Viaje a Sicilia. Una noche en la época (VIII)

Nuestro día no terminó con la llegada a Palermo. Procuro, siempre que viajo a una ciudad, estar atento a la actualidad musical o teatral que se ofrezca. He tenido a lo largo de los años la oportunidad de escuchar buenos conciertos en Praga, Berlín o Budapest a un precio relativamente asequible. De ahí que, nada más llegar a Sicilia, comprobé el programa del teatro Massimo y vi la posibilidad de asistir a una de las óperas de la temporada que se iniciaba esos días. Tras intensas gestiones que demostraron la constancia y profesionalidad de Laura y la desidia de los responsables del teatro, conseguimos entradas no para el estreno, pero sí para el 26, jueves.

Llegamos al hotel, nos cambiamos de ropa, nos pusimos nuestras mejores galas, que no eran muchas, y salimos hacia el teatro. El Teatro Massimo de Palermo es el mayor de los teatros de ópera de Italia y el tercero más grande de Europa. Se inauguró con el Falstaff de Verdi en 1897.

Los exteriores del teatro, siguiendo la moda neoclásica de utilizar arquitectura antigua, presenta una pronaos corintia hexástila elevada sobre una monumental escalera. A los laterales de ésta se encuentran dos leones de bronce con alegorías de la Tragedia y la Lírica. Sobre las seis columnas se puede leer “L’Arte rinnova i popoli e ne rivela la vita”: “el arte renueva los pueblos, y en ellos revela la vida”. Existen varias teorías sobre la paternidad de esta frase, sin llegar a existir consenso. En lo alto del edificio se construyó una enorme cúpula semiesférica. El esqueleto de la cúpula es una estructura metálica reticular que se apoya sobre un sistema de rodillos que permiten los movimientos provocados por los cambios de temperatura.

La simetría alrededor del eje de ingreso, la repetición constante de ciertos elementos (columnas, ventanas en arco, etc.) y la decoración rigurosamente compuesta definen una estructura espacial simple y una volumetría clara, armónica y geométrica, de inspiración griega y romana. Las referencias formales en este edificio son, además de teatros antiguos, construcciones religiosas y públicas romanas como el templo, la basílica civil y las termas. El interior, magníficamente decorado, dispone de alrededor de tres mil quinientos asientos. El Teatro Massimo reabrió sus puertas el 12 de mayo de 1997, tras un largo periodo de abandono.

Las últimas escenas de El Padrino III se rodaron precisamente en la escalinata del teatro.

La ópera programada era Macbeth, obra en cuatro actos y diez cuadros con música de Giuseppe Verdi, estrenada en el Teatro de la Pergola de Florencia el 14 de marzo de 1847. El libreto está basado en la tragedia homónima de Shakespeare. Fue la décima ópera de Verdi y también la primera de las obras de Shakespeare que adaptó a la escena operística.

Creo que para casi todos los asistentes del grupo importaba menos la calidad musical que la oportunidad de asistir a un espectáculo en vivo en un gran teatro de ópera italiano. Desde las gradas más altas donde estábamos situados, el espectáculo era imponente: un grandioso escenario, un patio de butacas con una aparatosa lámpara colgante y una innumerable serie de palcos superpuestos en cinco pisos, que componían en sí mismos una hermosa coreografía. Digamos como referencia, que el teatro Gayarre, también italiano en su concepción, tiene capacidad para 900 espectadores.

Y si interesante fue la función, con una coreografía muy sucinta pero de gran plasticidad, tanto o más interesante resultó el recorrido por el hall y los distintos pisos durante el entreacto. Allí, junto al busto de Verdi y una maqueta del teatro, María Luisa tuvo la oportunidad de fotografiarse con un elegante señor tocado con traje y sombrero que no tuvo ningún inconveniente en posar con una señora más bastante más joven que él como recuerdo de nuestra visita.

Fue, sin duda ninguna, un digno final para un viaje que nos ofreció lo mejor de una isla que lo tiene casi todo.

 

Viaje a Sicilia. Del Jónico al Tirreno (VII)

El día se inicia de muy primera hora, ya que a las 7,30 estamos en ruta. Son muchos los kilómetros que nos separan de Palermo y debemos llegar de buena hora, porque Verdi nos espera.

Desandamos el camino transitado el día anterior, todo a pie del Etna, con la ventaja añadida de que el gigante hoy se nos muestra casi al completo. Y la vista no deja de ser sorprendente. El mar, con sus irisaciones plateadas al fondo; tras la ciudad y sus urbanizaciones, que se han apoderado de toda la costa, los feraces campos de cultivo mediterráneos con los naranjos como elemento dominante; y a los pies del Etna, una serie de pueblos que conviven con un volcán que de vez en cuando asusta, pero da más de lo que perjudica: tierra buena, turismo en alza y fuente de riqueza. Hoy la cumbre está nevada y presenta una vista de postal.

