Azul de medianoche

Azul de medianoche

En la estantería de novedades de la biblioteca pública de Los Arcos, recogí el otro día una novela que me llamó la atención. Su título Azul de medianoche, venía envuelto en un faldón que decía: “en la estela de la Joven de la perla”, libro y película que me fascinaron hace unos años. Precedida de un enorme éxito en Holanda, país natal de su autora, Simone Van Der Vlugt, la leí en unos pocos días pese a mi escaso entusiasmo por las novelas históricas. Pero la época, el siglo de oro neerlandés, la presencia de Vermeer, un pintor que admiro especialmente, y la trama de la novela me animaron a su lectura.

No quedé defraudado. Catrijn, nacida y criada en la pobreza, debe casarse con un hombre mucho mayor que ella al que no ama. Tras enviudar al poco tiempo de contraer matrimonio, la herencia recibida le permite vender sus propiedades y salir a buscarse la vida fuera de su pueblo, en las ciudades emergentes dedicadas a la industria y el comercio. Su gran sueño, ser decoradora de cerámica, lo consigue al fin tras un intenso periplo vital, en el que el amor no está al margen. En el fondo, la novela narra la historia de una mujer valiente, como muchas que lo han intentado pese a las dificultades a lo largo de los siglos, en busca de su propio destino.

El fresco de la vida en la Holanda del siglo XVII resulta vívido y creíble. La recreación del ambiente opresivo en su primera relación conyugal – con muerte del marido incluida, que no la conoceremos hasta casi el final de la novela-, el trabajo febril de una urbe comercial, la vida cotidiana tanto en el campo como en la ciudad, junto a detalles técnicos del trabajo de la pintura cerámica, están muy bien descritos y engarzados. El estilo tiene algo de cinematográfico, no siendo desdeñable que nos encontremos pronto con una película del mismo nombre. Como se señala en la portada, “Arte, amor y misterio se entrelazan en una gran novela histórica”.

Una obra, en consecuencia, recomendable para la temporada que ahora se inicia.

Ficha bibliográfica: VAN DER VLUGT, S., Azul de medianoche, Duomo ediciones, Barcelona, 2017.

 

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Una pequeña historia del belén

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Nacimiento del Belén del Príncipe. Palacio Real de Madrid

Pese a las nuevas y recientísimas costumbres que nos han inundado, estoy seguro que muchos de ustedes han dedicado parte de este mes de diciembre a poner el belén familiar. Y muy probablemente, pese al cuidado con el que envolvimos las figuras el año anterior, alguna habrá perdido un brazo o un pie. Así lo cantan los niños y mayores de Oteiza en su villancico más popular: “Otra vez he puesto/ y es un año más/ el belén de siempre/ que está en el desván./Nos trae alegría/ de la navidad/ recuerdo y nostalgia/ de los que no están./ La pastora es coja/ baila con un pie/ el pastor es manco/ así está el belén/ uno sin cabeza/ otro sin los pies/porque siendo niños/ jugamos con él…”

Con permiso de mi buen amigo el profesor Ricardo Fernández Gracia, el verdadero especialista navarro en el tema, permítanme que les resuma en unas pocas líneas una pequeña historia del belén.

Sus orígenes se relacionan más que con los escuetos relatos evangélicos, con los apócrifos y el teatro de Navidad, que tuvo un amplio desarrollo desde la Edad Media. Un hito en su historia fue la escenificación que ideó San Francisco de Asís en 1223. De ahí que los franciscanos, en su ramas masculina y femenina, se convirtieran en los propagadores de esta costumbre navideña. Pero, aunque se han conservado algunas figuras, apenas tenemos noticias de belenes y montajes durante la Edad Media y el Renacimiento. Fueron los siglos del Barroco los que dieron el impulso definitivo a los belenes, en una época en que la piedad y la religiosidad tendían a cautivar a los fieles a través de los sentidos.

Este carácter teatral, tan propio del barroco y tan bien adaptado a la historia que se pretende contar, es el hilo conductor de los belenes desde el siglo XVIII. Entre las múltiples calificaciones que pueden hacerse, me gustaría subrayar tres tipos que nos han dejado algunos de los mejores ejemplares históricos que han llegado a nuestros días.

El primero corresponde al belén conventual. En los monasterios de clausura, su preparación tenía carácter de rito litúrgico, y las figuras se iban incorporando a medida que avanzaban las fiestas que se celebraban: natividad, circuncisión, reyes, etc., variando la disposición de los componentes del conjunto. Fruto de la religiosidad de la época, no es inusual además que incorporaran ángeles con los atributos de la pasión o al propio Niño Jesús de la Pasión abrazado a una enorme cruz. Dado el hermetismo de la clausura, muchos de estos belenes son de uso exclusivo de la comunidad y no han podido ser mostrados hasta fechas muy recientes.

