El envejecimiento, una reflexión desde Los Arcos

Envejecimiento

El colectivo de personas mayores ha sido actualidad en la prensa navarra en las dos últimas semanas por dos motivos distintos y complementarios: dos informes referidos al envejecimiento activo y al índice de dependencia senil.

Los cambios demográficos habidos en las últimas décadas han conducido a un importante aumento de la esperanza de vida, dando lugar a la conocida como “revolución de la longevidad”. El caso de nuestra Comunidad es paradigmático. Navarra tiene una de las mayores esperanzas de vida del mundo, con 84 años de media. Dicha esperanza se ha incrementado en dos años en la última década y se prevé que aumente otros dos en cada una de las décadas siguientes. Si se mantiene la tendencia, dentro de 20 años, en 2038, el 25% de la población de Navarra tendrá más de 65 años, frente al 19% actual; cerca de 70.000 personas superarán los 80 años, frente a las 42.000 actuales; y en torno a 750 personas serán centenarias frente a las 260 del año 2018.

De todos estos datos se deduce la necesidad de fomentar el envejecimiento activo y saludable, un proceso individual y colectivo que trata de mejorar la salud, la participación y la seguridad con el fin de mejorar la calidad de vida de las personas a medida que envejecen, según definición de la Organización Mundial de la Salud (OMS). El índice de envejecimiento activo mide el potencial de un país o región para que el proceso de envejecimiento de sus habitantes pueda ser activo y saludable. El trabajo desarrollado por el Instituto de Salud Pública y Laboral de Navarra concluye que la Comunidad obtiene una valoración global de 36,8 puntos, situándose entre la sexta y la séptima posición en el ranking de países de la Unión Europea, por encima de la media continental (33,9) y de la nacional (32,6), y solo superado por países del norte de Europa, con Suecia a la cabeza (44,9).

Sobre estas cuestiones, que nos permitían sacar pecho, reflexionábamos en un curso de geografía e historia de Navarra, organizado por el ayuntamiento de Los Arcos, que imparto a 65 alumnos procedentes de 19 pueblos de la zona, precisamente en un ejercicio práctico de envejecimiento activo y saludable. Pero la relativa euforia que estos datos nos producían se nubló justo al día siguiente cuando este periódico abrió su edición con el siguiente titular: “Pirineo, Los Arcos y Allo tienen las zonas de salud más envejecidas de Navarra”. El estudio otorga a la zona básica de salud de Los Arcos, donde viven buena parte de los asistentes al curso, en su mayoría mujeres, el primer puesto en el índice de dependencia senil de Navarra, indicador demográfico que mide la proporción entre el colectivo mayor de 64 años y la población activa (entre 15 y 64 años). Mientras que para Navarra en su conjunto el índice es de 30,5%, en la zona básica de salud de Los Arcos alcanza la cifra de 63,86%, es decir más de 6 personas de cada 10 superan esta edad respecto a la población activa.

El debate se repitió ayer. La mayoría convinimos en que las cifras presentan un lado positivo a corto plazo. Nuestra zona básica registra la esperanza de vida más alta en mujeres de Navarra, y de las más altas del mundo, con 87,6 años. Como dato ilustrativo diré que del grupo de 65, una madre tiene más de 100 años y varias superan con creces los 90. Sin duda, esto nos habla de una comarca donde las buenas políticas públicas, sostenidas en el tiempo, y un contexto favorable, han dado sus frutos en forma de vida larga. Pero los aspectos negativos también pesan y mucho. Y no tanto para el propio grupo de edad, sino sobre todo para la población activa que ve incrementada la carga que supone este índice de dependencia. ¿Estamos ante la penúltima generación que va a vivir en buena parte de estos pequeños pueblos? pregunto con un punto de provocación. No hay demasiado optimismo en el grupo, compuesto por personas activas y motivadas, pero que han vivido el proceso de envejecimiento de sus respectivos pueblos en primera persona.

Desde que comencé mi colaboración en esta sección, en el ya lejano 2004, he venido insistiendo en que uno de los problemas fundamentales del futuro de Navarra era el referido al equilibrio territorial. Una parte significativa de la Navarra rural se nos muere lentamente y no hay reemplazo en el horizonte. Una vez más insisto en que la solución pasa por trabajar juntos, acoger con cariño a los que llegan, tomarse muy en serio por parte de todos los partidos el problema del equilibrio territorial, incluyéndolo en su agenda como tarea prioritaria, y plasmarlo en medidas políticas y presupuestarias. Si no es así, estaremos ante el canto del cisne de una sociedad que vivió tantos años que olvidó que era mortal y que otros debían sucederles. Pero cuando miró hacia atrás, nadie les seguía.

