Eusebius lo hizo posible

Eusebius

Ficha técnica

Título: Eusebius. Capitán de La Nave de Baco

Autor: Daniel Ramírez García-Mina

Editorial: Renacimiento. Biblioteca de la Memoria

Páginas: 494

Precio: 20,80 euros

El 3 de octubre de 1945, Ángel María Pascual comienza a escribir sus glosas a la ciudad, el mejor retrato de la Pamplona de la posguerra. Hacia un año que Eusebio García-Mina había muerto, tras una vida nada convencional pese a su aparente y burocrático oficio de abogado y procurador. Actividad que le permitió formar y alimentar a una familia y vivir sin apreturas, dedicado a su verdadera pasión: la música en toda la acepción del término – estudioso, melómano, correcto ejecutor, crítico, conferenciante y gestor-, la tertulia de altos vuelos, la buena mesa y la literatura de vanguardia.

Que todo esto, ya de por sí poco habitual, haya sido posible en Pamplona, una capital de tercer orden habitada por curas, militares, funcionarios, artesanos y comerciantes, recién salidos de la reclusión de las murallas, lo hace todavía más insólito. Porque la época no fue precisamente fácil. Nacido en Zamora en 1890 y muerto su padre, vuelve con su madre y sus cuatro hermanos a Pamplona donde estudia en los escolapios, se traslada para hacer derecho a Madrid y regresa a la ciudad en la que vivió el resto de su vida. “Queda inscrito en el colegio de abogados en 1917, -nos señala Daniel Ramírez-. Lo pisará poco. Prefiere el Gayarre y Casa Marceliano. Pocos meses más tarde jura ante la Audiencia como procurador hasta su muerte. Se refugia en lo administrativo, que la da dinero, pero sobre todo tiempo. Ni la fiebre le saca de un concierto”. Fueron los años en que él, católico de tradición y de derechas, vio pasar desde su peculiar atalaya la dictadura de Primo de Ribera, la II República, la cruenta Guerra Civil, donde en acertadas palabras del autor “en Pamplona se murió y se mató con nombres y apellidos”, y la tristísima posguerra que, en medio de una escasez generalizada, bien comido y bien bebido, lo llevó a la tumba en 1944.

El libro que les comento ofrece no pocos alicientes. El primero, la trayectoria vital de un personaje singular del que, lo confieso humildemente, no había oído hablar nunca. Puestos a seleccionar, subrayaría sobre todo su trascendencia en el campo de la música: conocedor de los autores de su tiempo, como pone de manifiesto en algunas de sus conferencias; artífice de la presencia en Pamplona de grandes artistas de primer nivel -Ravel, Rubinstein, Landowska-; y crítico punzante, irónico e irreductible al que Victoriano Juaristi le recomendó en una ocasión “a ver si alguna vez en su pundonorosa vida escribe dos líneas sin vinagre”. Un crítico temido y admirado al mismo tiempo. “En cuanto se dispone a entrar en funciones un violín, tiemblan las arpas ante lo que dirá Eusebius al día siguiente”, en palabras de Eladio Esparza. Una situación algo parecida a la vivida posteriormente con Fernando Pérez Ollo, crítico como él también en el Diario de Navarra. Con motivo de su muerte, el diario ABC resume su historial de esta manera: “Eusebius fue un crítico musical de rara personalidad. Agudo, documentado, claro en el concepto, ironizante, cáustico en la forma. No ya en Pamplona, su lugar de actividad. En toda España se le quería y admiraba”.

Y junto a la música, la buena mesa y la tertulia de unos pocos elegidos, reunidos en la Nave de Baco. “El crítico (Eusebius) fue capitán por edad, ingenio e impulso. Lió a sus coetáneos y embarulló aprendices. Marcó la pauta, dibujó líneas maestras y mantuvo la Nave lejos del puerto hasta que el hígado se cayó por la borda. La copa debía tener motivo, conversación y etiqueta negra. Su Baco era el lírico patrón del barco, no el derrochador de taberna desagradable”, nos dice el autor.

