Hombres de guerra y fortuna

Sidi

Los nacidos antes de la década de los sesenta recordamos todavía unos textos de historia de España trufados de grandes gestas militares y héroes calificados de legendarios: Viriato, Guzmán el Bueno, el Cid, los conquistadores o Agustina de Aragón, por poner algunos ejemplos. He vuelto a recordarlo estos días por dos motivos bien distintos. El primero, la interesante y agria polémica suscitada por el libro Imperiofobia y leyenda negra de Elvira Roca Barea, -que sostiene que los españoles hemos interiorizado acríticamente la leyenda negra, que empezó en Italia y terminó siendo asumida por la élite ilustrada española-, refutado de forma implacable por José Luis Villacañas en Imperiofilia y el populismo nacional-católico: Otra historia del imperio español, y por Arturo Pérez Reverte en su artículo de XLSemanal, Imperioapología y otros disparates. “Populista nacional-católica, nacionalista española, reaccionaria, vanidosa”, dice el último de la primera, a la que ésta responde tachándole de “muy fanfarrón, muy miles gloriosus, pero no engaña a nadie”. Todo, como ven, muy edificante en una polémica que todavía continúa en los medios escritos. El segundo, la lectura estos días de dos libros complementarios, escritos por dos amigos -compadres se llaman mutuamente- que se respetan y admiran. Uno es una novela, Sidi, de Arturo Pérez Reverte y el otro, una obra histórica divulgativa, La conquista de América contada para escépticos, de Juan Eslava Galán.

Las dos pretenden ofrecer una visión, si no nueva, sí desmitificadora de dos de los episodios más conocidos y ensalzados de la historia de España. La figura histórica del Cid, glosada por el Cantar del mismo nombre y convertida por Ramón Menéndez Pidal en fuente histórica válida, ha llegado a nuestros días más jaleada que estudiada, más utilizada en sus elementos pseudo-históricos que valorada como joya literaria. Un joven historiador, David Porrinas, acaba de publicar un revelador estudio en el que Rodrigo Díaz de Vivar aparece como un guerrero aventurero y oportunista, que se mueve con habilidad en la frontera difusa entre la cristiandad y el islam, al frente de unas tropas compuestas por su propia mesnada y un contingente variable de tropas musulmanas. Todo para conseguir un botín. Esa misma idea es la recogida por Arturo Pérez Reverte en su novela Sidi, Un relato de frontera. Dejando al margen la calidad literaria del autor, que ya fue glosada hace unas semanas por José Luis Martín Nogales en su sección de este mismo medio, me parecen especialmente destacables en esta visión cidiana, su buen conocimiento del Cantar de Mio Cid, su excelente retrato de la sociedad del siglo XI, lo preciso de su especializado vocabulario y, sobre todo, el retrato de un caudillo -altivo, leal a su señor natural, al servicio del mejor postor, fuera cristiano o musulmán- y su mesnada: “aquellos hombres olían a estiércol de caballo, cuero, aceite de armas, sudor y humo de leña. Rudos en las formas (…) eran guerreros y nunca habían pretendido ser otra cosa (…) Profesionales de la frontera, sabían luchar con crueldad y morir con sencillez”. En mi opinión, una gran novela que rescata al hombre y humaniza al héroe mitificado.

Algo similar ocurre con el libro de Juan Eslava Galán. ¿Cómo humanizar una gesta memorable sin olvidar ni las miserias y atrocidades de la conquista, ni las hazañas extraordinarias que llevaron a cabo? No es el primer libro en el que Eslava se enfrenta a una situación similar y a base de sabia erudición, arte narrativo e ironía inteligente, en frase de Pérez Reverte, consigue su objetivo. “Nadie cuenta la historia como Eslava Galán”, dice el novelista. Tal vez sea un exceso, pero pocos divulgadores están a su altura.

De la misma forma que Pérez Reverte convierte su novela en un relato histórico, Eslava Galán acaba por hacer de su historia un relato casi novelado. El detalle, el humor, la reflexión perspicaz y el lenguaje limpio y descarnado son las especias que condimentan el fruto sazonado que presenta el libro. Un difícil equilibrio en el que prima la visión del soldado de fortuna -la inmensa mayoría de los que llegaron a América-, sin obviar los dislates y gestas que llevaron a cabo. Para finalizar, se plantean también las cuestiones de las que tanto se ha hablado en los últimos años: los conquistadores, ¿fueron depredadores o civilizadores? ¿Qué decir de la independencia y el exterminio de los indios? ¿Y del debate entre indigenismo versus hispanidad? Las tres las aborda el autor con criterio ecuánime y contextualización adecuada.

