En defensa del patrimonio industrial

Silo

Vista de los restos del silo de Potasas en Noáin

El cuidado y conservación del patrimonio, especialmente del navarro, es uno de los temas recurrentes de esta sección desde sus inicios en el año 2004. Hoy este patrimonio no constituye solo una riqueza histórica y cultural de primer orden, reflejo en buena medida de nuestra identidad histórica como pueblo, sino que junto con la naturaleza y la gastronomía, representa también una palanca para el desarrollo económico y social de nuestra Comunidad, en especial en las zonas rurales.

El cuidado del patrimonio ha experimentado cambios muy notables en los dos últimos siglos. Tras las guerras y las desamortizaciones de la primera mitad del siglo XIX, buena parte de este patrimonio quedó primero abandonado y luego malvendido o saqueado. La recuperación de los grandes conjuntos la inició en Navarra la Comisión de Monumentos Históricos y Artísticos, que tuvo vigencia entre 1844 y 1940, tarea magníficamente estudiada por Emilio Quintanilla en su libro del mismo título. A esta siguió la labor mejor conocida de la Institución Príncipe de Viana, iniciada en 1940 y que, inserta en el Departamento de Cultura, continúa hasta nuestros días.

El balance de esta acción continuada en el tiempo, que no han conseguido interrumpir ni los cambios de régimen ni las distintas ideologías de los equipos políticos que se han sucedido al frente del Gobierno de Navarra, es razonablemente positivo. El patrimonio está bien estudiado, las publicaciones, tanto monográficas como de divulgación, son excelentes, los grandes conjuntos están a salvo, y el proceso de mantenimiento e inversión, ralentizado en los últimos años, cabe esperar que mejore de nuevo en próximos presupuestos.

Pero en el horizonte se advierten algunos nubarrones y un problema, a los que me referiré brevemente. Durante mucho tiempo, cultura ha sido entre nosotros sinónimo de patrimonio, y el presupuesto así lo confirmaba. En los últimos años, el patrimonio ha dejado la primacía a la acción cultural y a las industrias culturales y creativas, por lo que el presupuesto dedicado al primero ha descendido notablemente. Ni siquiera el patrocinio privado ha conseguido compensar la pérdida. De ahí la necesidad de recuperar cifras que permitan hacer frente a las nuevas necesidades que se avecinan.

Irati

Restos en pie del complejo del Irati en Aoiz

Aunque el patrimonio civil es importante, entre nosotros el religioso le supera en calidad. Por ello creo que hay que elaborar un plan específico que permita hacer frente al mantenimiento de nuestras parroquias, especialmente afectadas por dos hechos incuestionables: la equivocada política de inmatriculaciones que ha provocado una gran desafección entre las feligresías, y el descenso alarmante de la práctica dominical, que ha dejado a las parroquias sin recursos para hacer frente a las necesidades de sus edificios. Es preciso superar una maniquea visión de la propiedad de este patrimonio y verlo como lo que es: una riqueza que es de todos y que entre todos la debemos mantener.

El tercer nubarrón lo constituye el nada pequeño grupo de conventos que, desaparecidas o en trance de hacerlo las comunidades religiosas que históricamente los han habitado, corren serio riesgo de convertirse en una dolorosa ruina. Y aquí también resulta ineludible un diálogo fructífero entre autoridades religiosas, incluidas las comunidades, y civiles para buscar la mejor salida en beneficio del conjunto de la sociedad.

Pero si la conservación del patrimonio es globalmente razonable, no puede decirse lo mismo de un ámbito que lo tenemos tan cercano como minusvalorado, el patrimonio industrial. Navarra no ha tenido una gran tradición en este ámbito, pero la poca que hemos tenido apenas la hemos valorado. Hemos salvado algunos bienes muebles, hoy en el museo etnológico Julio Caro Baroja, pero hemos dejado caer los inmuebles. La fábrica de municiones de Orbaitzeta, algunas chimeneas de azucareras y otras industrias, restos de fábricas de harinas y alguna nave industrial es todo nuestro panorama. El DN de ayer nos trae la última noticia de esta serie: está a punto de derribarse el gran silo de Potasas en Noáin, ejemplo paradigmático del despegue industrial de la Navarra de los años sesenta del pasado siglo. Me uno a los que piden su conservación. Tal vez no tenga valor estético, pero su potencia monumental en medio del paisaje de la cuenca recuerdan el hacer de una época que ya es historia. Lo más fácil es pasarse la pelota entre administraciones. Pero POSUSA, empresa pública por cierto, el municipio y el gobierno deberían ponerse de acuerdo para conservar un bien del patrimonio industrial del que no estamos sobrados.

