25 años del Consejo Social de la UPNA

Consejo

Aunque la pandemia ha obligado a abandonar precipitadamente las aulas presenciales, la Universidad sigue con su actividad habitual, que no es otra sino la docencia y la investigación, a la que se añade cada vez con más fuerza la transferencia de conocimientos. Docencia que, en buena medida, debe realizarse on line, con un esfuerzo adicional no pequeño por parte de alumnado y profesorado, y del que deberán dar cuenta los estudiantes en las próximas semanas mediante los exámenes, también con un procedimiento inusual. La investigación también ha experimentado cambios, pero espero que para muchos profesores haya sido una época propicia, dado que ésta necesita un tiempo y una tranquilidad que en el día a día no es fácil de encontrar.

Pero si algo ha quedado claro con la presencia del coronavirus es la necesidad de reforzar nuestra estructura científica, que tiene en la Universidad el ámbito más relevante. A ello apelaban el otro día los rectores de la UPNA y la UN, ofreciendo sus respectivas instituciones para trabajar por un objetivo común, hacernos más fuertes como comunidad y servir mejor a los intereses generales.

La UPNA, como universidad pública que es, se rige por una ley orgánica que contempla la existencia del Consejo Social, el órgano de participación de la sociedad en la universidad, y que debe ejercer como elemento de interrelación entre una y otra. Fue creado por el Parlamento de Navarra, mediante ley foral, el 9 de noviembre de 1994, y celebró su Pleno de constitución el 5 de mayo de 1995. Aunque en silencio, acaba de cumplir los 25 años, y parece momento propicio para evaluar su desarrollo y otear el horizonte próximo.

Si uno analiza detenidamente las funciones que la ley otorga al Consejo Social, no puede menos que reconocer su importancia: aprobar el presupuesto de la universidad, supervisar las actividades de carácter económico y del rendimiento y calidad de los servicios, y fomentar la colaboración de la sociedad navarra en la financiación de la misma. Mucho y poco a la vez, ya que la actividad depende en gran medida del trabajo e impulso del presidente y los 18 vocales que lo integran, que para desarrollar su labor cuentan con un presupuesto exiguo y un personal mínimo. Para 2020, 83.000 euros y dos funcionarios, además del apoyo de los servicios de la UPNA. Tradicionalmente ha contado, además, con otro serio inconveniente. Aunque con matices, que van del mucho al relativamente poco, el Consejo Social, al igual que en el conjunto de las universidades españolas, no ha contado con la confianza de los sucesivos equipos rectorales que, pese a la explícito de los objetivos previstos en la ley, lo han sentido más como un incordio que como un organismo de ayuda en la mejora continua de la Universidad.

Sin embargo, dentro de su modestia, el balance de su actuación es razonablemente satisfactorio. Es más, en el conjunto de los consejos sociales de España es una referencia no solo por la forma de designar a su presidente -elegido por los vocales en la UPNA y designado por el gobierno de turno en todas las demás- sino también por su trabajo, su manera de hacer y relacionarse, y su incidencia en el día a día de la praxis universitaria.

La crisis del coronavirus, que tendrá una innegable repercusión en la asignación de recursos en los próximos años, obliga al Consejo Social a replantear su tarea y, como genuino representante de los intereses de la sociedad en la universidad, a participar activa y responsablemente en el diseño de la política que mejor sirva a los intereses generales de Navarra. Coincide en el tiempo, además, con una mayoritaria renovación de los vocales del Consejo, que deberá culminar en la elección de un nuevo presidente, al haberse cumplido el mandato del actual.

Aunque la situación sigue siendo anómala e impide celebrar presencialmente las bodas de plata, no quiero cerrar estas líneas sin felicitar a cuantos han formado parte del Consejo, casi todos de forma altruista, a lo largo de sus 25 años de existencia, presididos sucesivamente por Fernando Redón, Jesús Irurre, el que esto escribe y Joaquín Ansa.

