Viaje a Egipto. El arte al servicio del poder (IV)

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Primera imagen de Abu Simbel, todavía con luz artificial

Apenas ha habido tiempo de cerrar el ojo cuando el despertador suena de nuevo. Son la 1,30 de la madrugada y Ahmed ha decidido ser el primero en llegar a Abu Simbel. Cuando dejamos la ciudad, todavía hay vida y jóvenes que salen de algunos locales de ocio. En nuestro autobús monta, además de un segundo chofer, un policía que acompaña al grupo. Las medidas de seguridad no terminan ahí. Frecuentes tanquetas y controles asiduos en la carretera demuestran que Egipto se ha tomado muy en serio el tema de la seguridad, ya que ésta es básica para el turismo y éste es, a su vez, la primera fuente de divisas del país.

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El sol comienza a elevarse sobre las aguas del lago Nasser

Todavía es de noche cuando llegamos a Abú Simbel, ya muy cerca de la actual frontera con Sudán y lugar de entrada y paso desde la antigüedad. Para reafirmar su poder, Ramsés II decidió erigir un templo en el que su imagen y sus victorias son el argumento fundamental. Debía de impresionar en aquellas fechas, en torno al 1500 a.C., a todo viajero, comerciante o militar encontrar tal señal de poderío y grandeza. Un templo a la orilla del Nilo, presidido por cuatro enormes estatuas de más de 20 metros de altura de Ramsés II sentado, acompañado de su esposa e hijos de menor tamaño a sus pies.

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María Luisa y Román, ante la fachada del templo

El curso del Nilo y el desierto acabaron casi con esta espectacular puerta de entrada al Alto Egipto, la tierra de los faraones. Solo a comienzos del siglo XIX fue encontrado semihundido en la arena, y pocos años después pudo ser limpiado y reconocido.

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Vista general de los dos templos, bañados ya en la luz del amanecer

Pero el verdadero momento de peligro para el monumento llegó con la planificación de la gran presa de Asuán. Buena parte de Nubia debía ser sacrificada para favorecer la economía del resto del país. Y los nubios llevaron la peor parte. Dejaron casas, campos y terruño y tuvieron que emigrar a nuevos asentamientos.

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La cabeza caída de una de las estatuas nos permite apreciar la grandiosidad del conjunto

¿Y qué hacer con el templo de Abú Simbel? Imposible acometer la salvaguarda de los templos que debían ser literalmente engullidos por las aguas. Por una vez, la cooperación internacional surtió efecto y el templo pudo ser salvado trasladándolo de lugar, fragmentado en múltiples pedazos. Una montaña artificial, una estructura de hormigón y la pericia humana consiguieron su objetivo. Esa fue la imagen que pudimos apreciar a nuestra llegada. Primero, nocturna, tras observar la parte trasera de la montaña.

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Vista del acceso al interior del recinto con el sol impactando sobre las estatuas-columna

El gran Ramsés vigila de nuevo las aguas del río, convertido en un impresionante lago artificial que ocupa 500 kilómetros de largo y 5.000 km2 de superficie, justo la mitad de Navarra. Una imagen impactante y espectacular, que poco a poco queda envuelta en una luz difusa, porque el amanecer asoma y el sol, primero tenue, y después brillante, se levanta sobre el algo. La preciosa luz del amanecer acaricia el templo y las luces eléctricas dejan paso a la luz natural en una imagen única difícilmente olvidable. Impresionante el contexto, impecable la reconstrucción, hermoso el edificio, tanto por dentro como por fuera.

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Como en buena parte de los edificios, magníficos relieves decoran sus paredes

El templo dedicado a su esposa favorita Nefertari, nos presenta a ésta junto con Ramsés II en el exterior, todo bello, pero más reducido en dimensiones.

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Una última imagen del conjunto, ya como despedida

Son las 7 de la mañana cuando salimos del recinto. La opinión general es que mereció mucho la pena el madrugón. Pero junto a la belleza, la dureza de la vida del egipcio actual. El mercadillo de la salida, reciente y bien acondicionado, ya está a pleno rendimiento y los vendedores dispuestos a convencer de lo bueno y barato de su mercancía. Y así, hasta bien entrada la noche.

Tras Abú Simbel, nos espera la gran presa de Asuán, obra emblemática de Nasser en la segunda mitad del siglo XX, junto con la nacionalización del Canal de Suez. La obra, de enorme envergadura, no impresiona en exceso frente a Itaipú, que tuve la oportunidad de conocer hace unos años, en la frontera entre Argentina, Brasil y Paraguay.

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Vista parcial del imponente obelisco inacabado, desechado por las grietas encontradas en la propia cantera

Volvemos a Asuán para conocer la cantera de granito rosa y el obelisco inacabado, una pieza única de la época de la reina Hatshepsut de 45 metros, agrietada en la cantera y que no pudo ser empleada para tal fin. Difícil de entender el trabajo de la cantera, el traslado por barco y la ubicación en el sitio elegido. Pero ahí están, en Egipto o fuera de él, dando fe del poderío de una civilización que domesticó la naturaleza y fue capaz de elevarse a cotas apenas logradas por la humanidad a lo largo de los siglos.

La vuelta al barco y la larga siesta tras la comida intentan compensar la larga marcha de la mañana. Para la tarde tenemos reservada una doble actividad. La visita a una casa de esencias en las que un hispano-egipcio, en perfecto castellano, nos introduce en los secretos de este mundo tan peculiar; y la presencia en el espectáculo histórico-musical del templo de Filé, otro de los grandes monumentos salvados de las aguas del Nilo.

