J.M. Coetzee. Desgracia

Coetzee

La Asociación de Antiguos Alumnos del Aula de la Experiencia (AULEXNA), dispone de una página web que recoge las múltiples actividades que realiza. Con motivo del confinamiento, en el que han debido suspenderse las actividades presenciales, ha incorporado una sección “El rincón del confinamiento” en el que nos invitaron a los profesores a incluir materiales que sirvieran a los alumnos en este periodo de permanencia obligada en casa. No somos pocos los que hemos colaborado en la iniciativa, con cuestiones variadas y, en casi todos los casos, de interés.

Uno de los profesores del curso es Ricardo Pita, que imparte literatura. Ávido lector, buen pensador y magnífico escritor, Pita recomendó una serie de libros para este tiempo de pandemia. Uno de los recomendados en Desgracia, obra de J.M. Coetzee, premio nobel de literatura. Animado por la sugerencia, me zambullí en la lectura del libro, que me fue interesando cada vez a medida que pasaba las páginas. No puedo ni mejorar ni siquiera igualar el escueto pero lúcido análisis que le dedica a la novela del escritor sudafricano. Pero ello no impide que la recomiende vivamente.

Profesor de universidad, divorciado, con una hija de la que apenas sabe nada y con una vida sexual inquieta que va de prostitutas a relaciones esporádicas que no acaban de satisfacerle, la desgracia es una expresión que va bien para definir el primer gran episodio con el que se inicia la novela: su expulsión como profesor de la universidad por mantener relaciones con una alumna y no querer retractarse de ello ante el tribunal que lo juzga. Pero esa es solo la primera de una cadena de desgracias que le acompañarán en los años siguientes. Entretejiendo la narración, dura, afilada, certera y nada amable social y políticamente, Coetzee nos habla de su país y sus diferencias -él, un blanco en un país mayoritariamente de negros-, las convenciones sociales, y la dura realidad de comportamientos tribales que no puede entender ni asimilar.

Mi primera aproximación a Coetzee ha sido un verdadero descubrimiento. Me parece una novela no fácil, pero altamente recomendable.

 

El jardín de los frailes

El jardín

Manuel Azaña, El jardín de los frailes, El País, 2003.

En 1926, Manuel Azaña se decidió a publicar íntegro un manuscrito que parcialmente había aparecido seis años antes en los cuadernos de La Pluma. “He puesto -señalaba en el breve prólogo del libro- el mayor conato en ser leal a mi asunto, respetando, a costa de mi amor propio, los sentimientos de un mozo de quince a veinte años y el inhábil balbuceo de pensar, en tal cruce de corrientes y tensión que en otro espíritu pudieran mover un giro trágico. No gusto yo, con afición egoísta, del tiempo pretérito. Me apiado de la mocedad verdadera, ignorante de su virtud: los placeres en proyecto son el origen del infortunio”.

Cuando los publicó, España se hallaba inmersa en plena dictadura de Primo de Rivera, y las fuerzas democráticas y de izquierda velaban armas para propiciar un cambio de régimen, que se alumbró 5 años después, con la proclamación de la Segunda República.

Todavía no había llegado el tiempo del Azaña político de primera fila, con altas responsabilidades en la gobernación del Estado, y memorables discursos en las Cortes que le acreditan como uno de los mayores tribunos que haya conocido nuestra historia parlamentaria.

El Azaña de El jardín de los frailes es el hombre intelectual que reflexiona sobre una etapa nada satisfactoria para él, los años vividos en el internado de los agustinos de El Escorial, dedicados a un aprendizaje memorístico y tradicional, en medio de una educación católica que dejó poca huella en su vida y le alejó de la Iglesia antes de dejar el monasterio que representaba mejor que ninguna otra cosa la España imperial, tan jaleada en aquellos días del fin de siglo, en el que se iban a perder las últimas colonias del imperio.

