Viaje a Normandía y Bretaña. Arte y naturaleza (V)

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Vista general del recinto parroquial de Saint Thegonec,

De nuevo, de buena mañana, salimos de Saint Brieuc a través de la autovía que une la comarca de la Costa de Armor al Finisterrae. El paisaje es ondulado, con pequeñas colinas y un bocage todavía en funcionamiento. Pocas veces será más verdad lo del paisaje humanizado. Prados, extensiones de tierra bien cultivada, casas pequeñas perfectamente integradas en la naturaleza y una ordenación y limpieza exquisitas, hacen del paisaje bretón un lujo para los sentidos. No me sorprende el sentido de pertenencia que los bretones han desarrollado a lo largo de su historia: región bien definida, lengua propia, tradiciones conservadas y un amor profundo a su tierra hacen que Bretaña viva con cierta incomodidad el centralismo parisino. Tras llegar a Morlaix, definida por un hermoso puerto fluvial que la conecta al mar mediante una bahía, nos disponemos a entrar en unos paisajes dominados por unos conjuntos singulares. Unas iglesias que, rodeadas de un muro de piedra, son a la vez crucero, osario, cementerio y espacio porticado Son muchos los recintos parroquiales existentes en la región, en torno a cincuenta, y nos disponemos a visitar los dos más completos: Saint Thégonnec y Guimiliau.

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Una buena representación de Bargota, Los Arcos y Oteiza posan a la entrada del recinto

Saint Thégonnec nos recibe de buena hora. Un cercado de piedra separa el caserío, escueto y reducido, del recinto parroquial. El pórtico, en granito y formas barrocas, nos recuerda modelos gallegos con los que está lejanamente emparentado. Tras el pórtico, profusamente decorado, se encuentra el crucero, mucho más que la tradicional cruz con las imágenes de la Virgen y San Juan. Una serie de escenas en piedra conviven con el crucero propiamente dicho, sirviendo de temas pedagógicos para la predicación y el culto. La iglesia conserva una entrada de tradición gótica con los doce apóstoles en peana, de los que quedan solo cuatro. El interior resulta muy interesante por el espíritu claramente contrarreformista que respira. Retablos, santos, vírgenes y advocaciones que señalan la vinculación a la Iglesia católica tras Trento. Como novedad, un baptisterio de madera sin policromar, de excelente factura, en cuyo interior está enclavada la pila bautismal. Un osario y el cementerio propiamente dicho completan el conjunto. Guimiliau ofrece como novedad una entrada en la que el románico y el gótico perduran no en las formas pero sí en el contenido.

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El baptisterio en todo su esplendor durante un bautizo

Y en el interior, un espectacular baptisterio en madera del siglo XVII, en el que se está procediendo a realizar un bautizo. No cabe mejor oportunidad para comprobar el sentido y la realidad de la obra. El crucero todavía es más espectacular que el anterior con casi 200 figuras componiendo un conjunto bíblico de gran interés.

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El espectacular crucero de Guimiliau, subrayado con la presencia del grupo de interesadas visitantes

¿Por qué estas dos obras singulares? Es el momento del esplendor económico de la zona, derivado en parte a estas construcciones religiosas. La población no las necesitaba, pero los donantes lo hicieron posible.

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Pausa para la comida en un entorno playero

Tras el arte, la naturaleza. Después de comer en una localidad costera a pie de paya, la tarde la dedicamos a recorrer la costa de granito rosa. Peñascos imponentes, piedras esculpidas por el mar y amables paseos se repiten en el itinerario. Descendemos en la playa de Ploumanach, un localidad turística ya en ebullición, y recorremos pausadamente uno de los itinerarios prefijados. Todo es relajo, buen tiempo, tranquilidad y terraza, donde degustamos distendidamente una sabrosa cerveza en animada conversación.

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Tierras de granito rosa y altos acantilados que nos hablan de pesca, comercio y duras batallas

Y tras esta tarde sosegada, regreso a nuestro buen hotel de Saint Brieuc, cena en un restaurante del centro de la pequeña ciudad y descanso.

Sin el fragor de los días anteriores, una buena jornada. Espectaculares y distintos los recintos parroquiales de la Bretaña rural, levantados como fruto del comercio marítimo, y hermosos los paisajes de granito como material preponderante.

 

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Viaje a Normandía y Bretaña. Saint Michel como símbolo (IV)

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Desde el autobús, la mole de Saint Michel aparece en medio de la llanura

También de buena hora, suena el despertador. Son las 6,30 de la mañana y es preciso comenzar pronto el viaje, ya que Saint Michel tiene algunos peajes. Es tal la nombradía del enclave, que es literalmente asaltado por multitudes que se enseñorean de un paraje por definición solitario y de difícil acceso.

