De senectute política (y II)

Olalla

“Principios de la democracia ateniense: isonomía, la igualdad política; isegoría, la igualdad en el uso de la palabra; parrhesía, la virtud de atreverse a emplearla para decir la verdad; boule, a voluntad de participación en lo común; eunomía, la vocación de la ley por la justicia; diké y aidós, el sentido de la justicia y el de la vergüenza; repartidos por la divinidad a todos como fundamento de la soberanía; dikaiosyne, la justicia en sí misma, cuya falta es el ùnico mal verdadero; seisachtheía, la supresión de las deudas que conducen a la esclavitud; eleos, la piedad, esa otra igualdad ante el dolor y la desgracia ajenos, prueba de que existe la dignidad humana; paideia, en su sentido del cultivo permanente de a personalidad y de sus facultades; aristeia, la excelencia como proyecto personal y colectivo; eleutheria, la libertad como atributo inalienable del ser humano; eudaimonia, la felicidad como realización plena de la persona y como razón de ser del Estado” (pág. 37)

“Hoy, el dinero mando sobre la economía, la economía sobre la política, y la política, de forma coercitiva, se impone sobre la sociedad y la naturaleza” (pág. 44)

“Muchas son las cosas formidables, pero nada hay más formidable que el hombre”. Coro de Antígona (pág. 47)

“Ser viejo, Marco, ya no será lo mismo que ha sido hasta hace poco. Y tampoco ser joven, porque seremos jóvenes durante mucho tiempo, y las cosas que teníamos por propias de la juventud serán también de otras edades avanzadas. Más que una sociedad envejecida, seremos una sociedad insólita de jóvenes de todas las edades, con pocos niños, de momento, y esperemos que pocos ancianos decrépitos. Y esa longevidad inexplorada traerá consigo un desafío enorme que no será científico, sino ético y político: un cambio de mentalidad profundo tanto a nivel social como a la escala íntima de cada uno de nosotros mismos” (pág. 55)

“No hay democracia más segura y más justa que aquella que confía los cargos a los más capaces y otorga a los ciudadanos el control sobre ellos “ Isócrates (pág. 77)

“El reto político de regenerar la democracia no es labor exclusiva de seniores ni iuniores, sino de ciudadanos con libertad y conciencia. Algunos sin embargo temen que la longevidad de nuestro tiempo convierta nuestra democracia en una especie de gerontocracia retrógrada y abyecta. Yo creo que hemos dejado claro que la virtud no está reñida con la edad, pero si fuera necesario demostrar que los vientos retrógrados que hoy soplan por el mundo no salen de un coro de ancianos, bastaría decir que en esta Europa nuestra -donde la cuarta parte de la gente ha superado ya el noveno climaterio-, los organismos de gobierno, las cúpulas de los partidos, el cuerpo judicial y los centros donde se toman decisiones dan a esa población fe edad avanzada una representación mínima o nula” (pág. 79)

“Si hemos sabido imaginar un ars senendi como parte inherente y natural de un ars vivendi, ¿no deberíamos imaginar también un ars moriendi como pieza cabal que lo completa y lo consuma? ¿Cómo afrontar bien este trance? ¿Qué sería sensato pedir ante la muerte? Si quieres que responda, Marco, pediremos que tarde; pero que, llegado el momento, no se demore demasiado. Que no se ensañe con nuestra indefensión. Que no nos obligue a partir sin tiempo de haber dado lo bastante. Que nos regale la ocasión de disponernos ante ella, Y que no nos sorprenda lejos de los que amamos” (pág. 85)

Yo humildemente pienso que, si lo que desaparece con la muerte es la conciencia de la individualidad, decidir sobre dejar o no la vida es potestad legítima del individuo, un dilema ético que atañe en exclusiva a su persona y al uso de su libertad para actuar sobre sí mismo” (pág. 87)

Si he de compendiar para mí, en una sola idea, todo lo que hemos dicho acerca de este empeño, llamado mal o bien senectus politica, me quedo con “crecer haciéndome mejor”. Voluptate animi nulla potest esse maior, Marco: No puede existir un placer mayor para el alma. Cura tu valeas” (pág. 89)

 

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De senectute política. Carta sin respuesta a Cicérón (I)

Senectute

“Es precisamente esa otra consolación ante la vejez (…) lo que me mueve a mí (…) a dirigirte ahora esta larga misiva desde Atenas (…) Tú has dejado claro en tu obra, al hablarnos de que las dificultades de la vejez no provienen tanto de la edad como del carácter y de la actitud vital de las personas, que envejecer es, en alto grado, un empeño ético; y yo deseo ahora que reflexionemos sobre si el hecho de que nuestra sociedad esté o no organizada y facultada para posibilitar dicho empeño no hace del envejecer, también, un propósito político”.