El soliloquio autobiográfico que Azaña nos propone es de una gran belleza. No es fácil traducir a buena literatura las pequeñas y menudas andanzas de un interno de buena familia de Alcalá, llamado a formar parte de la élite sociopolítica del país. Pero entre el día a día vulgar y anodino del colegio, situado eso sí en uno de los grandes edificios monumentales que ha dado la historia del arte, aparecen descripciones hermosísimas, un lenguaje exquisito, un castellano depurado y unos retratos de gran penetración psicológica.

Estamos ante el Azaña intelectual, que deberá ceder aparentemente su puesto al hombre de Estado, presto a la modernización de España. Y aunque lo segundo tal vez tape lo primero, nada podrá impedir que Azaña sea considerado unos de los grandes literatos clásicos del siglo XX. El jardín de los frailes así lo acredita.

 

El mundo de ayer

El mundo

Stefan Zweig, El mundo de ayer, Acantilado, Madrid. Disponible en e-book.

Acabo de terminar la lectura de un libro de envergadura, tanto en páginas, como en contenido. Son muchas las historias de la Europa del primer tercio del siglo XX, que incluye etapas tan interesantes como el colonialismo, la primera Gran Guerra, el periodo de entreguerras, la aparición del fascismo y del nazismo, o la segunda Guerra Mundial.

Todo esto y mucho más está presente en este libro de memorias, que supone un recorrido personal por toda la etapa, de la mano de un hombre extraordinario que la vivió en primera persona y en primera fila. No tanto en el ámbito político, que detestaba, sino en el ámbito cultural, de cuyas filas ocupó lugar preeminente.

En sus páginas, por las que desfilan personajes de primerísima línea de la cultura europea, asistimos al despertar de un niño perteneciente a la alta burguesía judía de Viena, capital de Imperio Austro-húngaro, y su discurrir por una Europa que ama, teme, de la que se siente parte y de la que debe finalmente partir para huir del horror que supone para él el nacimiento, desarrollo y triunfo del nazismo, quintaesencia de todos los males.

Una autobiografía en la que aspectos no menores de su vida quedan velados, como si no importaran en el relato que se nos cuenta. Solo en el último tercio de su libro nos dice de pasada que está casado, y muy al final sabemos de también de su segunda mujer, sin conocer qué ha sucedido con la primera. Una segunda que le acompañó en el exilio y que decidió quitarse la vida junto a él en Brasil, al otro lado del Atlántico, tal vez para no vivir el horror del aparente triunfo inicial de Hitler.

El libro es brillante en múltiples facetas: en el estilo narrativo; en la sucesión de los hechos narrados, da la sensación de que en buena medida sin consultar directamente sus fuentes; en la descripción de los personajes; y en los juicios clarividentes del autor, hombre cabal que hizo de la democracia, la libertad, la decencia y la cultura los ejes de su vida.

Autor prolífico donde los haya, he tenido la oportunidad de leer al menos tres: Memorias de Fouché, hace muchos años: el libro sobre María Antonieta, a cuya biografía se acerca con simpatía y tal un exceso de detalle; y éste último que, a mi juicio, supera claramente a los otros dos.

Un libro, sin duda, altamente recomendable.

 

Tiempos recios

Vargas

Ficha técnica

Título: Tiempos recios

Autor: Mario Vargas Llosa

Editorial: Alfaguara

Lugar y año: Madrid, 2019

Precio: 20 euros

Acabo de terminar la lectura de la última novela de Mario Vargas Llosa, titulada “Tiempos recios”. Confieso sin ambages que me ha encantado. Muy en la línea de La fiesta del chivo, Vargas Llosa nos traslada de nuevo a la dolorosa y sufriente Centroamérica, donde dos siglos después de la teórica independencia, el periodo colonial parece todavía subsistir en forma de continuas dictaduras militares, ingerencias de la CIA y diferencias sociales insoportables entre una inmensa mayoría que vive por debajo del umbral de la pobreza y una pequeña minoría escandalosamente rica y petulante.

Me asombra la capacidad de fabular de Vargas Llosa con tres historias contrapuestas: la aparente realidad novelada de su relato; el sustrato real de los sucesos de Guatemala en la década de los sesenta; y la historia, en forma de guinda de la tarta, de la entrevista con Marta Borrero Parra, con que el autor cierra la novela.

