El Plan Estratégico de la Cultura de Navarra

Como responsable que fui durante siete años de la educación, la cultura y el deporte de Navarra -aunque de eso ya ha pasado más de un cuarto de siglo-, les confieso que sigo con atención las novedades que se producen sobre todo en los dos primeros ámbitos. Dejo aparte para una próxima ocasión el mundo de la educación, que bien merece un balance detenido tras más de dos años de gobierno del cuatripartito.

Centrándonos en el mundo de la cultura, ésta ha conocido en Navarra desde la restauración democrática varias etapas. La primera, entre 1976 y 1983, se caracterizó por la inexistencia de una política global de carácter cultural, aunque el periodo conoció actuaciones notables en varios frentes, sobre todo patrimonio, bibliotecas y acción cultural con el comienzo de los Festivales de Olite. La segunda, entre 1984 y 1991, coincidente con el gobierno socialista, se caracterizó por la creación del departamento de Cultura, del que la Institución Príncipe de Viana pasó a ser una dirección general, y la puesta en marcha de un programa global de actuación en el que a los ámbitos clásicos del patrimonio, museos, bibliotecas y archivos, se añadió el amplio campo de la acción y difusión cultural, hasta entonces casi inexistente. El programa fue acompañado además de un importante incremento del presupuesto, hasta alcanzar niveles próximos al 1%, cifra de referencia en los países europeos desarrollados. La tercera etapa, la más larga en el tiempo, entre 1992 y 2015, básicamente coincidente con los gobiernos de UPN, se caracterizó por una política continuista respecto de los programas y dos etapas bien diferenciadas: una primera, de expansión presupuestaria, en la que florecieron las infraestructuras culturales, sobre todo Baluarte y la red de casas de cultura; y una segunda, coincidente con la crisis económica, en la que el departamento de Cultura, sin apenas presupuesto, apenas pudo hacer frente a las necesidades más perentorias. A eso hay que añadir que la oposición presionó sobre un gobierno en minoría para sacar adelante dos iniciativas de futuro: una serie de estudios conducentes a evaluar la situación de la cultura en la Comunidad a fin de poder abordar un plan estratégico de la misma, y la aprobación por el Parlamento de una Ley Foral de Mecenazgo cultural, con unos incentivos fiscales sin parangón en la legislación española.

Finalmente, en el año 2015 se inicia la última etapa, coincidente con el gobierno cuatripartito, que solo ahora, dos años después, tras los balbuceos e indefiniciones iniciales, empieza a dar sus frutos, precisamente basados en las dos iniciativas a las que acabo de hacer referencia. Como si de una lotería se tratara, la consejera de Cultura presentó el pasado 22 de diciembre el Plan Estratégico de Cultura de Navarra (2017-2023). Bajo el título “El árbol de la cultura de Navarra”, el documento fija una política cultural a medio y largo plazo que integre tradición y modernidad, y el mundo urbano y el rural; que impulse nuevas oportunidades para los sectores culturales y creativos, y que garantice la continuidad de los procesos participativos durante su desarrollo. El Plan se articula en diez ejes estratégicos que engloban una serie de acciones en cada uno de ellos. Los tres objetivos básicos, en palabras de la propia consejera, son los siguientes: detectar las necesidades culturales de Navarra, poner en valor los sectores culturales y generar una hoja de ruta para todo el territorio en los próximos años.

Mi impresión inicial del plan es el siguiente. El primer hecho positivo es su propia existencia. No es fácil llevarlo a cabo, y más si se pretende participativo. El hecho de que sea el primero resulta indicativo de su dificultad. El segundo aspecto positivo es su alcance en el tiempo. Superar el horizonte de la legislatura es buena cosa, ya que las políticas culturales necesitan tiempo para desarrollarse con una cierta estabilidad. El tercer aspecto a destacar es su propio contenido, que parece sensato y abordable. Cabe pensar, en consecuencia, que a partir de ahora la cultura adquirirá un peso del que ha carecido en los últimos años. Eso implica una mejora sustancial del presupuesto, un aprovechamiento de la Ley de Mecenazgo a la que no se le está sacando las potencialidades que contiene, un reforzamiento de las políticas vinculadas al patrimonio, desasistidas en los últimos años, y una mayor presencia del equipo del departamento en el día a día de la cultura de la Comunidad, que a menudo brilla por su ausencia.

