Enoturismo y arquitectura

Aroa es la última bodega incorporada al quinteto de lujo ubicado en Tierra Estella, bajo el perfil de Montejurra

Que Navarra es tierra antigua de vinos, queda acreditado en los múltiples ejemplos de villas y bodegas romanas presentes en nuestra geografía. Si esto es predicable del conjunto, lo es aún más del espacio que históricamente se ha denominado Tierra Estella. Es el caso de la villa de Arellano, que incluye unas instalaciones vinícolas completas en las que sobresale una bodega de grandes dimensiones.

Tras una fecunda historia, en Tierra Estella existen bodegas para todos los gustos: las hay familiares o industriales, adosadas o exentas, tradicionales o de diseño, enterradas o suspendidas, agresivas o mimetizadas con el paisaje. En casi todas ellas predominan los buenos caldos, la profesionalidad y la adaptación a los nuevos gustos. Pero hay algunas que, además, han incorporado un elemento diferencial y único: un buen proyecto arquitectónico que las distingue y ensalza. De tal forma que la calidad del producto se presenta en un envoltorio que sublima el fin último de todo el proceso, el vino mismo.

Como ejemplo de lo dicho, les presento cinco bodegas muy distintas entre sí, con personalidad propia, pero unidas por tres elementos comunes: el perfil de Montejurra, un buen vino y un hermoso edificio.

Irache, es la primera en el tiempo. Obra del multipremiado Patxi Mangado, fue edificada en 1991 a la vera del monasterio. Una sobria estructura de ladrillo, con óculos reflejo de los existentes en el cenobio medieval, dejan paso a un interior articulado en naves separadas por arcos de medio punto que imprimen al conjunto un ambiente severo, misterioso, recogido y eclesiástico.

La bodega del señorío de Arínzano, obra de Rafael Moneo, premio Priztker de arquitectura, fue inaugurada en 2002. El respeto y la integración en el entorno, el buen gusto del conjunto, y la exquisitez de los detalles hacen de Arínzano un ejemplo paradigmático de “bodega paisajística”. Puestos a destacar, hay tres elementos especialmente relevantes: el hormigón abujardado que domina el conjunto, las fuertes pendientes de un tejado de cobre, a la espera de que el tiempo mimetice con el tono verdoso del encinar que lo corona, y un interior casi religioso, cubierto por estructuras de singular belleza.

Tandem, nacida en Lácar en 2003, está situada a la vera del Camino de Santiago. Obra de Josecho Vélaz e Iván Fernández, presenta un exterior compuesto por un gran cubo de hormigón visto, en parte semienterrado, del que sobresalen un gran lucernario que se abre al valle de Yerri y a las sierras de Urbasa y Andía, y una galería acristalada que a modo de espina dorsal corona el edificio. El interior, luminoso, limpio y efectista resulta, por lo imprevisto, deslumbrante.

La bodega Pago de Larráinzar, iniciada en 2002, condensa en su sencillez toda la sabiduría arquitectónica, que es mucha, de Fernando Redón. Los cuatro módulos yuxtapuestos, ubicados en forma de damero, combinan con habilidad y equilibrio materiales, formas y encuadres, llegando en el edificio social a una elegancia exquisita y discreta. Una bodega, en definitiva, a la altura del enclave en el que se ubica.

Bodegas Aroa, nacida en 2010, se sitúa en una colina del valle de Yerri, entre los municipios de Grocin y Zurucuáin. Obra de José Luis Resano, una de sus virtudes es haber leído con inteligencia y perspicacia las indicaciones del espacio en el que se inserta. De la bodega propiamente dicha, prácticamente enterrada, emerge un potente bloque de líneas discontinuas a modo de hito singular y distinto en el paisaje. Los colores ocres y terrosos dominan el exterior y delimitan unas vistas verdaderamente espectaculares.

Y todo ello, cómo no, en medio de viñedos de gran belleza, posibilidad de catas y visitas guiadas, y paisajes con historia. ¿Quién dijo que el vino no rezuma cultura?

Diario de Navarra, 26/7/2012

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La Ruta de la Seda. Cuaderno de viaje (y XII)

A lo largo de los días precedentes, he procurado dejar constancia de los lugares visitados y de los monumentos admirados. Pero un viaje es mucho más que la contemplación de monumentos y paisajes, aunque como en este caso sean Patrimonio de la Humanidad y deslumbren por su belleza. Todo viaje es una invitación a salir de uno mismo y comunicar con los demás, a conectar con gente de todo color y condición cultural, social y política. De ahí que el grupo, inexistente el primer día, vaya tomando mayor presencia a medida que transcurren las etapas, hasta convertirse, si el viaje merece el nombre de tal, en parte esencial del proceso final.