Diario de Navarra, 18/10/2018

 

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Campus Iberus, un paso adelante

Camùs Iberus

El pasado viernes, 28 de septiembre, el Aula Magna de la Universidad Pública de Navarra acogió el acto solemne de la apertura del curso académico del Campus Iberus. Aunque el boato fue similar al de otras ocasiones, la presencia de cuatro rectores en la presidencia del acto indicaba que éste reunía un carácter especial. Bajo esta evocadora denominación latina del río Ebro, tan anclada en el territorio al que pretende servir, el Campus Iberus se articula como un Campus de Excelencia Internacional promovido en agregación estratégica por las universidades públicas de las Comunidades Autónomas de Aragón y La Rioja, de la Comunidad Foral de Navarra, así como la de la provincia de Lleida en Catalunya.

Tras la implosión universitaria que caracterizó a la universidad española de los tres últimos lustros del siglo XX, de la que fue pionera precisamente la Universidad Pública de Navarra, prácticamente todas las capitales de provincia de España contaban con una universidad pública. Se multiplicaron, en consecuencia, titulaciones con una evidente falta de planificación de conjunto, reproduciéndose modelos de carácter generalista en casi todas ellas, con una prevalencia de lo cuantitativo sobre la cualitativo. Y eso en un momento en que la tendencia en los países europeos más desarrollados apuntaba precisamente en sentido contrario: tendencia a la especialización, apuesta por la agregación y clara vocación internacional.

En los primeros años del siglo XXI, el Gobierno de España pretendió responder a ese reto con el programa “Campus de Excelencia Internacional”, una nueva figura para mejorar la calidad del sistema universitario mediante la agregación, especialización, diferenciación e internacionalización de sus mejores universidades, que comenzó sus convocatorias en el año 2009. Pero ni la financiación prometida, paralizada prácticamente con la llegada de la crisis, ni la selección efectuada, respondieron a las expectativas previstas. Uno de los pocos proyectos que respondía adecuadamente a esos principios inspiradores era precisamente el conocido como Campus Iberus, que abarcaba a cuatro universidades bien distintas de cuatro comunidades autónomas diferentes, y mostraba desde su inicio una clara vocación internacional, con la apuesta por saltar la barrera pirenaica y abarcar a las universidades de Pau y Toulouse.

Campus Iberus se constituyó en el año 2010, y en estos nada fáciles ocho años de andadura, con algunas dudas y tropiezos, ha articulado una estructura que comienza a dar frutos positivos en los ámbitos que le son propios: educación superior y formación, estudiantes, I+D+I e internacionalización, atendiendo preferentemente las áreas de  Agroalimentación y Nutrición, Energía, Medioambiente y Sostenibilidad, Tecnologías para la Salud y Desarrollo Social y Territorial.

El rector Carlosena, actual presidente de Campus Iberus, calificó el programa en el discurso del acto de apertura de revolucionario y disruptivo. Tal vez resulten excesivos tales calificativos, pero estoy convencido de que es un paso adelante, conveniente y necesario, que es preciso consolidar en el corto y medio plazo. Si es verdad como apunta Jaume Pagès, consejero delegado de Universia, la red que reúne a buena parte de las universidades de España e Iberoamérica, que solo sobrevivirán como universidades dignas de tal nombre las que respondan a los principios enumerados de agregación, especialización e internacionalización, el futuro está claro: el camino es reforzar Campus Iberus y avanzar en la dirección indicada. Pero eso requiere actuar en consecuencia, a veces en aparente demérito de las universidades individualmente consideradas. Y requiere además algunas condiciones que me atrevo a enumerar: interiorización por parte del profesorado de las cuatro universidades de que ese es el camino, y me temo que el convencimiento está más en la superestructura directiva que en el común de los docentes. Implicación a fondo de los Consejos Sociales, representación de la sociedad en su conjunto, y eso implica un trabajo decidido en el consejo rector, órgano máximo de la institución. Apuesta decidida de los gobiernos de las cuatro comunidades implicadas, como elemento fundamental de vertebración del terrritorio, con lo que supone de compromiso de financiación adicional de los proyectos previamente seleccionados. Visión de conjunto de las titulaciones a implantar en los cuatro campus -¿se está teniendo en cuenta en las titulaciones que maneja a corto y medio plazo la Universidad Pública de Navarra?-. Empeño en superar fronteras para incorporar a Pau y Toulouse de forma efectiva en el proyecto, como mejor carta de presentación y financiación ante la Unión Europea.

Este es el reto, nada fácil y lleno de dificultades. Tantas, como beneficios nos puede reportar.