Con reforma universitaria, muy necesaria por cierto, o sin ella, el Consejo Social debe seguir cumpliendo escrupulosamente la tarea encomendada por la ley foral. Si inicialmente fue discutido y se ganó a pulso la estima con su trabajo, tras la pandemia y la crisis subsiguiente que ésta dejará consigo, debe aspirar a que su buen hacer lo convierta en un órgano cada vez más necesario.

Diario de Navarra, 21/5/2020

 

La educación ante el nuevo curso

Aulas

Cada semana que pasa queda más claro el impacto del coronavirus en nuestras vidas, tanto a nivel individual como social. Puestos a señalar, tal vez los ámbitos más directamente afectados han sido el sanitario, el económico y el social, con unas cifras en los tres casos alarmantes.

Comprendo que ante tal cúmulo de problemas, tiene que resultar muy difícil atender a todos los frentes y establecer las prioridades. Y todavía más difícil, sustraerse a los agobios del día a día e intentar una mínima planificación para determinados ámbitos.

Uno de los que lo exige imperiosamente es la educación, ya que la actual situación ha demostrado lo perturbador que resulta para una sociedad desarrollada no tener bien resuelto un derecho y un deber que nos parecía obvio: que nuestros niños y adolescentes vayan diariamente a clase, con las rutinas sociales que ello conlleva.

Aunque la situación que acabo de describir es aplicable tanto a España como a Navarra, permítanme que concentre mi reflexión en nuestra Comunidad, ámbito que creo conocer mejor.

Convengamos que, aunque el curso 2019-2020 ha quedado muy tocado, no todo ha sido negativo: hemos descubierto el valor y la necesidad de las nuevas tecnologías, que han amortiguado mucho la ausencia de la enseñanza presencial; el profesorado ha reaccionado con diligencia y dedicación, adaptándose con rapidez al nuevo escenario; se ha revalorizado la función docente, sobre todo entre los padres y madres que han tenido que ejercer parcialmente una tarea que tal vez no valoraban en su justa medida; la administración y los centros han respondido razonablemente bien a la emergencia; y ha imperado el sentido común respecto a las evaluaciones y el pase de curso: se hará lo que las juntas de evaluación determinen, como viene siendo habitual en nuestros centros. El mismo sentido común que desearíamos respecto a la Evaluación para el Acceso a la Universidad (EvAU), que, solventados los problemas organizativos y de logística, debe buscar un ponderado equilibrio entre lo deseable y lo posible.

Mucho más importante me parece conseguir que el próximo curso comience de forma normalizada. Nos va mucho en ello. La enseñanza presencial no solo implica normalidad académica, sino también una ayuda inestimable a la normalidad social y económica. Aun con un creciente sector en teletrabajo, ¿es posible la normalidad social y económica sin una normalidad educativa? Me temo que no, de ahí la importancia de solventar adecuadamente esta última.

La ministra de Educación, Isabel Celáa, nos ha sorprendido esta semana con un anuncio impactante: la posibilidad de que el próximo curso el número de alumnos por clase sea de en torno a 15, lo que implicaría una mezcla de enseñanza presencial y no presencial. Si eso es así, los problemas logísticos, organizativos y económicos se van a multiplicar. Sindicatos, asociaciones de padres y expertos, ya avisan de todo ello. Con un problema añadido, la gestión corresponde a las comunidades autónomas, que todavía no se han pronunciado al respecto.

¿Cómo abordar en Navarra este reto? Si hay alguna región española que está en condiciones de intentarlo es la nuestra, y es una oportunidad que no debe desaprovecharse.

En mi opinión, dos objetivos deben ser los preferentes: garantizar la salud de todo el colectivo implicado y asegurar la enseñanza presencial para todo el alumnado.

Nuestra primera fortaleza es la escuela rural, donde las cifras reducidas de alumnos permiten solventar el problema sin demasiados agobios. Es el momento de poner en valor el elemento más valioso de nuestro sistema educativo, que en buena medida sostiene la vida de la Navarra rural.