La otra gran virtud del libro la constituye la escritura del joven periodista Daniel Ramírez García-Mina. El texto no es una biografía al uso, escrita en correcta prosa. Es mucho más. El resultado es una obra chispeante, sutil, desinhibida y hermosamente escrita. Sirva un párrafo tomado de la página 70 para resumir lo evaluado: “La Nave de Baco es niebla entre los adoquines. Murmullo desordenado, latidos de una ciudad que no existe. El sueño de un viejo café, la carne de la manzana prohibida, el poema más deslavazado de Verlaine, el razonamiento menos ordenado que parió la vieja Atenas. Un barco de madera que recorre el río Aqueronte al borde del naufragio con las almas de sus tripulantes heridas, pero sonrientes. Borrachas, pero inspiradas. Alerta el corazón, de espaldas al mundo. La Nave de Baco es un rito secreto y burgués, exclusivo. Un homenaje a las letras desde el sumidero. Un grito en medio del silencio de que nadie recuerda”. ¡Qué poética manera de describir una inusual y sorprendente tertulia de trabajadores liberales y rentistas en una ciudad de moral estrecha y expectativas alicortas!

El libro, sobria y hermosamente editado, es un doble descubrimiento: del biografiado y del biógrafo.

Diario de Navarra,

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Viaje a Normandía y Bretaña. Dos batallas decisivas: Hasting y el Desembarco (III)

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Aunque Caen fue especialmente castigada en la II Guerra Mundial, todavía conserva algunas casas de tradicionales, rehabilitadas tras los bombardeos

Apenas ha amanecido cuando suena el despertador del hotel. Son las 6,30 y es preciso levantarse, porque el día viene saturado de arte e historia. Es jueves, día de la Ascensión, festivo en Francia, y ello nos provoca algunos desajustes en los monumentos que tenemos que visitar.

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La Abadía de los Hombres, fundada por Guillermo el Conquistador, vista desde la explanada que le sirve de acceso

Caen, capital de la Baja Normandía, es todo un descubrimiento. Situada a una veintena de kilómetros del mar, y nacida en torno a una pequeña colina donde Guillermo, duque de Normandía, mandó construir un castillo fortaleza, es un monumento en sí misma. Los siglos de la edad media la dotaron de iglesias y abadías presididas por altas torres y una universidad prestigiosa. Situada en el centro del desembarco aliado, fue duramente castigada en la II Guerra Mundial, perdiendo el 70% de su casco urbano. Pero la paciente labor de posguerra ha recuperado buena parte de sus iglesias, algunas de sus tradicionales casas de madera y muchos de sus edificios renacentistas y barrocos. La mañana es fresca y las campanas anuncian las primeras misas en la festividad de la Ascensión del Señor.

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La belleza de la abadía románica y el sereno claustro clásico del siglo XVIII conviven armoniosamente

Ascendemos la suave colina del castillo para apreciar el casco urbano actual y paseamos por su calle principal entre iglesias románicas y góticas de altas torres, casas con encanto, palacetes barrocos, hasta llegar a uno de los puntos culminantes de la ciudad y del viaje, la abadía de San Esteban y su imponente conjunto arquitectónico. La abadía de los hombres, fundada por Guillermo el Conquistador en la segunda mitad del siglo XI y espacio donde se encuentra su tumba, reúne dos grandes conjuntos: la iglesia propiamente dicha, un extraordinario y novedoso edificio planteado en románico, muy próximo en concepción a Santiago de Compostela, y completado en gótico, sobre todo en su cabecera a lo largo del siglo XIII. Maestría, belleza y proporción se dan la mano en un templo deslumbrante. El hecho de haberlo vivido en plena celebración litúrgica, de tono muy conservador en formas y maneras, no impide resaltar la belleza de la liturgia y el ceremonial y la brillantez de los cantos y del órgano. Creo que Francia, el país laico por excelencia, diferencia mejor que nosotros los planos civil y religioso, con respeto por este último, a lo que contribuye un catolicismo sentido y participado. El resto de la abadía, un edificio equilibrado y sereno del siglo XVIII del que destaca el armonioso claustro, son actualmente dependencias municipales y culturales de usos varios.

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Toda la belleza de San Esteban de Caen queda de manifiesto en el ábside de la abadía

Enfrente, casi en línea recta, queda la abadía de las damas, que no visitamos. Impresionante Caen, ciudad abierta al futuro que cuida con esmero su pasado.

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La visita a Bayeux promete, pero antes hay que preparar el cuerpo para la tarea

El paseo hasta Bayeux apenas nos permite un pequeño descanso en el autobús. Decir Bayeux es hablar del tapiz por excelencia. Una tela de 50 metros, en lino y lana, que narra las hazañas de Guillermo el Conquistador. ¡Qué maestría, qué claridad narrativa y qué sabiduría encierra esta obra tan singular! Datada a finales del siglo XI, es una película de época al servicio del poder. El tapiz, magníficamente presentado, comparte protagonismo con un centro temático dedicado a la memoria de Guillermo el Conquistador.