Diario de Navarra, 4/10/2018

 

Ponga un máster en su vida

Master

Escribo estas líneas en una semana en la que dos títulos oficiales de la universidad española, el máster y la tesis doctoral, hasta ahora casi desconocidos para el gran público, se han convertido en argumentos mediáticos y en armas de primer nivel político que terminaron hace unas semanas con Cristina Cifuentes, presidenta de la Comunidad de Madrid, han hecho dimitir a Carmen Montón, ministra de Sanidad, tienen cercado a Pablo Casado, al que le auguro un doloroso viacrucis si se mantiene en el cargo, y han llegado hasta Pedro Sánchez, presidente del Gobierno de España, provocando la mayor crisis de su gobierno en su todavía corta existencia.

Al hilo de estos hechos, me gustaría reflexionar no tanto sobre lo que de cotilleo mediático ha tenido el episodio, sino sobre algunos problemas de fondo que se atisban tras estos acontecimientos.

La universidad española de finales del siglo XX y comienzos del XXI ofrecía básicamente tres tipos de titulaciones: la diplomatura, normalmente de tres años; la licenciatura, en casi todos los casos de cinco años; y la tesis doctoral, con sus cursos previos, sin tiempo determinado, pero habitualmente con una duración estimada entre tres y cinco años. La llegada del espacio europeo de educación superior, conocido como plan Bolonia, pretendió, entre otras cosas, homologar las titulaciones en el conjunto de la Unión, y los grados de cuatro años sustituyeron a las diplomaturas y licenciaturas en un proceso nada fácil en el conjunto de las universidades. Añadamos a ello un proceso todavía en ciernes para reducir los grados a tres años, cada vez más abundante en las universidades europeas, a lo que nuestra universidad se resiste no sé por cuanto tiempo. Pues bien, la reducción de contenidos de las antiguas licenciaturas, unido al empuje de departamentos y profesorado para no perder horas de docencia, se plasmó en una infinidad de másteres de todo tipo que inundaron las universidades españolas en un proceso donde lo cuantitativo superó con creces a lo cualitativo. A ello hay que añadir que los citados másteres -que pueden tener una duración de uno a dos años medidos en créditos- tienen un coste de matrícula sustancialmente más alto que el de los grados, con lo que las universidades vieron con buenos ojos esta figura que aportaba financiación añadida, además de prestigio.

En este contexto de cambio de planes e insuficiente regulación y control se han desarrollado algunos de los episodios que hemos conocido, sobre todo los referidos a personas vinculadas a la vida pública. Las facilidades dadas por algunos departamentos a esta minoría, obligada como ninguna a guardar una ejemplaridad de comportamiento, y el deseo de ampliar unos currículos más bien mediocres por parte de algunos de sus componentes, explican en buena medida lo sucedido. Ni que decir tiene que el comportamiento del Instituto de Derecho Público de la Universidad Rey Juan Carlos es bochornoso y sonrojante. Pero episodios menos burdos de mal uso de esta figura no creo que sean excepcionales en otras universidades, sin que debamos de llegar a la conclusión, ni mucho menos, de una generalización que me parece tan abusiva como injusta. A día de hoy, creo que se han corregido buena parte de los excesos detectados: el máster debe estar al servicio de los estudiantes y de la sociedad, no de los profesores que los imparten; el número se ha reducido de forma considerable en prácticamente en todas las universidades, siendo todavía a mi juicio excesivo; y han aumentado las exigencias de tramitación, aunque todavía se aprueban por la Agencia Nacional de Calidad y Evaluación y las agencias autonómicas casi todos los que se presentan.

En todo caso, saludemos la oportunidad que los másteres nos han ofrecido para facilitar un debate serio y sosegado sobre la universidad española en su conjunto. Frente a los catastrofistas, creo que nuestro sistema universitario no es un desastre, sino que ha contribuido de forma notable al despegue de la sociedad española del siglo XXI, cuyos líderes políticos, económicos, sociales y culturales son fruto de este mismo sistema. Pero creo también que nuestra universidad necesita acomodarse a los parámetros europeos de los países más desarrollados: una nueva gobernanza con clara rendición de cuentas a la sociedad a la que sirve; una progresiva desaparición de los compartimentos estancos, llámense cátedras, departamentos, escuelas o institutos, en beneficio de una labor de conjunto; una mayor especialización como forma de diferenciarse; y una creciente internacionalización de alumnos y profesores, entre otras. Y, por supuesto, una menor complacencia y una mayor autocrítica por parte de la institución en su conjunto. Si eso es así, habremos pasado de la anécdota a la categoría. Eso es lo importante.

