Dos obras musicales cimeras

Bruckner Haendel

Los conciertos convencionales de música clásica suelen estar articulados en torno a varias obras. El que lo ocupe solamente una suele responder a dos criterios: o la duración de la misma, o lo acabado de la producción, en cuyo caso suele interpretarse sin descanso intermedio.

Esta semana hemos tenido ocasión de disfrutar en Pamplona de dos ejemplos memorables de ambos modelos. El pasado 18 de diciembre, como culminación del 150 aniversario del Orféon Pamplonés, se celebró un concierto extraordinario con una única obra en el repertorio: la Gran Misa de Anton Bruckner, a cargo de la Orquesta Sinfónica de Navarra y el Orfeón Pamplonés, dirigidos por Juanjo Mena. La obra fue presentada en los PROMS de Londres el verano pasado, junto con otras piezas de Schubert y Bedford, con éxito. En Pamplona, con buen criterio, se decidió interpretarla sóla. Fueron casi setenta minutos de una música intensa, que requiere un extraordinario esfuerzo sobre todo para el coro, ya que apenas tiene respiro en la obra. En ella el autor explora todas sus posibilidades, desde los pianísimos hasta los números en los que al coro se le exige desplegar toda su rotundidad y fuerza. De todos salió airoso el Orfeón Pamplones que fue, jugando además en casa, el gran triunfador de la noche. Seguí el concierto junto a Juan Ángel Vela del Campo, prestigioso crítico madrileño desplazado a Pamplona expresamente para la ocasión. Al finalizar el concierto no pude menos de preguntarle su opinión de lo visto y oido. Lo repito para ustedes. Muy bien el Orfeón y sobresaliente el público, con un comportamiento impecable. De todos los números me quedo con el Benedictus, que me pareció a la vez tierno y sublime.

El día 23, como feliz aperitivo navideño, se presentó el Pamplona el Mesías de G.H. Haendel, interpretado por el Gabrieli Consort and Players y dirigido por Paul Mccreesh. Mientras escuchaba la celebérrima obra, magníficamente interpetada, me acordé varias veces del añorado Fernando Pérez Ollo que, ante los coros ingleses, siempre recordaba lo mismo: he ahí un ejemplo de que cantar no es gritar. Sorprende lo reducido de los intérpretes, probablemente en la mejor tradición de la época, que contrasta con los buenos resultados obtenidos, sean en los números corales, en los orquestales o en su conjunto. Es preciso subrayar además la calidad de algunos intérpretes, caso del fagot y las trompetas. Que todo ello Haendel fuera capaz de componerlo en tres intensas semanas, no deja de ser un un dechado de inspiración, que habla de la calidad del maestro.

Como bien decía el programa de mano, El Mesías es mucho más que un famoso Aleluya, aunque algunos espectadores, acostumbrados a la duración convencional de un concierto, abandonaran sus butacas al final de la segunda parte. Lo siento por ellos, pero la parte tercera resultó espléndida con el colofón inconmensurable del Amén.

He aquí dos ejemplos de un música religiosa que está en el corazón de nuestra cultura occidental. ¿Cuando seremos capaces de discernir con claridad lo religioso de lo cultural y, en aras a un trasnochado laicismo, pretender borrar tradiciones que nos honran como pueblo y nos religan a lo mejor de nuestra historia?

 

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El arte gótico en Navarra

E,l arte gótico

El actual territorio navarro es el fruto de una larga trayectoria histórica. El inicial territorio de los vascones conoció etapas bien distintas: la romanización, el fugaz paso de los visigodos, la conquista musulmana, el reino de Pamplona primero y de Navarra después, la incorporación a la monarquía hispánica, la provincia foral y, desde 1982, la Comunidad Foral de Navarra. Su ubicación, entre el Ebro y el Pirineo, condicionó, que no determinó, en buena medida también su trayectoria artística, con presencia significativa de todos los estilos, aunque hay cuatro que sobresalen especialmente: románico, gótico, renacimiento y barroco.

La historia del arte en Navarra es fruto de un esfuerzo continuado y de largo aliento. El núcleo central, aunque no único, ha sido el departamento de Historia del Arte de la Universidad de Navarra, dirigido, animado y alentado por María Concepción García Gainza. Los frutos más cuajados de esta escuela han sido, por lado, el Catálogo Monumental de Navarra, publicado en 8 volúmenes entre los años 1980 y 1997, en una colaboración a tres bandas entre Gobierno de Navarra, Arzobispado de Pamplona y Universidad de Navarra; y por otro, buena parte de los 48 volúmenes de la serie “Arte”, editados por la Diputación Foral -actual Gobierno de Navarra-, muchos de ellos tesis doctorales que estudian diversos aspectos de esta trayectoria artística. El primero data de 1974 y el último acaba de aparecer la pasada semana.

