Turquía, entre Oriente y Occidente

efeso

Biblioteca de Celso en Éfeso

En el artículo anterior les señalaba que me encontraba de viaje con mis alumnos del Aula de la Experiencia de la UPNA. Aunque ya hace casi tres lustros que colaboro con el programa, aprovechando mi situación de jubilado, desde hace unos años terminamos el cuatrimestre dedicado al arte antiguo y medieval con un viaje de estudios que nos permita admirar in situ ejemplos relevantes de lo estudiado. Los viajes anteriores nos llevaron a Sicilia y la Grecia continental. Pocos destinos resultan tan satisfactorios para un alumno interesado como estas regiones, que recogen una síntesis de casi todos los estilos, en el caso de Sicilia, y la quintaesencia del mundo clásico, en el caso de Grecia.

Este año, el destino intentaba abarcar el emblemático enclave de Troya; algunos de los grandes centros del mundo helenístico -caso de Mileto, Éfeso y Pérgamo-; y la ciudad de Estambul, síntesis de civilizaciones y culturas distintas por ubicación geográfica y vocación política y cultural, que la han convertido en uno de los centros urbanos más importantes del mundo.

Desde el punto de vista cultural y artístico, nuestra satisfacción ha sido plena. Ni las malas condiciones meteorológicas, con Mileto visitado con frío intenso y Estambul bajo paraguas, consiguieron enfriar el entusiasmo del grupo. Porque al inconveniente del tiempo se añadió la ventaja de la privacidad. Mileto fue todo nuestro por un buen rato, Éfeso distó mucho de ser una riada humana, sino un paseo peatonal para el disfrute del grupo, y Pérgamo y su complejo de Esculapio, el espacio donde las buenas voces de algunas de las componentes del viaje nos permitieron contrastar la calidad de la acústica, tan pregonada en los teatros griegos y romanos. ¿Y qué decir de Troya? Ni siquiera una pequeña horda de japoneses que llegaron y desaparecieron casi por ensalmo, consiguió entorpecer una visita que, aunque aparentemente pobre en los restos, de la mano de la Iliada y con las explicaciones de nuestra guía, nos permitió rememorar a dioses y héroes, arqueólogos y cineastas, y artistas y escritores de ayer y de hoy.

Y finalmente, Estambul. Si París bien vale un misa, Constantinopla y Bizancio, redivivas en la actual Estambul, constituyen una visita que debía ser obligada para cualquiera que desee conocer nuestra historia y sus conexiones con oriente. Al enclave geográfico, absolutamente extraordinario, ejemplificado en el Cuerno de Oro y el Bósforo, la ciudad une un patrimonio inigualable, con monumentos señeros situados en la cima del arte universal: entre otros, la siempre sorprendente Santa Sofía, tan audaz en su planteamiento como bella en sus proporciones; la mezquita de Solimán el Magnífico, obra de Sinan, uno de los grandes arquitectos de todos los tiempos; o los mosaicos de San Salvador en Chora, llenos de vida, riqueza y exquisitez técnica en sus pequeñas dimensiones.

Pero un país no es solo su pasado, sino su presente y su futuro. Y el de Turquía, una verdadera potencia en ciernes con casi 100 millones de habitantes, presenta algunas asignaturas pendientes. El país ha progresado mucho desde el punto de vista económico. La megalópolis de Estambul, con casi 20 millones de habitantes, las infraestructuras viarias y el desarrollo turístico son buena prueba de ello. Pero, al igual que en España, la diferencia entre regiones y entre el mundo urbano y rural, no solo decrece sino que se acrecienta grandemente. Además, este desarrollo económico no está acompasado con un desarrollo político y social, que ha retrocedido en los últimos años. La radical separación Iglesia-Estado, promulgada por Ataturk, el padre de la actual nación turca, sufre la involución representada por Erdogan, con una deriva cada vez más conservadora y autoritaria. Mucho tendrán que cambiar las cosas para que la Unión Europea, reticente a un país que representa una potencia demográfica de tradición islamista, se avenga a su ingreso en la Unión.

