Caminos de Sefarad

Sefarad

El pasado 29 de junio, en la sección “La historia de Navarra al día” de este mismo medio, me hacía eco de la aparición del libro que recogía las actas de la cuadragésimocuarta Semana de Estudios Medievales de Estella, con el título Campo y ciudad. Mundos en tensión (siglos XII-XV). Estos mismos días, se está desarrollando en Estella una nueva edición de la Semana, dedicada a estudiar el legado judío, bajo el sugerente título de Rostros judíos del occidente medieval. Del contenido de la misma espero poder darles cuenta a finales de la primavera de 2019, cuando el libro correspondiente sea publicado con la puntualidad acostumbrada.

Como los propios organizadores se encargaron de recordar en la inauguración de la cita, el tema elegido pretende servir de colofón a un año especialmente pródigo en actividades relacionadas con los judíos, ya que Estella ha ostentado a lo largo del mismo la presidencia de la Red de Juderías de España – Caminos de Sefarad.

Sefarad es un topónimo bíblico que la tradición judía ha identificado con la Península Ibérica. Esta identificación no se inicia en la época medieval, sino después de la expulsión de los judíos de los diversos reinos peninsulares a finales del siglo XV. Estos judíos y sus descendientes, que permanecen ligados a la cultura hispánica, son conocidos con el nombre de sefardíes.

Ciñéndonos a nuestra era, la diáspora de los judíos se inicia en el siglo I d.C, tras la destrucción de Jerusalén en el año 70 por el ejército romano del futuro emperador Tito. A partir de ese momento, diversas comunidades judías se establecen en Asia Menor, el norte de África y Europa. Su presencia en España la tenemos documentada desde muy primera hora, en el bajo imperio romano. Están presentes en época visigoda, sobre todo en Toledo, la capital. Y las encontramos, en no pequeño número, en al-Andalus y los reinos cristianos del norte. Su vida como minoría religiosa y social segregada pero de indudable impacto económico y cultural, transcurrirá entre la aceptación, la desconfianza, el rechazo, el acoso y la expulsión.

Este legado judío también está presente en Navarra, con importantes juderías en algunas de las principales poblaciones del reino. El autor que más y mejor ha estudiado entre nosotros el legado judío medieval ha sido Juan Carrasco Pérez, y a sus estudios remito para conocer este capítulo apasionante de nuestra historia.

Ya en nuestros días, algunos de los pueblos y ciudades de España que cuentan en sus conjuntos históricos con un patrimonio arquitectónico, histórico, medioambiental y cultural especialmente relevante, herencia de las comunidades judías que los habitaron, han constituído la Red de Juderías de España – Caminos de Sefarad. Sus miembros actúan de forma conjunta en defensa del patrimonio histórico y del legado judío, promoviendo proyectos culturales, turísticos y académicos, y realizando una política de intercambio de experiencias que contribuyan al conocimiento y respeto mutuo de pueblos, culturas y tradiciones. A día de hoy son 18 los municipios que conforman la red, desde grandes núcleos urbanos a poblaciones de pequeño tamaño: Ávila, Barcelona, Cáceres, Calahorra, Córdoba, Estella-Lizarra, Hervás, Jaén, León, Lucena, Monforte de Lemos, Oviedo, Plasencia, Ribadavia, Segovia, Tarazona, Toledo y Tudela.

Como apreciamos por la lista, de las tres juderías más importantes del reino de Navarra, Estella y Tudela forman parte de la Red. Una razón más, partiendo del conocimiento y amor a lo nuestro que nadie discute, para estrechar lazos con el conjunto de los pueblos de España, que eso y no otra cosa implica Sefarad. Que Estella haya ostentado durante un año la presidencia de la Red de Juderías de España es objetivamente bueno para la ciudad y Navarra. Dicho esto, no deja de sorprenderme la difícil posición del primer edil de la ciudad, obligado a representar dignamente por todas las tierras de España su condición de presidente, siendo a la vez miembro destacado de una coalición a la que no gusta hablar de España, sustituyéndola por el eufemismo Estado cuando se refiere a ella. Pero incongruencias aparte, no ha sido un mal año para la ciudad y su legado judío. Éste se ha hecho presente en diversas iniciativas, en especial en las Semanas Sefardí y de Estudios Medievales; exposiciones como la muestra Shalom -Sefarad sobre la vida sefardí en Rodas y Seattle; se han reiniciado las excavaciones en la judería; y hoy mismo podremos disfrutar de una sugestiva propuesta de los Amigos del Camino de Santiago, titulada “Atardecer en la sinagoga”, donde los participantes de la semana y acompañantes asistiremos a la explicación de la judería y compartiremos una merienda en Santa María Jus del Castillo, antigua sinagoga de la ciudad.