Las imágenes que siguen pretenden reflejar la otra cara del viaje y de Uzbekistán. No tanto los monumentos, sino el grupo que los visitó. No tanto los paisajes, sino las gentes que lo habitan. Uzbekistán es, además de bellísimo, un país joven y prometedor que siempre quedará en nuestros corazones. Corazones que, si la crisis no lo impide, nos volveremos a juntar el año próximo para visitar otro país que lo tiene casi todo, Turquía. Mientras tanto, gracias de nuevo a todos los que han hecho posible el viaje y feliz verano.

 

 

La Ruta de la Seda. De vuelta a casa (XI, 13 de abril)

Este grupo de jóvenes, representa como ninguna la estampa de un país proyectado al futuro

El Palace Hotel de Tashkent ha acogido nuestro sueño del último día. Exactamente la habitación 444, la misma que ocupamos el día de nuestra llegada.

He bajado a desayunar temprano, con la idea de completar estas impresiones del viaje. El uzbeco que me atendió el primer día permanece allí, imperturbable y discreto, al pie del cañón, friendo, con la sartén escasa en aceite, huevos fritos para la concurrencia. Desayuno lenta y copiosamente en el jardín interior, en medio de ciudadanos de múltiples nacionalidades. Pero el cuaderno apenas avanza. El saludo a unos, las impresiones de otros y la compañía de María Luisa e Iñigo me impiden finalizar la tarea. No hay prisa, el avión y su largo vuelo resultarán, sin duda, momento y lugar más propicio para esta coda final.

 María Luisa posa a la entrada del Palace Hotel de Tashkent, con Higinio al fondo

Rosa, nuestra jefa de expedición, se despide camino del aeropuerto. Como Jasón, hemos venido en busca del vellocino de oro. Pero en el viaje, los peligros acechan. Allí estaba Ulises (Nicanor) para ayudar a sortearlos. Con el rigor y la fuerza necesaria frente a la tentación de la excesiva autonomía y la tendencia a la individualidad acentuada. El recelo inicial del grupo ha dado paso a la positiva solidaridad y a la nostalgia de la despedida. Pero el viaje es éxito colectivo y la tarea ha sido coronada en conjunto y por el grupo. He ahí el resumen de su poética y acertada intervención.

La salida del país es un tortuoso laberinto de controles y visados, visados y controles, hasta en cinco ocasiones. ¿Quién controla al controlador? ¿No será este exceso de burocracia cansina un producto para el consumo interno?

Escena multiétnica y multireligiosa en el aeropuerto de Tashkent, con un monje ortodoxo en una expedición camino de Jerusalén

El avión despega a las dos de la tarde, camino de occidente. Es un A310 de las líneas aéreas uzbecas. Volaremos a Madrid, con escala técnica en Ginebra. Desde la ventanilla asisto, una vez más, al milagroso despegue del inmenso pájaro de alas desplegadas y la ciudad aparece a nuestros pies desparramada y dispersa. Nos queda una larga ruta surcando imperios antiguos, vastas estepas, mares interiores, altas montañas y países nuevos que siluetean la vieja Europa.

El pasaje es variopinto y en él aparecen un buen grupo de paquistaníes que trabajan en España. Los hay de todas las clases sociales, desde el economista que ha dejado mujer y cuatro hijos en Lahore para especializarse en Madrid, hasta operarios en empresas de Vitoria y San Sebastián, pasando por una serie de niños que viajan sin su mamá y a los que María Luisa debe ayudar porque los nervios y la pena de la partida están haciendo mella en su cuerpo. Pero pasado el episodio, revolotean delante de nosotros afrontando un viaje que no saben exactamente a donde les conduce.

 Los viajes anudan relaciones por encima de la edad, como demuestran Pello e Iñigo

La escala en Ginebra se alarga casi durante hora y media. A la salida diviso el lago Leman y recuerdo mi estancia en Rolle como trabajador emigrante en los veranos de mi vida universitaria. Y recuerdo también a la familia que me acogió, de la que he perdido el rastro hace ya muchos años.