Y como colofón, reflexiones de rabiosa actualidad: El papel de los medios de comunicación para tergiversar los hechos y convertir en verdad una mentira; la reflexión del autor sobre la culpa que la administración norteamericana ha tenido para retrasar la llegada de la democracia, por frágil que ésta sea, a una serie de países latinoamericanos, bajo la excusa de evitar la infiltración comunista; y las memorables páginas de algunos de los verdugos que acabaron convirtiéndose en víctimas de las tramas que habían ayudado a montar.

Pero, por encima de todo, me gustaría valorar la calidad literaria de un autor que, en estas tramas, es un consumado maestro.

Tiempos recios, que decía Santa Teresa, los suyos, los que recrea el autor y los nuestros, que aunque mejorados, todavía impiden que este mundo sea un lugar amable y confortable para todos los que lo habitamos.

 

De senectute política (y II)

Olalla

“Principios de la democracia ateniense: isonomía, la igualdad política; isegoría, la igualdad en el uso de la palabra; parrhesía, la virtud de atreverse a emplearla para decir la verdad; boule, a voluntad de participación en lo común; eunomía, la vocación de la ley por la justicia; diké y aidós, el sentido de la justicia y el de la vergüenza; repartidos por la divinidad a todos como fundamento de la soberanía; dikaiosyne, la justicia en sí misma, cuya falta es el ùnico mal verdadero; seisachtheía, la supresión de las deudas que conducen a la esclavitud; eleos, la piedad, esa otra igualdad ante el dolor y la desgracia ajenos, prueba de que existe la dignidad humana; paideia, en su sentido del cultivo permanente de a personalidad y de sus facultades; aristeia, la excelencia como proyecto personal y colectivo; eleutheria, la libertad como atributo inalienable del ser humano; eudaimonia, la felicidad como realización plena de la persona y como razón de ser del Estado” (pág. 37)

“Hoy, el dinero mando sobre la economía, la economía sobre la política, y la política, de forma coercitiva, se impone sobre la sociedad y la naturaleza” (pág. 44)

“Muchas son las cosas formidables, pero nada hay más formidable que el hombre”. Coro de Antígona (pág. 47)

“Ser viejo, Marco, ya no será lo mismo que ha sido hasta hace poco. Y tampoco ser joven, porque seremos jóvenes durante mucho tiempo, y las cosas que teníamos por propias de la juventud serán también de otras edades avanzadas. Más que una sociedad envejecida, seremos una sociedad insólita de jóvenes de todas las edades, con pocos niños, de momento, y esperemos que pocos ancianos decrépitos. Y esa longevidad inexplorada traerá consigo un desafío enorme que no será científico, sino ético y político: un cambio de mentalidad profundo tanto a nivel social como a la escala íntima de cada uno de nosotros mismos” (pág. 55)

“No hay democracia más segura y más justa que aquella que confía los cargos a los más capaces y otorga a los ciudadanos el control sobre ellos “ Isócrates (pág. 77)

“El reto político de regenerar la democracia no es labor exclusiva de seniores ni iuniores, sino de ciudadanos con libertad y conciencia. Algunos sin embargo temen que la longevidad de nuestro tiempo convierta nuestra democracia en una especie de gerontocracia retrógrada y abyecta. Yo creo que hemos dejado claro que la virtud no está reñida con la edad, pero si fuera necesario demostrar que los vientos retrógrados que hoy soplan por el mundo no salen de un coro de ancianos, bastaría decir que en esta Europa nuestra -donde la cuarta parte de la gente ha superado ya el noveno climaterio-, los organismos de gobierno, las cúpulas de los partidos, el cuerpo judicial y los centros donde se toman decisiones dan a esa población fe edad avanzada una representación mínima o nula” (pág. 79)