La autopista serpentea la costa, horadada por túneles y con numerosos viaductos. Es una lástima que una obra de infraestructura tan costosa tenga un mantenimiento tan deplorable: Firme en malas condiciones, continuos cierres de carriles y obras interminables en marcha. Enzo nos ratifica que nunca la ha conocido sin obras.

Tras pasar por Taormina, divisamos en lo alto Calatabiano, uno de los lugares inmortalizados por Andrea Camilieri y el comisario Montalbano. Al fondo, los montes Peloritani dejan entrever pueblos encaramados a la montaña, esa Sicilia rural que nunca visitamos, hermosa en su decrepitud y que tanto nos recuerda a nuestra España rural. Una gran iglesia normalmente barroca dedicada a la Virgen, una serie de casas en laderas, muchas personas mayores, escasos jóvenes que se han ido a la ciudad y al norte en busca de mejores condiciones de vida, y ausencia casi absoluta de niños. En mis tiempos universitarios, cuando pasé tres veranos en Ginebra allegando recursos para el curso siguiente y practicar el francés, uno de mis compañeros de trabajo era un joven de Trapani. ¿Qué habrá sido de él? ¿A dónde le habrá conducido la vida?

Nos acercamos a Messina, la punta nororiental de la isla, donde solo tres kilómetros la separan de Calabria y la punta de la bota de la Italia peninsular. Cien veces azotada por los terremotos y cien veces reconstruida, Messina espera pacientemente la construcción del puente atirantado sin pilares más grande del mundo. ¿No sería mejor con ese dinero mejorar radicalmente las infraestructuras de la isla para facilitar un desarrollo equilibrado y sostenido? Esas y otras reflexiones nos desgrana Laura, nuestra guía siciliana, que ama profundamente su tierra y la conoce como la palma de su mano.

El enclave, pese a estar marcado por viaductos y urbanizaciones de escasa calidad, es de una gran belleza. No sorprende que la mitología griega situara aquí a Scila y Caribdis, porque las corrientes del estrecho hacían muy peligrosa la navegación por estas aguas, cosa que ahora, con los grandes ferris, no plantean gran dificultad. Su posición estratégica convierte a Messina en el segundo puerto de Sicilia, tras Palermo.

Y del Jónico, el mar griego por excelencia, al Tirreno, que nos vincula ya más directamente al mundo romano. Continuamos por la autopista, igualmente desvencijada, hasta llegar a a Milazzo, con fortaleza española y salida de los barcos hacia las islas Eolias, conocidas sobre todo por su actividad volcánica y hoy dedicadas al turismo de calidad. Vulcano, Lípari y Strómboli son las más conocidas.

Allá arriba, casi colgando como balcón sobre el mar, se alza Tyndaris, la ciudad griega y sus restos arqueológicos. Junto a ellos se levanta el santuario más popular de toda Sicilia. Una Virgen negra procedente de Oriente de origen bizantino, del tipo Monserrat, es la patrona del santuario. Se celebra una gran romería el 8 de septiembre, festividad de la Natividad de la Virgen María y día mariano por excelencia junto con el 15 de agosto. El santuario está reedificado muy recientemente, sin especial interés artístico, pero digno y respetuoso con las formas de la tradición siciliana. Hay celebración litúrgica, cánticos incluidos. Pero son solo cuatro fieles los que asisten un 26 de enero a la misa de las 11 horas. Las vistas sobre el Tirreno, las islas Eolias, los montes Peloritani, la Rocca di Novara y el golfo de Patti y sus pequeños lagos es especialmente hermosa.

Tras la parada y la visita, de nuevo al autobús hacia Cefalú, siempre a la orilla del mar, entre túneles y viaductos. Divisamos otro de los parques naturales de la isla, los montes Nebradi y, poco a poco, nos acercamos a Cefalú, la principal visita artística del día.

Cefalú nos retrotrae de nuevo a la edad media y la época normanda, con la ventaja añadida de que el enclave y el urbanismo no han perdido el encanto de antaño. En el interior de la catedral realizamos una pequeña síntesis de todo lo visto, dado que es el último edificio que visitamos. La catedral contiene restos griegos en las columnas monolíticas reaprovechadas; el edificio responde al mejor momento árabe-normando del siglo XII, con el espectacular Pantocrator del ábside; y el barroco siciliano está presente en el crucero y en detalles del conjunto. Un buen ejemplo de convivencia de estilos y del esplendor del arte en esta isla privilegiada.

Un restaurante junto al puerto nos permite apreciar una buena cocina marinera. Mejillones con tomate y un pescado muy agradable son los ingredientes de la comida en un espacio que mira al mar.

