El cardenal Tarancón

Esta semana, casi por casualidad, tuve la oportunidad de seguir la miniserie que televisión española dedicó al cardenal Tarancón. La seguí junto con mis dos hijos y tuve la oportunidad de comentar con ellos determinados acontecimientos de la historia contemporánea de España, vividos en propia carne. La serie tiene virtudes indudables. No es la menor los actores que encarnan al cardenal, Roger Coma y el gran José Sancho, que componen un personaje humano y creíble.

Tarancón personificó para muchos de nosotros la encarnación de una iglesia que necesitaba renovarse y ayudar en la dura tarea de la transición. Es verdad que no todas las trayectorias fueron tan ejemplares como la suya, pero su figura representó el esfuerzo de la institución por la ruptura serena con el nacionalcatolicismo y la inserción en un sistema democrático basado, entre otras cosas, en una nítida separación entre la Iglesia y el Estado. Su inteligencia, su audacia, su osadía incluso, le hicieron objeto de los ataques de los sectores más reaccionarios. Su actividad no fue fácil. Excesivo para unos, tibio par otros, Tarancón supo bandearse y no zozobrar y conducir la Iglesia española en una etapa de especial dificultad.

La serie presenta el lado más público y laico de la trayectoria del obispo y cardenal. Poco o no nada se dice de su trayectoria religiosa y de su rico mundo interior. Pero no debemos olvidar que, aunque encarnó como nadie la figura de un príncipe de la Iglesia, fue a lo largo de toda su vida un prelado católico y tuvo como misión cuidar de la grey que le había sido confiada.

Escribo estas líneas en la tarde del 31 de diciembre, cuando todavía recordamos los ecos de la  JMJ celebrada este agosto en Madrid, y sin apagarse los ecos de la Misa de las Familias celebrada por Rouco y otros 30 obispos ayer en la plaza de Colón. ¿Es necesaria tamaña manifestación? Da la sensación de que la mayor parte de la jerarquía de la iglesia española no encuentra el espacio adecuado en la secularizada España y añora los tiempos de una iglesia triunfante que difícilmente volverá.

La serie me resultó personalmente gratificante y me hizo revivir momentos inolvidables. Es un ejemplo de lo que una televisión pública puede y debe hacer en favor de la educación y la cultura ciudadana. Frente al lodazal imperante, un espacio limpio y tonificante.

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El Hermitage en El Prado

En agosto de 1991, año de la desintegración de la URSS, tuve la oportunidad de visitar San Petersburgo. Pese a ser entonces una urbe desabastecida y ruinosa, en la que aún no había aparecido ni un solo anuncio de neón, pocas ciudades me han impresionado tanto como la capital fundada por Pedro el Grande en 1703. Todo me sonaba a familiar y distinto a la vez: la fortaleza de Pedro y Pablo, las avenidas, palacios y canales, las grandes iglesias en fase inicial de restauración, los palacios de verano de los zares. Pero hay una silueta que sobresale sobre todas las demás y que permanecerá en mi retina para siempre: la perspectiva del Hermitage emergiendo a las orillas del Neva, invadido por una luz difusa y cenital.

El Hermitage es, sin duda, uno de los grandes museos del mundo. El que yo conocí era ingente, polifacético, desmesurado, multiforme, sorprendente y destartalado en medio de su impresionante grandeza. Hoy, al igual que las otras grandes instituciones, está inmerso en un proceso de renovación permanente, que lo ha dotado de más coherencia, equilibrio y proyección internacional.