Espero y deseo que la presencia en la Red sirva para fortalecer vínculos con los otros pueblos de España, la Sefarad ansiada y añorada por todos los sefardíes.

Diario de Navarra, 19/7/2018

Anuncios

Los Sanfermines, según Iriberri

Iriberri

Les confieso, aún a riesgo de perder parte de mi reputación, que no soy persona especialmente festiva. Por razones del cargo, durante años visité innumerables pueblos de Navarra en su día grande, y recorrí sus cascos antiguos en procesión cívico-religiosa entre jotas, vítores, capas pluviales algo apolilladas y fervores marianos. Todavía recuerdo dos cosas de aquellos años: el atuendo de impecable traje como señal de respeto y día de fiesta, hoy impensable; y la emoción de las autoridades locales cantando las excelencias de las fiestas propias, cuando se parecían como una gota de agua a otra a las del pueblo vecino. Hoy, liberado de obligaciones protocolarias, mi calendario festivo se limita a unas breves visitas a Pamplona y Estella, y a las fiestas de Los Arcos -pochada en familia, encierros y cenas con los amigos- y Oteiza, donde espero ejercer de abuelo con el completo programa que ello comporta.

Pese a todo, siempre que se acerca el 6 de julio, mi primera intención es dedicar el artículo a los sanfermines, no sé si como obligación o como tributo a una fecha que forma parte del ritual veraniego. El año pasado centré mi colaboración en la evolución de la fiesta, glosando los cuatro cronistas locales que a mi juicio mejor han descrito la evolución de Pamplona y sus fiestas: Ángel María Pascual, José María Iribarren, José Miguel Iriberri y Juan José Martinena. De Iriberri, decía: “El testigo de José María Iribarren lo recoge, y de qué manera, José Miguel Iriberri, que durante muchos años, en este mismo medio, ha tomado la temperatura de la fiesta como el verdadero doctor de cabecera de la nueva Pamplona. ¿Para cuándo la recopilación de sus apuntes? “. Para mi sorpresa, hace escasos días, recibí un paquete en casa con un libro dentro titulado Sanfermines de papel, con una cariñosa dedicatoria que decía: “A Román Felones, que me animó, desde su Solana, a editar este libro”. Me llevé una gran alegría, porque además del interés del libro en sí, en el fondo todo escritor, por modesto que sea, aspira no solo a que le lean -que no es poco-, sino a que le hagan un poco de caso, lo cual es más difícil.

De modo que este año el tema venía impuesto. Y he querido titularlo “Los Sanfermines, según Iriberri”, porque a partir de ahora será uno de esos libros canónicos a los que tendremos que apelar como referencia de autoridad, cual evangelista que es de la verdad de la fiesta, tal como él la concibe. Con la agudeza que le caracteriza, ya lo señala César Oroz en su prólogo y lo glosa en su genial viñeta: rodeado de iconos sanfermineros, Iriberri toma apuntes en la plaza consistorial y un municipal señala: ¡Vamos, vamos, circulen! ¡Aquí no hay nada que ver! ¡Ya lo leerán mañana en Diario de Navarra!