Pero un país joven, con una tasa de natalidad todavía alta y una población femenina que demanda apertura y nuevos horizontes, tiene necesariamente futuro. Convendrá, por tanto, tenerlos muy en cuenta. Son puerta de entrada a inmigrantes procedentes de una región del mundo especialmente explosiva y dique de contención de un islamismo radical, que llega a sus fronteras.

Si pueden, visítenlo. Es uno de los grandes destinos del mundo y no les defraudará. Así lo acreditan los alumnos del Aula de la Experiencia, incluida Ana, con sus 81 años, que paseó su vitalidad y entusiasmo por lugares que, me decía, quedarán para siempre en su retina.

Diario de Navarra, 24/1/2019

 

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El Museo del Prado en su bicentenario

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Desde el bachillerato, he sentido una especial predilección por la historia y el arte, que me han acompañado a lo largo de mi vida y me han proporcionado muchos momentos buenos y algunos inolvidables. El artículo que están leyendo ustedes lo escribí la semana pasada, recién comenzado el año, ya que hoy, 10 de enero, me encuentro visitando Mileto, Pérgamo y Troya con mis alumnos del Aula de la Experiencia de la UPNA, en el viaje programado a las ciudades griegas del Asia Menor y Estambul.

Uno de los primeros libros de arte que recuerdo haber leído fue Tres horas en el Museo del Prado, de Eugenio D’Ors, un agudo y selecto recorrido por la pinacoteca, que me deslumbró. Me sorprendió entonces, y me sigue sorprendiendo ahora, que caso de tener que salvar un solo cuadro por un hipotético incendio, D’Ors se decantara por “La dormición de la Virgen”, un pequeño cuadro de Mantegna, todo rigor, geometría y exquisitez pictórica. He vuelto muchas veces al Prado, solo o acompañando a grupos, y ha sido para mí el lugar predilecto de Madrid en mis visitas a la capital.

Hace unas semanas, los suscriptores del DN recibíamos, junto con el periódico del día, un folleto titulado “El Museo del Prado. Bicentenario 1819-2019”. En él se contenía una glosa inicial de la efemérides, una doble página con algunas de sus obras maestras que constituyen un tesoro universal, una cronología con las principales etapas de su historia, una serie de cifras relevantes, y un mapa de España con las 3.244 obras repartidas por todo el territorio en 255 instituciones, de las que 11 se encuentran en nuestra Comunidad.

El Museo Real del Prado se inaugura reinando Fernando VII, en un edificio previsto inicialmente como Museo de Historia Natural, obra del arquitecto Villanueva. Que un monarca tan infame como Fernando VII sea el creador del Prado no redime su figura, pero dulcifica un legado ciertamente oscuro. El museo pasó de ser “real” a ser “nacional” con la revolución liberal de 1868. Abordó reformas, inició las exposiciones temporales, fue salvado de las bombas con una evacuación durante la guerra civil, conoció nuevas ampliaciones y una política de adquisiciones y depósitos durante el franquismo, y llegó a la época democrática con un fondo formidable, pero graves carencias. Hoy, tras la cada vez menos discutida ampliación de Moneo, y la próxima reforma del Salón de Reinos del antiguo Palacio del Buen Retiro, el Prado se presenta como un museo moderno, a la altura de los mejores del mundo. Un museo del que todos los españoles deberíamos sentirnos legítimamente orgullosos, porque además de recoger buena parte de lo más selecto de nuestro patrimonio pictórico, es probablemente la institución cultural más representativa de nuestro país ante el mundo.

La colección del Prado está formada hoy por casi 8.000 pinturas y cerca de 1.000 esculturas, de las que están expuestas más de 1.700 obras. Atesora obras de 5.000 artistas y posee las colecciones más numerosas e importantes del mundo de Velázquez, con 55 obras; de Goya con 1.249 obras entre pinturas, dibujos y estampas; Rubens, con 96; y El Bosco, con 8 obras. En 2018 ha recibido 3 millones de visitas, que con toda seguridad se superarán este año con el bicentenario.