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De nuevo, una catedral imponente en una ciudad minúscula

Pero Bayeux es mucho más: una catedral extraordinaria, románica en su cripta, nave principal y torres, y gótica en el resto. Una catedral que constituye el ejemplo del llamado románico normando, caracterizado por su decoración en arcos y paredes. El casco urbano no le va a la zaga. Pequeño, pero bien articulado. Una vez más, la pregunta recurrente: ¿Cómo es posible semejante catedral en una población que no pasaría de los 10.000 habitantes?

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Vista de Omaha Beach, el principal y más cruento escenario del desembarco aliado

El cambio de escenario es drástico tras la visita a Bayeux, primera ciudad liberada tras el desembarco aliado y primera ciudad francesa en la que De Gaulle se dirigió a sus compatriotas desde la llamada Francia libre.

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Más impresionante aún es el cementerio americano, ubicado sobre la propia playa

Por un paisaje bucólico y rural nos acercamos a las playas donde tuvo lugar el día D del desembarco, 6 de junio de 1944. Las banderas americanas ondean en edificios y casas particulares junto a la francesa. Tras estrechas carreteras dedicadas a los héroes de guerra americanos, divisamos el mar. Acantilados que caen en picado, y en medio una gran playa, hoy solitaria y aquel día literalmente regada en sangre.

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El ramo de flores al pie de la bandera no puede ser más expresivo: “dedicado a todos los hombres y mujeres que han dado su vida por la libertad”

Vimos en el viaje de venida la gran película de Spielberg “Salvad al soldado Ryan”, que describe muy gráficamente el desembarco en Omaha Beach, la playa que cambió su nombre en honor de este gran día. Pero lo verdaderamente impresionante es el memorial en recuerdo de los militares caídos, casi 20.000, de los que el cementerio de cruces blancas e iguales conserva casi 10.000. Cruces que recuerdan vidas jóvenes segadas en defensa de unos principios de validez universal, la defensa de la libertad frente a la opresión. A las cinco en punto suena el toque de oración y el sonido de la trompeta recuerda a los caídos en el momento de arriar la bandera. Todos son preparativos para el día 6 de junio, ya muy próximo, aniversario de la batalla.

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Otro de los lugares emblemáticos de la zona: la punta de Hoc, que los rangers tomaron al asalto en medio de una cruenta carnicería

Tras la visita emocionada del memorial, nos desplazamos a la punta de Hoc, donde estaban emplazados los cañones alemanes que divisaban las playas y que fueron tomados al asalto por los rangers en medio de una cruenta carnicería. En el entorno abundan los cementerios militares de uno y otro signo. Separados por la guerra, descansan ahora en una tierra que no exige el mismo credo, ni la misma ideología, ni siquiera la misma nacionalidad.

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Sirva esta imagen como homenaje a una nación que envió a sus hijos jóvenes. muy lejos de sus hogares, a luchar contra el totalitarismo

Un ejemplo que no deberíamos olvidar.

 

La soledad tiene rostro de mujer

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Mientras los medios de comunicación nos informan de los múltiples pactos posibles, los vetos cruzados entre partidos, y las sumas para acceder al número mínimo necesario para alcanzar el poder sin preguntarse todavía ¡a estas alturas! para qué lo quieren, la vida de la Comunidad prosigue su marcha a la espera de que puedan abordarse los grandes problemas que nos acucian. El otro día lanzaba un SOS por la Navarra vacía, instando a que los poderes públicos tomen conciencia del problema y articulen un pacto global que permita que la política de cohesión territorial se convierta en prioritaria en la próxima legislatura. Hoy, permítanme que insista en otra faceta social también de particular interés: el problema de la soledad impuesta.

Estos son los datos más significativos. Según el Instituto Nacional de Estadística (INE) de 2018, en Navarra viven solas 68.600 personas, de las que 30.700, el 45%, son mayores de 65 años. De esta cantidad, el 70 % son mujeres, 21.700, frente a 9.000 hombres. Y de estas mujeres, el 81% son viudas. Resumido en una solo frase, el perfil típico de la persona en soledad es el de una mujer viuda y mayor de 65 años.