La senectud ha existido desde que el hombre existe, pero a diferencia de lo que ocurría en tiempos de Cicerón, nuestras sociedades han perdido la capacidad de pensar en la vejez sin asociarla a la decrepitud. En esta carta sin respuesta , Pedro Olalla entabla un vívido diálogo con Cicerón y pretende probar – y creo que lo consigue- hasta qué punto el paso del tiempo no siempre significa decadencia.

Las 95 páginas de que consta constituyen una densa reflexión sobre la vejez y el papel de la senectud en la conformación de una sociedad inequívocamente democrática, no sólo en las formas, sino sobre todo en el fondo de lo que tal expresión significa.

A continuación, subrayaré algunas de las ideas expresadas en el libro que más me han llamado la atención.

“Sé que tu hermoso diálogo entre Catón, Escipión y Lelio lo escribiste no porque la vejez sea buena, sino tú bien lo sabes, para que la vejez sea buena” (pág. 11)

“Envejecer es, en un alto grado, un empeño ético. Pero no basta para una buena vida ser buen autor de la biografía propia, sino también ser coautor y bueno, de la biografía colectiva” (pág. 13)

“Fuiste servidor de todas las virtudes políticas y humanas que sostuvieron en tu tiempo la Res publica: auctoritas, nobilitas, dignitas, veritas, libertas, aequitas, iustitia, firmitas, laetitia, fides, pietas, humanistas” (pág. 14)

“A decir del propio Pitágoras, los cielos, la tierra y todo lo que está sobre ella están llenos de sietes; y que las fases de la luna se rigen por el número siete, y así también los movimientos de los cuerpos celestes y la música y las edades del hombre y de su cuerpo. Hipócrates, Solón y otros sabios nos cuentan que la vida humana se encuentra dividida, a modo de escalones, en tramos de siete años, y que el punto más crítico del tránsito entre ellos es el cierre del noveno tramo, que por eso conocen como el gran climaterio, el año en que empieza la vejez propiamente dicha” /pág. 15)

“Era el irrepetible Galeno quien decía que no es viejo quien tiene muchos años, sino quien tiene mermadas sus facultades; y, si hemos de atenernos a esta idea, que me parece sabia, debemos convenir que lo justo para definir la vejez no es hacerlo con fronteras numéricas -que dejan fuera al que, tal vez, ya es viejo, e incluyen con frecuencia al que aún no lo es-, sino atendiendo a ese criterio de degeneración y pérdida. Así entendida, Marco, la temible vejez -que no la edad tercera- es el efecto cruel de perder con el tiempo facultades primordiales que precisamos para ser autónomos y plenos. Así, si no me engañó, la vejez, esa carga más pesada que el Etna, no comienza al cruzar el umbral de una edad: comienza, en realidad, cuando otros toman el lugar de uno; cuando uno, tristemente, pasa de ser su propio soberano, capaz de servirse a sí mismo y dueño de unas facultades plenas, a verse dependiente de otro, incapaz de valerse, y privado de aptitudes que tuvo y que nunca recuperará. Espectro deplorable de mí mismo, como dijo en Colono el viejo Edipo”. (pág. 17-18)

“Llegar a la vejez mejor. Creo que ese es el reto del que, pensando en nuestra senectud, debemos extraer nuestro lema de vida: Senescere addiscentem Envejecer aprendiendo, como diiste tú acordándote del viejo Solón. O como dijo él de si mismo:cada día envejezco aprendiendo. Aprendiendo, ganando, haciéndome mejor”. (págs. 22-23)

“Creo que hemos dejado clara la injusticia del discurso de todos cuando, por pereza y por miedo, asociamos a la tercera edad, sin discriminación ni reflexión serena, la pérdida de facultades esenciales, la enfermedad, la decadencia intelectual, la inutilidad, el aislamiento, la renuncia al disfrute, el empeoramiento del carácter y -de forma especial- el conservadurismo político, la inflexibilidad moral y la querencia hacia el inmovilismo” (pág. 34)

Mil y una muertes

 

Sergio2

Los grandes premios literarios suelen suscitar en mí, lector errático e intermitente, el deseo de conocer algo de sus autores. Así ocurre con los premios Nobel o los Cervantes. Este año, el Cervantes recayó en Sergio Ramírez, escritor nicaragüense.

