Un premio merecido para la Coral de Cámara de Pamplona

Coral

El Gobierno de Navarra tiene establecidos numerosos premios, con incremento notable de galardonados en los últimos años, para reconocer la tarea desarrollada por personas e instituciones en los más variados campos. Los tres más representativos son la Medalla de Oro de la Comunidad, el premio Príncipe de Viana de la Cultura y la Cruz de Carlos III el Noble. Los tres los otorga el ejecutivo navarro, pero el Príncipe de Viana de la Cultura presenta una diferencia respecto a los otros dos: para participar en el mismo deben presentarse previamente las candidaturas que, por lo tanto, son conocidas de antemano. Y la decisión corresponde al Consejo Navarro que Cultura, limitándose el Gobierno a ratificar la decisión previamente adoptada.

En el año en curso, las propuestas presentadas fueron ocho, tres procedentes del propio Consejo Navarro de Cultura y las otras cinco de los ámbitos e instituciones más dispares. Vaya mi respeto para todas ellas, aunque alguna me resultaba desconocida, pero creo que la decisión de premiar a la Coral es muy acertada. Y no dudo que a ello ha contribuido principalmente una trayectoria fructífera y dilatada, pero también una presentación de sus méritos impecable, como he tenido ocasión de comprobar en la página web de la institución.

El Consejo, dice la nota de concesión “ ha destacado de la Coral de Cámara de Pamplona sus 72 años de trabajo continuado y su compromiso con la ciudadanía navarra proyectando la imagen de la Comunidad como potencia cultural fuera de nuestro territorio. Ha valorado que la Coral, con gran proyección internacional desde sus inicios, dio voz a destacados compositores vanguardistas ya desde la generación del 27. Finalmente, ha señalado también su compromiso con los músicos navarros a quienes ha dado voz y proyección fuera de Navarra”.

Muchos recordamos aquel selecto grupo de coralistas dirigidos por Luis Morondo, impecables de afinación, con aquel peculiar modo de cantar entubado y algo artificioso. Un referente de calidad musical en el gris panorama cultural navarro y español de los años cincuenta y sesenta. Y cito lo de español porque tanto la nota del gobierno, como la de la propia coral, se refieren al Estado como si éste no tuviera nombre. No puedo dar fe de la proyección internacional, de la que queda constancia en sus premios y giras europeos, pero sí de su compromiso tanto con los compositores vanguardistas como con los músicos navarros. Asistí personalmente al estreno, un punto escandaloso, en la Semana Religiosa de Cuenca del año 1967, de una composición del maestro Leonardo Balada, dedicada especialmente a la Coral y su director, y tuve la oportunidad de disfrutar de su trayectoria posterior en numerosos conciertos dirigidos por José Luis Eslava, fiel continuador de la memoria y obra de su maestro.

Junto a los coralistas, los verdaderos artífices de su fecunda trayectoria, es preciso citar la labor de los directores que se sucedieron, tal vez sin la continuidad que una empresa de estas características requiere. En su última etapa, bajo la dirección de David Gálvez Pintado, la Coral parece volver por su fueros: compromiso con Navarra y la música de su tiempo, interacción con los actores musicales más relevantes de la Comunidad, proyección nacional e internacional, economía saneada y dirección y gestión profesionalizada.

Resulta sorprendente, cuando uno lee los reconocimientos otorgados a la Coral, comprobar que los hay españoles, nada menos que la Encomienda de la Orden de Alfonso X el Sabio, la Encomienda de la Orden del Mérito Civil y la Medalla de Oro al Mérito en el Trabajo, europeos y del resto del mundo. Pero Navarra, la región en la que nació y en la que desarrolla preferentemente su actividad, aunque la había sostenido en buena medida con su ayuda económica, no la había premiado institucionalmente hasta ahora. Se salda, en consecuencia, una deuda que la Comunidad tenía con ella, a la que la Coral debe corresponder con un compromiso mayor si cabe al servicio de la música y de Navarra.