Pero la noticia en el comienzo de 2018 es ¡al fin! la existencia de un Plan. Mi felicitación a cuantos con el esfuerzo de antaño y la iniciativa de hogaño lo han hecho posible.

Diario de Navarra, 4/1/2018

 

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Una pequeña historia del belén

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Nacimiento del Belén del Príncipe. Palacio Real de Madrid

Pese a las nuevas y recientísimas costumbres que nos han inundado, estoy seguro que muchos de ustedes han dedicado parte de este mes de diciembre a poner el belén familiar. Y muy probablemente, pese al cuidado con el que envolvimos las figuras el año anterior, alguna habrá perdido un brazo o un pie. Así lo cantan los niños y mayores de Oteiza en su villancico más popular: “Otra vez he puesto/ y es un año más/ el belén de siempre/ que está en el desván./Nos trae alegría/ de la navidad/ recuerdo y nostalgia/ de los que no están./ La pastora es coja/ baila con un pie/ el pastor es manco/ así está el belén/ uno sin cabeza/ otro sin los pies/porque siendo niños/ jugamos con él…”

Con permiso de mi buen amigo el profesor Ricardo Fernández Gracia, el verdadero especialista navarro en el tema, permítanme que les resuma en unas pocas líneas una pequeña historia del belén.

Sus orígenes se relacionan más que con los escuetos relatos evangélicos, con los apócrifos y el teatro de Navidad, que tuvo un amplio desarrollo desde la Edad Media. Un hito en su historia fue la escenificación que ideó San Francisco de Asís en 1223. De ahí que los franciscanos, en su ramas masculina y femenina, se convirtieran en los propagadores de esta costumbre navideña. Pero, aunque se han conservado algunas figuras, apenas tenemos noticias de belenes y montajes durante la Edad Media y el Renacimiento. Fueron los siglos del Barroco los que dieron el impulso definitivo a los belenes, en una época en que la piedad y la religiosidad tendían a cautivar a los fieles a través de los sentidos.

Este carácter teatral, tan propio del barroco y tan bien adaptado a la historia que se pretende contar, es el hilo conductor de los belenes desde el siglo XVIII. Entre las múltiples calificaciones que pueden hacerse, me gustaría subrayar tres tipos que nos han dejado algunos de los mejores ejemplares históricos que han llegado a nuestros días.

El primero corresponde al belén conventual. En los monasterios de clausura, su preparación tenía carácter de rito litúrgico, y las figuras se iban incorporando a medida que avanzaban las fiestas que se celebraban: natividad, circuncisión, reyes, etc., variando la disposición de los componentes del conjunto. Fruto de la religiosidad de la época, no es inusual además que incorporaran ángeles con los atributos de la pasión o al propio Niño Jesús de la Pasión abrazado a una enorme cruz. Dado el hermetismo de la clausura, muchos de estos belenes son de uso exclusivo de la comunidad y no han podido ser mostrados hasta fechas muy recientes.

Más conocidos y populares resultan los vinculados a modelos napolitanos. Con destino a la corte o a casas nobles llegan figuras de terracota o madera, algunas articuladas, llenas de colorido y vida. De entre las que nos quedan en la Península Ibérica hay tres sobradamente conocidas: el belén del príncipe Carlos, hijo de Carlos III, compuesto de 180 figuras de 50 centímetros de altura, obra del valenciano José Esteve, y que puede admirarse en el Palacio Real de Madrid; el belén de Francisco Salcillo, conjunto encargado en 1776 al artista por un prócer murciano, en el que las figuras recrean un ambiente popular y pastoril vestidos a la usanza murciana; y el belén de la iglesia de Nuestra Señora de la Estrella de Lisboa, creado por Machado de Castro y consistente en más de 500 extraordinarias figuras de corcho y terracota.