El tramo hasta Palermo nos depara la sorpresa de que nuestro chófer, Enzo, debe comenzar mañana otro servicio y debe dejarnos. Adelanto la despedida prevista para la noche y agradezco en nombre del grupo la labor siempre ingrata y no demasiado valorada del chófer. Un viaje es el resultado de muchos elementos que deben estar bien coordinados: un buen destino, una buena preparación, una buena organización, un tiempo aceptable, una buena guía y un buen chófer, entre otros. Enzo ha demostrado profesionalidad, amabilidad y buen trato, y ha respondido en condiciones extremas. El día de Érice puso a prueba todas estas cualidades. Y Laura también ha demostrado conocimiento, saber hacer, disponibilidad y buena mano. A ella debemos, en buena medida, la sorpresa que nos deparará esta tarde la ópera.

 

Viaje a Sicilia. Los dominios del Etna (VI)

La pretensión inicial de subir al Etna quedó truncada con el parte meteorológico de la mañana. Había nieve, las carreteras estaban cortadas y no era posible acceder hasta arriba. Pero un buen viaje siempre tiene que tener un Plan B, incluso un C. Y Enzo y Laura tenían previsto acceder hasta la colada lávica más próxima para poder contemplar un fenómeno que siempre impresiona: una lengua de fuego solidificada, en medio de un paisaje todavía con vegetación de montaña. Tras la última erupción importante, que a punto estuvo de llegar al pueblo donde nos encontrábamos, ya que la lava se detuvo a las puertas del mismo, los feligreses devotos de la Virgen, que son muchos en Sicilia, levantaron una imagen sobre bloques de basalto, un altar y un espacio acotado en el que consta el “milagro” acaecido.

Tras descender de la colada lávica, tras un sinnúmero de fotos, hacemos parada en uno de los muchos pueblos de la ladera del Etna. Un pueblo hermoso, turístico, bien mantenido y con un espectacular mirador sobre el mar y la costa que va de Catania a Taormina. En Zafferana Etnea tomamos café y paseamos por el pequeño centro urbano.

El viaje hasta Taormina es especialmente deslumbrante. Al fondo siempre el mar, como telón de fondo con todo tipo de irisaciones y colores en función del impacto del sol sobre las aguas. La autopista discurre entre terrenos agrícolas dedicados al cultivo mediterráneo: naranjos, limoneros, viñas y chumberas son los elementos dominantes. De vez en cuando, aparecen estancias exentas pintadas de color almagre, rodeadas de parras, pérgolas y cipreses que me recuerdan el bello paisaje toscano. Pero aquí hay más viveza, más color y una naturaleza más agreste; por contra, tal vez menos armonía. Además, las urbanizaciones, inexistentes hasta hace unos años, se han multiplicado y han acabado invadiendo prácticamente toda la costa. Y eso que Sicilia no posee grandes playas ni costa especialmente acondicionada para el turismo de masas.

Taormina es probablemente la población más famosa y exquisita de Sicilia. Ubicada en lo alto, afortunadamente el acceso en autobús está prohibido y unos parkings disuasorios obligan a dejar el autobús y subir en unos autobuses más pequeños habilitados al efecto. Pese a la existencia de hoteles y edificios anodinos, el casco histórico, básicamente medieval con añadidos renacentistas y barrocos, conserva buena parte de su encanto. Es enero y se puede deambular tranquilamente por la calle principal, porque en el buen tiempo es mucho más dífícil. Ni me imagino las medidas de seguridad que sufrió hace unos días, cuando tuvo lugar la reunión del G7 con presencia de Trump entre otros líderes mundiales. Por ciento, ¿le dirán algo a Trump estas piedras venerables, acostumbrado como está a viajar con la “bestia”, su coche blindado que no cabría por la puerta de entrada a la ciudad? El presidente norteamericano es un caso emblemático, pero no único, de que el poder y el dinero no necesariamente van parejos al disfrute de la cultura. Él se lo perdió, porque Taormina es única.

La población tiene dos ámbitos bien diferenciados: el teatro griego y la ciudad medieval. El enclave del teatro, inicialmente de época griega con reedificaciones romanas, está situado en la parte más alta de la población. Su ubicación es la más espectacular de cuantas conozco del mundo clásico. Las gradas nos permiten apreciar el escenario y, al fondo, otear el mar y el Etna en todas sus expresiones. Aprovechamos la ausencia de multitudes, cosa que nunca ocurre en verano, para sentarnos cómodamente en las gradas y escuchar algunos párrafos de la tragedia de Sófocles, Edipo Rey. Tras las fotos de rigor, obligadas en este enclave, descendemos hacia la ciudad medieval para la comida.

El almuerzo tiene lugar en un restaurante junto a la puerta de entrada a la ciudad vieja. Las pizzas se suceden en una especiae de menú de degustación de sabores varios, con resultados satisfactorios para casi todo el grupo.