Diario de Navarra, 20/9/2018

 

Dos citas musicales de interés

Estella

Que la música ha experimentado en Navarra un salto cuantitativo y cualitativo indudable, creo que es una obviedad reconocida por casi todos. A la tradicional música clásica hemos añadido en los últimos años el ciclo Flamenco On Fire, cuya quinta edición acaba de cerrarse con gran éxito y una aceptación difícilmente previsible. Vaya mi felicitación a los promotores y organizadores porque esa sí que fue una apuesta arriesgada y de resultado incierto.

La programación musical para el curso 18-19 que hemos conocido estos días, tanto de Baluarte, como de las orquestas sinfónicas de Navarra y de Euskadi, resultan atractivas en cantidad y calidad. Si a ello añadimos los ciclos del Orfeón, las agrupaciones corales, el Gayarre y la AGAO, deberíamos preguntarnos si no estamos al borde de una saturación que, en todo caso, obliga a extremar la coordinación para no encontrarnos con varios espectáculos en el mismo día, lujo que no deberíamos permitirnos.

Pero esta cierta sobreabundancia es predicable para Pamplona, pero no es tal para el resto de Navarra. Por ello me van a permitir que fije mi atención en aquellos ciclos que tienen lugar fuera de la capital, pero que presentan un interés que trasciende lo local. Durante el mes de agosto se han celebrado en Mendigorría y Larraga, dos hermosas poblaciones de la zona media, sendos programas, beneméritos ambos, que merecerían un mayor apoyo por parte de las instituciones forales. Y sin terminar el mes, para abrir propiamente el curso 18-19, acaban de presentarse la Semana de Música Antigua de Estella y el Ciclo de Música para Órgano en Navarra.

La 49ª Semana de Música Antigua de Estella tendrá lugar entre los días 1 al 9 de septiembre en la ciudad del Ega. Es, sin duda, el más veterano de nuestros ciclos musicales. Nacido al calor de la Semana de Estudios Medievales, en una segunda etapa adquirió vida propia. Por las naves de la iglesia de San Miguel, una joya arquitectónica en sí misma, han desfilado muchos de los grupos más relevantes dedicados a la interpretación de la música antigua, con actuaciones memorables en algunos casos. Bajo la dirección de Íñigo Alberdi y con el título “Los viajes de la música”, se nos invita a disfrutar de 11 conciertos, muy dispares entre sí, que tendrán lugar en la iglesia de San Miguel, el convento de Santa Clara -sede recuperada de la primera etapa, con una acústica excelente-, la basílica del Puy y la escuela de música Julián Romano, además de la iglesia del Crucifijo de Puente la Reina. La presencia de Juan de la Rubia al claviórgano, el Huelgas Ensemble, o les musiciens du Louvre, entre otros, constituyen el meollo de un ciclo con entradas a precios muy asequibles.. Pero el deseo de acercar la música al público ha llevado a la organización a programar otros de corte más didáctico, que constituyen un buen complemento a los anteriores. Por intentarlo, que no quede.

Que la música ha experimentado en Navarra un salto cuantitativo y cualitativo indudable, creo que es una obviedad reconocida por casi todos. A la tradicional música clásica hemos añadido en los últimos años el ciclo Flamenco On Fire, cuya quinta edición acaba de cerrarse con gran éxito y una aceptación difícilmente previsible. Vaya mi felicitación a los promotores y organizadores porque esa sí que fue una apuesta arriesgada y de resultado incierto.

La programación musical para el curso 18-19 que hemos conocido estos días, tanto de Baluarte, como de las orquestas sinfónicas de Navarra y de Euskadi, resultan atractivas en cantidad y calidad. Si a ello añadimos los ciclos del Orfeón, las agrupaciones corales, el Gayarre y la AGAO, deberíamos preguntarnos si no estamos al borde de una saturación que, en todo caso, obliga a extremar la coordinación para no encontrarnos con varios espectáculos en el mismo día, lujo que no deberíamos permitirnos.

Pero esta cierta sobreabundancia es predicable para Pamplona, pero no es tal para el resto de Navarra. Por ello me van a permitir que fije mi atención en aquellos ciclos que tienen lugar fuera de la capital, pero que presentan un interés que trasciende lo local. Durante el mes de agosto se han celebrado en Mendigorría y Larraga, dos hermosas poblaciones de la zona media, sendos programas, beneméritos ambos, que merecerían un mayor apoyo por parte de las instituciones forales.Y sin terminar el mes, para abrir propiamente el curso 18-19, acaban de presentarse la Semana de Música Antigua de Estella y el Ciclo de Música para Órgano en Navarra.

