Herejes

Padura

En 1939, unos meses antes del estallido de la Segunda Guerra Mundial, llega a La Habana el barco Saint Louis, con 900 judíos que huyen de la Alemania nazi. El niño Daniel Kaminsky, acompañado de su tío, va al puerto para recibir a sus padres. Pero el gobierno cubano no permite desembarcar a nadie. Los Kaminsky intentan sobornar a los corruptos funcionarios cubanos ofreciéndoles un cuadro de Rembrandt, Cabeza de Cristo, propiedad de la familia desde el siglo XVII. Pero todo será inútil, y los refugiados deberán volver a Alemania, donde serán víctimas del Holocausto. Muchos años más tarde, en 2007, el cuadro de Rembrandt sale a subasta en Londres. Elías, el hijo de Daniel, va a Cuba, donde contrata al detective Mario Conde para que averigüe lo qué ha pasado.
Leonardo Padura, uno de los novelistas más destacados de la literatura cubana, ha elegido un dramático suceso histórico como tema de arranque de su novela. Después de una lectura larga en el tiempo y a veces difícil, he terminado la obra con un ambivalente sabor de boca. Por un lado, tengo la impresión de haber estado ante una obra bien escrita y muy bien documentada, Por otro, me ha parecido leer varias historias distintas al mismo tiempo, sin demasiada hilazón entre sí.
El autor ha forzado la mezcla de dos estilos independientes, el histórico y el policiaco con resultados dispares. Me ha interesado mucho más el primero, sobre todo el referido a las páginas que narran la vida en Amsterdan entre 1643 y 1647, donde Elías, un joven judío que entra en el taller dee Rembrandt, se convierte en pintor y en modelo del cuadro Cabeza de Cristo. En cambio, la historia de Judy apenas sirve para que el detective Mario Conde pueda intervenir y así la novela se oriente hacia un relato policial situado en la Cuba actual. Ocasión propicia, por cierto, para que Padura, que reside en La Habana y la conoce muy bien, retrate la crisis de identidad cubana y realice críticas nada veladas al régimen, con lo que eso comporta. Pero la historia del cuadro y la de Judy son demasiados autónomas y tienen un peso narrativo muy desigual dentro de la novela, sin que el tema de la herejía sea suficiente elemento de unión entre ambos mundos.
Ficha bibliográfica: PADURA, L., Herejes, EPUB, 547 págs.