En la Navarra urbana, nuestro parque educativo es holgado y está en algunos casos infrautilizado. Es obvio que habrá que hacer ajustes, y no pequeños, con turnos de mañana y tarde, si fuere necesario, o aulas prefabricadas, allí donde fueran imprescindibles. Lo que será ineludible es el refuerzo de las plantillas y el aumento temporal de profesorado, lo que conlleva necesariamente un aumento presupuestario. Una inversión muy rentable, si con ello conseguimos que los padres y madres puedan trabajar y acercarnos a esa normalidad social y económica a la que aspiramos.

Y ésta es tarea de todos. El sistema educativo es uno, con una red pública y otra concertada puestas al servicio de un objetivo común.

La enseñanza universitaria merece capítulo aparte. Pero el escrito de ayer en la prensa, firmado por los rectores de la UPNA y la UN, es una magnífica noticia, que apunta en la buena dirección.

El inicio del próximo curso va a poner a prueba nuestro sistema educativo. Confiemos en que la evaluación sea positiva.

Diario de Navarra, 7/5/2020

 

El sector cultural tras el confinamiento

Agenda

Esta sección quincenal está incardinada desde hace años en Diario2, la parte del periódico dedicada específicamente a la cultura. Parece, por tanto, conveniente que echemos una ojeada al impacto de la pandemia en el sector cultural y oteemos brevemente el oscuro horizonte que se avecina.

Formamos parte de un país, España, que presume de un gran legado artístico y cultural, en el que la literatura y el arte tal vez sean los elementos más destacados. Un legado caracterizado más por el brillo de las estrellas rutilantes que por el tono medio de sus habitantes, vivan en el campo o en la ciudad, solo y parcialmente considerados ciudadanos desde el siglo XIX. Esta cultura, en consecuencia, ha sido históricamente patrimonio de unos pocos, y solo en el último tercio del siglo XX, la Constitución de 1978 consagró, al igual que para la educación, el derecho de todos a su acceso y disfrute.

Se inició así una etapa en la que, con insuficiencias e irregularidades, la Cultura mejoró en presupuestos, se dotó de una estructura más sólida, aprobó leyes, promovió planes y fue tejiéndose una red que, por vez primera, pudo llamarse infraestructura cultural propiamente dicha.

Esta nueva realidad cultural española debe mucho a la estructura territorial del Estado. Las comunidades autónomas, que gestionan desde hace muchos años el grueso de la actividad cultural de nuestro país, han realizado un gran esfuerzo en este ámbito y, al margen de algunas grandes instituciones nacionales, caso del Museo del Prado, el Ministerio de Cultura tiene un carácter casi residual en impacto y presupuesto. Esta misma semana, el conocido y brillante periodista Rubén Amón propugnaba que “tendría más sentido exigir la desaparición del Ministerio de Cultura si no fuera porque el Ministerio de Cultura ya no existe. Agoniza bajo la extorsión de Hacienda. Y representa el cuarto oscuro del Gobierno. No solo de este Gobierno. Cultura se resiente de una marginación estructural y conceptual, de tal manera que las declaraciones del ministro Uribes —”primero la vida, luego el cine”— evocan las mismas conclusiones del ministro Montoro durante la crisis económica, cuando definía la cultura como un entretenimiento superfluo, de tal manera que poco importaba asfixiarla”.

Cuando la Cultura parecía levantar cabeza, como demuestra que en España, en datos del 2018, el sector haya aportado el 3,2 % del PIB, la pandemia ha arrasado todo como si de un viento huracanado se tratase. Y ahora que el sector se encuentra a la intemperie, nos estamos dando cuenta que la Cultura es mucho más importante de lo que creíamos, hasta el punto de convertirse en bálsamo, asidero o faro, según los casos, en esta travesía de futuro oscuro y duración incierta.

No sé si es un acierto pleno la apertura de páginas webs, programas y todo tipo de manifestaciones con las que nos sorprenden los medios, las instituciones y los artistas cada día. Tiene de positivo el acceso casi universal a manifestaciones en muchos casos inaccesibles para buena parte de la ciudadanía, pero con el nada despreciable aspecto negativo de alimentar la creencia errónea de que la cultura es y debe ser gratuita, sin valorar que es también el medio de vida de un importante sector de nuestros conciudadanos.