La proyección del INE, sin tener validez absoluta, apunta a una Navarra en la que en 2033 habrá cada vez más gente mayor y menos niños, con un porcentaje de domicilios unipersonales situado en el entorno del 30%. Es decir, en casi uno de cada tres domicilios navarros vivirá una sola persona.

¿Qué consecuencias tiene esto para nuestra sociedad? Las hay de dos tipos, las que afectan a las personas individualmente consideradas y las que nos afectan como sociedad en su conjunto. La soledad no es un mal en sí mismo. Nos acompaña como parte inherente de la compleja vivencia del ser humano e, incluso a veces, es elegida como forma voluntaria de vida. Pero no es lo mismo vivir solo que sentirse solo. La soledad potencialmente peligrosa es la que se deriva de una situación impuesta, que suele convertirse en un factor de riesgo para la salud física y mental, y que afecta especialmente a las personas de más edad, mayoritariamente mujeres.

La gerontología, especialidad en auge y cada vez más demandada en nuestra envejecida sociedad, apunta a determinadas políticas que permitan paliar en la medida de lo posible el problema. La más importante sería la educación en actitudes proactivas que hagan posible dar más vida a los años. Vivir en soledad ya no va a ser la excepción en el inmediato futuro, sino una realidad que estadísticamente nos va a rondar cada vez más. De ahí la importancia de ser conscientes y prepararse para ello. Afortunadamente, en la Navarra solidaria que hemos construido entre todos, la familia y los amigos todavía son una barrera a tener muy en cuenta. Pero cuando ésta falla, y eso sucede sobre todo en el ámbito urbano, la ayuda del voluntariado se convierte en un elemento fundamental de acompañamiento, que palía una soledad no atendida. Lo que no exime para que demandemos a los poderes públicos lo que todo estado del bienestar que se precie debe incluir: programas de atención a nuestros mayores, médicos, sociales y culturales, que permitan que aquellos que nos han traído hasta aquí, puedan disfrutar de sus últimos años en las menores condiciones posibles. Resulta satisfactorio comprobar la nutrida presencia de mujeres ya jubiladas -en torno al 70%- en los muchos programas culturales puestos en marcha por iniciativas públicas o privadas. Pero a partir de una determinada edad, pongamos que 75 años, esa medida ya deja de utilizarse y es preciso dar paso a otras que comportan más recursos y son de más difícil encaje. En palabras de Camino Oslé, vicepresidenta de la Sociedad Navarra de Geriatría y Gerontología, “nuestro objetivo tiene que ser, además de morir tarde, vivir y morir bien”.

Esperemos que al margen del color ideológico del próximo gobierno, esta política impregne la tarea de todos.

Diario de Navarra, 13/6/2019

Viaje a Normandía y Bretaña. Dos joyas de la Francia menos conocida, Angers y Le Mans (II)

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Vista exterior del castillo de Angers, con los fosos convertidos en floridos jardines

Tras hacer noche en un hotel junto a la estación, la mañana la dedicamos a conocer Angers, ciudad cabeza del ducado de Anjou, de singular importancia en la historia de Francia. Alfonso de Borbón, el remoto aspirante, todo hay que decirlo, al trono de Francia por parte de los legitimistas, ostenta el título de duque de Anjou.

Situada a orillas del Maine, dos promontorios naturales señalan la ubicación de los dos grandes centros de poder, el civil, con el castillo-fortaleza, y el religioso, representado en la catedral.

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Interior de la capilla del castillo, ejemplo del gótico angevino de principios del siglo xv

El castillo-fortaleza es una imponente edificación levantada a partir del siglo IX y que perdura en su desarrollo hasta bien avanzado el siglo XVI. Rodeada de un profundo foso convertido en cuidado jardín, conserva edificaciones de interés, como la capilla levantada a comienzos del siglo XV en estilo gótico angevino y una obra excepcional: el tapiz del Apocalipsis, relato del último libro neotestamentario y reflejo a su vez de la vida en el siglo XIV, época en la que se tejió. Compuesto por seis tapices de seis metros de alto y 23 de largo, fue encargado por Luis I de Anjou en 1375 y elaborado en siete años. Exquisito, de impecable factura, es todo un reflejo de la sociedad de la época y una crónica animada del discurrir de una corte ilustrada y aficionada al arte.

