Chupinazos festivos

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Rosa Hernández enciende la mecha del cohete festivo en Bargota. Diario de Noticias 28/8/2016

Una parte significativa del Diario de Navarra en verano lo constituye las noticias sobre las fiestas patronales de nuestros pueblos. Unas a otras se parecen como gotas de agua, pero para los vecinos de cada localidad las suyas son incomparables. Y, aunque los actos básicos se mantienen año tras año, las novedades aparecen en los ámbitos más variados.

Cuando Víctor Pastor y yo elegíamos en 2003 las fotos para nuestra monografía sobre Los Arcos, apreciamos un lento pero inequívoco cambio en la vestimenta festiva a partir de los años setenta. Hasta entonces, el día de la Virgen o del patrón era jornada de procesión, misa y mesa, ataviados con la mejor vestimenta festiva, ellas de estreno y ellos de traje y corbata en muchos casos. Solo el pañuelo rojo al cuello rompía el aire un poco solemne de la vestimenta de las fiestas de guardar. Hoy sería impensable que nuestros jóvenes pensaran que puede haber otra vestimenta festiva que no sea el blanco y rojo. En las fotos de los encierros de las décadas de los sesenta y setenta continúa sin ser habitual la actual vestimenta, aunque empieza ya a popularizarse como uniforme festivo.

Es en la década de los ochenta cuando el blanco y rojo se generaliza. Pero no para todos. Todavía recuerdo que yo, en señal de respeto, acudía como consejero al día grande de las fiestas de los pueblos a las que era invitado con traje y corbata de verano, sobre los que la autoridad municipal colocaba el pañuelo festivo al que se había añadido el escudo municipal.

Pero si hay un acto que haya crecido en importancia e intensidad emocional es, sin duda, el chupinazo. Tal vez la imitación de Pamplona marque impronta, pero este inicio, acompañado de entrega de premios e imposición de pañuelos a los nacidos en el año anterior, se ha convertido en un momento álgido de las fiestas. Y son muchos los que darían cualquier cosa por protagonizar este premio de la lotería municipal anual, un momentico único en el que los vivas a la patrona y a la localidad, tan iguales y tan diferentes, abren el periodo festivo. Lo habitual era que el chupinazo lo tirara el alcalde de la localidad el primer año y en los años siguientes lo hicieran los diferentes grupos municipales. Al fin y al cabo, son nuestros representantes y somos los ciudadanos quienes los hemos elegido. Pero la última novedad de nuestras fiestas, sobre todo este verano, ha sido la elección de personas o instituciones ajenas para protagonizar este momento cumbre en la vida anual de un pueblo. Les confieso que no acaba de gustarme el cambio, y eso que yo fui elegido en 2004, junto con Víctor Pastor, para lanzar el chupinazo festivo en Los Arcos como agradecimiento a nuestro libro sobre la localidad aparecido ese mismo año. La mayor parte de nuestros alcaldes y concejales están en la vida municipal por amor a su pueblo. No obtienen ni beneficios económicos ni sociales, sino preocupaciones, quebraderos de cabeza y algún disgusto con los vecinos. Si no van a tener ni siquiera la oportunidad de protagonizar los momentos más satisfactorios, pocos incentivos estamos dando para su continuidad y relevo. Pero, sin duda, el descrédito de la clase política, también ha llegado hasta aquí y amenaza con contaminarlo todo. Por ello, es una necesidad recordar que el sistema democrático es el mejor de los posibles y una injusticia que paguen justos por pecadores.

Y abierta la veda, ha comenzado el desfile. Este verano hemos visto aparecer en el balcón consistorial a deportistas locales, personas significadas en los ámbitos sociales, artísticos y culturales, comparsas de gigantes y cabezudos, y asociaciones variopintas. Seguro que casi todas se merecen este honor, ratificado en todo caso por las corporaciones municipales, pero me gustaría comentar brevemente la que más me ha gustado por el mensaje que encierra.