Conocida por tanto en sus líneas generales la evolución artística, parecía llegado el momento de abordar unas síntesis cuajadas que permitieran explicar lo más significativo de los cuatros grandes estilos presentes en nuestra Comunidad. Todos los autores tienen algo en común. Han realizado su tesis doctoral sobre un determinado ámbito y etapa del arte navarro y su estudio está publicado en esta misma serie. El primero en abordarse fue “El Arte Románico en Navarra”, aparecido en 2003, obra de los profesores Clara Fernández-Ladreda, Javier Martínez de Aguirre y Carlos J. Martínez Álava. “El arte del Renacimiento en Navarra”, publicado en 2005, obra de los profesores Ricardo Fernández Gracia, Pedro L. Echeverría Goñi y María Concepción García Gaínza, fue el segundo de la serie. En 2014 apareció “El Arte del Barroco en Navarra”, obra de los profesores Ricardo Fernández Gracia, Pilar Andueza Unanua, Jose Javier Azanza López y María Concepción García Gaínza. La serie se cierra con “El Arte Gótico en Navarra”, aparecido este mismo mes, obra de los profesores Clara Fernández-Ladreda, Carlos J. Martínez Álava, Javier Martínez de Aguirre y María Carmen Lacarra Ducay, del que deseo hablarles brevemente.

El tomo resume en sus densas 669 páginas lo más significativo del arte navarro de los siglos XIII, XIV, XV y comienzos del XVI. Los autores, probablemente los cuatro grandes especialistas de la etapa, estudian de forma cronológica, puntillosa y pormenorizada las cuatro grandes etapas en que dividen el periodo: recepción y difusión del gótico clásico (1200-1276), el gótico radiante (1276-1347), el estilo internacional y la influencia borgoñona (1347-1441) y el arte tardogótico (1441-1512) Y cada etapa, a su vez, distribuida en los tres ámbitos clasicos: arquitectura, escultura y artes suntuarias. Todo ello además, precedido de una introducción redactada por la directora del volumen Clara Fernández-Ladreda, que constituye una lograda y apretada síntesis, y que es uno de sus grandes aciertos. Si a ello unimos su exhaustiva y actualizada bibliografía, sus índices onomástico y toponímico, lo acertado del diseño, y sus hermosas fotografías -algunas de ellas espectaculares-, el resultado no puede ser más satisfactorio. Sin duda, uno de los libros del año.

He aquí un ejemplo admirable de colaboración intergeneracional. En esta misma serie, Lacarra publicó su tesis en 1974, Martínez de Aguirre en 1987, Fernández-Ladreda en 1988 y Martínez Álava en 2007. Los cuatro trabajan en institucionaes distintas, pero les une el amor al arte y a su tierra, sea ésta de origen o adopción. Con depuradas trayectorias profesionales, han unido su saber que es mucho y éste es el resultado, el libro definitivo sobre el arte gótico en Navarra.

Quedan por sintetizar los siglos XVIII, XIX y XX. Pero tal vez no convenga esperar a su aparición -que presumo lejana- para abordar un título que hoy ya es posible: Navarra-Arte, el tomo divulgativo que completaria los dedicados a la historia, la literatura, la etnografía y la geografía. Los profesores, alumnos y ciudadanos interesados lo agradeceríamos mucho.

Una última sugerencia. Háganse pronto con él y disfrútenlo. El dedicado al románico salió por estas mismas fechas y se agotó a los pocos días. Enhorabuena a los autores y a cuantos lo han hecho posible. El arte gótico en Navarra cuenta ya con la obra de referencia.

Diario de Navarra, 24/12/2015

 

El nuevo Consejo Navarro de Cultura

ConsejoNavarro de Cultura

Imagen del Pleno del Consejo de Cultura saliente

La Cultura, citada así, en mayúscula, es un signo distintivo de las administraciones modernas. En nuestro país, España, existían unidades de archivos, bibliotecas, museos y otras actividades englobadas en el ámbito cultural, pero sólo avanzado el siglo XX se crearon estructuras administrativas encargadas de ordenar, gestionar e impulsar esta actividad bajo el nombre de ministerio de Instrucción Pública primero, de Educación después, y finalmente de Cultura, bien sea sólo o unido al anterior.

Otro tanto sucedió en Navarra. La vieja Diputación Foral disponía de un ámbito administrativo, la Institución Príncipe de Viana, fundada en 1940, encargada de gestionar e impulsar todo lo relativo al ámbito de la cultura. Y esto hasta tal punto que “Príncipe de Viana” todavía es hoy sinónimo de cultura en el imaginario colectivo navarro.

