En memoria de José Luis Albero

 Foto Albero

El pasado 15 de mayo, el Consejo Social de la Universidad Pública de Navarra tributó un merecido homenaje póstumo a José Luis Albero, fallecido en Pamplona el 9 de diciembre de 2013 a los 78 años de edad. José Luis Albero fue, de 1996 a 2006, vicepresidente del Consejo Social de la UPNA. Licenciado en Derecho y Económicas, era vocal por desginación de la Confederación de Empresarios de Navarra. En el acto, que tuvo más de reunión de amigos que de contenido institucional, nos dimos cita un buen número de los que compartimos con él las tareas propias del Consejo.

Tomó la palabra, en primer lugar, Fernando Redón, su compañero y amigo, que durante 10 años compartió mano a mano con él la nada fácil tarea de poner en marcha una institución de encaje complejo en la estructura institucional de la universidad española. A través de una serie de fotos, tuvimos la oportunidad de recordar su imagen siempre cálida, su presencia casi permanente en todos los actos de la Universidad y del Consejo, y constatar la fugacidad del tiempo.

Jesús Irurre, también compañero de tareas, glosó su lado humano con palabras de emoción contenida, ya que ambos han pasado por circunstancias familiares muy difíciles, que José Luis Albero intentó aliviar. Ese carácter jovial, pese a las dificultades, lo subrayó de forma especial Jesús Irurre en su intervención.

Tras unas palabras de la vicerrectora, Eloísa Ramírez, excusando la asistencia del rector por encontrarse ausente de Pamplona, tomé yo la palabra tratando de glosar el contenido de la placa que acompañaba a la pequeña maqueta de la biblioteca de nuestra Universidad, que fue nuestro recuerdo para su familia. Mi intervención se puede resumir en cuatro ideas: humanidad, actitud de servicio, ganar de saber y compromiso con el Consejo. La humanidad de José Luis, su bonhomía, fue un rasgo resaltado por todos, lo mismo que su actitud de servicio. Subrayé también sus ganas de saber, ya que en los últimos años lo he tenido como alumno del Aula de la Experiencia, tan importante para él, ya que tuvo la oportunidad de conocer a María, también alumna y hoy su viuda, con la que pasó unos inolvidables años. Finalmente glosé su creencia en el Consejo, una institución que me atreví a calificar de discutida ayer, necesaria hoy e imprescindible mañana. Que eso lo vieran claro tanto mis predecesores como él, dignifica a los tres.

La hija cerró el acto con palabras de recuerdo a su padre y de agradecimiento al Consejo por el pequeño memorial. Insistió en su vínculo con la institución, su sentido del deber y su entrega.

La modestia formal del acto no quita mérito ni importancia al mismo. El agradecimiento no es palabra que se decline con demasiada frecuencia entre nosotros. Y, sin embargo, dignifica a los que la practican y los hace radicalmente humanos. Si además, como es el caso, tiene como destinatario a los que entregan su trabajo gratis et amore en beneficio de la Comunidad, resulta especialmente obligada. En todo caso, fue un acto de estricta justicia. José Luis Albero se lo merecía.

 

 

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Tarsicio de Azcona

El padre Tarsicio de Azcona recibe el galardón en Leire

Permítanme que comience con una anécdota personal. Corrían los inicios de los noventa. El Gobierno de Navarra tenía instituida la Medalla de Oro de la Comunidad. Premiaba trayectorias de todo tipo, también las culturales, y eso nos permitió proponer a personalidades de talla indiscutible como José María Lacarra, Julio Caro Baroja, Angel Martín Duque y Alfredo Foristán, entre otros. Pero faltaba, a nuestro juicio, un premio que recogiera la trayectoria específicamente cultural de una serie de hombres y mujeres, nacidos en Navarra o vinculados a ella, que merecían tal reconocimiento. Con esta finalidad nació el premio Príncipe de Viana de la Cultura, que se otorgó por primera vez a un paisano y amigo del padre Tarsicio de Azcona, el historiador José Goñi Gaztambide. El acto, modesto y todavía sin la presencia de los Príncipes de Viana, se celebró en un ala del claustro de Leire y me tocó a mí glosar su vida y su obra.

