La foto y el mensaje

 

La noticia de portada de los periódicos regionales de ayer, 30 de agosto, la constituyó el encuentro de la presidenta del Gobierno de Navarra, Yolanda Barcina, con los consejeros, directores generales, jefes de gabinete y gerentes de las empresas públicas, en un acto inédito hasta ahora en el periodo democrático. El valor de la convocatoria reside en su carácter simbólico. La presidenta habla y todo el equipo directivo escucha. La inasistencia del vicepresidente primero, Roberto Jiménez, de visita a Madrid en su condición de secretario general del PSN-PSOE, dio robustez a una imagen que en circunstancias normales probablemente hubiera tenido que compartir. Un tanto, una foto muy del gusto de Yolanda Barcina, tendente a intentar sacar petróleo político incluso de donde no lo hay.

Otra cosa es el mensaje. ¿Alguna novedad? Ninguna que nosotros sepamos. Que hay que ponerse las pilas, funcionar a pleno ritmo, procurar no entorpecer y tratar de hacer más con menos, por referirme solo a algunos de los subtítulos de la noticia, no dejan de ser lugares comunes que cabe esperar tengan interiorizados todos los componentes de los respectivos equipos departamentales.

En todo caso, me parecieron especialmente oportunas dos alusiones de la presidenta: invitar al conjunto de personas allí reunidas a conocerse físicamente y dialogar, cuestión previa para facilitar un buen engranaje; e invitarles también a leer detenidamente el acuerdo de gobierno entre UPN y PSN. Ni unos ni otros deben olvidar que este gobierno es de coalición y que el programa que deben ejecutar contiene aportaciones de las dos fuerzas políticas. Esta mixtura es la fuerza y la debilidad de este ejecutivo. El balance final dependerá, en gran medida, del esfuerzo y lealtad que unos y otros aporten para su cumplimiento.

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El nuevo San Telmo

 

Este peculiar verano foral, caracterizado en lo político por la configuración del nuevo gobierno de coalición, en lo económico por la omnipresencia de la crisis, en lo social por el calendario festivo, en lo religioso por la celebración de la Jornada Mundial de la Juventud y en lo climatológico por unos calores poco habituales por estas latitudes, está tocando a su fin. En quincenas precedentes, hemos visitado dos enclaves próximos con propuestas relevantes en el ámbito cultural: Tarazona y Alfaro. Hoy les propongo cerrar el ciclo con una peculiar visita a una ciudad próxima, familiar y entrañable para casi todos nosotros, San Sebastián.

No ponderaré, por innecesaria, la belleza intrínseca de la ciudad ni su vinculación al fenómeno cultural, entendido éste en facetas ya consolidadas. Además de la propuesta gastronómica permanente, a lo largo del verano la ciudad encadena tres festivales de primer nivel: el de jazz, la Quincena Musical Donostiarra y el de cine. Y por si todo esto no fuera suficiente, San Sebastián-Donostia ha sido elegida, no sin polémica, Capital Europea de la Cultura 2016, nominación a la que también aspiraba Pamplona y que obtuvo tan escaso eco como penoso resultado.

Desde el año 1902, en pleno casco antiguo y debajo del monte Urgull, la ciudad ha albergado el museo más antiguo de Euskadi. Ubicado en un antiguo convento dominico del siglo XVI y dedicado a la historia de la ciudad, el museo apenas recibía visitantes. Estoy seguro que casi podría contar con los dedos de una mano los navarros que han franqueado su hermosa fachada. Y eso a pesar de que la lluvia nos ha estropeado en no pocas ocasiones nuestros planes y nos ha dejado sin programa alternativo.

Pues bien, el viejo y obsoleto San Telmo, tras más de cuatro años de obras y casi 30 millones de euros, ha experimentado una radical transformación.