“Si hemos sabido imaginar un ars senendi como parte inherente y natural de un ars vivendi, ¿no deberíamos imaginar también un ars moriendi como pieza cabal que lo completa y lo consuma? ¿Cómo afrontar bien este trance? ¿Qué sería sensato pedir ante la muerte? Si quieres que responda, Marco, pediremos que tarde; pero que, llegado el momento, no se demore demasiado. Que no se ensañe con nuestra indefensión. Que no nos obligue a partir sin tiempo de haber dado lo bastante. Que nos regale la ocasión de disponernos ante ella, Y que no nos sorprenda lejos de los que amamos” (pág. 85)

Yo humildemente pienso que, si lo que desaparece con la muerte es la conciencia de la individualidad, decidir sobre dejar o no la vida es potestad legítima del individuo, un dilema ético que atañe en exclusiva a su persona y al uso de su libertad para actuar sobre sí mismo” (pág. 87)

Si he de compendiar para mí, en una sola idea, todo lo que hemos dicho acerca de este empeño, llamado mal o bien senectus politica, me quedo con “crecer haciéndome mejor”. Voluptate animi nulla potest esse maior, Marco: No puede existir un placer mayor para el alma. Cura tu valeas” (pág. 89)

 

De senectute política. Carta sin respuesta a Cicérón (I)

Senectute

“Es precisamente esa otra consolación ante la vejez (…) lo que me mueve a mí (…) a dirigirte ahora esta larga misiva desde Atenas (…) Tú has dejado claro en tu obra, al hablarnos de que las dificultades de la vejez no provienen tanto de la edad como del carácter y de la actitud vital de las personas, que envejecer es, en alto grado, un empeño ético; y yo deseo ahora que reflexionemos sobre si el hecho de que nuestra sociedad esté o no organizada y facultada para posibilitar dicho empeño no hace del envejecer, también, un propósito político”.

La senectud ha existido desde que el hombre existe, pero a diferencia de lo que ocurría en tiempos de Cicerón, nuestras sociedades han perdido la capacidad de pensar en la vejez sin asociarla a la decrepitud. En esta carta sin respuesta , Pedro Olalla entabla un vívido diálogo con Cicerón y pretende probar – y creo que lo consigue- hasta qué punto el paso del tiempo no siempre significa decadencia.

Las 95 páginas de que consta constituyen una densa reflexión sobre la vejez y el papel de la senectud en la conformación de una sociedad inequívocamente democrática, no sólo en las formas, sino sobre todo en el fondo de lo que tal expresión significa.

A continuación, subrayaré algunas de las ideas expresadas en el libro que más me han llamado la atención.

“Sé que tu hermoso diálogo entre Catón, Escipión y Lelio lo escribiste no porque la vejez sea buena, sino tú bien lo sabes, para que la vejez sea buena” (pág. 11)

“Envejecer es, en un alto grado, un empeño ético. Pero no basta para una buena vida ser buen autor de la biografía propia, sino también ser coautor y bueno, de la biografía colectiva” (pág. 13)

“Fuiste servidor de todas las virtudes políticas y humanas que sostuvieron en tu tiempo la Res publica: auctoritas, nobilitas, dignitas, veritas, libertas, aequitas, iustitia, firmitas, laetitia, fides, pietas, humanistas” (pág. 14)

“A decir del propio Pitágoras, los cielos, la tierra y todo lo que está sobre ella están llenos de sietes; y que las fases de la luna se rigen por el número siete, y así también los movimientos de los cuerpos celestes y la música y las edades del hombre y de su cuerpo. Hipócrates, Solón y otros sabios nos cuentan que la vida humana se encuentra dividida, a modo de escalones, en tramos de siete años, y que el punto más crítico del tránsito entre ellos es el cierre del noveno tramo, que por eso conocen como el gran climaterio, el año en que empieza la vejez propiamente dicha” /pág. 15)