Un último deseo por mi parte: espero que acierten en el proyecto de difusión de su obra, actividad que ha sustituido al galardón económico que antes conllevaba el premio. Pero tal vez no estaría mal como anticipo, que para celebrar esta fructífera simbiosis entre la Coral y Navarra, ésta pudiera realizar un pequeño ciclo por las cabezas de merindad para agradecer esta importante distinción. Los que no habitamos en Pamplona, lo agradeceríamos especialmente.

Diario de Navarra, 10/5/2018

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Navarrorum

Navarrorum

Catálogo de la exposición

Durante el último trimestre de 2017, el Archivo Real y General de Navarra acogió la exposición Navarrorum. Dos mil años de documentos navarros sobre el euskera. El tema, el comisario de la misma y el propio catálogo eran tres motivos para pensar que la muestra merecería la pena, pese a que en los últimos años, bajo supuestos estudios sobre la historia de la lengua y la cultura vasca, en más de una ocasión se ha pretendido darnos gato por liebre.

El título de la exposición es el primero de los aciertos. Identificar navarro y euskera, como a la postre pretende el autor apoyándose en un documento suscrito por el rey Sancho VI el Sabio, resulta eficaz para la construcción del relato que se pretende.

Convengamos también en que no estamos hablando de un autor menor. El comisario de la exposición es Peio J. Monteano, historiador, sociólogo y archivero, buen conocedor de la historia de Navarra, sobre todo la de los siglos XV y XVI, y experto en el tema que nos ocupa, al que ha dedicado en 2017 un libro de indudable interés: El iceberg navarro. Euskera y castellano en la Navarra del siglo XVI. Se esté o no de acuerdo con él, en Monteano hay que reconocer a un historiador sólido, que conoce bien su oficio y maneja una documentación de primera mano.

Y finalmente, el catálogo. En muchas ocasiones la exposición pasa y es el catálogo el que permanece. El que nos ocupa es plurilingüe -euskera, castellano, inglés y francés- por este orden; bien ordenado y maquetado; atractivo de diseño; y, lo que es más importante, con la información básica que ofrece la exposición. Y, pese a ocupar cerca de 130 páginas, el precio de venta es meramente simbólico, 5 euros.

Monteano señala en el texto que “Navarrorum no es una exposición sobre la historia del euskera. Sería demasiado pretencioso. Afronta, eso sí, el reto de mostrar mediante una serie de textos escritos el reflejo documental de una lengua que, como la vasca, durante casi milenio y medio permaneció en forma oral. De una lengua que se hablaba, pero que no se escribía. Y lo hace a través de tres docenas de documentos cuidadosamente seleccionados y explicados de forma sencilla y asequible (…) Todos ellos tienen en común su navarridad: se refieren a Navarra, están escritos en Navarra o son obra de navarros”.

Los documentos han sido agrupados en seis bloques temáticos, que nos llevan desde la romanización hasta nuestros días. En un apretado resumen, ésta sería su evolución, según Monteano. En los primeros siglos de nuestra era se mencionan sólo nombres de personas y de dioses inscritos en aras o estelas. En la alta edad media, la lengua ya tiene nombre y, aunque no se escriba, aparecen en los documentos algunas palabras o frases en euskera. En la baja edad media, al latín, la lengua de la escritura, se unen el francés, el occitano y el romance navarro, además del euskera que deja ya sus primeros documentos. A partir del siglo XVI, el euskera, que sigue siendo la lengua hablada hegemónica, comienza a utilizarse por escrito y se imprime, casi siempre con fines religiosos. Los siglos XVII y XVIII son una época de retroceso geográfico y social, y el euskera se irá progresivamente identificando con el campo y la Navarra rural. Durante el siglo XIX el retroceso continúa y el euskera es proscrito en los ámbitos educativo, cultural, administrativo y, finalmente, religioso, aunque se va a convertir en el elemento central del vasquismo cultural primero y del nacionalismo político después. Un apéndice final, que nos lleva de 1877 a 2017, aporta una serie de fechas representativas que permiten titular de forma optimista “un futuro para nuestro pasado”, actitud que contrasta vivamente con la queja permanente que acompaña al discurso político nacionalista en torno al euskera. Visto con perspectiva histórica, el avance es incuestionable.