Son poco más de las ocho de la tarde y nos aproximamos a Madrid, nuestro fin de etapa. Barajas está casi desierto, ya que una jornada de huelga, que afortunadamente no nos ha perjudicado, ha dejado el aeropuerto bajo mínimos.

Tras las obligadas despedidas, montamos en el autobús, camino de Estella. La noche está fresca y apetece el abrigo del jersey al fondo del autobús, donde esta vez toca acomodarse. El 103, probablemente el mesón más famoso de la ruta, nos permite una cena rápida en forma de bocadillos. La diligencia y profesionalidad de los camareros apenas puede con la impaciencia y nerviosismo de algunos , que desean cuanto antes su buena tortilla de jamón ibérico. Y de nuevo, en ruta hasta Valtierra, ya en tierra navarra. El tacógrafo no perdona y la parada técnica resulta obligada para el conductor y su ayudante. Un paso más y ya estamos en la estación de autobuses de Pamplona, esa hermosa y operativa estructura hundida junto a los glacis de la ciudadela. De nuevo las despedidas, y los últimos expedicionarios tomamos el camino de Estella.

Pero no hay expedición que se precie sin una última aventura. Son casi las cuatro de la mañana del 14 de abril, sábado. Los últimos noctámbulos todavía aparecen, convertidos en sombras tambaleantes, en el entorno del andén. Uno de ellos, probablemente viejo alumno del instituto, me conoció y me gritó de forma cariñosa. Pero no hay taxis. Y eso es más preocupante. Paciencia y a barajar. Javier, el hijo de Carmelo y Margarita aparece al fin, tras más de una hora de espera. En el viaje a Oteiza nos acordamos de su madre, compañera de muchas fatigas y viajera empedernida hasta el final de sus días. Seguro que sonreiría desde el cielo al saber que su chico nos acercaba sanos y salvos a Oteiza.

Fin de viaje. Inusual, espléndido y perfectamente organizado, como acostumbran los amigos del Verbo Divino. Gracias a todos los que lo han hecho posible. Espero que no sea el último. Porque lo crisis lo es menos viniendo de Uzbekistán. Para terminar, sólo formular un deseo: que no nos azote en exceso y nos permita ahorrar algo para el próximo viaje. Porque viajar es vivir dos veces. Adiós.

La Ruta de la Seda. Las otras perlas de la ciudad (X, 12 de abril)

 Vista general de la zona monumental desde la necrópolis y cementerio actual

Samarcanda, con ser mucho lo visto en la jornada de ayer, ofrece todavía mucho más. Comenzamos la mañana con una visita al conjunto de Shakhi-Zinda, una serie de mausoleos vinculados a la familia de Tamerlán y de mezquitas que constituyen un extraordinario e insólito conjunto. Están situados a lo largo de una calle procesional, que une la parte baja con la colina convertida en necrópolis todavía hoy.

 Vista general del conjunto Shakhi-Zinda, conjunto de mausoleos vinculados a la familia de    Tamerlán

El conjunto es extraordinariamente rico, abigarrado y complejo, y algunos de ellos, los vinculados a la familia Tamerlán, constituyen magníficos ejemplos de trabajo de la cerámica en sus diversas modalidades, de la perfección colorista y del uso del mosaico como decoración casi inmutable. Esta riqueza presente en el exterior, pasó al interior de algunos de ellos y se proyectó en las cúpulas gallonadas. Pocas veces la inmortalidad y la belleza celeste se han interpretado de forma tan poética y perceptible.

 Vista exterior de la calle procesional, con mausoleos a uno y otro lado

Los mausoleos son, todavía hoy, lugares de culto y la imagen de familias uzbecas, en general entradas en años, rezando una oración ante las tumbas no es demasiado infrecuente. Ni siquiera las fotos de los occidentales, relativamente numerosos en la ciudad, consigue interrumpir sus plegarias.

La subida a pie al mercado de la ciudad nos permite observar la diferencia entre la digna sencillez de los habitantes uzbecos y un grupito de gitanas que, ayudadas por sus niños perfectamente adiestrados, nos piden insistentemente dinero. Todo un contraste con el anciano que, a la vera del camino, pide una limosna a los caminantes y que es correspondida con una de las obligaciones de todo buen musulmán.