Veinticuatro años después, el premio ha sido concedido a otro historiador, Jesús Morrás Santamaría, más conocido como el padre Tarsicio de Azcona. Se cierra así un ciclo en el que la cultura navarra tuvo en los clérigos uno de los sectores más sobresalientes. La historia, la música y la literatura son ámbitos en los que el número y la calidad de la obra vinculada a este sector brilla especialmente. La llegada de las universidades, la generalización de la enseñanza y la crisis vocacional son factores que explican el nacimiento de una nueva etapa, en las que el ámbito universitario tomará el liderazgo antaño casi monopolizado por el clero.

El premio al padre Tarsicio de Azcona me ha alegrado especialmente. A ello contribuyen razones personales: compartimos apellido, paisanaje, profesión y aficiones comunes. Pero, al margen de las citadas, hay una especialmente importante. El padre Tarsicio de Azcona es un historiador de cuerpo entero en el que convergen las virtudes de una abnegada profesión: es riguroso, discreto, cabal, generoso, lúcido e inasequible al desaliento. ¿Era razonable meterse en el avispero de las bulas pontificias a punto de cumplir los noventa años, en un contexto en el que la conquista e incorporación de Navarra a la Corona de Castilla corría el riesgo de ser utilizada como arma política más que como hecho histórico trascendente? Pues lo hizo y su último libro es, sin duda, un hito en la historiografía navarra de los últimos años.

Luis Javier Fortún, miembro del Consejo Navarro de Cultura y buen conocedor de la historia de la Iglesia en Navarra y de la obra del padre Tarsicio de Azcona, resumió perfectamente, al dar a conocer el premio, las cualidades que le adornan: calidad, rigor, minuciosidad y versatilidad. “Un historiador versátil, capaz de moverse con igual soltura en el escenario europeo, español, navarro y local”.

Desde el convento capuchino de Extramuros, un habitat ideal donde el silencio, una buena biblioteca y un excelente archivo tienen su asiento, el padre Tarsicio de Azcona ha compaginado sus tres grandes pasiones: su vocación religiosa, el amor a la docencia y el cultivo de la investigación. Y los noventa generosos años que Dios le ha concedido, este navarro de Yerri, un valle que rezuma por los cuatro costados historia viva, arte excelso, urbanismo definido y naturaleza pujante no los ha desaprovechado. La monarquía de los siglos XV y XVI, con figuras señeras como Isabel -monografía varias veces reeditada-, Fernando y Juana la Beltraneja, tan de actualidad tras la exitosa serie televisiva; la reforma de la Iglesia en tiempo de los Reyes Católicos; los asuntos relacionados con la conquista de Navarra; la historia de la orden capuchina y algunos de sus conventos; y amplias monografías sobre Azcona y el valle de Yerri, ejemplo cabal de historiografía local, son algunos de sus ámbitos más queridos. Así me lo rubricaba Lalo Azcona, el famoso periodista de la transición, hoy empresario de la comunicacion y presidente del Consejo Social de la Universidad de Oviedo, cuando hace unos meses le enviaba el libro “Azcona de Yerri” para que no olvidara sus orígenes navarros.

Sin duda que el acto de Leire será la culminación de una larga y fructífera vida. Pero no dudo que también disfrutará, y mucho, cuando se acerque hasta la basílica de la Virgen de Mendigaña, repleta de oros y oraciones, y recuerde sus primeros pasos y sus ancentros. Probablemente cerca, en la ermita de Santa Catalina, se topará con la media sonrisa de don José Goñi Gaztambide, que le susurrará al oido: ¡ya era hora!, ¡bienvenido al club! Enhorabuena. Sin duda, se lo merece.