Sin ánimo de polémica alguna, sino más bien como aportación al debate, señalo dos cuestiones que me han llamado la atención. Identificar “navarro” con “euskera”, ¿no es tomar la parte por el todo? No dudo que Navarra ha sido históricamente el eje dinamizador del mundo del euskera, pero ¿podemos sostener con criterio científico la otra rotunda afirmación de la exposición, que el euskera ha sido la esencia cultural de Navarra?

Tuve la oportunidad de visitar la exposición en Estella hace unas semanas, en un periplo que la llevará por toda la Comunidad Foral. Su formato la hace especialmente proclive a ser paseada por ayuntamientos y casas de cultura. Es asequible y visualmente agradable. Si puede, acérquese y hágase con el catálogo. Tanto una como otro merecen la pena echarles una ojeada.

Diario de Navarra, 26/4/2018

Ése es el camino

Rectores

Imagen conjunta de los rectores de la UPNA y la UN,  Alfonso Carlosena (izquierda) y Alfonso Sánchez Tabernero (derecha)

La educación superior, en el sentido que se entiende el término en nuestros días, fue una creación del occidente europeo en los siglos XII y XIII. Este año celebraremos el octavo centenario de la creación de la Universidad de Salamanca, la más antigua de España y la tercera de Europa. El reino de Navarra también se sumó desde fecha temprana a los intentos de creación de una “universidad general” en el territorio (Tudela, 1259), aunque por razones distintas, básicamente económicas, ninguno fructificó hasta bien entrado el siglo XX.

En 1952 se fundó el Estudio General de Navarra, que pasó a denominarse Universidad Católica de Navarra en 1960 y que hoy conocemos con el nombre de Universidad de Navarra. En 1973 se crea el centro asociado de la UNED de Pamplona, extendido a Tudela en 1989. Como culminación del proceso, el Parlamento de Navarra crea la Universidad Pública de Navarra en 1987. La Comunidad Foral dispone, por tanto, de un sistema universitario compuesto por dos universidades presenciales, una pública y la otra privada y sin ánimo de lucro, y una tercera, pública y no presencial. Y todo ello, recordémoslo, para una población que apenas supera los 600.000 habitantes.

La convivencia entre las dos universidades presenciales no resultó ni cómoda, ni fácil, pese al diseño inicial de la UPNA basado en no duplicar titulaciones. La aparición en ambas universidades de titulaciones nuevas que ya existían anteriormente tensionó la relación durante los primeros años, hasta que poco a poco las aguas volvieron a su cauce y, siempre desde la corrección y el respeto, la cercanía física se concretó en una mayor y mejor relación personal. La llegada de los actuales rectores, ambos con buena trayectoria académica, sintonía y capacidad de liderazgo, propició un paso más en la relación : la institucionalización de los encuentros de los respectivos equipos, con un calendario estable de visitas para buscar áreas de cooperación.

Pero el paso dado el pasado domingo 8 de abril, en el que los dos rectores firman conjuntamente un artículo publicado por este periódico, titulado “El sistema universitario de Navarra” es un salto cualitativo que se debe ponderar en su justa medida. Al hilo de la valoración de dos de los rankings españoles más prestigiosos, el U-Ranking del BBVA-IVIE y el de la Fundación CyD, en el que el sistema universitario navarro se coloca en segunda posición, tras el catalán y por delante del madrileño y el vasco, los rectores realizan una verdadera declaración de intenciones de indudable impacto para el futuro: la colaboración universitaria es un valor y una necesidad; juntos somos más fuertes y ganamos más que si lo hacemos en solitario, ya que en muchos casos unirse no es una opción, sino una necesidad. Pese a que ambas tengan mucha capacidad de mejora si las situamos en el ámbito europeo al que pertenecen, la conclusión es clara: “Navarra puede sentirse satisfecha de su sistema universitario por la calidad y variedad de la oferta docente, por la fortaleza de sus equipos de investigación y especialmente por su aportación al desarrollo y a la mejora en el nivel de vida de la Comunidad. Estos buenos resultados se deben en gran parte al apoyo que reciben las universidades y a la eficiencia con que se usan los recursos disponibles”. Un estudio reciente de la UE avala esta misma opinión: “Navarra constituye un ejemplo de buenas prácticas, en el que conviven dos modelos de universidades que se complementan y configuran un ecosistema innovador”.