Diario de Navarra, 14/9/2017

 

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Universidad y opinión pública

Opinión

Cuando me disponía a redactar estas líneas, me ha venido a la memoria la célebre frase de “¿Pensamiento Navarro? El mismo título es una contradicción”. Para verificar el nombre de su autor, que he visto indistintamente atribuir a Unamuno y Baroja, he ido a google y me ratifica que el autor es don Miguel de Unamuno, bilbaíno y uno de nuestros grandes escritores e intelectuales del siglo XX. Es, sin duda, una calificación injusta, y mucho más si la referimos no al periódico carlista, sino al conjunto de los ciudadanos navarros de ésa o de cualquier otra época. Pero como muchas de las grandes frases, encierra un punto de verdad, ya que la capacidad de reflexión no ha sido precisamente una característica de nuestro devenir histórico, guiado más bien por el ardor y la pasión que nos han enzarzado en múltiples contiendas y nos han permitido llegar hasta la actualidad conservando una singularidad muy definida en el conjunto de los pueblos de España, que es nuestra condición foral.

Tierra marcada por el predominio de la ideología conservadora, a la que se unió un clericalismo dominante, cuantitativa y cualitativamente hablando, el Siglo de las Luces y el liberalismo del XIX no consiguieron hacerla brillar en el campo del pensamiento y de las letras, pese a algunos intentos individualizados en estos dos siglos. El siglo XX le reservó un importante papel en el desarrollo de la guerra civil, actuando los requetés de vanguardia del nuevo Estado que pretendió nacer, y dejando a la Iglesia y su nacionalcatolicismo el liderazgo en lo religioso, lo social y lo cultural.

Desde el siglo XIX fueron las élites educadas en el nuevo régimen liberal, con un extractivo y reducido sistema escolar que abarcaba los nuevos institutos de enseñanza media y las universidades, en especial las llamadas centrales, las que se encargaron de propiciar el debate y suscitar reflexiones de interés. Recordemos al respecto la labor de algunos ilustres catedráticos que formaron parte de la Generación del 98 o de la Institución Libre de Enseñanza. Apenas nada de esto se dio entre nosotros, ya que la institución universitaria propiamente dicha llegó en 1960, cuando nace, vinculada al Opus Dei, la Universidad de Navarra, hasta entonces Estudio General de Navarra y, sobre todo, en 1987, cuando el Parlamento de Navarra crea la Universidad Pública de Navarra, “entidad a la que se encomienda el servicio público de la educación superior en Navarra, mediante el ejercicio de la docencia, el estudio y la investigación”.

Parecía llegado, pues, el momento de que la Universidad ejerciera el liderazgo político, social y cultural que en teoría se le asignaba, teniendo presente además las especiales y favorables circunstancias que aquí se daban: cerca de 2.000 docentes de todo signo y condición, para una población que apenas superaba los 600.000 habitantes.

El balance, en mi opinión, no es especialmente positivo. El docente universitario tiende a refugiarse en su especialidad, en la que se encuentra cómodo y a buen recaudo, y acepta con dificultad la tarea de expresar públicamente opiniones que pueden ser contestadas, discutidas o incluso rechazadas. Ni en la época de la transición, ni en los duros años de plomo -cuando el terrorismo etarra hacía particularmente incómodo alzar la voz- ni en los debates sobre el futuro de Navarra del último decenio las universidades han tenido el papel relevante que podía esperarse de ellas. Aún a riesgo de ser injusto con algunos que se quedarán en el tintero, se pueden citar con los dedos de la mano los profesores de la Universidad de Navarra que participan en el debate público en este medio -el profesor Navas probablemente sea el más asiduo- y tampoco son muchos más los profesores de la Universidad Pública de Navarra que lo hacen -Luis Sarriés, Jesús María Osés, Juan María Sánchez Prieto y Francisco Javier Blázquez-. Por ello me parece particularmente relevante el artículo aparecido en el Diario de Navarra del día 1 de julio de 2017, firmado por cuatro catedráticos de la Universidad Pública de Navarra, Josetxo Beriáin, Humberto Bustince, Fernando de la Hucha y Jorge Nieto, titulado “El corredor ferroviario y la modernización en Navarra”. La opinión de los profesores en nítida: “Los planteamientos contrarios al TAV (…) son fácilmente refutables teórica y empíricamente y su endeblez muestra que en la oposición a este pilar fundamental de la riqueza de la región hay mucho más de temor atávico que de racionalidad colectiva (…) Introduzcamos todos los controles públicos necesarios, pero no detengamos el tren de la modernización”. Reputados profesores de ámbitos bien distintos nos dan una opinión fundada sobre un tema controvertido y de especial interés. Es una buena y cualitativa aportación al debate de nuestro futuro. Y un ejemplo de lo que la Universidad debería aportar en éste y en otros temas de alcance. Esperemos que cunda el ejemplo.

