Siria y Jordania: impresiones de un viaje. 7.- Cuestión de fronteras (14 de abril)

La madrugada –nos levantamos a la seis de la mañana- nos depara un gratísima sorpresa. El comedor del hotel está situado en el palmeral, justo enfrente de la zona de tumbas y la ciudad histórica. Y el sol, que incendió ayer por la tarde la piedra rosada de los edificios en pie, los recorta también ahora, nítida y sutil, con el primer sol de oriente.

Allá queda Palmira, la bien regada y surtida, la deseada y, en buena medida, la efímera. Algo más que una postal turística, que quedará para siempre en mi recuerdo.

El camino de regreso a Damasco, a través de la estepa, refuerza nuestra impresión primera: oasis, manchas verdes, olivos y fosfatos, a lo largo de una carretera atestada de camiones camino de Irak.

La travesía de Damasco presenta todos los inconvenientes y problemas de las grandes metrópolis. Y de allí al sur, otra fértil región de la Siria verde, donde la tierra roja y el basalto se hacen presentes por doquier.

Bosra, nuestro objetivo de la mañana, es una ciudad situada casi en la frontera con Jordania. A pesar del largo viaje, el teatro merece la pena. Hecho en basalto, la piedra oscura local, es el más completo de los que conozco de todo el mundo romano. Una escena casi completa y una cavea fuertemente pronunciada y en magnífico estado de conservación, permiten disfrutar de una obra maestra de la arquitectura e ingeniería romana del siglo II, afortunadamente respetada por Saladito, que lo fortificó como una ciudadela en pleno siglo XII. Una actitud que constrasta vivamente con la de nuestros príncipes del renacimiento romano, que edificaron sus mansiones con la piedra del Coliseo.

La trámites burocráticos de la frontera sirio-jordana nos exasperan y nos retrotraen a otras épocas. Tras idas y vueltas de nuestros guías y responsables conseguimos avanzar entre burocracias inexplicables hoy día. ¡Y nos quejamos de la Unión Europea! Bienvenidas sean la abolición de fronteras y la supresión de trámites. El mundo nos pertenece a todos.

La entrada en Jordania supone un escalón superior en casi todo: carreteras, comunicaciones, campos de cultivo, urbanismo, etc., incluso en el hotel que nos acoge.

A las seis de la tarde, comemos en un restaurante de carretera, en la autopista que nos conduce a Ammán. Al fondo, un río bíblico, y en las colinas de enfrente el recuerdo de los profetas camino de la tierra prometida. Estamos en el país de los amonitas, uno de los pueblos citados en el Antiguo Testamento como enemigos de Israel.

La Ammán moderna produce una grata impresión. Casas blancas y cuidadas, urbanismo respetuoso,  crecimiento rapidísimo y tráfico intenso. El hotel compensa la pesadez del viaje. De nuevo constato lo ya sabido, los viajes nos descubren como somos, con nuestras grandezas y nuestras miserias. Y hoy, las segundas han prevalecido sobre las primeras. Achaquémoslo a las circunstancias ligeramente adversas. Pero el viaje sigue y Jordania, país joven y dinámico, nos espera.

Siria y Jordania: impresiones de un viaje. 6.- Palmira y la estepa (13 de abril)

La partida de Aleppo es muy de mañana. De nuevo, por la autopista del Norte, desandamos el camino de ida hasta Hamma, la ciudad de las norias, de triste recuerdo por la revuelta integrista de los Hermanos Musulmanes contra Hafez el Asad y la brutal represión de éste.

En Homs nos adentramos hacia la estepa, camino de Palmira. Dos novedades ha tenido hasta ahora Siria para mí. La primera, encontrarme con un territorio rico y feraz. La segunda, apreciar que la estepa –la badía- y no el desierto, constituye la mayor parte del país. Terreno muy seco, pero no de arena, y por lo tanto productivo cuando hay un curso de agua o un pozo que la proporcione. Así queda de manifiesto en el camino hacia Palmira, con campos verdes de cereal, verdadero milagro en medio de tanto secarral.

