Turquía, entre Oriente y Occidente

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Biblioteca de Celso en Éfeso

En el artículo anterior les señalaba que me encontraba de viaje con mis alumnos del Aula de la Experiencia de la UPNA. Aunque ya hace casi tres lustros que colaboro con el programa, aprovechando mi situación de jubilado, desde hace unos años terminamos el cuatrimestre dedicado al arte antiguo y medieval con un viaje de estudios que nos permita admirar in situ ejemplos relevantes de lo estudiado. Los viajes anteriores nos llevaron a Sicilia y la Grecia continental. Pocos destinos resultan tan satisfactorios para un alumno interesado como estas regiones, que recogen una síntesis de casi todos los estilos, en el caso de Sicilia, y la quintaesencia del mundo clásico, en el caso de Grecia.

Este año, el destino intentaba abarcar el emblemático enclave de Troya; algunos de los grandes centros del mundo helenístico -caso de Mileto, Éfeso y Pérgamo-; y la ciudad de Estambul, síntesis de civilizaciones y culturas distintas por ubicación geográfica y vocación política y cultural, que la han convertido en uno de los centros urbanos más importantes del mundo.

Desde el punto de vista cultural y artístico, nuestra satisfacción ha sido plena. Ni las malas condiciones meteorológicas, con Mileto visitado con frío intenso y Estambul bajo paraguas, consiguieron enfriar el entusiasmo del grupo. Porque al inconveniente del tiempo se añadió la ventaja de la privacidad. Mileto fue todo nuestro por un buen rato, Éfeso distó mucho de ser una riada humana, sino un paseo peatonal para el disfrute del grupo, y Pérgamo y su complejo de Esculapio, el espacio donde las buenas voces de algunas de las componentes del viaje nos permitieron contrastar la calidad de la acústica, tan pregonada en los teatros griegos y romanos. ¿Y qué decir de Troya? Ni siquiera una pequeña horda de japoneses que llegaron y desaparecieron casi por ensalmo, consiguió entorpecer una visita que, aunque aparentemente pobre en los restos, de la mano de la Iliada y con las explicaciones de nuestra guía, nos permitió rememorar a dioses y héroes, arqueólogos y cineastas, y artistas y escritores de ayer y de hoy.

Y finalmente, Estambul. Si París bien vale un misa, Constantinopla y Bizancio, redivivas en la actual Estambul, constituyen una visita que debía ser obligada para cualquiera que desee conocer nuestra historia y sus conexiones con oriente. Al enclave geográfico, absolutamente extraordinario, ejemplificado en el Cuerno de Oro y el Bósforo, la ciudad une un patrimonio inigualable, con monumentos señeros situados en la cima del arte universal: entre otros, la siempre sorprendente Santa Sofía, tan audaz en su planteamiento como bella en sus proporciones; la mezquita de Solimán el Magnífico, obra de Sinan, uno de los grandes arquitectos de todos los tiempos; o los mosaicos de San Salvador en Chora, llenos de vida, riqueza y exquisitez técnica en sus pequeñas dimensiones.

Pero un país no es solo su pasado, sino su presente y su futuro. Y el de Turquía, una verdadera potencia en ciernes con casi 100 millones de habitantes, presenta algunas asignaturas pendientes. El país ha progresado mucho desde el punto de vista económico. La megalópolis de Estambul, con casi 20 millones de habitantes, las infraestructuras viarias y el desarrollo turístico son buena prueba de ello. Pero, al igual que en España, la diferencia entre regiones y entre el mundo urbano y rural, no solo decrece sino que se acrecienta grandemente. Además, este desarrollo económico no está acompasado con un desarrollo político y social, que ha retrocedido en los últimos años. La radical separación Iglesia-Estado, promulgada por Ataturk, el padre de la actual nación turca, sufre la involución representada por Erdogan, con una deriva cada vez más conservadora y autoritaria. Mucho tendrán que cambiar las cosas para que la Unión Europea, reticente a un país que representa una potencia demográfica de tradición islamista, se avenga a su ingreso en la Unión.

Pero un país joven, con una tasa de natalidad todavía alta y una población femenina que demanda apertura y nuevos horizontes, tiene necesariamente futuro. Convendrá, por tanto, tenerlos muy en cuenta. Son puerta de entrada a inmigrantes procedentes de una región del mundo especialmente explosiva y dique de contención de un islamismo radical, que llega a sus fronteras.

Si pueden, visítenlo. Es uno de los grandes destinos del mundo y no les defraudará. Así lo acreditan los alumnos del Aula de la Experiencia, incluida Ana, con sus 81 años, que paseó su vitalidad y entusiasmo por lugares que, me decía, quedarán para siempre en su retina.