El tercer grupo lo constituyen los belenes hogareños o particulares, que se generalizaron en España bien avanzado el siglo XIX. Las figuras de calidad, denominadas “de fino”, patrimonio de familias acomodadas e instituciones religiosas, se adquirían por encargo, Las más populares o “de vasto” se compraban en tiendas y mercadillos, importadas de tierras levantinas o granadinas. A estas figuras tradicionales de barro cocido le siguieron las procedentes de los talleres de Olot, correctas, uniformes y dulzonas que acabaron por generalizarse a lo largo del siglo XX. Lamentablemente, el paso del campo a la ciudad de buena parte de la población hizo que muchos belenes quedaran arrumbados y desaparecieran. Solo en los últimos años, gracias a la labor encomiable de los belenistas y otras instituciones, parece que la tradición se recupera en los espacios públicos, y el belén vuelve a estar presente, siquiera en su versión más escueta del portal, en muchas de nuestras casas.

Navarra conserva hermosos ejemplos de estos belenes históricos. Si usted tiene interés en conocerlos, el profesor Ricardo Fernández Gracia publicó el año 2005 un libro primorosamente editado, titulado Belenes históricos en Navarra. Figuras para la memoria. Dedíquele un rato estos días. Disfrutará como un niño. ¡Felices Navidades!

Diario de Navarra, 21/12/2017

 

Celebrar y conocer Navarra

Villafranca

Vista del casco antiguo de Villafranca

He llegado a la edad de la jubilación, a Dios gracias, con buena salud, curiosidad creciente y ganas de hacer cosas. Y un interés por Navarra, mi tierra, que ahora que dispongo de más tiempo intento conocer, disfrutar y compartir. Pero, afortunadamente, esta visión optimista es ampliamente generalizada en buena parte de mi propio segmento, los jubilados, a los que me encuentro mayoritariamente presentes en las actividades a las que asisto: cursos, conferencias, cine, conciertos y viajes, por enumerar algunas. De ahí que no me haya resultado difícil vincular mis intereses a los del grupo, bien sea como profesor o como alumno. He de reconocer, además, que como alumnos son mucho más fáciles y gratificantes que los adolescentes, ya que la disciplina la tienen interiorizada y la atención está garantizada. Exige, eso sí, tablas y un cierto dominio de la materia, porque con los adultos cualquier pregunta es posible y no sirve cualquier respuesta. En mi condición de profesor, durante todo el año 2017 he impartido por primera vez un Curso de Arte Navarro, en el que hemos recorrido las principales manifestaciones artísticas de nuestra Comunidad desde la prehistoria hasta nuestros días, con especial atención a nuestros cuatro grandes momentos: románico, gótico, renacimiento y barroco. El grupo, heterogéneo y variopinto, lo componen cincuenta alumnos procedentes de 15 localidades de la merindad de Estella, que nos reunimos semanalmente en la casa de cultura de Los Arcos. Vernos cada miércoles, fieles y puntuales a la cita, dispuestos a estudiar y conocer nuestro patrimonio en el que se incluye el de sus respectivas localidades, es para ellos una satisfacción y para mí un acicate. Pero no acaba ahí nuestra actividad. Tras el estudio de cada etapa, programamos una salida para conocer in situ algunos hitos fundamentales de nuestra historia artística. Tras la prehistoria y la romanización, visitamos Las Eretas de Berbinzana, la ciudad de Andelo y la villa de Arellano; el románico nos llevó hasta la merindad de Sangüesa, para ver Leire y Sangüesa; Pamplona, Artajona y Olite nos permitieron acercarnos a lo más selecto del gótico entre nosotros; el renacimiento lo apreciamos en la merindad de Estella, con paradas en El Busto, Viana, Lapoblación, Genevilla y Los Arcos; y esta semana disfrutamos del buen barroco de la merindad de Tudela, con citas en Villafranca, Corella y Tudela. Nos restan por visitar los palacios y casas señoriales del Baztán y los tres museos abiertos recientemente y vinculados al arte contemporáneo: Oteiza, Huarte y Universidad de Navarra.