Diario de Navarra, 31/8/2017

 

Las villas de Sancho VI el Sabio

Antoñana

Villa de Antoñana (1182)

Cuando don Ángel Martín Duque, mi añorado y retirado maestro, compartía con sus alumnos sus muchos saberes y nos deleitaba con su magisterio, siempre me llamaba la atención el extraordinario juicio y la muy positiva valoración que le merecía la actuación de un rey, Sancho VI el Sabio, que en la historiografía navarra no estaba valorado a la altura de otros monarcas como Sancho Garcés I, Sancho III el Mayor, Sancho VII el Fuerte o Carlos III el Noble. Y a medida que conozco un poco mejor la historia medieval de Navarra, también para mí su figura se agiganta hasta situarse a la altura de los más grandes, si no el que más.

A lo largo del verano, he compartido con ustedes algunos momentos de la historia de Navarra que he titulado “Ciudades que fueron del Reino”. Hemos centrado nuestra atención en Calahorra, Nájera, Laguardia, Vitoria, San Sebastián, y la cerraremos el próximo lunes con San Juan de Pie de Puerto. Pues bien, si hay un rey que ha protagonizado la serie, ése es sin duda Sancho VI el Sabio, verdadero creador de las villas de Laguardia, Vitoria y San Sebastián, mediante la concesión de su respectivo fuero.

Bernedo

Villa de Bernedo (1182)

Una sección como la presente no permite ahondar en los logros del reinado, pero si tuviera que enumerar los fundamentales, éstos serían los siguientes: fortalecimiento y consolidación de la monarquía; defensa inteligente de las fronteras del reino, conjugando diplomacia, acción militar y creación de plazas fuertes; y vertebración del territorio, favoreciendo la creación de burgos, la vida urbana y el comercio.

El origen divino de la realeza se consolida en el reino de Pamplona con Sancho el Mayor (1004-1035), que se proclama rex Dei gratia, rey por la gracia de Dios. Tres signos externos la proclaman: la unción con óleo, la intitulación regia y las inscripciones monetarias. De nuevo es Martín Duque quien resume magistralmente la cuestión: “Sancho VI el Sabio (1150-1194) tuvo que sufrir por lo menos en dos épocas de su reinado el abandono de bastantes ricoshombres que pasaron al servicio de Castilla y Aragón. Mientras tanto, la Santa Sede negaba formalmente el título de rex a los soberanos navarros, pues no se había respetado el testamento del Batallador. Durante sesenta años los documentos papales calificaron al rey de Pamplona como dux, caudillo o jefe militar. Sancho VI el Sabio quiso acabar con esta situación y en 1162 cambió el título de rex Pampilonensium por el de rex Navarrae. Se desplaza a segundo plano la proyección personal de la soberanía y se da preferencia a su proyección territorial. El rey ya no es esencialmente el caudillo de los ricoshombres, más o menos veleidosos, sino que es el soberano de un territorio en el que conviven grupos sociales dotados de estatutos legales diferentes, pero vertebrados por el poder real. La autoridad real saldrá notablemente fortalecida y la dinastía se consolidará, hasta el punto de que su sucesor Sancho VII el Fuerte (1194-1234) bordeará el autoritarismo y a su muerte será preciso nombrar varios tribunales para atender las reclamaciones de sus súbditos”.