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En un día espléndido, Saint Michel se nos muestra en todo su esplendor desde el puente que lo une a tierra firme

La aproximación es progresiva. En medio de la llanura normanda, Saint Michel aparece como una ensoñación. Borrosa primero, nítida después, y siempre sorprendente. Una abadía literalmente colgada en la montaña que crece sobre formas imposibles.

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Ya en el interior, el grupo espera la llegada de la guía bretona para iniciar la visita

Y si esa es la percepción exterior, todavía es más sorprendente el interior. Criptas, iglesia abacial románica de proporciones considerables, claustro bellísimo del siglo XIII, sala capitular, scriptorio, estancias varias que se superponen unas a otras, articulan un mundo en vertical donde todo está articulado en niveles – peregrinos y labradores, soldados, y monjes. Finalmente, la iglesia abacial, presidida por la flecha con San Miguel guerrero “¿Quién como Dios? Nadie como Dios” cantamos en Oteiza en la procesión en honor al arcángel, patrono también de la localidad.

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Imagen de la abadía propiamente dicha desde la población situada a sus pies

Hoy la abadía está servida por una doble y pequeña comunidad de monjes y monjas pertenecientes a la congregación de Jerusalén, una de las nuevas congregaciones surgidas en los últimos lustros.

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Vista de una de las salas del complejo abacial, desarrollado básicamente en altura

La visita la hemos realizado con una guía bretona que halaba un correcto español, y en un diálogo a tres, ella, Trinitat y yo, hemos procurado subrayar los aspectos más interesantes en el orden histórico, artístico y religioso.

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Vista parcial del claustro gótico, de una simplicidad y belleza extraordinarias

Otra cosa bien distinta es la estancia fuera de la abadía. La población, de una sola calle, está literalmente invadida de personas, más turistas que peregrinos, que colapsan físicamente la empinada calzada que comunica la abadía con la puerta de entrada. Con cierto agobio conseguimos salir de la marabunta, que sigue llegando a pie y en unos autobuses preparados al efecto desde las áreas del parking exterior. Creo que Saint Michel tiene un problema, que puede morir de éxito si no se toman medidas drásticas para limitar su visita.

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El grupo escucha atentamente las explicaciones en el interior del espacio abacial

Por tierras de polders ganados al mar, tras la comida, nos acercamos a Saint Malo. Esta villa marinera, que mira al océano y a las Indias Occidentales, está ligada a las hazañas marinas, los armadores y la figura de Chateaubriand. La tarde es espléndida y el primer veranillo se hace presente. Rodeada de murallas y con playas ya frecuentadas en su entorno, sus ciudadanos no quieren desperdiciar un día de sol, porque aquí no se sabe cuando hará presencia nuestro astro en una siguiente oportunidad.

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Un paseo en grupo por la muralla nos permite recorrer toda la ciudad histórica de Saint Malo

Tras dar la vuelta completa a la ciudad por el paseo de la muralla, -no en vano está hermanada con Lugo-, nos quedamos en la plaza del ayuntamiento, ubicado en la fortaleza portuaria, para tomar una cerveza y disfrutar del día. Es viernes, hay ambiente y el enclave es muy hermoso.

Realizada la visita, salimos hacia Saint Breuc, ciudad en la que tenemos reservado el hotel. Otra hermosa bahía, como en Saint Malo, acoge la ciudad. Nos albergamos en un gran cuartel rehabilitado con gusto y estilo. Techos altos, mansardas, ladrillo visto, porte señorial y un gran reloj articulan una plaza cuyo edificio gemelo alberga la Escuela de Bellas Artes de la localidad.

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La foto permite apreciar la línea de edificios pegada a la fachada marítima de la que solo les separa la muralla

Tras la cena, a base de sabrosísimos crepes bretones y sidra, nos retiramos pronto a la habitación, no sin antes, al igual que el año pasado en Amiens pero sin el Madrid, ver el partido de la final de la Champions. Pese a ser dos equipos ingleses, tras un juego miedoso y mediocre, el Liverpool se impone al Tottenham. A dormir, que la intensidad del recorrido nos obliga a madrugar y el despertador sueña enseguida.

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El ambiente festivo de Saint Malo invita a descansar y tomar una caña antes de partir

Gran jornada, con una joya inevitable, Saint Michel, y una tierra y un paisaje singularmente hermoso. Bretaña no defrauda.

