La evolución de la fiesta

Glosas

Cuando lea estas líneas en la mañana del 6 de julio, Pamplona, la capital de tercer orden, aquella a la que hasta hace unos años le faltaba universidad y le sobraban cuarteles y conventos, habrá estallado en una fiesta continua.

La ciudad y la fiesta han evolucionado con el paso de los años. No podía ser de otra manera si recordamos que la diminuta y enclaustrada ciudad de principios que siglo, que apenas superaba los 30.000 habitantes, hoy tiene 200.000 a los que se suman los muchos navarros que tienen por copatrón a San Fermín, para los cuales Pamplona es su segunda fiesta patronal después de las de su pueblo. Si a eso añadimos la masiva invasión de foráneos, los corsés físicos y anímicos del casco viejo pamplonés han saltado necesariamente por todos los lados. En acertada frase del profesor Ricardo Fernández Gracia, “las fiestas constituyen un fenómeno dinámico, que aparentemente se han secularizado y se han vuelto más lúdicas, identitarias y supralocales. Se han hecho más espectaculares y menos rituales”.

Pamplona ha visto recogido en un libro de José María Iribarren, Pamplona y los viajeros de otros siglos, las opiniones de los extranjeros que pasaron por la ciudad. “Los viajeros de siglos anteriores son, a decir verdad, bastante parcos y bastante insulsos en sus noticias y comentarios (…) Fuera de un militar granadino -don Jacinto Aguilar- que describió muy detalladamente los Sanfermines del año 1629, y del pícaro Estebanillo González, que nos descubre sus truanerías, los demás dicen poco de provecho. A partir del siglo XVIII, los viajeros que nos visitan aportan datos y consignan observaciones de interés y de enjundia. Así la descripción de los Sanfermines del año 1766 que escribió el amanuense y colega del Padre Enrique Flórez, o la que de las fiestas del año 35 del último siglo hizo un inglés que se firmaba “Poco Más”. Pero la estampa más preciosa y completa, la más emocionante y colorista que un autor extranjero haya podido dedicar a una capital española es la que en 1843, en plena madurez de su talento literario, escribió Víctor Hugo sobre Pamplona”. Dejo de lado la aportación de Hemingway, por suficientemente conocida y glosada.

Pero aunque el mismo Iribarren diga que “aprendemos a saber cómo somos cuando nos vemos retratados o juzgados por los demás”, son los escritores autóctonos los que de verdad han profundizado en el carácter y sentido de la fiesta. Una fiesta cuya verdadera esencia se encuentra con más verdad en los apuntes de los cronistas locales que en los sesudos estudios de socíólogos o etnólogos.

De estos cronistas, la ciudad ha tenido cuatro, a mi juicio magníficos, a lo largo del siglo XX. Ángel María Pascual fue el primero en el tiempo y el de mayor calidad literaria. Sus Glosas a la ciudad no se detienen especialmente en los sanfermines, pero nadie como él acertó a evocar la vida de la Pamplona de posguerra. Su artículo dedicado a las Vísperas de 1946 es especialmente hermoso: “Hay muchos que opinan ser las Vísperas, el 6 de julio, lo mejor de las fiestas. Serán quizás los mismos que, entre todas las horas del día, prefieren la frescura del amanecer. Pero a partir de este punto, el ramo de visperistas se bifurca en dos grandes grupos. Del 6 de julio prefieren unos el momento del mediodía, cuando un cohete arranca doce meses de tetricópolis, de habitualidad y de rutina, y se los lleva por el aire para pulverizarlos allí arriba en el humo del primer estampido. Otros prefieren las cinco y media de la tarde, cuando el Ayuntamiento se asoma a la puerta de la casa consistorial y Cervantes y Berruezo levantan en el aire la batuta para arrancar el primer compás del Vals de Astráin (…) Baja la clerecía con sus capas rojas con el escudo de la ciudad. Inciensos,cortesías, reverencias. Y lejos, un eco de voceríos, de carreras de chiquillos, de charangas discordes y dormidas, tras la gruesos muros en la tarde candente de la Taconera”.

José María Iribarren reunió sus artículos desde los primeros años treinta hasta 1968 en el libro Sanfermines, editado por esta casa. Es la colección más nutrida y vivaz sobre los diversos aspectos de la fiesta en los años de la posguerra y el desarrollismo. El testigo lo recoge, y de qué manera, José Miguel Iriberri, que durante muchos años, en este mismo medio, ha tomado la temperatura de la fiesta como el verdadero doctor de cabecera de la nueva Pamplona. ¿Para cuándo la recopilación de sus apuntes? Y finalmente, Juan José Martinena, siempre al quite con sus crónicas de la Pamplona que fue y que, pese a los embates de la modernidad, se resiste a dejar morir sus ritos y liturgias.