Las perspectivas no son halagüeñas. Así lo han entendido un centenar de premios nacionales, entre los que se encuentran las navarras María Bayo y Teresa Catalán, demandando en un manifiesto titulado “Cultura o barbarie” que es necesario tomar medidas urgentes, inmediatas y dotadas de concreción presupuestaria. “Más que aplausos, artículos, tuits o recomendaciones, necesitamos que se pongan manos a la obra”.

Y lo dicho para España, es aplicable también a Navarra. El mundo musical, especialmente rico y activo en nuestra Comunidad, publicó hace un par de semanas un manifiesto en favor de la Cultura, titulado “Un sector primordial” en el que pide que no se deje de lado el proceso de estabilización cultural seria y sólida emprendido en Navarra y demanda medidas similares a las adoptadas en otros países cercanos. Si fuimos capaces de alumbrar una Ley de Mecenazgo pionera, aunque poco fructífera hasta ahora, deberíamos intentar un apoyo explícito en la hora presente a un sector necesario, del que nos sentimos legítimamente orgullosos.

Hoy es 23 de abril, día del libro. Permítanme una pequeña propuesta, ahora que el tiempo no nos falta. ¿Por qué no aprovechar un rato para retomar el Quijote o cualquier otro libro que nos satisfaga? Aunque sin entrega del premio Cervantes o una visita a la librería, podemos hacer de hoy el mejor día del libro de nuestra vida.

Diario de Navarra, 23/4/2020

 

Héroes no tan anónimos

REsidencia

Esta es la tercera entrega dedicada al coronavirus. El día 12 de marzo, apenas desatada la pandemia, les proponía reflexionar sobre el comportamiento de nuestra sociedad ante este inquietante fenómeno. El 26 de marzo, me hacía eco de un sector especialmente castigado, nuestros mayores, y evocaba el doble trauma que suponía un duelo sin despedida. Con una constatación personal. Lo que entonces era una elucubración abstracta, ahora toma nombres y apellidos, porque casi todos tenemos un caso próximo en familia o amigos. “La verdad es que esta situación es muy triste”, me contestaba ayer un amigo al que acababa de enviarle un wasap dándole el pésame por la muerte de su madre.

Hoy, 9 de abril, Jueves Santo aunque no lo parezca, me gustaría fijarme en un aspecto más optimista y positivo, a tono con las noticias que nos van deparando los últimos días. Me refiero no tanto a la conducta de nuestros responsables políticos, que no hacen sino cumplir con la obligación que contrajeron con la ciudadanía cuando accedieron a sus respectivos puestos, sino a la del cuerpo social, que por encima de su estricta obligación laboral ha conjugado de todas las formas posibles el verbo “solidarizar”, consiguiendo salvar muchas vidas y paliar la catástrofe que nos venía encima. Sanitarios, cuerpos policiales, o el sector de la asistencia social, son algunos de los nombres que nos vienen a la cabeza. Son muchos más, porque si algo ha dejado claro la pandemia es que, aunque nadie es imprescindible, todos somos necesarios en una sociedad que, frente a lo que nos imaginábamos, necesita la presencia y el apoyo de sectores que hasta ahora nos habían pasado inadvertidos.

Pero puestos a elegir, me gustaría fijarme en un ejemplo de solidaridad, abnegación e incluso heroicidad, que ha llamado mucho la atención en Navarra y en España. Es el de los trabajadores de la residencia San Jerónimo de Estella, que se han confinado con los residentes para tratar de evitar los contagios y hacer el trance más llevadero a nuestros mayores. Me ha animado a ello el escuchar a una cuidadora y a una abuela comentar con Carlos Alsina, en uno de los programas estrella de la mañana radiofónica nacional, los pormenores de la iniciativa. Y, sobre todo, oír también esta misma semana en una emisora regional al director de la residencia, David Cabrero, contar los avatares del proceso después de casi tres semanas de confinamiento.

