Dialéctica parlamentaria

Congreso

La Constitución española de 1978, que en pocos días cumplirá cuarenta años, proclama en su artículo 1: “1.- España se constituye en un Estado social y democrático de Derecho, que propugna como valores superiores de su ordenamiento jurídico la libertad, la justicia, la igualdad y el pluralismo político. 2.- La soberanía nacional reside en el pueblo español, del que emanan los poderes del Estado. 3.- La forma política del Estado español es la Monarquía parlamentaria”.

Sirva esta referencia literal como mi homenaje personal a un texto que, con los achaques propios de la edad, es, en palabras de Jorge de Esteban, “uno de los textos más completos y progresistas entre las Constituciones vigentes”.

El artículo 66 de la misma Constitución, dedicado a las Cortes Generales, dice a su vez: “1.- Las Cortes Generales representan al pueblo español y están formadas por el Congreso de los Diputados y el Senado. 2.- Las Cortes Generales ejercen la potestad legislativa del Estado, aprueban sus Presupuestos, controlan la acción del Gobierno y tienen las demás competencias que les atribuya la Constitución. 3.- Las Cortes Generales son inviolables”.

De estos dos artículos se deduce la crucial misión que la Constitución otorga a los diputados y senadores, verdaderos depositarios de la soberanía nacional. Una soberanía que se expresa en múltiples opciones políticas, lo que exige una renovada capacidad de diálogo y entendimiento para hacer posible la gobernación del país.

El panorama parlamentario actual presenta algunas características que lo condicionan y mediatizan. Enumeradas brevemente serían las siguientes: la preponderancia del poder Ejecutivo en el día a día y su tendencia a condicionar a los otros dos poderes; la tiranía de los partidos, que apenas dejan lugar a la discrepancia y a la libertad de voto, al margen de los argumentos que se expresen para la defensa de unas u otras opciones; la importancia de la televisión, que condiciona los debates de una manera significativa, hasta el punto de que los discursos lo son más para los ciudadanos ausentes que para los diputados y senadores presentes; la pérdida de las cualidades que resultaban inherentes a la dinámica parlamentaria: oratoria, elocuencia, capacidad de repentización, manejo de la palabra, dicción adecuada y otras cualidades conexas; y para enrevesar aún más el panorama, una fragmentación parlamentaria que dificulta alcanzar las mayorías necesarias para dotar de estabilidad a la vida política nacional.

Nuestros diputados han escrito páginas memorables del buen hacer parlamentario: desde los prohombres de Cádiz y la Primera República, pasando por la Restauración y la Segunda República. También nuestras Cortes democráticas han conocido momentos brillantes e ingeniosos. Remito al gran Luis Carandell y su conocido libro de El show de sus señorías. Antología de anécdotas parlamentarias, para quien quiera deleitarse con su lectura.

Lamentablemente, las últimas semanas no se habla de estas cosas. La vida política nacional se ha tensionado en exceso. Los debates ya no son tales, sino zafios intercambios de reproches e insultos que parecen excitar a los diputados presentes en el hemiciclo, jaleados por los suyos, en la misma medida en que nos abochornan a los ciudadanos que asistimos sorprendidos y molestos, cuando no cabreados, a semejante espectáculo. Sin ánimo de generalizar, porque hay honrosas excepciones, a la mayoría parece serle de aplicación la anécdota que se cuenta de un diputado que fue reprobado por sus votantes por no tomar nunca la palabra, a lo que él contexto: ¿vosotros no oís con frecuencia gritos y protestas en el hemiciclo? Yo siempre estoy ahí.

Es hora de cambiar esta penosa dinámica. En la vida parlamentaria la forma es el fondo, y más que en ningún otro ámbito, la palabra deber ser elemento de debate y persuasión, nunca exabrupto zafio lanzado contra el adversario. Reconozcámoslo, no todos valemos para todo, y a un buen número de diputados y senadores, el hemiciclo, sede la soberanía nacional, les viene muy grande.

Lo dicho para las Cortes Generales, es de aplicación para el Parlamento de Navarra. Creo hablar con conocimiento de causa, porque durante siete años ocupé uno de sus escaños. No soy de los que opinan que cualquier tiempo pasado fue mejor, pero cuando escucho determinadas intervenciones en los medios de comunicación, siento un poco de vergüenza ajena. Seleccionar mejor, preparar adecuadamente los temas -que casi todos tienen dedicación exclusiva-, y buscar el interés general son las pautas que permitirán una mejor valoración por parte de la ciudadanía. Ciudadanía, no lo olviden sus señorías, que los ha votado y a cuyo servicio se deben.