Tras la comida podemos deambular tranquilamente por la calle principal de Taormina. Su suceden las tiendas lujosas, las pequeñas plazas, los edificios con encanto y los restaurantes con hermosas vistas. Aunque los precios son prohibitivos, las rebajas sirven de señuelo y los bolsos acompañan a algunas de nuestras compañeras de viaje en su vuelta al autobús.

De nuevo tomamos la autopista de la costa, llena de baches, calles cortadas y obras varias que impiden desarrollar una velocidad razonable. Pero eso no nos exime de seguir disfrutando del paisaje siciliano. Atravesamos un río con sabor muy mediterráneo y nombre árabe, el Alcántara, con las ramblas correspondientes a cursos intermitentes que solo se activan tras las tormentas. Y tras una hora escasa de viaje, divisamos de nuevo en el horizonte Catania.

La ciudad nos fascinó el día anterior. Tras la cena, salimos a dar una vuelta de nuevo por la vía Etnea hasta la plaza de la catedral y allí nos encontramos con una escena típica de película de la mafia. Una boda de mucho tronío y poco glamour, trajes pomposos y tacones imposibles. Pero la sorpresa es que un dron está grabando desde arriba las evoluciones de los novios en la plaza. Da un poco de corte acercarse, dado el comportamiento del grupo entre chulesco y provocativo, pero no podemos resistir la tentación. Esta también es la Italia que convive con la selecta Florencia o la exquisita y europea Milán. Un país que unas veces fascina y otras avergüenza. Lo que no admite es la indiferencia.

 

Viaje a Sicilia. La quintaesencia clásica (V)

Tras algunos problemas de intendencia, recupero el relato del viaje a Sicilia que dejé interrumpido en el mes de marzo.

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Vista del teatro griego de Siracusa

El viaje de Catania a Siracusa es un compendio de las bellezas de la isla. El mar, siempre el mar azul, a uno de los lados. Al otro lado, la mole del Etna en todas sus expresiones: entre nubes, con nieve en la cumbre, limpio o con fumarolas, según horas y condiciones meteorológicas. Y en medio, un territorio feraz, que en el tramo que nos ocupa abarca la buena agricultura mediterránea, sobre todo naranjos.

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Entrada a la Oreja de Dionisio

Siracusa es, sobre todo, la presencia griega en la isla. El primer monumento visitado es el teatro, excavado en la roca de la colina con todos los elementos perfectamente visibles. Las fotos se suceden por doquier, ¿quién puede resistirse a inmortalizar su imagen en el espacio que conoció la interpretación de tragedias griegas, comedias romanas y espectáculos variados durante ocho siglos, hasta que la prohibición a finales del Imperio Romano acabó con todo tipo de espectáculos.

En la misma cantera rocosa se encuentra otra sorpresa de la ciudad, la llamada Oreja de Dionisio, un espacio natural utilizado como cárcel en determinadas épocas. El grupo no se resiste a experimentar su sonido natural y entona una melodía tradicional que suena muy bien entre el eco y la inmensidad del espacio.

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Restos de edificios de época griega en Ortigia

De los aledaños de la ciudad griega, dejando a un lado el moderno santuario de la Virgen de las Lágrimas, pasamos a la isla de Ortigia, verdadero corazón de Siracusa. Toda ella es un monumento, pero la palma se la lleva la catedral. He ahí un ejemplo de continuidad cultural de un edificio que se levantó como templo dórico en el siglo V a.C. y que, tras las adaptaciones propias de cada etapa, ha devenido en un conjunto dórico empotrado en un hermoso cascarón barroco.

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Vista de las columnas dóricas en el exterior de la catedral de Siracusa

Las columnas dóricas, con su friso y su arquitrabe todavía visibles, articulan el exterior e interior de una manera sorprendente. La gran portada barroca añade exotismo a la construcción y una hermosa interpretación de la columna en la articulación de la fachada. La plaza de la catedral probablemente deba añadirla a ese elenco de plazas que a veces cito como especialmente representativas. Completan el conjunto el palacio arzobispal, la iglesia del fondo y una serie de palacios hoy convertidos en veladores y restaurantes.

 

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Vista de las columnas dóricas en el interior

Recorremos a pie la isla de Ortigia para buscar el restaurante para la comida, que se encuentra enclavado en una callejuela con encanto. Su nombre, Ostrería de Mariano, nos remite a los restaurantes familiares tradicionales, con un menú aceptable.

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Vista de la fachada barroca de la catedral de Siracusa

Tras la comida tenemos un rato para pasear por el entorno marítimo, particularmente hermoso. El paseo marítimo dispone de unos gigantescos ficus, que sorprenden por su porte y elegancia.