Lo que siempre me ha llamado la atención de Iriberri es la difícil simbiosis que logra entre lo local y lo universal. Para él, los sanfermines no son solo los grandes actos que lo definen -cohete, vísperas, procesión, encierros, comparsa, autoridades civiles o religiosas, la pamplonesa, corridas, octava-, sino también los personajes de a pie, todos con nombres y apellidos, que son los verdaderos protagonistas de la fiesta, y que la elevan a categoría de “fiestas sin igual”. El índice de su libro, que recoge una selección de 79 artículos publicados entre 1998 y 2017, da cumplida prueba de ello. El primero, titulado En marcha, digno del más poético y entrañable Ángel María Pascual, es un canto a la fiesta que comienza: la marcha al cohete y el recuerdo a los que se fueron aquel año, Turrillas, Caballero y Zubieta. El último, Puerta grande, es un adiós agradecido a Rastrojo y Chichipán, pastores del encierro, que “saltaron a la calle cuando la Estafeta aún guardaba un lejano olor a alpargata y regresan al otro lado de la valla en estos otros tiempos, cuando el bando municipal alerta contra la presencia de drones y otros artilugios que le sientan al encierro como le sentaría a la vara del pastor un ramito de violetas”.

Y junto a lo local, lo universal. Iriberri es hombre de muchas lecturas que vierte en forma de frases cortas, a modo de citas de autoridad, como colofón a muchos de sus artículos, ¿ Qué pintan Auster, Hemingway, Bryce Echenique, García Serrano, Pascual, Sánchez Ostiz, Kundera, Miller, Vila-Matas, Ruiz Zafón, Elorriaga, Trapiello, Cercas, o Pessoa -por citar solo algunos- en estos relatos sanfermineros, dirá más de uno? Creo que les dan hondura y verosimilitud, y les permiten pasar de ser elementos locales a formar parte de páginas integrantes del relato universal de la fiesta.

Consolémonos. Si por la razón que sea no podemos disfrutar personalmente de la fiesta, siempre tendremos a Iriberri para recrearla. Con la ventaja añadida de que, a partir de ahora, a nuestra visión y recuerdo de los sanfermines, podremos añadir los Sanfermines de papel, según José Miguel Iriberri.

Diario de Navarra, 5/7/2018

 

Se jubila el maestro

Escuela

A lo largo de este mes de junio no son pocas las jubilaciones de docentes que se celebrarán en Navarra. La mayor parte, sobre todo si son de secundaria, las reciben como una bendición, otros con alivio, y los hay, tal vez los menos, que sienten una indisimulada pena por dejar una profesión en la que han trabajado tanto como han disfrutado. Pero habrá pocas que hayan reunido las características de la que tuvo lugar en Oteiza el pasado 9 de junio.

Se jubilaba Jesús Mari Albéniz, un maestro que llegó al pueblo en septiembre de 1976 y que se ha mantenido en su puesto, sin cambiar de destino, 42 años. Pese a haberlos tenido excelentes, Jesús Mari ha sido en nuestro colegio la encarnación del buen maestro: preparado, vocacional, inquieto, atento, dedicado, cercano, y preocupado por hacer de sus alumnos no solo hombres y mujeres con conocimiento, sino como decían nuestros padres y abuelos, hombres y mujeres de provecho.

El día fue una sucesión de actos en el que los sentimientos se hicieron memoria y recuerdo, cariño y presencia, música y palabra. Una abarrotada iglesia parroquial, cedida amablemente para la ocasión, sirvió de marco idóneo para la celebración de un acto institucional en el que el agradecimiento fue la idea más repetida. El ayuntamiento le entregó una placa conmemorativa. El actual director del centro, sin poder disimular su emoción, agradeció en nombre de todos los compañeros antiguos y actuales del centro su trabajo y su calidad humana. Todos los niños del colegio, situados junto a él en los primeros bancos, le cantaron algunas de las canciones aprendidas de sus labios. Un representante de la Apyma, en representación de todos los padres y madres, le recordó los buenos momentos vividos a lo largo de los años y su implicación en el proyecto del centro. Ex-alumnos y ex-alumnas le leyeron poemas y recuerdos, algunos llegados desde fuera de España. También la jota se hizo presente por parte de la familia Fernández Cambra, con letras alusivas que hicieron derramar lágrimas a más de uno. Llegaron también vídeos de jóvenes profesores interpretando con sus alumnos las canciones que ellos habían aprendido en Oteiza. Y hasta los más mayores se sumaron a la fiesta interpretando el prólogo del Florido Pensil, para recordar la escuela en la que el propio Jesús Mari se inició en Artavia en los años cincuenta del pasado siglo. El acto terminó con dos intervenciones especialmente señaladas: la de José Luis de Antonio, director, compañero y amigo durante buena parte de la estancia de ambos en el centro, jubilado hace unos años; y la del propio homenajeado, que quiso recordar en una trabajada y bien pensada intervención, su larga etapa de maestro. Pidió perdón por los errores, dio las gracias a todos, recordó sus objetivos educativos y ponderó el valor y la importancia de la educación pública en nuestros pueblos. Un digno colofón para una sesión inolvidable.