El conjunto sigue siendo lugar de peregrinación para las familias uzbecas

Nos queda por visitar la última pieza de esta ciudad extraordinaria, la mezquita de Bibi Khanum, construida por Tamerlán como la principal de la ciudad. Sus dimensiones son colosales y fue levantada en solo cinco años. Sorprende más su espectacularidad que su exquisitez. No obstante, ver la mezquita principal resquebrajada y medio caída, las paredes con la decoración perdida y los gruesos muros agrietados por el paso del tiempo y el abandono es toda una lección de historia.

Vista de la deteriorada mezquita de Bibi Khanum, construida por Tamerlán como la principal de la ciudad

Tras la comida, salimos de Samarcanda rumbo a Tashkent. De nuevo el mismo escenario ya conocido: carreteras en penoso estado, tierras áridas con apenas vegetación como paisaje general, fugaz verdor de primavera en algunos tramos, sencillez y pobreza en las construcciones domésticas modernas, y enormes canales procedentes del Syr Daria en la llanura próxima a la capital. Las obras para el monocultivo del algodón se aprecian muy bien aquí. Pero el agua fluye a manos demasiado llenas y, tras los planes quinquenales de la época soviética, se buscan cultivos que exijan menos líquido, y los cereales clásicos como el trigo ganan terreno a los campos de algodón.

 Tradición y modernidad relativa se dan la mano en esta imagen del transporte junto al mercado central

El largo viaje es aliviado con algunas intervenciones de los miembros del propio grupo. Nicanor diserta sobre algunas cuestiones filosóficas ligadas a la globalización. Marcelo, sobre conceptos vinculados a la psique, y yo mismo realizo un resumen del arte islámico en al-Andalus y el conjunto del mundo musulmán.

Tashkent aparece al fin devolviéndonos a la civilización urbana. La recorremos de noche y da la sensación de gran ciudad, casi ajena al mundo rural del que es la capital política, económica y cultural. ¿Cómo es posible que los nuevos edificios oficiales, hechos en un estilo kitch de dudoso gusto, estén perfectamente iluminados y la plaza de Registán permanezca en una inmerecida penumbra?

 La cena, teñida de una cierta nostalgia, cierra nuestra estancia Uzbekistán

La cena de despedida, con espectáculo de música y danza profesionalmente interpretada, nos sirve para recuperar a Irina, la madre de Lautaro, nuestro guía, y guía ella también en nuestro primer día de estancia en el país, y pronunciar unas palabras de despedida. Nicanor, Marcelo y los guías se despiden y agradecen el trabajo y el comportamiento del conjunto del grupo. Esto huele a final de etapa, pero flota en el ambiente la sensación de que el viaje ha merecido la pena.

La Ruta de la Seda. De Afrosiab a Samarcanda (IX, 11 de abril)

Vista general de Samarcanda desde el observatorio de Ulughbek

Escribo estas líneas a las siete de la mañana del día 12 de abril, jueves. Sin duda, el día de ayer quedará como una de esas jornadas imborrables en nuestra modesta experiencia de viajero amante del arte. He preferido descansar y volcar después las impresiones porque ha sido, sin duda, el día más completo del viaje y el cansancio acumulado me impedía valorarlo adecuadamente.

¿De dónde el mito de Samarcanda? No sabría decirlo, pero está asociado a caravanas, conquistas, cúpulas, minaretes, lujo y esplendor. Tras la visita de ayer, muy bien planteada por Lautaro, el perfil se dibuja mejor y la secuencia histórica y artística aparece claramente esbozada.

Comenzamos la jornada por una aproximación física, a modo de cerco intelectual. La primera sorpresa fue la ubicación de la ciudad. Frente a la idea arraigada de ciudad plana y desértica, el emplazamiento es bien distinto. Las montañas del fondo, todavía cubiertas de nieve a mediados de abril, nos hablan de un territorio sinuoso, fértil, con agua abundante y, en esta época, de un verde primaveral. Una ciudad, en todo caso, relajante para el que procede del desierto por el oeste y de las altas estepas y las montañas por el este. No es extraño pues, que su emplazamiento y su ubicación ayuden a hacer de ella un enclave estratégico en una vastísima región más organizada de lo que a primera vista pudiera parecer.

 Lautaro muestra la diferencia entre el papel actual y el elaborado con pasta de morera 

La visita a un taller de artesanía, donde se elabora el papel de la morera según las técnicas más tradicionales, tiene gran interés. El canal de agua permite apreciar el proceso artesanal de su confección, con la limpieza de la corteza, el mortero empujado por la noria, el filtrado, el secado y su conversión en objetos varios. Tras este proceso artesanal, difícilmente puedes discutir el precio de los pequeños dibujos que adquirimos, modestos pero estéticamente placenteros.