Tras unas rectas interminables, aparece Palmira entre dos pequeñas cadenas montañosas. Nuestro primer contacto con la ciudad y su oasis de palmeras es la zona de las tumbas, en los extramuros del recinto urbano. Diseminados aquí y allá en la ladera de la montaña, se extienden a modo de torres de piedra los sepulcros de las familias nobles, que en otros casos se horadan en la roca en forma de hipogeo.

Pero Palmira es, sobre todo, la extensa ciudad histórica conformada por el gran templo, la vía sacra, la calle principal y los edificios públicos adyacentes. Un conjunto impresionante en dimensión y calidad. Una vez más queda demostrado que en Oriente, a diferencia de Grecia, la medida de todas las cosas no es el hombre, sino que el gigantismo lo invade todo. Así queda de manifiesto en Apamea y así se subraya de nuevo aquí. El estilo palmireño, a caballo entre Grecia, Roma y el mundo sasánida, es robusto, recargado y mestizo. Un paseo entre sus restos nos familiariza con Zenobia y sus sueños, y la puesta de sol desde la fortaleza termina definitivamente de encandilarnos. La piedra rosada refulge al sol, recuperando por unos momentos el esplendor del tiempo perdido. ¿Y la Palmira de hoy? Un gran poblachón con algunos hoteles de lujo y un turismo de horas, que se contenta con dar una vuelta por la zona arqueológica y seguir rumbo a otros lugares.

De estas y otras cosas sostengo una animada conversación con el segundo guía. El primero es Jacinto, nacido en Argentina, de padre sirio y madre de ascendencia gallega, un veterano y culto cicerone que conoce a la perfección todos los trucos de la profesión. Un regalo para un buen viaje, ya que él, en buena medida, marca la pauta y te permite un mejor acercamiento al mundo autóctono. El otro es Shalam, que respeta la jerarquía de Jacinto, y en su difícil vocalización, deja entrever una gran cultura. No estaba equivocado. La conversación entre tambores de columnas, entablamentos y capiteles a ras de suelo gira en torno a su actividad profesional y el estado cultural del país. Nuestro Shalam es ¡nada menos! que el jefe del departamento de arqueología de la Universidad de Damasco, la más importante del país. Un profesor universitario que realizó la tesis doctoral en Granada y todavía dedica algunas semanas al año a acompañar a grupos que buscan, además del tipismo, una mirada cultural sobre el territorio.

Cae la noche y Palmira queda en relativa penumbra. Lo que no impide que una tenue iluminación artística haga renacer otra ciudad más sugerente, poética e irreal. Un espacio y un momento idóneo para que Zenobia, la reina del desierto pueda moverse a sus anchas, No la ví, pero seguro que su espíritu siguió nuestros pasos.

Siria y Jordania: impresiones de un viaje. 5.- El Dios de las dos religiones (12 de abril)

Hoy, domingo de resurrección, día también de fiesta en el mundo musulmán, dedicamos la jornada a Aleppo, la activa, febril e industrial capital del norte, con 3,5 millones de habitantes, y sus alrededores.

Nuestra primera visita es a una de las joyas del arte tardorromano del próximo Oriente: el complejo monástico de San Simeón Estilita, el eremita que vivió 27 años subido en una columna. La dimensión, calidad y perfección del conjunto supera con creces lo imaginable. En medio de un paisaje pedregoso hasta el extremo, en lo alto de una colina descarnada, se encuentra Qalat Simon. Un pórtico de entrada da paso a un baptisterio octogonal de una inusitada perfección. La Vía Sacra conduce a un complejo monástico articulado en torno a los restos de la columna, hoy apenas una masa informe de no más de dos metros de altura. Cuatro brazos iguales de tres naves cada uno, uno de los cuales provisto de ábsides constituye la basílica propiamente dicha, son el exponente de gran nivel alcanzado por el arte tardorromano de Oriente: piedras perfectamente escuadradas, decoración exquisita –sogas, ajedrezado jaqués, hojas de acanto, cruces patadas-, arcos de medio punto y columnas de acrisolado clasicismo nos permiten adelantar en casi 600 años los mejores resultados del románico occidental y encontrarnos con elementos retomados por el renacimiento, en pleno siglo XVI.