Una nutrida mesa de 400 comensales continuó la celebración en el polideportivo. Y tras ella, más regalos, música y una sana convivencia cerró un día que pasará a los anales de Oteiza como la jornada en la que todo un pueblo reconoció la tarea callada, discreta y eficaz de un hombre que amó su profesión desde el primer día al último, realizando su trabajo sin alharacas, cumpliendo simplemente su deber. Que esta fiesta excepcional, como no se ha conocido otra en Oteiza, haya sido en honor a un maestro, reconcilia con la profesión y habla bien de un pueblo que ha sabido reconocer en Jesús Mari Albéniz a uno de los suyos, dedicado a lo largo de más de cuarenta años a educar a sus hijos más pequeñós

Esta misma semana y en este mismo medio, con palabras que reflejan bien la personalidad de ambos, José María Romera, excelente profesor de secundaria, se despedía de una profesión en la que también ha disfrutado mucho. “Uno está convencido de que el mayor mérito de un profesor reside en disfrutar de su tarea, porque solo así logrará que sus discípulos aprecien el valor del conocimiento. A la descripción mortificante de la enseñanza se le opone otra menos difundida pero más cierta que habla del placer y el privilegio de contribuir a que otros aprendan. Dar clase puede ser a veces fatigoso e ingrato, pero en última instancia es una gozada. Y aunque dejar de hacerlo cuando llega la edad de la jubilación tiene su parte de indiscutible recompensa por la libertad que otorga, tener que decir adiós a la enseñanza es como recibir un violento empujón que te saca del recreo cuando mejor lo estabas pasando. Queda al menos el consuelo de poder decir: que me quites lo enseñado”.

A todos los que como Jesús Marí Albéniz han dedicado su vida a enseñar conocimientos y educar en valores, es decir, a ser auténticos maestros, muchas gracias.

Diario de Navarra, 22/6/2018

 

Apuntes en torno a un viaje

Chartres

Vistas de la catedral de Chartres

La última semana de mayo, siguiendo una costumbre reciente que los alumnos del Aula de la Experiencia creen inveterada, 55 personas procedentes de los cursos que imparto en la UPNA y Los Arcos, nos desplazamos a Francia para disfrutar de un viaje que tenía dos polos de atracción: los castillos del Loira y las catedrales góticas del noreste de Francia. Recién llegados de nuevo a Navarra, todavía impactados por la arrebatadora belleza de unos y otras, me permito trasladarles algunas reflexiones suscitadas por el viaje.

Viajar me parece una extraordinaria manera de ensanchar el tiempo y las vivencias. Si el viaje se desarrolla a partir de los sesenta, cosa que afortunadamente ocurre cada vez con más frecuencia entre nosotros, entrará a formar parte de nuestros buenos hábitos y nos deparará momentos inolvidables. Soy consciente de que para ello se requiere un mínimo de holgura económica, que lamentablemente no está al alcance de todos, pero hoy son posibles viajes de gran interés a un precio asequible, si primamos las visitas frente a los hoteles o la gastronomía. Ese es el viaje que yo concibo y estimulo entre mis alumnos, con resultados muy satisfactorios hasta el presente.

En el viajero, me parece más estimulante el deseo de conocer que el nivel de dicho conocimiento. El viaje programado, donde además de los castillos de Chenonceaux, Chambord y Blois, tuvimos ocasión de visitar las catedrales de Tours, Chartres, Notre Dame de Paris, Beauvais, Amiens, Reims, Troyes y Bourges, además de Saint Denis, la Sainte Chapelle, Saint Sernin y los Jacobinos de Toulouse, parecía sobre el papel más un viaje de expertos medievalistas que de alumnos apenas iniciados en el arte antiguo y medieval. Sin embargo, la interiorización del objetivo del viaje, el deseo de conocer, el interés y la sublime calidad de lo visitado, nos permitieron disfrutar de unos monumentos que quedarán para siempre en nuestra retina como elementos claves de un estilo, el gótico, con el que estamos familiarizados en modelos más modestos en lo cuantitativo y en lo cualitativo.