Desde entonces, 17 de sus 40 trabajadores, desde auxiliares a enfermeras, personal de mantenimiento, la encargada y el propio director, permanecen con los internos. Duermen en colchones que han colocado en despachos, salas de visitas o la propia peluquería. En la entrevista, David Cabrero, a pesar de que dejó fuera a los padres, esposa y un niño de cuatro años, no podía ocultar su orgullo por la implicación de la plantilla ante la emergencia sanitaria. No les sobran los medios, pero prefería centrarse en lo positivo. Y comentaba el día a día de su nueva gran familia. Mucho trabajo, alegría en residentes y trabajadores, ocupaciones nuevas en unos y otros, videoconferencias con residentes y familias, atención a los medios de comunicación y directores de otras residencias de Navarra y de España que se han interesado por el proceso y sus circunstancias. Y cariño, mucho cariño por parte de los estelleses que les inundan de regalos y les aplauden cada día a las ocho de la tarde, aplauso que es correspondido por los residentes que han hecho de esa hora el momento álgido del día. Y realismo también en su diagnóstico: “Por el momento no tenemos positivos, pero si los tuviéramos, al menos nos quedará el consuelo de que lo hemos intentado con todas nuestras fuerzas”.

En medio de tanta angustia y penosas condiciones que han sacudido a este sector, consuela saber que en San Jerónimo y en otras muchas residencias de Navarra y de España, hay profesionales que han llevado su compromiso hasta el límite del heroísmo y, en algunos casos, lo han traspasado. Solidaridad con mayúsculas. Y desde una perspectiva creyente, encarnación viva de lo mejor del Jueves Santo.

Cuando acabe todo esto, supongo que la sociedad, representada en sus instituciones, agradecerá estos gestos como es debido. De entre los muchos premios y medallas que las instituciones otorgan, reserven una, por favor, para estos héroes con nombres y apellidos, que representan lo mejor de un sector a veces olvidado. Se lo merecen.

Diario de Navarra, 9/4/2020

 

Duelo sin despedida

Duelo2

Les confieso a ustedes que he tenido muchas dudas sobre el asunto que debía de abordar esta semana. ¿También yo debía de hablarles sobre el coronavirus, teniendo en cuenta la sobresaturación de información que recibimos y que la pandemia va a continuar entre nosotros más de lo que nos gustaría? ¿No sería más razonable apelar al arte, la literatura, la música, o compartir con ustedes algunas de las muchas y muy buenas iniciativas que van surgiendo en estos ámbitos? ¿O incluso apelar a la primavera, que empieza a estar insultantemente bella, sin ser consciente de que el dolor, la enfermedad y la muerte han acampado entre nosotros y casi no nos podemos permitir el lujo de apreciar cómo la vida pretende irrumpir en nuestras casas a través del agradable calorcito tras los visillos, el árbol florecido de la calle o la modesta y tierna flor del tiesto de nuestros balcones o ventanas?

Pero los datos de hoy miércoles, en los que termino estas líneas -que ya serán bastantes más cuando ustedes los lean mañana- son tan estremecedores, que no puedo obviarlos: 47.610 casos confirmados y 3.434 muertos en España y 1.197 y 33 en Navarra.

En esta pandemia que nos afecta a todos, aunque en desigual medida, hay un sector especialmente vulnerable y castigado: nuestros mayores. En unos casos, los más, al abrigo de su familia, con resignación y paciencia casi infinita, viendo la tele, no pocos con rezos y misa incluida, y hablando con sus hijos y nietos por teléfono; en otros, confinados solos en casa, haciendo doblemente dura esta etapa en la que el miedo se une a la soledad; y otros más, en residencias queridas u obligadas por las circunstancias personales o familiares, que se han revelado en muchos casos claramente insuficientes y deficitarias para hacer frente a situaciones de emergencia. Nuestros mayores, sí, aquellos que habiéndolo dado todo en circunstancias difíciles para su familia y su país, se encuentran ahora, al final de sus días, con una epidemia que parece de posguerra y que se los lleva a ellos por delante.