Dos libros, en fin, que les recomiendo para este enero en el que la historia de España vuelve a estar en el candelero. Me temo que dado el contexto político en el que nos movemos, no será la última incursión en el tema.

Diario de Navarra, 9/1/2020

 

El festival de villancicos

villancicos

Si uno ojea las páginas del Diario de Navarra en estas fechas, hay una actividad que se repite insistentemente y sobresale sobre todas las demás: los conciertos de Navidad, sean interpretados por grupos autóctonos o foráneos, profesionales o aficionados, de música instrumental o vocal. Afortunadamente, los tenemos de todo tipo y condición, en consonancia con una tradición que tiene raíces bien asentadas: el carácter básicamente religioso de la Navidad en nuestra tradición cultural cristiana y la raigambre coral de nuestra tierra, antaño vinculada a la parroquia y hoy compartida con otras instituciones. Pero hay una modalidad en la que me gustaría fijarme hoy para ponderar su importancia y darle el valor que tiene y que, a veces, nos pasa desapercibido. Me refiero a los festivales de villancicos, protagonizados básicamente por los coros parroquiales de la Navarra rural. Como ejemplo de los mismos, citaré el celebrado el pasado domingo, tras la misa dominical, por los coros parroquiales de La Solana, en el que participaron feligreses y vecinos de Allo, el valle de Santesteban de La Solana (Ázqueta, Igúzquiza y Villamayor de Monjardín), Arróniz, Dicastillo y Oteiza.

La iglesia de Oteiza fue la anfitriona del evento, que ya hacía el número 15 de las ediciones celebradas. Un público mayoritariamente veterano, procedente de las localidades vecinas, daba a la iglesia el aspecto de los días grandes, que ya solo alcanzamos a verlo en las fiestas patronales o en los funerales. El párroco y el alcalde dieron la bienvenida a los asistentes. Más de uno tal vez se sorprenda y apele a la separación entre Iglesia y poder civil. En mi opinión, en esta oportunidad ninguno de los dos sobraba. Porque el acto no era ni exclusivamente religioso ni estrictamente civil. Era la lógica simbiosis de una tradición que alcanza al conjunto de manifestaciones de un pueblo y que apela a una comunidad religiosa y cívica, el viejo arciprestazgo de La Solana y los municipios de la comarca del mismo nombre, reunidos en el mejor espacio disponible, una iglesia que se abre a todos y que es de todos, al margen de las cuestiones de titularidad que tanto daño han hecho en la consideración de la parroquia como bien que los vecinos y feligreses debemos mantener y proteger.

Tras la interpretación de dos villancicos por parte de cada uno de los coros, como colofón final, todos subieron al presbiterio para entonar el Adeste fideles y el Noche de paz, que hicieron vibrar a los asistentes y recordar a los ausentes, especialmente cercanos en estas fechas. Pero todavía había una última sorpresa. Todos juntos también, tras el agradecimiento y la despedida de la presidenta del coro de Oteiza, entonaron Un canto de paz, villancico especialmente querido por Enrique Arellano, párroco de Dicastillo y Arellano durante muchos años, recientemente fallecido. Bien conocido en la zona, Enrique Arellano era el prototipo del clérigo modelado por el Vaticano II, un navarro recio y un sacerdote trabajador y comprometido con su feligresía y con su gente.

Una comida de hermandad de más de 130 personas en la casa de cultura de la villa, seguida de una larga sobremesa, con cantos, melodías y buena conversación fraternal, dio fin a una edición que esperamos tenga su continuidad el año próximo en Dicastillo.