Todos tenemos ocasión de contemplar diariamente en nuestros pueblos y ciudades a personas mayores cogidas del brazo o llevadas en sillas de ruedas por mujeres de rasgos distintos a los nuestros, en su mayor parte sudamericanas, del este de Europa o magrebíes. Son personas que han dejado a sus familias para venir a cuidar a las nuestras. Ellas hacen posible que se conserve algo de vida en nuestros pueblos y que nuestros mayores sigan viviendo en su casa natal, que con buen criterio se resisten a abandonar. Pues bien, el ayuntamiento de Bargota decidió que fueran las ocho cuidadoras de sus mayores -Saadia Bahomman, Rosa Cortez, Asmae Bouzegaoui, Atanasia González, Mirca Megía, Ana María Ríos y Rosa Hernández- quienes protagonizaran el pasado 26 de agosto el chupinazo festivo. Quisiera creer que todos nos unimos a los bargotanos a la hora de abrir los brazos y arroparlas como unas vecinas más. Por mi parte, aplaudo la iniciativa y felicito a la corporación por su gesto fraternal y solidario. Y a todas ellas les deseo una satisfactoria estancia entre nosotros.

Diario de Navarra, 15/9/2016

 

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El muchacho persa

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Pocos podrán discutir que la novela histórica está de moda. Abundan los escritores que han hecho de ella su género más característico. Y no son pocos los que puede que escriban novelas -otra cosa es que éstas sean más o menos buenas-, pero lo que no escriben es novelas históricas, si por eso se entiende obras bien documentadas que no desvirtúen la historia, al margen de las concesiones literarias que se tome el autor.

Entre los autores de novela histórica por excelencia se encuentran nombres como Marguerite Yourcenar y Robert Graves. A la primera debemos dos obras maestras como Memorias de Adriano y Opus nigrum, y al segundo, otro hito como Yo, Claudio.

Mary Renault ha sido comparada con frecuencia con estos dos autores. Creadora de novelas en su mayoría históricas ambientadas en Grecia, tres características definen su obra: un estilo ágil y elegante, un gran rigor en los datos y recreación de ambientes, y una cierta inclinación por los temas homosexuales y lésbicos, lo que le creó no pocos problemas con el pacato moralismo de su época.

Nacida en 1905, Mary Renault es una de las helenistas y escritoras más importantes del siglo XX. Formada en Oxford en literatura clásica, tras servir en la II Guerra Mundial como enfermera, recorrió en compañía de Julie Maillard, su compañera durante más de 40 años, buena parte del continente africano y casi toda Grecia, fijando su residencia en Sudáfrica. Allí comenzó a escribir sus trilogía sobre Alejandro Magno: Fuego en el paraíso (1969), El muchacho persa (1972) y Juegos funerarios (1981), según Rosa Montero, la mejor de las tres.

Desde la casi invisibilidad de su clase social, un eunuco de insuperable belleza llamado Bagoas, al servicio de Darío y posteriormente de Alejandro Magno, nos cuenta el ascenso de Alejandro y la vida al lado de éste. La lectura explícitamente homosexual de la relación de éste con Bagoas y con Hefaistion, compañero suyo de la infancia, es narrada sin consideración moral alguna, en el contexto histórico-social en el que se inserta. Algo prolija en las descripciones de batallas en su camino hacia la India, la novela nos narra los entresijos de una época en la que Alejandro pretende hacer converger dos mundos antagónicos: el griego y el persa, históricamente enfrentados. La sólida base documental le permite a la autora recrear espléndidamente los ambientes de estos dos mundos y ofrecer una amplia panorámica de los orígenes y las causas de la decadencia de la civilización helénica. El libro termina con la inesperada muerte de Alejandro. Se abre entonces otro capítulo menos heróico en el que las pasiones desatadas de los generales de Alejandro conducirán a la degradación moral de un imperio que se desvanece. Ése es el tema de Juegos funerarios, la tercera novela de la trilogía.