Diario de Navarra, 29/11/2018

 

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Nuestra Iglesia diocesana

iGLEISA

Al leer el enunciado del artículo, más de uno pensará que me he equivocado de sección. Pero quisiera creer que el asunto del que les hablo interesa a no pocos, sean creyentes sociológicos, miembros activos de esta Iglesia diocesana o agnósticos. Desde una perspectiva estrictamente laical, me gustaría contribuir a un debate necesario, que la propia Iglesia nos plantea.

El domingo pasado se celebró en toda España, y por tanto también en Navarra, el día de la Iglesia diocesana. Una jornada en la que se nos invitaba a orar y a colaborar económicamente para ayudar al sostenimiento de la misma “con el deseo de que pueda servir mejor y más adecuadamente en todos los campos en los que trabaja en favor de la sociedad”, en palabras de Francisco Pérez, arzobispo de Pamplona y obispo de Tudela.

Bajo el lema de “Somos una gran familia contigo”, la diócesis entregó un folleto en el que se pretendía subrayar tres aspectos: una Iglesia que es familia, una Iglesia que es transparente, y una Iglesia que comparte y ayuda. Sin dudar de la buena voluntad de la campaña y los esfuerzos de la propia Iglesia por lograr los objetivos perseguidos, convengamos en que el punto de partida no es halagüeño, el reto no es fácil y la labor resulta francamente ímproba.

La Iglesia católica en Navarra se encuentra inmersa en una sociedad descarnadamente secularizada en la que ha perdido, afortunadamente, buena parte de su poder político y de su influencia social. Una Iglesia, además, que si medimos su éxito por la celebración de los sacramentos -bautizos, comuniones, confirmaciones, matrimonios- y la asistencia a la misa dominical, se encuentra en franca regresión. A ello se une la disminución del número de sacerdotes, religiosos y misioneros, tan abundantes en otras épocas, lo que obliga a plantearse una nueva organización y estructura para hacer frente a los nuevos tiempos.

Ante este panorama, ¿qué debemos hacer?. En esta tarde hermosamente otoñal, desde el rincón de la Navarra rural en la que habito, se me ocurren algunas propuestas que dejo enumeradas, aunque necesitarían un mayor desarrollo.

Lejos del boato de antaño, convertida de nuevo en levadura en la masa, la Iglesia que peregrina en Navarra debe ser consciente de su situación y tener clara su misión fundamental: anunciar la “buena noticia” y acompañar a los creyentes en Jesús de Nazaret en su vida de fe y esperanza. Más que la cantidad, lo que debe primar es la búsqueda de la calidad de esa fe, sabiendo que lo importante no es tanto la palabra que se anuncia como los hechos que se viven.

Esta vivencia y la situación descrita nos obligan a variar la orientación y la estructura radicalmente jerárquica de la Iglesia institucional. Por necesidad y convicción, los laicos debemos aumentar nuestro protagonismo en la vida ordinaria de la Iglesia, reservando a los clérigos lo que les es propio. Son pocos, serán menos y, en consecuencia, la actividad litúrgica y pastoral difícilmente podrá pivotar sobre la misa dominical. Se imponen otros usos y alternativas que no exijan la presencia del sacerdote. Animar la fe vivida en grupos reducidos, y orar juntos, sea en la iglesia o fuera de ella, serán realidades que acabarán imponiéndose.

Consecuencia de lo anterior, esta Iglesia deberemos mantenerla los que formamos parte de ella. Afortunadamente no es poco lo avanzado. En 2017, de los casi 23 millones de euros ingresados por la diócesis, más de 16 millones, el 71% del total, procedieron de las aportaciones voluntarias de los fieles y la asignación tributaria. La autofinanciación nos dará mayor conciencia de pertenencia, mayor responsabilidad y mayor libertad en nuestra actuación.

Nuestra Iglesia de Navarra está compuesta básicamente por una feligresía muy mayor. No hace falta sino ver los asistentes a la misa dominical. Acercarse a los jóvenes, contar con ellos y tenerlos en cuenta en todos los planes de pastoral, con todas las dificultades que esto supone, debería ser una prioridad inexcusable. Y esto nos lleva a plantearnos la tarea educativa desarrollada por los numerosos centros católicos presentes en la Comunidad. ¿Son semilla de cristianos comprometidos y responsables o cumplen otra misión?

Y una última idea para terminar. La Iglesia está para servir, no para ser servida. Y siendo medianamente fieles a la doctrina evangélica, las prioridades están meridianamente claras: los pobres y marginados.