La programación extraordinaria, con este motivo, es especialmente significativa: actuaciones en torno a la colección, exposiciones temporales, el programa de préstamos “De gira por España”, uno de los cuales recalará en el Museo de Navarra, nuevas publicaciones, encuentros nacionales e internacionales, el programa “El Prado para todos” que busca acercar el museo a sectores sociales marginados, un nuevo fondo documental, programas de investigación y educación, fomento de la visita y mejora de la atención, programa específico de música y cine, y finalmente la rehabilitación y adecuación museística del Salón de Reinos.

Pero no lo olviden ustedes: el verdadero acontecimiento no es el bicentenario, sino el museo en sí. Las más valiosas exposiciones no son las temporales, sino la colección permanente, esa que está a nuestro alcance durante todo el año. Perderse en sus salas, disfrutar de los autores, sorprenderse con sus obras, puede hacer de cualquier día de 2019 una jornada inolvidable. Elijan si pueden las horas menos concurridas y no traten de abarcarlo todo. El Prado exige espíritu abierto, dosificación y paciencia. Opten por el banquete, no por el atracón. Y no se preocupen, las obras no caducan. Probablemente en materia artística, no habrá regalo igual en todo el año.

Diario de Navarra, 10/1/2019

 

La Coral Nora en su cincuentenario

Nora

Una de las características definitorias de la vida musical navarra es la pujanza de la música coral. Sus dos conjuntos más representativos, el Orfeón Pamplonés y la Coral de Cámara de Pamplona, tras los avatares que les han acompañado en los últimos lustros, viven un momento dulce que se ha concretado en nuevos y asentados directores, un repertorio renovado, una preocupación creciente por la música creada en Navarra o por autores navarros, una proyección nacional y un reconocimiento de su trayectoria por parte de las instituciones forales, concretado en la medalla de oro de Navarra para el Orfeón Pamplonés en 2010 y en el premio Príncipe de Viana de la Cultura para la Coral de Cámara de Pamplona en 2018.

Pero, afortunadamente, estas dos agrupaciones están sólidamente asentadas en un numeroso grupo de corales, distribuidas por toda la geografía foral, como tenemos ocasión de comprobar si ojeamos la página de la Federación de Coros de Navarra. Además de los coros federados, existen otras formaciones corales más o menos estables, asociadas a veces a instituciones educativas o colectivos de variado signo. En su mayor parte están integradas por músicos aficionados y su origen está vinculado, en buena medida, a las parroquias de sus poblaciones de origen. Acompañar la liturgia ha sido su cometido inicial y principal, y de ahí han saltado a participar en los actos cívicos de la localidad, después de las poblaciones vecinas, y finalmente del conjunto de Navarra y regiones limítrofes.

¿Quién no ha iniciado estas fechas con un concierto prenavideño, bien sea de su coral parroquial o de otro grupo invitado para el evento? En la parroquia, en la casa de cultura, en centros educativos, asistenciales o de tercera edad, o por las calles de nuestros pueblos y ciudades, la imagen de nuestros coros cantando villancicos forma parte de nuestra tradición y actualidad.

Por citar mi propia experiencia, perfectamente intercambiable por la de cualquiera de ustedes, mi fin de semana prenavideño incluyó dos conciertos de dos corales navarras veteranas y de calidad: la coral San Blas de Burlada en Oteiza y la coral Nora de Sangüesa en Los Arcos. Permítanme que glose la trayectoria de esta última, que este año celebra el cincuenta aniversario de su fundación.

Los orígenes de la coral Nora se remontan a un pequeño grupo de hombres ligados al convento de los capuchinos de la ciudad, que decidieron unirse para cantar. Poco tiempo después, se les incorporaron un grupo de mujeres de la localidad y, en 1968, se convirtieron en una coral mixta con el nombre de una las vírgenes sangüesinas, titular de la ermita de la Nora. Un joven director de 23 años, Fermín Iriarte tomó las riendas del grupo en el que ha permanecido nada menos que 43 años, con algunos pequeños intervalos en los que la dirigieron Carmen Pombo, Ricardo Elizalde y Pedro de Felipe. Sus objetivos estuvieron claros desde el principio: conocer la música coral de todas las épocas y estilos, desde el gregoriano hasta el actual, pasando por los grandes maestros del canto coral; e investigar y difundir la música de compositores navarros, especialmente de los sangüesinos, entre los que sobresalen las figuras de Juan Francés de Iribarren y Luis Elizalde. Fruto de su buen hacer, la coral ha acompañado asiduamente los actos oficiales que el Gobierno de Navarra ha celebrado con carácter anual en la abadía de Leire y en el castillo de Javier.