Deambulando por callejas con encanto nos acercamos a la catedral, imponente edificio que se levanta entre los siglos XII al XVI. En una explicación a dúo, Trinitat y yo intentamos subrayar la complejidad de un edificio de una sola nave con un potente desarrollo en el crucero y el ábside. Vidrieras, órgano, púlpito, altar y sillería nos permiten comentar aspectos variados de la vida de una catedral.

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Vista exterior de la catedral de Angers, edificio en el que conviven los estilos románico y gótico

La salida de Angers nos permite apreciar el buen desarrollo urbanístico de la ciudad, con un tranvía en construcción, un río bien integrado y nuevos espacios urbanos cuidados, muy en línea con la Francia ordenada y limpia de la que tanto tenemos que aprender.

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Entrada al circuito de Le Mans, días antes de que Fernando Alonso se proclamara campeón mundial de resistencia

El viaje de Angers a Le Mans continúa a través de la planicie francesa. Entramos en la ciudad por la carretera del circuito, a fin de ojear al menos el espacio en el que se desarrollan las 24 horas de Le Mans, un hito en el mundo del automovilismo. Todavía recuerdo una anécdota que me ocurrió en los primeros años setenta. Hacía autostop camino de París, cuando me cogieron unos jóvenes. Pregunté a dónde iban y me dijeron que a Le Mans. Ponderé su catedral y ellos me contestaron que no conocían ninguna catedral, lo que les interesaba era el circuito. Más de 40 años después, voy a tener la oportunidad de verlo, siquiera de lejos.

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Nuestro restaurante no podía estar mejor ubicado. ¡Lástima que el menú no estuviera a su altura!

Si Angers y su casco urbano nos ha causado una excelente impresión, no le va a la zaga Le Mans, aunque el inicio haya sido accidentado. En la nueva plaza de Jacobins, recientemente urbanizada, se levanta la enorme catedral. Allí, al pie de la misma, con unas vistas que presagiaban lo mejor, tuvo lugar el almuerzo. Pero el contundente segundo plato resultó un fiasco y tuvimos que cambiarlo para evitar una posible intoxicación. Las eficaces oficios de Trinitat salieron a relucir una vez más y todo acabó en un incidente sin importancia.

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La imponente mole de la cabecera de la catedral de Le Mans incluye los mejores elementos del gótico

Y de allí, a la catedral. ¡Y qué catedral! Compleja, imponente e inmensa, en una simbiosis de los estilos románico y gótico, ambos de gran calidad. Creo que no desmerece de las grandes catedrales del noreste de Francia que visitamos el año pasado, aunque a ésta le falta la homogeneidad de otras. Pero las tras naves del románico, las vidrieras del transepto y el alto y elegante ábside quedarán en mi memoria como uno de los hitos artísticos de Francia.

Le Mans tiene un hermoso y bien conservado casco antiguo que no presenta la degradación que padecen buena parte de los nuestros. Hermosas casonas de madera labrada, tiendas especializadas, pequeños restaurantes y locales de artesanía, componen un conjunto de gran interés. En una de las plazas, presidida por el Ayuntamiento, nos tomamos una cerveza ante de tomar el autobús. Para sorpresa de todos, Elvis Presley nos esperaba en el baño y nos ofrecía una de sus canciones en nuestra breve estancia.

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Los enormes ventanales del crucero  nos hablan de la proeza técnica del conjunto

De nuevo la salida de la ciudad nos permite apreciar el buen urbanismo francés. Parques y jardines cuidados, un río integrado y un tranvía funcional.

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Vista de la calle principal del casco histórico de Le Mans, hoy dedicada a artesanía y restauración

De Le Mans a Caen seguimos un paisaje llano y verde. Estamos en Normandía, una de las metas de nuestro viaje. Ha sido un día con dos descubrimientos dignos de resaltar. Angers y Le Mans son dos ciudades de gran nivel artístico, dignas de ser mejor conocidas y más apreciadas. El viaje, sube de tono.

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En Le Mans, el cerco, el río y los paseos habilitados en sus orillas conviven en armonía

 

Las memorias como fuente histórica

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Titulo: Una vida al servicio de Navarra. Memorias

Autor: Joaquín Gortari

Editorial: Fundación MTorres

Páginas: Volumen I (618) y Volumen II (229)

La transición política en Navarra ha sido objeto en los últimos años de importantes novedades editoriales de toda índole. Por lo que afecta a la Diputación Foral, su institución más representativa, cabe destacar el estudio de Joaquín Gortari La transición política en Navarra 1976-1979; el estudio conjunto de Joaquín Gortari y Juan Cruz Alli La transición política en Navarra 1979-1982; y el magno estudio de Juan Cruz Alli, del que dimos cuenta en junio de 2018 en esta misma sección, La autonomía de Navarra. Historia, identidad y autogobierno. A todos ellos acaba de unirse el relativo a las memorias de Joaquín Gortari, objeto de estas líneas.