Diario de Navarra, 15/5/2014

 

 

 

La epopeya de la fundación de Australia

Australia

Ojeando las novedades de la biblioteca municipal de Oteiza, cayó en mis manos un grueso libro titulado “La costa fatídica”. Versaba sobre la fundación de Australia y sus oscuros orígenes. Probablemente no me hubiera interesado si mi hijo Javier no estuviera desde hace un año por aquellos pagos. Mitad curioso y mitad agradecido al país que lo ha acogido, tierra que según él funciona como un reloj, inicié la lectura de un texto de naturaleza claramente histórica, fruto de una exhaustiva investigación y documentación, obra del australiano Robert Hughes, crítico de arte de la revista Time.

La contraportada del libro resume así su contenido: “Robert Hughes retorna en esta obra al país de su infancia para relatar la trágica historia de Australia. Con su brillante estilo característico se adentra en el oscuro origen de esta nación, que se remonta al sistema inglés de transporte de convictos. Entre 1778 y 1868 se sucedieron los viajes a través de los cuales se trasladó a cientos de miles de presidiarios hasta las lejanas costas australianas. Durante este periodo el territorio fue ante todo una enorme cárcel. A partir de documentos originales -cartas, diarios, papeles oficiales- Hughes desentierra ese impresionante pasado que durante mucho tiempo se prefirió ignorar”.

Es el propio Hughes, en el capítulo XVII “El final del Sistema”, el que nos realiza el balance. “El largo tormento del Sistema había terminado. ¿Qué se había conseguido? Podría ser grato afirmar que había fracasado por completo; que este antepasado no tan pequeño y no tan primitivo del gulag no disuadió a nadie en Inglaterra y no reformó a nadie en Australia (…) Los partidarios de la deportación tenían la esperanza de que ésta lograra, en términos generales, cuatro cosas: sublimar, disuadir, reformar y colonizar”.

No sublimó, porque las causas del delito estaban enraizadas en el propio sistema social: en la pobreza, la desigualdad, el paro y la miseria. Ser deportado al otro lado del mundo por robar alimentos y animales para el sustento, indica las radicales diferencias de clase existentes.

No disuadió a los potenciales delincuentes, ya que además de que el índice de delicuencia no disminuyó, era difícil convencer a las clases bajas de Gran Bretaña de que Australia era un lugar terrible al que había que evitar ir.

La reforma la consiguió en parte, gracias al sistema de asignación de reclusos a colonos, algo ya practicado en otras colonizaciones. Según Hughes el sistema de asignación fue, con mucho, la forma de rahabilitación penal más eficaz que se haya aplicado en la historia inglesa, americana o europea. La asignación fue la forma primitiva de la prisión abierta de hoy. Los dispersaba por el territorio y los mantenía trabajando en contacto con los libres. Era un trabajo duro, muy duro, pero fomentaba la confianza del individuo en sí mismo, le permitía aprender oficios y le otorgaba recompensas y compensaciones por desempeñar bien sus tareas.

El cuarto objetivo, la colonización sí que fue conseguido, con el resultado que conocemos: Exitosa en Nueva Gales del Sur y parcialmente fracasada en Tasmania.

¿Habrían actuado los australianos de modo diferente en algunos aspectos su su país no se hubiese colonizado como la cárcel del espacio infinito? Se pregunta Hughes. Y se responde: “Desde luego que sí. Habrían recordado más su propia historia. La empresa cultural obsesiva de los australianos era hace cien años olvidarla por completo, sublimarla, empujarla hacia los escondrijos más ocultos. Esto afectó a toda la cultura australiana”

Susan Sontag nos dice a modo de propagando en la contraportada q7e “Hughes cuenta una historia vívida, monumental y sorprendente como cualquier libro de Dickens o de Solzhenitsyn.. Pero esta historia era casi desconocida hasta la aparición de este magnífico libro”.