Diario de Navarra, 24/1/2019

 

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Mucho más que el libro de regalo para Reyes

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Ficha técnica

Tìtulo: Palacio Real de Olite 1869

Autores: Juan Iturralde y Suit, Aniceto Lagarde e Ignacio J. Urricelqui Pacho

Editorial: Gobierno de Navarra

Lugar y fecha de edición: Pamplona, 2018

Páginas: 125 el texto, y 13 láminas

Precio: 40 euros. La caja contiene el texto en forma de libro y las 13 láminas individualmente presentadas

Uno de los monumentos más emblemáticos y representativos del patrimonio histórico-artístico de Navarra el castillo-palacio de Olite, obra maestra de la arquitectura civil gótica de los siglos XIV y XV. Fruto de las sucesivas guerras y de la incuria humana, el monumento llegó a mediados del siglo XIX convertido en una auténtica ruina. En 1869, Juan Iturralde y Suit, en el seno de la Comisión de Monumentos Históricos y Artísticos de Navarra, elaboró un detallado informe que fue enviado a la Academia de Bellas Artes de San Fernando, al que añadió, en unión de Aniceto Lagarde, 13 artísticas láminas con planos, cortes y alzados del mismo. Todo este material original se encuentra hoy en el Museo Lázaro Galdiano de Madrid.

En el año 2006, el Gobierno de Navarra realizó dos ediciones separadas de la obra. Por un lado, un libro titulado Palacio Real de Olite 1869, con la memoria y las láminas, y un amplio y documentado estudio de Ignacio J. Urricelqui titulado “El romántico despertar de las ruinas del Palacio Real de Olite. Los trabajos de Juan Iturralde y Suit y Aniceto Lagarde”. En él se abordan dos cuestiones principales: la imagen romántica del patrimonio, -el dolorido sentir por las ruinas de Navarra- en frase de Urricelqui, y el estudio de la salvación del Palacio de Olite, como emblema del antiguo reino. Por otro, una tirada separada de las 13 hermosas láminas, ejemplo de un trabajo que oscila entre el valor documental y la evocación poética.

Los restos de la edición de ambos materiales, libro y láminas, se presentan ahora con acierto en un todo conjunto. Mi consejo es que los lea y. si puede, los regale. En el mejor sentido de la palabra, será un obsequio verdaderamente real.

Diario de Navarra, 4/1/2019

El Museo del Prado en su bicentenario

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Desde el bachillerato, he sentido una especial predilección por la historia y el arte, que me han acompañado a lo largo de mi vida y me han proporcionado muchos momentos buenos y algunos inolvidables. El artículo que están leyendo ustedes lo escribí la semana pasada, recién comenzado el año, ya que hoy, 10 de enero, me encuentro visitando Mileto, Pérgamo y Troya con mis alumnos del Aula de la Experiencia de la UPNA, en el viaje programado a las ciudades griegas del Asia Menor y Estambul.

Uno de los primeros libros de arte que recuerdo haber leído fue Tres horas en el Museo del Prado, de Eugenio D’Ors, un agudo y selecto recorrido por la pinacoteca, que me deslumbró. Me sorprendió entonces, y me sigue sorprendiendo ahora, que caso de tener que salvar un solo cuadro por un hipotético incendio, D’Ors se decantara por “La dormición de la Virgen”, un pequeño cuadro de Mantegna, todo rigor, geometría y exquisitez pictórica. He vuelto muchas veces al Prado, solo o acompañando a grupos, y ha sido para mí el lugar predilecto de Madrid en mis visitas a la capital.

Hace unas semanas, los suscriptores del DN recibíamos, junto con el periódico del día, un folleto titulado “El Museo del Prado. Bicentenario 1819-2019”. En él se contenía una glosa inicial de la efemérides, una doble página con algunas de sus obras maestras que constituyen un tesoro universal, una cronología con las principales etapas de su historia, una serie de cifras relevantes, y un mapa de España con las 3.244 obras repartidas por todo el territorio en 255 instituciones, de las que 11 se encuentran en nuestra Comunidad.

El Museo Real del Prado se inaugura reinando Fernando VII, en un edificio previsto inicialmente como Museo de Historia Natural, obra del arquitecto Villanueva. Que un monarca tan infame como Fernando VII sea el creador del Prado no redime su figura, pero dulcifica un legado ciertamente oscuro. El museo pasó de ser “real” a ser “nacional” con la revolución liberal de 1868. Abordó reformas, inició las exposiciones temporales, fue salvado de las bombas con una evacuación durante la guerra civil, conoció nuevas ampliaciones y una política de adquisiciones y depósitos durante el franquismo, y llegó a la época democrática con un fondo formidable, pero graves carencias. Hoy, tras la cada vez menos discutida ampliación de Moneo, y la próxima reforma del Salón de Reinos del antiguo Palacio del Buen Retiro, el Prado se presenta como un museo moderno, a la altura de los mejores del mundo. Un museo del que todos los españoles deberíamos sentirnos legítimamente orgullosos, porque además de recoger buena parte de lo más selecto de nuestro patrimonio pictórico, es probablemente la institución cultural más representativa de nuestro país ante el mundo.