Que Joaquín Gortari tuvo una información de primera mano sobre todo lo acontecido en la vida institucional de Navarra en el último medio siglo, queda fuera de toda duda. Que tuvo un papel relevante en la gestión institucional, también, dado que ocupó el más alto cargo funcionarial de Navarra, como fue la Secretaría de la Diputación Foral. Si a ello se une la convicción del personaje sobre el importante papel que le había tocado en suerte y la ausencia de testimonios escritos dejados por los líderes políticos y sociales de la Navarra contemporánea, se comprende la importancia y el interés de un texto que ayuda a conocer mejor la sociedad y las instituciones navarras de la segunda mitad del siglo XX.

Pero subrayado el interés del texto, ¿a qué género pertenece exactamente un libro que, no por causalidad, se titula Una vida al servicio de Navarra. Memorias? Juan Cruz Alli, autor de un jugoso prólogo, agudo y perspicaz como es, duda en calificar el libro como “autobiografía” o “memoria”, como lo define el autor, y termina por encuadrarlo como ecléctico entre ambos géneros, “siendo el primero recogido en todos los aspectos más biográficos de infancia, juventud, noviazgo, esposa y familia (…) En los dos últimos capítulos sobre su vida en la Diputación, lo institucional trasciende lo individual”.

El texto consta de dos volúmenes. El primero presenta dos partes bien diferenciadas. Los cinco primeros capítulos narran su nacimiento e infancia, el seminario, los estudios y primeros trabajos antes de entrar en la Diputación, la entrada y los inicios en la Diputación y su etapa en la Dirección de Industria. El capítulo sexto, la Secretaría General de la Diputación -algo más de doscientas páginas- es el más denso e institucional. Uno último, dedicado a la jubilación, y un epílogo cierran el texto. Cada capítulo se complementa con un extenso álbum de fotos que tratan de ilustrar los acontecimientos narrados.

El segundo volumen, que se inicia con una larga entrevista, resumen de sus memorias, recoge básicamente artículos de opinión, conferencias y participación en publicaciones.

La interesante lectura del texto me suscita dos reflexiones: ¿es correcta la identificación de Navarra con sus instituciones, sobre todo la Diputación Foral? Así parece pensarlo el autor que titula el libro “Una vida al servicio de Navarra”. Joaquín Gortari encarna hasta tal punto esta visión funcionarial que, en ocasiones, uno no sabe si es el más alto funcionario quien está al servicio de la institución, o es él quien encarna la institución misma. “Me convertí en una referencia institucional en la Diputación y en el Gobierno de Navarra, y todo el mundo lo aceptaba”, dice en una entrevista recogida en el libro.

Aunque la probidad, bonhomía y rectitud de intención son virtudes que le adornaban, no estoy tan seguro, como el propio autor señala y Juan Cruz Alli reitera, que la obra no tenga una parte de apologética. Es el propio autor quien señala que “en estas Memorias he querido demostrar a esas personas que depositaron en mí su confianza que no se equivocaron”. En todo caso, hay que agradecerle su esfuerzo por escribir sus memorias, su tono y su sinceridad, aunque se haya callado determinadas cosas. Todo libro de memorias, por definición, es subjetivo, lo que es exigible es que no sea sectario, y éste no lo es, por más que a veces nos parezca edulcorado.

Antes de terminar es preciso hacer referencia a la labor de Marialuz Vicondoa, periodista de profesión y ejercicio, quien facilitó fuentes, redactó y pulió textos, entrevistó al autor e hizo posible que las memorias se concretaran en este libro. De ahí que en los créditos aparezca como autor: Joaquín Gortari con Marialuz Vicondoa.

Los gastos de redacción, edición y publicación los hizo posible Manuel Torres a través de la fundación que lleva su nombre. El libro es, finalmente, un ejemplo de pulcro diseño y maquetación y de una excelente impresión.

¿Conoceremos en los próximos años nuevas memorias de hombres y mujeres que han liderado la transición en Navarra? Creo que sí. Espero y deseo que las memorias de Gortari animen a ello.