Pero, por encima de su proyección regional y nacional, nada despreciable, la coral Nora está fuertemente enraizada en la vida local y comarcal de una ciudad, Sangüesa, que ha sabido cuidar como pocas en Navarra toda la riqueza musical y folclórica acumulada a lo largo de los siglos.

Hoy, de la mano de Bruno Jiménez, la coral sigue siendo la referencia musical de su entorno. El concierto de Los Arcos, presentado por Miguel Ángel Osés, un capuchino tan querido en Los Arcos, su pueblo, como en Sangüesa, en cuyo convento de San Francisco vive y sirve, fue un buen ejemplo de esta dilatada y fructífera trayectoria. Sirvan estas líneas como homenaje, no solo a la coral Nora, que se lo merece, sino a todas las corales navarras de cualquier punto de nuestra geografía que han sostenido, y en muchos casos todavía sostienen y alientan la vida musical, religiosa y social de nuestra Comunidad.

Les deseo que disfruten de la Navidad y de nuestras corales. Están ustedes es muy buena compañía.

Diario de Navarra, 27/12/2018

El callejero como arma política

Ejercito

Avenida del Ejército, con la ciudadela a la izquierda

Foto tomada de Diario de Navarra

El callejero de una ciudad constituye la decantación histórica de los gustos y querencias de una determinada comunidad a lo largo de los siglos. En nuestro caso, casi todos los núcleos urbanos de cierta entidad contienen los siguientes elementos: calles con nombres relativos a la posición en el propio núcleo (mayor, medio, bajera) o ubicación topográfica (castillo, eras), advocaciones del santoral (Santa María, San Salvador, San Martín, San Fermín, San Francisco Javier), gremios que lo habitaron (carpintería, herrería, zapatería, mercaderes), iglesias y conventos existentes en su recinto urbano (Carmen, descalzos, recoletas, Compañía), y referencias geográficas varias (ríos, montes, pueblos y ciudades), entre otras. A ellas se fueron añadiendo, con motivo de la expansión urbana, nombres de reyes y figuras relevantes de la política, la religión, la cultura y las artes. Fue a lo largo de los siglos XIX y XX, cuando buena parte de las calles existentes cambiaron de nombre con motivo de guerras, revoluciones, cambios drásticos de forma de Estado o de gobierno, y golpes militares. Fueros, república y constitución fueron denominaciones intercambiadas con frecuencia a lo largo de estos dos siglos. Por supuesto, la llegada de la dictadura franquista incorporó al callejero la inevitable Francisco Franco, unido a una serie de personajes vinculados al régimen.

La llegada de la etapa democrática supuso una cierta limpia en el callejero tradicional. Se añadieron algunas, Constitución sobre todo, y se eliminaron otras, Franco, la más frecuente. Todo ello generó un cierto debate en los medios, pero apenas pasó de ahí dado lo razonable de las propuestas. Finalmente, la ley de memoria histórica en vigor, exigió la eliminación del callejero de nombres vinculados al franquismo, y con alguna reticencia mayor, tampoco generó mayores problemas.

Pero el sorpresivo anuncio del alcalde de Pamplona de la eliminación de la avenida del Ejército del callejero de la ciudad, supone un salto cualitativo que no puede ser obviado. ¿Qué razones lo justifican? Si nos guiamos por lo reflejado en los medios de comunicación “continuar visibilizando a las mujeres relevantes en el callejero de la ciudad”. No parece mala idea si se aprovecha para dotar de nombre a las nuevas calles o sustituir las que resulta obligado hacerlo. ¿Pero qué obliga a cambiar de nombre a la avenida del Ejército, arteria consolidada, nacida en 1963, siendo alcalde de Pamplona Miguel Javier Urmeneta, y que ocupa un espacio donde se ubicaron los cuarteles e instalaciones militares de la ciudad? La respuesta es simple: nada, solo la voluntad de eliminar la referencia al ejército español. Dudo mucho que esto se hubiera producido si hubiera estado dedicada al ejército navarro, si alguna vez existió como tal.