Les aseguro que yo quería hablarles de dos momenticos nuevos: el almuerzo masivo de la mañana del 6 y la transformación de la ciudad en blanco y rojo entre las 11 y las 12 de esa misma mañana. Pero donde hay patrón no manda marinero. Y hoy he preferido que hablaran los que saben. ¡Felices Sanfermines!

Diario de Navarra, 6/7/2017

 

En torno a los panteones reales de Navarra

Lescar

Lápida en bronce de la catedral de Lescar

En 1991, el Gobierno de Navarra editó un libro institucional titulado “Sedes reales de Navarra”, en el que colaboraron un buen elenco de prestigiosos historiadores, dirigidos por Luis Javier Fortún. El texto pretendía ofrecer una exposición sistemática de la huella histórica y artística que el Reino de Navarra ha dejado en las ciudades y lugares que albergaron la sede de sus monarcas o los panteones regios durante los siete siglos en los que Navarra fue reino independiente. Pese a los años transcurridos, el texto, profusamente ilustrado y bellamente editado, sigue conservando el interés de antaño.

La parte tercera del texto está dedicada a los panteones regios. Fruto de su rica y azarosa historia, los restos de los monarcas se encuentran dispersos por distintos lugares. Pese a las reducidas dimensiones del reino, sorprende la larga lista de panteones reales: Leire, Monjardín, Oña, Nájera, San Juan de la Peña, Huesca, Pamplona, Roncesvalles, Saint Denis, Ujué, Santa María de Nieva, Poblet y Lescar.

El mausoleo regio es una constante de civilizaciones y pueblos distintos. Se trataba no solo de contener los restos mortales de los monarcas, sino de convertir a los mismos en foco de atención y punto de referencia para los súbditos. El lugar unía intereses religiosos y políticos y tendía a ser el mismo para toda la dinastía, a fin de convertirlo en un símbolo visible de la misma. Los casos de Leire y Pamplona, por señalar los dos panteones más ilustres, son los más representativos.

Leire es un curioso caso de mausoleo itinerante, que acogió a personajes de la familia real durante los siglos IX, X y XI. A raíz de la desamortización de Mendizábal, los restos han estado en un arcón de madera en Yesa, en dos ocasiones; de nuevo en el monasterio en un ataúd marmóreo “bizantino”; y finalmente en una arqueta de madera situada en un arcosolio del muro norte de la iglesia. Una placa de bronce describe los nombres de los monarcas cuyos restos contiene el arca.

El panteón de la catedral de Santa María de Pamplona es el más importante de la monarquía navarra. A partir de 1134, con García Ramírez el Restaurador, se convirtió en el panteón habitual de los soberanos navarros, que manifestaron su deseo de reposar en el mismo lugar donde habían recibido la unción y coronación real. El hundimiento de la catedral en 1390 hizo desaparecer casi todos los sepulcros previos a Carlos III. Hoy el mausoleo por excelencia es el de Carlos III y doña Leonor, obra maestra del llamado gótico borgoñón, labrado por el maestro Jean Lome entre 1413 y 1419. A sus pies, una lápida instalada en 1903, recuerda los numerosos miembros enterrados bajo el mausoleo, correspondientes a las dinastías reales de los siglos XII al XV.

Tienen también carácter colectivo, aunque en menor número, los panteones de Nájera (García Sánchez III el de Nájera, 1035-1054 y Sancho Garcés IV el de Peñalén, 1054-1076); San Juan de la Peña (Sancho Ramírez, desde 1076 rey de Pamplona y su hijo y sucesor Pedro I, 1094-1104); y Saint-Denis, a las afueras de París (dinastía Capeta, reyes de Francia y de Navarra entre 1274 y 1349).

En algunos casos, fueron los propios monarcas quienes eligieron un destino peculiar, normalmente por razones afectivas. A ese modelo responden los casos de Monjardín (Sancho Garcés I, 905-925 y García Sánchez I, 925-970); Oña (Sancho el Mayor, 1000-1035); Huesca (Alfonso el Batallador, enterrado en 1134 en el castillo de Montearagón, hoy en San Pedro el Viejo); Roncesvalles (Sancho VII el Fuerte, 1192-1234); y Ujué (corazón de Carlos II, 1350-1387);Pero no siempre pudieron ser respetados los designios reales, debido a la coyuntura política de cada momento. De ahí la existencia de sepulcros aislados, situados en lugares inicialmente no previstos. Es el caso de Santa María de Nieva (Blanca de Navarra, 1425-1441); Poblet (Carlos Príncipe de Viana, muerto en 1461 y Juan II, rey de Navarra y Aragón, muerto en 1479); y Lescar (Francisco Febo, Juan de Albret y Catalina, todos en la segunda mitad del siglo XV y primeros años del siglo XVI).