Una barquitas nos permiten acceder a la isla de Filé. El complejo arquitectónico, de época ptolemaica, retoma vida en un espectáculo de luz y sonido bien planteado y trabajado. Lo escuchamos en español, lo cual ayuda mucho, y la historia de Isis y Osiris se desgrana en un marco incomparable y bajo un manto de estrellas espectacular. Tras la historia de los dioses, escuchamos la propia historia del templo progresivamente en manos de ptolemaicos, romanos, ortodoxos, musulmanes en sus variadas familias y las potencias colonizadoras. Salvado también de la inundación del Nilo gracias a la ayuda internacional, hoy supone un hito en la visita a Asuán que culmina con un pequeño viaje de ida y vuelta en barca a motor hasta la isla que lo cobija.

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La imaginación y el buen hacer del personal de servicio del barco nos depara estas sorpresas al entrar en la habitación

Después de un larguísimo e inolvidable día, es el momento de intentar conciliar el sueño, tras la suculenta cena que nos ofrecen en el barco. La comida es buena y variada, los camareros, amabilísimos, y todo, cercano y próximo, Casi hemos hecho ya del barco nuestra casa.

Viaje a Egipto. Un crucero por el Nilo (III)

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Los cuatro componentes de la calesa camino del tempo de Edfú

El día se presenta más relajado, tras el maratón espectacular que vivimos ayer. No obstante, la buena costumbre de Ahmed, nuestro guía, permanece. Le gusta ser el primero en llegar a los sitos y, de nuevo, fuimos conscientes de sus buenas razones.

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Vista del imponente pilono de entrada al templo de Edfú

La salida al templo de Edfú, construido sobre una elevación sobre el Nilo es todo un poema. Lo hacemos en calesas, distribuidos de cuatro en cuatro. Moustafá, nuestro cochero, dirige un caballito ágil y un carro algo desvencijado con el que compite con otros muchos que acercan a los viajeros al templo desde la orilla del río.

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Gran patio de las ofrendas del templo de Edfú, con columnas y capiteles muy evolucionados

Apenas ha aparecido nadie cuando iniciamos la visita. Ahmed teatraliza la historia de la construcción del templo dedicado a Horus, el hijo vengador de Isis y Osiris. Contribuyo a la escena, siendo Osiris en el relato. El templo es hoy el mejor conservado de todo Egipto, ya que al librarse de las crecidas y ser cubierto por una capa de arena sobre la que se montó un verdadero poblado que vivía en él, favoreció su conservación. Se trata de un templo relativamente reciente, de época grecorromana. Levantado sobre una estructura anterior por Ptolomeo III a mediados del siglo III a.C., fue terminado en el siglo I por el padre de Cleopatra.

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La admiración del grupo ante las paredes cubiertas de relieves queda patente en la fotografía

Dos espléndidas tallas de granito de Horus flanquean un grandioso pilono de 36 metros de altura, decorado con las típicas escenas del faraón agarrando por el pelo a sus enemigos. El gran patio de las ofrendas, con columnas y capiteles muy evolucionados a los que se añaden elementos de los capiteles clásicos, además de loto y papiro, nos permite conectar con los templos del Imperio Nuevo. Una sala hipóstila interior y otra exterior, esta con la cubierta original todavía en pie, nos introducen en las grandes construcciones que vimos el día anterior. Frente a la policromía y el horror vacui característicos de columnas y paredes, el techo está casi negro, consecuencia de las hogueras multiseculares de generaciones que hicieron del templo su propia vivienda.

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María Luisa mira arrebatada al guardián del templo

La cámara de las ofrendas y el santuario con la réplica de la barca de madera llevada en procesión en las días grandes completan un espacio extraordinario. Pero tal vez, ningún templo contiene tal número de metros cuadrados de relieves, que cubren en su totalidad las paredes exteriores del templo y el muro exterior que cierra el conjunto. Todavía tenemos algo de tiempo para sentarnos de nuevo en la esplanada y contemplar el pilono de entrada, ahora ya repleto de visitantes.

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Espléndida la escultura de Horus que da entrada al conjunot

Tras la salida obligada por el mercadillo agobiante en el que el asedio al turista es continuo e inmisericorde, el espectáculo de la plaza ha cambiado por completo. Un pequeño ejército de calesas compite con llenar cuanto antes el pescante y salir corriendo. Nuestro Moustafá también lo intenta, pero conseguimos frenar su ímpetu y esperar nuestro momento. De nuevo, al barco, comida, y una pequeña siesta que yo aprovecho para redactar estas líneas. No pensaba hacer referencia a ello, pero el masajista del barco y su amigo Ahmed me dicen que cuando escriba la crónica del día me acuerde del masaje de pies y espalda que ellos han dado a María Luisa, mi mujer. Así lo hago, quede constancia de ello en su recuerdo.

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Los conductores esperan la salida de los turistas para transportarlos en las calesas

Nuestro barco está atracado en el muelle de Konombo tras Unas horas de navegación. La tarde la dedicamos a visitar otro de los templos de referencia en el Nilo. Los cocodrilos, su ubicación como paso de comercio, la llegada de oro, elefantes y esclavos dieron notoriedad a la población en la que nos encontramos.

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¿Disfrutaron los faraones de estas comodidades en sus paseos por el Nilo?

El templo, también de época ptolemaica, está situado en una curva del río y está dedicado a dos deidades: el dios cocodrilo Sobek y Horus, el dios halcón.