 

Viaje a Normandía y Bretaña. Dos batallas decisivas: Hasting y el Desembarco (III)

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Aunque Caen fue especialmente castigada en la II Guerra Mundial, todavía conserva algunas casas de tradicionales, rehabilitadas tras los bombardeos

Apenas ha amanecido cuando suena el despertador del hotel. Son las 6,30 y es preciso levantarse, porque el día viene saturado de arte e historia. Es jueves, día de la Ascensión, festivo en Francia, y ello nos provoca algunos desajustes en los monumentos que tenemos que visitar.

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La Abadía de los Hombres, fundada por Guillermo el Conquistador, vista desde la explanada que le sirve de acceso

Caen, capital de la Baja Normandía, es todo un descubrimiento. Situada a una veintena de kilómetros del mar, y nacida en torno a una pequeña colina donde Guillermo, duque de Normandía, mandó construir un castillo fortaleza, es un monumento en sí misma. Los siglos de la edad media la dotaron de iglesias y abadías presididas por altas torres y una universidad prestigiosa. Situada en el centro del desembarco aliado, fue duramente castigada en la II Guerra Mundial, perdiendo el 70% de su casco urbano. Pero la paciente labor de posguerra ha recuperado buena parte de sus iglesias, algunas de sus tradicionales casas de madera y muchos de sus edificios renacentistas y barrocos. La mañana es fresca y las campanas anuncian las primeras misas en la festividad de la Ascensión del Señor.

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La belleza de la abadía románica y el sereno claustro clásico del siglo XVIII conviven armoniosamente

Ascendemos la suave colina del castillo para apreciar el casco urbano actual y paseamos por su calle principal entre iglesias románicas y góticas de altas torres, casas con encanto, palacetes barrocos, hasta llegar a uno de los puntos culminantes de la ciudad y del viaje, la abadía de San Esteban y su imponente conjunto arquitectónico. La abadía de los hombres, fundada por Guillermo el Conquistador en la segunda mitad del siglo XI y espacio donde se encuentra su tumba, reúne dos grandes conjuntos: la iglesia propiamente dicha, un extraordinario y novedoso edificio planteado en románico, muy próximo en concepción a Santiago de Compostela, y completado en gótico, sobre todo en su cabecera a lo largo del siglo XIII. Maestría, belleza y proporción se dan la mano en un templo deslumbrante. El hecho de haberlo vivido en plena celebración litúrgica, de tono muy conservador en formas y maneras, no impide resaltar la belleza de la liturgia y el ceremonial y la brillantez de los cantos y del órgano. Creo que Francia, el país laico por excelencia, diferencia mejor que nosotros los planos civil y religioso, con respeto por este último, a lo que contribuye un catolicismo sentido y participado. El resto de la abadía, un edificio equilibrado y sereno del siglo XVIII del que destaca el armonioso claustro, son actualmente dependencias municipales y culturales de usos varios.

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Toda la belleza de San Esteban de Caen queda de manifiesto en el ábside de la abadía

Enfrente, casi en línea recta, queda la abadía de las damas, que no visitamos. Impresionante Caen, ciudad abierta al futuro que cuida con esmero su pasado.

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La visita a Bayeux promete, pero antes hay que preparar el cuerpo para la tarea

El paseo hasta Bayeux apenas nos permite un pequeño descanso en el autobús. Decir Bayeux es hablar del tapiz por excelencia. Una tela de 50 metros, en lino y lana, que narra las hazañas de Guillermo el Conquistador. ¡Qué maestría, qué claridad narrativa y qué sabiduría encierra esta obra tan singular! Datada a finales del siglo XI, es una película de época al servicio del poder. El tapiz, magníficamente presentado, comparte protagonismo con un centro temático dedicado a la memoria de Guillermo el Conquistador.

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De nuevo, una catedral imponente en una ciudad minúscula

Pero Bayeux es mucho más: una catedral extraordinaria, románica en su cripta, nave principal y torres, y gótica en el resto. Una catedral que constituye el ejemplo del llamado románico normando, caracterizado por su decoración en arcos y paredes. El casco urbano no le va a la zaga. Pequeño, pero bien articulado. Una vez más, la pregunta recurrente: ¿Cómo es posible semejante catedral en una población que no pasaría de los 10.000 habitantes?

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Vista de Omaha Beach, el principal y más cruento escenario del desembarco aliado

El cambio de escenario es drástico tras la visita a Bayeux, primera ciudad liberada tras el desembarco aliado y primera ciudad francesa en la que De Gaulle se dirigió a sus compatriotas desde la llamada Francia libre.