Diario de Navarra, 24/5/2019

 

Viaje a Normandía y Bretaña. De Oteiza a Angers (I)

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Calle del casco histórico de Saintes

Tras los cursos de arte, llega el momento del viaje final. De nuevo nos decantamos por Francia, al igual en los dos últimos años. Si en 2017 fue el románico del Sur de Francia, y en 2018 las catedrales góticas del noreste, este año visitaremos dos regiones en las que el arte se combina con la historia y una naturaleza excepcional. Normandía y Bretaña nos permiten poner el acento en tres momentos esenciales: la conquista de Inglaterra a partir de 1066 (batalla de Hasting) con Guillermo el Conquistador; el patrimonio artístico acumulado, del románico al barroco, muy apreciable; y el hito del día D en las playas de Normandía, que supusieron el principio del fin de la 2ª Guerra Mundial.

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Vista parcial de la cripta de San Eutropio, con el sepulcro del santo situado junto al altar

Pero antes de disfrutar de estas regiones, es preciso llegar. De buena hora, salimos de Oteiza (6,30 de la mañana) y previo paso por Los Arcos, Estella y Pamplona, iniciamos ruta hacia la frontera. Los componentes del grupo constituimos un conjunto variopinto: alumnos del curso de Los Arcos, alumnos del curso de la UNED Senior y algunos consortes e invitados. Todos deseosos de conocer in situ algunas de las cosas que hemos estudiado en clase.

Un buen viaje tiene dos elementos importantes para su correcto desarrollo: el chófer y el guía. Afortunadamente, no improvisamos. Félix, un veterano, es conocido de otras ocasiones: servicial, templado y amable, es garantía de eficacia. Y Trinitat, a la que disfrutamos hace dos años, es una gran profesional: competente, conocedora y muy servicial también. Estamos en buenas manos.

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Vista exterior de la cripta e iglesia de San Eutropio, con los dos estilos que la caracterizan, románico y gótico

El viaje no nos depara grandes sorpresas. Lluvia a ratos, sol en otros y comodidad siempre. Tras atravesar las Landas y avistar Burdeos, con mucho retraso llegamos a Saintes. Casi son las dos y media de la tarde, que para los franceses es como para nosotros las cuatro. Tras unas excusas difícilmente aceptadas, pasamos a comer a una bodega situada en el casco antiguo de la ciudad, cerca de la catedral. Saintes se nos presenta como una ciudad amable, llana, limpia y muy coqueta. Bien ordenada, como casi siempre en Francia. Una comida rápida deja paso a una visita también rápida en autobús por la alameda principal y el arco de Germánico, hasta llegar a la iglesia de San Eutropio y el anfiteatro romano.

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Vista de conjunto del ábside central de la iglesia Escribir una leyenda

San Eutropio es abadía citada por Aymeric Picaud en pleno siglo XII en el Codex Calixtinus. ¡Y pensar que el clérigo francés pasaría después por Navarra ponderando las villas de francos y alertando del hacer y decir de los navarros! La abadía conserva una cripta extraordinaria que constituye su joya más preciada. Pese a ser de datación temprana, el románico no es tan primitivo y casi salvaje como en Leire, sino que su extensión, las más grande que yo he visto nunca, su perfección formal, su triple nave y su ábside sustentado por gruesos baquetones que se unen en un punto, impresiona y emociona a la vez. La iglesia superior resulta interesante, pero resulta más convencional, con la novedad de que a partir del crucero su nave principal desapareció y el edificio fue cerrado con una portada neorrománica en el siglo XIX. Una torre flamígera, esbelta y robusta a la vez, cierra el conjunto.

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Vista de la torre flamígera de la iglesia de San Eutropio

 

Justo al lado, un anfiteatro romano bien conservado nos habla del esplendor de la Galia romana. Reconforta ver a un grupo grande niños visitando el monumento. Ellos serán sus mejores defensores para el futuro.

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Vista general del magnífico anfiteatro de Saintes, reflejo del esplendor de la Galia romana

Otra gran tirada de autobús nos permite acercarnos hasta el valle del Loira. Allá se encuentra Angers, entre el Maine y el Loira, nuestro destino deseado tras la larga marcha.