No es un libro de lectura fácil, pero, sin duda, como lo subtitula el autor, es la historia de la epopeya de la fundación de Australia. Una tierra lejana, desarrollada, libre, igualitaria y democrática. Una tierra que, no obstante, se permite ser absolutamente estricta con la emigración, y solo acepta extrajeros con visado de trabajo, y estudiantes, muchos estudiantes que, previo pago de carísimas matrículas, aprenden inglés en numerosas y bien montadas escuelas y pagan sus gastos ejerciendo la hostelería. Los hijos de los opresores, hoy forman parte de la masa laboral de los oprimidos. Aunque sea temporalmente.

Robert Hughes, La costa fatídica, Galaxia Gutemberg, Barcelona, 2002, 727 págs.

 

 

 

En defensa del trabajo parlamentario

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Jorge Urdánoz en su escaño en el Parlamento de Navarra

Tengo hacia Jorge Urdánoz respeto político, aprecio intelectual y simpatía personal. Tal vez porque yo fui como él un independiente en las filas del PSN-PSOE y, sin aparente mérito alguno y para sorpresa de muchos, fui escogido para formar parte del primer gobierno socialista.

Atento a la actualidad, leí con interés algunos de sus escritos en El País y el Diario de Navarra, recabé de amigos comunes opinión sobre su trabajo en los gabinetes de María Teresa Fernández de la Vega y Alfredo Pérez Rubalcaba, y me entrevisté en un par de ocasiones con él en las semanas inmediatas a las elecciones forales de mayo de 2011. Tras una evaluación positiva de todo ello, sugerí a Roberto Jiménez la posibilidad de contactar con él, de cara a la nueva etapa que se avecinaba. Aunque no fue una sorpresa, no dejó de extrañarme por lo generosa su decisión de proponerle como número 5 en la lista al Parlamento de Navarra. Viví muy de cerca los escasos meses que estuvo entre nosotros. Participó activamente en el diseño de la campaña, vivió de forma un tanto atípica la vorágine de los mítines y, sin cultura de partido, asistió con perplejidad al funcionamiento de un grupo parlamentario que sostenía a un difícil e inestable gobierno de coalición, sin aparente trabajo que realizar. Por eso, no me sorprendió excesivamente su dimisión. Pero que un ciudadano con residencia en Pamplona, renuncie a un sueldo de 2.800 euros y cierto prestigio social para pasar a ejercer de profesor interino de filosofía en el instituto de Tudela, no es nada habitual y merece, cuando menos, respeto.

Volví a saber de su vida el pasado 13 de abril, al leer una entrevista en el DN con motivo de la presentación de su nuevo libro. La entrevista no carecía de interés. Comparto algunas de sus reflexiones sobre los males que aquejan a nuestro sistema político y representativo, y creo que sus valoraciones ayudan a animar un debate necesario, en el que deben escucharse todas las voces. En lo que no estoy de acuerdo es en un titular que él, hombre perspicaz, debía de haber medido y matizado: “Dimití como parlamentario del PSN porque cobraba 2.800 euros por no hacer nada”. Tan rotunda fue la frase que el propio medio la hizo la frase de la semana, con su correspondiente comentario.

De bien nacidos en ser agradecidos y creo que a él le ha faltado la generosidad que el partido le dispensó en su momento. Sin duda tenía cualidades que le adornaban, pero no era ni catedrático, ni alto funcionario, ni intelectual de cabecera. Y sin embargo, el partido confíó en él. ¿No se preguntó nunca que para ir de número 5 otros fueron pospuestos y algunos con muchos años de militancia ni siquiera aparecieron en puestos de salida? Sin embargo, éstos que sí tenían cultura de partido -respeto a las decisiones de la dirección, disciplina, solidaridad- aceptaron la propuesta y trabajaron para que la lista al Parlamento tuviera el mejor resultado posible. Por supuesto, él tenía el puesto asegurado desde el momento de su inclusión, una ventaja a su favor de las listas cerradas.