Con motivo del año dual España-Rusia, nuestro país presentó “El Prado en el Hermitage”, una selecta exposición con fondos procedentes de nuestro museo por antonomasia, que se ha convertido en la de mayor éxito de público en la historia de la ciudad, con más de 600.000 visitantes. El intercambio no le ha ido a la zaga. La exposición “El Hermitage en el Prado”  muestra, a través de ciento veinte obras divididas en diez secciones, la enorme variedad y riqueza de las colecciones del museo ruso. Las dos primeras están dedicadas a los zares, San Petersburgo y el Hermitage. Tienen, sin duda, más interés histórico que artístico propiamente dicho.  La tercera y la cuarta son especialmente suntuosas. Están dedicadas al ajuar en oro de los nómadas de Eurasia y el mundo griego. Constituyen un selecto conjunto de piezas del primer milenio antes de Cristo, inhabituales en museos de nuestras latitudes. La quinta es, a mi juicio, una de las estrellas de la exposición. Bajo el título de “Pintura, escultura y dibujos” se reúnen una extraordinaria colección de pintura flamenca y holandesa (Rubens, Van Dyck, Rembrandt y Hals), italiana (Tiziano y Caravaggio), española (Velázquez, El Greco y Ribera) y francesa (Poussin, Le Nain y Boucher). Solo lo seleccionado, una pequeñísima parte de lo contenido,  haría ya del Hermitage una de las grandes pinacotecas del mundo. Las tres secciones siguientes pretenden reflejar el lujo oriental y el refinamiento europeo de la corte de los zares; la pintura y escultura del barroco tardío y el neoclasicismo, contemporáneos del conjunto arquitectónico del palacio; y las artes decorativas de los siglos XVIII y XIX, con una colección de joyas y ajuares sin parangón en otras cortes europeas. Las dos últimas secciones, otra de las joyas de la exposición, están dedicadas a la pintura de los siglos XIX y XX: Friedich, Ingres, Monet, Gauguin, Cezánne, Picasso, Matisse y Malévich, entre otros.

En definitiva, una exposición sobresaliente, bien hilvanada y estructurada,  que justifica por si misma el viaje a la capital de España y permite admirar algunos de los fondos de los inmensos tesoros del museo ruso.

Permítanme algunos consejos prácticos. Tienen todavía casi tres meses, hasta el 25 de marzo, para poder visitarla. Pasados los agobios de los  puentes y de las fechas navideñas, no cabe esperar especiales aglomeraciones. Pero, caso de que existan, las primeras horas de la mañana  y las centrales del día siempre presentan menos visitantes.   Si son ustedes aficionados al arte, les recomiendo la entrada general al museo y la guía del Prado, en paquete conjunto, por 19,50 euros.  Y si ustedes no pueden o no quieren desplazarse, siempre les queda la web del Prado. Les garantizo que pasarán un rato muy agradable.

Diario de Navarra, 29/12/2011

Un justa y tardía reparación

El Parlamento de Navarra acogió el pasado jueves, 15 de diciembre, el acto de entrega de la Declaración de reparación y reconocimiento personal en favor de 69 personas de la Asociación de Familiares de Fusilados y Desaparecidos de Navarra que padecieron violencia o persecución durante la Guerra Civil y la Dictadura. El presidente de la institución, Alberto Catalán, abrió una sesión llena de emociones. No es baladí que UPN, reticente durante tantos años a sumarse a un consenso general en favor de las víctimas de la dictadura franquista, haya dado al fin el paso y haya presidido, en la persona del máximo representante  del legislativo, el acto.

Olga Alcega, presidenta de la AFFNA, y verdadera artífice del acto por su tesón, su trabajo y su empuje, señaló la importancia del evento: “Hoy es un día muy importante, porque a partir de ahora vais a poder decir alto y claro, y demostrarlo con un documento oficial, que vuestro familiar padeció persecución y violencia por razones políticas e ideológicas, y fue ejecutado”. Este es, a juicio de Alcega, el tercer hito de un proyecto en el que ocupan lugar relevante la resolución aprobada por el Parlamento de Navarra en 2003 y la inauguración del Parque de la Memoria en Sartaguda. Su emotivo discurso se cerró con las siguientes palabras: “En recuerdo de los 3.402 navarros asesinados, nunca más y para nadie aquellos horrores”.