Tras estas reflexiones, confieso que no tengo claro cómo será nuestra Iglesia diocesana del futuro. Solo sé que será más laica y menos clerical, más personal y menos cultual. Y que urge avanzar en esta dirección. Cuanto más tardemos, más difícil será la adaptación.

Diario de Navarra, 15/11/2018

 

James Rhodes, vida y música

Rhodes

Grandes Intérpretes es un ciclo ya clásico en la programación del teatro Gayarre. La propuesta para el curso 2018-2019 contempla la presencia de dos pianistas muy distintos entre sí, pero unidos por su amor a la música y su vertiente provocadora y poco convencional: James Rodhes e Ivo Pogorelich. El domingo nos visitó el primero de ellos. El Gayarre abarrotado, la presencia de un público más joven y distinto al habitual del ciclo, y el comportamiento de los asistentes, muy respetuoso durante la interpretación, pero ruidoso en los vítores y aplausos, eran evidencia clara de que estábamos ante un personaje mediático que desbordaba su perfil de concertista de piano. Y James Rhodes no defraudó: vestido informalmente, presentó sus obras de forma desenfadada en inglés y algo de castellano, interpretó de forma muy personal las obras de Bach, Chopin y Rachmaninov, ofreció cuatro bises muy aclamados y entusiasmó a casi todo el público asistente. Y digo a casi todos, porque a algunos reconocidos melómanos con los que conversé al final del concierto, no les convenció su interpretación. A mi buen amigo Xabier Armendáriz, que ayer publicó en este mismo medio la crítica del concierto, me remito para la valoración artística del intérprete.

James Rhodes es un buen concertista de piano. Él mismo reconoce que no está en el top ten de los pianistas actuales, ni mucho menos. Sin embargo, pocos instrumentistas gozan de tanto fervor mediático. Su lengua mordaz e incluso soez, su estilo desenfadado a la hora de presentarse a un concierto, normalmente en vaqueros, camiseta y playeras, y sus deseos de romper la norma establecida con explicaciones nada convencionales de las piezas que interpreta, son algunas de las razones de su éxito. Si a ello unimos una vida que él mismo resume de esta manera: “Me violaron a los seis años. Me internaron en un psiquiátrico. Fui drogadicto y alcohólico. Me intenté suicidar cinco veces. Perdí la custodia de mi hijo. Pero no voy a hablar de eso. Voy a a hablar de música. Porque Bach me salvó la vida. Y yo amo la vida”, no hay duda de que estamos ante un personaje interesante y singular, aunque a continuación lo deba calificar de estrafalario, valiente y poco convencional.

El libro que recoge su corta vida, no tiene sino 43 años, se titula Instrumental, el nombre de su sello musical, y se subtitula Memorias de música, medicina y locura. El que yo leí el año pasado iba ya por su séptima edición. La historia de su vida, dura y descarnada, tiene interés en lo que supone de testimonio personal. Un joven de clase bien, que debido a los abusos, querencias personales y compleja personalidad estaba abocado a ser carne de cañón y acabar mal, se redime gracias a un complejo proceso en el que la música tiene un papel preponderante. Él es consciente de la mala imagen que proyecta en su libro, pero a medida que el texto avanza, la esperanza comienza a tomar cuerpo. Mejora en lo personal, lo profesional y lo psicológico. Comienzan los conciertos, los programas de televisión, los escritos en la prensa. Y se enamora de nuevo. Siempre inestable y temeroso, se permite sin embargo dar una serie de consejos relativos a la relación de pareja que sorprenden porque a veces suenan a libros de autoayuda.

Pero el libro ofrece más. Tiene una tercera faceta que lo hace particularmente interesante. Todos los capítulos, que él llama temas, están introducidos por una obra para piano, con un comentario sobre la misma y la sugerencia de una grabación concreta. En ellos aparecen su trilogía preferida, Bach, Beethoven y Chopin, y algunos de los pianistas y directores de más lustre: Glen Gould -para él el mejor pianista de todos los tiempos-, Kissin, Ohlsson, Ashkenazy, Leonskaja, Tiempo, Pollini, Zimerman, Luisada, Lonquich, Lupu, Kocsis, además de Sokolov, en su opinión el mejor de los pianistas vivos. ¡Qué suerte haber podido escuchar en Pamplona, sobre todo de la mano de la Sociedad Filarmónica, a algunos de los autores citados!