Hoy, Qalat Simon era un hervidero festivo, con los niños de las aldeas del entorno y sus profesores visitando el conjunto en grupo o en familia. Actitudes, rostros y vestimentas que me han recordado mi niñez en Los Arcos, recién salidos de la miseria de la guerra y transitando ya por la austeridad y pobreza de los años cincuenta.

Aleppo conserva sorpresas bien distintas. Una en lo alto, la ciudadela, otra bien resguardada, el imponente zoco que ocupa buena parte de su centro histórico. La fortaleza es la réplica musulmana al Krak de los Caballeros cruzado. Una colina natural, unida a los estratos de civilizaciones antiguas han dado como resultado la actual ciudadela, el mejor ejemplo de estructura militar murada de todo el Próximo Oriente. Una obra que, pese a su carácter netamente defensivo, no olvidó las proporciones ni la belleza en su estructura y decoración.

La visita a la mezquita, también en día festivo, nos ha permitido apreciar de nuevo el respeto y la tradición en torno al hecho religioso. Pese a todo, la mujer, en su mayor parte cubierta de negro, y no pocas con sólo los ojos al descubierto, sigue siendo la gran incógnita de estos países. ¿Podrá sobrevivir la actual situación o se abrirá a nuevos horizontes?

La tarde la dedicamos a visitar el zoco, una inextricable sucesión de callejas y laberintos donde la bullía la vida y el tiempo parecía haberse detenido. Olor penetrante, agobio, vida, mezcolanza, habilidad para el negocio y seguridad personal son las impresiones de la visita.

El día termina con un espectáculo folklórico en pleno centro histórico, en un viejo caravansarai, hostal de caravanas para hombres y camellos, del siglo XIII. El espectáculo en sí parecía de andar por casa, pero los derviches siempre tienen un punto difícil de encajar. Un niño, dos jóvenes y un adulto dieron vueltas y vueltas, en un espectáculo entre folklórico y religioso.

Tras la vuelta por la medina, hermonsa, decadente, sucia y solitaria a esta hora de la noche, regresamos al hotel. Un día completo y pocas horas de sueño. Mañana el despertador sonará a las 6,30. Palmira y Zenobia, las reinas del desierto, nos esperan.

Siria y Jordania: impresiones de un viaje. 4.- La Siria fértil y verde (11 de abril)

Iniciamos nuestro viaje hacia el norte de buena hora. El fértil oasis de Damasco cede progresivamente paso a la cadena del AntiLíbano y el verde se transmuta en un pardo omnipresente. Nuestra primera parada es Maaloula, una aldea de mayoría cristiana con una singularidad: sus habitantes conservan como preciado don la lengua aramea, casi con seguridad la lengua natal de Jesús de Nazaret. En el monasterio de los Santos Sergio y Baco, situado en la cima de la montaña, parcialmente excavado en la roca, un monje católico de rito griego, nos recita el Padre Nuestro en arameo. Así se dirigía Jesús al Padre, y así nos dirigimos todavía hoy a Él. ¡Venga a nosotros tu Reino! La iglesia, un pequeño recinto de planta de cruz griega con un iconostasis y un altar peculiar, se remontan al siglo VI, en plena época bizantina, y resulta evocadora y llena de resonancias.

La autopista nos introduce en el valle del Orontes, el río rebelde, un de los escasos cauces de agua que discurren de sur a norte. Con el Líbano a la izquierda y el monte Hermón en el horizonte, el Orontes riega un frondosísimo valle dominado por la ciudad de Homs, la tercera ciudad de Siria, y el Krak de los Caballeros.

La fortaleza es impresionante y la evocación de los cruzados algo más que inevitable. Pero toda la pericia del mundo y una gran calidad arquitectónica y militar no fueron suficientes para contener el empuje musulmán, y lo que Saladito no consiguió a mediados del siglo XII lo llevó a efecto el sultán mameluco Baybars en 1271. Impresiona el monumento en el artístico y en lo histórico. Y sorprende mucho más encontrar uno de los mejores ejemplos de arquitectura gótica defensiva en pleno Oriente Medio, en Siria, sueño de los cruzados camino de Jerusalén.