Para terminar, los propios rectores señalan un doble reto: conseguir más fondos para la investigación, y lograr que Navarra sea percibida como región líder en conocimiento e innovación. Yo sugeriría la posibilidad de plantearse un tercero: abordar para el futuro, con el aval del Gobierno de Navarra, una planificación conjunta de las nuevas titulaciones, en función de las fortalezas de cada una, teniendo en cuenta el interés general de la Comunidad.

Poco me resta por añadir. Simplemente, felicitar a ambos rectores por la iniciativa. Subrayar que, una vez más, queda de manifiesto que la negociación y el acuerdo siempre resultan más beneficiosos que la confrontación. Recordar que nada sucede por casualidad y que una política de apoyo permanente y cercanía con las partes ayuda y mucho a conseguir los objetivos perseguidos. Y finalmente, desear que los rectores impulsen decididamente lo enunciado, pese a las zancadillas de uno y otro signo que encontrarán en su puesta en práctica. Ellos conocen mejor que nadie que el camino emprendido está recién iniciado y que resta mucho trecho por recorrer. Pero las condiciones son idóneas: desde posiciones ideológicas bien distintas, tienen liderazgo, apoyo de las instituciones, empuje de la ciudadanía y afán de servicio. Y tienen claro el objetivo: complementarse y cooperar en beneficio de Navarra. Ése es el camino.

Diario de Navarra, 12/3/2018

Impresiones de un abuelo en China

Dongguan

Vista parcial de la ciudad de Dongguan

Permítanme que hoy, día festivo para muchos y jueves santo con clara evocación religiosa para otros, mi reflexión tenga un tono marcadamente personal. Pero acabo de llegar de China y quiero trasladarles mis impresiones sobre lo que he visto y vivido en mis dos semanas largas de estancia.

A finales del siglo XIX, un italiano de apellido Felloni, natural de Bedonia, en la región de Emilia-Romagna, se instaló en el pueblo alavés de Bernedo. Desconozco la razón exacta de su llegada, pero probablemente tuvo que ver con la situación económica de la familia, que no era precisamente voyante. Aquel emigrante, que era mi bisabuelo paterno, tenía un apellido que le sonó raro al secretario municipal y decidió castellanizarlo. Años después la familia se trasladó a Los Arcos donde Román Felones, mi abuelo, echó raíces. Mis otros apellidos -Morrás, García de Galdeano, Arbizu- me vinculan más a una tierra que considero la mía, y a la que he dedicado buena parte de mi tarea profesional. Convencido como estoy de que la pureza está en la mezcla, como cantaba Pau Donés, el cantante de Jarabe de Palo, he intentado no sacralizar nunca mi tierra de pertenencia, pero agradezco haber nacido en ella en una época en la que ha pasado de ser una región pobre y agraria a otra caracterizada por su alto nivel de bienestar, aunque no falten problemas que solventar ni retos a los que enfrentarse.

Ese espíritu inquieto del antepasado Felloni italiano parece haberse encarnado de nuevo en mi hijo Javier que, tras recorrer varios continentes, ha recalado como profesor de español en la Guanmei International School, una escuela internacional situada en la ciudad china de Dongguan, a mitad de camino entre Hongkong y Cantón. Allí conoció a la psicóloga del centro, que hoy es su esposa, y allí nació mi nieto, un niño oficialmente chino llamado Mikel Felones Wu. ¡Como para creer en esencias patrias! Los tres estuvieron este verano en España, pero para celebrar su primer aniversario decidí trasladarme a Dongguan donde he pasado con ellos dos semanas. Lo más hermoso que me ha ocurrido es poder compartir con mi nieto unas jornadas inolvidables, solos los dos mientras sus padres trabajaban: comer juntos, disfrutar juntos, salir al mercado, pasear por el barrio, compartir el parque infantil con otros niños y abuelos chinos, y visitar en familia la ciudad y las dos urbes próximas. Y todo ello sin poder intercambiar todavía palabras, pero felices y unidos por un sentimiento de pertenencia que espero que perdure mientras viva, pese a los mundos tan distintos en que previsiblemente habitaremos. Para empezar, el del lenguaje. Me consuela pensar que mi torpeza con los idiomas nunca será para él obstáculo alguno. Su padre le habla en castellano, su madre en inglés y sus abuelos chinos en mandarín y cantonés. En conjunto los tres idiomas con mayor número de hablantes de la tierra. Idiomas, por cierto, que los hijos de algunos españoles amigos de Javier residentes en la ciudad hablaban con fluidez entre ellos, en una velada en la que tuve el gusto de participar.