Ficha bibliográfica: RENAULT, M., El muchacho persa, Grijalbo Mondadori, Barcelona, 1990

El modelo de la UPNA: una revisión pendiente

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Vista parcial del interior de la biblioteca de la UPNA

El día 21 de abril de 1987, el Parlamento de Navarra aprobaba la Ley Foral de Creación de la Universidad Pública de Navarra. Culminaba así un periodo corto en años pero intenso en actividad e iniciativa en el que, en el marco de la Constitución española y de la LORAFNA, y siguiendo las pautas de la Ley de Reforma Universitaria recientemente promulgada, una Cámara regional aprobaba por primera vez en España una universidad pública.

Los estudios previos se concretaron en una densa Memoria de 431 páginas que contenía, entre otros extremos, un modelo de universidad bien definido: creación ex novo, no duplicidad de la oferta respecto a la que ofrecía la Universidad de Navarra, atención preferente a las áreas técnicas y científico-técnicas, integración de los centros existentes, dimensiones medias, campus único en contacto con el casco urbano de Pamplona, estructura departamentalizada, y una oferta de estudios basada en la flexibilidad de los currículos, la ciclicidad real y operativa de los estudios y la máxima adecuación a las demandas de desarrollo material y cultural de Navarra.

El hacer de la necesidad virtud y conseguir un consenso social y político cada vez más amplio, creo que fueron algunas de las claves del éxito de una operación difícil en lo político, compleja en lo administrativo, exitosa en lo social y muy rentable en los ámbitos educativo, cultural y económico. Pese a todas sus insuficiencias, la Universidad Pública de Navarra, bien dotada de recursos humanos y materiales en sus casi treinta años de vida, ha sido una palanca clave en el desarrollo de la Comunidad y, en mi opinión, uno de los acontecimientos más importantes del último cuarto del siglo XX en Navarra.

El balance de lo realizado hasta hoy es razonablemente positivo. La Universidad Pública de Navarra se ha consolidado como una buena universidad generalista, con índices muy positivos en el conjunto de la universidad española en determinados ámbitos. Sorprende, no obstante, que universidades que se mueven en parámetros similares al nuestro, peor financiadas y peor dotadas de recursos humanos y materiales, superen en los diferentes rankings a nuestra universidad. Lo cual significa que no todo es cuestión de recursos, sino que otros intangibles como la calidad y el compromiso del profesorado, el liderazgo de los equipos directivos o la estructura organizativa y la gobernanza son elementos nada despreciables.

El modelo inicial ha experimentado mejoras paulatinas a lo largo de los años, pero en lo esencial se mantiene inalterado. Sin embargo, la Navarra que propició la Universidad en 1987 y al servicio de la cual nació ha experimentado cambios muy significativos. De ahí que resulte imperativo e inevitable hacerse una pregunta crucial: ¿El modelo actual de la Universidad Pública de Navarra es el que la Comunidad Foral necesita en el medio plazo? Jaume Pagés, uno de nuestros mejores expertos en materia universitaria, ex-rector de la Universidad Politécnica de Cataluña, y desde 2004 Consejero Delegado de Universia, una red constituida por unas 1.400 universidades de 23 países, prevé una verdadera revolución en el ámbito universitario en las próximas décadas y la desaparición de un buen número de universidades. Solo perdurarán y merecerán tal nombre, en su opinión, aquellas que cumplan algunos requisitos: especialización, internacionalización e integración regional. ¿Cumple la Universidad Pública de Navarra estos requisitos? Con el actual modelo, lo dudo, lo que unido a que es una de las universidades públicas más pequeñas de España en número de alumnos y la penúltima en titulaciones que expide, hace que el panorama no sea muy halagüeño. Se impone, por tanto, la revisión del modelo, tanto por convicción como por necesidad.