No participo ni en el fondo ni en la forma de su lapidaria frase: trabajar por no hacer nada. Él conoce muy bien la dinámica parlamentaria. No es lo mismo trabajar en la oposición que sostener al gobierno. Y a él, hay que reconocerlo, le tocaron unos meses especialmente poco activos, porque al comienzo de la legislatura se unió el periodo veraniego y una cierta perplejidad en el funcionamiento. Puedo dar fe de ello, porque era compañero de escaño y compartí muchas de estas perplejidades y reflexiones. Si hubiera permanecido, probablemente le hubiera pasado como a mí, que de defender con cierta dificultad algunas decisiones con las que no coincidía en su totalidad, se hubiera visto liderando la oposición en materia de cooperación al desarrollo con gran satisfacción personal y tranquilidad ideológica, aunque le supusiera un trabajo añadido. Es decir, el control e impulso al gobierno, ni más ni menos lo que corresponde realizar a la oposición. De ahí que mi percepción sea distinta. Yo, que perteneci a su grupo parlamentario, creo haberme ganado honradamente el sueldo, con más satisfacción, eso sí, en la oposición que sosteniendo al gobierno.

La reflexión de Jorge Urdánoz, llevada a su expresión máxima, nos llevaría a dos cosas: o bien a anular los grupos parlamentarios que sostienen a los respectivos gobiernos, sean del color que sean, independiente del país al que nos refiramos, o bien a reducir drásticamente la representación, en línea con lo que propugnan algunos partidos muy alejados de su adscripción ideológica. No se me oculta que estoy simplificando la cuestión, pero la brevedad del texto me impide matizar más mi posición. Todo ello sin dejar de reconocer los vicios de funcionamiento interno de los partidos, ámbito en el que queda mucho por mejorar.

Creo, en definitiva, que es de justicia defender el trabajo parlamentario, elemento esencial en un sistema democrático, aunque en éste, como en todos los órdenes de la vida, haya buenos, malos y regulares. La mayor parte se ganan honradamente el sueldo. Los que no, que vayan tomando nota. Su tarea es demasiado importante como para que estén perdiendo el tiempo. Ellos no sé, pero la ciudadanía navarra no debería permitírselo.

Diario de Navarra, 4/5/2104

 

El G9, juntos para avanzar

Grupo G9La Universidad es una añeja institución educativa surgida al calor del renacimiento de la vida urbana en plena Edad Media. En nuestro país, las hay con viejas raíces históricas como Salamanca, Valladolid o Alcalá (origen de la actual Complutense de Madrid), todas del siglo XIII; otras aparecieron en el renacimiento como  Barcelona, Santiago, Valencia, Sevilla o Zaragoza;  un tercer grupo está constituido por las nacidas en los siglos siguientes, especialmente en el siglo XIX, época en la que el sistema educativo público de corte liberal se consolidó en nuestro país; un grupo de autónomas y polítécnicas nació a finales del franquismo y primeros años de la transición; y finalmente, el quinto grupo lo constituyen las nacidas en plena etapa democrática, encabezadas por la Universidad Pública de Navarra, modelo y pauta en su puesta en práctica, en buena medida, para las que llegaron después.
Hoy el sistema público está generalizado y todas las capitales de provincia disponen de su campus universitario. Pero en la etapa de globalidad en la que ya estamos inmersos, estas universidades necesitan agruparse  no solamente para poder avanzar, sino incluso para poder sobrevivir. La semana pasada, en un seminario de internacionalización de las universidades madrileñas en el que tuve la ocasión de participar, dos expertos internacionales fueron categóricos: la universidad del futuro deberá reunir, al menos, dos características para subsistir: ser internacional y esta agrupada en entes mayores. De ahí la importancia de un proyecto en el que está inmersa la Universidad Pública de Navarra, el campus Iberus, declarado de excelencia internacional, en el que participan las cuatro universidades del valle medio del Ebro: La Rioja, Pública de Navarra, Zaragoza y Lleida.
Las universidades en España tienden a relacionarse directamente con las de su mismo entorno geográfico. Andalucía, Cataluña, Madrid, Galicia o Castilla y León constituyen comunidades autónomas que disponen de varias universidades. Pero hay algunas regiones que presentan una particularidad: sólo disponen de una universidad pública en su territorio, al margen de su extensión y ubicación de sus campus. Este es el origen del Grupo 9 de Universidades,  una asociación sin ánimo de lucro formada por las universidades públicas de Cantabria, Castilla La Mancha, Extremadura, Islas Baleares, La Rioja, Pública de Navarra, Oviedo, País Vasco y Zaragoza. Estas instituciones suman un total de 226.000 estudiantes, y representan el 20 % del alumnado del sistema universitario español. El grupo fue constituido en 1997. Tiene como objetivo social común promover la colaboración entre las instituciones universitarias asociadas, tanto en lo que respecta a las actividades docentes e investigadoras como a las de gestión y servicios.
Para servir de cauce a la conexión entre sociedad y Universidad, nacieron los Consejos Sociales. Constituyen, por tanto, un órgano colegiado de participación de la sociedad, a través de sus diversos sectores, en el gobierno y la administración de la Universidad. Tiene importantes funciones en materia económica, como la aprobación del presupuesto y la supervisión de las actividades de carácter económico, y en el desarrollo institucional, como la participación en la planificación estratégica y la emisión de informes vinculantes para la puesta en marcha de nuevas titulaciones. A este órgano también le compete promover la colaboración de la sociedad en la financiación de la Universidad, y el fomento de las relaciones de la Universidad con su entorno social y económico