El pasado 5 de junio, en el marco de un viaje de estudios al sur de Francia con mis alumnos del Aula de la Experiencia de la UPNA y Los Arcos, del que les hablaré en la próxima entrega, nuestra primera parada fue Lescar, pequeña localidad situada cerca de Pau, en el Bearne. Su catedral románica posee un valor artístico indiscutible, pero para los navarros, monárquicos o no, tiene un evidente valor sentimental. En el presbiterio, una modesta placa de bronce señala: “Aquí están inhumados los reyes de Navarra de la familia Foix-Bearn”. También ellos pidieron en su testamento ser enterrados en la catedral de Pamplona, pero los avatares políticos lo impidieron. Afortunadamente, una iniciativa presentada hace unos años por Bildu en el Parlamento de Navarra, más política que histórica, pidiendo su vuelta, no prosperó. Allí reposan en paz. Pero si ustedes pueden acercarse, merece la pena hacerlo. En el recinto, sentirán el latido su historia.

Diario de Navarra, 22/6/2017

 

Una tendencia preocupante

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Vista aérea del colegio actual

Aunque no exenta de borrones, la morfología urbana de Pamplona es ordinariamente definida como equilibrada, bien articulada y de una calidad más que aceptable. Hasta comienzos del siglo XX, la ciudad apenas experimentó variaciones significativas respecto del modelo medieval, caracterizado por casas de planta rectangular, largas y profundas, con la fachada estrecha, una tipología gótica que perdurará a través de los años. Las murallas, en los siglos XVI y XVII, los palacios urbanos en el siglo XVIII, y la creación de infraestructuras y equipamientos ciudadanos en el XIX, marcarán los hitos básicos de su desarrollo y evolución. Es a comienzos del siglo XX cuando la ciudad experimenta el tirón definitivo que le dará el aspecto que hoy presenta.

La primera etapa de este siglo corresponde a la época de los Ensanches, con pequeñas experiencias de ciudad jardín, vivienda barata o monumentalismo de posguerra. La segunda etapa, que se inicia con el Plan General de Ordenación Urbana de 1957, nos trajo la eclosión de los principios del Movimiento Moderno, con mejor o peor fortuna. La tercera etapa comienza en la década de los setenta, y sus manifestaciones se podrían sintetizar en la recuperación de formas y teorías que la repetición de la herencia del Movimiento Moderno había soslayado. La cuarta etapa se concreta en una expansión de la comarca de Pamplona que no tiene precedentes, con actuaciones dispares como Mendillorri, Sarriguren, Ezcaba, Buztintxuri o Ripagaina, además de otros desarrollos de ciudad extendida en diferentes puntos de la comarca. El balance, en palabras de José María Ordeig y Laura Rives, podría ser el siguiente: “En definitiva, tenemos una ciudad que muchos visitantes envidian. Estamos creciendo, para bien o para mal, como nunca hacia la Comarca. Hay un buen hacer profesional a nivel de diseño y podemos, además, realizar una reflexión teórica sobre el particular con el apoyo académico. Falta quizá una mayor toma de conciencia de lo que significa el salto comarcal, a la luz de los parámetros actuales. Pero Pamplona, durante todo el siglo XX ha tenido recursos suficientes para acometer los nuevos retos y planteamientos urbanísticos que se le presentaron”.

En este panorama que podríamos denominar, sin ánimo peyorativo, de “aurea mediocritas”, se han sucedido las polémicas urbanísticas. La última a la que estamos asistiendo es la correspondiente al Plan Salesianos, que básicamente consiste en la construcción en el extrarradio pamplonés de un nuevo centro educativo adaptado al siglo XXI, pagado básicamente con las plusvalías generadas por la venta de la parcela, lo que implica necesariamente, para que la operación sea viable, la aparición de unas torres que rompen la relativamente armoniosa línea de los ensanches.

La polémica ha suscitado un jugoso debate en este mismo medio: por un lado, acreditados arquitectos partidarios y detractores del plan; por otro, articulistas que aducen argumentos educativos y urbanísticos para mostrarse a favor o en contra del proyecto. Sin duda, todos tienen su parte de razón. Permítanme, por tanto, que yo exprese la mía, abordando un punto de vista complementario que no ha aparecido todavía en el debate.

