Duelo sin despedida

Duelo2

Les confieso a ustedes que he tenido muchas dudas sobre el asunto que debía de abordar esta semana. ¿También yo debía de hablarles sobre el coronavirus, teniendo en cuenta la sobresaturación de información que recibimos y que la pandemia va a continuar entre nosotros más de lo que nos gustaría? ¿No sería más razonable apelar al arte, la literatura, la música, o compartir con ustedes algunas de las muchas y muy buenas iniciativas que van surgiendo en estos ámbitos? ¿O incluso apelar a la primavera, que empieza a estar insultantemente bella, sin ser consciente de que el dolor, la enfermedad y la muerte han acampado entre nosotros y casi no nos podemos permitir el lujo de apreciar cómo la vida pretende irrumpir en nuestras casas a través del agradable calorcito tras los visillos, el árbol florecido de la calle o la modesta y tierna flor del tiesto de nuestros balcones o ventanas?

Pero los datos de hoy miércoles, en los que termino estas líneas -que ya serán bastantes más cuando ustedes los lean mañana- son tan estremecedores, que no puedo obviarlos: 47.610 casos confirmados y 3.434 muertos en España y 1.197 y 33 en Navarra.

En esta pandemia que nos afecta a todos, aunque en desigual medida, hay un sector especialmente vulnerable y castigado: nuestros mayores. En unos casos, los más, al abrigo de su familia, con resignación y paciencia casi infinita, viendo la tele, no pocos con rezos y misa incluida, y hablando con sus hijos y nietos por teléfono; en otros, confinados solos en casa, haciendo doblemente dura esta etapa en la que el miedo se une a la soledad; y otros más, en residencias queridas u obligadas por las circunstancias personales o familiares, que se han revelado en muchos casos claramente insuficientes y deficitarias para hacer frente a situaciones de emergencia. Nuestros mayores, sí, aquellos que habiéndolo dado todo en circunstancias difíciles para su familia y su país, se encuentran ahora, al final de sus días, con una epidemia que parece de posguerra y que se los lleva a ellos por delante.

Honrar a los muertos, es una actitud inherente a la especie humana de la que tenemos constancia desde la más remota antigüedad. Ha adquirido diferentes formas a través de la historia y, entre nosotros, ha dado lugar a un rito consolidado: compañía en la enfermedad, en la medida de lo posible; velatorio del difunto, normalmente en el tanatorio; y funeral y acompañamiento al cementerio. Ni siquiera el rito civil, que ha sustituido en parte al religioso, prescinde de esta liturgia. Y es que la persona humana, que habita en sociedad, necesita compartir la pérdida de un ser querido, llorarla en el hombro del familiar o el amigo y recibir el calor y el ánimo de los suyos, aunque el proceso resulte a veces abrumador, pero también íntimamente satisfactorio. Las esquelas de estos días dejan constancia del desgarro. Casi todas incluyen que, dadas la circunstancias del momento, el funeral queda para más adelante. No hay velatorio, el entierro o cremación se hace en la más estricta intimidad, y el funeral se pospone.

Por si esto no fuera suficiente, la pandemia ha producido una situación nueva, que tanto nos está impresionando estos días. Personas, sobre todo ancianos, que mueren solos, y familiares que no pueden acompañarlos en sus últimos momentos, sin intercambiar un abrazo, una sonrisa o unas palabras de despedida. Quizás sea la cara más cruel de la pandemia, el aislamiento en los momentos finales para evitar contagios, convirtiendo los últimos días y las horas postreras en un viaje repleto de ausencias, soledad y muerte, mientras al otro lado la familia experimenta angustia, impotencia y desgarro.

Este duelo sin despedida, normalmente asociado a las muertes súbitas o por accidente, se nos ha hecho presente de forma repentina. Solo nos queda solidarizarnos con los familiares en este trance difícil, animar a buscar fórmulas -hoy el DN nos habla de algunas buenas prácticas en algunas de nuestra residencias- para paliar este tremendo roto emocional, y contribuir solidariamente en todo lo posible a acortar el tiempo de la pandemia.

La actual situación probablemente nos ha hecho descubrir que solos no vamos a ningún lado. Que tenemos vecinos, que podemos contar con ellos, que juntos sufrimos y que podemos también alegrarnos juntos.

Permítanme que termine con una anécdota positiva. En Oteiza, donde vivo, el aplauso de las 8 de la tarde a los que trabajan por todos nosotros, ha sido complementado por parte del ayuntamiento con unos minutos de música que suenan por todos los altavoces del pueblo. Es un momento esperado para el agradecimiento y el optimismo, porque si la primavera ha llegado a nuestros campos, también debe llegar a nuestros corazones y a nuestra sociedad. ¡Juntos lo lograremos!