Arganzón

Villa de la Puebla de Arganzón (1191)

La defensa de las fronteras del reino fue otro de sus grandes logros. Empotrado en medio de los dos grandes reinos peninsulares, Castilla y Aragón, mayores en dimensiones, habitantes y riqueza, Sancho el Sabio maniobró con habilidad para liberarse de la tutela castellana por el control de una parte del territorio navarro en el corazón del reino, primero; para mantener el statu quo frente a los acuerdos de los dos reinos para repartirse Navarra, consiguiendo retener buena parte de Álava, Guipúzcoa y el Duranguesado, aunque tuviera que ceder La Rioja y gran parte de Vizcaya a cambio de ver reconocida su soberanía, después; y, finalmente, iniciar su expansión al norte del Pirineo. Y todo ello, conjugando diplomacia en los momentos desfavorables, fuerza militar en los favorables y creando plazas fuertes en la frontera, para consolidar las posiciones. Así nacieron Laguardia (1164), Los Arcos (1176), San Sebastián (1180), Vitoria (1181), Antoñana (1182), Bernedo (1182), Arganzón (1191) y Labraza (1196).

No se olvidó Sancho VI el Sabio del interior de su reino. Corresponde en buena medida a la segunda mitad del siglo XII, por lo tanto a su reinado, la formación de la red ciudadana navarra, según Martín Duque “en un principio marcadamente lineal, sobre los tramos de la ruta compostelana, y conectada pronto con la metrópoli ribereña de Tudela a través de Olite (1149), hasta que en las primeras décadas del siglo XIII (…) alcanzaba la burguesía el punto de equilibrio demográfico y funcional que se mantendría básicamente durante bastantes centurias”.

Labraza

Villa de Labraza (1196)

Como verán, no estamos ante un rey menor. Por ello, tal vez haya llegado el momento de reivindicar una red propia de ciudades y pueblos hermanados y unidos en un padre común, las villas de Sancho VI el Sabio.

Diario de Navarra, 17/8/2017

Una idea fuerte de España

Junco

El pasado 16 de julio, en un medio de difusión nacional, el conocido periodista Juan Cruz le hizo una buena entrevista a Íñigo Errejón, diputado de Podemos. Ninguno de los temas eran menores: la idea de España, las relaciones PSOE-Podemos, el encaje de Cataluña en España, el papel de la izquierda y el patriotismo, y el balance (positivo) de las cuarenta años de democracia. Como se ve, asuntos todos que permiten perfilar un retrato aproximado de un político joven con un discurso interesante, propio y no exento de contradicciones.

Permítanme, aunque estemos en verano, algunas digresiones sobre uno de los temas que me han ocupado con frecuencia en esta sección, y que hoy, casi en vísperas del 1 de octubre, día D de las relaciones entre Cataluña y el resto de España, es particularmente candente: la idea de España y su articulación territorial.

Tengo sobre la mesa, en fase de lectura, un libro particularmente interesante a estos efectos: Dioses útiles. Naciones y nacionalismos, de José Álvarez Junco, catedrático de Historia del Pensamiento y los Movimientos Políticos y Sociales, autor también de otros textos de referencia como Mater Dolorosa. La idea de España en el siglo XIX y Las historias de España. Visiones del pasado y construcción de identidad. El autor enumera en la introducción las dos ideas esenciales que lo inspiran. La primera es que la identidad española es una construcción histórica, producto de múltiples acontecimientos y factores, algunos estructurales, pero en su mayoría contingentes. Ni existe un “genio nacional” español, ni somos anormales o raros. La segunda se resume en que la distancia y la comparación son la actitud y el método más recomendables para comprender adecuadamente un problema político o histórico. Tras repasar los casos de construcción nacional, analiza con detenimiento el caso español y concluye lo siguiente: “España intentó pasar de imperio a Estado-nación moderno (…) pero en un momento de constantes altibajos políticos y extrema debilidad económica, asociando en el siglo XX el españolismo a dos dictaduras que terminaron siendo muy impopulares. Con lo que sobrevivió, pero seriamente cuestionada por segmentos de población periférica, quizás no mayoritarios, pero sí suficientemente amplios como para crear serios problemas, unos problemas que siguen sin resolverse en el momento de concluir este capítulo”. (2016).

Como señala Álvarez Junco, España llegó a 1975, año de la muerte de Franco, con una idea de nación y una bandera contaminada por la dictadura franquista y muy vinculada a una ideología derechista y conservadora. No fue suficiente el esfuerzo del PCE, aceptando bandera y monarquía, ni el patriotismo constitucional practicado por los gobiernos socialistas, de claro signo regeneracionista y modernizador. Desgraciadamente no fue suficiente, y menos en la España periférica, donde la fuerza de la autonomía, cuando no del independentismo, prevaleció sobre la idea de pertenencia a la Nación española.