La vuelta a Catania nos sigue deparando buenos paisajes, entre ellos la perspectiva del Etna, ya con la luz cambiante del atardecer. Y a esa hora en la que el sol enciende las fachadas e ilumina torres y estatuas, llegamos a Catania, la gran urbe del sur de la isla.

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Vista de la fachada barroca de la catedral de Catania

La plaza de la catedral es el punto de encuentro. De nuevo, el barroco siciliano se hace presente, en este caso con el color oscuro de la piedra basáltica que lo caracteriza. El elefante con su columna a cuestas, emblema y símbolo de la ciudad, nos reúne junto a un espacio jovial y animado.

 

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Vista de la plaza mayor de Catania con el ayuntamiento al fondo

Pero la ciudad ofrece mucho en un espacio acotado. La tumba de su hijo más ilustre, Vincenzo Bellini, al que está dedicado también el teatro de ópera, ocupa la primera de nuestras visitas. Sus iglesias son abundantes y ricas, barrocas en su mayor parte. Sus palacios, también barrocos y que sin exagerar pueden contarse por docenas, nos hablan de su antiguo esplendor, aunque buena parte de ellos necesitan alguno más que una buena mano de pintura. Y también, como sorpresa adicional, sus fiestas religioso-festivas.

 

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Tumba de Vincenzo Bellini en la catedral de Catania

Es 24 de enero y dentro de unos días se celebrará Santa Águeda, patrona de la ciudad. La calle principal, la vía Etnea, está cortada porque una estructura a modo de baldaquino, a mitad de camino entre paso procesional y templete gastronómico, es llevada en andas por unos jóvenes entunicados que procesionan acompañados de una banda de música más profana que religiosa.

 

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Vista de la procesión cívica en honor de Santa Águeda

De nuevo la expresión religiosa mediterránea aparece en una de sus características representaciones. Es casi de noche, pero no queremos privarnos de un paseo por una de las colinas adyacentes al centro de la ciudad, dedicada a albergar los colegios y conventos masculinos y femeninos que se levantan en la urbe tras la última erupción del Etna. Da la impresión de que se ha producido una verdadera competición entre las órdenes religiosas y sus donantes para levantar el edificio más amplio y lujoso. Un reto entonces, y un reto ahora para encontrar financiación y nuevos usos a un patrimonio desbordante.

 

Catania, estoy seguro, ofrece mucho más, pero la noche se ha echado encima. Tomamos una cerveza al aire libre en una de las concurridas cafeterías de la calle principal. Es una noche fresquita pero agradable, no en vano estamos en enero.

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Exterior de uno de los conventos situados en la colina

Un día sin duda intenso, del arte clásico al barroco. En una y en otra época, Sicilia parece encontrarse como pez en el agua. Y Catania, la resurrecta nueve veces, quiere unirse a la fiesta. Nada ha podido con ella, ni la naturaleza, ni la mafia, ni la mala praxis política. El futuro no lo tiene fácil, pero con estos antecedentes uno no puede ser pesimista.

 

Viaje a Sicilia. Un sorprendente interior (IV)

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El templo de Juno, en lo alto de la colina, domina el conjunto

Tras el diluvio del día anterior, la mañana amaneció limpia, con un tenue sol todavía con escasa fuerza. La subida desde la orilla del mar hasta el Valle de los Templos nos permitió admirar y contrastar un paisaje humanizado desde hace muchos siglos. En la ladera de la colina, tras la muralla griega, se alza el Valle de los Templos, uno de los conjuntos más completos y espectaculares del mundo griego.

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Vista de la antigua muralla griega, con la llanura que llega hasta el mar

Más arriba, en lo que hoy es un espacio reservado, delimitado por dos ríos, se alzaba la ciudad de Akragas, una colina ya existente en el siglo VI a.C., y más arriba todavía, el Agrigentum romano, rodeado hoy por una muralla de cemento y edificios de una altura excesiva y anodina, que demuestran que desarrollo económico y artístico no siempre van de la mano. En el pecado llevan la penitencia, porque hoy el valle es visitado por infinidad de turistas que no pisan la ciudad a la que pertenecen.

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Hermoso ejemplar de olivo centenario, el árbol más representativo de la antigüedad clásica

El espacio arqueológico destila calma y belleza serena. El templo de Juno, situado a la entrada y ubicado en lo alto de la colina, es un hermoso ejemplar de orden dórico de comienzos del siglo V a.C., relativamente bien conservado. Hoy no es posible acceder a su interior, pero todavía son perceptibles buena parte de los elementos que lo conforman. Dado que Segesta fue visto en adversas circunstancias, para los alumnos fue la primera aproximación a la arquitectura griega que tuvieron ocasión de apreciar en buenas condiciones.