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Las vistas de las orillas del río apenas han variado con el paso de los siglos

Dos entradas gemelas, dos salas hipóstilas, varias antecámaras y un doble santuario dan notoriedad al templo, que convertido en un “hospital” de referencia, conserva en sus relievas precisiones sobre elementos quirúrgicos y otros detalles de interés.

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Vista del templo de Konombo con la hermosa luz del atardecer

Es importante un buen guía, porque a veces detalles menores revelan mucho más que construcciones mayores. El nilómetro, imponente pozo de piedra bien escuadrada, dedicado a medir las crecidas del río y el museo del cocodrilo situado cerca, completan el conjunto.

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Jovita y Javier, auténticos embajadores de Bargota en la corte del faraón

Tras la cena, es el momento de vestirse para la fiesta egipcia. Las chilabas compradas en los mercadillos, el barco o a los pescadores que tiran el producto con máxima precisión a la cuarta planta desde sus pequeñas embarcaciones, salen a escena y buena parte de los componentes de nuestro grupo, animadas ellas y animados ellos, aparecen relucientes y transformadas.

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No hay como una pista de baile para unir razas y religiones

Un buen rato de baile, diversión y risas que se agradecen. Pero todo debe concluir pronto, porque el de mañana es un día particularmente marcado en nuestro viaje. Es preciso dormir algo, porque Nubia, Abú Simbel y Asuán nos esperan.

 

Viaje a Egipto. El esplendor del Imperio Nuevo (II)

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Amanecer en Karnak , la primera de las muchas sorpresas del día

El barco está atracado en la orilla oriental del Nilo y nada durante la noche ha perturbado nuestro sueño ligero y breve. Tampoco el río se ha dejado ver ni apenas sentir cuando el despertador ha sonado a las 4,30 de la madrugada. Una ducha rápida, un buen desayuno y a las ¡5,30! Partíamos en dirección a Karnak. ¿Pero esto no se hacía para evitar el calor del día? No del todo. Hace 7 grados y todavía es de noche. El vieja hasta el templo de Karnak nos permite introducirnos en la historia del Imperio Nuevo, mientras con nuestro flamante autobús nos cruzamos con motos más bien desvencijadas y escasas de luces, algún motocarro, coches varios y los primeros viandantes casi todos ellos con chilabas y turbantes en la cabeza. De pronto, a las puertas del complejo templario al aire libre de Karnak, se produce el primer milagro matutino. En apenas 10 minutos, mientras se hace la luz, amanece y una suave claridad inunda unas imponentes ruinas que se corresponden con el templo.

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Una galería de esfinges da acceso al primer pilono del templo

La primera y más profunda impresión es la grandiosidad del conjunto. Todo en Egipto tiene otra dimensión. La medida no es la figura humana, insignificante, sino una escala sobrenatural, el mundo de los faraones y del más allá, e incluso divina, el culto a los dioses presididos por Amón Ra.

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La rampa de adobe de la parte posterior del pilono nos permite apreciar el proceso constructivo del mismo

Precisamente el templo de Karnak está dedicado a Amón y supone la culminación del poder tebano del Imperio Nuevo entre 1500 y 1100 a.C. Una avenida procesional de esfinges con cabeza de carnero nos lleva hasta el primer pilono inacabado, pero de dimensiones enormes. Su parte interior conserva parte de la enorme rampa de adobe por la que con rodillos y cuerdas arrastraban los bloques de piedra para colocarlos sobre el muro.

Tras el pilono se encuentra el gran patio con los santuarios de Seti II y Ramsés III, el gran faraón magníficamente representado. La única columna de 21 metros de las 10 inicialmente existentes es recuerdo vivo de esta sección grandiosa.

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Columna del patio de Seti II y Ramsés III. Sus 21 metros de altura son buen ejemplo de la grandiosidad de la arquitectura egipcia

El segundo pilono da paso a la gran sala hipóstila, ejemplo supremo de colosalismo, buen gusto, relieves inmarcesibles con una tenue policromía en algunos lugares y una abigarrada serie de columnas para articular un techo arquitrabado de enorme peso y poder. 134 altísimas columnas no dejan lugar a dudas: estamos ante una de las construcciones más singulares e impresionantes realizadas por bora humana.

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La historia de la arquitectura posee pocos espacios tan bellamente abrumadores como la sala hipóstila de Karnak

Los pilonos siguientes se adornan con obeliscos de una sola pieza como el de Hatshepsut, de 30 metros de altura, el más alto de Egipto.

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El obelisco de la reina Hatshepsut, otro símbolo universal del arte egipcio

 

Todo el conjunto termina en el santuario original de Amón, núcleo del templo y morada oscura del dios.

La visita nos deja una sensación de fragilidad e impotencia frente al orden faraónico y divino. Aunque el templo merecía una visita sosegada y una lectura más detenida de relieves y mensajes en ellos contenidos. Pero no podemos pasar por alto las extraordinarias condiciones en que hemos realizado nuestra visita. Salir a muy primera hora y ser los primeros nos ha permitido ver el santuario en unas condiciones privilegiadas. Por si había alguna duda, la multitud congregada a la salida nos ha servido de estímulo. En Egipto, madrugar tiene premio.

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El templo de Luxor, con su pilono, sus seis estatuas de Ramsés II y su obelisco. El segundo se encuentra en la plaza de la Concordia de París

 

Tras un paseo en autobús por el Luxor histórico, una ciudad que vive básicamente del turismo, hemos llegado a la explanada del templo de Luxor, el segundo complejo fundamental de la orilla oriental.