Errejón

Íñigo Errejón, en su entrevista, da su explicación: “Creo que los progresistas de España (quizás hay razones históricas para ello) cometieron una irresponsabilidad que no tiene razón de ser: alejarse de España, sentir que España era el problema y que la solución era una especie de cosmopolitismo”.

Por eso sorprende gratamente que un influyente dirigente como Íñigo Errejón, claramente situado a la izquierda, hable de su idea de España: “Creo que ya va siendo hora de reivindicar, desde posiciones inequívocamente progresistas y democráticas, una idea fuerte de España, un patriotismo desacomplejado. Hay muchas razones para estar orgullosos de nuestro país.”.Pero su discurso, como el de todos los partidos, no está exento de contradicciones: “En un país que tiene la diversidad cultural y nacional que tiene España, que siempre ha tenido diferentes pertenencias nacionales, la unión se construye a partir del reconocimiento de esas diferencias y eso implica el acuerdo. Con Cataluña hace falta un nuevo acuerdo, pero un acuerdo que reconozca que los catalanes tienen derecho a decidir su encaje en España”.

No coincidir con él en este último punto, no significa desconocer lo que de positivo tienen sus declaraciones. ¿Será la izquierda, fundamentalmente PSOE y Podemos, capaz de formular una idea de España que le permita liderar el país de nuevo, como sucedió en la década de los ochenta y noventa del pasado siglo? Alfredo Pérez Rubalcaba le ha recordado muy oportunamente en ese mismo medio que el éxito fue de todos los españoles, aunque eso sí, liderados por Felipe González y los gobiernos socialistas.

Diario de Navarra, 3/8/2017

 

 

 

Lecciones de un viaje al sur de Francia

Albi

Vista exterior de la imponente catedral de Albi

A principios de junio realicé un viaje de estudios al sur de Francia, en compañía de mis alumnos de los cursos de arte del Aula de la Experiencia de la UPNA y Los Arcos. El objetivo del recorrido seleccionado era disfrutar de lo mejor del románico y del gótico francés, en especial del primero de los estilos. ¡Otro que se va fuera de España -dirá más de uno-, como si aquí no tuviéramos mucho y bueno en materia artística! Efectivamente, lo tenemos y lo hemos visitado, porque no concibo un curso de arte sin las salidas didácticas correspondientes a las diversas zonas de Navarra. De todos los estilos, del románico al neoclásico, tenemos buenas muestras en salidas de un día, fáciles y accesibles en casi todos los casos. Sin olvidarnos del resto de España, tierra fecunda en arte e historia, cada día también más accesible y con mejores servicios turísticos y culturales.

Pero, en esta ocasión, se trataba de cruzar la frontera y recorrer una tierra con la que nos unen lazos históricos no pequeños. El primer día remontamos la vía aragonesa, y a través de Jaca y Somport nos adentramos en el Bearne. Oloron-Saint Maríe, Lescar y Pau fueron nuestras paradas. En una entrega anterior tuve la oportunidad de glosar el panteón de Lescar a propósito de una reflexión sobre los panteones reales, en vísperas del homenaje anual que tributó el Gobierno de Navarra en Leire a “los reyes y reinas de Navarra”. El día siguiente fue particularmente exquisito, con la visita a Saint Bertrand de Comminges, con su imponente iglesia fortaleza y Moissac, una joya de primerísimo nivel en la escultura románica europea. Toulouse nos ocupó el tercer día de nuestro viaje. Visitar Saint Sernin y su imponente basílica es tomar contacto con otro de los hitos jacobeos, además de recordar la huella tan presente de San Saturnino, patrón de Pamplona, y de los propios canónigos tolosanos en Artajona. El país de los cátaros ocupó nuestro cuarto día. Una población encaramada en lo alto que lo fue todo, como Cordes sur Ciel; Albí, ejemplo de gótico meridional, con la catedral en ladrillo más imponente que haya visto en mi vida; y Rodez, una de las grandes catedrales en las pequeñas ciudades francesas, fueron las tres etapas del día. Por estrechas carreteras llegamos al día siguiente a Conques, otro de los hitos del viaje. Su ubicación, la iglesia de peregrinación de Santa Fe, extraordinaria en su portada y armoniosa en su interior, y el pequeño casco urbano, justifican por sí solos la visita. Pero todavía quedaban Figeac, patria de Champolion con su rico patrimonio, y Cahors, lugar de partida de buena parte de los francos que poblaron Estella, con su catedral, ejemplo de románico bizantino y su extraordinario puente Valantré, digno heredero en gótico del de Puente la Reina. Al día siguiente visitamos el insólito santuario de Rocamadour, también con reminiscencias en Sangüesa y Estella, y Souillac, donde el exquisito Isaias sigue montando guardia en el pórtico. En un tranquilo día de votaciones legislativas, el domingo, visitamos Limoges; la catedral de Angulema, ejemplo paradigmático de románico bizantino con su portada-fachada; hasta llegar a Burdeos, la gran ciudad señorial en el estuario del Garona. Nuestro último día nos llevó de Burdeos – con una rápida visita a la catedral, espléndida en entorno, fachada e interior- a Bayona,y de allí a Pamplona, a donde llegamos con la mochila llena de momentos gratos y edificios extraordinarios.