Honrar a los muertos, es una actitud inherente a la especie humana de la que tenemos constancia desde la más remota antigüedad. Ha adquirido diferentes formas a través de la historia y, entre nosotros, ha dado lugar a un rito consolidado: compañía en la enfermedad, en la medida de lo posible; velatorio del difunto, normalmente en el tanatorio; y funeral y acompañamiento al cementerio. Ni siquiera el rito civil, que ha sustituido en parte al religioso, prescinde de esta liturgia. Y es que la persona humana, que habita en sociedad, necesita compartir la pérdida de un ser querido, llorarla en el hombro del familiar o el amigo y recibir el calor y el ánimo de los suyos, aunque el proceso resulte a veces abrumador, pero también íntimamente satisfactorio. Las esquelas de estos días dejan constancia del desgarro. Casi todas incluyen que, dadas la circunstancias del momento, el funeral queda para más adelante. No hay velatorio, el entierro o cremación se hace en la más estricta intimidad, y el funeral se pospone.

Por si esto no fuera suficiente, la pandemia ha producido una situación nueva, que tanto nos está impresionando estos días. Personas, sobre todo ancianos, que mueren solos, y familiares que no pueden acompañarlos en sus últimos momentos, sin intercambiar un abrazo, una sonrisa o unas palabras de despedida. Quizás sea la cara más cruel de la pandemia, el aislamiento en los momentos finales para evitar contagios, convirtiendo los últimos días y las horas postreras en un viaje repleto de ausencias, soledad y muerte, mientras al otro lado la familia experimenta angustia, impotencia y desgarro.

Este duelo sin despedida, normalmente asociado a las muertes súbitas o por accidente, se nos ha hecho presente de forma repentina. Solo nos queda solidarizarnos con los familiares en este trance difícil, animar a buscar fórmulas -hoy el DN nos habla de algunas buenas prácticas en algunas de nuestra residencias- para paliar este tremendo roto emocional, y contribuir solidariamente en todo lo posible a acortar el tiempo de la pandemia.

La actual situación probablemente nos ha hecho descubrir que solos no vamos a ningún lado. Que tenemos vecinos, que podemos contar con ellos, que juntos sufrimos y que podemos también alegrarnos juntos.

Permítanme que termine con una anécdota positiva. En Oteiza, donde vivo, el aplauso de las 8 de la tarde a los que trabajan por todos nosotros, ha sido complementado por parte del ayuntamiento con unos minutos de música que suenan por todos los altavoces del pueblo. Es un momento esperado para el agradecimiento y el optimismo, porque si la primavera ha llegado a nuestros campos, también debe llegar a nuestros corazones y a nuestra sociedad. ¡Juntos lo lograremos!

Diario de Navarra, 26/3/2020

 

El emociómetro

Emociómetro

El Diccionario de la Real Academia Española (RAE) recoge 162 palabras terminadas en el sufijo “metro”, reconocidas oficialmente. Pueden significar o instrumento de medida o unidad de longitud múltiplo del metro. En los últimos años, fruto de la vitalidad del idioma, hemos incorporado algunas otras que, sin tener reconocimiento oficial, nos resultan familiares. Es el caso de “navarrómetro”, para designar al estudio electoral que periódicamente encarga el Parlamento de Navarra, o “pactómetro”, neologismo con el que La Sexta denomina a los posibles pactos de gobierno, tras la suma de escaños obtenidos por los partidos políticos en unas elecciones.

El otro día, en el programa “Longitud de onda” de Radio2, entrevistaron a Ínigo Saénz de Miera, director de la Fundación Botín, quien trataba de explicar qué era el “emociómetro”, aplicado al impacto del arte -en sus múltiples manifestaciones- en la vivencia y gestión de las emociones. La entrevista, la revisión del programa de la citada fundación Educación Responsable, y la iniciativa que tendrá lugar este viernes en el Auditorio Nacional de Música de Madrid en la que pretende medirse el impacto en músicos y oyentes de la audición de la novena de Beethoven mediante la utilización del “emociómetro”, me parecieron razones más que suficientes para reflexionar brevemente sobre esta cuestión y tratar de aplicarlo a nuestra situación como sociedad.