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Simulación de las nuevas torres en el terreno ocupado por el colegio

La ciudad, a lo largo del siglo XX, ha acumulado en su recinto urbano una serie de centros educativos, normalmente vinculados a órdenes religiosas, que han desarrollado un importante papel en la formación de las clases medias y populares. Algunos de estos centros se han quedado obsoletos y con demasiada alegría y poca reflexión, en algunos casos previo pelotazo urbanístico, han sido desplazados a la periferia. ¿Qué ha perdido la ciudad? Mucho, especialmente la ciudad central, envejecida y con poco tránsito infantil y juvenil. El colegio servía al barrio, daba vida, hacía ciudad y articulaba la trama ciudadana. El nuevo colegio periférico es menos ciudadano, no tiene vínculo con la ciudad y a la postre es mucho más caro y menos ecológico, dado que casi todos los alumnos deben ser transportados. Y esto, no un día, sino todos los días del año y todos los años de vida del centro, que se cuentan por décadas. El ejemplo de maristas o el nuevo colegio Izaga, son buenos ejemplos de esta tipología.

Hecha esta reflexión, aunque mi propuesta ya no sea factible, me atrevo a verbalizarla: Salesianos debería quedarse donde está. Y dada su contribución innegable al desarrollo de la educación en Navarra, debería de recibir las ayudas necesarias para que el nuevo proyecto, racional y medido, fuera factible. Eso sí, inserto dentro de la planificación general de la enseñanza que corresponde a la administración. Creo que la educación, la ciudad y el ecosistema urbano saldrían ganando. Y si no es posible hacerlo, que sirva al menos de reflexión para otros casos futuros que, sin duda, se presentarán.

Diario de Navarra, 8/6/2017

 

La UPNA cumple 30 años

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Vista aérea del campus de Pamplona

Mañana, 21 de abril de 2017, la Universidad Pública de Navarra cumplirá 30 años. Aquel inolvidable día, en el último pleno de la legislatura, el Parlamento de Navarra aprobaba la ley foral que hacía realidad un proyecto demandado e intermitente, intentado numerosas veces por las instituciones navarras desde el siglo XIII, y finalmente hecho realidad con la aprobación de dicha ley. Su artículo 1º define con claridad el objeto de la misma: “Se crea la Universidad Pública de Navarra, entidad a la que se encomienda el servicio público de la educación superior en Navarra, mediante el ejercicio de la docencia, el estudio y la investigación”.

Un gobierno en minoría, pero con capacidad negociadora, ideas claras y sentido de Estado, fue capaz de convencer a la mayoría de las fuerzas políticas forales, al gobierno de España y al Consejo de Universidades, de la necesidad de dotar a Navarra de una Universidad de nueva planta, adaptada al modelo de la LRU, y que sirviera a su vez de pauta para las nuevas universidades previstas en otras Comunidades de España. El hacer de la necesidad virtud y conseguir un consenso social y político amplio fueron algunas de las claves del éxito de una operación difícil en lo político, compleja en lo administrativo, exitosa en lo social y muy rentable en los ámbitos educativo, cultural y económico.

Iniciada su andadura, la UPNA ha ido desarrollando progresivamente todo su potencial. Convertida, tanto de hecho como de derecho, en la universidad de los navarros, los distintos gobiernos forales, empujados por el Parlamento, los equipos rectorales sucesivos -nada menos que siete-, y los miembros del Consejo Social la han dotado de recursos humanos y materiales suficientes para llevar a cabo su misión. En estos 30 años, la UPNA ha sido una palanca clave en el desarrollo de la Comunidad y, en mi opinión, uno de los acontecimientos más importantes acometidos por Navarra en estos tres decenios.

Con el buen trabajo del profesorado y del personal de administración y servicios, donde la excepción negativa confirma la regla, el balance de lo realizado hasta ahora es razonablemente positivo. La UPNA se ha consolidado como una buena universidad generalista, con índices destacados en el conjunto de la universidad española en determinados ámbitos. Pero su mayor logro y timbre de gloria lo constituyen los más de 30.000 egresados, salidos de sus aulas, muchos de los cuales son hoy ya líderes sociales, económicos, políticos y culturales de la Comunidad.