Pero más que las andanzas de familia, a ustedes probablemente les interesará mi impresión de lo visto estos días. Se lo resumo no en dos palabras como Jesulín, sino en una: impresionante. Guangdong, la provincia en la que vive Javier, es aproximadamente una tercera parte que España y tiene más de 100 millones de habitantes, con Cantón (14) y Hongkong (8) como ciudades más conocidas. Es el principal centro fabril de China y se le considera “el taller del mundo”. Mi foto de situación es la siguiente: La que está llamada a ser la primera potencia mundial en no más de 20 años, es oficialmente un régimen comunista que ha conseguido sacar globalmente de la pobreza a la nación más poblada de la tierra, vive un sistema de capitalismo salvaje propiciado por la desregulación casi total de las condiciones laborales, está inmersa en un consumismo frenético y con la euforia propia de quienes van mejorando a marchas forzadas su situación económica, y está dotando de infraestructuras gigantescas al país para modernizarlo y articularlo. Pero a esta cara más positiva se contrapone otra más negativa: aumento creciente de las desigualdades sociales y grandes deficiencias en los tres ámbitos en los que se define un estado del bienestar: salud, educación y servicios sociales. En el ámbito político, la ausencia de libertades se concreta sobre todo en una rígida censura de prensa que hace que ni whatsapp, ni youtube, ni google estén disponibles, y que la televisión china, con sus 16 canales, marque la postura oficial y casi única. Pero seamos conscientes de la realidad. Hoy, el mapa del mundo ya no tiene a Europa como centro neurálgico. Ese centro se ha desplazado a China y la vieja Europa y la península ibérica son el extremo occidental, el auténtico Finis terrae del nuevo mundo. Aún dentro de la globalización creciente, no dejo de preguntarme: ¿cómo vivirá mi nieto estas dos realidades?

Diario de Navarra, 29/3/2018

 

El euskera ante el espejo

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Matías Múgica, filólogo, traductor y escritor

 

Para que un país civilizado y moderno esté bien gobernado deben concurrir al menos dos factores: tener una clase política honesta que aspire al bien común y sostenerse en una administración profesional y competente. Pese a que todo sea mejorable, creo honestamente que el bienestar de la Comunidad Foral se debe en primer lugar al trabajo y esfuerzo de la ciudadanía, sin olvidar la parte imputable a la clase política -pese a su mala prensa actual- y a los funcionarios.

Todos conocemos casos de funcionarios probos -mujeres y hombres, hoy día internacional de la mujer-, eficientes, bien preparados y con criterio propio. Personas que no necesariamente ocupan los niveles más altos de la administración, sino que desarrollan su tarea como funcionarios rasos o, como máximo, jefes de negociado y de sección. Uno de ellos, Matías Múgica, fue entrevistado por Íñigo Salvoch el pasado domingo en Diario de Navarra. Las dos densas páginas de la magnífica entrevista están llenas de conocimiento, lecturas y plurilingüismo.

El pamplonés Matías Múgica es nativo en castellano y francés, aprendió la lengua vasca por la curiosidad que sintió de niño al oir a su abuela hablar el dialecto labortano al otro lado de los Pirineos, domina el inglés, el alemán y el italiano, ejerció como traductor hasta 2001, y actualmente trabaja como editor en la sección de Publicaciones. Los que de una u otra forma estamos vinculados al mundo del libro sabemos de su buen gusto, sus buenas maneras, su sabiduría y su buen hacer. Suyos son algunos textos de la colección didáctica Chipi-Txapa, Margarita de Angulema. Una princesa del Renacimiento y Con letra aguda y fina. Navarra en los textos de Julio Caro Baroja, del que es compilador. Como traductor, acaba de recibir el Premio Euskadi de Literatura por la traducción al euskera del poemario Le Testament, obra del poeta francés del siglo XV François Villon.