Fiel a su estilo, sugiere además que compremos, robemos o escuchemos en streaming estos tres discos: Las Sinfonías 3 y 7 de Beethoven, interpretadas por la Orquesta Sinfónica de Londres; las Variaciones Goldberg de Bach, interpretadas por Glen Gould; y los Conciertos para piano 2 y 3 de Rachmaninov, con Andrei Gavrilov al piano. Todas las obras descritas pueden, a su vez, encontrarse en internet, en la página http:/bit.do/instrumental.

Bienvenido sea este aire fresco, si la consecuencia es la llegada de nuevos públicos a nuestros conciertos de música clásica. El tiempo dirá dónde llega como intérprete. Pogorelich apuntaba a la cumbre hace 25 años y lo tendremos el próximo mes de mayo en el Gayarre sin llegar a ella. Enhorabuena, en todo caso, al equipo del Teatro Gayarre por apuntarse este tanto en su programación.

Diario de Navarra, 1/11/2018

El envejecimiento, una reflexión desde Los Arcos

Envejecimiento

El colectivo de personas mayores ha sido actualidad en la prensa navarra en las dos últimas semanas por dos motivos distintos y complementarios: dos informes referidos al envejecimiento activo y al índice de dependencia senil.

Los cambios demográficos habidos en las últimas décadas han conducido a un importante aumento de la esperanza de vida, dando lugar a la conocida como “revolución de la longevidad”. El caso de nuestra Comunidad es paradigmático. Navarra tiene una de las mayores esperanzas de vida del mundo, con 84 años de media. Dicha esperanza se ha incrementado en dos años en la última década y se prevé que aumente otros dos en cada una de las décadas siguientes. Si se mantiene la tendencia, dentro de 20 años, en 2038, el 25% de la población de Navarra tendrá más de 65 años, frente al 19% actual; cerca de 70.000 personas superarán los 80 años, frente a las 42.000 actuales; y en torno a 750 personas serán centenarias frente a las 260 del año 2018.

De todos estos datos se deduce la necesidad de fomentar el envejecimiento activo y saludable, un proceso individual y colectivo que trata de mejorar la salud, la participación y la seguridad con el fin de mejorar la calidad de vida de las personas a medida que envejecen, según definición de la Organización Mundial de la Salud (OMS). El índice de envejecimiento activo mide el potencial de un país o región para que el proceso de envejecimiento de sus habitantes pueda ser activo y saludable. El trabajo desarrollado por el Instituto de Salud Pública y Laboral de Navarra concluye que la Comunidad obtiene una valoración global de 36,8 puntos, situándose entre la sexta y la séptima posición en el ranking de países de la Unión Europea, por encima de la media continental (33,9) y de la nacional (32,6), y solo superado por países del norte de Europa, con Suecia a la cabeza (44,9).

Sobre estas cuestiones, que nos permitían sacar pecho, reflexionábamos en un curso de geografía e historia de Navarra, organizado por el ayuntamiento de Los Arcos, que imparto a 65 alumnos procedentes de 19 pueblos de la zona, precisamente en un ejercicio práctico de envejecimiento activo y saludable. Pero la relativa euforia que estos datos nos producían se nubló justo al día siguiente cuando este periódico abrió su edición con el siguiente titular: “Pirineo, Los Arcos y Allo tienen las zonas de salud más envejecidas de Navarra”. El estudio otorga a la zona básica de salud de Los Arcos, donde viven buena parte de los asistentes al curso, en su mayoría mujeres, el primer puesto en el índice de dependencia senil de Navarra, indicador demográfico que mide la proporción entre el colectivo mayor de 64 años y la población activa (entre 15 y 64 años). Mientras que para Navarra en su conjunto el índice es de 30,5%, en la zona básica de salud de Los Arcos alcanza la cifra de 63,86%, es decir más de 6 personas de cada 10 superan esta edad respecto a la población activa.

El debate se repitió ayer. La mayoría convinimos en que las cifras presentan un lado positivo a corto plazo. Nuestra zona básica registra la esperanza de vida más alta en mujeres de Navarra, y de las más altas del mundo, con 87,6 años. Como dato ilustrativo diré que del grupo de 65, una madre tiene más de 100 años y varias superan con creces los 90. Sin duda, esto nos habla de una comarca donde las buenas políticas públicas, sostenidas en el tiempo, y un contexto favorable, han dado sus frutos en forma de vida larga. Pero los aspectos negativos también pesan y mucho. Y no tanto para el propio grupo de edad, sino sobre todo para la población activa que ve incrementada la carga que supone este índice de dependencia. ¿Estamos ante la penúltima generación que va a vivir en buena parte de estos pequeños pueblos? pregunto con un punto de provocación. No hay demasiado optimismo en el grupo, compuesto por personas activas y motivadas, pero que han vivido el proceso de envejecimiento de sus respectivos pueblos en primera persona.