Más conocidos y populares resultan los vinculados a modelos napolitanos. Con destino a la corte o a casas nobles llegan figuras de terracota o madera, algunas articuladas, llenas de colorido y vida. De entre las que nos quedan en la Península Ibérica hay tres sobradamente conocidas: el belén del príncipe Carlos, hijo de Carlos III, compuesto de 180 figuras de 50 centímetros de altura, obra del valenciano José Esteve, y que puede admirarse en el Palacio Real de Madrid; el belén de Francisco Salcillo, conjunto encargado en 1776 al artista por un prócer murciano, en el que las figuras recrean un ambiente popular y pastoril vestidos a la usanza murciana; y el belén de la iglesia de Nuestra Señora de la Estrella de Lisboa, creado por Machado de Castro y consistente en más de 500 extraordinarias figuras de corcho y terracota.

El tercer grupo lo constituyen los belenes hogareños o particulares, que se generalizaron en España bien avanzado el siglo XIX. Las figuras de calidad, denominadas “de fino”, patrimonio de familias acomodadas e instituciones religiosas, se adquirían por encargo, Las más populares o “de vasto” se compraban en tiendas y mercadillos, importadas de tierras levantinas o granadinas. A estas figuras tradicionales de barro cocido le siguieron las procedentes de los talleres de Olot, correctas, uniformes y dulzonas que acabaron por generalizarse a lo largo del siglo XX. Lamentablemente, el paso del campo a la ciudad de buena parte de la población hizo que muchos belenes quedaran arrumbados y desaparecieran. Solo en los últimos años, gracias a la labor encomiable de los belenistas y otras instituciones, parece que la tradición se recupera en los espacios públicos, y el belén vuelve a estar presente, siquiera en su versión más escueta del portal, en muchas de nuestras casas.

Navarra conserva hermosos ejemplos de estos belenes históricos. Si usted tiene interés en conocerlos, el profesor Ricardo Fernández Gracia publicó el año 2005 un libro primorosamente editado, titulado Belenes históricos en Navarra. Figuras para la memoria. Dedíquele un rato estos días. Disfrutará como un niño. ¡Felices Navidades!

Diario de Navarra, 21/12/2017

 

Derecho natural

Pisón

Estos días de final de año abundan las listas de “mejores libros del año”. Entre las novelas, Berta Isla, el último libro de Javier Marías, ocupa un lugar destacado en casi todas ellas. Pero me ha sorprendido haber visto seleccionado en alguna Derecho natural, la última novela de Ignacio Martínez de Pisón.

Hace unos días terminé su lectura y me adelanto a señalar que me pareció un buen libro. La trama de la novela nos cuenta la historia de una familia española de los años ochenta, compuesta por un padre, actor de películas de serie B e imitador de Demis Roussos, cantante que gozó en aquellas décadas de gran predicamento; una madre, trabajadora de El Corte Inglés, y ama de casa abnegada que debe aguantar a un marido pretencioso y egoista al que termina por dejar; y varios hermanos, entre los que sobresale Ángel, el protagonista de nuestra historia, el único que llegará a la universidad, que es el hilo conductor del relato, en el que se incluye su propia vida.

No hay acciones memorables, ni hechos gloriosos, sino una historia que narra lo próximo y lo cotidiano, la letra pequeña de muchas de las familias de nuestro país en un tiempo interesante y convulso. El autor recrea este mundo con prosa limpia, maestría narrativa y gran soltura. Al final, me queda la sensación de una buena novela a la que le falta la hondura y profundidad que sí he encontrado en la de Marías, recientemente glosada en el blog. En todo caso, sin ser apasionante, se lee con gusto y facilidad y resulta por ello recomendable.

Ficha bibliográfica: MARTÍNEZ DE PISÓN, I., Derecho natural, Seix Barral, Barcelona, 2017.