A estas alturas, nadie discute la importancia de las emociones. Todos las sentimos en mayor o menor medida y forman parte inherente de nuestra condición humana. Otra cosa es como las gestionemos, lo que condicionará grandemente nuestra vida en sociedad. Todos conocemos a personas valiosísimas que, sin embargo, están escasamente dotadas para esta vida en sociedad. Decimos de ellas que les falta inteligencia emocional, un concepto relativamente reciente en el que englobamos las capacidades y habilidades psicológicas que implican el sentimiento, entendimiento, control y modificación de las emociones propias y ajenas.

La navarra es una sociedad compleja y plural, acostumbrada a las emociones fuertes de todo tipo: políticas, sociales, económicas y religiosas. Afortunadamente, la desaparición del terrorismo de ETA ha acabado con el más pernicioso de los peligros que se cernían sobre nuestra Comunidad, pero nuevas tensiones llaman a nuestra puerta. La última acaba de hacerse presente y por muchos esfuerzos que hagamos será muy difícil cerrársela y no sufrir sus efectos más o menos graves. Me refiero al coronavirus, En el momento de revisar estas líneas, el número oficial de afectados se eleva a 46, pero cuando usted las lea mañana serán bastantes más. El peligro asoma: existen focos importantes en Álava y La Rioja y las administraciones han decidido el cierre de sus centros educativos, entre otras medidas.

¿Podemos tomar la temperatura a la realidad navarra actual, aplicar el emociómetro y prever el comportamiento de nuestra sociedad? Intentémoslo.

La situación está provocando en nuestro cuerpo social inquietud y desasosiego. Así lo indican las conversaciones en familia, amigos y grupos de todo tipo, por no hablar de los medios de comunicación. A las páginas de este mismo medio me remito. Y ante este estado, cabe esperar que nuestros responsables políticos den pruebas de esa inteligencia emocional a la que nos referíamos y ejerzan un ecuánime liderazgo. Guardar el equilibrio entre lo necesario y lo deseable no es fácil, porque buena parte de las medidas que se tomen serán impopulares. Pero sería bueno que primen en las autoridades los criterios científicos sobre los de oportunidad, y que los ciudadanos respondamos con sentido común y seriedad a fin de conseguir el objetivo deseado: que la epidemia no se expanda, y queden salvaguardados los intereses colectivos y de salud pública sobre los deseos personales de satisfacción de necesidades menos perentorias. Ni los elementos de ocio, ni las celebraciones festivas, ni siquiera la asistencia a las aulas o a determinados trabajos son fines en sí mismos, sino medios de los que nos servimos para mejorar nuestra vida en sociedad, una vez que ésta está garantizada.

Disponemos de un robusto sistema de salud y unos profesionales bien capacitados. Si en los próximos días o semanas somos capaces de mantener la calma, atender razonablemente las indicaciones de las autoridades, acentuar nuestra higiene personal, comprender las medidas incómodas que puedan arbitrarse y actuar solidariamente con las personas que se vean afectados por el virus, habremos pasado positivamente la prueba y podremos alegrarnos de formar parte de una sociedad desarrollada, emocionalmente madura y socialmente solidaria.

Será un ejemplo más de que las frustraciones y las crisis no necesariamente son elementos negativos, si somos capaces de reaccionar y actuar en consecuencia. A todos nos va mucho en ello.

Diario de Navarra, 17/3/2020

 

Valores que perduran

Jesus

El pasado miércoles, 5 de febrero, falleció de forma repentina Jesús Chivite Lauroba. Dada la edad del difunto y las circunstancias de su muerte, su trayectoria personal y vital, y lo amplio de su familia -cinco hijos e hijas, entre las que se encuentra la actual presidenta del Gobierno de Navarra-, el funeral constituyó una impresionante manifestación de duelo.