¿Y qué tiene de especial esta celebración similar a tantas otras? Hurguemos un poco en sus entresijos. En la Navarra vaciada en la que cada vez vivimos menos, cualquier iniciativa civil o religiosa que propugne la unión, la cooperación y el conocimiento mutuo debe ser bienvenida. Para cantar hay que salir de la comodidad del hogar, reunirse semanalmente y hacer grupo. Y compartir esfuerzos con los capaces y los menos capaces. Todos, del primero al último, comenzando por el director o directora, son importantes en el coro. En muchas pequeñas poblaciones, sobre todo en el largo invierno de nuestra tierra, es una de las escasas ocasiones para salir, relacionarse y convivir. Si el festival es de arciprestazgo o comarca, hay que ponerse de acuerdo, trasladarse y compartir objetivos y escenario. Lo necesitamos. Si es en el ámbito civil, hacer comarca es imprescindible para acceder a servicios básicos y propiciar el mantenimiento, siquiera sea a la baja, de la población. Y si es en el religioso, los cambios que vamos a experimentar en la iglesia navarra no han hecho sino comenzar. La unidades parroquiales que agrupan varios pueblos son una realidad y se van a acentuar, y la presencia de los laicos se impondrá más pronto que tarde. Los coros parroquiales son, sin duda alguna, levadura que puede propiciar avances en ambos sentidos.

No puedo dejar de manifestar una preocupación. Apenas había matrimonios jóvenes, y los chavales y los niños brillaban por su ausencia. ¿Contamos con ellos o hablamos de dos realidades paralelas? Esta Navidad también es suya, pero si no la vivimos y celebramos juntos, acabarán por considerarla una antigualla y desaparecerá. Aún estamos a tiempo de intentarlo.

¡Felices Navidades para todos!

Diario de Navarra, 26/1/2020

 

La educación en Navarra: PISA nos pone deberes

Pisa

Desde la década de los ochenta, son muchas las ocasiones en las que me he pronunciado sobre diversos aspectos de la educación en Navarra. Mi diagnóstico hoy podría resumirse así: tenemos un buen sistema educativo, fruto de la preocupación conjunta de familias y administración, de un esfuerzo presupuestario que viene de lejos, y de la continuidad de un modelo pactado en los años ochenta por el PSN-PSOE y UPN que, sin grandes cambios, se mantiene hasta la actualidad. Está constituido por una doble red de centros públicos y concertados, garantiza la escolarización plena, la libertad de elección de centro, la gratuidad, y la enseñanza en castellano y euskera, de acuerdo a lo previsto en la LORAFNA y la Ley Foral del Euskera. Ha incorporado también, no sin dificultad, novedades significativas en el tratamiento de la diversidad, la incorporación del inglés y el acceso a las nuevas tecnologías. Consecuencia de todo ello, nuestro sistema está en línea con el de los países europeos más avanzados y es una de las señas de identidad de la Navarra del siglo XXI.

A este diagnóstico, que muchos tacharán de optimista, pero que creo responde a la realidad, he añadido reiteradamente algunos síntomas preocupantes que se dibujaban en el horizonte: signos de crisis en la escuela rural, el mejor y más débil de nuestros eslabones del sistema; un estancamiento, cuando no disminución, del presupuesto educativo; cierta huída de los centros públicos urbanos por parte de familias de clase media y trabajadora, consecuencia de la acumulación de inmigrantes y minorías étnicas en las aulas de estos centros; y, en consecuencia, una creciente dualización del sistema, que podemos y debemos reconducir.

En los últimos días, hemos conocido los resultados del informe PISA, el más prestigioso y homologado de los sistemas de evaluación en el ámbito educativo. Con todas sus limitaciones, PISA nos permite comparar nuestro sistema tanto con el del resto de las comunidades autónomas de España, como con el de los países de la UE y de la OCDE. Las pruebas se llevaron a cabo en 2018 y afectaron a 1.754 alumnos y alumnas de 15 años de 49 centros, de los que 28 eran públicos y 21 concertados. Se midieron los niveles de rendimiento en matemáticas, ciencias y competencia lectora, aunque los errores detectados en esta última prueba han obligado a embargar los datos a la espera de corregir los errores.

La radiografía presenta dos caras bien distintas. Entre lo positivo, el informe ratifica lo conocido: Navarra sigue ocupando las primeras posiciones en el ranking nacional y mayores porcentajes en todos los niveles de rendimiento que la media nacional, europea y de la OCDE. Pero sin desconocer lo positivo, logrado con el esfuerzo de todos, haríamos mal en quedarnos con esta única foto de situación, porque la brecha con otras comunidades se ha acortado, y regiones con menor presupuesto educativo como Galicia, Castilla y León, Aragón o Cantabria se nos han acercado o nos han sobrepasado en algunos parámetros.