Lo dicho hasta aquí le acredita como un funcionario culto, ejemplo no inusual en nuestra administración. Pero lo que me ha movido a dedicarle estas líneas es su opinión autorizada, clara y rotunda sobre un tema que valora, conoce y ama como pocos: el euskera. Como lingüista lo tiene claro: “el euskera es lo más interesante que hay en este entorno, en un radio de varios miles de kilómetros a la redonda. Es un prodigio lingüístico que en este rincón de Europa quede una lengua prerromana.” Tiene claro también cuál debería de ser el objetivo de la política lingüística: “centrar el esfuerzo en la comunidad tradicional de hablantes para los que el euskera es la lengua propia”. En consecuencia tacha de “error brutal haber pasado el foco de las políticas lingüísticas de las comunidades tradicionales de hablantes a la reimplantación en Tafalla o a la implantación en Tudela”. Lo que llama “purpurina nacionalizadora” tal vez sirva para la construcción nacional, pero muy poco para garantizar el futuro de la lengua. Sostiene que “lo que indica la vitalidad del idioma es el uso espontáneo y no inducido” y, en consecuencia le parece “que el aumento del conocimiento no tiene nada que ver con el aumento de uso. Si alguien pensaba hace unos años que en Pamplona se iba a hablar euskera hasta por las esquinas, eso era puro delirio”.

Frente a la muy extendida opinión de que la Ley del Vascuence -título elegido con el visto bueno de José María Satrústegui, secretario de Euskaltzaindia, en las negociaciones en las que participé de forma directa-, frena el desarrollo del euskera, Múgica opina que “la zonificación responde perfectamente a la realidad. Ahora, cuando el objeto de la política no es respetar la realidad, sino crear a martillazos una realidad nueva, la zonificación no sirve”. Y aún avanza un paso más. Está a favor de que el euskera se contemple como requisito allá donde sea necesario para atender al administrado, pero que cuente como mérito para un puesto para el que no tiene relevancia laboral es un peligro. Y culmina su lúcida flexión con la siguiente frase: “Si hubiera un poco mas de racionalidad y un poco menos de visceralidad emocional y ventajismo ideológico, tendría que ser posible llegar a un acuerdo político para defender el euskera en Navarra sin que nadie se vea mermado en sus derechos”.

Perdonen que el entrecomillado sea especialmente abundante. Pero yo, que no hablo euskera pero que luché denodadamente para que, de acuerdo a lo previsto en la ley, todo aquel que quisiera pudiera hacerlo, me siento totalmente identificado con sus reflexiones. Nadie tiene la verdad absoluta en este tema. Pero a Matías Múgica le sobra amor a la lengua, conocimiento y cordura como para que sus reflexiones no caigan en saco roto.

Diario de Navarra, 8/3/2018

Aceite de oliva todo mal quita

Tostada

Imagen del Día de la Tostada. Foto tomada de Diario de Navarra

Atento como procuro estar a la realidad navarra, y más si ésta se produce en Tierra Estella, la merindad en la que habito, he seguido con detenimiento e interés la evolución del Día de la tostada y Fiesta del aceite de Navarra, que Arróniz instituyó el año 1998 y que hoy celebrará su XX edición.