 Maqueta del observatorio mandado construir por Ulughbek en el siglo XV 

De allí nos trasladamos al observatorio que Ulughbek, el intelectual nieto de Tamerlán, mandó construir a las afueras de la ciudad en el siglo XV. Las ruinas del enclave, magníficamente situado, con preciosas vistas sobre la ciudad, nos ofrecen una idea del esplendor científico alcanzado por esta época. Los restos subterráneos del sextante nos hablan de un personaje fascinante en la medida en que era él, el gobernante, quien ejercía de astrónomo principal. El museo adyacente levantado en su honor  resulta ilustrativo de la importancia de su figura en la historia de la astronomía. Todavía quedaba un buen trecho hasta que Copérnico extendiera por el mundo occidental estas teorías nacidas y desarrolladas en oriente.

Colina de Afrosiab desde la que  se aprecia una parte de la Samarcanda monumental

De la colina del observatorio pasamos a otra colina de especial importancia en la vida de la ciudad: Afrosiab. En esta ciudadela natural, rodeada de murallas, creció la vida de Samarcanda desde su fundación y primeros vestigios arqueológicos, en torno al siglo VIII antes de Cristo, hasta el siglo XIII, cuando las hordas de Gengis Kan arrasaron la ciudad por completo. La potencia del yacimiento dará, sin duda, muchos conocimientos en el futuro, pero lo conocido, presente en un museo en forma de paneles y restos varios, resulta suficiente para trazar una sucinta relación de etapas históricas bien secuenciadas:

–          Grupos locales

–          Aqueménidas

–          Alejandro Magno

–          Dinastías fragmentadas

–          Comienzo de la ruta de la seda

–          Zoroastrismo

–          Contactos e influencia de religiones exteriores: judaísmo, budismo, cristianismo (nestorianismo)

–          Islamización del territorio

–          Invasión de Gengis Kan

 Con momentos de esplendor y decadencia, el espacio reservado a las habitaciones privadas de un jefe local en el siglo VI, con sus paredes pintadas, nos ofrece una muestra del esplendor alcanzado en la zona en un momento en que toda Europa occidental estaba sumida en una profunda decadencia cultural y artística.

La buena mañana nos invita a adentrarnos en la colina y visitar algunos lugares del yacimiento, entre otros, la calzada del siglo XIII y sucesivos estratos de épocas posteriores.

¿Quién dijo que los Reyes de Oriente no existían? He aquí una prueba fehaciente de su existencia 

Tras la comida en un lujoso restaurante de la ciudad en el barrio levantado por los rusos en la segunda mitad del siglo XIX, en la que hubo tiempo para degustar la carne, animar el cuerpo, apreciar la habilidad para el desfile de nuestras chicas con sus pasminas, y admirar la natural elegancia de Peio Eguren para el desfile, iniciamos la visita a las verdaderas exquisiteces que Samarcanda nos tenía reservadas.

Mausoleo de Guri Emir. Vista de la cúpula gallonada, una de las más esbeltas, elegantes y coloristas de todo Uzbekistán 

La que Lautaro calificó como tercera joya del país es el mausoleo de Guri Emir, obra del tiempo de Tamerlán (siglos XIV y XV) Contiene las tumbas, aunque ese no era inicialmente su destino, del propio Tamerlán, sus hijos Shahrukh y Miran Shah, y su nieto Ulughbek, además del guía espiritual de Tamerlán, entre otros. El espacio es bellísimo, tanto exterior como interiormente. En el exterior, la gran portada está decorada con una colección de azulejos y mocárabes de gran belleza. El patio interior, reúne algunas piezas de interés: unas enormes calderas que Tamerlán llevaba en sus expediciones, parte de su trono y otros objetos. Pero la joya exterior es la cúpula gallonada, esbelta, elegante y colorista, elevada sobre un estilizado tambor que dota al conjunto de especial elegancia y armonía. Armonía que se repite en el interior, en el que el paraíso es representado por una bóveda dorada, hecha con las mil exquisiteces propias del arte islámico.