Moissac

Portico de Moissac, obra maestra de la escultura románica

Pero además de arte, el sur Francia nos dejó algunas lecciones para aprender. En lo cívico, un país limpio, cuidado, respetuoso de su historia, orgulloso de sí mismo, que exhibe himno y bandera como patrimonio común indiscutido, al margen de opiniones políticas de sus ciudadanos. En lo turístico, unos territorios donde el patrimonio está interiorizado como un valor no solo cultural, sino fuente de riqueza sobre todo para las zonas rurales. De ahí la abundante presencia de pequeños hoteles con encanto, casas rurales y facilidades para las visitas que jalonan todos sus pueblos. En lo cultural y patrimonial, una preocupación por darles vida digna de encomio. Y en lo religioso, unos templos donde se respetan las horas de culto y la liturgia es viva y vivida en clave de comunidad, en una sociedad laica y altamente secularizada.

Dado que estamos en fase de redacción del Plan Estratégico de Turismo, creo que deberíamos aprovechar las sinergias de nuestra pertenencia a la Comunidad de Trabajo de los Pirineos y nuestra entrada en la Eurorregión Aquitania-Euskadi-Navarra para fortalecer estos vínculos y desarrollar políticas más activas en la materia, que son posibles y necesarias. Es la mejor manera de justificar nuestra presencia en dichas instituciones. Nuestro patrimonio no es inferior, ni mucho menos, pero podemos y debemos aprender de los franceses, maestros en sacar todo el jugo que les ha deparado la historia. En la sociedad del siglo XXI, donde el ocio es un valor en alza, hacer del patrimonio una fuente de riqueza para nuestros pueblos y ciudades es un reto y una oportunidad.

Diario de Navarra, 21/7/2017

La evolución de la fiesta

Glosas

Cuando lea estas líneas en la mañana del 6 de julio, Pamplona, la capital de tercer orden, aquella a la que hasta hace unos años le faltaba universidad y le sobraban cuarteles y conventos, habrá estallado en una fiesta continua.

La ciudad y la fiesta han evolucionado con el paso de los años. No podía ser de otra manera si recordamos que la diminuta y enclaustrada ciudad de principios que siglo, que apenas superaba los 30.000 habitantes, hoy tiene 200.000 a los que se suman los muchos navarros que tienen por copatrón a San Fermín, para los cuales Pamplona es su segunda fiesta patronal después de las de su pueblo. Si a eso añadimos la masiva invasión de foráneos, los corsés físicos y anímicos del casco viejo pamplonés han saltado necesariamente por todos los lados. En acertada frase del profesor Ricardo Fernández Gracia, “las fiestas constituyen un fenómeno dinámico, que aparentemente se han secularizado y se han vuelto más lúdicas, identitarias y supralocales. Se han hecho más espectaculares y menos rituales”.

Pamplona ha visto recogido en un libro de José María Iribarren, Pamplona y los viajeros de otros siglos, las opiniones de los extranjeros que pasaron por la ciudad. “Los viajeros de siglos anteriores son, a decir verdad, bastante parcos y bastante insulsos en sus noticias y comentarios (…) Fuera de un militar granadino -don Jacinto Aguilar- que describió muy detalladamente los Sanfermines del año 1629, y del pícaro Estebanillo González, que nos descubre sus truanerías, los demás dicen poco de provecho. A partir del siglo XVIII, los viajeros que nos visitan aportan datos y consignan observaciones de interés y de enjundia. Así la descripción de los Sanfermines del año 1766 que escribió el amanuense y colega del Padre Enrique Flórez, o la que de las fiestas del año 35 del último siglo hizo un inglés que se firmaba “Poco Más”. Pero la estampa más preciosa y completa, la más emocionante y colorista que un autor extranjero haya podido dedicar a una capital española es la que en 1843, en plena madurez de su talento literario, escribió Víctor Hugo sobre Pamplona”. Dejo de lado la aportación de Hemingway, por suficientemente conocida y glosada.