Aunque nacido en Los Arcos y nieto de jornaleros por vía materna, nunca he tenido vinculación especial con el campo, pero muchos de mis recuerdos infantiles y juveniles están vinculados a un pequeño olivar familiar situado en Yániz, junto a la ermita de San Vicente y muy próximo al camino de Santiago. En el momento de redactar estas notas me vienen a la memoria aquellos inviernos tan fríos con mi padre y mis hermanos, los cestos al hombro o recogiendo la olivas del suelo; aquella innovación de los guantes de cuero que nos permitió combatir la “ganchera”; o la llegada de la máquina vibradora, que ha reducido el trabajo para los ayudantes entre los que me encuentro a desplazar las redes y recoger el fruto. Todo ello en un ambiente familiar, con tres generaciones presentes en la tarea. Como especialmente familiar era el momento estelar del almuerzo en torno a la hoguera, frente a la cazuela de los huevos con pimientos encima del pan, que mis hijos y sobrinos siguen conociendo todavía como huevos de viña. Atrás quedaron la entrega de la oliva y la “pringada” en el trujal de Los Arcos y el carraspeo de la garganta a la hora del huevo frito debido a la acidez del producto. Hoy, la variedad Arróniz, ésa que tan bien se adapta a los crudos inviernos de nuestra zona, es sinónimo de vigor y calidad, y las pequeñas garrafas de 3 litros de Mendía, el hermoso paisaje de olivares que contemplo desde mi casa hacia la Solana y el olivo trasplantado de Yániz a mi pequeño jardín cuando aquél fue arrancado hace unos años, son elementos que forman parte de mi vida cotidiana.

A veces el azar provoca buenos maridajes. Con motivo de la Navidad, recibí un hermoso libro de mi buen amigo Lalo Azcona, titulado Aceite de oliva todo mal cura, un hermoso ejemplar de bibliófilo en el que Augusto Jurado recopila textos relacionados con el poder sanador del aceite de oliva en todas las épocas y en todos los campos, especialmente los médicos y cosméticos, sin olvidar el renovado y creciente interés como producto gastronómico. Una relación de refranes que ensalzan las virtudes del aceite de oliva, cierra el texto. Por otra parte, el pasado 9 de febrero me llegó una comunicación del Ayuntamiento de Arróniz en la que se me invitaba al acto del XX Día de la tostada y Fiesta del aceite de Navarra, con el aliciente añadido de ser investido en el acto Caballero de Honor de la Orden.

Dejando al margen la siempre recurrente apelación a lo inmerecido del nombramiento, no puedo menos que agradecerlo y tratar de vivir gozosamente y en familia la fiesta que Arróniz nos depare. Será un recuerdo a cuantos convivimos en un momento o en otro en torno al olivar de Yániz. Lástima que mi padre no pueda contemplarlo, porque estoy seguro que hubiera disfrutado especialmente. Y será también un compromiso renovado de predicar las bondades del aceite, que probablemente es a lo único que me obliga pertenecer a orden tan distinguida.

Así que predicando con el ejemplo, les traigo a colación algunos refranes tomados de un libro casi mítico en este campo: Refranes y proverbios en romance, que nuevamente coligió y glosó el Comendador Hernán Núñez, profesor eminentísimo de retórica y griego en Salamanca. Jubilado de su cátedra de griego y retórica, pero docente aún de hebreo, reunió -siguiendo a Erasmo- casi 6.000 refranes que fueron publicados en Salamanca en 1555. No son muchos los dedicados al tema del aceite y su mundo, sobre todo si los comparamos con los dedicados al vino. Algunos tienen su gracia, y otros siguen sin perder vigencia y actualidad.

– Aceite de oliva, todo mal quita.

– Aceite y romero frito, bálsamo bendito.

– Déjese usted de bálsamos, que ya tengo aceite.

– Duelen llagas, y no tanto untadas.

– El aceite es armero, relojero y curandero.

– En habiendo aceite, vino y manteca de cerdo, media botica tenemos.

– Cuando Santa María por el mundo andaba, con el aceite del candil todo lo curaba.

– Si tienes un ojo malo, úntatelo con aceite; si no se pone bueno, se te pondrá reluciente.

– Úntate de aceite, que si no te pones bueno, quedarás reluciente.

Este último va dirigido a los varios miles de personas que hoy en Arróniz degustarán, a veces con lamparón incluido, la tostada. ¡Feliz jornada!

Diario de Navarra, 25/2/2018

 

La religión islámica en la escuela navarra

Islam

El pasado 10 de febrero, Diario de Navarra publicaba un excelente reportaje a doble página de su redactor de educación, Íñigo González, en el que con el titular “La religión islámica llegará por primera vez a las aulas a partir del próximo curso” daba amplia información de los datos demográficos de los alumnos musulmanes en Navarra, los requisitos que deberá cumplir el profesorado, las características básicas del currículo, y unas declaraciones del presidente de la Unión de comunidades islámicas de Navarra.