Diario de Navarra, 26/3/2020

 

El fruto de un centenario

Viana

Ficha técnica

Título: Viana en su VIII centenario: cultura y patrimonio

Editorial: Ayuntamiento de Viana

Páginas: 179

Precio: 5 euros. Disponible en la Oficina de Turismo del Ayuntamiento de Viana

Viana es una ciudad con muchas singularidades en su haber: plaza de frontera, villa fortificada, ciudad jacobea y conjunto monumental, entre otras. Una población, además, con fecha de nacimiento preciso y cumpleaños popular: el 1 de febrero de 1219, día de San Felices, que se ha venido celebrando ininterrumpidamente hasta la actualidad.

Durante todo el año 2019, Viana ha conmemorado, en consecuencia, su octavo centenario y a lo largo del mismo se han celebrado múltiples actividades de todo tipo. Entre otros, un curso de la Cátedra de Patrimonio y Arte navarro en la que especialistas locales -Juan Cruz Labeaga y Félix Cariñanos- y foráneos -Carlos Martínez, Pilar Andueza, José Javier Azanza, María José Tarifa, Ignacio Miguéliz y Francisco Javier Villanueva- disertaron sobre algunos de los aspectos más sobresalientes de su historia y su patrimonio.

Todo ello quedó recogido en el presente libro, presentado primero en Viana y posteriormente en Pamplona, del que Diario de Navarra dio cumplida cuenta hace unas semanas.

La importancia de la ciudad en la historia y el arte de Navarra, el elenco de autores participantes, especialistas todos ellos en el área estudiada, y el diseño material del libro, en el que texto y fotografías dialogan y se complementan con belleza y eficacia, permiten traerlo a esta sección como ejemplo de publicación didáctica y divulgativa. El libro constituye además un sentido homenaje de afecto y reconocimiento a Juan Cruz Labeaga Mendiola, natural de Viana y principal historiador de la ciudad. Supone, sin duda, uno de los frutos granados del VIII centenario.

Diario de Navarra, 6/3/2020

El emociómetro

Emociómetro

El Diccionario de la Real Academia Española (RAE) recoge 162 palabras terminadas en el sufijo “metro”, reconocidas oficialmente. Pueden significar o instrumento de medida o unidad de longitud múltiplo del metro. En los últimos años, fruto de la vitalidad del idioma, hemos incorporado algunas otras que, sin tener reconocimiento oficial, nos resultan familiares. Es el caso de “navarrómetro”, para designar al estudio electoral que periódicamente encarga el Parlamento de Navarra, o “pactómetro”, neologismo con el que La Sexta denomina a los posibles pactos de gobierno, tras la suma de escaños obtenidos por los partidos políticos en unas elecciones.

El otro día, en el programa “Longitud de onda” de Radio2, entrevistaron a Ínigo Saénz de Miera, director de la Fundación Botín, quien trataba de explicar qué era el “emociómetro”, aplicado al impacto del arte -en sus múltiples manifestaciones- en la vivencia y gestión de las emociones. La entrevista, la revisión del programa de la citada fundación Educación Responsable, y la iniciativa que tendrá lugar este viernes en el Auditorio Nacional de Música de Madrid en la que pretende medirse el impacto en músicos y oyentes de la audición de la novena de Beethoven mediante la utilización del “emociómetro”, me parecieron razones más que suficientes para reflexionar brevemente sobre esta cuestión y tratar de aplicarlo a nuestra situación como sociedad.

A estas alturas, nadie discute la importancia de las emociones. Todos las sentimos en mayor o menor medida y forman parte inherente de nuestra condición humana. Otra cosa es como las gestionemos, lo que condicionará grandemente nuestra vida en sociedad. Todos conocemos a personas valiosísimas que, sin embargo, están escasamente dotadas para esta vida en sociedad. Decimos de ellas que les falta inteligencia emocional, un concepto relativamente reciente en el que englobamos las capacidades y habilidades psicológicas que implican el sentimiento, entendimiento, control y modificación de las emociones propias y ajenas.

La navarra es una sociedad compleja y plural, acostumbrada a las emociones fuertes de todo tipo: políticas, sociales, económicas y religiosas. Afortunadamente, la desaparición del terrorismo de ETA ha acabado con el más pernicioso de los peligros que se cernían sobre nuestra Comunidad, pero nuevas tensiones llaman a nuestra puerta. La última acaba de hacerse presente y por muchos esfuerzos que hagamos será muy difícil cerrársela y no sufrir sus efectos más o menos graves. Me refiero al coronavirus, En el momento de revisar estas líneas, el número oficial de afectados se eleva a 46, pero cuando usted las lea mañana serán bastantes más. El peligro asoma: existen focos importantes en Álava y La Rioja y las administraciones han decidido el cierre de sus centros educativos, entre otras medidas.