 Vista general de la plaza Registán, un espacio de singular belleza 

Y de allí a la joya por antonomasia de Samarcanda, la postal que la identifica en esa serie de espacios inigualados que componen los grandes hitos de la historia del arte mundial. La plaza Ragistán, traducible como “lugar de arena”, ocupa una gran manzana sin edificaciones que perturben su visión o afeen el conjunto. Dos cosas llaman poderosamente la atención: la simetría casi perfecta de las edificaciones, pese a haber sido levantadas con casi tres siglos de diferencia, y la espectacularidad de minaretes, cúpulas y portadas del conjunto. La sensación de inmutabilidad, de belleza sostenida en el tiempo, se convierte en asombro al contemplar cada uno de sus elementos, porque la infinitud decorativa es el denominador común de fachadas y elementos interiores.

 Madraza de Ulughbek, edificada en el siglo XV como escuela avanzada de estudios

La primera madraza, edificada por Ulughbek como escuela avanzada de estudios, con 100 estudiantes internos, es un espacio geométricamente perfecto, decorado con infinitas formas entre las que sobresale un juego cerámico de estrellas, en alusión a su bien ganada fama de astrónomo. Un bien medido juego de ventanas con entrelazo octogonal permite disfrutar de una brisa renovada que ennoblece el conjunto.

 Deslumbrante aspecto de una de las bòvedas de la madraza central, levantada en el mejor estilo timúrida del siglo XVII

La segunda madraza, levantada en el siglo XVII sobre el espacio anteriormente ocupado por un caravansaray, luce los mismos atributos del mejor estilo timúrida de la segunda etapa. Sobresale en ella la hermosa cúpula de la sala de oración con sus tonos verde azulados característicos.

Vista de la madraza de Sher-dor o “de los leones” desde el minarete de la madraza de Ulughbek 

Finalmente, la tercera madraza, la Sher-dor, “la que lleva leones”, con sus minaretes y su cúpula, ostenta una peculiar decoración: un juego de leones llevando unos cerdos en sus garras, lo que la enlaza con la arquitectura persa vinculada al chiismo, menos estricta con la representación figurativa que la escuela suní.

La plaza, a partir de ahora situada entre mi colección de plazas favoritas, junto al conjunto de Santiago de Compostela, San Marcos de Venecia, San Pedro del Vaticano o la plaza mayor de Salamanca, es preciso pasearla lentamente y apreciarla en sus múltiples perspectivas. Íñigo y yo incluso aceptamos una tentadora oferta, previo pago de una pequeña mordida al policía de turno que discretamente nos lo sugirió: acceder al segundo piso de la madraza de Ulughbek y de allí al minarete derecho, justo el que desde el exterior aparece inclinado debido a los sucesivos terremotos que han asolado la ciudad a lo largo de los siglos. La visión interna de la estrecha escalera de caracol no es la misma y las condiciones de tejados y espacios ocultos deja mucho que desear.

 Una mesa estratégicamente situada nos permitió disfrutar de la vista y el descanso 

La visión nocturna de la plaza, a la que volvimos esa misma noche para contemplar una elemental sesión de luz y sonido, acabó por darnos la perspectiva completa de la misma. Mientras escuchábamos en un francés difícilmente entendible un relato patriótico con moraleja política, imaginaba otras épocas y monumentos ligados al esplendor de Samarcanda. Verdaderamente es la perla de Oriente.

Un espectáculo inspirado en la historia de los trajes de Samarcanda y la escenificación de una boda uzbeca, cerraron un día completo, denso e inolvidable.

El castillo de Marcilla

Siguiendo una costumbre no escrita, las colaboraciones veraniegas de esta sección las hemos dedicado en los últimos años a sugerir propuestas de viaje, bien sea a enclaves navarros o limítrofes. Si eso pareció oportuno en el pasado, lo es mucho más en la actualidad, en el que la crisis ya no es una amenaza que se cierne sobre nuestra sociedad y nuestras familias, sino una incómoda inquilina de nuestros hogares que, además, no viene solo de visita, sino que pretende instalarse y permanecer.

La fecunda trayectoria de la Institución Príncipe de Viana, desde su nacimiento en 1940, ha hecho que lo esencial del patrimonio navarro esté salvado. Pero la crisis, que se ha cebado de forma muy explícita en los menguantes presupuestos de Cultura de los cuatro últimos años, ha afectado y mucho a las partidas destinadas a la restauración del patrimonio. De ahí que no sean muchos en los últimos años los edificios que han sido objeto de actuaciones especialmente relevantes: el nuevo albergue de peregrinos de Roncesvalles, la fachada de la catedral de Pamplona,  la iglesia-fortaleza de Ujué, la iglesia de San Pedro de la Rúa y el castillo de Marcilla. Por la importancia histórico-artística del edificio, el monto económico de su actuación y la singularidad del programa llevado a cabo, sobresale este último, recientemente inaugurado.