Es obvio que la geografía condiciona en gran parte el desarrollo histórico de un país. Para bien y para mal. Los casi 1000 kilómetros que separan Hendaya de Amiens son una llanura casi interminable, donde apenas pudimos apreciar montañas dignas de tal nombre. Solo la vuelta por algunas regiones que atraviesan el Macizo Central nos permitió apreciar la Francia profunda que no vimos a la ida. El país es, en consecuencia, más fácil, amable y ordenado que el nuestro. Pero nuestras infraestructuras no desmerecen, y hay sectores en los que la competencia es perfectamente posible. Las diferencias no son tan notorias, y nuestro horizonte debe ser acortarlas en la medida de lo posible.

La visita a las grandes catedrales góticas francesas, situadas por lo general en el centro histórico de ciudades de pequeño o mediano tamaño, nos permitió pasear, observar y disfrutar de diferentes modelos de amabilización de dichos cascos. Más de una vez salió a colación el proceso que vive Pamplona en estos meses. La mayor parte estábamos de acuerdo en la necesidad de intervenir en los cascos antiguos para permeabilizarlos, revitalizarlos e integrarlos más y mejor en la vida urbana. Pero todos entendíamos que los procesos requieren tiempo, mucha información y poca imposición. Tal vez sería deseable que nuestro equipo de gobierno municipal se diera una vuelta por las ciudades próximas, porque hay mucho y bueno en lo que fijarse.

Tras el viaje, los alumnos quedaron sorprendidos de nuestra estrecha relación con Francia a lo largo de la historia. Pasamos por la Baja Navarra; visitamos la Sorbona, universidad habitual de los escasos universitarios navarros en la Edad Media; nos acercamos a Amiens, donde asistimos con sorpresa a la presencia del obispo San Fermín en la catedral; disfrutamos de Troyes, ciudad de origen de nuestros Teobaldos; dormimos en Cahors, tierra de partida de los francos que poblaron la ciudad de Estella en el siglo XI; y recorrimos detenidamente Saint Sernin de Toulouse, con la huella del santo patrón pamplonés todavía bien presente, así como la presencia de su cabildo en San Saturnino de Artajona.

Termino con una última constatación que nos llenó de satisfacción. Vimos catedrales memorables como no hay otras, pero en todo el recorrido no disfrutamos de un complejo catedralicio como el de Pamplona, con templo, claustro, refectorio, cocina y dormitorios. Si quieren ver ustedes acaso el más completo de Europa, no preparen ningún viaje. Lo tienen en casa. Salir es un placer, pero volver a casa tampoco está mal. Nos espera una tierra que respira arte por los cuatros costados, y que abre sus edificios en mayor medida en la época veraniega. Los tenemos ahí, a la vuelta de la esquina. Disfrútenlos.

Diario de Navarra, 7/6/2018

Un premio merecido para la Coral de Cámara de Pamplona

Coral

El Gobierno de Navarra tiene establecidos numerosos premios, con incremento notable de galardonados en los últimos años, para reconocer la tarea desarrollada por personas e instituciones en los más variados campos. Los tres más representativos son la Medalla de Oro de la Comunidad, el premio Príncipe de Viana de la Cultura y la Cruz de Carlos III el Noble. Los tres los otorga el ejecutivo navarro, pero el Príncipe de Viana de la Cultura presenta una diferencia respecto a los otros dos: para participar en el mismo deben presentarse previamente las candidaturas que, por lo tanto, son conocidas de antemano. Y la decisión corresponde al Consejo Navarro que Cultura, limitándose el Gobierno a ratificar la decisión previamente adoptada.

En el año en curso, las propuestas presentadas fueron ocho, tres procedentes del propio Consejo Navarro de Cultura y las otras cinco de los ámbitos e instituciones más dispares. Vaya mi respeto para todas ellas, aunque alguna me resultaba desconocida, pero creo que la decisión de premiar a la Coral es muy acertada. Y no dudo que a ello ha contribuido principalmente una trayectoria fructífera y dilatada, pero también una presentación de sus méritos impecable, como he tenido ocasión de comprobar en la página web de la institución.