 

Celebrar y conocer Navarra

Villafranca

Vista del casco antiguo de Villafranca

He llegado a la edad de la jubilación, a Dios gracias, con buena salud, curiosidad creciente y ganas de hacer cosas. Y un interés por Navarra, mi tierra, que ahora que dispongo de más tiempo intento conocer, disfrutar y compartir. Pero, afortunadamente, esta visión optimista es ampliamente generalizada en buena parte de mi propio segmento, los jubilados, a los que me encuentro mayoritariamente presentes en las actividades a las que asisto: cursos, conferencias, cine, conciertos y viajes, por enumerar algunas. De ahí que no me haya resultado difícil vincular mis intereses a los del grupo, bien sea como profesor o como alumno. He de reconocer, además, que como alumnos son mucho más fáciles y gratificantes que los adolescentes, ya que la disciplina la tienen interiorizada y la atención está garantizada. Exige, eso sí, tablas y un cierto dominio de la materia, porque con los adultos cualquier pregunta es posible y no sirve cualquier respuesta. En mi condición de profesor, durante todo el año 2017 he impartido por primera vez un Curso de Arte Navarro, en el que hemos recorrido las principales manifestaciones artísticas de nuestra Comunidad desde la prehistoria hasta nuestros días, con especial atención a nuestros cuatro grandes momentos: románico, gótico, renacimiento y barroco. El grupo, heterogéneo y variopinto, lo componen cincuenta alumnos procedentes de 15 localidades de la merindad de Estella, que nos reunimos semanalmente en la casa de cultura de Los Arcos. Vernos cada miércoles, fieles y puntuales a la cita, dispuestos a estudiar y conocer nuestro patrimonio en el que se incluye el de sus respectivas localidades, es para ellos una satisfacción y para mí un acicate. Pero no acaba ahí nuestra actividad. Tras el estudio de cada etapa, programamos una salida para conocer in situ algunos hitos fundamentales de nuestra historia artística. Tras la prehistoria y la romanización, visitamos Las Eretas de Berbinzana, la ciudad de Andelo y la villa de Arellano; el románico nos llevó hasta la merindad de Sangüesa, para ver Leire y Sangüesa; Pamplona, Artajona y Olite nos permitieron acercarnos a lo más selecto del gótico entre nosotros; el renacimiento lo apreciamos en la merindad de Estella, con paradas en El Busto, Viana, Lapoblación, Genevilla y Los Arcos; y esta semana disfrutamos del buen barroco de la merindad de Tudela, con citas en Villafranca, Corella y Tudela. Nos restan por visitar los palacios y casas señoriales del Baztán y los tres museos abiertos recientemente y vinculados al arte contemporáneo: Oteiza, Huarte y Universidad de Navarra.

Esta misma semana hemos celebrado dos fechas que me gustaría glosar juntas: el día de Navarra -3 de diciembre- y el día del voluntariado -5 de diciembre- , utilizando para ello el ejemplo de la visita a la Ribera -2 de diciembre- . En un día especialmente gélido, con muchas dificultades para llegar a Los Arcos desde las localidades vecinas, iniciamos la visita en Villafranca. Llamaré por su nombre a personas que no conocía y que nos hicieron el día especialmente cálido. José Mari, párroco de Villafranca, nos esperaba en la puerta de su convento de carmelitas. Con la calefacción puesta, realizamos la visita a la monumental y espléndida iglesia de Santa Eufemia en las mejores condiciones posibles. Frente a tantas iglesias cerradas y frías, José Mari fue un ejemplo de acogida, amabilidad y servicio. De allí a Corella, donde ocho ciudadanos voluntarios se encargan de mostrar a todo el que lo desee las bellezas de la ciudad barroca navarra por excelencia. Joaquín y José, nos acompañaron en la visita al Museo Arrese y a la iglesia de San Miguel. Donde no llegan las instituciones, allí están ellos, atentos e instruidos, sin aceptar ni una propina, solo al servicio del arte y de su pueblo al que aman apasionadamente. Y de allí a Tudela. También aquí, primero Maite, la responsable del ayuntamiento, y después Maria Ángeles, religiosa de la Compañía de María, nos dieron toda clase de facilidades. Con la última visitamos la iglesia de la Enseñanza, una exquisitez barroca lamentablemente poco conocida.

Sin duda, hay muchas maneras de celebrar el Día de Navarra, pero encuentro pocas tan satisfactorias como conocer el patrimonio artístico heredado de nuestros mayores y comprobar cómo más de 30.000 navarros ayudan a los demás en los ámbitos más variados, uno de los cuales es el cuidado y conservación de este patrimonio. De ello dan fe algunos de los miembros del curso, también ellos voluntarios para que los peregrinos a Santiago puedan admirar la iglesia de Los Arcos. Entre todos hacemos posible la Navarra actual, una sociedad urbana de corazón rural, solidaria y abierta al futuro. Todavía quedan algunos días en el puente para conocerla y disfrutarla. Anímense, tenemos mucho y bueno y está a la vuelta de la esquina.