Desde que comencé mi colaboración en esta sección, en el ya lejano 2004, he venido insistiendo en que uno de los problemas fundamentales del futuro de Navarra era el referido al equilibrio territorial. Una parte significativa de la Navarra rural se nos muere lentamente y no hay reemplazo en el horizonte. Una vez más insisto en que la solución pasa por trabajar juntos, acoger con cariño a los que llegan, tomarse muy en serio por parte de todos los partidos el problema del equilibrio territorial, incluyéndolo en su agenda como tarea prioritaria, y plasmarlo en medidas políticas y presupuestarias. Si no es así, estaremos ante el canto del cisne de una sociedad que vivió tantos años que olvidó que era mortal y que otros debían sucederles. Pero cuando miró hacia atrás, nadie les seguía.

Diario de Navarra, 18/10/2018

 

Campus Iberus, un paso adelante

Camùs Iberus

El pasado viernes, 28 de septiembre, el Aula Magna de la Universidad Pública de Navarra acogió el acto solemne de la apertura del curso académico del Campus Iberus. Aunque el boato fue similar al de otras ocasiones, la presencia de cuatro rectores en la presidencia del acto indicaba que éste reunía un carácter especial. Bajo esta evocadora denominación latina del río Ebro, tan anclada en el territorio al que pretende servir, el Campus Iberus se articula como un Campus de Excelencia Internacional promovido en agregación estratégica por las universidades públicas de las Comunidades Autónomas de Aragón y La Rioja, de la Comunidad Foral de Navarra, así como la de la provincia de Lleida en Catalunya.

Tras la implosión universitaria que caracterizó a la universidad española de los tres últimos lustros del siglo XX, de la que fue pionera precisamente la Universidad Pública de Navarra, prácticamente todas las capitales de provincia de España contaban con una universidad pública. Se multiplicaron, en consecuencia, titulaciones con una evidente falta de planificación de conjunto, reproduciéndose modelos de carácter generalista en casi todas ellas, con una prevalencia de lo cuantitativo sobre la cualitativo. Y eso en un momento en que la tendencia en los países europeos más desarrollados apuntaba precisamente en sentido contrario: tendencia a la especialización, apuesta por la agregación y clara vocación internacional.

En los primeros años del siglo XXI, el Gobierno de España pretendió responder a ese reto con el programa “Campus de Excelencia Internacional”, una nueva figura para mejorar la calidad del sistema universitario mediante la agregación, especialización, diferenciación e internacionalización de sus mejores universidades, que comenzó sus convocatorias en el año 2009. Pero ni la financiación prometida, paralizada prácticamente con la llegada de la crisis, ni la selección efectuada, respondieron a las expectativas previstas. Uno de los pocos proyectos que respondía adecuadamente a esos principios inspiradores era precisamente el conocido como Campus Iberus, que abarcaba a cuatro universidades bien distintas de cuatro comunidades autónomas diferentes, y mostraba desde su inicio una clara vocación internacional, con la apuesta por saltar la barrera pirenaica y abarcar a las universidades de Pau y Toulouse.

Campus Iberus se constituyó en el año 2010, y en estos nada fáciles ocho años de andadura, con algunas dudas y tropiezos, ha articulado una estructura que comienza a dar frutos positivos en los ámbitos que le son propios: educación superior y formación, estudiantes, I+D+I e internacionalización, atendiendo preferentemente las áreas de  Agroalimentación y Nutrición, Energía, Medioambiente y Sostenibilidad, Tecnologías para la Salud y Desarrollo Social y Territorial.