Las personas de mi generación vivieron con interés e incluso entusiasmo el final de la dictadura de Somoza y el acceso al poder de los sandinistas, entre los cuales emergían dos poderosos intelectuales como Ernesto Cardenal y Sergio Ramírez. Pero aquella revolución que tanto entusiasmo suscitó, en el contacto con la dura realidad centroamericana, pronto perdió sus aura intachable, el desapego de algunos de sus líderes valiosos, hasta devenir en una cruenta dictadura en la que el otrora comandante Ortega no ha dudado en masacrar a su pueblo para mantenerse en el poder.

Sergio Ramírez, claro, rotundo y ponderado, denunció dicha situación en el acto celebrado en el mes de abril en Alcalá, y aprovechó su discurso para ofrecer el premio a los jóvenes que estaban muriendo por una Nicaragua en libertad.

Pues bien, en este contexto, la biblioteca de Estella situó en el apartado de novedades la novela Mil y una muertes, publicada por el autor en 2004. La he leído con interés y cierto desconcierto, porque no he acabado de captar el caleidoscopio que Ramírez nos ofrece. Un fresco donde Flaubert, Turguéniev, George Sand, Chopin, y el omnipresente Rubén Darío toman vida de la mano del fotógrafo Castellón, hilo conductor de las diferentes historias.

Me han sorprendido gratamente las muchas lecturas que soportan la novela, el lenguaje utilizado, que prueba la extraordinaria riqueza del español del otro lado del mar, la exuberancia de las imágenes utilizadas y la prosa florida de Ramírez, no sé si homenaje a su autor de referencia, Rubén Darío. Tal vez haya entendido poco, dado la complejo de la narrativa empleada, pero he disfrutado mucho con una lectura que me ha hecho viajar de un lado al otro del Atlántico, por situaciones poco usuales y a veces disparatadas.

¿Ficción o realidad, lo aquí narrado? Tal vez la respuesta esté en el epitafio de Xavier Villarreal que abre el libro: Duerme aquí, silencioso e ignorado/ el que en vida vivió mil y una muertes/ Nada quieras saber de mi pasado./ Despertar es morir. ¡No me despiertes!

Ficha bibliográfica: RAMÍREZ, Sergio, Mil y una muertes, Alfaguara, Cali, 2004.

 

La fiesta del chivo

Acabo de terminar la lectura de una novela que me ha impresionado hondamente por una doble razón: su continente y su contenido.

El continente es un cofre donde la buena literatura aparece magníficamente guardada y expuesta a la vez. Me ha sorprendido la riqueza del lenguaje, con todos los modismos propios del habla dominicana, que engrandece al conjunto de la lengua española. Una riqueza que va desde el lirismo al más crudo realismo en escabrosas descripciones de la desenfrenada vida sexual, adolescentes incluidas, del generalísimo Trujillo. Es de destacar el ritmo de la narración, que te atrapa desde el primer momento, saltando de las escenas familiares de Urania “disparatado nombre que sus padres le infligieron al nacer”, a la descripción del ambiente político del Santo Domingo del dictador Trujillo o la preparación del magnicidio con las consecuencias que comportó. Todos los recursos de Vargas Llosa, que son muchos, se ponen al servicio de una historia que atrapa, estremece y enfada a partes iguales. Sólo al final, cuando todo está ya contado y a uno le parece que ya no queda nada por decir, el autor introduce unas páginas durísimas en las que Urania, la hija del senador Cabral infelizmente caído en desgracia, es ofrecida a Trujillo con solo catorce años y con el consentimiento de su padre para satisfacer los deseos del Padre de la Patria, un anciano de 70 años que se resiste a aceptar la inexorable consecuencia de sus años. Ese acto de vejación impecablemente narrado, marcará su vida afectiva, frustrada y frustrante, pese a sus éxitos profesionales.