Esta misma semana hemos celebrado dos fechas que me gustaría glosar juntas: el día de Navarra -3 de diciembre- y el día del voluntariado -5 de diciembre- , utilizando para ello el ejemplo de la visita a la Ribera -2 de diciembre- . En un día especialmente gélido, con muchas dificultades para llegar a Los Arcos desde las localidades vecinas, iniciamos la visita en Villafranca. Llamaré por su nombre a personas que no conocía y que nos hicieron el día especialmente cálido. José Mari, párroco de Villafranca, nos esperaba en la puerta de su convento de carmelitas. Con la calefacción puesta, realizamos la visita a la monumental y espléndida iglesia de Santa Eufemia en las mejores condiciones posibles. Frente a tantas iglesias cerradas y frías, José Mari fue un ejemplo de acogida, amabilidad y servicio. De allí a Corella, donde ocho ciudadanos voluntarios se encargan de mostrar a todo el que lo desee las bellezas de la ciudad barroca navarra por excelencia. Joaquín y José, nos acompañaron en la visita al Museo Arrese y a la iglesia de San Miguel. Donde no llegan las instituciones, allí están ellos, atentos e instruidos, sin aceptar ni una propina, solo al servicio del arte y de su pueblo al que aman apasionadamente. Y de allí a Tudela. También aquí, primero Maite, la responsable del ayuntamiento, y después Maria Ángeles, religiosa de la Compañía de María, nos dieron toda clase de facilidades. Con la última visitamos la iglesia de la Enseñanza, una exquisitez barroca lamentablemente poco conocida.

Sin duda, hay muchas maneras de celebrar el Día de Navarra, pero encuentro pocas tan satisfactorias como conocer el patrimonio artístico heredado de nuestros mayores y comprobar cómo más de 30.000 navarros ayudan a los demás en los ámbitos más variados, uno de los cuales es el cuidado y conservación de este patrimonio. De ello dan fe algunos de los miembros del curso, también ellos voluntarios para que los peregrinos a Santiago puedan admirar la iglesia de Los Arcos. Entre todos hacemos posible la Navarra actual, una sociedad urbana de corazón rural, solidaria y abierta al futuro. Todavía quedan algunos días en el puente para conocerla y disfrutarla. Anímense, tenemos mucho y bueno y está a la vuelta de la esquina.

Diario de Navarra, 7/12/2017

Una medalla discutida y discutible

Medalla

Navarra ha contado desde antiguo con distinciones para premiar a las personas o entidades que se han distinguido por sus méritos especiales en favor de la comunidad. La Medalla de Oro de Navarra, creada por la Diputación Foral en 1973, fue modificada por el Gobierno de Navarra en 1984, y se encuentra actualmente regulada por un decreto foral de 1998. El artículo 1º de dicha norma señala literalmente lo siguiente: “La Medalla de Oro de Navarra es la principal condecoración de la Comunidad Foral, destinada a premiar a las personas, instituciones, entidades o colectivos cuyos méritos en la defensa, promoción o fomento de los intereses de Navarra resulten estimados por el conjunto de la sociedad”. La medalla es de oro y esmalte. En el centro, sobre un fondo circular de esmalte rojo, aparece la figura armada y ecuestre de un rey de Navarra. Alrededor lleva una orla con el lema “Servicio, Integridad, Lealtad”. En el reverso figura el escudo de Navarra. Pero, obviamente, más interesante que su aspecto material, aunque el lema bien merece subrayarse, es su valor simbólico. La responsabilidad de la elección recae en el Gobierno de Navarra. Que su entrega se realice en el acto institucionalmente más relevante del año, coincidiendo con el Día de Navarra, no hace sino subrayar la importancia concedida al galardón.