Con el mayor respeto a su familia y a sus amigos, me gustaría trasladarles algunas reflexiones que rondaron por mi mente en el tanatorio, el traslado hasta la iglesia y el funeral celebrado en la parroquia de San Juan Bautista de Cintruénigo, sobre las que tuve ocasión de comentar con algunos de los asistentes y reflexionar durante mi vuelta a Oteiza en coche.

He compartido con su hija María años de militancia política y de actividad en el Parlamento de Navarra y he seguido su trayectoria desde muy primera hora. En algunas ocasiones había coincidido con sus padres y habíamos intercambiado opiniones de todo tipo: políticas, personales, religiosas y vitales. Por vivencias y edad, a Jesús y Mila los sentía próximos, además de ser los padres de mi compañera de partido y parlamentaria. Y sabía de sus esfuerzos por sacar adelante a sus hijos, su compromiso político, sindical y social, su vinculación a la parroquia y su respeto por las ideas y vivencias de cada uno.

En todo funeral se mezclan, y más en los tiempos que corren, dos tipos de personas: las que pretenden manifestar con su presencia la solidaridad con la familia, que tanto se agradece en estas circunstancias, y las que, además, unen a la solidaridad un sentimiento religioso expresado en la participación en la eucaristía de la misa funeral, en la que encomendamos al Padre Bueno el alma del difunto con el deseo y la esperanza de que viva para siempre junto a Él.

El traslado del féretro del tanatorio hasta la iglesia fue multitudinario y respetuoso. Allí estaban muchos de los que, con serias discrepancias ideológicas en otros momentos, las aparcaron para estar cerca de quien, de forma repentina, había perdido a un ser querido. Un gesto que honra a unos y a otros y que nos recuerda que a veces lo accesorio nos impide centrarnos en lo importante.

La iglesia presentaba el aspecto de los días grandes. Su hermosísimo interior, uno de los grandes templos navarros del siglo XVI, presidido por un extraordinario retablo renacentista, estaba abarrotado de personas que venían a despedirse de Jesús y a acompañar a su familia. Las lecturas, bien elegidas; el coro, numeroso y realzando la celebración; la homilía del párroco, ajustada en la glosa de las bienaventuranzas, aplicadas en este caso a una persona que, además de su familia, hizo del trabajo social y la ayuda a los demás un compromiso y el norte de su vida; la intervención de un familiar cercano, reflejo de una fe profunda y una confianza en Dios difícil de escuchar incluso en las celebraciones de despedida; y, lo más emocionante para mí por ser la primera vez que lo veía, la voz agradecida de Mila, la esposa de Jesús, viuda reciente, que expresaba con palabras sentidas la gratitud dolorida de una familia ante las muestras de cariño recibidas. Los asistentes, creyentes o no, estoy seguro que salimos del funeral con una mezcla de sentimientos acumulados: el dolor inevitable de la familia, el cariño afectuoso de los asistentes, la sorpresa de las intervenciones desde el ambón, y el buen hacer de una comunidad parroquial que acogió, agradeció y valoró el trabajo y la cercanía de uno de los suyos. En definitiva, si me permiten la expresión, tuvimos la impresión de haber asistido a un funeral como Dios manda.

Tras los intensos días del tanatorio y del funeral, la vida sigue y llega un periodo de vacío nada fácil de llenar. La nueva vida la deseamos plena para Jesús, sosegada para Mila, su mujer, con bríos renovados para sus hijos, y llena de esperanza para sus nietos. Y para los que tuvimos la fortuna de apreciar lo mucho y bueno que allí vimos y oímos, el deseo de recuperar lo importante y desechar lo accesorio. Una vez más, conviene recordar la frase de San Juan de la Cruz hecha canción, que suele cerrar algunos de nuestros funerales: “Al atardecer de la vida, nos examinarán del amor”. Jesús Chivite Lauroba dio pruebas fehacientes de que el amor por su familia y por los demás llenó su vida. Y los que lo conocimos, lo corroboramos y se lo agradecemos.

Diario de Navarra, 13/2/2020