Y junto con el continente, el contenido. Dudo que pueda haber una historia más vívida de la época del Santo Domingo trujillista que la novela de Vargas Llosa. Toda la corrupción del régimen, las drásticas diferencias sociales, el sometimiento a la voluntad del Jefe, la miseria moral acumulada, la doble vida de la clase dirigente, el escaso valor de la vida sujeta al capricho de los que mandan, aparece expresada con nitidez. La novela trasciende además el periodo al que se refiere para convertirse en un fresco que refleja en buena medida el periodo en el que toda la América hispana estuvo dominada por dictaduras militares, gobiernos de pandereta sometidos a los intereses de las compañías extranjeras o de los Estados Unidos directamente.

El libro, además de recibir todos los elogios, ha sido elegido por un centenar de escritores, editores, agentes y otras personalidades de la cultura, la novela española del siglo XXI, dado que fue publicada en el año 2000. Obviamente, queda mucho siglo por contar, pero ésta, sin duda, se une al elenco de las obras que llevaron a Vargas Llosa al merecido Premio Nobel que recibió en 2010.

En todo caso, hoy mismo en El País, Juan Cruz glosa los que en su opinión son los cinco libros esenciales del escritor: El pez en el agua, La verdad de las mentiras, La ciudad y los perros, Conversación en La Catedral y Piedra de toque I, II y III. Dado el crédito que me merece Juan Cruz los tendré en cuenta. El placer de la escritura con Vargas Llosa está asegurado.

Ficha bibliográfica: VARGAS LLOSA, M., La fiesta del chivo, Alfaguara, Madrid, 2006.

 

Nada es lo que parece

Canción dulce

A lo largo de esta semana que acaba de terminar he leído un libro y he visto una película que me gustaría comentarles brevemente. El libro, Canción dulce de Leila Slimani, ganó el prestigioso premio Gongourt en 2016. Frente al impresionante bagaje económico del Planeta -600.001 euros-, el Goncourt contrapone sus modestos 10 euros de premio, aunque está rodeado de un aura de prestigio al que acompaña una tirada de ejemplares muy nutrida. La película, El autor, dirigida por Martín Cuenca y protagonizada por Javier Gutiérrez, también ha obtenido premios y buena crítica, sobre todo la interpretación del protagonista, que está soberbio.

Tanto en el libro como en la película, los protagonistas son dos personas caracterizadas por su bondad, dedicación y ayuda al otro. Pero en ambos, sin necesidad de destripar las tramas, se ocultan personajes especialmente complejos.

El estilo directo, amable y descriptivo de la novela se va llenando progresivamente de sombras hasta acabar de una forma totalmente inesperada. Louise, la niñera, se convierte en una figura imprescindible en un hogar con dos padres absorbidos por el trabajo y dos niños que la consideran más que su segunda madre. Y esta interdependencia cada vez más explícita acaba en un drama en el que se confunden amor y asesinato.

El protagonista de la película, obsesionado por ser escritor de verdad, no autor de novelas de éxito como su esposa de la que se separa, decide contar la vida de sus nuevos vecinos en el piso de alquiler que ha ocupado en Sevilla. Para conseguir material para su novela no repara en medios: espía al matrimonio de inmigrantes, vecinos suyos; se lía ocasionalmente con la portera para conseguir información de primera mano de los vecinos; y entabla relación con el militar jubilado, que tiene mucho dinero guardado en la caja fuerte de su casa. Su amabilidad es impostada, y solo es un medio para conseguir material para su obra. Aprovechando la mala situación económica del matrimonio inmigrante induce el asesinato del militar hasta que finalmente se produce. Pero le sale el tiro por la culata. La portera lo delata, el matrimonio lo incrimina utilizando su caja de herramientas y todo ello lo conduce a la cárcel.

Son dos formas exitosas de abordar lo complejo de la condición humana. Dos obras que, además de pasar una buena velada, dan que pensar. Lo cual no es poco en los tiempos que corren.

Ficha bibliográfica: SLIMANI, L., Canción dulce, Cabaret Voltaire, Barcelona, 2017.