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Hermosa estatua del omnipresente Ramsés II, el gran faraón guerrero

Una colosal avenida de esfinges que próximamente unirá en forma peatonal los tres kilómetros que separan los templos de Karnak y Luxor en línea recta, nos acerca al segundo templo que se inició con un enorme pilono de 24 metros de altura levantado por Ramsés II en el Imperio Nuevo, decorado con 6 estatuas del faraón, 4 sentadas y 2 erguidas, de las que quedan solamente 3. De los dos obeliscos de granito rosa, uno se conserva in situ y el otro preside la plaza de la Concordia en París. Le sigue el gran patio con doble fila de columnas y unas muy hermosas y monolíticas estatuas del gran guerrero, con representación de sus esposas e hijos (al menos 17), además de los reyes vencidos en sus expediciones militares. Una gran columnata y patio de Amenofis III da paso a la cámara de Amón y el santuario con la barca sagrada. Si en Karnak la grandiosidad es el principal elemento, en Luxor sobresalen las estatuas de Ramsés II y los relieves de prácticamente todas las paredes del templo, un horror vacui que se extiende por cientos de metros cuadrados de piedra, con escenas de todo tipo y un realismo y calidad indudables.

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El cartucho del faraón y una escena doblegando a sus enemigos decoran la estatua del faraón

La visita a los templos de Luxor y Karnak justifica un viaje a Egipto. Sería lo apropiado para un día entero o al menos una mañana, pero apenas son las 10 y queda mucho que ver.

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El templo memorial de Ramsés III conserva sus columnas y cubiertas repletas de relieves y bellos colores

Sin solución de continuidad nos trasladamos a la orilla occidental del Nilo. Allí visitamos el templo memorial de Ramsés III, resguardado por la gran montaña tebana que cierra la estrecha franja bañada por el Nilo. La construcción del enorme templo presenta algunas novedades. Resaltaré dos: el acceso a través de un edificio de dos plantas inspirado en una fortaleza siria, y el extraordinario conjunto de relieves policromados que se conservan en buen estado muchos de ellos tras más de 3.000 años de existencia. Un templo muy importante que sin sus hermanos mayores y más conocidos sería excepcional.

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El templo conmemorativo de Hatshepsut, horadado en el farallón de la montaña tebana sorprende por su radical modernidad

Visitados los templos es el momento de dar paso a otra tipología especialmente importante, las tumbas. Dos aspectos complementarios ayudan a dar al conjunto el carácter excepcional que presentan. Por un lado, la importancia de la vida de ultratumba en la cultura y la religión egipcia, y por otro la existencia de una cadena montañosa próxima al Nilo de extrema sequedad, que permite horadar la piedra e introducir el sarcófago literalmente en la montaña, añadiéndole todo tipo de ajuares, relieves, pinturas y menajes con una riqueza tal que solo podemos apreciar viendo el poderío de la tumba de Tutankamon, al fin y al cabo un faraón menor.

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Si esto sucede en invierno, ¿qué agobios no habrá en verano con el sol cayendo a plomo?

La más original de todas es, sin duda, el templo conmemorativo de Hatshepsut, no estrictamente tumba, pegado al farallón de la montaña. Su radical modernidad todavía sorprende hoy. Una terraza inferior, una primera columnata, una terraza intermedia, otra columnata intermedia, una terraza superior y el santuario de Amón, apenas un apéndice final, componen un conjunto singular, fruto del trabajo en común de una faraona poderosa y s¡nfgular (retratada con barba postiza como sus homólogos masculinos) y su arquitecto Senenmut, miembro de su corte y posiblemente su amante. Su cercanía no acabó en vida, sino que el propio arquitecto descansa en un sepulcro excavado en la roca muy cerca de su amada. Una excepción en el mundo masculino que duró 15 años y que marca la historia de Egipto.

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Imagen de los turistas y visitantes desde la plataforma de acceso al templo de Hatshepsut

Tras la tumba de Hatshepsut, que pudimos disfrutar durante un buen rato desde un café ubicado a los pies del recinto, nos trasladamos al otro lado de la colina, un lugar especialmente inaccesible, árido y seco hasta el extremo, el valle de los reyes.

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Entrada a una de las tumbas del valle de los reyes. Solo las gafas del vigilante egipcio nos permiten deducir que no es una imagen venida del más allá

63 tumbas son las aparecidas hasta el presente, de las que solo una menor, la del Tutankamon, ha llegado intacta hasta nuestros días. Tras una puerta sencilla, se encuentra un mundo sorprendente. Pasillos, galerías, paredes exquisitamente trabajadas, una policromía excepcional y, en algunos casos, sarcófagos vacíos, es lo que resta de aquellos que se consideraron todopoderosos e inmortales. Prácticamente todas fueron saqueadas en un momento u otro de la historia, dejando si no ajuares, sí momentos imborrables de la vida y la cultura egipcia. Como ejemplo de otras muchas, visitamos las de Ramsés III y Merenptah. Imborrable el recuerdo y maravillosa la experiencia. No la perturbaron siquiera la multitud de vendedores que apostados a la entrada y salida de los edificios, exhibían su mercancía con profesionalidad, empuje y casi asedio en algunos casos.

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Vista de uno de los infinitos relieves que decoran las paredes de las tumbas

Los colosos de Memnón, entrada a otro de los recintos sagrados, cerró nuestra visita.