La colección del Prado está formada hoy por casi 8.000 pinturas y cerca de 1.000 esculturas, de las que están expuestas más de 1.700 obras. Atesora obras de 5.000 artistas y posee las colecciones más numerosas e importantes del mundo de Velázquez, con 55 obras; de Goya con 1.249 obras entre pinturas, dibujos y estampas; Rubens, con 96; y El Bosco, con 8 obras. En 2018 ha recibido 3 millones de visitas, que con toda seguridad se superarán este año con el bicentenario.

La programación extraordinaria, con este motivo, es especialmente significativa: actuaciones en torno a la colección, exposiciones temporales, el programa de préstamos “De gira por España”, uno de los cuales recalará en el Museo de Navarra, nuevas publicaciones, encuentros nacionales e internacionales, el programa “El Prado para todos” que busca acercar el museo a sectores sociales marginados, un nuevo fondo documental, programas de investigación y educación, fomento de la visita y mejora de la atención, programa específico de música y cine, y finalmente la rehabilitación y adecuación museística del Salón de Reinos.

Pero no lo olviden ustedes: el verdadero acontecimiento no es el bicentenario, sino el museo en sí. Las más valiosas exposiciones no son las temporales, sino la colección permanente, esa que está a nuestro alcance durante todo el año. Perderse en sus salas, disfrutar de los autores, sorprenderse con sus obras, puede hacer de cualquier día de 2019 una jornada inolvidable. Elijan si pueden las horas menos concurridas y no traten de abarcarlo todo. El Prado exige espíritu abierto, dosificación y paciencia. Opten por el banquete, no por el atracón. Y no se preocupen, las obras no caducan. Probablemente en materia artística, no habrá regalo igual en todo el año.

Diario de Navarra, 10/1/2019

 

Política cultural para después de una guerra

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Ficha técnica

Título: La Institución Príncipe de Viana. Creación y política cultural, 1940-1948

Autora: Mercedes Mutiloa Oria

Editorial: Gobierno de Navarra

Lugar y fecha de edición: Pamplona, 2018

Páginas: 626

Precio: 20 euros

El título, obvio es decirlo, está sugerido por la conocida película, Canciones para después de una guerra, del realizador Basilio Martín Patino. ¿Es posible que aquel periodo hostil, sectario y ramplón en casi todos los órdenes, pudiera producir resultados plausibles en el ámbito cultural? La respuesta la tienen ustedes en este libro: Si, es posible. A la vista de lo conseguido, me atrevería incluso a pensar que la salvaguarda del patrimonio fue uno de los pocos ámbitos en los que el decenio de los cuarenta, tan duro y oscuro en casi todos los órdenes, presenta un balance positivo.

El reino de Navarra llegó a comienzos del XIX con un importante patrimonio histórico-artístico acumulado a lo largo de los siglos. Pero el desarrollo de éste, con la guerra de la Independencia, las sucesivas guerras carlistas y los procesos de desamortización religiosa y civil, fue especialmente dañino. El proceso de salvaguarda y recuperación del patrimonio lo llevó a cabo en Navarra, al igual que en el resto de las provincias españolas, la Comisión de Monumentos Históricos y Artísticos, puesto en marcha por el gobierno central. Su importante tarea está magníficamente estudiada por Emilio Quintanilla Martínez en su libro La Comisión de Monumentos Históricos y Artísticos de Navarra, editado por el Gobierno de Navarra en 1995.

Al año siguiente de acabar la guerra, la Diputación Foral de Navarra creó la Institución Príncipe de Viana como instrumento para atender la defensa y custodia del patrimonio navarro y activar el desarrollo cultural de la región. Con una encomiable continuidad familiar, ya que el padre de nuestra autora, José María Mutiloa Poza, catedrático de Geografía e Historia en el instituto Padre Moret de Pamplona con quien compartí docencia, había dedicado su tesis doctoral a la Desamortización eclesiástica en Navarra, Mercedes Mutiloa abordó su estudio en una tesis doctoral que presentó en la Universidad de Navarra en 2006. Doce años después -nunca es tarde si la dicha es buena- el estudio acaba de ver la luz, con el título La Institución Príncipe de Viana. Creación y política cultural, 1949-1948. Con minuciosidad y pulso firme, necesario para no perder el rumbo entre tanta documentación administrativa, la autora divide el libro en cuatro grandes capítulos. El primero está dedicado al nacimiento de la Institución Príncipe de Viana. Se analiza y desgrana la creación, objetivos y competencias de la institución; la organización interna; y las relaciones con el resto de instituciones civiles y religiosas.