Continuamos por el fértil valle del Orontes, tierra roja como nuestra Berrueza y suelta como la orilla del Ebro, hasta llegar a Hanna y sus famosas norias, hoy mortecinas y malolientes debido al escaso caudal del río. Y entre vestigios romanos, árabes y bizantinos llegamos a uno de los hitos de nuestro viaje, la helenística Apamea, espléndida en su desoladota decrepitud. ¡Un cardo máximo, porticado y deslumbrante, compuesto por casi mil columnas! A tramos levantado, a tramos caído, a tramos sepultado, Apamea, un bello regalo de Seleuco I a su esposa, es la ruina helenística más espectacular que he conocido hasta el presente. Confiemos en que el tiempo y una organizada campaña de excavaciones permita descubrir parte del esplendor perdido y devolver a Apamea a los libros de historia de los que un día desapareció.

Cae la tarde en medio de columnas y entablamentos corintios y compuestos,, el sol declina e iniciamos nuestro último tramo hasta Aleppo. Cansados y satisfechos llegamos al hotel, situado en un barrio residencial, en medio de bloques de piedra rosada que me recuerdan y mucho a Salamanca.

No olvido que hoy es la Vigilia Pascual, una noche especial e inolvidable en la que Jesús Resucitó y con él todos nosotros. Si Jesús no ha resucitado, nos recuerda San Pablo, vana es nuestra fe. Unas lecturas alusivas a la Vigilia constituyen mi último recuerdo. ¡Feliz Pascua Florida! ¡Aleluya!

Siria y Jordania: impresiones de un viaje 3.- Damasco, capital de los Omeyas (10 de abril)

¿Cuál es mi impresión previa de la Siria que vamos a visitar? En lo histórico, un país rico, cruce de civilizaciones y culturas, con una ciudad mítica, Damasco; en lo geográfico, una tierra casi desértica, con oasis que dan color y feracidad al paisaje; y en lo político un país totalitario, donde la nueva dinastía del partido Baas, Hafez y Bachir el Asad, padre e hijo, han campado y campan a sus anchas, hasta el punto de haber formado parte del eje del mal preconizado por Bush. Tenemos cinco días, por tanto, para conocer mínimamente el país, deshacer tópicos y acercarnos a una relativa realidad sin agencias internacionales como intermediarios.

El día lo hemos dedicado a Damasco, una de las grandes ciudades históricas de Medio Oriente y hoy, con sus cinco millones de habitantes, capital de Siria.

La aproximación desde el hotel, un gran complejo situado en las afueras de Damasco, es la propia de toda gran ciudad en vías de desarrollo. De entrada, barriadas populares de arquitectura baja y pobre, dominadas por las omnipresentes parabólicas y los depósitos de agua en los tejados. Le siguen los barrios disformes y anodinos de la ciudad nueva, salpicados de mezquitas y minaretes blancos. Y en el corazón, el centro histórico, en el caso de Damasco rodeado de una muralla rehecha varias veces a lo largo de los siglos.

Damasco me ha gustado, pero no me ha transmitido la pasión de las grandes ciudades artísticas. Interesante, muy interesante, el museo arqueológico nacional. Los restos de Ugarit, Mari, Palmira y Dura Europos justifican sobradamente la visita. Además de las tablillas cuneiformes y de las estatuas de alabastro de Mari, para mí ha sido un descubrimiento la sinagoga de Dura Europos, una ciudad situada en las orillas del Eúfrates, ya camino del actual Irak. Las escenas del Antiguo  Testamento pintadas en sus paredes son un dechado de rareza, expresividad y color. Sólo las pinturas románicas recobrarán, siglos más tarde, un encanto parecido.