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Más impresionante aún es el cementerio americano, ubicado sobre la propia playa

Por un paisaje bucólico y rural nos acercamos a las playas donde tuvo lugar el día D del desembarco, 6 de junio de 1944. Las banderas americanas ondean en edificios y casas particulares junto a la francesa. Tras estrechas carreteras dedicadas a los héroes de guerra americanos, divisamos el mar. Acantilados que caen en picado, y en medio una gran playa, hoy solitaria y aquel día literalmente regada en sangre.

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El ramo de flores al pie de la bandera no puede ser más expresivo: “dedicado a todos los hombres y mujeres que han dado su vida por la libertad”

Vimos en el viaje de venida la gran película de Spielberg “Salvad al soldado Ryan”, que describe muy gráficamente el desembarco en Omaha Beach, la playa que cambió su nombre en honor de este gran día. Pero lo verdaderamente impresionante es el memorial en recuerdo de los militares caídos, casi 20.000, de los que el cementerio de cruces blancas e iguales conserva casi 10.000. Cruces que recuerdan vidas jóvenes segadas en defensa de unos principios de validez universal, la defensa de la libertad frente a la opresión. A las cinco en punto suena el toque de oración y el sonido de la trompeta recuerda a los caídos en el momento de arriar la bandera. Todos son preparativos para el día 6 de junio, ya muy próximo, aniversario de la batalla.

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Otro de los lugares emblemáticos de la zona: la punta de Hoc, que los rangers tomaron al asalto en medio de una cruenta carnicería

Tras la visita emocionada del memorial, nos desplazamos a la punta de Hoc, donde estaban emplazados los cañones alemanes que divisaban las playas y que fueron tomados al asalto por los rangers en medio de una cruenta carnicería. En el entorno abundan los cementerios militares de uno y otro signo. Separados por la guerra, descansan ahora en una tierra que no exige el mismo credo, ni la misma ideología, ni siquiera la misma nacionalidad.

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Sirva esta imagen como homenaje a una nación que envió a sus hijos jóvenes. muy lejos de sus hogares, a luchar contra el totalitarismo

Un ejemplo que no deberíamos olvidar.

 

Viaje a Normandía y Bretaña. Dos joyas de la Francia menos conocida, Angers y Le Mans (II)

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Vista exterior del castillo de Angers, con los fosos convertidos en floridos jardines

Tras hacer noche en un hotel junto a la estación, la mañana la dedicamos a conocer Angers, ciudad cabeza del ducado de Anjou, de singular importancia en la historia de Francia. Alfonso de Borbón, el remoto aspirante, todo hay que decirlo, al trono de Francia por parte de los legitimistas, ostenta el título de duque de Anjou.

Situada a orillas del Maine, dos promontorios naturales señalan la ubicación de los dos grandes centros de poder, el civil, con el castillo-fortaleza, y el religioso, representado en la catedral.

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Interior de la capilla del castillo, ejemplo del gótico angevino de principios del siglo xv

El castillo-fortaleza es una imponente edificación levantada a partir del siglo IX y que perdura en su desarrollo hasta bien avanzado el siglo XVI. Rodeada de un profundo foso convertido en cuidado jardín, conserva edificaciones de interés, como la capilla levantada a comienzos del siglo XV en estilo gótico angevino y una obra excepcional: el tapiz del Apocalipsis, relato del último libro neotestamentario y reflejo a su vez de la vida en el siglo XIV, época en la que se tejió. Compuesto por seis tapices de seis metros de alto y 23 de largo, fue encargado por Luis I de Anjou en 1375 y elaborado en siete años. Exquisito, de impecable factura, es todo un reflejo de la sociedad de la época y una crónica animada del discurrir de una corte ilustrada y aficionada al arte.

Deambulando por callejas con encanto nos acercamos a la catedral, imponente edificio que se levanta entre los siglos XII al XVI. En una explicación a dúo, Trinitat y yo intentamos subrayar la complejidad de un edificio de una sola nave con un potente desarrollo en el crucero y el ábside. Vidrieras, órgano, púlpito, altar y sillería nos permiten comentar aspectos variados de la vida de una catedral.

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Vista exterior de la catedral de Angers, edificio en el que conviven los estilos románico y gótico

La salida de Angers nos permite apreciar el buen desarrollo urbanístico de la ciudad, con un tranvía en construcción, un río bien integrado y nuevos espacios urbanos cuidados, muy en línea con la Francia ordenada y limpia de la que tanto tenemos que aprender.