Más importante de cara al futuro es subrayar los problemas que detecta el informe. El más sangrante de todos, la diferencia de puntuación existente entre el alumnado según su origen. En Navarra, el 17,5% del alumnado es inmigrante de origen, frente al 13% en la UE y en la OCDE y el 12% en España. Navarra ocupa el tercer lugar en porcentaje de inmigración entre las Comunidades Autónomas españolas y esto hay que tenerlo en cuenta. Las cifras no pueden ser más rotundas: en competencia matemática, la diferencia es de 68 puntos y 40 en competencia científica. Como la mayor parte de los inmigrantes se escolarizan en centros públicos, este factor penaliza significativamente los resultados de esta red. La diferencia entre la red pública y la concertada es de 40 puntos en matemáticas y de 34 en ciencias a favor de la segunda. Si a eso se une que el entorno socioeconómico más alto acude mayoritariamente a los centros concertados, la diferencia tiende a acentuarse, como así ha sucedido frente a los datos de 2015.

Saquemos algunas conclusiones. La primera y más importante: todos los alumnos escolarizados en Navarra son ciudadanos navarros que tienen los mismos derechos a una educación de calidad. En consecuencia, conseguir la equidad y la excelencia debe ser un objetivo compartido por todos. La segunda también es obvia. Si todos los centros navarros están sostenidos con fondos públicos, todos deben cooperar en el objetivo de conseguir que esta brecha disminuya de forma rápida y significativa. Esto para el sistema educativo navarro, sobre todo para los centros concertados, sean en castellano o euskera, es un imperativo social y ético del que nadie debe descolgarse. En consecuencia, no solo parece razonable sino exigible que la administración, como ya ha anunciado, tome las medidas oportunas para propiciar una más equilibrada distribución de este alumnado. Por supuesto, ello debe llevar aparejado disponer las ayudas adicionales necesarias, -económicas, de personal y organizativas-, para que esta tarea no vaya en perjuicio del alumnado nativo.

Permítaseme una última reflexión para terminar. El buen sistema educativo actual es fruto de un pacto entre ideologías diferentes. No es el momento de resucitar guerras escolares que no conducen a nada. El artículo 27 garantiza la libertad de enseñanza y el derecho de los padres a que sus hijos reciban la formación religiosa y moral, pero garantiza también el derecho de todos a la educación, mediante una programación general de la enseñanza que corresponde a los poderes públicos.

Este es, a mi juicio, el pacto escolar que Navarra necesita. Y junto a él, un esfuerzo presupuestario mayor que permita reducir la alarmante interinidad del profesorado. Si las tres cosas se encaran en firme, sin prejuicios ideológicos, además de una mejora social indudable, estoy seguro que no tardaríamos en ver reflejados en PISA sus resultados en el medio plazo. La tarea es tan relevante que justifica una legislatura. ¿A qué esperamos?

Diario de Navarra, 12/12/2019

Presente y futuro de nuestra Iglesia diocesana

folleto

Durante los primeros días de noviembre, he escuchado en la radio diversas cuñas de la Conferencia Episcopal Española llamando a la participación en la tarea de la Iglesia católica. Ponían el acento, sin olvidar la aportación económica, en la aportación personal, en forma de tiempo, compromiso y ayuda a la comunidad. Una orientación que se agradece y que muestra un cambio de tendencia en la perspectiva de la cúpula de la Iglesia.

Este pasado domingo, al llegar a la misa dominical en Oteiza, nuestro nuevo párroco, un mejicano del Verbo Divino, había dejado distribuidos por los bancos los sobres de la colecta sobre la Iglesia diocesana. Nos invitó a participar y nos animó a recoger el folleto situado a la salida, titulado este año “Sin tí no hay presente. Contigo hay futuro”, un lema atinado y preciso. Es el que tengo delante a la hora de redactar estas líneas.

Ya el año pasado, por estas mismas fechas, les trasladé algunas reflexiones sobre mi visión tanto del presente como del futuro, desde mi perspectiva de persona que colabora modestamente en el consejo parroquial de su iglesia local. Me gustaría completar aquellas reflexiones con algunas otras que me suscita la lectura del folleto.