Sin ánimo de abrir heridas, sino de cerrarlas, Josefina Lamberto, Ricardo Mula, Juan Jiménez, José Sampedro, Roberto Rocafort y Áurea Jaso, familiares de algunos de los homenajeados, subieron al estrado para glosar la memoria de sus allegados. Sin rencor, con entereza y dignidad, proclamaron “que los muertos tienen vivos y los vivos memoria”.

Tras el reparto de credenciales, una verdadera procesión cívica en la que los familiares recibieron  la acreditación oficial y el calor de los presentes, en medio de una emoción que se palpaba y se expresaba en aplausos y lágrimas, el ministro de la Presidencia, Ramón Jáuregui, llegado expresamente a Pamplona para el acto en un paréntesis del traspaso de poderes, emocionado él mismo, pidió perdón por la tardanza y reivindicó la memoria de la justicia y de la verdad.

El acto, cuyo acompañamiento musical corrió a cargo de un cuarteto de cuerda,  terminó con un aurresku.

¿A quién puede molestar un acto nacido de la justicia y que tiene por misión cerrar heridas y enterrar dignamente a los muertos? El Parlamento, casa de todos los navarros, fue el lugar apropiado para una celebración sobria y cálida. Sería deseable que el nuevo Gobierno de España continúe con la aplicación de la Ley de Memoria Histórica y no pretenda desandar lo andado. En todo caso, la elaboración en marcha del mapa de fosas por parte del Gobierno de Navarra, será un nuevo paso más en el objetivo perseguido por casi todos: que los muertos dejen de estar en las cunetas y reciban una sepultura digna. No es mucho pedir,  75 años después.

La Ciudad de la Música

En la historia de la enseñanza reglada de la música en Navarra hay ya algunas fechas que constituyen hitos insoslayables. La primera es el año 1858, fecha en la que nace la Escuela o Academia Municipal de Música de Pamplona, bajo la dirección de Mariano García. La segunda, el año 1956, fecha en la que la Diputación Foral creó el Conservatorio Navarro de Música Pablo Sarasate y nombró director del mismo al eminente músico tudelano Fernando Remacha. En 1963 tuvo lugar la inauguración de la nueva sede en la calle Aoiz, obra del arquitecto Javier García Mercadal. Fue el primer edificio de España concebido y destinado específicamente para la formación musical. Durante más de dos décadas, el conservatorio Pablo Sarasate fue referencia nacional en instalaciones y docencia. Las palabras de la reconocida pianista aragonesa Pilar Bayona, no dejan lugar a dudas: “es el mejor conservatorio de España” y “con el Instituto Musical que dirige en Alicante Oscar Esplá, los dos centros más importantes que existen ahora en nuestro país, por el carácter que han sabido imprimir a la enseñanza”.

Pese al esfuerzo de profesorado y alumnado, y la creación de los conservatorios profesional y superior, la degradación e insuficiencia del centro hacía imprescindible una nueva sede para las renovadas enseñanzas, y tras insistentes demandas, acompañadas de sonoras protestas en determinadas ocasiones, la justa y persistente petición se ha convertido en realidad. Ayer se inauguró oficialmente un nuevo centro, que había comenzado ya sus actividades el pasado septiembre. Con el nombre de Ciudad de la Música, el barrio de Mendebaldea acoge un complejo arquitectónico compuesto por los conservatorios profesional y superior, que comparten dotaciones comunes como el auditorio o la biblioteca. Los principales espacios están dedicados a los más eminentes músicos navarros de la historia y la biblioteca llevará el nombre de Fernando Pérez Ollo, periodista, hombre de letras y crítico musical, recientemente fallecido.

El conjunto arquitectónico, obra del estudio TYM asociados, es hermoso, cuajado en su estructura formal, interiormente cálido, bien estructurado e insonorizado, y generoso en espacios. Algunas cifras hablan por sí solas de la magnitud del proyecto: 17.213 metros cuadrados de superficie construida, 185 aulas acústicas independientes, 22,4 millones de euros de inversión, 803 alumnos y 144 profesores. En definitiva, un edificio que, como la cercana biblioteca general, fue proyectado en época de abundancia y que deberá ser gestionado en periodo de escasez. Ese es uno de sus retos, pero no el más importante.