El antiguo convento ha sido rehabilitado por completo. Y al edificio histórico se han añadido nuevos espacios diáfanos al interior y dotados de una textura exterior sugerente y porosa en la que los líquenes empiezan a tomar su asiento. Piedra, madera y cristal envuelven los 11.000 metros cuadrados de recorrido con un itinerario que incluye audiovisuales y muestras actuales de carácter temporal.  La institución ha sido definida como Museo de la Sociedad Vasca y Ciudadanía. La exposición permanente se divide en cinco espacios desiguales en amplitud e interés: historia y desafíos, signos de espiritualidad, huellas de la memoria, colección histórica de arte y despertar de la modernidad. A mi juicio, sobresale la colección histórica de arte, presentada de forma didáctica y divulgativa. Su recorrido nos permite realizar un rápido repaso a la historia de la pintura de los siglos XV al XIX con presencia de autores -aunque sea a través de obras menores- como El Greco, Tintoretto, Ribera, Rubens, Beruete, Fortuny o Madrazo, además de los más destacados artistas vascos.

La ampliación está dedicada a nuevos espacios imprescindibles en una moderna concepción museística. Junto a un amplio hall de entrada, sobresalen el salón de actos, la biblioteca, el aula didáctica y los grandes espacios para exposiciones temporales. La inaugural, titulada “6 mil millones de Otros” es un inquietante vídeo-instalación plástica y humanista que nos presenta al “Otro”, el retrato de esa humanidad encontrada en múltiples caminos.

Todavía una última novedad. El convencional bar-comedor de otros museos se ha convertido aquí en una propuesta gastronómica de lujo: el Bokado-San Telmo. Como verá no falta de nada. Si me permite una sugerencia, hágale un hueco en su próxima visita. El continente, los contenidos y el entorno merecen la pena.

Diario de Navarra, 25/8/2011

Xabier Lete en Arantzazu

 

El 4 de diciembre de 2010 fallecía Xabier Lete, cantautor y poeta. Su muerte fue muy sentida porque, además de excelente artista, era una buena persona. Le dediqué un breve post en el que recordaba nuestra etapa de responsables de cultura, él de Gipuzkoa y yo de Navarra, nuestra vieja y espaciada amistad y la imagen de hombre culto, sensible y comprometido que traslucía en todas sus actuaciones.

El pasado 11 de agosto, acompañado de mi buen amigo Javier Rozas, asistí en Arantzazu al concierto-homenaje que la Quincena Musical Donostiarra dedicaba a su figura. Nos recibió José Antonio Echenique, alma de la Quincena, otro viejo amigo común con el que compartimos proyectos culturales en los años ochenta.

Nuestra primera sorpresa fue el ambiente del homenaje. 1300 personas abarrotaban la basílica dotando al entorno de un calor físico, humano y espiritual digno de encomio.

El concierto fue muy peculiar. En la primera parte, la Coral de Cámara de Pamplona interpretó algunas de las composiciones musicales que más gustaban a Xabier Lete. Él mismo dejó constancia de ellas en sus escritos: “Hay músicas que, cada vez más, me emocionan muchísimo. La música es, entre todas las artes, la más misteriosa y hay en ella latentes unas fuerzas y unas emociones que en otras artes yo no encuentro”. Curiosamente, algunas de estas composiciones él las vincula con Navarra, donde sea en Bera o en Ujué, quedó subyugado con su música. La Coral, dirigida por Josep Cabré, interpretó la Misa pro defunctis de Tomás Luis de Victoria y el Ave Verum y el Laudate Dóminum de Mozart. El rigor, la musicalidad y el buen momento artístico de la coral quedaron patentes, una vez más, en un entorno propicio al recuerdo emocionado de Xabier Lete y Lourdes Iriondo.