La 49ª Semana de Música Antigua de Estella tendrá lugar entre los días 1 al 9 de septiembre en la ciudad del Ega. Es, sin duda, el más veterano de nuestros ciclos musicales. Nacido al calor de la Semana de Estudios Medievales, en una segunda etapa adquirió vida propia. Por las naves de la iglesia de San Miguel, una joya arquitectónica en sí misma, han desfilado muchos de los grupos más relevantes dedicados a la interpretación de la música antigua, con actuaciones memorables en algunos casos. Bajo la dirección de Íñigo Alberdi y con el título “Los viajes de la música”, se nos invita a disfrutar de 11 conciertos, muy dispares entre sí, que tendrán lugar en la iglesia de San Miguel, el convento de Santa Clara -sede recuperada de la primera etapa, con una acústica excelente-, la basílica del Puy y la escuela de música Julián Romano, además de la iglesia del Crucifijo de Puente la Reina. La presencia de Juan de la Rubia al claviórgano, el Huelgas Ensemble, o Le musiciens du Louvre, entre otros, constituyen el meollo de un ciclo con entradas a precios muy asequibles.. Pero el deseo de acercar la música al público ha llevado a la organización a programar otros de corte más didáctico, que constituyen un buen complemento a los anteriores. Por intentarlo, que no quede.

ciclo_organo_2018

Otra iniciativa muy veterana, nacido en 1984, es el Ciclo de Música para Órgano en Navarra. El ciclo formaba parte de un programa más ambicioso en el que se abordaron en su día la publicación de un libro que pusiera al día el estado y situación de los órganos en Navarra, titulado Órganos de Navarra, cuyos autores fueron Aurelio Sagaseta y Luis Taberna, y una convocatoria continuada en el tiempo para restaurar algunos de los órganos de más interés de nuestra Comunidad. El objeto del ciclo es poner en valor tanto los órganos en uso de las iglesias de Navarra, como la música escrita para este instrumento. Bajo la dirección artística de José Luis Echechipia y la colaboración de la Asociación Navarra de Amigos del Órgano y los ayuntamientos correspondientes, la edición de 2018 se extenderá del 30 de agosto al 3 de noviembre y ofrecerá 14 conciertos que abarcan desde Pamplona hasta Epároz, en Urraul Alto. Les recomiendo especialmente este último, un enclave precioso y desconocido en la Navarra profunda, donde arte, naturaleza y gastronomía conviven en exquisita armonía. Cabe resaltar, además de la calidad de los intérpretes, la celebración de dos días dedicados a los órganos del Bidasoa y de la Ribera, en los que al tradicional concierto se añaden paseos musicales, visitas a los órganos, taller de organería, proyecciones y coloquios. A todos estos alicientes se añade la entrada libre a los conciertos.

Como verán no faltan alicientes al nuevo curso musical. Y no se conformen con los conciertos, que ya es mucho. Conocer los enclaves artísticos en los que se celebran, tanto Estella como las distintas parroquias rurales; disfrutar de la naturaleza tan hermosa en este otoño, estación especialmente atractiva, y acompañarlo con una propuesta gastronómica, por modesta que sea, también están a nuestro alcance. No los desaprovechen.

Diario de Navarra, 30/8/2018

 

 

Fitero y la Virgen de la Barda

Barda

Ayer, 15 de agosto, la Iglesia Católica celebró la festividad de la Asunción de Nuestra Señora, el día grande y festivo por excelencia en muchos pueblos de Navarra. En los días previos, en algunas de estas localidades, se ha celebrado la tradicional novena, que reúne a vecinos del pueblo, residentes y foráneos, en una ceremonia que concita devoción, emoción, tradición e historia, bajo la advocación propia de cada lugar. Y también ayer, a primera hora, en una mañana limpia y radiante en la que a los auroros tradicionales se unen otros devotos de la Virgen que quieren honrarla en su día, sonó la aurora en honor a la Excelsa Patrona. Con variantes, perfectamente aplicables a las demás localidades, el estribillo de la novena a la Virgen de la Barda reza así: “Pues sois imán verdadero/que roba los corazones/Colmadnos de bendiciones/ Oh Patrona de Fitero”.

Aunque en fecha distinta, pocas localidades como la villa monástica han conservado el ritual propio de una celebración de estas características: una hermosa imagen gótica, varias veces retocada a lo largo de los siglos; una gran capilla y un baldaquino barrocos, además de un camarín levantado por suscripción popular, sede definitiva de la Patrona después de otras ubicaciones; una amplia documentación de la historia, arte y devoción a la Virgen a lo largo de ocho siglos; y una fiesta con su novena, sus gozos, el rosario general y la salve, la aurora, la misa y la procesión.