Sobre el papel, nada que reprochar. Desde 1992 la Ley de Libertad Religiosa, además de la católica, permite a las familias recibir la asignatura de religión islámica, judía y evangélica, siempre que se cumplan una serie de requisitos -los más importantes, petición de los padres y un número mínimo de solicitudes-. Pero, pese a eso, en los últimos 26 años, apenas se ha puesto en marcha en España y nunca en Navarra.

Los números comienzan a ser significativos. El alumnado musulmán en España supera las 200.000 personas, de los que se calcula que en torno a 16.000 reciben la asignatura de religión islámica en colegios públicos de primaria. En Navarra, se calcula que los musulmanes son unos 24.000 de los que 3.273 están en edad escolar, 980 navarros y 2.293 extranjeros. Gracias al acuerdo con el Gobierno de Navarra, la prematrícula ha registrado 1.400 solicitudes de enseñanza religiosa islámica en los diferentes colegios de la Comunidad.

Si estos alumnos estuvieran homogéneamente distribuidos en toda la geografía navarra y en las dos redes sostenidas con fondos públicos, la pública propiamente dicha y la concertada, la cuestión podría suscitar un debate ideológico, al igual que sucede con la enseñanza de la religión católica, pero no llevaría aparejados otros problemas que sorprende y mucho que ésta, precisamente esta administración educativa parece no haber tenido en cuenta.

El artículo anterior lo dediqué a un hecho de estricta actualidad cual era el inicio del proceso de matriculación. Y aproveché para reflexionar sobre los problemas que siguen lastrando nuestro sistema educativo que, reitero, es bueno pero manifiestamente mejorable. El tercero de los que enumeraba era el reparto equitativo de derechos y deberes en los centros públicos y concertados, insistiendo en que era imprescindible que el porcentaje de atención a las minorías étnicas y de otro tipo fuera proporcional al peso que tiene cada una de las redes. Pues bien, si no quieres taza, taza y media. A nadie se le oculta que estos 3.273 alumnos musulmanes, que es verdad que tienen derecho a recibir enseñanzas de religión islámica en las aulas, se encuentran concentrados básicamente en una serie de municipios del sur de Navarra y casi en su totalidad en centros públicos. ¿Ha escuchado el departamento la opinión de las direcciones de los centros, el profesorado, los ayuntamientos e incluso la inspección educativa? ¿No es consciente del difícil equilibrio en el que viven muchos de estos centros, con unas minorías excesivas en no pocos de ellos, que están expulsando literalmente a bastantes alumnos autóctonos hacia redes donde apenas existen los primeros? Y estas redes tienen nombres y apellidos: toda la concertada tanto en castellano como en euskera, con excepciones dignas de aplauso, y el modelo D público que apenas integra a este alumnado. Se me dirá que lo que de verdad importa es la opinión de los padres y madres, pero he sido docente y consejero de educación durante siete años como para conocer los procedimientos que se utilizan para condicionar la opinión de las familias y más si éstas tienen dificultades sociales y educativas.

Concluyo, por lo tanto, señalando dos cosas: que los alumnos tienen derecho a recibir enseñanzas de la religión islámica, si bien este derecho lleva 26 años sin hacerse efectivo; y que esta iniciativa, en los términos en los que se pretende realizar, va a provocar más problemas de los que pretende solventar. En consecuencia, ante la colisión de intereses, es preciso acordar un procedimiento equitativo que no penalice al sistema público del sur de Navarra, aquejado de una severa problemática vinculada al excesivo número de alumnos de minorías étnicas en sus aulas. A no ser que se pretenda justamente desarticular una red que funciona magníficamente. Apelo, por tanto, una vez más a los grupos políticos a llegar a un acuerdo, en especial a Podemos e I-E, firmes defensores sobre el papel de la escuela pública. Apoyar la iniciativa del gobierno en esta cuestión sin medir las consecuencias de la misma es hacer un flaco favor a la escuela a la que dicen defender. Si queremos hacer efectivo este derecho resulta más necesario que nunca repartir la gracia del Dios en el que se cree.

Diario de Navarra, 15/2/2018