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Entrada al circuito de Le Mans, días antes de que Fernando Alonso se proclamara campeón mundial de resistencia

El viaje de Angers a Le Mans continúa a través de la planicie francesa. Entramos en la ciudad por la carretera del circuito, a fin de ojear al menos el espacio en el que se desarrollan las 24 horas de Le Mans, un hito en el mundo del automovilismo. Todavía recuerdo una anécdota que me ocurrió en los primeros años setenta. Hacía autostop camino de París, cuando me cogieron unos jóvenes. Pregunté a dónde iban y me dijeron que a Le Mans. Ponderé su catedral y ellos me contestaron que no conocían ninguna catedral, lo que les interesaba era el circuito. Más de 40 años después, voy a tener la oportunidad de verlo, siquiera de lejos.

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Nuestro restaurante no podía estar mejor ubicado. ¡Lástima que el menú no estuviera a su altura!

Si Angers y su casco urbano nos ha causado una excelente impresión, no le va a la zaga Le Mans, aunque el inicio haya sido accidentado. En la nueva plaza de Jacobins, recientemente urbanizada, se levanta la enorme catedral. Allí, al pie de la misma, con unas vistas que presagiaban lo mejor, tuvo lugar el almuerzo. Pero el contundente segundo plato resultó un fiasco y tuvimos que cambiarlo para evitar una posible intoxicación. Las eficaces oficios de Trinitat salieron a relucir una vez más y todo acabó en un incidente sin importancia.

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La imponente mole de la cabecera de la catedral de Le Mans incluye los mejores elementos del gótico

Y de allí, a la catedral. ¡Y qué catedral! Compleja, imponente e inmensa, en una simbiosis de los estilos románico y gótico, ambos de gran calidad. Creo que no desmerece de las grandes catedrales del noreste de Francia que visitamos el año pasado, aunque a ésta le falta la homogeneidad de otras. Pero las tras naves del románico, las vidrieras del transepto y el alto y elegante ábside quedarán en mi memoria como uno de los hitos artísticos de Francia.

Le Mans tiene un hermoso y bien conservado casco antiguo que no presenta la degradación que padecen buena parte de los nuestros. Hermosas casonas de madera labrada, tiendas especializadas, pequeños restaurantes y locales de artesanía, componen un conjunto de gran interés. En una de las plazas, presidida por el Ayuntamiento, nos tomamos una cerveza ante de tomar el autobús. Para sorpresa de todos, Elvis Presley nos esperaba en el baño y nos ofrecía una de sus canciones en nuestra breve estancia.

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Los enormes ventanales del crucero  nos hablan de la proeza técnica del conjunto

De nuevo la salida de la ciudad nos permite apreciar el buen urbanismo francés. Parques y jardines cuidados, un río integrado y un tranvía funcional.

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Vista de la calle principal del casco histórico de Le Mans, hoy dedicada a artesanía y restauración

De Le Mans a Caen seguimos un paisaje llano y verde. Estamos en Normandía, una de las metas de nuestro viaje. Ha sido un día con dos descubrimientos dignos de resaltar. Angers y Le Mans son dos ciudades de gran nivel artístico, dignas de ser mejor conocidas y más apreciadas. El viaje, sube de tono.

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En Le Mans, el cerco, el río y los paseos habilitados en sus orillas conviven en armonía

 

Viaje a Normandía y Bretaña. De Oteiza a Angers (I)

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Calle del casco histórico de Saintes

Tras los cursos de arte, llega el momento del viaje final. De nuevo nos decantamos por Francia, al igual en los dos últimos años. Si en 2017 fue el románico del Sur de Francia, y en 2018 las catedrales góticas del noreste, este año visitaremos dos regiones en las que el arte se combina con la historia y una naturaleza excepcional. Normandía y Bretaña nos permiten poner el acento en tres momentos esenciales: la conquista de Inglaterra a partir de 1066 (batalla de Hasting) con Guillermo el Conquistador; el patrimonio artístico acumulado, del románico al barroco, muy apreciable; y el hito del día D en las playas de Normandía, que supusieron el principio del fin de la 2ª Guerra Mundial.

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Vista parcial de la cripta de San Eutropio, con el sepulcro del santo situado junto al altar

Pero antes de disfrutar de estas regiones, es preciso llegar. De buena hora, salimos de Oteiza (6,30 de la mañana) y previo paso por Los Arcos, Estella y Pamplona, iniciamos ruta hacia la frontera. Los componentes del grupo constituimos un conjunto variopinto: alumnos del curso de Los Arcos, alumnos del curso de la UNED Senior y algunos consortes e invitados. Todos deseosos de conocer in situ algunas de las cosas que hemos estudiado en clase.