El segundo capítulo es el más importante cuantitativa y cualitativamente hablando. Bajo el título de “La protección del patrimonio histórico artístico de Navarra. La sección de monumentos de la Institución Príncipe de Viana”, analiza la configuración, atribuciones y fines de la sección de monumentos; y las intervenciones sobre el patrimonio civil y el de la Iglesia. A lo largo de 200 páginas, encontramos por primera vez una pormenorizada relación de las intervenciones efectuadas. Y uno, que ha vivido de cerca la gestión de esta política cultural, se queda pasmado ante la relación de lo intervenido: castillos de Olite y Javier, Comptos, inicio del Museo de Navarra, acueducto de Noáin, conjuntos catedralicios de Pamplona y Tudela, Roncesvalles, Leire, Irache, Iranzu, La Oliva, Tulebras, claustro de Los Arcos, San Pedro de Olite, claustro de San Pedro de la Rúa de Estella, Ujué, Santa María de Sangüesa, pórticos de Ochovi, San Martín de Unx y Gazólaz, por citar algunos de los más relevantes. ¡Y todo en ocho años, y en la década de los cuarenta!

Los otros dos capítulos, pese a no tener la potencia del anterior, presentan también un gran interés. El tercero está dedicado al patrimonio bibliográfico y documental, fundamentalmente la Biblioteca General y el Archivo General de Navarra. Y el cuarto, al patrimonio mueble, sobre todo al Museo de Navarra.

Bienvenido sea un libro que analiza la primera etapa de la conocida como Institución Príncipe de Viana, sin duda, el instrumento cultural más importante del que se ha dotado Navarra a lo largo del siglo XX. Cabe esperar que en los próximos años podamos conocer las sucesivas etapas, que desearíamos tuvieran el rigor, la minuciosidad y el buen hacer del libro que ahora presentamos.

Permítasemos una observación bienintencionada. Echo en falta un capítulo de conclusiones, que ayude a sintetizar un texto de más de 600 páginas, lo que no obsta para felicitar efusivamente a la autora. Su padre, estoy seguro, estaría muy orgulloso de ella y de su obra.

Diario de Navarra, 4/1/2019

Escurrir el bulto

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En los días previos a la Navidad, una fotografía publicada en el Diario Vasco, con los principales dirigentes institucionales del País Vasco -Andoni Ortuzar (PNV), Arnaldo Otegi (Bildu), Idoia Mendia (PSE-PSOE) y Lander Martínez (Podemos-Euskadi) cocinando y brindando en una sociedad gastronómica donostiarra, provocó una auténtica polvareda. Al día siguiente, José María Múgica, hijo de Fernando Múgica Herzog, abogado y dirigente socialista asesinado por ETA en 1996 en San Sebastián, solicitó la baja del partido. “No en mi nombre. Te ruego tramites mi baja del PSOE”, fue la reacción de Múgica tras salir a la luz aquella foto.

Una semana después del suceso, la líder del PSE-PSOE ha publicado un artículo en su página personal de Internet, titulado Nuevos fariseísmos, nuevos populismos, en el que reconoce que “han sido días duros, en los que he tenido que leer y escuchar acusaciones gruesas que no me afectan en lo personal, porque una ya ha visto de todo a estas alturas”.

Idoia Mendía se refugia en la trayectoria casi heróica de su partido que es el mío, para cuestionar las críticas que ha recibido. Mendia reconoce que las críticas “me indignan en la medida que cuestionan, muchas veces desde la cómoda distancia, el compromiso ético y democrático del partido que lidero, de mis compañeros y compañeras, de una organización centenaria que ha tenido que aguantar lo que no está escrito por hacer política en este país”.

“No nos lo merecemos”, dice Mendia en su escrito. Pero, a mi juicio, no es esa la cuestión. Nadie cuestiona, que yo sepa, la trayectoria del partido, sino su decisión de comparecer con Otegi en el reportaje, con lo que ello supone de intento de blanqueo de una trayectoria abominable. Lo más honrado por su parte hubiera sido pedir perdón, o al menos disculpas por el error cometido y la afrenta producida a muchos de sus compañeros. Una pena que la secretaria general del partido en Euskadi no haya aprovechado la ocasión para rectificar. Cuanto más tarde en hacerlo, más ahondará la brecha con una buena parte de su partido y de su electorado.