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Las hermanas Martínez de Eulate posan ante el Templo de la Concordia

En el parque se conservan olivos centenarios y hojas de acanto que crecen de forma natural. El paseo va deparando sorpresas arqueológicas: tumbas rupestres reaprovechadas en las antiguas murallas, algunas esculturas encontradas en las excavaciones, y edificios y espacios de variado signo. Todo, antes de llegar a la joya del conjunto, que es el templo de la Concordia, el más completo de los conservados y probablemente el de mayor calidad artística, también del siglo V a.C. y de orden dórico. Su conversión en iglesia cristiana permitió salvarlo de una ruina casi segura.

 

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La imagen permite apreciar la naos horadada para convertirla en un templo cristiana de tres naves, lo que permitió su excelente conservación

Con la sorpresa, además, de que la naos fue horadada con arcos de medio punto para hacer una iglesia de tres naves. Además, el polvo de mármol blanco fue arrancado, dejando al descubierto la piedra de la zona y respetando casi en su totalidad la construcción antigua. Con el sol en lo alto y ya calentando un poco más, el espacio se prestaba a casi todo: fotos, ángulos, recuerdos y evocaciones. Entre otras, la poesía de Píndaro, el poeta griego contemporáneo del propio templo, autor de la oda dedicada a Hierón de Siracusa, que en este contexto alcanza un especial interés y que tuve la oportunidad de recitar para el grupo.

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La poética y explícita imagen de este Ícaro caído, es un homenaje actual al mundo clásico

Para terminar, la visita al templo de Zeus, la enorme construcción levantada en la parte baja, dotada de muros y telamones como elementos singulares.

Eran las 11,30 cuando salíamos del parque, tres horas después de haber entrado. Tres horas en un espacio singular que nos retrotrajo a las primeras semanas del curso dedicadas a la arquitectura griega. Una buena manera, sin duda, de cerrar un círculo que nos ha dado momentos inolvidables.

Dejamos Agrigento y nos adentramos en el interior de la isla, un territorio hermoso pero menos conocido, que nos deparó paisajes y espacios de gran belleza. Vamos a Piazza Armerina, un enclave fortificado, como bien indica su nombre.

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Parte del grupo se aplica a la degustación de verduras

Aunque la población tiene un indudable encanto, nuestro objetivo es la villa romana del Casale, un complejo excepcional que reúne la colección más completa de mosaicos del mundo romano. El camino es amable, con una vegetación mediterránea y algunas sorpresas. La mayor es observar campos de chumberas preparados para la explotación comercial, sobre todo del higo. Una rareza que en esta parte de la isla todavía ocupa abundantes parcelas.

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Otra vista del grupo en la estancia de agroturismo donde tuvo lugar la comida

La comida en un restaurante de agroturismo, preparado para fiestas y eventos en un entorno idílico, es una sucesión de bocados de verduras variadas, a cada cual más sabroso. Un verdadero menú de degustación. Un aplauso final para la familia propietaria y la cocinera, cerró muy acertadamente la velada.

Eran casi las cuatro de la tarde cuando penetramos en la villa romana. Teníamos la experiencia previa de Arellano, muy modesta en dimensiones. Pero la villa del Casale pertenece a otra división. Es la villa de un auténtico potentado, declarada muy justamente Patrimonio de la Humanidad. 40 salas y 3.500 metros cuadrados avalan el formidable trabajo que allí se encierra.

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Vista parcial exterior de las instalaciones de la villa, con sus cubiertas levantadas en madera y plomo

El mosaico, verdadera pintura para la eternidad, en palabras de Ghirlandaio, tiene aquí su cumbre. En mi visita anterior hace ya más de diez años, unos modestos plásticos cubrían los fastuosos mosaicos. Hoy, afortunadamente, la cosa ha mejorado y una estructura de madera y plomo salvaguarda el conjunto. Le falta la belleza del edificio de La Olmeda en Palencia, pero los mosaicos no admiten comparación posible en cantidad. Y junto a ellos, habitaciones con estucos, patios porticados, letrinas y otros elementos permiten apreciar la vida en una lujosa casa del siglo III d.C. Pese a la estrechez de los pasillos, la vimos sin problemas, porque solo nos acompañaban un pequeño grupo de jóvenes norteamericanos, estudiantes de arquitectura.

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El espacio reservado a las letrinas nos habla del esplendor de la casa

Y de allí a  Catania, la gran urbe que da al mar Jónico, la segunda ciudad de Sicilia. Nueve veces destruida y nueve veces reconstruida, Catania tiene un casco histórico declarado Patrimonio de la Humanidad. Creada por los griegos y realzada por los romanos, la ciudad actual es en buena medida el fruto de la reconstrucción tras las erupciones y terremotos de finales del siglo XVII. Calles ortogonales, como la espectacular Via Etnea, se llenaron de palacios, conventos e iglesias edificados con la piedra negra basáltica de la región.

