Juan José Martinena, siempre al quite con sus crónicas de la Pamplona que fue y que, pese a los embates de la modernidad, se resiste a dejar morir sus ritos y liturgias.

Les aseguro que yo quería hablarles de dos momenticos nuevos: el almuerzo masivo de la mañana del 6 y la transformación de la ciudad en blanco y rojo entre las 11 y las 12 de esa misma mañana. Pero donde hay patrón no manda marinero. Y hoy he preferido que hablaran los que saben. ¡Felices Sanfermines!

Diario de Navarra, 6/7/2017

 

Viaje a Sicilia. Los dominios del Etna (VI)

La pretensión inicial de subir al Etna quedó truncada con el parte meteorológico de la mañana. Había nieve, las carreteras estaban cortadas y no era posible acceder hasta arriba. Pero un buen viaje siempre tiene que tener un Plan B, incluso un C. Y Enzo y Laura tenían previsto acceder hasta la colada lávica más próxima para poder contemplar un fenómeno que siempre impresiona: una lengua de fuego solidificada, en medio de un paisaje todavía con vegetación de montaña. Tras la última erupción importante, que a punto estuvo de llegar al pueblo donde nos encontrábamos, ya que la lava se detuvo a las puertas del mismo, los feligreses devotos de la Virgen, que son muchos en Sicilia, levantaron una imagen sobre bloques de basalto, un altar y un espacio acotado en el que consta el “milagro” acaecido.

Tras descender de la colada lávica, tras un sinnúmero de fotos, hacemos parada en uno de los muchos pueblos de la ladera del Etna. Un pueblo hermoso, turístico, bien mantenido y con un espectacular mirador sobre el mar y la costa que va de Catania a Taormina. En Zafferana Etnea tomamos café y paseamos por el pequeño centro urbano.

El viaje hasta Taormina es especialmente deslumbrante. Al fondo siempre el mar, como telón de fondo con todo tipo de irisaciones y colores en función del impacto del sol sobre las aguas. La autopista discurre entre terrenos agrícolas dedicados al cultivo mediterráneo: naranjos, limoneros, viñas y chumberas son los elementos dominantes. De vez en cuando, aparecen estancias exentas pintadas de color almagre, rodeadas de parras, pérgolas y cipreses que me recuerdan el bello paisaje toscano. Pero aquí hay más viveza, más color y una naturaleza más agreste; por contra, tal vez menos armonía. Además, las urbanizaciones, inexistentes hasta hace unos años, se han multiplicado y han acabado invadiendo prácticamente toda la costa. Y eso que Sicilia no posee grandes playas ni costa especialmente acondicionada para el turismo de masas.

Taormina es probablemente la población más famosa y exquisita de Sicilia. Ubicada en lo alto, afortunadamente el acceso en autobús está prohibido y unos parkings disuasorios obligan a dejar el autobús y subir en unos autobuses más pequeños habilitados al efecto. Pese a la existencia de hoteles y edificios anodinos, el casco histórico, básicamente medieval con añadidos renacentistas y barrocos, conserva buena parte de su encanto. Es enero y se puede deambular tranquilamente por la calle principal, porque en el buen tiempo es mucho más dífícil. Ni me imagino las medidas de seguridad que sufrió hace unos días, cuando tuvo lugar la reunión del G7 con presencia de Trump entre otros líderes mundiales. Por ciento, ¿le dirán algo a Trump estas piedras venerables, acostumbrado como está a viajar con la “bestia”, su coche blindado que no cabría por la puerta de entrada a la ciudad? El presidente norteamericano es un caso emblemático, pero no único, de que el poder y el dinero no necesariamente van parejos al disfrute de la cultura. Él se lo perdió, porque Taormina es única.

La población tiene dos ámbitos bien diferenciados: el teatro griego y la ciudad medieval. El enclave del teatro, inicialmente de época griega con reedificaciones romanas, está situado en la parte más alta de la población. Su ubicación es la más espectacular de cuantas conozco del mundo clásico. Las gradas nos permiten apreciar el escenario y, al fondo, otear el mar y el Etna en todas sus expresiones. Aprovechamos la ausencia de multitudes, cosa que nunca ocurre en verano, para sentarnos cómodamente en las gradas y escuchar algunos párrafos de la tragedia de Sófocles, Edipo Rey. Tras las fotos de rigor, obligadas en este enclave, descendemos hacia la ciudad medieval para la comida.

El almuerzo tiene lugar en un restaurante junto a la puerta de entrada a la ciudad vieja. Las pizzas se suceden en una especiae de menú de degustación de sabores varios, con resultados satisfactorios para casi todo el grupo.