¿Y a quién corresponde tomar la iniciativa? En mi opinión, son cuatro las instituciones que deben actuar. En primer lugar, el Parlamento de Navarra, creador por ley foral de la institución, en quien reside la representación democrática de la ciudadanía. En segundo lugar, el Gobierno de Navarra, a quien corresponde la supervisión de la actividad educativa e interlocutor privilegiado con el equipo rectoral. En tercer lugar, el propio equipo rectoral con el rector al frente, gestor ordinario de los asuntos y máximo representante de la institución, que da cuenta de los mismos ante el Parlamento, el Gobierno y el Consejo Social. Y, en cuarto lugar, el Consejo Social, creado por el Parlamento como órgano de participación de la sociedad en la universidad y entidad que aprueba el presupuesto anual.

Adelanto que fijar el modelo no será fácil, requerirá esfuerzo, consenso y opciones preferenciales por unos ámbitos frente a otros. Se trata de decidir en qué queremos ser verdaderamente competitivos en un ámbito cada vez más globalizado. Y una vez decidido, actuar en consecuencia. Pero cuanto mas tarde lo hagamos, peor, porque otros ya se están adelantando. Solo hace falta voluntad política, ganas, determinación y mirar a nuestro entorno. No es necesario inventar nada, casi todo está descubierto. Disponemos de tres magníficas condiciones de partida: una Universidad que el actual rector quiere en la frontera; un gobierno que desea para la Universidad una mayor implicación social y manifiesta su compromiso inequívoco con la institución, como lo han hecho los ejecutivos anteriores; y una sociedad que siente esta Universidad como la suya y la ha financiado generosamente desde su nacimiento.

El curso que se abre estos días es especialmente propicio para la reflexión y el debate. Parlamento y Gobierno comienzan su segundo año de legislatura, tradicionalmente el más tranquilo y fructífero de los cuatro. El equipo rectoral encara también su segundo año con la reciente aprobación del IV Plan Estratégico 2016-2019 y un previsible acuerdo con el Gobierno de Navarra de financiación plurianual para la UPNA. Y el Consejo Social ha renovado recientemente su presidencia, y encara su actividad con un ambicioso plan de trabajo para el periodo 2014-2016. Todas condiciones idóneas para propiciar un debate sosegado y fructífero.

La Navarra del siglo XXI nos exige una Universidad que responda a las necesidades de nuestro tiempo. Una Universidad concretada en la máxima adecuación a las necesidades de la Comunidad Foral, compromiso, calidad, especialización, internacionalización y cambios organizativos y de gobernanza.. Con una ventaja adicional, las reformas que vengan de fuera nos pueden ayudar, pero la verdadera reforma la tenemos que propiciar nosotros mismos.

Diario de Navarra, 6/9/2016

 

Historia mínima de Cataluña

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A la hora de enfrentarse al estudio de un personaje, territorio o periodo histórico determinado, el historiador puede hacerlo en varios niveles de intensidad: el primero sería la monografía científica, en la que el estudio de las fuentes primarias, las notas a pie de página y la bibliografía suelen ocupar a veces tanto espacio como el texto propiamente dicho. La tarea es ardua, pero el historiador suele sentirse especialmente cómodo porque es un territorio acotado que normalmente domina y no resulta fácil ser rebatido en sus tesis. Pero estas monografías presentan un problema, su dificultad a la hora de la lectura por parte de los no especialistas y del público en general. Cuando el historiador ha alcanzado una cierta madurez o se siente especialmente dotado para ello, suele abordar textos de alta divulgación histórica en los que, sin perjuicio del rigor científico, se presentan libros aligerados de notas y referencias bibliográficas, que suponen visiones de conjunto. Aunque no lo parezca, la tarea es compleja porque la dificultad es grande y el riesgo no es pequeño.