Los números correspondientes al curso 2016-2017 son alentadores: 2 campus, 6 facultades y escuelas, 22 departamentos, 20 titulaciones de grado impartidas, 8.043 estudiantes en titulaciones oficiales, 885 miembros del PDI (personal docente e investigador), 456 miembros del PAS (personal de administración y servicios), 106 grupos de investigación, 59 tesis doctorales leídas, 5 centros e institutos de investigación y 66,7 millones de euros de presupuesto inicial. Cifras frías pero elocuentes, que encierran trabajo, esfuerzo, ilusiones, presente y mucho futuro, que entre todos los navarros hacemos posibles con nuestros impuestos.

Pero la Universidad Pública de Navarra es, sobre todo, futuro y éste no se presenta exento de dificultades. A corto plazo, quedan retos pendientes. El plan plurianual de financiación, la definición de las nuevas titulaciones, el despliegue del plan estratégico en marcha, la reposición de plazas de profesorado, tratando de buscar un equilibrio entre los docentes de la casa con buenos currículos docentes e investigadores, y los docentes e investigadores externos, son algunos de ellos. Y junto a éstos, otros retos más estructurales nos esperan en el camino. A mi juicio, el mayor, aunque no sea una opinión compartida por todos, es la revisión del modelo actual a otro que debería estar basado en la especialización, la internacionalización y la integración en ámbitos regionales europeos. Y ahí, la apuesta por el campus Iberus de Excelencia Internacional, que acoge a las universidades del valle medio del Ebro y las francesas del otro lado del Pirineo, debe ser clara y estratégica. Quedan también por solventar otras cuestiones pendientes: la redefinición del campus de Tudela, que más pronto que tarde habrá que abordar en serio; el refuerzo de la interacción con las empresas navarras, todavía con claro margen de mejora; y una apuesta decidida por las dobles titulaciones y la enseñanza en inglés, como pauta y camino hacia esa internacionalización exigida y deseada.

Pero quiero terminar con una felicitación general. Ha sido la sociedad navarra en su conjunto la que ha sostenido, animado y financiado la UPNA a lo largo de estos 30 años. Y eso merece elogio y reconocimiento, porque la levantamos entre todos y es para todos. Es signo de unidad y no de división, cuestión no menor en los tiempos que corren.

Diario de Navarra, 20/4/2017

Y ahora, la bandera

Bandera

¡Menuda racha la del gobierno de Navarra, sostenido por el cuatripartito! A una política educativa errática y sectaria, que partidarios como se dicen de la escuela pública están consiguiendo el aumento de la concertada, se han unido en las últimas semanas asuntos nada menores: un decreto sobre el euskera en la enseñanza y en la administración, que está levantando ampollas; una previsible modificación de la ley para ampliar la zona mixta, sin estudios sociolingüísticos que la avalen; y una modificación de la ley foral de Símbolos de Navarra para, digámoslo sin ambages, conseguir que la ikurriña ondee en ayuntamientos y edificios oficiales.

Hagamos un poco de historia. La bandera de Navarra viene usándose como símbolo de la Comunidad Foral desde 1910, siendo izada en días singulares. Desde 1982, con la LORAFNA, las banderas oficiales ondean permanentemente en las fachadas del Palacio de Navarra y en otros edificios institucionales. Finalmente, la ley foral de Símbolos de Navarra de 2003 define la bandera como “expresión de la identidad de Navarra, de su unidad como Comunidad Foral y de la solidaridad entre todos los ciudadanos que la habitan y de éstos con el resto de ciudadanos de España”.

Pese a la claridad de las normas, debemos reconocer que ni las autoridades forales, ni las estatales, ni las municipales han sido celosas en su cumplimiento. En unos casos, las banderas no se exhibían; en otros, faltaba la de España; y en algunos más, se añadía permanente o puntualmente la ikurriña. Enredados en otros asuntos, éste nos parecía cuestión menor. Y aquellos polvos trajeron estos lodos. ¿Qué tratamiento tiene la bandera en los países de nuestro entorno, impecablemente democráticos? Un tratamiento digno, nada vergonzante, el del símbolo que une e identifica. Y ésa debería de ser la pauta también entre nosotros.