El Consejo, dice la nota de concesión “ ha destacado de la Coral de Cámara de Pamplona sus 72 años de trabajo continuado y su compromiso con la ciudadanía navarra proyectando la imagen de la Comunidad como potencia cultural fuera de nuestro territorio. Ha valorado que la Coral, con gran proyección internacional desde sus inicios, dio voz a destacados compositores vanguardistas ya desde la generación del 27. Finalmente, ha señalado también su compromiso con los músicos navarros a quienes ha dado voz y proyección fuera de Navarra”.

Muchos recordamos aquel selecto grupo de coralistas dirigidos por Luis Morondo, impecables de afinación, con aquel peculiar modo de cantar entubado y algo artificioso. Un referente de calidad musical en el gris panorama cultural navarro y español de los años cincuenta y sesenta. Y cito lo de español porque tanto la nota del gobierno, como la de la propia coral, se refieren al Estado como si éste no tuviera nombre. No puedo dar fe de la proyección internacional, de la que queda constancia en sus premios y giras europeos, pero sí de su compromiso tanto con los compositores vanguardistas como con los músicos navarros. Asistí personalmente al estreno, un punto escandaloso, en la Semana Religiosa de Cuenca del año 1967, de una composición del maestro Leonardo Balada, dedicada especialmente a la Coral y su director, y tuve la oportunidad de disfrutar de su trayectoria posterior en numerosos conciertos dirigidos por José Luis Eslava, fiel continuador de la memoria y obra de su maestro.

Junto a los coralistas, los verdaderos artífices de su fecunda trayectoria, es preciso citar la labor de los directores que se sucedieron, tal vez sin la continuidad que una empresa de estas características requiere. En su última etapa, bajo la dirección de David Gálvez Pintado, la Coral parece volver por su fueros: compromiso con Navarra y la música de su tiempo, interacción con los actores musicales más relevantes de la Comunidad, proyección nacional e internacional, economía saneada y dirección y gestión profesionalizada.

Resulta sorprendente, cuando uno lee los reconocimientos otorgados a la Coral, comprobar que los hay españoles, nada menos que la Encomienda de la Orden de Alfonso X el Sabio, la Encomienda de la Orden del Mérito Civil y la Medalla de Oro al Mérito en el Trabajo, europeos y del resto del mundo. Pero Navarra, la región en la que nació y en la que desarrolla preferentemente su actividad, aunque la había sostenido en buena medida con su ayuda económica, no la había premiado institucionalmente hasta ahora. Se salda, en consecuencia, una deuda que la Comunidad tenía con ella, a la que la Coral debe corresponder con un compromiso mayor si cabe al servicio de la música y de Navarra.

Un último deseo por mi parte: espero que acierten en el proyecto de difusión de su obra, actividad que ha sustituido al galardón económico que antes conllevaba el premio. Pero tal vez no estaría mal como anticipo, que para celebrar esta fructífera simbiosis entre la Coral y Navarra, ésta pudiera realizar un pequeño ciclo por las cabezas de merindad para agradecer esta importante distinción. Los que no habitamos en Pamplona, lo agradeceríamos especialmente.

Diario de Navarra, 10/5/2018

Navarrorum

Navarrorum

Catálogo de la exposición

Durante el último trimestre de 2017, el Archivo Real y General de Navarra acogió la exposición Navarrorum. Dos mil años de documentos navarros sobre el euskera. El tema, el comisario de la misma y el propio catálogo eran tres motivos para pensar que la muestra merecería la pena, pese a que en los últimos años, bajo supuestos estudios sobre la historia de la lengua y la cultura vasca, en más de una ocasión se ha pretendido darnos gato por liebre.

El título de la exposición es el primero de los aciertos. Identificar navarro y euskera, como a la postre pretende el autor apoyándose en un documento suscrito por el rey Sancho VI el Sabio, resulta eficaz para la construcción del relato que se pretende.

Convengamos también en que no estamos hablando de un autor menor. El comisario de la exposición es Peio J. Monteano, historiador, sociólogo y archivero, buen conocedor de la historia de Navarra, sobre todo la de los siglos XV y XVI, y experto en el tema que nos ocupa, al que ha dedicado en 2017 un libro de indudable interés: El iceberg navarro. Euskera y castellano en la Navarra del siglo XVI. Se esté o no de acuerdo con él, en Monteano hay que reconocer a un historiador sólido, que conoce bien su oficio y maneja una documentación de primera mano.