En 2008 comenzó la colaboración entre los presidentes y secretarios de los Consejos Sociales de estas Universidades, para favorecer la comunicación entre los mismos, debatir propuestas comunes, propiciar la mutua colaboración, y promover iniciativas que redundaran en beneficio de todos. Con la pretensión de relanzar el grupo, el pasado 1 de abril, presidentes y secretarios volvimos a reunirnos en la Universidad de Zaragoza para debatir asuntos de interés común. El diagnóstico de la situación fue global y ampliamente compartido y quisimos concretarlo en unas primeras reflexiones  del máximo interés enviadas al Ministerio de Educación y a los gobiernos de las respectivas Comunidades Autónomas: la necesidad de abordar sin dilación la agenda de reformas del sistema universitario español, la pertinencia de un horizonte estable de financiación, y la urgencia de flexibilizar las medidas que impiden a las universidades sustituir las vacantes por jubilación.
El buen hacer del Consejo Social de la UPNA, ampliamente reconocido a nivel nacional, llevó finalmente a la elección de su máximo responsable como nuevo presidente del G9 de Consejos Sociales para los dos próximos años. Sirva esto de reconocimiento a la tarea realizada por los dos anteriores presidentes, Fernando Redón y Jesús Irurre, y el resto de los vocales, que nos obliga a los actuales a continuar y mejorar el buen camino emprendido. El trabajo y el ánimo están garantizados. Espero que también nos acompañe el acierto.

Diario de Navarra, 2/5/2014

Urbanismo sostenible

GuendulainVista de la conurbación de Pamplona desde Guenduláin

Dicen los expertos que, si miramos la macroeconomía, parece que nos aproximamos al final de la crisis. No deja de ser una cruel ironía señalarlo en un día en el que la EPA del primer trimestre nos deja para España la cifra de casi 6 millones de parados -el 25,9% de la población activa- y para Navarra la insoportable cifra de 53.800 desempleados -el 17,1%-, sin que nos consuele el hecho de ser la Comunidad con menor tasa de paro de nuestro país.

Esta ya larga crisis creció al calor del boom inmobiliario en el que Navarra también se vio inmersa. Una crisis en la que ganaron mucho unos pocos, y perdimos todos los demás. Pero si hay una actuación que ejemplifique como ninguna lo disparatado de la situación, ésa es Guenduláin, de la que hemos vuelto a tener noticias este mismo mes.