En los últimos lustros, coincidiendo con la etapa democrática y el auge de la España de las autonomías, los textos sobre historias nacionales o regionales han proliferado, sobre todo en aquellos territorios con mayor demanda de autogobierno, que en no pocos casos han utilizado la historia para justificar supuestos orígenes nacionales al margen de los de la nación española. Como contrapunto a este auge, y con el deseo de presentar textos rigurosos donde los hechos históricos se sitúen por encima de mitos y prejuicios, la editorial Turner inició en 2012 una colección de “Historias Mínimas”, donde en poco más de 300 páginas se presentan síntesis elaboradas por destacados especialistas que tienen en común un contrastado prestigio científico, una visión abierta de la realidad histórica, y una mirada no nacionalista. Por el momento han aparecido la Historia Mínima de España, de Juan Pablo Fusi en 2012, de la que dí cuenta hace años en esta misma sección; la Historia Mínima del País Vasco, de Ion Juaristi en 2014; la Historia Mínima de Cataluña, de Jordi Canal en 2014; y la Historia Mínima de Galicia, de Justo Beramendi en 2016.

Dado que estamos próximos a la Diada, que tendrá lugar el 11 de septiembre, y que el problema catalán emergerá de nuevo al primer plano de la actualidad en cuanto se forme gobierno en España -que cuando quiera es hora- , permítanme que les presente la “Historia Mínima de Cataluña” de Jordi Canal, un especialista en carlismo y éxodos históricos que vive entre Gerona y París, donde ejerce como profesor en la École des Hautes Études en Sciences Sociales.

Cuando la leí hace dos años, me llamó la atención su extraordinario prólogo, que condensa muy bien las intenciones del autor, la ausencia de fanfarrias épicas, tan propia de otras historias catalanas, su espíritu crítico con personajes, hechos históricos o símbolos casi sacralizados, y su valentía al acercar el relato hasta el verano de 2015, con referencias a Pujol y el “procés” incluidas. En palabras del autor, su intención es “explicar la historia de Cataluña con normalidad, sin prejuicios, de manera desapasionada y no lineal, en su contexto, y, asimismo, atendiendo a su complejidad”. Los dos últimos años, en un proceso desenfrenado hacia la declaración unilateral de independencia que no ha amainado, sino que de la mano de la CUP ha puesto fecha en 2017 a esta declaración, han reforzado el valor de la obra, no solo para Cataluña sino para España en su conjunto. De ahí la oportunidad de sugerírsela a ustedes como introducción a un curso político que por muchas razones se presume apasionante.

De entrada, me gustaría destacar que no estamos ante una obra de combate. Canal no pretende desmontar mitos, no intenta aleccionar, tan solo aspira a relatar la historia de Cataluña a través de sus documentos, del estudio académico y del rigor científico, ni más ni menos. El resultado es la historia de un territorio que, en su opinión, ni es una nación cuyo origen se remonta a tiempo inmemorial, ni una tierra que carece de mayor singularidad. Jordi Canal nos muestra una Cataluña con identidad propia muy marcada y con una historia rica en matices y contextos. Una historia en la que, a pesar de que la política constituya su espina dorsal, se tratan también aspectos económicos, sociales y culturales.

Carlos Martínez Shaw, historiador, catedrático durante años de historia moderna en la Universidad de Barcelona y miembro de la Real Academia de la Historia, nos dice: “Jordi Canal consigue explicar la historia de una comunidad histórica con normalidad, anteponiendo el rigor a la manipulación, en menos de trescientas páginas”, lo que añade, subrayo yo, valor a su obra en la medida en que es asumible y comprensible.

Diario de Navarra, 1/9/2016

 

Cartas de amor de la monja portuguesa Mariana Alcoforado

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Este pequeño librito de tan peculiar título recoge cinco cartas de amor presuntamente escritas por una monja portuguesa, Sor Mariana Alcoforado, nacida en Beja en 1640 y encerrada desde los dieciséis años en el convento de clarisas de Nuestra Señora de la Concepción de Évora. En cuanto al ingrato galán receptor de las ardientes misivas, sería un oficial francés, Noël Bouton de Chamilly, conde de Saint-Leger, nacido en 1615, que estuvo en Portugar de 1663 al 1668 formando parte de las tropas que, para apoyar a las inglesas, Luis XIV habría mandado contra Felipe IV de España. Fue un hermnao de Mariana, Baltazar, que servía en el mismo ejército, quien propició el conocimiento de ambos.