Tras la comida podemos deambular tranquilamente por la calle principal de Taormina. Su suceden las tiendas lujosas, las pequeñas plazas, los edificios con encanto y los restaurantes con hermosas vistas. Aunque los precios son prohibitivos, las rebajas sirven de señuelo y los bolsos acompañan a algunas de nuestras compañeras de viaje en su vuelta al autobús.

De nuevo tomamos la autopista de la costa, llena de baches, calles cortadas y obras varias que impiden desarrollar una velocidad razonable. Pero eso no nos exime de seguir disfrutando del paisaje siciliano. Atravesamos un río con sabor muy mediterráneo y nombre árabe, el Alcántara, con las ramblas correspondientes a cursos intermitentes que solo se activan tras las tormentas. Y tras una hora escasa de viaje, divisamos de nuevo en el horizonte Catania.

La ciudad nos fascinó el día anterior. Tras la cena, salimos a dar una vuelta de nuevo por la vía Etnea hasta la plaza de la catedral y allí nos encontramos con una escena típica de película de la mafia. Una boda de mucho tronío y poco glamour, trajes pomposos y tacones imposibles. Pero la sorpresa es que un dron está grabando desde arriba las evoluciones de los novios en la plaza. Da un poco de corte acercarse, dado el comportamiento del grupo entre chulesco y provocativo, pero no podemos resistir la tentación. Esta también es la Italia que convive con la selecta Florencia o la exquisita y europea Milán. Un país que unas veces fascina y otras avergüenza. Lo que no admite es la indiferencia.

 

Atravesé las Bardenas

Bardenas

Portada del libro

 

Acaba de salir al mercado “Atravesé las Bardenas”, la última novela de Eduardo Gil Vera. Dados el autor, nació en Tudela, y el título, de tanta raigambre navarra, tomé el texto de poco más de 100 páginas de la estantería de novedades de la biblioteca pública de Estella y lo he leido con gusto estas últimas tardes. El autor, traductor y buen conocedor de la literatura griega y romana, lo encabeza con unas cita tomada de Heráclito: “Uno vale por 10.000 si es el mejor”.

La historia, toda una alegoría, no es precisamente ni grandilocuente ni referida a vencedores. En 1956, pasado ya lo peor de la posguerra, el señor Yaben, un ingeniero del Instituto Nacional de Colonización, idea un pueblo de colonización que construirán y habitarán presos en una inhóspita zona de las Bardenas. El proyecto no solo servirá para que los reos rediman sus condenas, sino que además los convertirá en colonos sin el componente del origen carcelario, justo lo que sucedió con algunos pueblos existentes en la zona: Gabarderal, San Isidro del Pinar o Figarol, por citar los tres más conocidos.

Dámaso Torrentera, nombre del protagonista, así llamado por el cura del hospicio de Calatayud que lo bautizó por haber nacido el día del santo y haber sido encontrado en una torrentera, fue aprendiz de soguero, repartidor de la leche de Cáritas en el hospicio de Calatayud, interno del reformatorio y aprendiz en el canal de Tauste. Era un mozo de ojos grandes y oscuros, tez sonrosada y expresión seria, cuando el señor Yaben lo llamó y lo hizo el jefe del grupo. Precisamente a él, al que su justicia y rectitud no le habían deparado sino malas consecuencias, porque fue condenado por ayudar a un compañero tratado injustamente por el capataz, mutilado de guerra, con la mala fortuna de morir en el canal tras el empujón propinado por Dámaso.

La realización de esta utópica población, que tendría todos los elementos de un pueblo moderno, incluida una plaza de toros, es una alegoría de la naturaleza de los sueños humanos, y permite al autor ahondar en las contradicciones de la condición humana en toda su desnudez. Con una idea añadida, el texto tiene un aire de fábula con tintes bíblicos.

Dividida en tres capítulos que tienen título de jota bardenera: aunque nevaba y llovía, pero cómo te iba a ver, me pareció primavera, el texto está bien compuesto, se lee con gusto y presenta un fresco de perdedores dotados de sentimientos, buen corazón y solidaridad grupal. Una novela que he leído con interés y agrado.

Ficha bibliográfica: GIL VERA, E., Atravesé las Bardenas, Acantilado, Barcelona, 2017.

En torno a los panteones reales de Navarra

Lescar

Lápida en bronce de la catedral de Lescar

En 1991, el Gobierno de Navarra editó un libro institucional titulado “Sedes reales de Navarra”, en el que colaboraron un buen elenco de prestigiosos historiadores, dirigidos por Luis Javier Fortún. El texto pretendía ofrecer una exposición sistemática de la huella histórica y artística que el Reino de Navarra ha dejado en las ciudades y lugares que albergaron la sede de sus monarcas o los panteones regios durante los siete siglos en los que Navarra fue reino independiente. Pese a los años transcurridos, el texto, profusamente ilustrado y bellamente editado, sigue conservando el interés de antaño.