Y de allí, a la gran mezquita de los Omeyas, verdadera joya de Damasco y corazón de la ciudad histórica. Aunque muy remodelada, tras terremotos y bombardeos, la mezquita impresiona. Su patio, con los restos de la época omeya, resulta deslumbrante. Y su interior, tres naves de dobles arcadas y cubierta plana, de grandísimo interés. Con una particularidad, hemos llegado en viernes y a las 12 de la mañana, con lo cual hemos asistido a la oración solemne, mientras el almuédano hacía el llamamiento. Todos descalzos y las mujeres con túnica, hemos podido participar de un momento importante, hoy día de Viernes Santo en la liturgia católica, de la religión musulmana. He visto fervor y respeto, pero no una asistencia multitudinaria.

En todo Damasco, la presencia de la mujer, cubierta más o menos, impresiona en su aparente dependencia del hombre.

Por la tarde, una visita al palacio Azem, al axfisiante zoco de la ciudad, pese a ser festivo, la capilla de San Ananías, protector de San Pablo, y un paseo por el monte próximo a Damasco para contemplar el panorama, han cerrado nuestro periplo.

Desde la altura, Damasco se nos ha ofrecido como una ciudad esparcida, disforme y variopinta, con sus parques llenos de hombres, mujeres entunicadas y niños, numerosísimos niños, pasando la tarde festiva en familia.

Para concluir el día, un Viernes Santo peculiar y distinto a los habituales, Marcelo, componente del grupo, psiquiatra y aficionado a la historia y buen conocedor de la misma, nos ha impartido una charla informal en el hall del hotel sobre los pueblos que han habitado la zona. Un final cultural para un día intenso y bien aprovechado. Siria promete. Mañana nos espera un día de gran interés y muchos kilómetros.

Siria y Jordania: impresiones de un viaje 2.- Camino de Damasco (9 de abril)

Nuestra jornada se inicia muy pronto, a las 3’30 de la mañana. La cita es a las 4’30 en Estella. Allí hemos quedado citados parte de los componentes del grupo que iniciamos viaje a Siria y Jordania. Los desvelos de Rosa y Nicanor, además de Francisco Donázar, han hecho posible, un año más, que los antiguos alumnos del Verbo Divino se reúnan y viajen juntos. Tras recoger al resto del grupo en Pamplona, iniciamos viaje a Barcelona. Escribo estas primeras líneas en medio de una emoción apenas contenida. Hemos atravesado Cerdeña y la Península Itálica por Calabria, -un recuerdo para los muertos, heridos y damnificados del terremoto de L´Aquila- y nos hemos adentrado en unos mares, aunque surcados desde el cielo, muy queridos para mí.

Es la primera vez que veo desde el aire las islas jonias –Corfú, Cefalonia, Zakintos-, atravieso el Peloponeso, he surcado las Cícladas entre nombres tan emblemáticos como Paros, Naxos, Milos, y ahora me encuentro sobre Kárpatos, entre Rodas y Creta. Los “dulces caminos del mar” de los que hablaba Homero, el Mare Nostrum romano, vistos desde aquí son, efectivamente, poco más que un lago interior.

Llevo unos minutos expectante, porque las costas de Palestina, el Israel actual, están a punto de aparecer bajo la ventanilla del avión de las líneas aéreas jordanas. No olvido que es Jueves Santo y que durante muchos años de mi vida esta tarde la he pasado casi siempre en el monasterio de Alloz, asistiendo a la celebración de la Cena del Señor.

¡Y aquí está! Hoy, en el día del amor fraterno, llego a la tierra de Jesús de Nazaret, un profeta que supuso un antes y un después en la historia de la humanidad. Un oscuro nazareno que, todavía hoy, remueve las conciencias de millones de personas en el mundo y suscita una esperanza cierta en el destino del hombre, más allá de sí mismo y más cerca de Dios. Y todo ello, aunque su tierra siga desangrándose entre odios y peleas fratricidas. Sobrevolamos Israel a la altura de la Samaria y la Judea bíblicas y nos internamos en la Cisjordania, el corazón de un hipotético y deseado Estado palestino que tarda demasiado en llegar. Y de allí, en cuestión de minutos, porque aquí las dimensiones son muy reducidas, estamos ya en Ammán, capital del reino hachemita de Jordania, escala de nuestro destino final a Damasco.