La Iglesia diocesana de Pamplona y Tudela articula su labor en los siguientes campos: actividad celebrativa (bautizos, primeras comuniones, confirmaciones y matrimonios), por no hablar de la asistencia a la misa dominical, que revelan claramente el carácter descendente de las grandes cifras de antaño. En consecuencia, frente al cristianismo mayoritario y sociológico que nos definía, la Iglesia actual debe atender a una minoría más fiel y comprometida. Y esto exige celebraciones más preparadas, participadas y vividas.

La actividad pastoral, el segundo de los ámbitos, se concreta también en cifras elocuentes: 350 sacerdotes, 25 seminaristas, 1.865 catequistas, 735 parroquias y 1.692 religiosos y religiosas. ¿Puede sostenerse el modelo utilizado hasta ahora? Evidentemente no. Las reformas en marcha son necesarias pero no suficientes. Con sacerdotes tan mayores y tan escasos seminaristas, se impone una mayor presencia de religiosas, catequistas y laicos en la tarea ordinaria. Pero no nos engañemos. El carácter radicalmente clerical de nuestro modelo eclesial no facilita las cosas.

La actividad evangelizadora de nuestra Iglesia diocesana, en el sentido tradicional del término, sigue siendo, pese a todo, digna de encomio. 682 misioneros y misioneras esparcidos por el mundo, sobre todo en los países más pobres del planeta, constituyen el rostro más presentable del evangelio ante nuestro mundo y nuestra sociedad. Su opción por los pobres y excluidos, los preferidos de Jesús de Nazaret, nos interpela a todos y nos sirve de espejo. ¿No ha llegado el momento de importar aquí algunos modelos de misión?

Especial atención merece la actividad educativa. Sorprende la ausencia en el folleto de la mención a los profesores de religión de los centros públicos, cuya labor es especialmente difícil y no siempre valorada en su justa medida. Pero apunta un dato especialmente relevante: en Navarra hay 44 centros católicos con 36.610 alumnos. ¿Y qué significa ser un centro católico? He aquí una pregunta trascendental. 36.610 niños y jóvenes, con la ausencia tan clamorosa que existe en nuestras iglesias de ellos, son un enorme potencial si se trabaja y se cuida. En la Navarra de hoy deberían constituir la palanca más importante y esperanzadora de la nueva Iglesia diocesana naciente. ¿Somos conscientes de ello y actuamos en consecuencia?

Finalmente, el folleto enumera la actividad asistencial. Es una de las caras más visibles de la acción eclesial, con presencia en los ámbitos más necesitados de nuestra sociedad. Incidir en ella es una necesidad y un compromiso ineludible.

Para todas estas acciones, la Iglesia en Navarra ha ingresado 22 millones de euros, de los que el 50% proceden de las aportaciones de los fieles y el 22% de la asignación tributaria, que específicamente ha pedido se destinaran a tal fin. El objetivo de la autofinanciación debe ser perseguido con ahínco, pese a la dificultad que comporta. Los gastos, equilibrados respecto a los ingresos, se dividen a tercios casi iguales entre las acciones pastorales y asistenciales, la retribución -muy modesta, por cierto- del clero y la conservación de los edificios y gastos de funcionamiento.

El futuro lo señala con claridad el propio folleto en su portada: aspirar a una comunidad parroquial en la que se viva y se celebre la fe con esperanza. Solo en esa medida, parroquia e Iglesia serán un instrumento útil en medio del mundo en el que están insertas.

Diario de Navarra, 14/11/2019

Tras la exhumación, historia y pedagogía

Caidos

En los últimos años he glosado para ustedes tres libros de la colección Historias Mínimas de la editorial Turner, que les recomiendo especialmente: España, de Juan Pablo Fusi; Cataluña, de Jordi Canal; y Guerra civil española, de Enrique Moradielos. Este último recibió en 2017 el Premio Nacional de Historia “por el llamamiento a la concordia que se desprende de sus páginas y por su extraordinaria labor de síntesis”.