La segunda parte fue un expreso homenaje al cantautor en el que se interpretaron y vivieron una parte de sus canciones más significativas. Sus colegas y amigos, Antton Valverde, Pier Paul Berzaitz, Amaya Zubiria, Petti, Erramun Martikorena y Joxan Artze pusieron voz al sentimiento que invadía la inmensa nave de la basílica. Era emocionante ver cómo, a la menor indicación, el auditorio cantaba la estrofa y vivía lo que el intérprete indicaba. Lástima que mi desconocimiento del euskera me impidiera vivir en plenitud el momento de comunión espiritual que el acto desprendía. Porque, eso sí, allí no hubo más lengua que el euskera. Solo la ayuda del programa de mano nos permitió seguir un acto que, pese a todo, fue bello y emocionante.

Salimos de Arantzazu, caída ya la tarde y a punto de cerrarse la luz entre montañas. A Xabier le hubiera gustado el homenaje. Un homenaje convertido en recuerdo emocionado y agradecido que, en una tarde radiante de este agosto que se acerca a su día más rutilante, la Asunción de la Virgen, le dedico también yo modestamente desde este vientre fértil de la tierra cálida, que así definió él a la Navarra Media.

La fiesta barroca

Las grandes exposiciones vinculadas al patrimonio artístico, afortunadamente, ya no son un hecho excepcional en nuestro país. El modelo ya clásico de “las edades del hombre”, pionero en esta iniciativa, se ha extendido a otras comunidades autónomas y las grandes restauraciones suelen culminar con un evento en el que patrimonio mueble e inmueble se presentan a la consideración y disfrute de la ciudadanía de forma secuenciada, pedagógica y multidisciplinar.

Una las Comunidades que se ha unido a esta corriente es La Rioja. Con el nombre de “La Rioja Tierra Abierta”, son ya cinco las ediciones organizadas para mostrar distintas facetas del patrimonio. La última, objeto del presente artículo, se encuentra instalada en la ciudad de Alfaro, justo al lado de nuestra muga foral. La colegiata de San Miguel es un imponente edificio barroco de ladrillo levantado a lo largo de los siglos XVII y XVIII. Probablemente, su elemento más interesante y significativo sea la fachada, dotada de triple entrada, galería alta y torres a ambos lados, ejemplo perfecto de la escenografía propia del momento. Emblema del barroco riojano, en los últimos años ha sido objeto de un importante proceso de recuperación patrimonial que ha afectado a la cabecera del templo, las capillas, las pinturas murales, el órgano, la sillería del coro y las torres, como elementos más significativos, aunque no únicos.

Pues bien, aprovechando este preciso momento, toda ella en su interior ha dado paso a una exposición que, con el nombre de “La Fiesta Barroca”, recrea el ambiente del siglo XVII y la participación de los diferentes estamentos -monarquía y Corte, clero, milicia y estado llano- en la vida y en las celebraciones, desde una sofisticada coronación hasta los festejos más populares, pasando también por conmemoraciones religiosas y militares. Sobresalen, entre otros, la indumentaria, con réplicas de grandes cuadros de autores como Van Dyck, Bronzino y Pantoja de la Cruz; las formidables tallas de Gregorio Fernández, sobre todo los arcángeles Miguel, Gabriel y Rafael; algunos retablos y la gran sillería del coro.

Como suele ser usual en estas manifestaciones, los contenidos expositivos se completan con un amplio programa de actividades que incluyen conciertos, rutas teatralizadas y un tren turístico hasta los sotos, enfocado al disfrute de las aves, no en vano la colegiata alberga la mayor colonia de cigüeñas de Europa sobre un único edificio. La vista de cerca de sus nidos en la subida a la torre o la visión general de las aves desde cualquier banco de la plaza de España, situada los pies del templo, tampoco tiene desperdicio.

La fiesta no termina en Alfaro. Corella, distante pocos kilómetros, es la ciudad barroca por excelencia de Navarra, con una buena colección de iglesias, conventos y edificios civiles. A fin de completar la perspectiva, el lector interesado podrá pasar del amplio pero discreto interior de la colegiata riojana a la exuberante y profusa decoración de la parroquia navarra, también dedicada a San Miguel, que alcanza su apoteosis en el retablo y la cúpula, con ángeles y demonios que parecen caer hacia el presbiterio en una solución absolutamente teatral.