¿Podemos tomar la temperatura a la realidad navarra actual, aplicar el emociómetro y prever el comportamiento de nuestra sociedad? Intentémoslo.

La situación está provocando en nuestro cuerpo social inquietud y desasosiego. Así lo indican las conversaciones en familia, amigos y grupos de todo tipo, por no hablar de los medios de comunicación. A las páginas de este mismo medio me remito. Y ante este estado, cabe esperar que nuestros responsables políticos den pruebas de esa inteligencia emocional a la que nos referíamos y ejerzan un ecuánime liderazgo. Guardar el equilibrio entre lo necesario y lo deseable no es fácil, porque buena parte de las medidas que se tomen serán impopulares. Pero sería bueno que primen en las autoridades los criterios científicos sobre los de oportunidad, y que los ciudadanos respondamos con sentido común y seriedad a fin de conseguir el objetivo deseado: que la epidemia no se expanda, y queden salvaguardados los intereses colectivos y de salud pública sobre los deseos personales de satisfacción de necesidades menos perentorias. Ni los elementos de ocio, ni las celebraciones festivas, ni siquiera la asistencia a las aulas o a determinados trabajos son fines en sí mismos, sino medios de los que nos servimos para mejorar nuestra vida en sociedad, una vez que ésta está garantizada.

Disponemos de un robusto sistema de salud y unos profesionales bien capacitados. Si en los próximos días o semanas somos capaces de mantener la calma, atender razonablemente las indicaciones de las autoridades, acentuar nuestra higiene personal, comprender las medidas incómodas que puedan arbitrarse y actuar solidariamente con las personas que se vean afectados por el virus, habremos pasado positivamente la prueba y podremos alegrarnos de formar parte de una sociedad desarrollada, emocionalmente madura y socialmente solidaria.

Será un ejemplo más de que las frustraciones y las crisis no necesariamente son elementos negativos, si somos capaces de reaccionar y actuar en consecuencia. A todos nos va mucho en ello.

Diario de Navarra, 17/3/2020

 

La casa como espacio. hogar y convivencia

Ccasa

Ficha técnica

Título: Patrimonio y familia: La casa y el espacio doméstico en Navarra

Autor: Pilar Andueza Unanua

Editorial: Cátedra de Patrimonio y Arte navarro. Universidad de Navarra

Páginas: 125

Precio: Edición no venal. Disponible en el Depósito Académico Digital de la Universidad de Navarra y en la web de la Cátedra de Patrimonio y Arte navarro

Han transcurrido ya casi cuarenta años desde que la Caja de Ahorros de Navarra publicara La casa en Navarra, obra magna en cuatro tomos de Julio Caro Baroja. Con tan monumental pórtico, no es de extrañar que el estudio del espacio doméstico en Navarra no haya tenido un especial desarrollo desde entonces. La excepción, no única pero sí más significativa, la constituye la profesora Pilar Andueza, profesora titular de Historia del Arte en la Universidad de La Rioja, autora de una tesis doctoral dedicada a la arquitectura señorial de Pamplona en el siglo XVIII y de numerosos estudios parciales sobre la materia. Pocas personas, por tanto, tan preparadas para abordar un estudio como el que les presento, cuya mayor dificultad estriba en su carácter sintético y divulgador.

El libro ha sido objeto de dos excelentes recensiones en este mismo medio: un amplio reportaje, firmado por Jesús Rubio, titulado “La casa, más que edificios”, y una trabajada reseña, firmada por Carmen Jusué, bajo el título “La casa, el espacio doméstico y mucho más”. A ellos me remito para el lector interesado.

Parecía, no obstante, de justicia, reflejar en esta sección la aparición de un libro que trasciende su modestia formal, apenas 125 páginas, para convertirse en la nueva referencia asequible para quien desee acercarse al conocimiento de los rasgos más relevantes de la arquitectura doméstica navarra.

El libro está además exquisitamente editado, y presenta un formato asequible, y una eficaz conjunción de texto y material gráfico. Un libro, en definitiva, instructivo, oportuno y fácil de leer que nos reconcilia con un espacio a la vez físico y espiritual: la casa como hogar, con todo el peso que tal expresión conlleva.

Diario de Navarra, 6/3/2020