Cuando uno repasa la lista de premiados, ve representadas personas relevantes de los ámbitos más diversos, instituciones de peso y prestigio, y colectivos que realizan una gran labor social. En la mayor parte de los casos, habiendo sido posible otras designaciones, el acierto ha acompañado la decisión. En otros casos, los menos, la polémica ha enturbiado la concesión. Pero cabe decir que el debate se ha desarrollado en parámetros razonables. No ha ocurrido lo mismo este año. La concesión de la medalla a título póstumo a los historiadores Hermilio de Olóriz, Julio Altadill y Arturo Campión ha levantado una polvareda que corre el riesgo de llevarse por delante al propio galardón. Las razones aducidas por el Gobierno de Navarra para tal concesión son básicamente las siguientes: “Por su contribución a la historia y la cultura navarras y a la defensa de los derechos históricos del antiguo Reino de Navarra, y sobre todo y de una manera especial, por su labor decisiva a la hora de definir para Navarra un símbolo permanente de su identidad del que carecía hasta entonces: la bandera de Navarra tal y como se conoce hoy, cuyo diseño fue aprobado por la Diputación Foral en 1910”. Pero las críticas se han multiplicado: en unos casos, poniendo el acento en la veracidad histórica de la razón aducida, el diseño de la bandera; en otros, atacando las ideas de Arturo Campión, sin duda el más importante y significado de los tres galardonados. Y tan fuertes han sido las críticas, que el propio Parlamento de Navarra, a través de su Junta de Portavoces, aprobó por mayoría una declaración institucional en la que rechazaba la distinción a Campión, calificándolo de integrista, xenófobo y racista, y pedía al gobierno que la reconsiderase. Nada de esto ha sucedido y, tras ratificar el Gobierno de Navarra su concesión, cuatro grupos políticos que representan a la mayoría de la ciudadanía navarra han anunciado que no asistirán al acto institucional.

Al hilo de la polémica, me gustaría hacer dos consideraciones, una como ciudadano y otra como modesto historiador. Teniendo presente que el escudo, la bandera y el himno son los símbolos de identidad exclusivos de la Comunidad Foral, sorprende y mucho que el mismo gobierno que ha promovido la derogación de la Ley de Símbolos vigente, que permitiría ondear en los edificios institucionales otra bandera además de la oficial, decida conceder el máximo galardón a los que diseñaron la que, por definición, representa a la Comunidad. Por otro lado, abierto el filón de la historia, éste se convierte en inagotable: ¿Por qué no a Sancho el Sabio que se autotituló por vez primera Rey de Navarra”? ¿o a los redactores del Fuero General? ¿o a Martín de Azpilicueta, tal vez nuestro intelectual más completo? ¿o a José Yanguas y Miranda, historiador y negociador de la Ley Paccionada? Como verán, el elenco sería interminable.

No conviene remover innecesariamente el pasado, sobre todo si lo que se pretende es sacar ventaja de él. Ya han sido galardonados en años anteriores algunos de nuestros mejores historiadores: José María Lacarra, Julio Caro Baroja, José Miguel de Barandiarán, Ángel Martín Duque o José María Jimeno Jurío. Centrémonos por tanto en el presente, y busquemos personas, instituciones y colectivos que hagan honor al lema que contiene la medalla: que sean íntegros, leales y que sirvan a Navarra. Afortunadamente, sin necesidad de rebuscar en exceso, disponemos de buenos ejemplos entre nosotros merecedores del galardón. ¡Feliz Día de Navarra!

23/11/2017

Una tarea digna de encomio

 

Coro

Navarra ha sido tradicionalmente tierra fecunda en canto coral. Los coros parroquiales de antaño, impulsados por una larga tradición de clérigos, acompañaban las celebraciones religiosas, especialmente en los días grandes, con composiciones y polifonías que han quedado en nuestras memorias de niñez y juventud. Desde los años setenta, los cambios aportados por el Concilio Vaticano II, la aparición de las escuelas y conservatorios de música, y la actuación de las instituciones públicas han hecho que el viejo y benemérito modelo de coro parroquial haya sido sustituido por otro donde la relación con la parroquia es menos estrecha, la dirección ha pasado a manos de laicos, el repertorio es mucho más amplio y los vínculos entre los coros se han fortalecido extraordinariamente. Este esfuerzo desembocó en la creación de la Federación de Coros de Navarra en 1988, con intención de unir a todas las formaciones corales de nuestra tierra, dotando de organización a una de nuestras tradiciones más arraigadas.

Los objetivos establecidos apenas han cambiado con los años, aunque hayan crecido muchos los programas en marcha: difundir y transmitir al público el amor por el canto; acercar la música, sobre todo en la Navarra rural, a quienes gusten de ella; formar futuros cantores a través de cursos, conferencias y clases magistrales; y editar publicaciones y grabaciones de interés pedagógico y cultural.