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Huele a oveja

Elizalde

La antigua tierra de Canaán, el territorio bíblico conocido con nombres como Israel, Judá o Palestina, según las épocas, es una estrecha franja de tierra situada en la zona sudoriental del Mediterráneo. La agricultura de secano y sobre todo la ganadería han sido históricamente sus fuentes de riqueza. De ahí que la figura del pastor sea una imagen omnipresente en el Antiguo y en el Nuevo Testamento, en el primer caso referida a Yahvéh y en el segundo a Jesús de Nazaret. ”El Señor es mi pastor”, dirá el Salmo 23; “Yo soy el Buen Pastor”, recordará Jesús en Juan 10, 11.
Con el nacimiento de la Iglesia, esa imagen del pastor se aplicará al Papa, los obispos y los sacerdotes, encargados de guardar el rebaño. No sorprende que en los primeros siglos, con una Iglesia primero perseguida y luego solo tolerada,  el tema del Buen Pastor sea el más representado en la iconografía paleocristiana, con más de 900 imágenes, tanto en pintura como en escultura. Pero a partir del siglo IV, el cristianismo se convierte en religión oficial, la pobreza deja paso a la acumulación de riqueza, y el Papa y los obispos dejan de ser solo representantes eclesiales para pasar a ser también señores temporales, dueños de territorios, haciendas y vidas. Curiosamente la representación del Buen Pastor desaparece casi completamente en la Edad Media y solo aparecerá esporádicamente en los siglos siguientes.
Y héteme aquí que, recién iniciado el siglo XXI, tras los poderosos papados de Pío XII, Juan XXIII, Pablo VI, Juan Pablo II y Benedicto XVI, llega un Papa venido del extrarradio, Francisco, y sitúa en  el centro de su pontificado no el juicio sino la misericodia y, en medio de un mundo tecnificado donde el pastoreo es una actividad prácticamente inexistente, pide a la Iglesia volver a los orígenes, salir a la periferia a  acompañar a las ovejas en su difícil tránsito terrenal y a buscar a las descarriadas, y demanda imperiosamente a los obispos que sean “pastores que huelan a oveja”.
El día 8 de enero conocimos el último nombramiento en la larga lista de obispos distribuidos por el mundo. Juan Carlos Elizalde, un navarro de Mezkiritz, ha sido designado obispo de Vitoria por el Papa Francisco. Sé que hay aspectos que requerirían nuestra atención: el proceso de participación en la elección y los criterios ideológicos-pastorales en la selección, entre otros. Pero, sin desconocerlos, hoy es día para subrayar mi alegría como navarro, como amigo y como miembro de la Iglesia diocesana.
Conozco a Juan Carlos Elizalde desde el año 2005. Era el responsable de la residencia Argaray, sita en el antiguo seminario de Pamplona, cuando mi hijo comenzó sus estudios universitarios y residió un año en la misma. Me pareció un hombre afable, cercano y vital, especialmente interesado en la pastoral juvenil, tan importante y desatendida en nuestras diócesis. He seguido sus pasos posteriores. Responsable de la pastoral universitaria en la UPNA, sé de su discreción, su temple y su constancia, y de una actividad que no se ha circunscrito a la modesta capillita del Sario, sino a actividades nunca fáciles en un medio indiferente cuando no hostil. Y todo ello, junto a una actividad frenética como vicario episcopal, prior de Roncesvalles y párroco de 9 pueblos del Pirineo, próximos a su Mezkiritz natal y a la colegiata. Por no hablar de los planes en marcha para impulsar uno de los centros artísticos y culturales más importantes de Navara y dotarlo de nuevos bríos en un horizonte de peregrinaciones en alza.
Pero todo esto cambiará dentro de poco cuando tome posesión de la diócesis de Vitoria. He leido la carta hermosa y sentida que acaba de enviar a toda su diócesis y a todos los alaveses. Sus ideas son claras y firmes: pide la ayuda de todos, porque no sabe ser obispo y debe aprender; desea acompañar a todas las comunidades cristianas a seguir saliendo a la periferia que señala el Papa Francisco: los más pobres, la gente golpeada por la violencia, la increencia deshumanizadora y la desunión entre nosotros; promete entregar todo su tiempo, su caudal afectivo y sus fuerzas en beneficio de todos; como servidor necesitado se abre a las sugerencias, consejos y aportaciones de  toda la diócesis con enorme esperanza; y espera sentirse como en casa, viniendo de una diócesis tan cercana en sensibilidad social y eclesial.
No lo va a tener fácil. Pero tiene cuatro cosas en su haber nada despreciables: cree en lo que predica y vive una fe consecuente; conoce el proceso de secularización intensa de la diócesis de Vitoria, porque lo ha vivido en la de Pamplona-Tudela; ha sabido ser levadura en la masa; y huele a oveja como quieren Francisco y sus feligreses. Feligreses  que, aún siendo un solo rebaño, tienen sensibilidades muy distintas. De todos se espera que sea el pastor.
Diario de Navarra, 14/1/2016