El rector Carlosena, actual presidente de Campus Iberus, calificó el programa en el discurso del acto de apertura de revolucionario y disruptivo. Tal vez resulten excesivos tales calificativos, pero estoy convencido de que es un paso adelante, conveniente y necesario, que es preciso consolidar en el corto y medio plazo. Si es verdad como apunta Jaume Pagès, consejero delegado de Universia, la red que reúne a buena parte de las universidades de España e Iberoamérica, que solo sobrevivirán como universidades dignas de tal nombre las que respondan a los principios enumerados de agregación, especialización e internacionalización, el futuro está claro: el camino es reforzar Campus Iberus y avanzar en la dirección indicada. Pero eso requiere actuar en consecuencia, a veces en aparente demérito de las universidades individualmente consideradas. Y requiere además algunas condiciones que me atrevo a enumerar: interiorización por parte del profesorado de las cuatro universidades de que ese es el camino, y me temo que el convencimiento está más en la superestructura directiva que en el común de los docentes. Implicación a fondo de los Consejos Sociales, representación de la sociedad en su conjunto, y eso implica un trabajo decidido en el consejo rector, órgano máximo de la institución. Apuesta decidida de los gobiernos de las cuatro comunidades implicadas, como elemento fundamental de vertebración del terrritorio, con lo que supone de compromiso de financiación adicional de los proyectos previamente seleccionados. Visión de conjunto de las titulaciones a implantar en los cuatro campus -¿se está teniendo en cuenta en las titulaciones que maneja a corto y medio plazo la Universidad Pública de Navarra?-. Empeño en superar fronteras para incorporar a Pau y Toulouse de forma efectiva en el proyecto, como mejor carta de presentación y financiación ante la Unión Europea.

Este es el reto, nada fácil y lleno de dificultades. Tantas, como beneficios nos puede reportar.

Diario de Navarra, 4/10/2018

 

Ponga un máster en su vida

Master

Escribo estas líneas en una semana en la que dos títulos oficiales de la universidad española, el máster y la tesis doctoral, hasta ahora casi desconocidos para el gran público, se han convertido en argumentos mediáticos y en armas de primer nivel político que terminaron hace unas semanas con Cristina Cifuentes, presidenta de la Comunidad de Madrid, han hecho dimitir a Carmen Montón, ministra de Sanidad, tienen cercado a Pablo Casado, al que le auguro un doloroso viacrucis si se mantiene en el cargo, y han llegado hasta Pedro Sánchez, presidente del Gobierno de España, provocando la mayor crisis de su gobierno en su todavía corta existencia.

Al hilo de estos hechos, me gustaría reflexionar no tanto sobre lo que de cotilleo mediático ha tenido el episodio, sino sobre algunos problemas de fondo que se atisban tras estos acontecimientos.

La universidad española de finales del siglo XX y comienzos del XXI ofrecía básicamente tres tipos de titulaciones: la diplomatura, normalmente de tres años; la licenciatura, en casi todos los casos de cinco años; y la tesis doctoral, con sus cursos previos, sin tiempo determinado, pero habitualmente con una duración estimada entre tres y cinco años. La llegada del espacio europeo de educación superior, conocido como plan Bolonia, pretendió, entre otras cosas, homologar las titulaciones en el conjunto de la Unión, y los grados de cuatro años sustituyeron a las diplomaturas y licenciaturas en un proceso nada fácil en el conjunto de las universidades. Añadamos a ello un proceso todavía en ciernes para reducir los grados a tres años, cada vez más abundante en las universidades europeas, a lo que nuestra universidad se resiste no sé por cuanto tiempo. Pues bien, la reducción de contenidos de las antiguas licenciaturas, unido al empuje de departamentos y profesorado para no perder horas de docencia, se plasmó en una infinidad de másteres de todo tipo que inundaron las universidades españolas en un proceso donde lo cuantitativo superó con creces a lo cualitativo. A ello hay que añadir que los citados másteres -que pueden tener una duración de uno a dos años medidos en créditos- tienen un coste de matrícula sustancialmente más alto que el de los grados, con lo que las universidades vieron con buenos ojos esta figura que aportaba financiación añadida, además de prestigio.

En este contexto de cambio de planes e insuficiente regulación y control se han desarrollado algunos de los episodios que hemos conocido, sobre todo los referidos a personas vinculadas a la vida pública. Las facilidades dadas por algunos departamentos a esta minoría, obligada como ninguna a guardar una ejemplaridad de comportamiento, y el deseo de ampliar unos currículos más bien mediocres por parte de algunos de sus componentes, explican en buena medida lo sucedido. Ni que decir tiene que el comportamiento del Instituto de Derecho Público de la Universidad Rey Juan Carlos es bochornoso y sonrojante. Pero episodios menos burdos de mal uso de esta figura no creo que sean excepcionales en otras universidades, sin que debamos de llegar a la conclusión, ni mucho menos, de una generalización que me parece tan abusiva como injusta. A día de hoy, creo que se han corregido buena parte de los excesos detectados: el máster debe estar al servicio de los estudiantes y de la sociedad, no de los profesores que los imparten; el número se ha reducido de forma considerable en prácticamente en todas las universidades, siendo todavía a mi juicio excesivo; y han aumentado las exigencias de tramitación, aunque todavía se aprueban por la Agencia Nacional de Calidad y Evaluación y las agencias autonómicas casi todos los que se presentan.