Esta tarea, desarrollada de forma altruista, ha exigido el trabajo y el compromiso de muchas personas a lo largo de los 29 años de vida de la Federación. Y Carlos Gorricho, su presidente, representa hoy la continuidad en una tarea que está compartida por otros muchos nombres. Pero el trabajo no ha sido fácil. Soy conocedor de primera mano de las dificultades para cuadrar presupuestos, de las reiteradas incomprensiones de la administración foral que les ha llevado en ocasiones a denunciar en el Parlamento su situación, y de la dificultad adicional de hacer presente la música, no en los escenarios de las ciudades y pueblos grandes de nuestra Comunidad, sino en las localidades más pequeñas, normalmente en el presbiterio de nuestras iglesias. Pero el esfuerzo ha valido la pena y de él nos beneficiamos anualmente varios miles de navarros.

La página web de la Federación, completa y actualizada, da cumplida cuenta de la situación a día de hoy. Agrupa a 66 coros y ha presentado para el curso 2017-2018 una programación en la que, bajo los eslóganes “Música al alcance de todos” y “Con voz propia”, a los programas de años anteriores añade uno nuevo: Música en red, que pretende llevar el canto coral por todo el tejido de los Civivox de Pamplona. 215.000 euros, de los que 127.000 serán costeados por la propia federación, permitirán ofrecer más de un centenar de conciertos y programas de variado signo.

Pero el programa anual más ambicioso es el Ciclo Coral Internacional, que acaba de cerrar su XXIII edición. Del 27 de octubre al 6 de noviembre, 18 coros de 13 países (Rusia, Francia, Indonesia, Filipinas, Letonia, Estados Unidos, Reino Unido, Ucrania, Eslovenia, Chequia, Argentina, Hungría y Estonia) han ofrecido 29 conciertos en 21 localidades distribuidas por toda la geografía navarra. Y de estos conciertos, en su mayor parte gratuitos, han disfrutado más de 11.000 personas. He tenido la oportunidad de asistir a tres de ellos. El primero, en el cómodo auditorio del Centro Cultural Tafalla, a cargo del coro Maska de Letonia. El concierto fue verdaderamente excepcional. Pocas veces he visto una agrupación con empastes, volúmenes y dominio de las voces tan bien trabajados, además de un programa tan arriesgado y poco convencional. El Sophia Chamber Choir de Eslovenia estuvo bien, pero sin el nivel del letón. Y del auditorio de Tafalla a la iglesia de San Juan de Estella. El coro Sansara del Reino Unido, un grupo de apenas 19 componentes, mostró excelentes cualidades: gran sonoridad, ductilidad y versatilidad. Sin la comodidad de Tafalla, pero con la ventaja añadida de tener enfrente, mientras sonaba la polifonía, uno de los grandes retablos navarros del renacimiento. Me llamó mucho la atención la juventud de los componentes de los diversos coros, que contrasta con la acusada veteranía que presentan los nuestros. De ahí la pertinencia de continuar con los cursos de iniciación a fin de hacer cantera.

Resulta obligado aplaudir el esfuerzo de organización y la calidad de los conjuntos. Y si esto ha sido así este año, ¿qué nos deparará el año que viene, que la Federación cumple 30 años? No dudo que intentarán superarse.

Diario de Navarra, 9/11/2017

 

Lutero y su legado

García Villoslada

El próximo martes, 31 de octubre, se cumplen 500 años de la aparición del escrito 95 tesis contra las indulgencias del fraile agustino Martín Lutero. Una acción simbólica que ha servido a los historiadores para señalar el comienzo de la Reforma y del protestantismo, un proceso cuya repercusión religiosa, social, cultural y política se extiende hasta el momento presente.

Resulta una temeridad por mi parte intentar resumir en unas líneas la apasionante vida de un hombre complejo y el impacto de su obra en los cinco siglos transcurridos. Y más visto desde la perspectiva española, donde Lutero ha sido durante mucho tiempo la encarnación del mal. Todavía mi generación ha oído con frecuencia en nuestros pueblos la expresión “Eres más malo que Lutero” para subrayar la valoración que merecía el personaje en el acerbo popular. Pero poco a poco, la valoración dominante de hereje enfrentado a la Iglesia católica ha ido dando paso a una visión más desapasionada, más histórica y más ponderada de su vida y de su obra. Fue precisamente un navarro de Los Arcos, el padre Ricardo García-Villoslada, jesuita y profesor de la Gregoriana de Roma, quien protagonizó entre nosotros este cambio de tendencia. Su documentadísima biografía de Lutero, aparecida en 1973, que le llevó 11 años de intenso trabajo, está dividida en dos tomos con títulos bien significativos: El fraile hambriento de Dios y En lucha contra Roma. Pese a los años transcurridos, no hay un solo autor que no cite al padre García-Villoslada como autoridad de referencia.