Pero aunque el mismo Iribarren diga que “aprendemos a saber cómo somos cuando nos vemos retratados o juzgados por los demás”, son los escritores autóctonos los que de verdad han profundizado en el carácter y sentido de la fiesta. Una fiesta cuya verdadera esencia se encuentra con más verdad en los apuntes de los cronistas locales que en los sesudos estudios de socíólogos o etnólogos.

De estos cronistas, la ciudad ha tenido cuatro, a mi juicio magníficos, a lo largo del siglo XX. Ángel María Pascual fue el primero en el tiempo y el de mayor calidad literaria. Sus Glosas a la ciudad no se detienen especialmente en los sanfermines, pero nadie como él acertó a evocar la vida de la Pamplona de posguerra. Su artículo dedicado a las Vísperas de 1946 es especialmente hermoso: “Hay muchos que opinan ser las Vísperas, el 6 de julio, lo mejor de las fiestas. Serán quizás los mismos que, entre todas las horas del día, prefieren la frescura del amanecer. Pero a partir de este punto, el ramo de visperistas se bifurca en dos grandes grupos. Del 6 de julio prefieren unos el momento del mediodía, cuando un cohete arranca doce meses de tetricópolis, de habitualidad y de rutina, y se los lleva por el aire para pulverizarlos allí arriba en el humo del primer estampido. Otros prefieren las cinco y media de la tarde, cuando el Ayuntamiento se asoma a la puerta de la casa consistorial y Cervantes y Berruezo levantan en el aire la batuta para arrancar el primer compás del Vals de Astráin (…) Baja la clerecía con sus capas rojas con el escudo de la ciudad. Inciensos,cortesías, reverencias. Y lejos, un eco de voceríos, de carreras de chiquillos, de charangas discordes y dormidas, tras la gruesos muros en la tarde candente de la Taconera”.

José María Iribarren reunió sus artículos desde los primeros años treinta hasta 1968 en el libro Sanfermines, editado por esta casa. Es la colección más nutrida y vivaz sobre los diversos aspectos de la fiesta en los años de la posguerra y el desarrollismo. El testigo lo recoge, y de qué manera, José Miguel Iriberri, que durante muchos años, en este mismo medio, ha tomado la temperatura de la fiesta como el verdadero doctor de cabecera de la nueva Pamplona. ¿Para cuándo la recopilación de sus apuntes? Y finalmente, Juan José Martinena, siempre al quite con sus crónicas de la Pamplona que fue y que, pese a los embates de la modernidad, se resiste a dejar morir sus ritos y liturgias.

Les aseguro que yo quería hablarles de dos momenticos nuevos: el almuerzo masivo de la mañana del 6 y la transformación de la ciudad en blanco y rojo entre las 11 y las 12 de esa misma mañana. Pero donde hay patrón no manda marinero. Y hoy he preferido que hablaran los que saben. ¡Felices Sanfermines!

Diario de Navarra, 6/7/2017

 

En torno a los panteones reales de Navarra

Lescar

Lápida en bronce de la catedral de Lescar

En 1991, el Gobierno de Navarra editó un libro institucional titulado “Sedes reales de Navarra”, en el que colaboraron un buen elenco de prestigiosos historiadores, dirigidos por Luis Javier Fortún. El texto pretendía ofrecer una exposición sistemática de la huella histórica y artística que el Reino de Navarra ha dejado en las ciudades y lugares que albergaron la sede de sus monarcas o los panteones regios durante los siete siglos en los que Navarra fue reino independiente. Pese a los años transcurridos, el texto, profusamente ilustrado y bellamente editado, sigue conservando el interés de antaño.

La parte tercera del texto está dedicada a los panteones regios. Fruto de su rica y azarosa historia, los restos de los monarcas se encuentran dispersos por distintos lugares. Pese a las reducidas dimensiones del reino, sorprende la larga lista de panteones reales: Leire, Monjardín, Oña, Nájera, San Juan de la Peña, Huesca, Pamplona, Roncesvalles, Saint Denis, Ujué, Santa María de Nieva, Poblet y Lescar.