Con sospechas y desmentidos desde el primer momento, hoy queda poca duda de que el autor es un tal Gabriel de Guilleragues, un gentilhombre gascón introducido en los círculos literarios de París y amigo de Racine. Hay que señalar, eso sí, que las cartas tuvieron un éxito extraordinario y, en la tradición de la más ardiente pasión amorosa, fueron unas adelantadas del más alto amor romántico.

Las cinco cartas condensan una historia de exaltado amor no correspondido que permite a la mujer extremar los razonamientos en torno a su amado al que echa en cara su actitud, aunque en ningún caso quiere romper los lazos, siquiera epistolares con él, pese a que eso le cueste la honra, la salud y la vida.

“Recuerdo, a pesar de todo, haberte dicho alguna vez que me ibas a convertir en una desgraciada; pero eran temores que se desvanecían inmediatamente; me gozaba en sacrificarlos para ti y abondonarme de nuevo al retorcido hechizo de tus protestas. Conozco bien el remedio a mis males, y sé que solamente con dejarte de amar me vería libre de ellos. Pero ¡qué triste remedio!, mejor seguir sufriendo que olvidarte. Y además, ¡ay de mí!, ¿acaso está en mi mano?. Ni por un instante he pensado acusarme de ello. En el fondo, más lástima me das tú, porque es preferible estar penando tanto como yo a disfrutar de los lánguidos placeres que tus amantes francesas te puedan proporcionar. No envidio en absoluto tu indiferencia, y me pareces digno de compasión. Te desafío a que me olvides por completo si puedes” (Carta segunda)

¿Cómo es posible que con tanto caudal de amor no haya sido yo capaz de hacerte completamente feliz? Lo siento por tí, por los goces incalculables que te has perdido. ¿Cómo se explica que no te interesaran? Si los hubieras conocido, ¡ay!, te habrías dado cuenta sin duda de que son mucho más dulces que el mero logro de seducirme, y comprenderías que es algo mucho más conmovedor y más grande amar violentamente que ser amado”. (Carta tercera)

El libro se completa con dos piezas de interes. El epílogo lo constituye un ensayo publicado en 1889 por Emilia Pardo Bazán titulado “La Eloísa portuguesa” en el que la prosista gallega muestra un entusiasmo, tal vez excesivo, por el contenido de las cartas. No obstante, las páginas tienen interés por sí mismas como ejemplo de su rotunda prosa.

La traducción y el prólogo son obra de Carmen Martín Gaite. La autora repasa la historia de las cartas, su encaje en la literatura francesa y portuguesa y sitúa adecuadamente el contexto de las mismas.

En conjunto un libro para leer en una tarde apacible sobre el tema siempre eterno y novedoso del amor.

Ficha bibliográfica: Guilleragues, G.J. de, Cartas de amor de la monja portuguesa Mariana Alcoforado, Círculo de Lectores, Barcelona, 2000

Cartas de amor de la monja portuguesa Mariana Alcoforado

Este pequeño librito de tan peculiar título recoge cinco cartas de amor presuntamente escritas por una monja portuguesa, Sor Mariana Alcoforado, nacida en Beja en 1640 y encerrada desde los dieciséis años en el convento de clarisas de Nuestra Señora de la Concepción de Évora. En cuanto al ingrato galán receptor de las ardientes misivas, sería un oficial francés, Noël Bouton de Chamilly, conde de Saint-Leger, nacido en 1615, que estuvo en Portugar de 1663 al 1668 formando parte de las tropas que, para apoyar a las inglesas, Luis XIV habría mandado contra Felipe IV de España. Fue un hermnao de Mariana, Baltazar, que servía en el mismo ejército, quien propició el conocimiento de ambos.