Y es que ese ejército español, al que Asiron y los suyos parecen querer identificar con el ejército franquista, también es el ejército que luchó en la guerra de la independencia, el de los golpes de estado liberales, el ejército de la república o el que no se sumó al golpe de estado del 23F. Es, sobre todo, el ejército al que la Constitución española de 1978 encomienda “garantizar la soberanía e independencia de España, defender su integridad territorial y el ordenamiento constitucional”. Y, en este contexto, es el ejército que por su aportación en misiones de paz propició que la plaza mayor de Mostar en Bosnia, lleve el nombre de plaza de España. Ironías del destino, uno de sus servidores, Pedro Bereterra, nacido en el valle de Roncal, enrolado con el nombre de Pedro Navarro en las filas del Gran Capitán, recibió por sus servicios en la batalla de Ceriñola (1503) -reinando en Navarra precisamente Catalina de Foix- el título de Conde de Oliveto. calle que linda con la avenida del Ejército.

Como verán ustedes no hablo de Catalina de Foix, porque me merece todo el respeto y es solo la excusa utilizada. A sus cualidades añadiré una que yo valoro mucho: el intento de creación de una universidad en Pamplona en 1499. Para evitar ser catalogado de beaumontés, les diré que el año pasado, con motivo de un viaje con mis alumnos de arte navarro al sur de Francia, iniciamos nuestro periplo acercándonos hasta Lescar para recordar a los reyes navarros que allí descansan. Viaje que este año repetiremos con los alumnos de historia de Navarra a Oña, Nájera y de nuevo Lescar, No con ánimos irredentistas, sino para conocer mejor una historia que nos ha situado en Navarra, España y Europa, un ámbito privilegiado en un mundo convulso como el que nos encontramos.

Conozco y respeto al que fue mi colega docente en historia del arte, el doctor Asiron, al que tengo por persona razonable, instruida y culta. Pero reconozco que el alcalde Asiron presenta un perfil bien distinto. Como uno es bien pensado, achaquémoslo a las malas compañías.

Diario de Navarra, 13/12/2018

 

Dialéctica parlamentaria

Congreso

La Constitución española de 1978, que en pocos días cumplirá cuarenta años, proclama en su artículo 1: “1.- España se constituye en un Estado social y democrático de Derecho, que propugna como valores superiores de su ordenamiento jurídico la libertad, la justicia, la igualdad y el pluralismo político. 2.- La soberanía nacional reside en el pueblo español, del que emanan los poderes del Estado. 3.- La forma política del Estado español es la Monarquía parlamentaria”.

Sirva esta referencia literal como mi homenaje personal a un texto que, con los achaques propios de la edad, es, en palabras de Jorge de Esteban, “uno de los textos más completos y progresistas entre las Constituciones vigentes”.

El artículo 66 de la misma Constitución, dedicado a las Cortes Generales, dice a su vez: “1.- Las Cortes Generales representan al pueblo español y están formadas por el Congreso de los Diputados y el Senado. 2.- Las Cortes Generales ejercen la potestad legislativa del Estado, aprueban sus Presupuestos, controlan la acción del Gobierno y tienen las demás competencias que les atribuya la Constitución. 3.- Las Cortes Generales son inviolables”.

De estos dos artículos se deduce la crucial misión que la Constitución otorga a los diputados y senadores, verdaderos depositarios de la soberanía nacional. Una soberanía que se expresa en múltiples opciones políticas, lo que exige una renovada capacidad de diálogo y entendimiento para hacer posible la gobernación del país.

El panorama parlamentario actual presenta algunas características que lo condicionan y mediatizan. Enumeradas brevemente serían las siguientes: la preponderancia del poder Ejecutivo en el día a día y su tendencia a condicionar a los otros dos poderes; la tiranía de los partidos, que apenas dejan lugar a la discrepancia y a la libertad de voto, al margen de los argumentos que se expresen para la defensa de unas u otras opciones; la importancia de la televisión, que condiciona los debates de una manera significativa, hasta el punto de que los discursos lo son más para los ciudadanos ausentes que para los diputados y senadores presentes; la pérdida de las cualidades que resultaban inherentes a la dinámica parlamentaria: oratoria, elocuencia, capacidad de repentización, manejo de la palabra, dicción adecuada y otras cualidades conexas; y para enrevesar aún más el panorama, una fragmentación parlamentaria que dificulta alcanzar las mayorías necesarias para dotar de estabilidad a la vida política nacional.