Un buen viaje tiene dos elementos importantes para su correcto desarrollo: el chófer y el guía. Afortunadamente, no improvisamos. Félix, un veterano, es conocido de otras ocasiones: servicial, templado y amable, es garantía de eficacia. Y Trinitat, a la que disfrutamos hace dos años, es una gran profesional: competente, conocedora y muy servicial también. Estamos en buenas manos.

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Vista exterior de la cripta e iglesia de San Eutropio, con los dos estilos que la caracterizan, románico y gótico

El viaje no nos depara grandes sorpresas. Lluvia a ratos, sol en otros y comodidad siempre. Tras atravesar las Landas y avistar Burdeos, con mucho retraso llegamos a Saintes. Casi son las dos y media de la tarde, que para los franceses es como para nosotros las cuatro. Tras unas excusas difícilmente aceptadas, pasamos a comer a una bodega situada en el casco antiguo de la ciudad, cerca de la catedral. Saintes se nos presenta como una ciudad amable, llana, limpia y muy coqueta. Bien ordenada, como casi siempre en Francia. Una comida rápida deja paso a una visita también rápida en autobús por la alameda principal y el arco de Germánico, hasta llegar a la iglesia de San Eutropio y el anfiteatro romano.

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Vista de conjunto del ábside central de la iglesia Escribir una leyenda

San Eutropio es abadía citada por Aymeric Picaud en pleno siglo XII en el Codex Calixtinus. ¡Y pensar que el clérigo francés pasaría después por Navarra ponderando las villas de francos y alertando del hacer y decir de los navarros! La abadía conserva una cripta extraordinaria que constituye su joya más preciada. Pese a ser de datación temprana, el románico no es tan primitivo y casi salvaje como en Leire, sino que su extensión, las más grande que yo he visto nunca, su perfección formal, su triple nave y su ábside sustentado por gruesos baquetones que se unen en un punto, impresiona y emociona a la vez. La iglesia superior resulta interesante, pero resulta más convencional, con la novedad de que a partir del crucero su nave principal desapareció y el edificio fue cerrado con una portada neorrománica en el siglo XIX. Una torre flamígera, esbelta y robusta a la vez, cierra el conjunto.

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Vista de la torre flamígera de la iglesia de San Eutropio

 

Justo al lado, un anfiteatro romano bien conservado nos habla del esplendor de la Galia romana. Reconforta ver a un grupo grande niños visitando el monumento. Ellos serán sus mejores defensores para el futuro.

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Vista general del magnífico anfiteatro de Saintes, reflejo del esplendor de la Galia romana

Otra gran tirada de autobús nos permite acercarnos hasta el valle del Loira. Allá se encuentra Angers, entre el Maine y el Loira, nuestro destino deseado tras la larga marcha.

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El empaque algo vetusto de nuestro hotel resulta palpable en esta cariátide de la fachada

 

Viaje a China. De vuelta a casa (XVIII)

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La aglomeración de Hong Kong es perceptible también en cada uno de los semáforos con paso de peatones

El viaje de vuelta, con la misma compañía y el mismo tipo de avión, presenta caracteres similares al de la ida, con alguna diferencia. La ruta de vuelta está situada más al norte. El avión asciende hacia el norte de China y se interna en Siberia, que recorre en buena medida. Pasamos por la vertical de Novosivirk, Kirov, y entre Moscú y San Petersburgo. El viaje tiene además dos horas más de duración, consecuencia del efecto de rotación de la tierra. Son 14 horas y media lo que tardaremos en aterrizar en Madrid.

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Vista exterior del Palacio de Congresos, herméticamente cerrado al ruido exterior

Y como el vuelo es nocturno, apenas subimos al avión nos sirven la cena, bastante mala por cierto, de la que solo se salva el helado de postre. Son aproximadamente las dos de la mañana cuando se apagan las luces, se hace el silencio y solo se escucha el rugido de los motores que nos transportan por los cielos de Asia. La temperatura exterior es de -75º y la altura a la que volamos de 33.000 pies.

Cuando redacto estas notas estamos cruzando sobre Moscú. Llevamos recorridas 3600 millas, nos quedan 2250 y cuatro horas y media más de vuelo, aproximadamente 2/3 del viaje. Ya es de día cuando las nubes nos dejan ver el paisaje. Está cubierto en buena medida por la nieve. No es de extrañar, dado que estamos recién entrada la primavera y en estas tierras del este de Europa todavía tardará en llegar. Las tierras son llanas y de vez en cuando carreteras rectilíneas de decenas de kilómetros marcan el paisaje desde lo alto.