Pamplona, una ciudad que alberga en torno al 30% de la población de Navarra, dispone de un término municipal relativamente reducido y en buena medida urbanizado. De ahí que los núcleos periurbanos pegados a la capital hayan visto desbordarse sus entornos hasta el punto de constituir un todo uno con la propia ciudad. Es el caso de Burlada, Villava, Huarte, Noáin, Cizur, Berriozar y Ansoáin. Tras este primer perímetro, les llegó el turno a los pequeños núcleos de las cendeas de la Cuenca. Mendillorri, como solución planificada de urgencia, en los ochenta y Sarriguren, la gran actuación de las dos décadas siguientes, son los ejemplos más significativos de esta etapa. Pero la cosa no quedó ahí. Alentados por la supuesta escasez de pisos y con el señuelo de la vivienda social, se planificaron otras ciudades dormitorio que, sobre el papel, no contaban con las ventajas del suelo público de los anteriores y presentaban nuevos inconvenientes. El Plan Sectorial de Incidencia Supramunicipal (PSIS) de Guenduláin es el ejemplo paradigmático: 18.389 viviendas al pie de la Autovía del Camino, que convertía a este paisaje cerealista de las cendeas de Galar y Cizur, inicialmente previsto como cementerio comarcal y después cárcel, en la mayor ciudad dormitorio de Navarra, superior en habitantes a la propia Tudela.

Frente a una opinión positiva relativamente generalizada de partidos e instituciones hacia esa actuación, mantuve desde el primer momento una actitud crítica. Y todo ello por una razón de equilibrio territorial. Vivo desde hace 33 años en Oteiza y, desde entonces, sigo desplazándome casi todos los días a trabajar a Pamplona. He sufrido la vieja carretera, los arreglos de la misma y la planificación de la Autovía del Camino, y hoy, desde hace casi diez años, disfruto de las ventajas de un viaje cómodo, gratuito y seguro. Y he visto a lo largo de estos años, mejorar y aumentar los núcleos urbanos situados a la vera del Camino, y acercar y hacer apetecible la vida a las nuevas generaciones en los pequeños pueblos del entorno, animados por la cercanía a Pamplona. Todo eso, que en mi opinión es un claro ejemplo de buen equilibrio terrritorial, quedaba truncado con la urbanización de Guenduláin, un entorno situado en medio de la nada. Me permito recordar lo dicho en 2005 en esta misma sección: “La operación Guenduláin no es una más, sino probablemente la más importante de las noticias generadas este verano en nuestra Comunidad. Los tres millones de metros cuadrados comprados por la Asociación de Constructores Promotores de Navarra pueden permitir una operación de gran impacto que es preciso controlar (…) Queda, pese a todo, una cuestión previa por dilucidar: ¿le conviene al difícil equilibrio territorial de Navarra seguir concentrando población en el entorno metropolitano de Pamplona en demérito del resto del territorio? El debate está servido”.

Afortunadamente, casi una década después, estamos en el punto de partida. El Tribunal Superior de Justicia de Navarra acaba de anular el PSIS de Guenduláin por defectos de forma. Caben dos opciones: reiniciarlo o enterrarlo. Si priman los intereses generales, no tengo duda de la opción que debería elegirse, aunque en este caso pierdan los que tanto ganaron antaño. Pero el resultado final no es fruto del azar. Es de justicia reconocer la labor de las autoridades municipales de la cendea de Galar que, contra viento y marea, defendieron, ellos sí, un desarrollo sostenible. Aprendamos de los errores. La Navarra del futuro pasa por poner en valor la propia realidad de la ciudad, rehabilitar los barrios degradados, olvidarse de los macroproyectos, dar vida y servicios a los pequeños núcleos urbanos, y dotar al territorio de un urbanismo sostenible. Ironías del destino, la entidad promotora del plan se denominaba “Desarrollo sostenible”. Tal vez para hacer posible el primero, el segundo tenga que pasar a mejor vida. Que, al menos por una vez, la racionalidad se imponga al mercado.

Diario de Navarra, 1/5/2014