Diario de Navarra, 7/12/2017

Berta Isla

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Javier Marías es un escritor que no deja a nadie indiferente. Su prosa rica, premiosa y envolvente tiene lectores ávidos y personas a las que les resulta difícil digerirla. Yo, que en otras épocas me situaba entre los segundos, progresivamente voy pasando al bando de los primeros. Pero sé que tengo que tener paciencia. Pasarán páginas y páginas y parecerá que no ha sucedido nada, pero al igual que en nuestra vida, los detalles condicionarán el relato y la existencia.

Berta Isla y Tomás Nevinson se conocieron en Madrid. Tomás, medio español medio inglés, es un superdotado para las lenguas y los acentos, y eso hace que durante sus estudios en Oxford, ciudad y ambiente que Marías conoce y refleja muy bien, los servicios secretos aprovechen un desliz sexual del protagonista y el supuesto asesinato de su amante ocasional para introducirlo en los servicios secretos británicos. A partir de ahí, Berta Isla tendrá una convivencia intermitente y, lo que es más inusual, una desaparición del marido que durará años.

Esa anodina espera, que la novela consigue que sea apasionante, es el núcleo de la novela. Y ello le da pie al autor para desgranar reflexiones sobre la fragilidad de las relaciones humanas donde el para siempre resulta una quimera inalcanzable, la necesidad de fingir lo que no es, las anécdotas diarias de una vida en espera, sin saber si aquel que es el marido volverá o habrá desaparecido para siempre. Un marido, además, que a la vuelta de su peculiar exilio, reflexionará en estos términos. “Lo que pensé y me he repetido con frecuencia es lo siguiente: Lo que ahora sea será siempre. Seré quien no soy, seré ficticio, seré un espectro que va y viene y se aleja y vuelve. Y sucederé, seré mar y nieve y viento”.

Marías aprovecha también las entrelíneas de la novela para dejarnos su visión de la vida y del tiempo presente, que no es muy distinto del que expresa todas las semanas en su columna del País Semanal. “Tengo la impresión -decía hace algunos sábados- que vivimos en un tiempo estúpido e infantilizado”. Y al presentarnos al Tomás Nevinson que acaba de regresar de Oxford con su Bachelor of Arts en el bolsillo señala: “Entonces todo iba más rápido y más adelantado que ahora, en contra de lo que se cree, y los jóvenes se sentían adultos desde muy pronto, se sentías listos para acometer tareas, ejercitarse sobre la marcha y encaramarse a los lomos del mundo. No había motivo para esperar ni remolonear, y tratar de prolongar la adolescencia y la niñez, con sus plácidas indefiniciones, parecía propio de pusilánimes y medrosos, de los que la tierra está hoy tan llena que ya nadie los ve como tales. Son la norma, una humanidad sobreprotegida y haragana, surgida en un plazo brevísimo después de siglos de lo contrario: actividad, inquietud, intrepidez e impaciencia”.

A la hora de elegir país para trabajar, la razón domina sobre la pertenencia: “la vida de cualquiera, le dice su mentor en Oxford, está por doquier; está donde va; está donde cae”. Buena reflexión frente a los nacionalistas doctrinarios, convencidos de haber nacido en un lugar predestinado.

La supuesta muerte de Tomás en la guerra de las Malvinas, le permite reflexionar al autor sobre el papel del pueblo en la nueva política. “El pueblo, que a menudo es vil y cobarde e insensato, nunca se atreven los políticos a criticarlo, nunca lo riñen ni le afean su conducta, sino que invariablemente lo ensalzan, cuando poco suele tener de ensalzable, el de ningún sitio, Es sólo que se ha erigido en intocable y hace las veces de los antiguos monarcas despóticos y absolutistas. Como ellos, posee la prerrogativa de la veleidad impune, no responde de lo que vota ni de a quién elige, de lo que apoya, de lo que calla y otorga o impone y aclama”.

El paso del tiempo, inexorable, lo refleja muy bien en esta ácida reflexión: “Retornar a Inglaterra no era para él una opción: la nación tendría que haberse parado o tendría que haberse parado su edad, y esas dos cosas jamás se detienen, en ningún tiempo ni en ningún lugar. Los países los usurpan quienes van naciendo sin querer, a nosotros nos usurpan los adultos o los viejos en que nos convertimos sin querer”.

Esto y mucho más es lo que ofrece la nueva novela de Marías: una buena historia, muy buena literatura y densidad en fondo y forma. Si te atreves, paciencia, no es cuestión de un fin de semana.

Ficha bibliográfica: MARÍAS, J., Berta Isla, Alfaguara, Barcelona, 2017.