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Escolares de visita en el corazón de Hong Kong

Estamos saliendo de Rusia, ahora con Putin de nuevo como jefe todopoderoso, para sobrevolar Bielorrusia a la altura de la capital, Minsk. Continúa la nieve y la llanura. A mí no me sorprende la historia de conquistas de estas tierras, donde las fronteras son más hechos políticos que geográficos. La continuidad con Rusia es casi total, sin que se aprecien elementos geográficos que puedan servir de frontera.

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El obligado selfi con la bahía al fondo

Y de Bielorrusia a Polonia. Cruzamos por encima de Varsovia, la capital para ir a la búsqueda de la República Federal de Alemania. Fueron pocos, muy pocos los días que Hitler necesitó para llegar a las puertas de Varsovia, una vez invadida Polonia, y pocos, muy pocos, los minutos en los que nosotros cruzamos el espacio aéreo alemán a la inversa.

El avión avanza entre el límite de las fronteras alemana y checa, dejando Dresde al norte y Praga al sur. Cuando faltan dos horas, 1500 kilómetros nos separan de Madrid, volando sobre la vertical de Nuremberg. El día está relativamente claro y los Alpes, con el Montblanc a la cabeza, son perfectamente visibles. No así el lago Leman, ya que las nubes bajas impiden su disfrute. No puedo por menos que recordar lo veranos de mi juventud, 73, 74 y 75, pasados en Rolle trabajando junto a sus orillas.

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Sobre uno de los pasos elevados, y desde el autobús que nos lleva al aeropuerto se divisan las barcazas que se acercan al puerto

Por la vertical de Lyon entramos en la dulce Francia, que pronto visitaré con los alumnos del Aula de la Experiencia de la UPNA y de Los Arcos para admirar una selección de sus mejores catedrales góticas. Apenas nos queda una hora de viaje y los 800 kilómetros últimos los haga acompañados de música de Beethoven y Brahms. El concierto nº 3 para piano y orquesta del primero y la cuarta sinfonía del segundo me permiten viajar como pocas veces había soñado. Ni siquiera consigue estropear el rato el horroroso desayuno que Cathay Pacific nos ha proporcionado.

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Vista parcial del hermoso, práctico y operativo aeropuerto de Hong Kong

Por primera vez en el mapa aparece Madrid como horizonte, pero todavía tenemos que atravesar el sur de Francia -¡qué hermoso viaje el del año pasado visitando lo mejor del románico y el gótico francés del sur!- y atravesar los Pirineos que, vistos desde aquí, no separan sino que unen. Lo hacemos por su parte central, sobre la vertical de Lourdes. De aquí, en línea recta a Madrid.

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Las dimensiones del aeropuerto quedan patentes en los largos pasillos mecánicos que unen sus diversas partes

Fin de viaje. Una hermosa experiencia de la que me quedo con lo esencial: los gozosos días de convivencia con mi nieto y sus padres.

 

Viaje a China. Un paseo por Hong Kong (XVII)

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Javier selecciona unas gafas en la tienda, mientras su dueña prepara las mías

La mañana del sábado es algo distinta a las anteriores. No se han escuchado los gorjeos de Mikel tocando diana a las 7 y no he dormido nada de bien debido a la pesadez de estómago que me proporcionaron el excesivo número de trozos de pizza, no menos de ocho, que Paulo nos sacó a la mesa la noche anterior, y tal vez a la inquietud de la vuelta ya inminente.

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A las nueve de la mañana, tras un desayuno con huevo frito y panceta que Javier me ha preparado y una taza de café, iniciamos el camino hacia Hong Kong. La venida la hicimos con un taxi-camioneta que cogimos en el aeropuerto de Hong Kong, con la que nos acercamos a la ciudad. Tras hacer los trámites de aduana, llegamos a Shenzhen y allí, con otro taxi parecido, los acercamos a Dongguan, donde Javier tenía su coche aparcado en un hotel hasta donde llegan los taxis. Esta vez hemos optado por acercarnos en su coche hasta el metro más cercano, dejarlo aparcado y tomar un tren suburbano que nos ha acercado hasta Shenzhen. Aunque las estaciones no son pocas, el tren es moderno, cómodo y barato. Los trámites aduaneros de salida no son complicados y me sorprende el número de personas que encontramos a nuestro paso. Shenzhen es una ciudad muy reciente y muy dinámica. Es zona de actuación especial y ha crecido como la espuma.

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Vista del interior de auditorio y palacio de congresos

Antes de pasar la aduana de Hong Kong nos acercamos a un edificio próximo, dedicado todo él a la venta de gafas, todas copias de marcas buenas y a un precio casi de ganga. Y una vez más, el modelo chino de trabajo se pone en evidencia. La tienda elegida es ya conocida por Javier y su dueña une la simpatía y la profesionalidad con el buen hacer comercial. Quiero gafas bifocales, esas que en España tardan unos días y están por las nubes. Me explora cuidadosamente la vista, me habla del ligero aumento que he experimentado y ¡en hora y media! Las gafas son una realidad.