Pero el actual gobierno, sostenido por un cuatripartito en el que dos partidos se confiesan abiertamente nacionalistas y los otros dos dicen que no lo son pero ejercen como tales, ha propuesto y el Parlamento ha aprobado, de nuevo por una exigua mayoría de 26 votos, la derogación de la ley de Símbolos que prohibía la exhibición de otras banderas. En teoría todas serán posibles a partir de ahora, pero la realidad se impondrá en las próximas semanas o meses. Veremos ondear en ayuntamientos y edificios oficiales la bandera de la Comunidad Autónoma del País Vasco o Euskadi, y tal vez para despistar, alguna otra ocurrencia exótica. Para justificar este hecho, bastante insólito en el mundo al que pertenecemos, se parte de una falacia: que las banderas representan sentimientos y que el objetivo es la inclusión y la concordia para que todos nos sintamos representados. Y esto es falso. Las banderas representan pertenencias políticas, en nuestro caso, “la expresión de la identidad de Navarra y de su unidad como Comunidad Foral”. ¿Acaso se impide a alguien enarbolarla en su balcón, en la calle o en cualquier manifestación social, cultural o política? Claro que no, pero se pretende un paso más, darle carácter institucional. De ahí el interés en ascender de la calle al balcón municipal o al edificio oficial.

Y de nuevo aquí, el gobierno y los grupos que lo apoyan no se han atrevido a ir de frente. Han decidido traspasar la responsabilidad a los ayuntamientos, como en el caso del paso de los municipios a la zona mixta. ¿Recuerdan ustedes la guerra de las banderas que caracterízó a los veranos de muchos de nuestros pueblos? Aquí está de nuevo, a la vuelta de la esquina. Las mociones, las presiones y las tensiones van a volver a nuestros salones de plenos, con el riesgo de que desciendan a bares, tertulias y familias. Y la convivencia es un valor superior con el que no deberíamos jugar.

No está en mi ánimo incitar a ninguna rebelión ni motín, sino todo lo contrario. Por eso no me parecen oportunas algunas iniciativas que estoy viendo en las redes sociales, tratando de contraponer lo vasco a lo navarro. El componente euskaldún de Navarra es parte esencial de su identidad y está integrado en su cultura. La jota pertenece tanto a los que hablamos castellano como a los que hablan euskera. Y el vascuence es un patrimonio de todos los navarros, también de los que no somos vascoparlantes.

Termino con otro símbolo: el himno. Reconozco que me gusta más la música, la “marcha para la entrada del Reyno”, obra de los siglos XVII-XVIII, que la letra, compuesta por Manuel Iribarren en 1971. Pero su tercera estrofa contiene un mensaje muy de actualidad: “En cordial unión/ con leal tesón,/ trabajemos y hermanados/ todos lograremos/ honra, amor y paz”.

Diario de Navarra, 6/4/2017

Cambios en la Ley del Euskera

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En sepia, sobre el azul de la zona no vascófona, los municipios que se pretende incorporar a la zona mixta (Diario de Navarra)

En las próximas semanas, el Parlamento de Navarra va a debatir, y en su caso a aprobar, un proyecto de ley para ampliar la zona mixta prevista en la Ley Foral del Vascuence. Como actor directamente involucrado en el proceso histórico-político vivido en el pasado, y como ciudadano interesado y atento al devenir de Navarra en el presente, pretendo expresar con claridad mi opinión ante un hecho no menor que requiere de la clase política ponderación en el análisis, buen criterio en la decisión y claridad en sus consecuencias prácticas.

Navarra culminó el proceso de democratización de las instituciones forales en 1982 con la promulgación de la LORAFNA. El artículo 9 de la misma dice lo siguiente: “El castellano es la lengua oficial de Navarra. El vascuence tendrá también carácter de lengua oficial en las zonas vascoparlantes de Navarra. Una ley foral determinará dichas zonas, regulará el uso oficial del vascuence y, en el marco de la legislación general del Estado, ordenará la enseñanza de esta lengua”.

A comienzos de los ochenta, la situación del euskera en Navarra era de una debilidad manifiesta. La realidad oscilaba entre el voluntarismo de padres y profesores, y la desidia, cuando no una cierta animadversión, de los poderes públicos que consentían dicha enseñanza una vez que era poco menos que inevitable. Únase a ello el contexto político de radicalidad y la falta de regulación legal para concluir que el conflicto estaba servido.