Refugiados

refugiados

Escribo estas líneas en la tarde de Reyes, una jornada en la que nuestros corazones de personas adultas se enternecen y vuelven a sentir la nostalgia de un tiempo que se fue. Con más deseos que realidades y más peticiones que regalos, rodeados de abuelos, padres y hermanos en número considerable, esperábamos ansiosos la tabla del parchís, la muñeca de cartón o la anguila en aquella caja de colorines. Y aquí estoy, tras esta ensoñación, dispuesto a escrbir una pequeña reflexión sobre los refugiados, dado que esta palabra ha sido elegida la palabra del año por la Fundación del Español Urgente, como recuedo de un drama que llegó a nuestras puertas y nos conmocionó a todos. Pero no acabo de encontrar la medida del puzle. Tengo sobre mi mesa los últimos datos aparecidos en la prensa de hoy: la noticia de los enésimos subsaharianos muertos frente a la valla de Ceuta y en sus aguas próximas; los primeros 27 ahogados de 2016 frente a las costas de Lesbos, incluidos tres niños; la última bravuconada indecente de Trump, confundiendo la valla de Melilla con la frontera entre México y Estados Unidos; y un cuadernillo de la serie “Cristianismo y Justicia”, titulado De la hostilidad a la hospitalidad en el que se reflexiona críticamente sobre el fenómeno de la migración. Probablemente demasiados datos para tan poco espacio.
Comencemos, por tanto, desde el principio. La historia del mundo es, en buena medida, una historia de migraciones interminables. Si tomamos como fecha aproximada de la aparición de la especie humana los cinco millones de años antes de Cristo, durante cuatro millones novecientos noventa y cinco mil los humanos -más bien pocos- han sido una especie en continuo movimiento en busca de alimento que les permitiera sobrevivir. Solo con el neolítico, es decir no mucho antes del 5.000
a. C., algunas comunidades comenzaron a cultivar la tierra y a domesticar algunas especies animales, lo que trajo consigo la necesidad de una sedentarización y el proceso subsiguiente: nacimiento de las núcleos urbanos, necesidad de especializar el trabajo, aparición de las clases sociales, y deseo de conquistar nuevas tierras y dominar a otros colectivos humanos.
Pero entrados en la historia más reciente, el proceso no se paralizó y variadas oleadas de pueblos diversos han recorrido sobre todo Eurasia en busca de mejores lugares donde asentarse. Los motivos del desplazamiento han sido varios: en unos casos, probablemente los más, razones estrictamente económicas; en otros, a éstas se han añadido otras como las políticas, sociales o religiosas. Hoy hablamos fundamentalmente de éstos, los que han tenido que abandonar familia y patria por las razones apuntadas para sobrevivir a una muerte probable o segura.
¿Qué nos ha deparado 2015, el año de los refugiados? Los hemos visto recorriendo miles de kilómetros a través del Egeo o encaramándose a las concertinas de una nueva valla, mientras intentaban pasar a sus hijos por ellas con caras de terror. Les hemos visto ser recibidos con aplausos en algunas estaciones de tren centroeuropeas, pero también ser objeto de insultos, zancadillas y exhaustivos controles interiores. Nos han impactado las imágenes de Aylan y otros niños de nombre desconocido flotando en aguas de las costas de la supuesta tierra de promisión. Y, consecuencia de esto, hemos oido muchas palabras de líderes europeos que a veces nos han avergonzado, muchas reuniones y cumbres, y muchas promesas incumplidas. En 2015 han llegado a las costas de Europa, la civilizada y culta Europa, más de un millón de personas que huían de sus países de origen y pretendían encontrar asilo y cobijo en la tierra de los derechos humanos, pero pocas han sido las políticas materializadas y aplicadas a nivel comunitario y varios cientos de miles de refugiados  han pasado unas navidades  en unas penosas condiciones sin saber qué les deparará el 2016.
Nos queda mucho por hacer en este año que comienza: abrir vías legales de entrada a Europa para evitar que los potenciales refugiados arriesguen sus vidas; concretar una misión europea de salvamento marítimo que evite numerosos naufragios; definir una política de reparto justo de responsabilidades, con criterios objetivos de distribución como la tasa de desempleo y el número de solicitantes; establecer una lista europea de países seguros; y crear una policía fronteriza europea.
Estas medidas, todas en fase de estudio por parte del Parlamento Europeo y del Consejo, constituyen un test de la Europa que queremos. Dicho de otra manera, debemos pasar de la hostilidad a la hospitalidad y convertir las promesas en realidades. Nos empujan a ello el pasado que fuimos, el presente que hemos forjado y, si somos insensibles al éxodo, el oscuro futuro que atisbamos en el horizonte, lleno de vallas físicas e inviernos afectivos.