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Entrada a una de las tumbas en el impresionante e inhóspito valle de los reues

Abrumados, extenuados, muertos físicamente tras el viaje, las escasas horas de sueño y lo intenso de la mañana, llegamos al barco para comer. Siesta, larga siesta, descanso y tarde la recuperación. NO es posible seguir este ritmo, pero lo hoy vivido no se nos olvidará fácilmente.

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Escaleras de acceso al interior de una de las tumbas. Las paredes aparecen cubiertas de hermosas escenas bellamente policromadas

¡Qué comienzo de viaje tan espectacular!

 

Viaje a Egipto. Donde todo comienza (I) 11 de enero de 2020

Egipto

El lema con el que turismo de Egipto se presenta al mundo

Los prospectos sobre Egipto traen todo tipo de mensajes para captar la atención del potencial visitante. El nuestro recoge el programa con el siguiente epígrafe: “Egipto, donde todo comienza”. Aunque algo oscuro para el turismo menos avezado, la frase recoge fielmente lo que Egipto ha supuesto para la historia de la humanidad. El neolítico, la escritura, la historia en definitiva, tienen en el valle del Nilo un enclave fundamental. El espacio que permitió pasar a partir del quinto milenio a.C. de la prehistoria a la historia, ejemplificado en una civilización que supone en sí misma una cumbre de la historia de la humanidad.

Mi contacto con el arte egipcio viene de lejos. Comenzó en el bachillerato, aunque ya aquellas películas emblemáticas, como los 10 Mandamientos, la primera película que yo vi de niño en el cine en Logroño, a donde nos desplazamos toda la familia en la camioneta de mi abuela, me aproximaron a una civilización llena de lujo, oropel, mensajes y enormes diferencias sociales.

Moises

Los diez mandamientos, la primera película que vi en pantalla grande y que tanto me impresionó

Tras el bachillerato, con aquella historia del arte universal donde las pirámides, los faraones, el Nilo, Nefertiti y los templos empezaron a tomar cuerpo, la licenciatura en Filosofía y Letras me permitió ahondar progresivamente en una materia que me ha interesado especialmente. Los nombres de Ignacio Barandiarán, Antonio Beltrán, Mari Carmen Lacarra, Gonzalo Borrás y Federico Torralba acompañaron cada una de las etapas y marcaron a fuego una inclinación que se tradujo en una materia para mí obligatoria en mi docencia de bachillerato. Prácticamente, todos los años de docencia acumulados, aproximadamente 18, tuvieron a la historia del arte como elemento clave, con una práctica que intenté siempre acompañar de diapositivas y salidas fuera del aula. Un programa de aplicación del arte al estudio del entorno, titulado “Tierra Estella, una mirada a nuestro entorno”, dirigido por los hermanos Larreta y yo mismo, docentes los tres en el IES Tierra Estella, quedó finalista en los Premios Giner de los Ríos de Innovación Educativa en los primeros años del siglo XXI.

Desde hace 15 años, coincidiendo con el estreno del programa Aula de la Experiencia en la Universidad Pública de Navarra, vengo impartiendo la materia de Arte Antiguo y Medieval, en la que Egipto ha tenido cabida. Pero faltaba una cosa por llenar: visitar in situ una región y una cultura que tanto me ha fascinado, que me sigue fascinando y que tantas veces he explicado en clase. Así que, tras la salidas en los últimos años a Sicilia, Grecia Continental y las ciudades griegas del Asia Menor, era el momento de poner rumbo a Egipto. En un formato condensado, 8 días, pero suficiente para conocer lo básico de los ingentes tesoros que el país del Nilo atesora.

El grupo, de carácter mixto, lo componemos 44 personas, de las que 32 son alumnos del curso de Historia del Arte universal y de España que imparto en Los Arcos a 65 alumnos de la zona, y 12 forman el pequeño grupo procedente del primer curso del Aula de la Experiencia de UPNA.

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Los viajeros toman el avión a Madrid camino de Egipto

El sábado 11 de enero, partíamos en autobuses Latasa de Oteiza a las 7,30 de la mañana. Una madrugada tan fría como hermosa nos ha permitido recoger a los componentes del grupo en Los Arcos, Estella y Pamplona. A las 9 en punto, partíamos hacia Madrid. La impecable conducción de Jesús, nuestro chófer, nos llevó entre el frío, la rosada mañanera y la niebla hasta Medinaceli, donde casa Nico nos recibió una vez más para desayunar y descansar. A las 2 en punto estábamos en Barajas. El embarque se produjo sin problemas y puntualmente también despegamos hacia Egipto. Ahora en avión, un aparato que cada vez que levanta el vuelo uno no puede menos que admirarse y encomendarse a Dios, en cuyas manos estamos con más propiedad que nunca. Prácticamente todos los pasajeros somos turistas y viajeros -me gusta más la segunda expresión que la primera-, que pretenden pasar una semana en Egipto. Casi todos nos volveremos a ver el próximo sábado en este mismo vuelo con destino a Madrid.

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Terminal de maletas en el aeropuerto de Luxor. Nuestro primer contacto con Egipto

Y del aeropuerto de Luxor, directamente al barco atracado en el Nilo. El viaje sirve para que nuestro guía Ahmed nos introduzca en un país del que ha hecho su profesión y su vida. Licenciado en Filología Hispánica y con estudios de historia del arte, su español es limpio, sobrio y claro. Sin muchas alharacas nos da instrucciones prácticas y nos introduce en las primeras palabras del vocabulario árabe.