El pasado jueves contemplé parcialmente por televisión, junto con otros muchos españoles, la transmisión de la exhumación y posterior inhumación de Franco. Lo seguí en la 1 de televisión española, porque uno de los comentaristas era precisamente Enrique Moradielos, especialista en la guerra civil y el franquismo, historiador al que tengo en gran aprecio. Frente a opiniones más frívolas y menos fundadas de los otros contertulios, sus intervenciones fueron atinadas, equilibradas y basadas en un gran conocimiento de los hechos históricos. Sus tesis, que comparto, fueron las siguientes: La victoria de Franco fue el resultado de un golpe de estado de parte del ejército contra la legalidad republicana, seguido de una cruenta guerra civil; su enterramiento en el Valle de los Caídos -probablemente no deseado por él- fue una anomalía histórica que iba en contra de objetivo final, que era acoger a los caídos en la guerra civil; tener al dictador sepultado en un mausoleo propiedad del Estado y mantenido por éste, resultaba un anacronismo; su exhumación, por tanto, era necesaria y oportuna; hacerlo con publicidad era bueno para la democracia española y su valoración por la comunidad internacional; y la transmisión le pareció sobria, digna y respetuosa, demostrando el valor residual del franquismo; finalmente, ello permitía cerrar una etapa y abrir otra que debería culminar con la resignificación de un monumento al servicio de la concordia entre los españoles.

Al margen de algunas cosas discutibles, -símbolos fascistas, salida a hombros, banderas preconstitucionales, nostálgicos que daban entre risa y pena-, que se explican en el contexto de unas negociaciones nada fáciles con la familia y el deseo del gobierno de no pisar más callos que los necesarios, la impecable realización nos dejó imágenes para la historia: la salida del féretro portado por familiares, conocidos la mayor parte por su aparición en revistas del corazón; el helicóptero y la cruz en una imagen icónica que repitieron los medios hasta la saciedad; o la llegada a Mingorrubio, con los escasos nostálgicos cantando el cara al sol, brazo en alto, mientras el helicóptero descendía hasta el suelo de los montes del Pardo y era depositado, en este caso por personas ajenas a la familia, en el furgón fúnebre que lo trasladaría hasta el cementerio.

A mi juicio, sobraron algunas cosas: un despliegue excesivo en los medios, demasiado cotilleo y poca pedagogía del acto , su contexto y su significado, y cierto tufillo electoral, y faltaron otras: con 22 cámaras no puedo entender la ausencia de planos de la explanada totalmente vacía, la ausencia de personas al paso del féretro y la sensación dada de que eran muchos los nostálgicos junto al cementerio, cuadro eran cuatro gatos, dicho sea sin ánimo peyorativo. Todo, menos un funeral de Estado, afirmación que no se sostiene.

Mientras veía las imágenes me preguntaba: ¿A qué ciudadanos españoles interesa lo que estamos viendo? Creo que ni a los de veinte, ni a los de treinta, ni a los de cuarenta, ni probablemente a los de cincuenta. Somos los nacidos antes de la década de los sesenta, que llegamos a conocer al menos las postrimerías del franquismo, a los que aquellas imágenes nos decían algo. Para los demás, es historia mal conocida y poco explicada.

Exhumado Franco, quedan algunas asignaturas pendientes: la más importante, enterrar dignamente a los que yacen ¡ochenta años después! todavía en las cunetas, además de resignificar el Valle de los Caídos como lugar de concordia y de memoria con el mayor consenso posible. Y para las nuevas generaciones de españoles que nacieron en democracia, un esfuerzo conjunto por explicar adecuadamente una etapa histórica que dividió profundamente a las dos generaciones anteriores a ellos. Cuando realidades y símbolos tan disputados como España, su himno y su bandera no se los apropie nadie porque son de todos y pertenecen al patrimonio común, entonces, solo entonces, podremos decir que aquella penosa etapa habrá quedado definitivamente enterrada.

Diario de Navarra, 31/10/2019

Santa María de Viana, una intervención pendiente

Viana

El 1 de febrero de 1219, en lo que más adelante sería el portal de San Felices, se puso la primera piedra de una nueva población fundada por Sancho el Fuerte. El monarca acababa de otorgar un fuero, el llamado Privilegio del Águila, con la intención de promover el asentamiento de nuevos pobladores, además de las gentes de las aldeas circundantes. Razones defensivas, económicas y sociales, están en el origen de Viana, que ajustó su trazado urbanístico al carácter de plaza fortificada, todavía claramente perceptible. A lo largo de los siglos, fruto de la sedimentación de los diferentes estilos artísticos, la ciudad fue acumulando un patrimonio extraordinario hasta el punto de que, sin exageración alguna, el pasado domingo, un hermoso reportaje sobre la ciudad aparecido en estas mismas páginas, la definía como “una ciudad monumento”.