“Era el irrepetible Galeno quien decía que no es viejo quien tiene muchos años, sino quien tiene mermadas sus facultades; y, si hemos de atenernos a esta idea, que me parece sabia, debemos convenir que lo justo para definir la vejez no es hacerlo con fronteras numéricas -que dejan fuera al que, tal vez, ya es viejo, e incluyen con frecuencia al que aún no lo es-, sino atendiendo a ese criterio de degeneración y pérdida. Así entendida, Marco, la temible vejez -que no la edad tercera- es el efecto cruel de perder con el tiempo facultades primordiales que precisamos para ser autónomos y plenos. Así, si no me engañó, la vejez, esa carga más pesada que el Etna, no comienza al cruzar el umbral de una edad: comienza, en realidad, cuando otros toman el lugar de uno; cuando uno, tristemente, pasa de ser su propio soberano, capaz de servirse a sí mismo y dueño de unas facultades plenas, a verse dependiente de otro, incapaz de valerse, y privado de aptitudes que tuvo y que nunca recuperará. Espectro deplorable de mí mismo, como dijo en Colono el viejo Edipo”. (pág. 17-18)

“Llegar a la vejez mejor. Creo que ese es el reto del que, pensando en nuestra senectud, debemos extraer nuestro lema de vida: Senescere addiscentem Envejecer aprendiendo, como diiste tú acordándote del viejo Solón. O como dijo él de si mismo:cada día envejezco aprendiendo. Aprendiendo, ganando, haciéndome mejor”. (págs. 22-23)

“Creo que hemos dejado clara la injusticia del discurso de todos cuando, por pereza y por miedo, asociamos a la tercera edad, sin discriminación ni reflexión serena, la pérdida de facultades esenciales, la enfermedad, la decadencia intelectual, la inutilidad, el aislamiento, la renuncia al disfrute, el empeoramiento del carácter y -de forma especial- el conservadurismo político, la inflexibilidad moral y la querencia hacia el inmovilismo” (pág. 34)

Mil y una muertes

 

Sergio2

Los grandes premios literarios suelen suscitar en mí, lector errático e intermitente, el deseo de conocer algo de sus autores. Así ocurre con los premios Nobel o los Cervantes. Este año, el Cervantes recayó en Sergio Ramírez, escritor nicaragüense.

Las personas de mi generación vivieron con interés e incluso entusiasmo el final de la dictadura de Somoza y el acceso al poder de los sandinistas, entre los cuales emergían dos poderosos intelectuales como Ernesto Cardenal y Sergio Ramírez. Pero aquella revolución que tanto entusiasmo suscitó, en el contacto con la dura realidad centroamericana, pronto perdió sus aura intachable, el desapego de algunos de sus líderes valiosos, hasta devenir en una cruenta dictadura en la que el otrora comandante Ortega no ha dudado en masacrar a su pueblo para mantenerse en el poder.

Sergio Ramírez, claro, rotundo y ponderado, denunció dicha situación en el acto celebrado en el mes de abril en Alcalá, y aprovechó su discurso para ofrecer el premio a los jóvenes que estaban muriendo por una Nicaragua en libertad.

Pues bien, en este contexto, la biblioteca de Estella situó en el apartado de novedades la novela Mil y una muertes, publicada por el autor en 2004. La he leído con interés y cierto desconcierto, porque no he acabado de captar el caleidoscopio que Ramírez nos ofrece. Un fresco donde Flaubert, Turguéniev, George Sand, Chopin, y el omnipresente Rubén Darío toman vida de la mano del fotógrafo Castellón, hilo conductor de las diferentes historias.

Me han sorprendido gratamente las muchas lecturas que soportan la novela, el lenguaje utilizado, que prueba la extraordinaria riqueza del español del otro lado del mar, la exuberancia de las imágenes utilizadas y la prosa florida de Ramírez, no sé si homenaje a su autor de referencia, Rubén Darío. Tal vez haya entendido poco, dado la complejo de la narrativa empleada, pero he disfrutado mucho con una lectura que me ha hecho viajar de un lado al otro del Atlántico, por situaciones poco usuales y a veces disparatadas.

¿Ficción o realidad, lo aquí narrado? Tal vez la respuesta esté en el epitafio de Xavier Villarreal que abre el libro: Duerme aquí, silencioso e ignorado/ el que en vida vivió mil y una muertes/ Nada quieras saber de mi pasado./ Despertar es morir. ¡No me despiertes!

Ficha bibliográfica: RAMÍREZ, Sergio, Mil y una muertes, Alfaguara, Cali, 2004.