Con sospechas y desmentidos desde el primer momento, hoy queda poca duda de que el autor es un tal Gabriel de Guilleragues, un gentilhombre gascón introducido en los círculos literarios de París y amigo de Racine. Hay que señalar, eso sí, que las cartas tuvieron un éxito extraordinario y, en la tradición de la más ardiente pasión amorosa, fueron unas adelantadas del más alto amor romántico.

Las cinco cartas condensan una historia de exaltado amor no correspondido que permite a la mujer extremar los razonamientos en torno a su amado al que echa en cara su actitud, aunque en ningún caso quiere romper los lazos, siquiera epistolares con él, pese a que eso le cueste la honra, la salud y la vida.

“Recuerdo, a pesar de todo, haberte dicho alguna vez que me ibas a convertir en una desgraciada; pero eran temores que se desvanecían inmediatamente; me gozaba en sacrificarlos para ti y abondonarme de nuevo al retorcido hechizo de tus protestas. Conozco bien el remedio a mis males, y sé que solamente con dejarte de amar me vería libre de ellos. Pero ¡qué triste remedio!, mejor seguir sufriendo que olvidarte. Y además, ¡ay de mí!, ¿acaso está en mi mano?. Ni por un instante he pensado acusarme de ello. En el fondo, más lástima me das tú, porque es preferible estar penando tanto como yo a disfrutar de los lánguidos placeres que tus amantes francesas te puedan proporcionar. No envidio en absoluto tu indiferencia, y me pareces digno de compasión. Te desafío a que me olvides por completo si puedes” (Carta segunda)

¿Cómo es posible que con tanto caudal de amor no haya sido yo capaz de hacerte completamente feliz? Lo siento por tí, por los goces incalculables que te has perdido. ¿Cómo se explica que no te interesaran? Si los hubieras conocido, ¡ay!, te habrías dado cuenta sin duda de que son mucho más dulces que el mero logro de seducirme, y comprenderías que es algo mucho más conmovedor y más grande amar violentamente que ser amado”. (Carta tercera)

El libro se completa con dos piezas de interes. El epílogo lo constituye un ensayo publicado en 1889 por Emilia Pardo Bazán titulado “La Eloísa portuguesa” en el que la prosista gallega muestra un entusiasmo, tal vez excesivo, por el contenido de las cartas. No obstante, las páginas tienen interés por sí mismas como ejemplo de su rotunda prosa.

La traducción y el prólogo son obra de Carmen Martín Gaite. La autora repasa la historia de las cartas, su encaje en la literatura francesa y portuguesa y sitúa adecuadamente el contexto de las mismas.

En conjunto un libro para leer en una tarde apacible sobre el tema siempre eterno y novedoso del amor.

Ficha bibliográfica: Guilleragues, G.J. de, Cartas de amor de la monja portuguesa Mariana Alcoforado, Círculo de Lectores, Barcelona, 2000.

El padre Bacaicoa: la música como misión

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El pasado jueves, 11 de agosto, la conocida iglesia de La Milagrosa de Pamplona, repleta de compañeros de congregación, hijas de la caridad, familiares, feligreses, amigos y admiradores, despidió a Luis Bacaicoa Martich, misionero paúl, fallecido el día anterior a los 96 años de edad.

El padre Bacaicoa, como todo el mundo le conocía, resume fielmente una época de la historia de Navarra, caracterizada por la omnipresencia de lo religioso en la vida política, social y cultural de la Comunidad.

El año del nacimiento de Luis Bacaicoa en Etxarri Aranatz, 1920, Navarra vivía los últimos años de la monarquía de Alfonso XIII, con la crisis del sistema de la Restauración. En la Navarra rural, las primeras letras estaban en manos de comunidades religiosas, hijas de la caridad en muchos casos, vivero de vocaciones de misioneros paúles. Y la enseñanza de la música se encontraba casi monopolizada por sacerdotes y religiosos, con frecuencia buenos organistas, maestros de coro y compositores de música religiosa en no pocas ocasiones. En este contexto, al igual que otros muchos, Luis Bacaicoa dirigió sus pasos a la vida religiosa, siendo ordenado sacerdote, tras estudiar Filosofía y Teología en los duros años de la guerra y la posguerra, en 1944.