Si pueden, hagan un hueco a esta fiesta en su calendario estival. Tras sus respectivas restauraciones, los dos conjuntos visten sus mejores galas.

Diario de Navarra 11/8/2011

Los enamoramientos

En la segunda quincena de julio he alternado la lectura del “tiempo entre costuras” de María Dueñas con la última novela de Javier Marías. Es este un autor al que he seguido mucho en su faceta de articulista -admiro su buen estilo, su independencia y su falta de prejuicios-, pero menos en su bien nutrida faceta de novelista. Las veces que lo he intentado reconozco que he tenido dificultades para llegar hasta el final. Lo mismo me ha sucedido en esta ocasión. Pero no sé si por vergüenza torera, por militancia literaria o por ser de la misma quinta, el caso es que en esta ocasión la lectura ha sido culminada con éxito.

De entrada conviene señalar que Marías no es un autor fácil, y este libro tampoco lo es. Su prosa, larga y bien construida, es propia de un autor sólido y cuajado, como el maduro Marías que la ha concebido. El sentido reflexivo que anima todas sus páginas, que aparentemente lastra la lenta cadencia de los acontecimientos, no invita a devorar apresuradamente las páginas como si de una novela de éxito se tratara. Y el tema principal del libro, el enamoramiento y lo que conlleva, capaz de lo mejor y lo peor, tampoco ayudan a que la narración tenga la fluidez de las novelas al uso.

Sin embargo, el libro me ha gustado por otros motivos: hay sabiduría literaria en todas sus páginas, el buen conocedor de la literatura y excelente traductor aflora en muchos de sus párrafos, y las reflexiones y vivencias aparentemente cotidianas fluyen sin especial dificultad.

Lo que sí me ha sorprendido en el autor es un final tan poco trágico. Todo apuntaba a una posible venganza, pero el amor tuvo, también en esta ocasión, un efecto redentor: “El empeño de los hombres suele ser el contrario, sin embargo, aunque tantas veces fracasen: grabar a fuego esa flor de lis que perpetúe y acuse y condene, y acaso desencadene más crímenes. Seguramente ese habría sido también mi propósito con cualquier otra persona, o con él mismo, de no haberme enamorado tiempo atrás, estúpida y silenciosamente, y todavía quererlo hoy un poco, supongo, a pesar de todo y todo es mucho”.

En definitiva, a mi juicio, una novela densa, reflexiva y de no fácil lectura. Y, pese a las dificultades, una buena novela, que es lo importante.

El tiempo entre costuras

El otro día, Juan Gracia Armendáriz, autor al que admiro, hacía algunas reflexiones sobre las lecturas de verano y señalaba que él no era partidario de “tiempos entre costuras” o cosas similares. Lamento no estar de acuerdo con él en esta ocasión. A mí, tras una inicial resistencia, el libro me ha gustado y me ha entretenido. Y subrayo la distinción porque tengo entre manos otro en este momento que, reconociendo que pertenece a uno de los grandes, no lo he podido digerir con facilidad.

No es mi propósito realizar una exégesis literaria ni profundizar en las virtudes y defectos de un texto largo, complejo y por momentos ciertamente farragoso. Pero creo que en sus páginas hay una prosa limpia y bien escrita, una interesante historia, un personaje singular trazado con pulso firme y una buena recreación histórica. No sé si son ingredientes suficientes para configurar una obra maestra, pero la novela se sostiene con mucha dignidad y atrapa a un lector que no busque artificios literarios ni sofisticadas reflexiones, sino una historia bien narrada trufada de elementos complementarios que le dan variedad y colorido.

En este peculiar julio que hemos disfrutado, María Dueñas y Sira Quiroga me han acompañado y hecho pasar muy buenos ratos, y mediante esta pequeña reseña dejo constancia de ello.