EgidoPero es en este año 2017, quinto centenario del comienzo de la Reforma, cuando estamos viviendo una eclosión de monografías dedicadas a Lutero y su obra, además de artículos en las revistas de divulgación histórica más prestigiosas. Sin ánimo de abarcarlas todas, me gustaría comentar algunas, subrayando perspectivas muy distintas de su rica personalidad.

Lyndal Roper, prestigiosa historiadora australiana y profesora en Oxford, acaba de presentar en castellano Martín Lutero, renegado y profeta, una extensa biografía histórica del iniciador de la Reforma centrada en un personaje de carne y hueso, complejo y y contradictorio, al que define como profundamente defectuoso, fundamentalista religioso, ferviente creyente que vivía atormentado por las dudas, antisemita y políticamente reaccionario. Y, junto a eso, un brillante escritor que dio forma a la lengua alemana y un polemista violento y malhablado, que liberó a la sexualidad humana del estigma del pecado.

El cardenal Kasper, presidente emérito del Pontificio Consejo para la promoción de la unidad de los cristianos, pronunció una conferencia sobre Martín Lutero en la Universidad Humboldt de Berlín el 18 de enero de 2016 que tuvo un eco enorme. Convertida en un librito titulado Martín Lutero (Una perspectiva ecuménica), Kasper propone un Lutero extemporáneo que experimenta la misericordia de Dios y la necesidad de reforma de la Iglesia. El libro sale a la luz como contribución al acercamiento de ambas iglesias cuando ambas se disponen a conmemorar conjuntamente el V centenario de la Reforma.

El historiador Teófanes Egido es el autor del libro Martín Lutero. Una mirada desde la historia, un paseo por sus escritos, en el que se acerca al reformador desde dos perspectivas críticas. La primera, histórica, recorriendo los principales hechos de su vida. La segunda, desde sus escritos, ofreciendo cuatro de sus textos emblemáticos a fin de acercarse a la intimidad del personaje, sus ideas pedagógicas, sus criterios de relectura de la Biblia y, finalmente, su manera apasionada de entender la vida del espíritu.

Lazcano

También desde una perspectiva más espiritual aborda Rafael Lazcano, historiador de la Iglesia, su Lutero. Una vida delante de Dios. Se trata de una vida breve escrita en el contexto de su época y desde la que emerge, en palabras de su autor “el hombre de fe, el teólogo creyente, el personaje y su evolución doctrinal (…) El objetivo de Lutero no fue otro que liberar al cristianismo de las ataduras eclesiásticas del medievo con el fin de recuperar la dimensión espiritual del cristiano. Su meta era la renovación de la Iglesia católica y de todo el cristianismo desde el evangelio de la gracia y el mensaje de la cruz de Cristo”.

Desde diferentes perspectivas, todos los autores coinciden en considerar a Lutero una personalidad compleja, rica e influyente En su persona se encarnan el cristiano ferviente, el teólogo, el polemista, el escritor y el reformador. Un personaje, sin duda, que volverá al primer plano de la actualidad en los próximos meses.

Diario de Navarra, 26/10/2017

 

Retos y cifras para la reflexión

Cristinanisme

En este mes de septiembre que se nos va, tres noticias han acaparado buena parte de los debates en los medios de comunicación internacionales y nacionales: la crisis nuclear provocada por Corea del Norte, una dictadura en toda regla que pretende acceder por las bravas al pequeño grupo de potencias atómicas; el cambio climático que, pese al escepticismo de algunos grandes países, se ha hecho dramáticamente presente una vez más en diversas zonas de la tierra; y, entre nosotros, el proceso independentista de Cataluña, con el deplorable espectáculo ofrecido por la mayoría del Parlament dispuesto a conseguir sus objetivos aún al precio de arrumbar principios democráticos que creíamos inherentes a sociedades avanzadas.