El pasado día 14, en el marco de unas jornadas sobre “Historia, arte, música y espiritualidad en el monasterio de Fitero”, que se extenderán hasta el próximo día 20, tuvo lugar la presentación del libro Ocho siglos de historia, arte y devoción en Fitero. La Virgen de la Barda: de titular del monasterio a patrona de la villa, obra de Ricardo Fernández Gracia. El autor reúne una doble condición especialmente oportuna para abordar este trabajo: es hijo de la villa y, en consecuencia, ha mamado -como así queda patente en la dedicatoria a su madre- lo que la devoción a la Virgen supone de raigambre, devoción y tradición familiar; y es un reputado historiador del arte navarro en general y del fiterano en particular.

El libro trasciende con mucho su carácter de monografía local, para abordar rigurosamente, a partir de un exhaustivo acopio de fuentes documentales, una trama histórica en la que la historia, el arte y la religiosidad se aúnan para ofrecer una síntesis que puede servir de modelo a estudios vinculados a otras advocaciones o localidades. El solo enunciado de su índice da cumplida cuenta de su riqueza y del tratamiento integral del tema: la imagen gótica, los relatos legendarios sobre su origen y advocación, el culto en el periodo abacial hasta 1785, la celebración en su honor acordada por el ayuntamiento en el mismo año, patrona y signo de identidad de Fitero, la capilla y el camarín, la reproducción de la imagen, la fiesta, la restauración de la imagen en 1965, y un apéndice literario mariano. Nadie mejor que el autor para resumirnos su contenido: “Este libro, por tanto, trata de la historia, de la reconstrucción de una parte del pasado común de la villa de Fitero, en este caso centrado en su patrona y en la celebración de la fiesta desde los albores del siglo XVII a nuestros días”.

En el caso de Fitero se da una doble y feliz paradoja: la villa estuvo sometida a la jurisdicción del abad y tuvo que conformarse durante siglos con una capilla situada en el lado de la epístola de la iglesia abacial como parroquia de la localidad. La imagen de Santa María la Real, como titular del monasterio, presidió el templo hasta 1583, en que se colocó el retablo mayor y pasó a presidir la nueva capilla parroquial. Solo a finales del siglo XVI tomó la nueva advocación, que culminó en 1785 con la institución de la fiesta de “la Madre de Dios de la Barda”, debido a la “devoción suma de todos los habitadores de este pueblo”. Con la desamortización, a diferencia de lo ocurrido con el resto de monasterios de Navarra, la iglesia abacial continuó su culto, ahora ya como parroquia local, conservando buena parte del ajuar monástico. Y Fitero, que durante siglos vivió de prestado, pasó a tener la parroquia más monumental y una de las más bellas, si no la más, de todo Navarra.

El libro se sitúa en la mejor tradición de los estudios marianos navarros, con antecedentes espléndidos, caso de Jesús Arraiza o Clara Fernández-Ladreda, puntualmente citados por el autor en la amplia bibliografía que cierra el trabajo.

Primorosamente editado con las ayuda de Jesús Irisarri por la parroquia de Santa María la Real de Fitero, a cuyo frente se encuentra Javier Goitia; con abundantes ilustraciones en blanco y negro y color, buena parte de ellas obra de Jesús Latorre; su precio es de 25 euros y sus beneficios irán destinados a la restauración de la capilla de la Virgen de la Barda, en el centenario de su dedicación en 1918. El libro está encabezado por una presentación debida a la pluma del cardenal Antonio Cañizares, arzobispo de Valencia y sucesor de uno de los hijos más ilustres de la villa, don José María García Lahiguera.

Un texto, en suma, no solo para los fiteranos, que lo tendrán a partir de ahora como libro de cabecera, sino para todos los amantes de la historia, el arte y la devoción mariana. Enhorabuena al autor y a cuantos lo han hecho posible.

Diario de Navarra, 16/8/2018

 

Caminos de Sefarad

Sefarad

El pasado 29 de junio, en la sección “La historia de Navarra al día” de este mismo medio, me hacía eco de la aparición del libro que recogía las actas de la cuadragésimocuarta Semana de Estudios Medievales de Estella, con el título Campo y ciudad. Mundos en tensión (siglos XII-XV). Estos mismos días, se está desarrollando en Estella una nueva edición de la Semana, dedicada a estudiar el legado judío, bajo el sugerente título de Rostros judíos del occidente medieval. Del contenido de la misma espero poder darles cuenta a finales de la primavera de 2019, cuando el libro correspondiente sea publicado con la puntualidad acostumbrada.