Nuestros diputados han escrito páginas memorables del buen hacer parlamentario: desde los prohombres de Cádiz y la Primera República, pasando por la Restauración y la Segunda República. También nuestras Cortes democráticas han conocido momentos brillantes e ingeniosos. Remito al gran Luis Carandell y su conocido libro de El show de sus señorías. Antología de anécdotas parlamentarias, para quien quiera deleitarse con su lectura.

Lamentablemente, las últimas semanas no se habla de estas cosas. La vida política nacional se ha tensionado en exceso. Los debates ya no son tales, sino zafios intercambios de reproches e insultos que parecen excitar a los diputados presentes en el hemiciclo, jaleados por los suyos, en la misma medida en que nos abochornan a los ciudadanos que asistimos sorprendidos y molestos, cuando no cabreados, a semejante espectáculo. Sin ánimo de generalizar, porque hay honrosas excepciones, a la mayoría parece serle de aplicación la anécdota que se cuenta de un diputado que fue reprobado por sus votantes por no tomar nunca la palabra, a lo que él contexto: ¿vosotros no oís con frecuencia gritos y protestas en el hemiciclo? Yo siempre estoy ahí.

Es hora de cambiar esta penosa dinámica. En la vida parlamentaria la forma es el fondo, y más que en ningún otro ámbito, la palabra deber ser elemento de debate y persuasión, nunca exabrupto zafio lanzado contra el adversario. Reconozcámoslo, no todos valemos para todo, y a un buen número de diputados y senadores, el hemiciclo, sede la soberanía nacional, les viene muy grande.

Lo dicho para las Cortes Generales, es de aplicación para el Parlamento de Navarra. Creo hablar con conocimiento de causa, porque durante siete años ocupé uno de sus escaños. No soy de los que opinan que cualquier tiempo pasado fue mejor, pero cuando escucho determinadas intervenciones en los medios de comunicación, siento un poco de vergüenza ajena. Seleccionar mejor, preparar adecuadamente los temas -que casi todos tienen dedicación exclusiva-, y buscar el interés general son las pautas que permitirán una mejor valoración por parte de la ciudadanía. Ciudadanía, no lo olviden sus señorías, que los ha votado y a cuyo servicio se deben.

Diario de Navarra, 29/11/2018

 

Nuestra Iglesia diocesana

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Al leer el enunciado del artículo, más de uno pensará que me he equivocado de sección. Pero quisiera creer que el asunto del que les hablo interesa a no pocos, sean creyentes sociológicos, miembros activos de esta Iglesia diocesana o agnósticos. Desde una perspectiva estrictamente laical, me gustaría contribuir a un debate necesario, que la propia Iglesia nos plantea.

El domingo pasado se celebró en toda España, y por tanto también en Navarra, el día de la Iglesia diocesana. Una jornada en la que se nos invitaba a orar y a colaborar económicamente para ayudar al sostenimiento de la misma “con el deseo de que pueda servir mejor y más adecuadamente en todos los campos en los que trabaja en favor de la sociedad”, en palabras de Francisco Pérez, arzobispo de Pamplona y obispo de Tudela.

Bajo el lema de “Somos una gran familia contigo”, la diócesis entregó un folleto en el que se pretendía subrayar tres aspectos: una Iglesia que es familia, una Iglesia que es transparente, y una Iglesia que comparte y ayuda. Sin dudar de la buena voluntad de la campaña y los esfuerzos de la propia Iglesia por lograr los objetivos perseguidos, convengamos en que el punto de partida no es halagüeño, el reto no es fácil y la labor resulta francamente ímproba.