Resuelto de forma satisfactoria el continente, queda por abordar el contenido. Se ha optado por la discutible fórmula del funcionariado y, en consecuencia, la calidad del profesorado es elemento esencial de su futuro. Un profesorado que, además de bueno y en la medida de lo posible excelente, deberá ser estable. Y hoy las cifras de interinidad superan el 70%. Junto al profesorado, es preciso abordar con rigor y seriedad los planes de estudio, más propios del pasado que del presente y el futuro. Un conservatorio del siglo XXI deberá ser necesariamente flexible, dúctil, abierto a las nuevas tecnologías, insertado en la sociedad a la que sirve y con todos sus medios al servicio de la educación y la cultura de Navarra. Esperemos que el auditorio, espléndido y lleno de posibilidades, no corra la misma suerte que la sala de cámara de Baluarte, mortecina e infrautilizada.

El reto asumido es complejo y caro, dado que la enseñanza de la música exige grupos muy reducidos de alumnos y no llega en el mejor  momento económico. Pero habrá que hacerle frente. Tampoco era fácil la apuesta de 1963 y fue un éxito contrastado. Solo cabe desear convicción en la administración, acierto en el profesorado y empuje en el  alumnado. Que la inspiración les encuentre a todos trabajando.

Diario de Navarra, 14/12/2011

La Ley del Euskera cumple 25 años

Ayer, 2 de diciembre, en la sección “Diario en el recuerdo” de Diario de Navarra aparecía la siguiente noticia: “El Parlamento de Navarra aprobó la Ley Foral del Vascuence con el respaldo de los 29 votos del PSOE, Moderados, Coalición Popular y Grupo Mixto. Con este apoyo se rebasó la exigencia de la mayoría absoluta que tenía aparejada esta Ley al estar citada en la LORAFNA. En la votación final se abstuvieron los once parlamentarios de UPN y votaron en contra los tres representantes de EA”.

En este breve párrafo se condensan muchas horas de trabajo, debate y consenso, que caracterizaron la primera legislatura socialista entre los años 1984-87. En materia educativa, cuya responsabilidad tuve el honor de encabezar, tres fueron los grandes objetivos con los que nos presentamos a las elecciones: asumir las transferencias en materia de educación, aprobar la Ley del Vascuence y poner en marcha la Universidad Pública de Navarra.El primero se retrasó por por intereses económico-políticos, pero las otras dos fueron una afortunada realidad.

La ley se discutió y se pactó con todos los partidos, incluidos los nacionalistas de EA, interlocutores preferentes en este ámbito. Al final, la necesidad de consenso y la peculiar fragmentación de la Cámara navarra hicieron posible lo que al comienzo del proceso no era nada fácil: obtener más de 26 votos, la mayoría absoluta, y sacarla adelante con holgura. Soprende saber que los apoyos fundamentales llegaron del grupo Moderado de Pegenaute y Monge, y de la Coalición Popular de Del Burgo. UPN nunca estuvo por la labor, aunque no se opusiera radicalmente. Y el voto de EA fue básicamente táctico. Si hubiera sido necesario, estoy convencido que, como mal menor, hubiesen votado a favor.

El balance, en mi opinión, en claramente positivo. El desarrollo alcanzado en estos veinticinco años, sobre todo en el ámbito educativo es indudable y dificilmente discutible. Otra cosa es que a determinados sectores siga pareciendo insuficiente. Pero la enseñanza en vascuence y del vascuence es una realidad asentada en la Comunidad. Por cierto, la expresión “vascuence” no tiene ninguna connotación negativa. La pactamos con José María Satrústegui, referente euskaldún y miembro de la Academia de la Lengua Vasca.

En esta mañana del 3 de diciembre, día de Navarra, recuerdo aquellos apasionados días en los que casi todo estaba fraguándose. Y me ratifico en la grandeza de la actividad política, honestamente desarrollada. Resolver los problemas y fomentar una sana convivencia son, hoy como ayer, los retos de quienes nos dedicamos a este noble arte.