Como los propios organizadores se encargaron de recordar en la inauguración de la cita, el tema elegido pretende servir de colofón a un año especialmente pródigo en actividades relacionadas con los judíos, ya que Estella ha ostentado a lo largo del mismo la presidencia de la Red de Juderías de España – Caminos de Sefarad.

Sefarad es un topónimo bíblico que la tradición judía ha identificado con la Península Ibérica. Esta identificación no se inicia en la época medieval, sino después de la expulsión de los judíos de los diversos reinos peninsulares a finales del siglo XV. Estos judíos y sus descendientes, que permanecen ligados a la cultura hispánica, son conocidos con el nombre de sefardíes.

Ciñéndonos a nuestra era, la diáspora de los judíos se inicia en el siglo I d.C, tras la destrucción de Jerusalén en el año 70 por el ejército romano del futuro emperador Tito. A partir de ese momento, diversas comunidades judías se establecen en Asia Menor, el norte de África y Europa. Su presencia en España la tenemos documentada desde muy primera hora, en el bajo imperio romano. Están presentes en época visigoda, sobre todo en Toledo, la capital. Y las encontramos, en no pequeño número, en al-Andalus y los reinos cristianos del norte. Su vida como minoría religiosa y social segregada pero de indudable impacto económico y cultural, transcurrirá entre la aceptación, la desconfianza, el rechazo, el acoso y la expulsión.

Este legado judío también está presente en Navarra, con importantes juderías en algunas de las principales poblaciones del reino. El autor que más y mejor ha estudiado entre nosotros el legado judío medieval ha sido Juan Carrasco Pérez, y a sus estudios remito para conocer este capítulo apasionante de nuestra historia.

Ya en nuestros días, algunos de los pueblos y ciudades de España que cuentan en sus conjuntos históricos con un patrimonio arquitectónico, histórico, medioambiental y cultural especialmente relevante, herencia de las comunidades judías que los habitaron, han constituído la Red de Juderías de España – Caminos de Sefarad. Sus miembros actúan de forma conjunta en defensa del patrimonio histórico y del legado judío, promoviendo proyectos culturales, turísticos y académicos, y realizando una política de intercambio de experiencias que contribuyan al conocimiento y respeto mutuo de pueblos, culturas y tradiciones. A día de hoy son 18 los municipios que conforman la red, desde grandes núcleos urbanos a poblaciones de pequeño tamaño: Ávila, Barcelona, Cáceres, Calahorra, Córdoba, Estella-Lizarra, Hervás, Jaén, León, Lucena, Monforte de Lemos, Oviedo, Plasencia, Ribadavia, Segovia, Tarazona, Toledo y Tudela.

Como apreciamos por la lista, de las tres juderías más importantes del reino de Navarra, Estella y Tudela forman parte de la Red. Una razón más, partiendo del conocimiento y amor a lo nuestro que nadie discute, para estrechar lazos con el conjunto de los pueblos de España, que eso y no otra cosa implica Sefarad. Que Estella haya ostentado durante un año la presidencia de la Red de Juderías de España es objetivamente bueno para la ciudad y Navarra. Dicho esto, no deja de sorprenderme la difícil posición del primer edil de la ciudad, obligado a representar dignamente por todas las tierras de España su condición de presidente, siendo a la vez miembro destacado de una coalición a la que no gusta hablar de España, sustituyéndola por el eufemismo Estado cuando se refiere a ella. Pero incongruencias aparte, no ha sido un mal año para la ciudad y su legado judío. Éste se ha hecho presente en diversas iniciativas, en especial en las Semanas Sefardí y de Estudios Medievales; exposiciones como la muestra Shalom -Sefarad sobre la vida sefardí en Rodas y Seattle; se han reiniciado las excavaciones en la judería; y hoy mismo podremos disfrutar de una sugestiva propuesta de los Amigos del Camino de Santiago, titulada “Atardecer en la sinagoga”, donde los participantes de la semana y acompañantes asistiremos a la explicación de la judería y compartiremos una merienda en Santa María Jus del Castillo, antigua sinagoga de la ciudad.

Espero y deseo que la presencia en la Red sirva para fortalecer vínculos con los otros pueblos de España, la Sefarad ansiada y añorada por todos los sefardíes.

Diario de Navarra, 19/7/2018

Los Sanfermines, según Iriberri

Iriberri

Les confieso, aún a riesgo de perder parte de mi reputación, que no soy persona especialmente festiva. Por razones del cargo, durante años visité innumerables pueblos de Navarra en su día grande, y recorrí sus cascos antiguos en procesión cívico-religiosa entre jotas, vítores, capas pluviales algo apolilladas y fervores marianos. Todavía recuerdo dos cosas de aquellos años: el atuendo de impecable traje como señal de respeto y día de fiesta, hoy impensable; y la emoción de las autoridades locales cantando las excelencias de las fiestas propias, cuando se parecían como una gota de agua a otra a las del pueblo vecino. Hoy, liberado de obligaciones protocolarias, mi calendario festivo se limita a unas breves visitas a Pamplona y Estella, y a las fiestas de Los Arcos -pochada en familia, encierros y cenas con los amigos- y Oteiza, donde espero ejercer de abuelo con el completo programa que ello comporta.