Y finalmente, el catálogo. En muchas ocasiones la exposición pasa y es el catálogo el que permanece. El que nos ocupa es plurilingüe -euskera, castellano, inglés y francés- por este orden; bien ordenado y maquetado; atractivo de diseño; y, lo que es más importante, con la información básica que ofrece la exposición. Y, pese a ocupar cerca de 130 páginas, el precio de venta es meramente simbólico, 5 euros.

Monteano señala en el texto que “Navarrorum no es una exposición sobre la historia del euskera. Sería demasiado pretencioso. Afronta, eso sí, el reto de mostrar mediante una serie de textos escritos el reflejo documental de una lengua que, como la vasca, durante casi milenio y medio permaneció en forma oral. De una lengua que se hablaba, pero que no se escribía. Y lo hace a través de tres docenas de documentos cuidadosamente seleccionados y explicados de forma sencilla y asequible (…) Todos ellos tienen en común su navarridad: se refieren a Navarra, están escritos en Navarra o son obra de navarros”.

Los documentos han sido agrupados en seis bloques temáticos, que nos llevan desde la romanización hasta nuestros días. En un apretado resumen, ésta sería su evolución, según Monteano. En los primeros siglos de nuestra era se mencionan sólo nombres de personas y de dioses inscritos en aras o estelas. En la alta edad media, la lengua ya tiene nombre y, aunque no se escriba, aparecen en los documentos algunas palabras o frases en euskera. En la baja edad media, al latín, la lengua de la escritura, se unen el francés, el occitano y el romance navarro, además del euskera que deja ya sus primeros documentos. A partir del siglo XVI, el euskera, que sigue siendo la lengua hablada hegemónica, comienza a utilizarse por escrito y se imprime, casi siempre con fines religiosos. Los siglos XVII y XVIII son una época de retroceso geográfico y social, y el euskera se irá progresivamente identificando con el campo y la Navarra rural. Durante el siglo XIX el retroceso continúa y el euskera es proscrito en los ámbitos educativo, cultural, administrativo y, finalmente, religioso, aunque se va a convertir en el elemento central del vasquismo cultural primero y del nacionalismo político después. Un apéndice final, que nos lleva de 1877 a 2017, aporta una serie de fechas representativas que permiten titular de forma optimista “un futuro para nuestro pasado”, actitud que contrasta vivamente con la queja permanente que acompaña al discurso político nacionalista en torno al euskera. Visto con perspectiva histórica, el avance es incuestionable.

Sin ánimo de polémica alguna, sino más bien como aportación al debate, señalo dos cuestiones que me han llamado la atención. Identificar “navarro” con “euskera”, ¿no es tomar la parte por el todo? No dudo que Navarra ha sido históricamente el eje dinamizador del mundo del euskera, pero ¿podemos sostener con criterio científico la otra rotunda afirmación de la exposición, que el euskera ha sido la esencia cultural de Navarra?

Tuve la oportunidad de visitar la exposición en Estella hace unas semanas, en un periplo que la llevará por toda la Comunidad Foral. Su formato la hace especialmente proclive a ser paseada por ayuntamientos y casas de cultura. Es asequible y visualmente agradable. Si puede, acérquese y hágase con el catálogo. Tanto una como otro merecen la pena echarles una ojeada.

Diario de Navarra, 26/4/2018

Ése es el camino

Rectores

Imagen conjunta de los rectores de la UPNA y la UN,  Alfonso Carlosena (izquierda) y Alfonso Sánchez Tabernero (derecha)

La educación superior, en el sentido que se entiende el término en nuestros días, fue una creación del occidente europeo en los siglos XII y XIII. Este año celebraremos el octavo centenario de la creación de la Universidad de Salamanca, la más antigua de España y la tercera de Europa. El reino de Navarra también se sumó desde fecha temprana a los intentos de creación de una “universidad general” en el territorio (Tudela, 1259), aunque por razones distintas, básicamente económicas, ninguno fructificó hasta bien entrado el siglo XX.