 

 

Examen de ingenios

Caballero

El bajonavarro Juan Huarte de San Juan editó en 1575 en Baeza, de donde era médico titular, una obra de gran éxito en su tiempo: Examen de ingenios para las ciencias. Precursora de ciencias varias, entre otras la psicología diferencial, se propuso con ella mejorar la sociedad, seleccionando la instrucción más adecuada a cada persona según sus aptitudes físicas e intelectuales derivadas de la constitución física y neurológica específicas de cada una. Así lo explica él mismo: “Considerando cuán corto y limitado es el ingenio del hombre para una cosa y no más, tuve siempre entendido que ninguno podía saber dos artes con perfección sin que en la una faltase y, porque no errase en elegir la que es natural estaba mejor, había de haber diputados en la República, hombres de gran prudencia y saber, que en la tierna edad descubriesen a cada uno su ingenio, haciéndole estudiar por fuerza la ciencia que le convenía y no dejarlo a su elección, de lo cual resultaría en vuestros estados y señoríos haber los mayores artífices del mundo, no más de por juntar el arte con la naturaleza”. Dado lo avanzado de algunas teorías, la obra tuvo problemas con la Inquisición que obligó a expurgarla para poder seguir editándose en España y Portugal.

Casi cuatrocientos cincuenta años después, José Manuel Caballero Bonald acaba de reunir “un centón de retratos de escritores y artistas hispánicos que me han atraído por alguna razón y a los que he tratado de manera asidua o eventual”. El hecho de que el título de este libro copie el del muy divulgado tratado de Huarte de San Juan no tiene otro sentido que el de una oportuna coincidencia onomástica, señala el autor, que deja claro desde el principio que “la perspectiva de las semblanzas no pretende ser lisonjera, tampoco desapacible, o sólo a cuenta de alguna sobrevenida mordacidad. Siguiendo un poco la tónica de otros ejemplos afines, me ha tentado la idea de retratar a los escritores y artistas elegidos valiéndome de unas pinceladas de índole retórica, pensando sobre todo en que se trataba de unos textos de muy preciso acomodo en los márgenes de la literatura. O sea, que aparte de soslayar la definición de semblanza en sentido estricto, mi propósito nunca dejó de estar regulado por mis particulares nociones sobre el arte de escribir. Lo cual tampoco ha desplazado del texto propiamente dicho alguna que otra disquisición relativa al carácter de la obra del autor correspondiente”.

El resultado es un libro brillante, chispeante e instructivo del que me gustaría subrayar algunas características.

La primera, y tal vez más importante, es la propia calidad de la escritura. Las semblanzas son una excusa perfecta para componer verdaderos retratos con la técnica de la pincelada suelta que, en unas pocas páginas, utilizando la anécdota, el ingenio y la buen pluma permitan al lector acercarse al personaje en cuestión.

Pese a la larga vida del autor, ya superados los 90 años, sorprende la nómina de los retratados, ya que aquí están buena parte de los literatos más representativos del siglo XX, vinculados a los grupos generacionales de 1898, 1914, 1927, 1936 y 1950, además de pintores, músicos y cantantes.

Tal como nos anunciaba en su prólogo, las pinceladas no son lisonjeras, tampoco desapacibles, aunque abunden las mordacidades revestidas de buen decir. Es obvio que al nonagenario Caballero Bonald no le preocupa gran cosa la respuesta de los autores, casi todos ellos ya fallecidos, pero sin duda que el libro no pasa por alto rasgos, hechos y dichos que subrayan el carácter de muchos de los artistas, propensos a excesos y ruindades como el común de los mortales.

El autor, hombre desprejuiciado, cae sin embargo en algunos de los tópicos que pretende combatir. ¿Por qué tanto interés en subrayar la homosexualidad de no pocos de los autores, como si esto fuera necesariamente un rasgo esencial para su producción literaria?

El libro supone también un particular selección de obras de la literatura del siglo XX. Él, que conoce muy bien la obra de casi todos ellos, no duda es subrayar los libros que le parecen esenciales de cada uno y aquellos que han resistido especialmente bien o mal al paso del tiempo, lo cual tiene su interés.

No son pocas las ideas y frases ingeniosas que aparecen diseminadas por el texto. Subrayo algunas.

Finaliza así su semblanza de Bergamín: “Acaso le correspondía esa muerte, si es que la muerte puede corresponderse con alguien, incluso con alguien que consideraba que morir no es perder la vida, sino perder el tiempo”.

De José Antonio Muñoz Rojas señala: “Daba la impresión de que se parapetaba detrás de quien era realmente para sustituir al que no era. Nadie sabe las palabras que caben en un silencio, pronosticó en algún poema”.