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El empaque algo vetusto de nuestro hotel resulta palpable en esta cariátide de la fachada

 

Un libro especialmente oportuno

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Titulo: La fragilidad de un legado: patrimonio industrial de Navarra

Autoras: Amaya Apraiz (coord.), Ainara Martínez y María Romano

Editorial: Gobierno de Navarra

Páginas: 461

Precio: 22 euros

El cuidado y conservación del patrimonio, especialmente del navarro, es uno de los temas recurrentes en mis colaboraciones en prensa. En un escrito titulado “En defensa del patrimonio industrial”, publicado en DN el 14 de septiembre de 2017, decía: “Pero si la conservación del patrimonio es globalmente razonable, no puede decirse lo mismo de un ámbito que lo tenemos tan cercano como minusvalorado, el patrimonio industrial. Navarra no ha tenido una gran tradición en este ámbito, pero la poca que hemos tenido apenas la hemos valorado. Hemos salvado algunos bienes muebles, hoy en el museo etnológico Julio Caro Baroja, pero hemos dejado caer los inmuebles. La fábrica de municiones de Orbaitzeta, algunas chimeneas de azucareras y otras industrias, restos de fábricas de harinas y alguna nave industrial es todo nuestro panorama. El DN de ayer nos trae la última noticia de esta serie: está a punto de derribarse el gran silo de Potasas en Noáin, ejemplo paradigmático del despegue industrial de la Navarra de los años sesenta del pasado siglo. Me uno a los que piden su conservación. Tal vez no tenga valor estético, pero su potencia monumental en medio del paisaje de la cuenca recuerdan el hacer de una época que ya es historia”.

A la vista de lo anterior, comprenderán ustedes la alegría y el interés que me suscita la crítica de este libro, sin duda un hito en el estudio de nuestro patrimonio industrial.

El simple índice del texto nos permite apreciar su rico contenido. La Introducción nos sitúa en el contexto del patrimonio industrial, un campo muy reciente que en un primer documento, la carta de Nizhny Tagil (2003), definió este patrimonio, identificó sus valores y fijó los criterios generales para su mantenimiento, conservación, presentación e interpretación; y en un segundo, los Principios de Dublín (20111), reconoció la naturaleza única del patrimonio industrial, así como las debilidades y amenazas que le afectan.

El primer capítulo, titulado “los cuatro pilares de la industria”, estudia los componentes básicos de este patrimonio: el patrimonio mueble, el patrimonio construido, el patrimonio documental y el paisaje industrial como una categoría específica del paisaje cultural.

Los cuatro capítulos siguientes repasan los ámbitos en los que este patrimonio industrial se manifiesta con mayor empuje: los paisajes ferroviarios, los vinculados en torno al agua, los paisajes agrícolas y forestales, y los vinculados a la piedra y el hierro.

Una bibliografía prácticamente exhaustiva de lo publicado y una relación de archivos consultados, cierra el volumen.

El libro, como las autoras dejan sentado desde el comienzo, es una primera aproximación a las diversas manifestaciones que el hecho industrializador ha dejado en la Comunidad Foral. No solo en el patrimonio construido, sino en un todo conjunto que dota al estudio de especial interés, ya que incluye la maquinaria, la documentación y el paisaje generado en torno a la industria. Permite además acabar con la idea de que la industria tuvo en Navarra un carácter básicamente agroalimentario hasta bien entrado el siglo XX. Los ejemplos que se citan en el estudio resultan abundantes y palmarios.

Pero el estudio une a la calidad intrínseca de fondo, lo más importante, otras virtudes que no puedo pasar por alto. El texto se lee con fluidez, dada la ausencia de notas a pie de página, tan propia de los libros procedentes de tesis doctorales. Y su formato, presentación y diseño constituyen un acierto, se acomodan muy bien al tema tratado, y el diálogo entre texto e imágenes resulta especialmente atractivo.

Pocos peros se le pueden poner al libro, pero no me resisto a citar uno: ¿quiénes son las autoras? Parecería lógico haber aportado una referencia de su currículo científico y profesional, sin necesidad de recurrir a google para enterarnos de que las dos primeras son doctoras en historia del arte, las tres trabajan como técnicos en patrimonio industrial y son miembros de la empresa Ikusmira Ondarea, dedicada al estudio de este patrimonio, fundamentalmente en el País Vasco.

Esperemos que el texto sirva de acicate y estímulo para conocer mejor este patrimonio industrial y acrecentar la tarea de investigación, protección y difusión del mismo.

Diario de Navarra, 24/5/2019