Son ya las 11,30 cuando llegamos al barco atracado en el río. De nombre Crown Prince, es una motonave moderna de cuatro alturas, en la que ocupamos un amplio y confortable camarote en el piso tercero. Recibimos las instrucciones del día siguiente, con llamada a las 4,30 horas y, tras un tentempié de bocadillos y fruta, nos vamos a dormir.

Una vez más, se impone la modernidad y sus transportes. Bus, avión y barco en un mismo día, que nos permite pasar de la civilizada y algo revuelta Navarra actual a dormir sobre el propio Nilo cual si de un sueño faraónico se tratara, para despertar mañana mecidos por sus aguas a una cultura y una civilización que está en la cuna de lo que nosotros hemos llegado a ser.

 

 

Viaje a Normandía y Bretaña. Arte y naturaleza (V)

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Vista general del recinto parroquial de Saint Thegonec,

De nuevo, de buena mañana, salimos de Saint Brieuc a través de la autovía que une la comarca de la Costa de Armor al Finisterrae. El paisaje es ondulado, con pequeñas colinas y un bocage todavía en funcionamiento. Pocas veces será más verdad lo del paisaje humanizado. Prados, extensiones de tierra bien cultivada, casas pequeñas perfectamente integradas en la naturaleza y una ordenación y limpieza exquisitas, hacen del paisaje bretón un lujo para los sentidos. No me sorprende el sentido de pertenencia que los bretones han desarrollado a lo largo de su historia: región bien definida, lengua propia, tradiciones conservadas y un amor profundo a su tierra hacen que Bretaña viva con cierta incomodidad el centralismo parisino. Tras llegar a Morlaix, definida por un hermoso puerto fluvial que la conecta al mar mediante una bahía, nos disponemos a entrar en unos paisajes dominados por unos conjuntos singulares. Unas iglesias que, rodeadas de un muro de piedra, son a la vez crucero, osario, cementerio y espacio porticado Son muchos los recintos parroquiales existentes en la región, en torno a cincuenta, y nos disponemos a visitar los dos más completos: Saint Thégonnec y Guimiliau.

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Una buena representación de Bargota, Los Arcos y Oteiza posan a la entrada del recinto

Saint Thégonnec nos recibe de buena hora. Un cercado de piedra separa el caserío, escueto y reducido, del recinto parroquial. El pórtico, en granito y formas barrocas, nos recuerda modelos gallegos con los que está lejanamente emparentado. Tras el pórtico, profusamente decorado, se encuentra el crucero, mucho más que la tradicional cruz con las imágenes de la Virgen y San Juan. Una serie de escenas en piedra conviven con el crucero propiamente dicho, sirviendo de temas pedagógicos para la predicación y el culto. La iglesia conserva una entrada de tradición gótica con los doce apóstoles en peana, de los que quedan solo cuatro. El interior resulta muy interesante por el espíritu claramente contrarreformista que respira. Retablos, santos, vírgenes y advocaciones que señalan la vinculación a la Iglesia católica tras Trento. Como novedad, un baptisterio de madera sin policromar, de excelente factura, en cuyo interior está enclavada la pila bautismal. Un osario y el cementerio propiamente dicho completan el conjunto. Guimiliau ofrece como novedad una entrada en la que el románico y el gótico perduran no en las formas pero sí en el contenido.

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El baptisterio en todo su esplendor durante un bautizo

Y en el interior, un espectacular baptisterio en madera del siglo XVII, en el que se está procediendo a realizar un bautizo. No cabe mejor oportunidad para comprobar el sentido y la realidad de la obra. El crucero todavía es más espectacular que el anterior con casi 200 figuras componiendo un conjunto bíblico de gran interés.

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El espectacular crucero de Guimiliau, subrayado con la presencia del grupo de interesadas visitantes

¿Por qué estas dos obras singulares? Es el momento del esplendor económico de la zona, derivado en parte a estas construcciones religiosas. La población no las necesitaba, pero los donantes lo hicieron posible.

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Pausa para la comida en un entorno playero

Tras el arte, la naturaleza. Después de comer en una localidad costera a pie de paya, la tarde la dedicamos a recorrer la costa de granito rosa. Peñascos imponentes, piedras esculpidas por el mar y amables paseos se repiten en el itinerario. Descendemos en la playa de Ploumanach, un localidad turística ya en ebullición, y recorremos pausadamente uno de los itinerarios prefijados. Todo es relajo, buen tiempo, tranquilidad y terraza, donde degustamos distendidamente una sabrosa cerveza en animada conversación.

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Tierras de granito rosa y altos acantilados que nos hablan de pesca, comercio y duras batallas

Y tras esta tarde sosegada, regreso a nuestro buen hotel de Saint Brieuc, cena en un restaurante del centro de la pequeña ciudad y descanso.

Sin el fragor de los días anteriores, una buena jornada. Espectaculares y distintos los recintos parroquiales de la Bretaña rural, levantados como fruto del comercio marítimo, y hermosos los paisajes de granito como material preponderante.

 

Viaje a Normandía y Bretaña. Saint Michel como símbolo (IV)

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Desde el autobús, la mole de Saint Michel aparece en medio de la llanura

También de buena hora, suena el despertador. Son las 6,30 de la mañana y es preciso comenzar pronto el viaje, ya que Saint Michel tiene algunos peajes. Es tal la nombradía del enclave, que es literalmente asaltado por multitudes que se enseñorean de un paraje por definición solitario y de difícil acceso.