De todos los edificios que nos han llegado, más o menos ajados por el peso de la historia, hay uno que destaca sobremanera: es la iglesia de Santa María de Viana, un templo gótico de tres naves de porte catedralicio, ampliado con capillas y girola a lo largo de los siglos, una portada excepcional y un interior en el que destacan las artes figurativas y suntuarias.

A lo largo de este año, Viana ha venido conmemorando los fastos del VIII centenario con una serie de actos culturales que nos han permitido conocer más y mejor los muchos tesoros que la población encierra. Por citar solo los de los meses de septiembre y octubre, un curso de la Cátedra de Patrimonio y Arte navarro reunió a especialistas foráneos y locales en ocho conferencias que trataron asuntos de especial relevancia, y el próximo 19 de octubre, a iniciativa conjunta del Diario de Navarra y la Cátedra, tendrá lugar una visita guiada a lo largo de la mañana en la que cuatro especialistas nos permitirán acercarnos al pasado histórico y artístico de la población.

Hasta aquí, todo digno de elogio y en línea con lo que era esperable de un centenario tan redondo. Pero junto a las banderolas con el logo del VIII centenario que adornan y alegran las calles del casco histórico, los vecinos, peregrinos y visitantes ocasionales se topan con algo que desdice grandemente de este ambiente festivo: una serie de vallas delimitan el espacio del atrio e impiden acercarse al edificio, a excepción del pasillo que da entrada a la iglesia. La razón del vallado es tan simple como justificada: una serie de cascotes de piedra llevan tiempo desprendiéndose de cornisas y tejados, con riesgo para los viandantes, optándose por una actuación de emergencia como es cerrar parcialmente el conjunto arquitectónico.

Esta situación exige hacernos algunas preguntas: ¿Cómo se ha podido llegar al centenario sin acometer las obras necesarias en el edificio más emblemático de la ciudad y uno de los más importantes de la merindad e incluso de Navarra? A lo largo de los últimos lustros, Viana ha visto renacer buena parte de su patrimonio: actuaciones parciales en Santa María y San Pedro -hoy una melancólica ruina-, convento de San Francisco, Vera Cruz, ayuntamiento, balcón de toros, y otros edificios representativos son ejemplo de estas iniciativas. Estaba incluso prevista la restauración del órgano de Santa María, que la crisis se llevó por delante hace unos años. Pero ahora no estamos hablando del órgano, sino del alero y las cubiertas, actuaciones de primera necesidad. Sé del interés del ayuntamiento, de los desvelos de los últimos párrocos y de la insistencia del actual, y hasta de la preocupación de los responsables de patrimonio del Gobierno de Navarra, pero el hecho cierto es que las obras siguen sin acometerse.

No pretendo azuzar el debate entre las tres instituciones, sino justamente lo contrario: apremiar a aunar esfuerzos para que la obra se acometa cuanto antes. No ha sido posible antes del VIII Centenario, es una pena, pero tal vez pueda ser el fruto más granado del mismo. Si la insistencia y la presión de unos y de otros consigue que ayuntamiento, obispado y gobierno acometan, en los términos que previamente acuerden y en función de sus recursos y responsabilidades, esta obra necesaria y urgente, la conmemoración no habrá sido en vano. Se trata, nada menos, que de salvar, realzar y potenciar la joya más preciada del conjunto, la iglesia de Santa María de Viana. El anuncio de la intervención antes del 1 de febrero de 2020, sería la mejor noticia y un digno colofón al VIII centenario.

Diario de Navarra, 10/10/2019

 

Hacia una región líder en conocimiento e innovación

UN

Vista aérea del campus de la Universidad de Navarra

UPNA

Vista área del campus de la Universidad Pública de Navarra

A diferencia de años anteriores, este año el inicio del curso universitario se ha desarrollado en ámbitos no solo académicos, sino también políticos y administrativos, por lo que los acontecimientos vividos en los meses precedentes nos permiten hablar no solo del comienzo de un curso, sino de la apertura de un periodo más largo, que, en circunstancias normales, debería de abarcar una legislatura.