El castillo de Marcilla es una recia edificación de planta cuadrada, con robustas torres prismáticas en las esquinas y una más intermedia en tres de los frentes del palacio. Rodea todo el perímetro un foso seco, de unos 15 metros de ancho y 3 de profundidad en el que sobresale un gran talud de piedra de sillería sobre el que se asientan los muros de ladrillo, que están rematados en matacanes corridos con arquillos ojivales. Iniciado por mosén Pierres de Peralta “el viejo”, fue el centro del mayorazgo de Marcilla, fundado en 1438 para su primogénito Pierres de Peralta “el joven” y jugó un papel relevante en las luchas de agramonteses y beaumonteses, en el siglo XV, la conquista de Navarra en el siglo XVI, con la decisiva intervención de Ana de Velasco para salvarlo de la demolición, y su posterior conversión en cabeza del marquesado de Falces, hasta que fue adquirido por el Gobierno de Navarra en 1977.

Comenzó entonces una larga etapa de rapidísima degradación interna de la que son testigos buena parte de los vecinos de Marcilla. ¿Qué hacer con el castillo? Se barajaron las más diversas propuestas: desde parador de turismo a museo; desde espacio deportivo, liberado todo su interior, a centro municipal que reuniera buena parte de las actividades cívico-públicas de la población. Afortunadamente, la sensibilidad de las administraciones implicadas, el empuje de la Asociación de amigos del castillo, la insistencia de las autoridades municipales y la paciencia del vecindario han hecho posible el milagro. Porque milagro es que hoy, el viejo recinto medieval sea más que nunca el corazón de la villa. El ayuntamiento, el salón de actos, las biblioteca y la escuela de música le garantizan al castillo vida propia, afecto ciudadano y un futuro prometedor. Todo ello con un alto coste para el conjunto de los navarros y marcilleses que es preciso recordar: 10.584.998 euros (1757 millones de pesetas) de los que el Gobierno de Navarra ha financiado el 88,8%, el ayuntamiento de Marcilla el 9,1% y el Gobierno de España el 2,1%.

Para conseguir este objetivo, el castillo ha sido prácticamente rehecho en su estructura interna, con una interpretación elegante y sobria, que solo se ha permitido algún desahogo en los espacios estéticos de mayor interés: la escalera, la capilla y la sacristía.

Marcilla ya tiene su castillo, más que nunca la casa común de todos sus vecinos. Hace falta que Navarra lo haga suyo y lo integre en su imaginario, como lo hizo con su vecino el de Olite. Para conseguirlo, lo mejor es comenzar con una visita. Merece la pena.

Diario de Navarra, 12/7/2012

La Ruta de la Seda. Seis jornadas de camello hasta Samarcanda (VIII, 10 de abril)

Vista de las imponentes ruinas del palacio de Tamerlán en Shakhrisabz

Uno de los inevitables inconvenientes de este viaje son las jornadas en autobús. Lo que serían distancias razonables y salvables en cualquier país desarrollado, se convierten en interminables sesiones en un Uzbekistán que antaño tuvo un caravansaray cada 60 kilómetros, distancia ordinaria de una jornada en camello.

El tramo entre Bukhara y Samarcanda es el núcleo central de la Gran Ruta de la Seda, de ahí que las dos ciudades jugaran un papel clave en el desarrollo de la misma. Seis jornadas era normalmente el tiempo necesario para viajar en una caravana de una ciudad a otra, convertidos hoy en seis horas de largo viaje, pese a contar con autobuses recién estrenados. Pero también, a la manera de antaño, nuestro viaje no será directo, sino con desvío hacia Shakhrisabz, ciudad también patrimonio de la humanidad.

Vista desde el interior del palacio de Ak-Saray con la estatua de Timur al fondo 

Dejamos Bukhara a primera hora y volvemos al paisaje que nos ha acompañado durante buena parte del viaje: una estepa árida y salitrosa durante muchos kilómetros, convertida en fértil tierra de labor donde el agua logra el milagro. De nuevo el Amu Daria, sus afluentes y la extensa red de canales son los responsables de semejante transformación. Junto a la agricultura, la zona posee importantes recursos naturales de gas y petróleo, y algunas grandes refinerías jalonan el recorrido.