Esta era la situación de partida cuando el gobierno en minoría del PSN-PSOE (20 escaños de 50) accedió al poder en 1984. Inmediatamente se puso manos a la obra para dotar al euskera de una ley que regularizara su uso normal y oficial en los ámbitos de la convivencia social así como en la enseñanza. Durante varios meses, los contactos con los partidos se sucedieron. Los más fluidos y fructíferos se establecieron con los nacionalistas de EA. No obstante, su apoyo crítico resultaba insuficiente para sacar adelante la ley. Estos contactos se ampliaron además a instituciones relevantes vinculadas a la lengua vasca. El 26 de octubre de 1986, el gobierno de Navarra, partiendo del principio de zonificación, aprobó el proyecto de ley foral. El proceso discusión en el Parlamento fue extremadamente lento y minucioso, con cruces dialécticos enfrentados entre posiciones aparentemente irreconciliables. Pero poco a poco el consenso fue abriéndose paso, propiciado por la flexibilidad de la postura socialista y la desunión de la derecha. El grupo moderado hizo de puente entre la derecha y los socialistas; el grupo popular, con Jaime Ignacio del Burgo a la cabeza, flexibilizó su postura y acabó aceptando el texto; EA continuó con su apoyo crítico al proyecto y UPN redujo su beligerancia inicial. El 2 de diciembre de 1986, el Parlamento aprobó la Ley Foral del Vascuence, con un total de 29 votos pertenecientes a socialistas, moderados, populares y grupo mixto. Se abstuvieron los 11 parlamentarios de UPN y votaron en contra, créame si les digo que con la boca pequeña, quienes más habían empujado y participado en su preparación y redacción inicial, los 4 nacionalistas de EA. No estuvieron presenten los 6 parlamentarios de HB. Además del título preliminar, la ley abordaba el uso normal y oficial, la enseñanza, y los medios de comunicación social.

El balance de la aplicación de la ley, 30 años después, puede concretarse en lo siguiente: En primer lugar, el crecimiento del euskera ha sido considerable y el futuro del mismo parece esperanzador. La garantía legal y económica, por un lado, y la aceptación social, por otro, son los pilares en los que se asienta la situación actual. En segundo lugar, la ley ha demostrado ser un instrumento eficaz para la consecución de los logros señalados. En consecuencia, aún siendo susceptible de retoques y mejoras que, en todo caso, requerirían un amplio consenso social y político, sigue manteniendo toda su funcionalidad y validez. Y en tercer lugar, determinados avances no han necesitado de cambios en la ley, sino de una interpretación más o menos flexible de sus reglamentos.

A lo largo de estos 30 años, sólo se ha modificado en dos ocasiones: en 2010 para incluir a los ayuntamientos de Aranguren, Galar, Belascoáin y Noáin en la zona mixta; y en 2015 para permitir enseñanza pública en euskera en todas las localidades donde hubiere demanda suficiente.

Nos encontramos en víspera de una tercera modificación de mayor alcance: hasta una treintena de localidades pretenden pasar a la zona mixta, previa demanda de los ayuntamientos respectivos. La propia ley contempla esta posibilidad, previendo que el Gobierno de Navarra ordene periódicamente la elaboración de estudios de la realidad sociolingüística de los que dará cuenta al Parlamento. Y la pregunta es clara y terminante: ¿dónde están los estudios que avalan esta modificación? Tenemos además dos datos significativos: los últimos estudios lingüísticos nos hablan de que el 85% de los navarros no conocen ni usan ordinariamente la lengua, y algunos de los municipios que han pedido su pase a la zona mixta no han conseguido reunir ni el mínimo de alumnos requeridos para abrir una linea de modelo D. Con un agravante aún mayor: las mayorías de los municipios son coyunturales y en muchos casos no son mayorías sociales. Es más, en bastantes casos los votos de los ciudadanos que apoyaron a partidos contrarios a la ampliación superan a los votos de los partidos favorables a la misma. Y un último dato para terminar. El paso a la zona mixta no solo tiene consecuencias en lo relativo a la enseñanza, sino que afecta también a la oferta pública de empleo, con las consecuencias que ello implica.

En definitiva, ni los estudios sociolingüísticos, ni la demanda social, ni la discontinuidad geográfica, ni la vía municipal utilizada avalan un cambio de esta magnitud. La ley del 86 fue aprobada con 29 votos. Esta reforma, caso de salir adelante, lo hará con 26. Tiene, por tanto, recorrido limitado y fecha de caducidad. Mal asunto para una ley orgánica que requiere garantía de continuidad para el futuro. Justo lo que tenía la ley inicial.