La Iglesia católica en Navarra se encuentra inmersa en una sociedad descarnadamente secularizada en la que ha perdido, afortunadamente, buena parte de su poder político y de su influencia social. Una Iglesia, además, que si medimos su éxito por la celebración de los sacramentos -bautizos, comuniones, confirmaciones, matrimonios- y la asistencia a la misa dominical, se encuentra en franca regresión. A ello se une la disminución del número de sacerdotes, religiosos y misioneros, tan abundantes en otras épocas, lo que obliga a plantearse una nueva organización y estructura para hacer frente a los nuevos tiempos.

Ante este panorama, ¿qué debemos hacer?. En esta tarde hermosamente otoñal, desde el rincón de la Navarra rural en la que habito, se me ocurren algunas propuestas que dejo enumeradas, aunque necesitarían un mayor desarrollo.

Lejos del boato de antaño, convertida de nuevo en levadura en la masa, la Iglesia que peregrina en Navarra debe ser consciente de su situación y tener clara su misión fundamental: anunciar la “buena noticia” y acompañar a los creyentes en Jesús de Nazaret en su vida de fe y esperanza. Más que la cantidad, lo que debe primar es la búsqueda de la calidad de esa fe, sabiendo que lo importante no es tanto la palabra que se anuncia como los hechos que se viven.

Esta vivencia y la situación descrita nos obligan a variar la orientación y la estructura radicalmente jerárquica de la Iglesia institucional. Por necesidad y convicción, los laicos debemos aumentar nuestro protagonismo en la vida ordinaria de la Iglesia, reservando a los clérigos lo que les es propio. Son pocos, serán menos y, en consecuencia, la actividad litúrgica y pastoral difícilmente podrá pivotar sobre la misa dominical. Se imponen otros usos y alternativas que no exijan la presencia del sacerdote. Animar la fe vivida en grupos reducidos, y orar juntos, sea en la iglesia o fuera de ella, serán realidades que acabarán imponiéndose.

Consecuencia de lo anterior, esta Iglesia deberemos mantenerla los que formamos parte de ella. Afortunadamente no es poco lo avanzado. En 2017, de los casi 23 millones de euros ingresados por la diócesis, más de 16 millones, el 71% del total, procedieron de las aportaciones voluntarias de los fieles y la asignación tributaria. La autofinanciación nos dará mayor conciencia de pertenencia, mayor responsabilidad y mayor libertad en nuestra actuación.

Nuestra Iglesia de Navarra está compuesta básicamente por una feligresía muy mayor. No hace falta sino ver los asistentes a la misa dominical. Acercarse a los jóvenes, contar con ellos y tenerlos en cuenta en todos los planes de pastoral, con todas las dificultades que esto supone, debería ser una prioridad inexcusable. Y esto nos lleva a plantearnos la tarea educativa desarrollada por los numerosos centros católicos presentes en la Comunidad. ¿Son semilla de cristianos comprometidos y responsables o cumplen otra misión?

Y una última idea para terminar. La Iglesia está para servir, no para ser servida. Y siendo medianamente fieles a la doctrina evangélica, las prioridades están meridianamente claras: los pobres y marginados.

Tras estas reflexiones, confieso que no tengo claro cómo será nuestra Iglesia diocesana del futuro. Solo sé que será más laica y menos clerical, más personal y menos cultual. Y que urge avanzar en esta dirección. Cuanto más tardemos, más difícil será la adaptación.

Diario de Navarra, 15/11/2018

 

James Rhodes, vida y música

Rhodes

Grandes Intérpretes es un ciclo ya clásico en la programación del teatro Gayarre. La propuesta para el curso 2018-2019 contempla la presencia de dos pianistas muy distintos entre sí, pero unidos por su amor a la música y su vertiente provocadora y poco convencional: James Rodhes e Ivo Pogorelich. El domingo nos visitó el primero de ellos. El Gayarre abarrotado, la presencia de un público más joven y distinto al habitual del ciclo, y el comportamiento de los asistentes, muy respetuoso durante la interpretación, pero ruidoso en los vítores y aplausos, eran evidencia clara de que estábamos ante un personaje mediático que desbordaba su perfil de concertista de piano. Y James Rhodes no defraudó: vestido informalmente, presentó sus obras de forma desenfadada en inglés y algo de castellano, interpretó de forma muy personal las obras de Bach, Chopin y Rachmaninov, ofreció cuatro bises muy aclamados y entusiasmó a casi todo el público asistente. Y digo a casi todos, porque a algunos reconocidos melómanos con los que conversé al final del concierto, no les convenció su interpretación. A mi buen amigo Xabier Armendáriz, que ayer publicó en este mismo medio la crítica del concierto, me remito para la valoración artística del intérprete.