Pero este tramo de la ruta de la seda, cansinamente recorrido debido al penoso estado de la carretera, no guarda el esplendor de antaño. Sirva como ejemplo que solos unos servicios públicos pueden recibir el nombre de tales, según Lautaro, nuestro guía, en todo el recorrido.

 Bien avanzado el camino, abandonamos la ruta principal para dirigirnos a Shakhrisabz, la patria del gran Tamerlán. El paisaje cambia progresivamente y unas montañas nevadas se adivinan en el horizonte. Es la cadena que separa Uzbekistán de dos repúblicas próximas: Tajikistán y Afganistán, y el color pardo de la tierra deja paso al verde, especialmente vivo en estos días de la primavera. Las poblaciones son pobres, con infraestructuras reducidas a casas de escasos recursos, pero una construcción sobresale de vez en cuando en calidad y aspecto nuevo: las instalaciones escolares, inauguradas casi todas tras la proclamación de la república en 1991 y que educan a la numerosísima población joven.

Inigo fotografía la imagen del gran Timur con el palacio al fondo 

La Shakhrisabz de hoy es un poblachón destartalado y movido, con un gran mercado comarcal y una deficiente urbanización. Pero la figura de Timur lo invade todo y resulta omnipresente. Aunque estableció la capital de su imperio, el más grande que conoció el mundo islámico, en Samarcanda, Tamerlán no olvidó su ciudad natal y los tres conjuntos monumentales visitados están relacionados con él.

En primer lugar, las imponentes ruinas de Ak-Saray, su palacio, lo más imponentes de las construcciones proyectadas por él. Los 40 metros actuales de su portada, que ascendían a 70 para el conjunto del edificio, junto con los 200 metros de largo y las más de 300 habitaciones, dan fe de este esplendor. Así lo dejó escrito Rui González de Clavijo, el embajador del rey de Castilla que visitó el lugar en el siglo XV. Una estatua de 10 metros del conquistador preside el parque contiguo a las ruinas.

Vista general del complejo de Dor-ut Sardat rodeado de mecadillos en los que está presente todo tipo de artesanía

El segundo complejo, el Dor-ut Sardat está compuesto por una mezquita, el mausoleo del hijo de Tamerlán, fallecido a los veinte años, y la cripta supuestamente preparada para su padre.

El tercero reúne un conjunto de edificaciones de primerísimo nivel, presididas por la gran mezquita levantada en 1437 por Ulughbek, el príncipe intelectual, en honor de su padre Shahrukh. Espléndidas las cúpulas de los pequeños mausoleos, más espléndida aún la cúpula de la propia mezquita, exquisita en su color y proporciones y espectacular la decoración pictórica del interior.

Cripta que contiene la supuesta tumba de Tamerlán en el complejo  Dor-ut Sardat

 Lástima que la humedad avanza inexorablemente y hace saltar la delicada pintura corriendo el conjunto un serio peligro. Sus vivos colores y sus problemas con el estuco me recordaban la basílica de San Gregorio Ostiense en nuestra Berrueza.

El recorrido entre Shakhrisabz y Samarcanda hemos debido de hacerlo dando la vuelta a la montaña, ya que la carretera directa no admitía la longitud de nuestros autobuses. Dos rasgos nos han llamado la atención en el camino a Samarcanda: la extrema pobreza de las casas, apenas un rectángulo de adobe con una puerta y 2 o 3 ventanas, donde probablemente no ha llegado el agua corriente, y el progresivo verdor de los campos, con pastos naturales para los animales, cabras y vacas, pastoreadas por niños de edades muy pequeñas.

Vista exterior de la gran cúpula de la mezquita levantada por Ulughbek en honor de su padre Shahrukh

Al caer la tarde, llegamos a Samarcanda. Hoy la ciudad ha perdido el sabor de antaño y sus murallas han sido sustituidas, desde la época rusa y soviética, por largas avenidas y edificaciones modernas. La ciudad tiene hoy 400.000 habitantes y es el segundo núcleo en importancia del país.

El descanso en un hotel junto al aeropuerto nos alivia de las fatigas del camino. Mañana nos espera la ciudad mítica, objeto básico de nuestro viaje.