Un esplendoroso pasado

Aunque con algunas dificultades de interpretación, los historiadores están básicamente de acuerdo en que la revolución neolítica y las formas de vida que constituyen la raíz de nuestra civilización nacieron en el llamado “Creciente fértil”, el espacio geográfico situado entre las cuencas del Tigres y Eúfrates, y el Nilo. Esos territorios, verdadera encrucijada de pueblos y culturas, están hoy ocupados por países muy diversos en su extensión, su desarrollo económico y social, y su sistema político. Siria y Jordania son dos de ellos.

De forma algo imprevista, resultado a medias del azar y de la amistad con algunos de sus componentes, he tenido la oportunidad de formar parte de un viaje que los antiguos alumnos del Verbo Divino realizan todos los años y que, en esta ocasión, nos ha llevado a ambos países en la pasada Semana Santa. Un viaje bien preparado, intenso, eminentemente cultural, que ha colmado todas mis expectativas. Vaya desde aquí mi agradecimiento a los organizadores y mi reconocimiento a un grupo amigable y solidario que facilitó las relaciones humanas, especialmente complejas en coyunturas como la presente.

La Siria que nos transmiten las agencias internacionales podríamos resumirla así: antigua en lo histórico, rica en lo artístico, desértica en lo geográfico, poco desarrollada en lo económico y totalitaria en lo político. Pues bien, en cinco días, esta Siria tópica ha adquirido matices nuevos y se ha enriquecido con otras visiones. Pocos países poseen un estrato histórico tan potente y rotundo. Fue el punto de cruce de los enfrentamientos expansionistas de las primeras potencias de la historia; el eje entre Oriente y Occidente con la expansión de las culturas griega y romana; el epicentro de la conquista árabe con los califas Omeyas; el espacio vinculado durante siglos al imperio otomano; y, tras la sujeción a los intereses occidentales, el país orgulloso y aislado desde su independencia.

Esta historia rica y compleja se manifiesta, de forma especial, en el arte. Imposible enumerar lo visto, pero nunca olvidaré algunas obras maestras: las estatuas de Mari, las ciudades helenísticas de Palmira y Apamea, el teatro romano de Bosra, la sinagoga de Dura Europos, el santuario bizantino de San Simeón Estilita, la mezquita omeya de Damasco, o la imponente fortaleza gótica del Krak de los Caballeros.

La geografía fue también otra agradable sorpresa. Siria no es estrictamente desértica. Además de poseer una zona, la próxima al Mediterráneo, de tierra roja y feraz, bien regada por el Orontes y sus afluentes, el resto es estepa, más que desierto, y allí donde hay agua, surge un mancha verde y cultivos mediterráneos.

Lamentablemente, el país no pasa por sus mejores momentos. Articulado en una sociedad disforme y muy diferenciada, donde la huella musulmana es viva y patente, en el territorio conviven la penuria y la escasez, -la miseria y la mendicidad no las vimos- con los barrios opulentos de Damasco y Alepo. Y todo ello articulado en un sistema totalitario y corrupto, donde el culto a la personalidad del joven jefe del Estado, Bachir el Asad, resulta tan omnipresente como antipático.

Jordania, país más desarrollado y occidentalizado, tiene indudables encantos: los paisajes bíblicos en torno al Monte Nebo, el Jordán y el Mar Muerto; joyas como Petra o Gerasa; o espacios naturales emblemáticos como el desierto de Wadi Rum, de impresionante belleza. Pero puestos a elegir, me quedo con Siria. Pocos países presentan tanta densidad humana, histórica y artística.

El viaje es muy recomendable, y la seguridad está garantizada. Aunque no me atrevo a proclamarlo alto, debido a la crisis, les animo a explorarlo. El cuerpo volverá cansado, pero el espíritu vendrá, se lo aseguro, renovado y rejuvenecido.

 

Diario de Navarra 23/4/2009