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Vista de la torre portuaria, corazón de la concesión inglesa

No me resisto a abastecerme bien: unas para Iñigo, otras para Javier, mis bifocales a las que añaden unos cristales oscuros para el sol, otras gafas de sol, y unas sólo de lectura que ella me recomienda. Las seis por algo más de 300 euros, precio que encuentro muy razonable. Aprovechamos para dar un paseo por Shenzhen y comer algo para dar tiempo a recoger las gafas. Una comida suave, también en un italiano, para compensar el exceso de anoche.

 

Tras recoger la mercancía, pasamos la aduana de Hong Kong. Una riada de gente que no se de donde sale se arremolina junto a los puestos de entrada. Volvemos a coger un tren que nos llevará hasta el centro de la ciudad. Hong Kong apenas tiene 1000 kilómetros cuadrados, y es una estrecha franja costera muy montañosa con más de 200 islas en su entorno. De ahí que la población crezca en altura y los bloques de entre 20 y 30 pisos sean los ordinarios. Todo distribuido donde se puede, ganando al mar y a la montaña espacios en otros ámbitos inverosímiles.

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Imagen de Javier consultando su móvil en el jardín adyacente a la torre portuaria

Hong Kong es caótico y fascinante. Acompañados de nuestra inseparable maleta, nos acercamos a la bahía, el lugar de la concesión inglesa durante 150 años y contemplamos la archiconocida línea de rascacielos situada enfrente de nosotros. Allí compiten el HSBC de Foster y el Banco de China de Ming, de arquitecturas señeras y divergentes los dos. Descansamos en la orilla, hacemos unas fotos, miramos los primeros whatsssaps que ya entran con normalidad y enviamos los primeros mensajes. Hong Kong es todo lujo, limpieza, verticalidad y comercio, con edificios para el ocio y la cultura. El palacio de la música ocupa un espacio central y está formado por un moderno edificio blindado al exterior, con un interior deslumbrante. Veo magníficos reclamos de óperas y conciertos que van a tener lugar próximamente y todo tiene un aire más occidental que Cantón.

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Aunque la tarde está nublada, la foto permite apreciar el sly-line más característico de Hong Kong con los rascacielos al fondo

El eslogan “un país, dos sistemas” que ha sido una realidad desde el traspaso de poderes a finales de los ochenta del pasado siglo, funciona, aunque el precio sea la reducida libertad política. Las dos banderas, la china y la hongkonesa, ondean en los edificios y el lujo está a la vista en las tiendas y marcas de moda que invaden el centro.

Damos un paseo y nos acercamos a Nathan Road y buscamos los autobuses que llevan al aeropuerto. Javier quiere volver pronto, porque el trayecto para él también será largo y tiene que pasar de nuevo los trámites de aduanas. Nos despedimos, le doy las gracias por su acogida, le manifiesto mi contento por el viaje, nos damos un abrazo. Le pido que cuide de Mikel y de Carmen y nos despedimos hasta el verano. Hemos mirado vuelos y hay uno directo y reciente de Shenzhen a Madrid que parece que le gusta. El aeropuerto está a dos horas de casa y le evita los trámites engorrosos de la frontera. Si Dios quiere, los tres estarán con nosotros un mes el próximo verano.

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Las tiendas de lujo se alinean en una de las calles centrales de la ciudad

El viaje al aeropuerto tiene su interés, con un alarde de carreteras y puentes para salvar desniveles. Mediante puentes, permiten unir las islas y tener un tráfico relativamente fluido. El aeropuerto, inmenso y más hermoso de lo que me había parecido a la venida, es obra gigante de Foster y ocupa una isla artificial.

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Las estructuras verticales predominan en el conjunto urbano de Hong Kong

Está considerado uno de los mejores del mundo y resulta fácil y operativo. En 15 minutos he resuelto los trámites y me dirijo a la zona de embarque. Tengo cuatro horas de tiempo que se me pasa volando. Miro correos y whatssapps acumulados, leo detenidamente la prensa española con Cataluña dando guerra todavía, hablo con María Luisa y comentamos las primeras impresiones.

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El viaje hasta el aeropuerto permite disfrutar de hermosas vistas y grandes infraestructuras

Embarcamos a las doce y cuarto, y a la una y quince despegamos. Espero tener un buen viaje.