Esta vez no fue un palacio rehabilitado, sino un moderno edificio NH el que nos acogió. Tras la cena, un paseo nocturno nos permitió un primer contacto con la ciudad. Mucho que ver en Catania, la ciudad barroca por excelencia. Hoy apenas la hemos entrevisto, mañana tendremos tiempo para degustarla ampliamente.

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Las dimensiones y magnificencia del oecus, son fiel reflejo del carácter de la villa

 

 

 

Viaje a Sicilia. Un diluvio en tierra hostil (III)

 

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Desde el parque, entre una cortina de agua, apenas era visible el entablamento del santuario. Vista del mismo en un día claro

Tras la apoteosis de Palermo, tocaba salir a descubrir la isla. Y nada más abandonar la ciudad se desató el diluvio. La lluvia era intensa, prolongada y pertinaz. Con el agravante de que la deforestación de la isla y la inclinación del relieve hacía que las carreteras y caminos parecieran cauces incómodos con piedras y tierra arrastrada. En las tierras llanas, charcos enormes inundaban las buenas parcelas de viñas y naranjos que encontrábamos en nuestro camino hacia Segesta.

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Los alumnos no se resignaron. Empapados de agua y de belleza contemplaron el santuario que luce así en los días claros 

El santuario dórico era un hito del día. ¿Qué hacer ante esta situación? La propuesta de la guía, compartida por mí, era ver el edificio dórico desde abajo y admirar lo que la colina dejaba ver, básicamente el entablamento. Pero nada pudo con el entusiasmo de la mayor parte de los alumnos. Con material inapropiado, paraguas de circunstancias y mucho ánimo ascendieron la colina y se empaparon de agua y de belleza. Estoy seguro que los dioses tomaron buena nota de su disposición y actitud. La llamada de la belleza griega, hecha piedra excelsa en Segesta, caló su cuerpo y su espíritu.

 

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Érice nos recibió hermético, iglesia incluida, en medio de una tormenta

La incomodidad nos acompañó a lo largo del día. La humedad continuó en el camino hacia Érice, el pueblo medieval situado encima de Trápani, en el extremo occidental de la isla, a 900 metros de altura. Una ventisca azotaba la montaña de Érice al llegar a la puerta de la población. Como la iglesia mayor estaba cerrada, pese a ser domingo, tuvimos que refugiarnos en un restaurante situado al pie de la larga calle que asciende hasta la plaza y el castillo.

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La subida hacia la plaza mayor no estuvo exenta de dificultad, entre lluvia y viento

Aprovechando un momentáneo claro, subimos calle arriba buscando refugio y cobijo. Poco pudimos ver. Solo un impecable empedrado convertido en un río que dificultaba la subida. El comedor del restaurante, convertido en improvisado espacio con botas y chubasqueros junto a la chimenea, fue templando los cuerpos humedecidos. También contribuyó a ello la sopa, el couscous de pescado y el pastel del postre.

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Una paradita en lugar estratégico, hasta que escampe

La penosa subida desde Trápani, apenas entrevista entre la lluvia, se convirtió en una bajada peligrosa, pero muy hermosa en sus vistas. Los tonos del Mediterráneo, los límpidos verdes de la vegetación y las salinas próximas a Trápani ofrecían un conjunto admirable. Menos mal que Enzo, nuestro chófer, ofrecía profesionalidad, seguridad y confianza.

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Mientras unos admiran la plaza, otros buscan ansiosos el restaurante

Eso salvó una tarde aciaga en la que las tres horas largas de viaje hasta Agrigento, recorriendo la costa occidental de Sicilia, nos permitieron apreciar una tierra fértil e inundada, unos ríos desbordados y unas carreteras maltrechas.

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La chimenea y el  couscous de pescado hicieron recuperar al grupo el calor del cuerpo y del espíritu

Ya de noche llegamos a Agrigento. Tras dejar las maletas en el hotel situado a orillas del mar, junto al puerto, María Luisa y yo tuvimos la oportunidad de acercarnos a misa en una capilla situada muy cerca. La misa vespertina de la siete de la tarde fue concelebrada por dos sacerdotes jóvenes. La feligresía, no muy numerosa, la constituían personas mayores y matrimonios, algunos de ellos relativamente jóvenes. La participación fue buena, con lecturas de los fieles, cantos y folleto de las ediciones paulinas para seguir la liturgia. Una misa tranquila, sentida y participada con despedida personal de los sacerdotes a cada uno de los fieles allí congregados.

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Impertérrita, la iglesia de Érice nos despide hasta una nueva ocasión

Tras la cena, a dormir. No fue precisamente un gran día artísticamente hablando. En el programa era de transición, pero no teníamos previsto que fuera literalmente pasado por agua.