No terminó mal el periodo precedente. Un hito en la relación entre la UPNA y la UNA, fue la publicación el pasado 8 de abril de 2018 de un artículo conjunto de los rectores respectivos, en el que, tras constatar que la colaboración era un valor y una necesidad, señalaban un doble reto: conseguir más fondos para la investigación, y lograr que Navarra fuera percibida como región líder en conocimiento e innovación.

La nueva etapa se inició con la toma de posesión del nuevo rector de la UPNA, Ramón Gonzalo, el primero desde la creación de la UPNA que estudió en sus aulas. Hombre joven, pero bregado en la docencia, la investigación y la gestión universitaria, unido a un talante amable y conciliador, reúne los requisitos necesarios para liderar el salto cualitativo que la UPNA necesita.

Las elecciones forales depararon un nuevo gobierno de coalición, presidido por la socialista María Chivite, en el que entre las 13 carteras que lo componen -a mi juicio, claramente excesivas- hay una de nueva creación titulada “Departamento de Universidad, Innovación y Transformación Digital”. Como antiguo responsable de Educación, lamento que se haya desgajado una rama del árbol mayor, porque entiendo que el sistema educativo es uno, pero debo reconocer también que esta es la tendencia dominante y lo deseado mayoritariamente por la empresa y la universidad. Solo falta que los resultados avalen la apuesta. La presencia al frente del nuevo departamento de Juan Cruz Cigudosa, investigador prestigioso de probada trayectoria, y los planes que ayer mismo anunciaba en el parlamento, ratifican una apuesta ambiciosa que necesitará, además de apoyo político, refrendo presupuestario para poder llevarlos a cabo. No parece ni mal ni escaso papel el que esboza para él y su equipo en el ámbito que mejor conoce: “servir de lubricante para que el conocimiento engrase el entramado de centros de innovación con el tejido empresarial, sin olvidar la innovación social”.

La Universidad de Navarra, con su rector Alfonso Sánchez Tabernero al frente, no aportó este año especiales novedades en su oferta académica que, por otra parte, sigue siendo reconocida con puestos relevantes en los rankings nacionales e internacionales. Pero su apuesta por Navarra sigue firme y en un mundo volátil, global y tendente a la deslocalización, las instituciones deben ser sensibles a ello.

La apertura de curso en la Universidad Pública permitió escuchar dos discursos de interés: el protagonizado por el rector, denso y ambicioso, que abogó por reforzar el papel de la institución como tractora del conocimiento, y apostó por la ciudad sanitaria y la innovación; y el de la presidenta del Gobierno, que reiteró el compromiso con la UPNA, la apuesta por un nuevo convenio plurianual y el nuevo grado de medicina. El comienzo del curso ha demostrado que su puesta en marcha no es la panacea para satisfacer las demandas de los alumnos navarros, ya que apenas suponen un tercio del total. Pero con navarros o sin ellos, dado que ya está implantado, es preciso plantear un grado serio, moderno y bien orientado, que potencie el ya de por sí importante sector bíosanitario existente en la Comunidad.

Todo ello, sin olvidarnos de la UNED, una universidad a distancia con una oferta en alza y una demanda creciente.

Como ven ustedes, no faltan mimbres para confeccionar un buen cesto. Tenemos líderes, equipos humanos y materiales, una buena red de centros de investigación e innovación, una razonable planificación, y voluntad política para dotar presupuestariamente estos objetivos en el corto y medio plazo, aunar voluntades y provocar sinergias especialmente necesarias en una comunidad de pequeño tamaño como la nuestra.

Pese a las diferencias ideológicas y políticas existentes en nuestra Comunidad, la mejor noticia para Navarra sería que, al final de la legislatura, entre todos hayamos logrado que se complementase aún más la cooperación entre ambas universidades y aumentase la relación de éstas con las empresas, de la mano de un gobierno que atendiese los intereses generales de la Comunidad. Todos saldríamos ganando, especialmente los más jóvenes.

Diario de Navarra, 28/9/2019