A mi juicio, se trata de un texto de gran interés, oportuno para disfrutar a pequeños sorbos, con la ventaja de no tener que seguir ningún itinerario cronológico.

Ficha bibliográfica: CABALLERO BONALD, J.M., Examen de ingenios, Seix Barral, Barcelona, 2017.

 

 

Historia mínima de la Guerra Civil española

Historia2

No es la primera vez que tengo la oportunidad de comentar un libro de esta colección singular por varios conceptos: Se trata de obras de síntesis, elaboradas por autores prestigiosos y con claro afán divulgativo no exento de rigor científico. Así han surgido la Historia mínima de España, de Juan Pablo Fusi, la Historia mínima del País Vasco, de Jon Juaristi, y la Historia mínima de Cataluña, de Jordi Canal, previamente comentadas.

En esta ocasión el libro trata de resumir un acontecimiento excepcional, que ha marcado como ningún otro la vida española del siglo XX: Historia mínima de la guerra civil española. La obra le ha reportado a su autor, Enrique Moradiellos, catedrático de historia contemporánea de la Universidad de Extremadura, muy justamente por cierto, el Premio Nacional de Historia 2017, el más importante galardón de su especialidad en nuestro país.

El texto intenta responder a las preguntas básicas que todavía nos formulamos hoy respecto a la guerra civil. Sin demasiado aparato crítico, pero con un conocimiento profundo de la bibliografía, Moradiellos divide el libro en ocho capítulos. El propio autor en el prefacio nos enmarca el objetivo: “este libro quiere ser una introducción panorámica sobre los antecedentes, curso, desenlace y significado histórico de la Guerra Civil librada en España durante casi tres años, entre julio de 1936 y abril de 1939. Fue una cruel contienda fratricida que constituye el hito trascendental de la hisotria contemporánea española, y está en el origen de nuestro tiempo presente, transcurridos justo ahora ocehnta años desde su comienzo. Y la obfra aspira a cumplir esa tarea informativa e interpretativa con elmayor grado posible de rigor historiográfico, dentro de las coordenadas propuestas por el historiador italiano Enzo Traverso que figuran al comienzo. Esto es: presentando en toda su complejidad los perfiles básicos del conflicto español que puso fin a la Segunda República y dio origen a la dictadura del general Franco, con sus pertinentes matices de luces y sombras, sin ánimo beligerante sectario, ni propósito maniqueo intencionado”.

Creo que el autor alcanza con creces los objetivos perseguidos y convierte el libro en una aportación singular que hace honor al título de la serie: una historia mínima -que no sencilla ni simple- que proporciona luz sobre lo sucedido y permite explicar razonablemente lo sucedido.

El capítulo II está dedicado a la Segunda República, titulada como “política de masas en democracia”. El capítulo III, el estallido de la guerra, recibe el titular de “un golpe militar parcialmente fallido”. El capítulo IV, dedicado a la reacción y militarización de la España insurgente, se subraya con la idea “la construcción de una dictadura caudillista”. El capítulo V, guerra y revolución en la España republicana se desarrolla bajo el epígrafe “del colapso del estado a la precaria restauración democrática”. El capítulo VII desarrolla la dimensión internacional, con una frase lapidaria ”el reñidero de toda Europa”. El capítulo VII dedicado al curso militar de la contienda se desarrolla bajo la idea de “de una guerra breve de movimientos a una guerra larga de desgaste”. Y finalmente, el VIII, dedicado a los vencedores y vencidos subraya “el coste humano de la Guerra Civil”. Todos los capítulos van precedidos de un párrafo introductorio que constituye un brevísimoy lúcido microrrelao de lo acontecido.

Una bibliografía básica, seleccionada de entre el inmenso caudal que la Guerra Civil ha generado, cierra el contenido del libro.

Aunque son muchos los libros recomendables, a partir de ahora habrá uno que recomendaré para todo aquel que quiera acercarse, con la perspectiva que dan los ochenta años transcurridos, a lo acontecido en la Guerra Civil. Es la mejor prueba del interés que a mi juicio tiene el libro de Enrique Moradiellos.

Ficha bibliográfica: MORADIELLOS, E., Historia mínima de la Guerra Civil española, Turner, el Colegio de México, Madrid, 2016.