Viaje a Sicilia. El estilo árabe-normando (II)

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Portada de la catedral de Monteale

Tras la noche, con movida musical incluida, amanece con tiempo frío pero soleado. La visita la comenzamos por Monreale, a escasos siete kilómetros de Palermo. Se trata de aprovechar el menor tráfico y poder ver la catedral de Santa María la Nueva en las mejores condiciones. Estamos casi solos y con la ayuda del pinganillo todo se desarrolla en perfecto orden.

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Comenzar por Monreale tiene un inconveniente. Es tan grande su categoría, que todo lo demás parece cuestión menor. Pero también una ventaja, expresada por los alumnos con admiración: su visita, contemplación y deleite justifican el viaje.

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El grupo sigue absorto las explicaciones de la guía

Esta dinastía normanda merece capítulo aparte en la historia de Sicilia. Aportaron tolerancia, innovación política y administrativa y un gusto exquisito por el arte. Monreale es todo suntuosidad, elegancia y esplendor, con el mosaico convertido en biblia en piedra como elemento dominante.

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Vista general del claustro adosado a la catedral

¡Qué viveza de imágenes, dominio del color y riqueza de oros y mármoles! Resulta casi milagroso que haya llegado a nosotros en condiciones casi intactas. Suelo, paredes y bóvedas reflejan como el primer día el mundo en el que fueron concebidas y afortunadamente solo han sufrido pequeños añadidos que apenas han variado la fisonomía del conjunto.

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Los alumnos pasean por el interior del claustro

Todo el esplendor de los mosaicos interiores se vuelve austeridad en el exterior. Tanto la logia que da a la plaza del ayuntamiento, con sus elegantes arcadas del quattrocento, como las torres de defensa y los muros bajos, saeteras incluidas, indican bien a las claras su respectiva misión.

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Plaza de Monreale, con el ayuntamiento en primer término

Tras un relajado café en los bares de la plaza, iniciamos el descenso hacia Palermo, tan cerca en el espacio y con intereses y objetivos tan distintos. El palacio real reúne buena parte de la historia de Sicilia en el medievo y la época moderna. Hoy sede del parlamento regional, los medios de seguridad se endurecen, detector de metales incluido. Una vez en el interior nos interesan dos piezas sobre el resto: la capilla palatina y el patio de los virreyes.

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Vista del Patio de los Virreyes, situado en el Palacio Real

 

 

 

 

 

 

 

Esta capilla es otro ejemplo inmortal del estilo árabe-normando. De nuevo el fulgor de los mosaicos y el oro brillan por doquier. Y afortunadamente también, solo algunos elementos han sido modificados. Con mucha razón, el conjunto de piezas de Palermo y Monreale ha sido declarado Patrimonio de la Humanidad. El patio de los virreyes es un imponente conjunto del siglo XVI, similar a los existentes en otras muchas zonas de España. El ejemplo más arquetípico, tal vez, de la presencia española en la isla.

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Interior de la Capilla Palatina con sus espléndidos mosaicos

Tras la comida en un restaurante de la ciudad, el autobús nos conduce a la catedral. Toda la emoción que la catedral de Santa María produce por el exterior, con sus arcos entrelazados, torres a los pies y hermosos ábsides, que definen claramente el estilo ya conocido, se vuelve frialdad académica en un interior radicalmente reformado en el último barroco, convertido casi ya en neoclásico.

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Vista del exterior de la catedral de Palermo y el palacio arzobispal

Y no le falta interés ni a la cúpula ni a la solución interior, incluida la tumba de Santa Rosalía, una riquísima urna de plata maciza, obra maestra de la plateria siciliana del siglo XVII.

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Todo el esplendor barroco es poco para honrar a Santa Rosalía, patrona de Palermo

El deambular por el caso histórico de Palermo nos lleva a la plaza próxima, con la estatua de Carlos V con todos los títulos de su imperio; al decadente esplendor de la propia plaza, llena de elegantes y desvencijados palacios barrocos; los Quattro Canti, apoteosis de la monarquía hispana representada por los virreyes más temidos que amados; la escenografía barroca de la fuente del ayuntamiento que en su dimensión asfixia la propia plaza; el esplendor y el lujo de barroco religioso palermitano, representado en la iglesia de los teatinos, con sus columnas monolíticas, su techo lleno de estucos y pinturas, y sus capillas de mármoles taraceados.

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Detalle del mármol taraceado, típico del barroco palermitano

Pero con ser mucho lo visto, todavía nos queda una sorpresa para finalizar. Aprovechando el comienzo de la temporada de ópera, sugerí la posibilidad no de ver el teatro Massimo, dedicado a Verdi, sino de asistir a la ópera Macbeth que teníamos en cartel. Tras muchos avatares, Laura, nuestra eficaz guía, nos consiguió entradas para el día 26, una vez dada la vuelta a la isla. Allí estaremos, si Dios quiere.

 

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El Teatro Massimo engalanado para la inauguración de la temporada de ópera