En todo caso, saludemos la oportunidad que los másteres nos han ofrecido para facilitar un debate serio y sosegado sobre la universidad española en su conjunto. Frente a los catastrofistas, creo que nuestro sistema universitario no es un desastre, sino que ha contribuido de forma notable al despegue de la sociedad española del siglo XXI, cuyos líderes políticos, económicos, sociales y culturales son fruto de este mismo sistema. Pero creo también que nuestra universidad necesita acomodarse a los parámetros europeos de los países más desarrollados: una nueva gobernanza con clara rendición de cuentas a la sociedad a la que sirve; una progresiva desaparición de los compartimentos estancos, llámense cátedras, departamentos, escuelas o institutos, en beneficio de una labor de conjunto; una mayor especialización como forma de diferenciarse; y una creciente internacionalización de alumnos y profesores, entre otras. Y, por supuesto, una menor complacencia y una mayor autocrítica por parte de la institución en su conjunto. Si eso es así, habremos pasado de la anécdota a la categoría. Eso es lo importante.

Diario de Navarra, 20/9/2018

 

Dos citas musicales de interés

Estella

Que la música ha experimentado en Navarra un salto cuantitativo y cualitativo indudable, creo que es una obviedad reconocida por casi todos. A la tradicional música clásica hemos añadido en los últimos años el ciclo Flamenco On Fire, cuya quinta edición acaba de cerrarse con gran éxito y una aceptación difícilmente previsible. Vaya mi felicitación a los promotores y organizadores porque esa sí que fue una apuesta arriesgada y de resultado incierto.

La programación musical para el curso 18-19 que hemos conocido estos días, tanto de Baluarte, como de las orquestas sinfónicas de Navarra y de Euskadi, resultan atractivas en cantidad y calidad. Si a ello añadimos los ciclos del Orfeón, las agrupaciones corales, el Gayarre y la AGAO, deberíamos preguntarnos si no estamos al borde de una saturación que, en todo caso, obliga a extremar la coordinación para no encontrarnos con varios espectáculos en el mismo día, lujo que no deberíamos permitirnos.

Pero esta cierta sobreabundancia es predicable para Pamplona, pero no es tal para el resto de Navarra. Por ello me van a permitir que fije mi atención en aquellos ciclos que tienen lugar fuera de la capital, pero que presentan un interés que trasciende lo local. Durante el mes de agosto se han celebrado en Mendigorría y Larraga, dos hermosas poblaciones de la zona media, sendos programas, beneméritos ambos, que merecerían un mayor apoyo por parte de las instituciones forales. Y sin terminar el mes, para abrir propiamente el curso 18-19, acaban de presentarse la Semana de Música Antigua de Estella y el Ciclo de Música para Órgano en Navarra.

La 49ª Semana de Música Antigua de Estella tendrá lugar entre los días 1 al 9 de septiembre en la ciudad del Ega. Es, sin duda, el más veterano de nuestros ciclos musicales. Nacido al calor de la Semana de Estudios Medievales, en una segunda etapa adquirió vida propia. Por las naves de la iglesia de San Miguel, una joya arquitectónica en sí misma, han desfilado muchos de los grupos más relevantes dedicados a la interpretación de la música antigua, con actuaciones memorables en algunos casos. Bajo la dirección de Íñigo Alberdi y con el título “Los viajes de la música”, se nos invita a disfrutar de 11 conciertos, muy dispares entre sí, que tendrán lugar en la iglesia de San Miguel, el convento de Santa Clara -sede recuperada de la primera etapa, con una acústica excelente-, la basílica del Puy y la escuela de música Julián Romano, además de la iglesia del Crucifijo de Puente la Reina. La presencia de Juan de la Rubia al claviórgano, el Huelgas Ensemble, o les musiciens du Louvre, entre otros, constituyen el meollo de un ciclo con entradas a precios muy asequibles.. Pero el deseo de acercar la música al público ha llevado a la organización a programar otros de corte más didáctico, que constituyen un buen complemento a los anteriores. Por intentarlo, que no quede.

Que la música ha experimentado en Navarra un salto cuantitativo y cualitativo indudable, creo que es una obviedad reconocida por casi todos. A la tradicional música clásica hemos añadido en los últimos años el ciclo Flamenco On Fire, cuya quinta edición acaba de cerrarse con gran éxito y una aceptación difícilmente previsible. Vaya mi felicitación a los promotores y organizadores porque esa sí que fue una apuesta arriesgada y de resultado incierto.