Una merecida medalla

Navarra es una Comunidad prolífica en reconocimientos. Unos proceden del ámbito institucional y otros de la sociedad civil. Entre los primeros, el de más alto rango es la Medalla de Oro de Navarra, “destinada a premiar a las personas, instituciones, entidades o colectivos cuyos méritos en la defensa, promoción o fomento de los intereses de Navarra resulten estimados por el conjunto de la sociedad”. Este año 2011, el galardón les ha sido concedido a las Asociaciones de Amigos del Camino de Santiago, que recogerán la distinción el próximo día 3 de diciembre. Afortunadamente para mí, nací en una rúa jacobea. Uno de mis recuerdos de niñez lo constituye, todavía sin terminar la década de los cincuenta, un curioso personaje, entre mendigo y titiritero, al que los niños del barrio acompañamos calle abajo entre risas y sorpresas: era un peregrino. Cincuenta años después, visito todas las semanas este mismo lugar en el que todavía vive mi madre. Y la mirada y la conversación giran inevitablemente sobre la riada de peregrinos que a pie, en bici o por otros medios; jóvenes, maduros o ya mayores; cargados con mochilas o ligeros de ropa; con buen aspecto o literalmente doblados; y procedentes de los cinco continentes, preguntan diariamente por los albergues, las tiendas o la iglesia, en un final de etapa que ya previó en el siglo XII Aymeric Picaud en el Códice Calixtino.

¿Qué ha sucedido entre estas dos imágenes? Algo tan simple y complejo a la vez como lo siguiente: que el Camino de Santiago,  iniciado en los siglos VIII y IX, ascendente en las dos centurias siguientes, en su cénit en los siglos XII y XIII, todavía pujante en el XIV y en el XV, progresivamente descendente en los siglos XVI, XVII y XVIII, claramente decadente en el siglo XIX y primera mitad del XX, ha conocido a partir de entonces una inflexión extraordinaria y se ha recuperado.

Esta trayectoria ha sido posible gracias al impulso cada vez más coordinado de instituciones civiles, religiosas y sociales y a la acción pionera de personas individuales y asociaciones. En 1962, año en que los peregrinos eran una rara excepción en el paisaje navarro, se crea en Estella la Asociación de Amigos del Camino de Santiago. Su lema “Camino de Santiago, Camino de Europa” fue, además de un acierto, una feliz premonición. A partir de ese año, los hitos se suceden sin interrupción. En 1987, el Consejo de Europa instituye el Camino de Santiago como Itinerario Cultural Europeo. El mismo año se crea la Asociación de Amigos del Camino de Santiago de Navarra, y en 1993 el Camino es declarado Patrimonio de la Humanidad. A estas dos siguieron, al calor de los años jubilares, las Asociaciones de Baztán, la Ribera y Los Arcos, hasta completar las cinco existentes en este momento.

El balance, a finales de 2011, es razonablemente satisfactorio. La continuidad de los programas, no sometidos a los cambiantes vaivenes políticos, la importancia de las cuantías anuales previstas en los presupuestos, la más que correcta relación de las instituciones civiles, eclesiásticas y sociales, la implicación de quienes viven a la vera del Camino y el aliento de las Asociaciones de Amigos existentes, han hecho posible que Navarra ocupe un destacado papel, hasta el punto de ser señalada como la región española que, en conjunto, presenta un desarrollo más global y completo del fenómeno jacobeo.

Las Asociaciones recorren el Camino, cuidan albergues y fomentan la ruta.  Y además de su ejemplo, nos dan otra lección. En un mundo en crisis, ellas no la conocen. Son instituciones sin ánimo de lucro, se basan en el voluntariado y sirven a la Comunidad. Valores todos en alza, en un mundo monetarizado, que necesariamente debemos alentar y ensalzar. Enhorabuena a todos sus miembros, los que han sido y los que son, entre los cuales tengo el honor de encontrarme.

Diario de Navarra, 1/12/2011