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En un día espléndido, Saint Michel se nos muestra en todo su esplendor desde el puente que lo une a tierra firme

La aproximación es progresiva. En medio de la llanura normanda, Saint Michel aparece como una ensoñación. Borrosa primero, nítida después, y siempre sorprendente. Una abadía literalmente colgada en la montaña que crece sobre formas imposibles.

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Ya en el interior, el grupo espera la llegada de la guía bretona para iniciar la visita

Y si esa es la percepción exterior, todavía es más sorprendente el interior. Criptas, iglesia abacial románica de proporciones considerables, claustro bellísimo del siglo XIII, sala capitular, scriptorio, estancias varias que se superponen unas a otras, articulan un mundo en vertical donde todo está articulado en niveles – peregrinos y labradores, soldados, y monjes. Finalmente, la iglesia abacial, presidida por la flecha con San Miguel guerrero “¿Quién como Dios? Nadie como Dios” cantamos en Oteiza en la procesión en honor al arcángel, patrono también de la localidad.

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Imagen de la abadía propiamente dicha desde la población situada a sus pies

Hoy la abadía está servida por una doble y pequeña comunidad de monjes y monjas pertenecientes a la congregación de Jerusalén, una de las nuevas congregaciones surgidas en los últimos lustros.

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Vista de una de las salas del complejo abacial, desarrollado básicamente en altura

La visita la hemos realizado con una guía bretona que halaba un correcto español, y en un diálogo a tres, ella, Trinitat y yo, hemos procurado subrayar los aspectos más interesantes en el orden histórico, artístico y religioso.

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Vista parcial del claustro gótico, de una simplicidad y belleza extraordinarias

Otra cosa bien distinta es la estancia fuera de la abadía. La población, de una sola calle, está literalmente invadida de personas, más turistas que peregrinos, que colapsan físicamente la empinada calzada que comunica la abadía con la puerta de entrada. Con cierto agobio conseguimos salir de la marabunta, que sigue llegando a pie y en unos autobuses preparados al efecto desde las áreas del parking exterior. Creo que Saint Michel tiene un problema, que puede morir de éxito si no se toman medidas drásticas para limitar su visita.

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El grupo escucha atentamente las explicaciones en el interior del espacio abacial

Por tierras de polders ganados al mar, tras la comida, nos acercamos a Saint Malo. Esta villa marinera, que mira al océano y a las Indias Occidentales, está ligada a las hazañas marinas, los armadores y la figura de Chateaubriand. La tarde es espléndida y el primer veranillo se hace presente. Rodeada de murallas y con playas ya frecuentadas en su entorno, sus ciudadanos no quieren desperdiciar un día de sol, porque aquí no se sabe cuando hará presencia nuestro astro en una siguiente oportunidad.

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Un paseo en grupo por la muralla nos permite recorrer toda la ciudad histórica de Saint Malo

Tras dar la vuelta completa a la ciudad por el paseo de la muralla, -no en vano está hermanada con Lugo-, nos quedamos en la plaza del ayuntamiento, ubicado en la fortaleza portuaria, para tomar una cerveza y disfrutar del día. Es viernes, hay ambiente y el enclave es muy hermoso.

Realizada la visita, salimos hacia Saint Breuc, ciudad en la que tenemos reservado el hotel. Otra hermosa bahía, como en Saint Malo, acoge la ciudad. Nos albergamos en un gran cuartel rehabilitado con gusto y estilo. Techos altos, mansardas, ladrillo visto, porte señorial y un gran reloj articulan una plaza cuyo edificio gemelo alberga la Escuela de Bellas Artes de la localidad.

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La foto permite apreciar la línea de edificios pegada a la fachada marítima de la que solo les separa la muralla

Tras la cena, a base de sabrosísimos crepes bretones y sidra, nos retiramos pronto a la habitación, no sin antes, al igual que el año pasado en Amiens pero sin el Madrid, ver el partido de la final de la Champions. Pese a ser dos equipos ingleses, tras un juego miedoso y mediocre, el Liverpool se impone al Tottenham. A dormir, que la intensidad del recorrido nos obliga a madrugar y el despertador sueña enseguida.

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El ambiente festivo de Saint Malo invita a descansar y tomar una caña antes de partir

Gran jornada, con una joya inevitable, Saint Michel, y una tierra y un paisaje singularmente hermoso. Bretaña no defrauda.

 

Viaje a Normandía y Bretaña. Dos batallas decisivas: Hasting y el Desembarco (III)

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Aunque Caen fue especialmente castigada en la II Guerra Mundial, todavía conserva algunas casas de tradicionales, rehabilitadas tras los bombardeos

Apenas ha amanecido cuando suena el despertador del hotel. Son las 6,30 y es preciso levantarse, porque el día viene saturado de arte e historia. Es jueves, día de la Ascensión, festivo en Francia, y ello nos provoca algunos desajustes en los monumentos que tenemos que visitar.

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La Abadía de los Hombres, fundada por Guillermo el Conquistador, vista desde la explanada que le sirve de acceso

Caen, capital de la Baja Normandía, es todo un descubrimiento. Situada a una veintena de kilómetros del mar, y nacida en torno a una pequeña colina donde Guillermo, duque de Normandía, mandó construir un castillo fortaleza, es un monumento en sí misma. Los siglos de la edad media la dotaron de iglesias y abadías presididas por altas torres y una universidad prestigiosa. Situada en el centro del desembarco aliado, fue duramente castigada en la II Guerra Mundial, perdiendo el 70% de su casco urbano. Pero la paciente labor de posguerra ha recuperado buena parte de sus iglesias, algunas de sus tradicionales casas de madera y muchos de sus edificios renacentistas y barrocos. La mañana es fresca y las campanas anuncian las primeras misas en la festividad de la Ascensión del Señor.