Pese a todo, siempre que se acerca el 6 de julio, mi primera intención es dedicar el artículo a los sanfermines, no sé si como obligación o como tributo a una fecha que forma parte del ritual veraniego. El año pasado centré mi colaboración en la evolución de la fiesta, glosando los cuatro cronistas locales que a mi juicio mejor han descrito la evolución de Pamplona y sus fiestas: Ángel María Pascual, José María Iribarren, José Miguel Iriberri y Juan José Martinena. De Iriberri, decía: “El testigo de José María Iribarren lo recoge, y de qué manera, José Miguel Iriberri, que durante muchos años, en este mismo medio, ha tomado la temperatura de la fiesta como el verdadero doctor de cabecera de la nueva Pamplona. ¿Para cuándo la recopilación de sus apuntes? “. Para mi sorpresa, hace escasos días, recibí un paquete en casa con un libro dentro titulado Sanfermines de papel, con una cariñosa dedicatoria que decía: “A Román Felones, que me animó, desde su Solana, a editar este libro”. Me llevé una gran alegría, porque además del interés del libro en sí, en el fondo todo escritor, por modesto que sea, aspira no solo a que le lean -que no es poco-, sino a que le hagan un poco de caso, lo cual es más difícil.

De modo que este año el tema venía impuesto. Y he querido titularlo “Los Sanfermines, según Iriberri”, porque a partir de ahora será uno de esos libros canónicos a los que tendremos que apelar como referencia de autoridad, cual evangelista que es de la verdad de la fiesta, tal como él la concibe. Con la agudeza que le caracteriza, ya lo señala César Oroz en su prólogo y lo glosa en su genial viñeta: rodeado de iconos sanfermineros, Iriberri toma apuntes en la plaza consistorial y un municipal señala: ¡Vamos, vamos, circulen! ¡Aquí no hay nada que ver! ¡Ya lo leerán mañana en Diario de Navarra!

Lo que siempre me ha llamado la atención de Iriberri es la difícil simbiosis que logra entre lo local y lo universal. Para él, los sanfermines no son solo los grandes actos que lo definen -cohete, vísperas, procesión, encierros, comparsa, autoridades civiles o religiosas, la pamplonesa, corridas, octava-, sino también los personajes de a pie, todos con nombres y apellidos, que son los verdaderos protagonistas de la fiesta, y que la elevan a categoría de “fiestas sin igual”. El índice de su libro, que recoge una selección de 79 artículos publicados entre 1998 y 2017, da cumplida prueba de ello. El primero, titulado En marcha, digno del más poético y entrañable Ángel María Pascual, es un canto a la fiesta que comienza: la marcha al cohete y el recuerdo a los que se fueron aquel año, Turrillas, Caballero y Zubieta. El último, Puerta grande, es un adiós agradecido a Rastrojo y Chichipán, pastores del encierro, que “saltaron a la calle cuando la Estafeta aún guardaba un lejano olor a alpargata y regresan al otro lado de la valla en estos otros tiempos, cuando el bando municipal alerta contra la presencia de drones y otros artilugios que le sientan al encierro como le sentaría a la vara del pastor un ramito de violetas”.

Y junto a lo local, lo universal. Iriberri es hombre de muchas lecturas que vierte en forma de frases cortas, a modo de citas de autoridad, como colofón a muchos de sus artículos, ¿ Qué pintan Auster, Hemingway, Bryce Echenique, García Serrano, Pascual, Sánchez Ostiz, Kundera, Miller, Vila-Matas, Ruiz Zafón, Elorriaga, Trapiello, Cercas, o Pessoa -por citar solo algunos- en estos relatos sanfermineros, dirá más de uno? Creo que les dan hondura y verosimilitud, y les permiten pasar de ser elementos locales a formar parte de páginas integrantes del relato universal de la fiesta.

Consolémonos. Si por la razón que sea no podemos disfrutar personalmente de la fiesta, siempre tendremos a Iriberri para recrearla. Con la ventaja añadida de que, a partir de ahora, a nuestra visión y recuerdo de los sanfermines, podremos añadir los Sanfermines de papel, según José Miguel Iriberri.

Diario de Navarra, 5/7/2018