Simultaneó la carrera eclesiástica con el estudio del piano, canto, composición y órgano, siendo premio extraordinario en esta última modalidad. Profesores suyos fueron Guridi, Echeveste, Julio Gómez y Lola Rodriguez de Aragón. El órgano fue su gran pasión y su principal aportación a la música. Buen músico y mejor intérprete, los órganos de la basílica de La Milagrosa de Madrid, junto al padre Alcácer, el gran músico paúl, y La Milagrosa de Pamplona, son testigos de sus grandes cualidades como intérprete, desde Bach, al que tanto apreciaba, a sus felices improvisaciones, dejando fluir sus innatas cualidades para el instrumento. Doy fe de ambas pasiones, que tuve oportunidad de conocer muy de cerca. Todavía recuerdo cómo sonó el órgano de la basílica de Nuestra Señora de Luján, patrona de Argentina, en la visita que en 1990 tuve el honor de realizar a los centros navarros como miembro del Gobierno foral. No había escuchado el Himno de Navarra, convertido en oficial hacía unos años, pero ello no impidió que resonara con rotundidad en todo el templo mientras yo se lo tarareaba al oído. Escuchar junto a él alguna de las Pasiones de Bach, en conciertos en el Gayarre, también es otro de mis recuerdos preciados. Era emoción y hondo sentimiento el que traslucía mientras la orquesta y el coro desgranaban recitativos y cantatas.

Pero hay un rasgo que me gustaría destacar en el padre Bacaicoa. Él no fue un músico profesional, sino un misionero paúl que se sirvió de la música como parte esencial de su vocación sacerdotal en una triple dirección: la enseñanza, las misiones y el culto mariano. Así lo repetía él y así se puso de manifiesto en la celebración de su funeral, que terminó con una de sus plegarias musicales a la Virgen.

Pero el padre Bacaicoa, además, es el símbolo de una generación que se nos va. Está a punto de cerrarse un ciclo en el que la cultura navarra tuvo en los clérigos uno de los sectores más sobresalientes. La historia, la música y la literatura son ámbitos en los que el número y la calidad de la obra vinculada a este sector brilla especialmente. La llegada de las universidades, la generalización de la enseñanza y la crisis vocacional son factores que explican el nacimiento de una nueva etapa, en las que el ámbito universitario tomará el liderazgo antaño casi monopolizado por el clero. Pero no convendría por injusto, parapetados en la excusa de una modernidad mal entendida, dejar de subrayar su inmenso legado. Unos han muerto recientemente sin el reconocimiento debido, caso del padre Ondarra, pero quedan todavía destacados representantes que merecen dicho reconocimiento. Una iniciativa extensiva a la sociedad civil y también a la Iglesia a la que pertenecen. Cito algunos, sabiendo que otros se quedan en el tintero: el padre José María Goicoechea, nacido en 1924, magnífico músico, compositor y director de coros; Aurelio Sagaseta, nacido en 1935, maestro de capilla de la catedral de Pamplona desde 1962; el padre Jesús María Muneta, nacido en 1939, musicólogo, organista y compositor; el padre Luis Elizalde, nacido en 1940, organista y compositor; o los sacerdotes Federico Villanueva y Julián Ayesa, presentes en las exequias del padre Bacaicoa.

El día de su funeral, cantantibus organis, todos nos unimos a la plegaria en el Gure Aita, aprendido de niño en su Etxarri natal. Junto a este Padre bueno, le deseamos un descanso eterno envuelto en músicas celestiales.

Diario de Navarra, 18/8/2016