Diario de Navarra, 23/3/2017

En la encrucijada

Alta velocidad

Previsiones iniciales del Corredor Navarro de Alta Velocidad

Canal

Previsiones iniciales del Proyecto Itoiz-Canal de Navarra

 

 

 

 

 

 

 

Las elecciones forales de 2015 dejaron en Navarra un panorama político fragmentado, plural y de obligados consensos. Tras muchos años de gobiernos constitucionalistas, en los que la colaboración PSOE-UPN primero y UPN-PSOE después ha sido, con matices, el factor dominante, el actual Gobierno de Navarra es sostenido parlamentariamente por un cuatripartito, con tres partidos de fuerzas similares -GeroaBai, Bildu y Podemos- y el apéndice de I-E. Frente a los agoreros que presagiaban el hundimiento de la Comunidad, éste no se ha producido. Y esto, por tres razones: la llegada al poder casi siempre atempera lo más radical de los programas; una administración moderna y competente como la navarra tiene una inercia que no es fácil desviar a corto plazo; y el contexto nacional y europeo limita las capacidades de actuación, estrechando el margen de maniobra. Pero, en mi opinión, las políticas puestas en marcha no apuntan en la buena dirección, la presión de Bildu cada día es más evidente, y las rémoras comenzarán a pasar factura más pronto que tarde. Sin ánimo de enumerarlas todas, citaré como especialmente preocupantes la prioridad de lo identitario sobre lo social, -¡y lo que nos espera durante los próximos meses con la ikurriña como bandera!-; la falta de pulso de la economía, sin estímulos adicionales pese a nuestra capacidad fiscal y de autogobierno; la errática y sectaria política educativa -uno de nuestros grandes logros como Comunidad- difícilmente empeorable; y el abandono de las grandes infraestructuras, al que me gustaría dedicar los párrafos que restan.

Los últimos cuarenta años en Navarra, coincidentes con la etapa democrática, han sido un periodo de grandes retos en infraestructuras, Al PSN-PSOE le tocó básicamente diseñarlas y a UPN desarrollarlas. Puedo dar fe, porque estaba en el gobierno, de los ímprobos esfuerzos realizados para sacar adelante Itoiz y el Canal de Navarra, por un lado, y la Autovía de Leizarán, por el otro. Coordinadoras y atentados fueron algunos de los ingredientes utilizados para impedir dos obras discutidas entonces por algunos y hoy consideradas indispensables por casi todos. No señalaré nombres, pero aunque rectificar es de sabios, no conviene olvidar dónde estaba cada uno en aquellos momentos.

Hoy, el reto de futuro tiene dos nombres propios: el Canal de Navarra y el TAV. El primero, debe ser cofinanciado por ambas administraciones. Parece razonable, por tanto, que se negocie cuanto haga falta para garantizar el triple proceso que comporta: la tubería principal, la zona regable y el amueblamiento en parcela. Ahora bien, para el éxito de la operación sería imprescindible la mayor unanimidad posible de las fuerzas políticas navarras y, en este caso, el problema está dentro de los partidos que sostienen al gobierno, lo que supone una dificultad añadida.

Mayor todavía es el problema con el TAV. Recordemos lo que para Navarra supuso históricamente perder el tren en el siglo XIX. 150 años después se nos ofrece otra oportunidad, con una ventaja añadida: las obras deben ser financiadas básicamente por el Gobierno de España. Lo de menos, con ser importante, son las mejoras horarias, lo fundamental es la posibilidad de formar parte de las grandes redes europeas que condicionarán las inversiones futuras. El PNV lo ha visto claro para el País Vasco. Parece que condicionará su apoyo a los presupuestos generales del Estado a un acuerdo en esta materia. El cuatripartito, en este punto, está radicalmente dividido. Y por parte del Gobierno de España hay una tibieza preocupante. Por otro lado, en el actual contexto político, ni el PPN ni el PSN-PSOE, partidarios de la obra, están en condiciones imponer su criterio sobre su partido a nivel estatal. Pero queda un recurso que me atrevo a formular con claridad. Si el PNV puede condicionar el presupuesto del Estado con sus cinco escaños, ¿no puede hacer lo mismo UPN con los dos escaños que tiene en el Congreso, imprescindibles para conformar una mayoría? Con respeto y sin pretensión de injerencia, como navarro me atrevo a pedir a UPN que ejercite su “acción de oro”: apoyo presupuestario a cambio de un compromiso con el Corredor Navarro de Alta Velocidad. Estoy seguro que muchos ciudadanos, votantes o no del partido, se lo agradeceríamos. Y vista la deriva del cuatripartito, a esperar elecciones. Todavía queda mucho, pero hay que evitar que determinadas actuaciones se conviertan en irreversibles. El gobierno, tras una legislatura en el poder, ya no venderá promesas, sino la gestión realizada. La oposición, por contra, tratará de subrayar las insuficiencias detectadas y las alternativas posibles. Serán los navarros con su voto los que marcarán la orientación futura. Y a quien Dios se la de, San Pedro se la bendiga.

Diario de Navarra, 9/3/2017