James Rhodes es un buen concertista de piano. Él mismo reconoce que no está en el top ten de los pianistas actuales, ni mucho menos. Sin embargo, pocos instrumentistas gozan de tanto fervor mediático. Su lengua mordaz e incluso soez, su estilo desenfadado a la hora de presentarse a un concierto, normalmente en vaqueros, camiseta y playeras, y sus deseos de romper la norma establecida con explicaciones nada convencionales de las piezas que interpreta, son algunas de las razones de su éxito. Si a ello unimos una vida que él mismo resume de esta manera: “Me violaron a los seis años. Me internaron en un psiquiátrico. Fui drogadicto y alcohólico. Me intenté suicidar cinco veces. Perdí la custodia de mi hijo. Pero no voy a hablar de eso. Voy a a hablar de música. Porque Bach me salvó la vida. Y yo amo la vida”, no hay duda de que estamos ante un personaje interesante y singular, aunque a continuación lo deba calificar de estrafalario, valiente y poco convencional.

El libro que recoge su corta vida, no tiene sino 43 años, se titula Instrumental, el nombre de su sello musical, y se subtitula Memorias de música, medicina y locura. El que yo leí el año pasado iba ya por su séptima edición. La historia de su vida, dura y descarnada, tiene interés en lo que supone de testimonio personal. Un joven de clase bien, que debido a los abusos, querencias personales y compleja personalidad estaba abocado a ser carne de cañón y acabar mal, se redime gracias a un complejo proceso en el que la música tiene un papel preponderante. Él es consciente de la mala imagen que proyecta en su libro, pero a medida que el texto avanza, la esperanza comienza a tomar cuerpo. Mejora en lo personal, lo profesional y lo psicológico. Comienzan los conciertos, los programas de televisión, los escritos en la prensa. Y se enamora de nuevo. Siempre inestable y temeroso, se permite sin embargo dar una serie de consejos relativos a la relación de pareja que sorprenden porque a veces suenan a libros de autoayuda.

Pero el libro ofrece más. Tiene una tercera faceta que lo hace particularmente interesante. Todos los capítulos, que él llama temas, están introducidos por una obra para piano, con un comentario sobre la misma y la sugerencia de una grabación concreta. En ellos aparecen su trilogía preferida, Bach, Beethoven y Chopin, y algunos de los pianistas y directores de más lustre: Glen Gould -para él el mejor pianista de todos los tiempos-, Kissin, Ohlsson, Ashkenazy, Leonskaja, Tiempo, Pollini, Zimerman, Luisada, Lonquich, Lupu, Kocsis, además de Sokolov, en su opinión el mejor de los pianistas vivos. ¡Qué suerte haber podido escuchar en Pamplona, sobre todo de la mano de la Sociedad Filarmónica, a algunos de los autores citados!

Fiel a su estilo, sugiere además que compremos, robemos o escuchemos en streaming estos tres discos: Las Sinfonías 3 y 7 de Beethoven, interpretadas por la Orquesta Sinfónica de Londres; las Variaciones Goldberg de Bach, interpretadas por Glen Gould; y los Conciertos para piano 2 y 3 de Rachmaninov, con Andrei Gavrilov al piano. Todas las obras descritas pueden, a su vez, encontrarse en internet, en la página http:/bit.do/instrumental.

Bienvenido sea este aire fresco, si la consecuencia es la llegada de nuevos públicos a nuestros conciertos de música clásica. El tiempo dirá dónde llega como intérprete. Pogorelich apuntaba a la cumbre hace 25 años y lo tendremos el próximo mes de mayo en el Gayarre sin llegar a ella. Enhorabuena, en todo caso, al equipo del Teatro Gayarre por apuntarse este tanto en su programación.

Diario de Navarra, 1/11/2018