Fue en 1984 cuando Navarra adecuó su estructura administrativa de corporativa a departamental. Surgió entonces el departamento de Educación, Cultura, Deporte y Juventud, con un responsable político al frente y sus correspondientes direcciones generales, servicios, jefaturas de sección y de negociado, Con perspectiva histórica, llama la atención lo siguiente: la estructura administrativa y los programas apenas han cambiado en los últimos treinta años; el porcentaje dedicado a los programas culturales ha descendido del 1% alcanzado en 1990 a poco más del 0,6% en 2015; mientras que la estructura administrativa ha crecido de forma sustancial. Lo que no ha variado ha sido la existencia de un órgano consultivo, el Consejo Navarro de Cultura, nacido en el año 1984, compuesto por 20 miembros extraídos de los más diversos ámbitos y al que se le asignaron funciones no menores para el desarrollo cultural de la Comunidad. Es verdad que no todos los Consejos han sido igual de fructíferos, pero ello ha dependido más de la voluntad de los responsables políticos que del buen hacer de las personas que han formado parte de los mismos. Vaya por delante mi reconocimiento a todos ellos, unos personalidades importantes y otros menos conocidos, cuya tarea ha sido en general muy superior al coste de las modestísimas dietas con que han sido retribuidos.

Los significativos cambios políticos experimentados en Navarra tras las últimas elecciones forales han traído novedades no pequeñas en el ámbito de la cultura. Los componentes del cuatripartito, que sostiene al actual gobierno, expresaron en campaña deseos de cambios importantes, cuando no drásticos, y esto tanto en programas como en presupuesto. El Gobierno foral decidió articular, entre las múltiples combinaciones posibles, un departamento de Cultura, Deporte y Juventud con cambios no demasiado grandes en el organigrama y significativa presencia de personas procedentes de los ámbitos más contemporáneos en detrimento de los tradicionales. Y, enfrentado a la dura realidad, acaba de presentar un anteproyecto de presupuesto para 2016 prácticamente igual al del denostado gobierno anterior.

Pero aún siendo importante, puedo decir por experiencia que no todo es cuestión de presupuesto. La actual consejera, Ana Herrera, veterana, sensible y eficaz funcionaria del propio departamento, también lo sabe y debería aprovechar los resortes de que dispone para sacar a sus políticas el mayor fruto posible. Uno de estos resortes, y no menor, es el Consejo Navarro de Cultura que acaba de renovarse por completo. Conozco la trayectoria de algunos de sus miembros, y aún a riesgo de expresar una opinión precipitada y poco fundada, me atrevo a señalar algunas características que lo definen: es un órgano multidisciplinar; con esfuerzos evidentes no del todo conseguidos por intentar ser representativo del plural panorama cultural navarro; tendente a un cierto equilibrio que no es fácil alcanzar; paritario y rejuvenecido, de ahí que haya nombres no demasiado conocidos, aunque con ilustres veteranos en sus filas.

A las importantes y tradicionales tareas encomendadas, tras la aprobación de la Ley de Mecenazgo, todo un hito en el panorama cultural español, se ha unido una de especial interés: propiciar que la ley se desarrolle con éxito, se inserte en la sociedad navarra como elemento habitual y sirva a los fines que buscó el legislador. Este objetivo general se concreta en uno de especial interés y responsabilidad como es dictaminar qué proyectos y asociaciones reciben el llamado sello MECNA, que les acredita y les permite beneficiarse de las ventajas fiscales del mecenazgo. Unas ventajas, es preciso recordarlo una vez más, que elevan hasta el 80% la deducción fiscal en cantidades inferiores a 150 euros, lo que convierte al contribuyente también en mecenas.

A la espera de novedades en programas y presupuesto, bienvenido sea el nuevo Consejo Navarro de Cultura. Ojalá sirva para que la Cultura navarra recupere parte del vigor perdido.

Diario de Navarra, 10/12/2015

 

Campo de retamas. Pecios reunidos

Ferlosio

El diccionario de María Moliner define pecio como “resto de una nave naufragada o de lo que iba en ella”. Viene al pelo estos días, cuando los restos del galeón San José, uno de los grandes de la flota española de Indias, hundido frente a las costas de Cartagena de Indias por los ingleses en 1708, nos va a permitir recordar una palabra olvidada y en franco retroceso.

Con este nombre, Rafael Sánchez Ferlosio reúne una serie de textos cortos, a veces sentencias, otras aforismos, en muchos casos reflexiones breves apenas apuntadas. Sin duda que en el libro abundan el buen hacer y decir, las sutilezas y los aciertos, junto a textos menos afortunados y más convencionales.

El autor de las Industrias y andanzas de Alfanhuí y El Jarama, entre otros libros memorables, Premio Cervantes 2004 y Premio Nacional de las Letras Españolas 2009, da la sensación de reunir retales variopintos en un deseo de recoger el conjunto de sus escritos.

La lectura ha sido transversal, sin especial entusiasmo por mi parte. Pero el que tuvo retuvo, y el humor, el lirismo, la indignación, la ironía, la especulación y la crítica tiene cabida en unas páginas que dice en la contraportada Fernando Sabater que “son comprimidos maestros que algunos lectores impacientes pero devotos preferimos de él”.

Ficha bibliográfica: Rafael SÁNCHEZ FERLOSIO, Campo de retamas. Pecios reunidos, Literatura Random House, Barcelona, 2015.