El mausoleo regio es una constante de civilizaciones y pueblos distintos. Se trataba no solo de contener los restos mortales de los monarcas, sino de convertir a los mismos en foco de atención y punto de referencia para los súbditos. El lugar unía intereses religiosos y políticos y tendía a ser el mismo para toda la dinastía, a fin de convertirlo en un símbolo visible de la misma. Los casos de Leire y Pamplona, por señalar los dos panteones más ilustres, son los más representativos.

Leire es un curioso caso de mausoleo itinerante, que acogió a personajes de la familia real durante los siglos IX, X y XI. A raíz de la desamortización de Mendizábal, los restos han estado en un arcón de madera en Yesa, en dos ocasiones; de nuevo en el monasterio en un ataúd marmóreo “bizantino”; y finalmente en una arqueta de madera situada en un arcosolio del muro norte de la iglesia. Una placa de bronce describe los nombres de los monarcas cuyos restos contiene el arca.

El panteón de la catedral de Santa María de Pamplona es el más importante de la monarquía navarra. A partir de 1134, con García Ramírez el Restaurador, se convirtió en el panteón habitual de los soberanos navarros, que manifestaron su deseo de reposar en el mismo lugar donde habían recibido la unción y coronación real. El hundimiento de la catedral en 1390 hizo desaparecer casi todos los sepulcros previos a Carlos III. Hoy el mausoleo por excelencia es el de Carlos III y doña Leonor, obra maestra del llamado gótico borgoñón, labrado por el maestro Jean Lome entre 1413 y 1419. A sus pies, una lápida instalada en 1903, recuerda los numerosos miembros enterrados bajo el mausoleo, correspondientes a las dinastías reales de los siglos XII al XV.

Tienen también carácter colectivo, aunque en menor número, los panteones de Nájera (García Sánchez III el de Nájera, 1035-1054 y Sancho Garcés IV el de Peñalén, 1054-1076); San Juan de la Peña (Sancho Ramírez, desde 1076 rey de Pamplona y su hijo y sucesor Pedro I, 1094-1104); y Saint-Denis, a las afueras de París (dinastía Capeta, reyes de Francia y de Navarra entre 1274 y 1349).

En algunos casos, fueron los propios monarcas quienes eligieron un destino peculiar, normalmente por razones afectivas. A ese modelo responden los casos de Monjardín (Sancho Garcés I, 905-925 y García Sánchez I, 925-970); Oña (Sancho el Mayor, 1000-1035); Huesca (Alfonso el Batallador, enterrado en 1134 en el castillo de Montearagón, hoy en San Pedro el Viejo); Roncesvalles (Sancho VII el Fuerte, 1192-1234); y Ujué (corazón de Carlos II, 1350-1387);Pero no siempre pudieron ser respetados los designios reales, debido a la coyuntura política de cada momento. De ahí la existencia de sepulcros aislados, situados en lugares inicialmente no previstos. Es el caso de Santa María de Nieva (Blanca de Navarra, 1425-1441); Poblet (Carlos Príncipe de Viana, muerto en 1461 y Juan II, rey de Navarra y Aragón, muerto en 1479); y Lescar (Francisco Febo, Juan de Albret y Catalina, todos en la segunda mitad del siglo XV y primeros años del siglo XVI).

El pasado 5 de junio, en el marco de un viaje de estudios al sur de Francia con mis alumnos del Aula de la Experiencia de la UPNA y Los Arcos, del que les hablaré en la próxima entrega, nuestra primera parada fue Lescar, pequeña localidad situada cerca de Pau, en el Bearne. Su catedral románica posee un valor artístico indiscutible, pero para los navarros, monárquicos o no, tiene un evidente valor sentimental. En el presbiterio, una modesta placa de bronce señala: “Aquí están inhumados los reyes de Navarra de la familia Foix-Bearn”. También ellos pidieron en su testamento ser enterrados en la catedral de Pamplona, pero los avatares políticos lo impidieron. Afortunadamente, una iniciativa presentada hace unos años por Bildu en el Parlamento de Navarra, más política que histórica, pidiendo su vuelta, no prosperó. Allí reposan en paz. Pero si ustedes pueden acercarse, merece la pena hacerlo. En el recinto, sentirán el latido su historia.

Diario de Navarra, 22/6/2017