La parte tercera del texto está dedicada a los panteones regios. Fruto de su rica y azarosa historia, los restos de los monarcas se encuentran dispersos por distintos lugares. Pese a las reducidas dimensiones del reino, sorprende la larga lista de panteones reales: Leire, Monjardín, Oña, Nájera, San Juan de la Peña, Huesca, Pamplona, Roncesvalles, Saint Denis, Ujué, Santa María de Nieva, Poblet y Lescar.

El mausoleo regio es una constante de civilizaciones y pueblos distintos. Se trataba no solo de contener los restos mortales de los monarcas, sino de convertir a los mismos en foco de atención y punto de referencia para los súbditos. El lugar unía intereses religiosos y políticos y tendía a ser el mismo para toda la dinastía, a fin de convertirlo en un símbolo visible de la misma. Los casos de Leire y Pamplona, por señalar los dos panteones más ilustres, son los más representativos.

Leire es un curioso caso de mausoleo itinerante, que acogió a personajes de la familia real durante los siglos IX, X y XI. A raíz de la desamortización de Mendizábal, los restos han estado en un arcón de madera en Yesa, en dos ocasiones; de nuevo en el monasterio en un ataúd marmóreo “bizantino”; y finalmente en una arqueta de madera situada en un arcosolio del muro norte de la iglesia. Una placa de bronce describe los nombres de los monarcas cuyos restos contiene el arca.

El panteón de la catedral de Santa María de Pamplona es el más importante de la monarquía navarra. A partir de 1134, con García Ramírez el Restaurador, se convirtió en el panteón habitual de los soberanos navarros, que manifestaron su deseo de reposar en el mismo lugar donde habían recibido la unción y coronación real. El hundimiento de la catedral en 1390 hizo desaparecer casi todos los sepulcros previos a Carlos III. Hoy el mausoleo por excelencia es el de Carlos III y doña Leonor, obra maestra del llamado gótico borgoñón, labrado por el maestro Jean Lome entre 1413 y 1419. A sus pies, una lápida instalada en 1903, recuerda los numerosos miembros enterrados bajo el mausoleo, correspondientes a las dinastías reales de los siglos XII al XV.

Tienen también carácter colectivo, aunque en menor número, los panteones de Nájera (García Sánchez III el de Nájera, 1035-1054 y Sancho Garcés IV el de Peñalén, 1054-1076); San Juan de la Peña (Sancho Ramírez, desde 1076 rey de Pamplona y su hijo y sucesor Pedro I, 1094-1104); y Saint-Denis, a las afueras de París (dinastía Capeta, reyes de Francia y de Navarra entre 1274 y 1349).

En algunos casos, fueron los propios monarcas quienes eligieron un destino peculiar, normalmente por razones afectivas. A ese modelo responden los casos de Monjardín (Sancho Garcés I, 905-925 y García Sánchez I, 925-970); Oña (Sancho el Mayor, 1000-1035); Huesca (Alfonso el Batallador, enterrado en 1134 en el castillo de Montearagón, hoy en San Pedro el Viejo); Roncesvalles (Sancho VII el Fuerte, 1192-1234); y Ujué (corazón de Carlos II, 1350-1387);Pero no siempre pudieron ser respetados los designios reales, debido a la coyuntura política de cada momento. De ahí la existencia de sepulcros aislados, situados en lugares inicialmente no previstos. Es el caso de Santa María de Nieva (Blanca de Navarra, 1425-1441); Poblet (Carlos Príncipe de Viana, muerto en 1461 y Juan II, rey de Navarra y Aragón, muerto en 1479); y Lescar (Francisco Febo, Juan de Albret y Catalina, todos en la segunda mitad del siglo XV y primeros años del siglo XVI).

El pasado 5 de junio, en el marco de un viaje de estudios al sur de Francia con mis alumnos del Aula de la Experiencia de la UPNA y Los Arcos, del que les hablaré en la próxima entrega, nuestra primera parada fue Lescar, pequeña localidad situada cerca de Pau, en el Bearne. Su catedral románica posee un valor artístico indiscutible, pero para los navarros, monárquicos o no, tiene un evidente valor sentimental. En el presbiterio, una modesta placa de bronce señala: “Aquí están inhumados los reyes de Navarra de la familia Foix-Bearn”. También ellos pidieron en su testamento ser enterrados en la catedral de Pamplona, pero los avatares políticos lo impidieron. Afortunadamente, una iniciativa presentada hace unos años por Bildu en el Parlamento de Navarra, más política que histórica, pidiendo su vuelta, no prosperó. Allí reposan en paz. Pero si ustedes pueden acercarse, merece la pena hacerlo. En el recinto, sentirán el latido su historia.

Diario de Navarra, 22/6/2017