Y mientras esto sucede, los verdaderos problemas enquistados siguen siendo una realidad a la que a menudo no acabamos de poner cifras que nos permitan medir su gravedad extrema. Permítanme hoy hacerme eco de algunas de ellas, tomadas del suplemento nº 237 de los Cuadernos de Cristianisme i Justícia, de los que hemos hablado en otras ocasiones.

Tal vez el primer problema de nuestro mundo de hoy sea el hambre, la pobreza y la desigualdad. 795 millones de personas no disponen en el planeta de alimentos suficientes para llevar una vida saludable y activa, lo que equivale a 1 de cada 9 personas. La malnutrición provoca el 45% de las muertes de niños menores de 5 años: 3,1 millones de niños al año. En España, pese a lo que pudiera parecernos, la pobreza también es un problema de primer orden. Una persona está en riesgo de pobreza cuando su renta anual es inferior a un determinado umbral. La UE ha fijado ese umbral en el 60% de la renta media disponible. En 2015, para España se situaba en 8.011 euros por individuo o 16.823 euros por familia compuesta por pareja y dos hijos menores de 14 años. ¿Sabe usted cuantos millones de personas hay en España bajo este umbral de ingresos?: en torno a 10 millones de personas. Y si lo concretamos en menores de edad, el riesgo de pobreza se eleva en España hasta el 29,6, un total de 2,46 millones de niños y niñas.

Las migraciones son otra de las plagas de nuestro tiempo. En 2015, según ACNUR, la agencia de la ONU para los refugiados, se llegó a los 65,3 millones de refugiados, la cifra más alta desde la Segunda Guerra Mundial. Más de la mitad (el 51%) son menores de edad y, pese a lo que sería lógico y razonable, el 86% de los desplazados son acogidos por países en vías de desarrollo. Los cinco primeros países son Turquía, Pakistán, Irán, Jordania y Kenia. Mientras tanto, en el horizonte asoma otra nueva oleada. Unos 480.000 refugiados rohingya han llegado a Bangladesh. Escapan de la ola represiva lanzada por el Gobierno de Birmania en una operación que cabe caracterizar de limpieza étnica. Nos resulta escandaloso que Donald Trump pretenda construir un muro de 1.600 kilómetros entre Estados Unidos y México, pero somos menos estrictos con los 1.200 kilómetros que se pretenden levantar en Europa, incluidos los 18,7 de Ceuta y Melilla. Para más inri, esta semana ha finalizado el plazo de dos años que se concedió la vieja Europa para acoger a 160.000 refugiados. La cifra final ha sido de 30.000 y solo cuatro países han cumplido con su cuota: Malta, Finlandia, Irlanda y Suecia. El resto no ha llegado ni a la mitad, Y en la cola se sitúa España, con apenas el 10% de los previstos.

El cambio climático y la crisis ecológica es el tercero de los grandes problemas de nuestro tiempo. Entre 1880 y 2012 la temperatura media mundial aumentó 0,85 grados. La previsión del grupo intergubernamental de expertos señala que, dada la actual concentración y las continuas emisiones de gases de efecto invernadero, es probable que se supere los 1,5 grados. En consecuencia, los océanos del mundo seguirán calentándose y continuará el deshielo. Se prevé una elevación media del nivel del mar entre 24 y 30 centímetros para 2065 y entre 40 y 63 centímetros para 2100. Según ACNUR, entre 250 y 1.000 millones de personas podrían desplazarse en los próximos 50 años a causa de desastres producidos por el cambio climático: inundaciones, sequías, huracanes, etc. Sería uno de los mayores desplazamientos de personas de la historia de la humanidad.

Estas cifras nos desbordan y nos abruman, y tendemos a pensar que no es cosa nuestra, sino de la ONU y los diferentes gobiernos. Pero el cambio requiere una concienciación personal que acabe siendo colectiva. Dado que hoy, más que nunca, tenemos los medios para acabar con tales plagas, tenemos derecho a soñar con un mundo en el que nuestros descendientes las consideren simplemente como parte de una historia que afortunadamente logró superarse.

Diario de Navarra, 28/9/2017