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La belleza de la abadía románica y el sereno claustro clásico del siglo XVIII conviven armoniosamente

Ascendemos la suave colina del castillo para apreciar el casco urbano actual y paseamos por su calle principal entre iglesias románicas y góticas de altas torres, casas con encanto, palacetes barrocos, hasta llegar a uno de los puntos culminantes de la ciudad y del viaje, la abadía de San Esteban y su imponente conjunto arquitectónico. La abadía de los hombres, fundada por Guillermo el Conquistador en la segunda mitad del siglo XI y espacio donde se encuentra su tumba, reúne dos grandes conjuntos: la iglesia propiamente dicha, un extraordinario y novedoso edificio planteado en románico, muy próximo en concepción a Santiago de Compostela, y completado en gótico, sobre todo en su cabecera a lo largo del siglo XIII. Maestría, belleza y proporción se dan la mano en un templo deslumbrante. El hecho de haberlo vivido en plena celebración litúrgica, de tono muy conservador en formas y maneras, no impide resaltar la belleza de la liturgia y el ceremonial y la brillantez de los cantos y del órgano. Creo que Francia, el país laico por excelencia, diferencia mejor que nosotros los planos civil y religioso, con respeto por este último, a lo que contribuye un catolicismo sentido y participado. El resto de la abadía, un edificio equilibrado y sereno del siglo XVIII del que destaca el armonioso claustro, son actualmente dependencias municipales y culturales de usos varios.

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Toda la belleza de San Esteban de Caen queda de manifiesto en el ábside de la abadía

Enfrente, casi en línea recta, queda la abadía de las damas, que no visitamos. Impresionante Caen, ciudad abierta al futuro que cuida con esmero su pasado.

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La visita a Bayeux promete, pero antes hay que preparar el cuerpo para la tarea

El paseo hasta Bayeux apenas nos permite un pequeño descanso en el autobús. Decir Bayeux es hablar del tapiz por excelencia. Una tela de 50 metros, en lino y lana, que narra las hazañas de Guillermo el Conquistador. ¡Qué maestría, qué claridad narrativa y qué sabiduría encierra esta obra tan singular! Datada a finales del siglo XI, es una película de época al servicio del poder. El tapiz, magníficamente presentado, comparte protagonismo con un centro temático dedicado a la memoria de Guillermo el Conquistador.

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De nuevo, una catedral imponente en una ciudad minúscula

Pero Bayeux es mucho más: una catedral extraordinaria, románica en su cripta, nave principal y torres, y gótica en el resto. Una catedral que constituye el ejemplo del llamado románico normando, caracterizado por su decoración en arcos y paredes. El casco urbano no le va a la zaga. Pequeño, pero bien articulado. Una vez más, la pregunta recurrente: ¿Cómo es posible semejante catedral en una población que no pasaría de los 10.000 habitantes?

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Vista de Omaha Beach, el principal y más cruento escenario del desembarco aliado

El cambio de escenario es drástico tras la visita a Bayeux, primera ciudad liberada tras el desembarco aliado y primera ciudad francesa en la que De Gaulle se dirigió a sus compatriotas desde la llamada Francia libre.

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Más impresionante aún es el cementerio americano, ubicado sobre la propia playa

Por un paisaje bucólico y rural nos acercamos a las playas donde tuvo lugar el día D del desembarco, 6 de junio de 1944. Las banderas americanas ondean en edificios y casas particulares junto a la francesa. Tras estrechas carreteras dedicadas a los héroes de guerra americanos, divisamos el mar. Acantilados que caen en picado, y en medio una gran playa, hoy solitaria y aquel día literalmente regada en sangre.

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El ramo de flores al pie de la bandera no puede ser más expresivo: “dedicado a todos los hombres y mujeres que han dado su vida por la libertad”

Vimos en el viaje de venida la gran película de Spielberg “Salvad al soldado Ryan”, que describe muy gráficamente el desembarco en Omaha Beach, la playa que cambió su nombre en honor de este gran día. Pero lo verdaderamente impresionante es el memorial en recuerdo de los militares caídos, casi 20.000, de los que el cementerio de cruces blancas e iguales conserva casi 10.000. Cruces que recuerdan vidas jóvenes segadas en defensa de unos principios de validez universal, la defensa de la libertad frente a la opresión. A las cinco en punto suena el toque de oración y el sonido de la trompeta recuerda a los caídos en el momento de arriar la bandera. Todos son preparativos para el día 6 de junio, ya muy próximo, aniversario de la batalla.

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Otro de los lugares emblemáticos de la zona: la punta de Hoc, que los rangers tomaron al asalto en medio de una cruenta carnicería

Tras la visita emocionada del memorial, nos desplazamos a la punta de Hoc, donde estaban emplazados los cañones alemanes que divisaban las playas y que fueron tomados al asalto por los rangers en medio de una cruenta carnicería. En el entorno abundan los cementerios militares de uno y otro signo. Separados por la guerra, descansan ahora en una tierra que no exige el mismo credo, ni la misma ideología, ni siquiera la misma nacionalidad.

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Sirva esta imagen como homenaje a una nación que envió a sus hijos jóvenes. muy lejos de sus hogares, a luchar contra el totalitarismo

Un ejemplo que no deberíamos olvidar.