La programación musical para el curso 18-19 que hemos conocido estos días, tanto de Baluarte, como de las orquestas sinfónicas de Navarra y de Euskadi, resultan atractivas en cantidad y calidad. Si a ello añadimos los ciclos del Orfeón, las agrupaciones corales, el Gayarre y la AGAO, deberíamos preguntarnos si no estamos al borde de una saturación que, en todo caso, obliga a extremar la coordinación para no encontrarnos con varios espectáculos en el mismo día, lujo que no deberíamos permitirnos.

Pero esta cierta sobreabundancia es predicable para Pamplona, pero no es tal para el resto de Navarra. Por ello me van a permitir que fije mi atención en aquellos ciclos que tienen lugar fuera de la capital, pero que presentan un interés que trasciende lo local. Durante el mes de agosto se han celebrado en Mendigorría y Larraga, dos hermosas poblaciones de la zona media, sendos programas, beneméritos ambos, que merecerían un mayor apoyo por parte de las instituciones forales.Y sin terminar el mes, para abrir propiamente el curso 18-19, acaban de presentarse la Semana de Música Antigua de Estella y el Ciclo de Música para Órgano en Navarra.

La 49ª Semana de Música Antigua de Estella tendrá lugar entre los días 1 al 9 de septiembre en la ciudad del Ega. Es, sin duda, el más veterano de nuestros ciclos musicales. Nacido al calor de la Semana de Estudios Medievales, en una segunda etapa adquirió vida propia. Por las naves de la iglesia de San Miguel, una joya arquitectónica en sí misma, han desfilado muchos de los grupos más relevantes dedicados a la interpretación de la música antigua, con actuaciones memorables en algunos casos. Bajo la dirección de Íñigo Alberdi y con el título “Los viajes de la música”, se nos invita a disfrutar de 11 conciertos, muy dispares entre sí, que tendrán lugar en la iglesia de San Miguel, el convento de Santa Clara -sede recuperada de la primera etapa, con una acústica excelente-, la basílica del Puy y la escuela de música Julián Romano, además de la iglesia del Crucifijo de Puente la Reina. La presencia de Juan de la Rubia al claviórgano, el Huelgas Ensemble, o Le musiciens du Louvre, entre otros, constituyen el meollo de un ciclo con entradas a precios muy asequibles.. Pero el deseo de acercar la música al público ha llevado a la organización a programar otros de corte más didáctico, que constituyen un buen complemento a los anteriores. Por intentarlo, que no quede.

ciclo_organo_2018

Otra iniciativa muy veterana, nacido en 1984, es el Ciclo de Música para Órgano en Navarra. El ciclo formaba parte de un programa más ambicioso en el que se abordaron en su día la publicación de un libro que pusiera al día el estado y situación de los órganos en Navarra, titulado Órganos de Navarra, cuyos autores fueron Aurelio Sagaseta y Luis Taberna, y una convocatoria continuada en el tiempo para restaurar algunos de los órganos de más interés de nuestra Comunidad. El objeto del ciclo es poner en valor tanto los órganos en uso de las iglesias de Navarra, como la música escrita para este instrumento. Bajo la dirección artística de José Luis Echechipia y la colaboración de la Asociación Navarra de Amigos del Órgano y los ayuntamientos correspondientes, la edición de 2018 se extenderá del 30 de agosto al 3 de noviembre y ofrecerá 14 conciertos que abarcan desde Pamplona hasta Epároz, en Urraul Alto. Les recomiendo especialmente este último, un enclave precioso y desconocido en la Navarra profunda, donde arte, naturaleza y gastronomía conviven en exquisita armonía. Cabe resaltar, además de la calidad de los intérpretes, la celebración de dos días dedicados a los órganos del Bidasoa y de la Ribera, en los que al tradicional concierto se añaden paseos musicales, visitas a los órganos, taller de organería, proyecciones y coloquios. A todos estos alicientes se añade la entrada libre a los conciertos.

Como verán no faltan alicientes al nuevo curso musical. Y no se conformen con los conciertos, que ya es mucho. Conocer los enclaves artísticos en los que se celebran, tanto Estella como las distintas parroquias rurales; disfrutar de la naturaleza tan hermosa en este otoño, estación especialmente atractiva, y acompañarlo con una propuesta gastronómica, por modesta que sea, también están a nuestro alcance. No los desaprovechen.

Diario de Navarra, 30/8/2018