Diario de Navarra, 6/1/2016

Desde el Consejo Social, gracias

Foro

Imagen de una reunión del Foro Social y Empresarial

Ocurre siempre por estas fechas, cuando diciembre va avanzando. Toca hacer balance del año que se acaba. Y pensando en las tareas que ha desarrollado el Consejo Social de la UPNA, creo que 2015 ha sido un año especialmente rico en colaboraciones de personas del entorno con la  Universidad. El Consejo Social es, según su Ley Foral, el órgano de participación de la sociedad en la universidad, y debe ejercer como elemento de interrelación entre la sociedad y la universidad. Y a eso, entre otras cosas, nos hemos dedicado con la complicidad de muchas personas generosas que, comprendiendo la importancia de la labor que desarrolla la Universidad, han dedicado su tiempo y su talento a tratar de mejorar la sintonía de la Universidad con las necesidades de la sociedad. Por supuesto que las primeras personas del entorno que aportan su conocimiento y su tiempo a esta tarea son los miembros externos del propio Consejo Social, 12 personas designadas por el Gobierno, el Parlamento, los sindicatos y los empresarios que participan en la vida de este Consejo a través del pleno y las comisiones, sin otra compensación que la de servir a la Universidad y a la ciudadanía de Navarra. Pero el Consejo se nutre de manera muy importante de las ideas que surgen de su Foro Social y Empresarial, un ámbito de debate creado por el propio Consejo que reflexiona cada año sobre un tema importante para el futuro de la Universidad y es el semillero de buena parte de las líneas de trabajo del propio Consejo. En este Foro participan, junto con representantes del Equipo Rectoral y del Consejo, 23 personalidades del ámbito empresarial, social y cultural que se implican a fondo en la búsqueda de ideas creativas para mejorar en aspectos como el emprendimiento, el empleo de los doctores universitarios en el ámbito empresarial o la participación de la Universidad en las estrategias regionales de especialización económica. Otras 6 personas de gran prestigio profesional forman parte, designadas por el Consejo Social, de las Comisiones de Garantía de Calidad de cada una de las Facultades y Escuelas, y colaboran con los profesores que dirigen esos centros para evaluar y mejorar de manera permanente la calidad de las titulaciones. Como puede ir viendo quien lea estas líneas, la Universidad Pública de Navarra responde al principio de orientación al entorno comprometiéndose con la sociedad en sus propios órganos internos. Esto es particularmente claro en su Fundación Universidad-Sociedad, orientada por un Patronato en el que 5 patronos también son nombrados por el Consejo Social.
Quisiera destacar por su carácter pionero el programa llevado a cabo este año junto con la Fundación y el Rectorado para que todos los títulos de grado de la Universidad sean valorados por grupos de entre 6 y 10 profesionales prestigiosos externos a la Universidad, como paso previo a la renovación por la Agencia Nacional de Evaluación de la Calidad y Acreditación (ANECA) del visto bueno que permite seguir impartiendo estos títulos. Este es un programa que ya ha cubierto casi todas estas enseñanzas. El análisis de la actividad formativa de cada carrera ha sido exhaustivo, y las recomendaciones de mejora que han expresado estos profesionales servirán para que toda la actividad formativa de la Universidad, que ya responde de manera muy notable a las necesidades sociales, se ajuste todavía más al futuro de las profesiones y de las empresas. En esta exigente tarea han participado 80 personas. Un reto parecido es el que asume la Escuela de Doctorado de la Universidad, que en estas fechas y con la colaboración del Consejo Social está realizando una tarea profunda de prospectiva con una veintena de empresarios para enriquecer la orientación de la formación doctoral. Por otro lado, la Universidad Pública de Navarra trabaja estos días en la elaboración de su nuevo Plan Estratégico, para lo que pulsa la opinión de la comunidad universitaria, pero también cuenta con el criterio de un grupo de 10 expertos externos, la mitad de los cuales han sido invitados por el Consejo Social.
Unas 140 personas, por lo tanto, han participado con un importante nivel de compromiso, invitadas por el Consejo Social, en la mejora de la actividad formativa de la Universidad. Estas líneas quieren servir, por un lado, para que la sociedad conozca la profunda implicación y compromiso de la UPNA con su entorno. Desde el Consejo Social procuramos facilitar esta implicación, en 2015 con las acciones que he descrito, que se añaden a otras muchas iniciativas que surgen del ámbito académico. Y por otro, para agradecer a todas estas personas su generosidad y el entusiasmo con el que nos ayudan a intensificar el impacto de la Universidad Pública de Navarra en el desarrollo de la Comunidad Foral.
Diario de Navarra, 4/1/2016