En 1952 se fundó el Estudio General de Navarra, que pasó a denominarse Universidad Católica de Navarra en 1960 y que hoy conocemos con el nombre de Universidad de Navarra. En 1973 se crea el centro asociado de la UNED de Pamplona, extendido a Tudela en 1989. Como culminación del proceso, el Parlamento de Navarra crea la Universidad Pública de Navarra en 1987. La Comunidad Foral dispone, por tanto, de un sistema universitario compuesto por dos universidades presenciales, una pública y la otra privada y sin ánimo de lucro, y una tercera, pública y no presencial. Y todo ello, recordémoslo, para una población que apenas supera los 600.000 habitantes.

La convivencia entre las dos universidades presenciales no resultó ni cómoda, ni fácil, pese al diseño inicial de la UPNA basado en no duplicar titulaciones. La aparición en ambas universidades de titulaciones nuevas que ya existían anteriormente tensionó la relación durante los primeros años, hasta que poco a poco las aguas volvieron a su cauce y, siempre desde la corrección y el respeto, la cercanía física se concretó en una mayor y mejor relación personal. La llegada de los actuales rectores, ambos con buena trayectoria académica, sintonía y capacidad de liderazgo, propició un paso más en la relación : la institucionalización de los encuentros de los respectivos equipos, con un calendario estable de visitas para buscar áreas de cooperación.

Pero el paso dado el pasado domingo 8 de abril, en el que los dos rectores firman conjuntamente un artículo publicado por este periódico, titulado “El sistema universitario de Navarra” es un salto cualitativo que se debe ponderar en su justa medida. Al hilo de la valoración de dos de los rankings españoles más prestigiosos, el U-Ranking del BBVA-IVIE y el de la Fundación CyD, en el que el sistema universitario navarro se coloca en segunda posición, tras el catalán y por delante del madrileño y el vasco, los rectores realizan una verdadera declaración de intenciones de indudable impacto para el futuro: la colaboración universitaria es un valor y una necesidad; juntos somos más fuertes y ganamos más que si lo hacemos en solitario, ya que en muchos casos unirse no es una opción, sino una necesidad. Pese a que ambas tengan mucha capacidad de mejora si las situamos en el ámbito europeo al que pertenecen, la conclusión es clara: “Navarra puede sentirse satisfecha de su sistema universitario por la calidad y variedad de la oferta docente, por la fortaleza de sus equipos de investigación y especialmente por su aportación al desarrollo y a la mejora en el nivel de vida de la Comunidad. Estos buenos resultados se deben en gran parte al apoyo que reciben las universidades y a la eficiencia con que se usan los recursos disponibles”. Un estudio reciente de la UE avala esta misma opinión: “Navarra constituye un ejemplo de buenas prácticas, en el que conviven dos modelos de universidades que se complementan y configuran un ecosistema innovador”.

Para terminar, los propios rectores señalan un doble reto: conseguir más fondos para la investigación, y lograr que Navarra sea percibida como región líder en conocimiento e innovación. Yo sugeriría la posibilidad de plantearse un tercero: abordar para el futuro, con el aval del Gobierno de Navarra, una planificación conjunta de las nuevas titulaciones, en función de las fortalezas de cada una, teniendo en cuenta el interés general de la Comunidad.

Poco me resta por añadir. Simplemente, felicitar a ambos rectores por la iniciativa. Subrayar que, una vez más, queda de manifiesto que la negociación y el acuerdo siempre resultan más beneficiosos que la confrontación. Recordar que nada sucede por casualidad y que una política de apoyo permanente y cercanía con las partes ayuda y mucho a conseguir los objetivos perseguidos. Y finalmente, desear que los rectores impulsen decididamente lo enunciado, pese a las zancadillas de uno y otro signo que encontrarán en su puesta en práctica. Ellos conocen mejor que nadie que el camino emprendido está recién iniciado y que resta mucho trecho por recorrer. Pero las condiciones son idóneas: desde posiciones ideológicas bien distintas, tienen liderazgo, apoyo de las instituciones, empuje de la ciudadanía y afán de servicio. Y tienen claro el objetivo: complementarse y cooperar en beneficio de Navarra. Ése es el camino.

Diario de Navarra, 12/3/2018