La Ruta de la Seda. Khiva, la joya escondida (IV, 6 de abril)

María Luisa, Maria Puy y Nicanor escuchan atentamente las explicaciones de Lautaro a la entrada de la fortaleza de Khiva

 La noche en la habitación 329 de la madraza ha sido corta en sueño. Lástima de un espacio tan espléndido para una infraestructura tan mal rematada. Pero el contexto lo compensa casi todo: la habitación abovedada, las celosías, los nichos sobrios y, sobre todo, la galería exterior situada junto a la solemne entrada desde la que es posible acariciar los azulejos azul turquesa del siglo XVI y palpar los tonos verde-azulados del minarete cortado del siglo XIX, situado junto a la madraza.

De buena hora, tras un correcto desayuno en un espléndido espacio contiguo a la escuela coránica, iniciamos nuestra ruta.

Khiva es una ciudad espectacular, algo apartada de la ruta de la seda de la que forma parte. Situada en un amplio oasis, es hoy una población de 50.000 habitantes que guarda en su interior una espléndida ciudadela declarada a principios de los noventa patrimonio de la humanidad. Rodeada de murallas de adobe de gran basa y escasa altura, su interior es toda ella un conjunto monumental de primer orden.

Panel con los monumentos de interés  de la ciudadela de Khiva señalados en azul

La visita la iniciamos junto a una de las puertas de entrada de la ciudadela. Un gran panel nos recuerda la ruta de la seda y la posición privilegiada de Uzbekistán en esta vía. Junto al panel, una estatua en bronce recuerda a uno de los hijos ilustres de Khiva, el pensador y matemático al-Juarismi, creador del algoritmo.

El tiempo se ha detenido en Khiva. Y los matices artísticos apenas son visibles para nosotros, no iniciados, si hablamos de los siglos XII al XIX. Así sucede en el mausoleo de Pahlavon Mahmud, el primero de los monumentos visitados. El edificio, centro actual de peregrinación, recoge los restos del fundador de la poesía sufí, en un edificio que resume la evolución artística de la región: siglos XII, XIV, XVI, XVIII, XX y XXI. Un patio con agua purificadora recibe a los peregrinos que pasan a un oratorio donde un imán ofrece alimentos y dirige una oración, tras la que las familias depositan una limosna. De ahí se pasa al espacio en el que reposa el pensador sufí, completamente decorado con mármoles y cerámica de gran gusto y suntuosidad. Dos aberturas en el cristal permiten depositar la limosna y tocar las jambas de la puerta con los que recibir los mejores augurios y esperanzas.

Vista general del interior de la ciudadela

El paseo por la ciudadela, un dédalo de edificios cívico-religiosos en los que habitaban el kan y su corte, nos conduce hasta la mezquita del viernes conocida con el nombre de Juma. El edificio es impresionante en medio de su sencillez y sobriedad: 212 columnas de madera tallada diversas y dispares componen un espacio espectacular. Los materiales más diversos y las etapas más discontinuas se aúnan para ofrecer un espacio de oración emblemático. Aunque de caracteres bien distintos, la mezquita de Juma se sumará a partir de ahora a la triada más relevante que yo conocía: Damasco, Córdoba y Kairuan. La visita nos permitió, además, conocer el tratamiento de la madera para hacer de las columnas elementos casi pétreos que aguantan impertérritas el paso de los siglos.

Vista de una de las columnas de madera, prácticamente petrificadas, de la mezquita de  Juma

Buena parte de los edificios del complejo arquitectónico de Ichan-Kaka, por supuesto muy rehabilitados, aunque con gusto y buena técnica, corresponden al siglo XIX, época en que algunos de los kanes levantaron suntuosos minaretes, palacios y madrazas.

De aquellos sobresale el minarete cortado de Kalta Minor, un cilindro abigarrado en el que los colores azul, blanco y verde conviven armoniosamente. Además de símbolo de Khiva, fue nuestro vecino de habitación por lo que su recuerdo perdurará especialmente para nosotros.

Vista del minatere cortado de Kalta Minor y la madraza, nuestro hotel en Khiva

De entre los palacios, tuvimos ocasión de conocer, disfrutar y descubrir dos, correspondientes a los siglos XVIII y XIX. Sus rasgos dominantes serían lo intrincado de su arquitectura, la sobriedad exterior, y la exuberancia interior, sobre todo en la decoración de patios públicos y habitaciones privadas. La visión desde el mirador del castillo Kunya Ark, tiene un doble interés: unas magníficas vistas sobre Khiva y su entorno con el oasis cercano y el amenazante desierto bordeándolo todo, y la perspectiva del propio conjunto monumental, que encierra mucho más de lo que aparentemente .sugiere.

La visita vespertina termina con un espectáculo folklórico en el patio central de una de las madrazas de Khiva. La rusticidad de los elementos utilizados y la simpatía del niño que formaba parte del conjunto, junto con el entorno, merecen ser recordados.

Se echa la noche y los tenderetes que pululan por doquier dejan paso a una luna llena, un cielo estrellado y unas calles apenas transitadas. Mientras paseo acompañado de la hermosura y el silencio de una ciudad adormecida en la historia, Íñigo juega fuera de las murallas al ping-pong y al billar con unos jóvenes uzbecos acompañados de una estridente música de fondo. Separados por culturas y educaciones bien distintas, la edad les une en  una relación que gratifica y consuela. Todos somos ciudadanos del mundo y ni la lengua ni la religión  impide el trato fraternal y amistoso.

La sobriedad exterior del castillo de Kunya Ark contrasta con su riqueza interior

Y todo esto el Viernes Santo que, aparentemente, ha pasado inadvertido. Para recordarlo y revivirlo, nada mejor que transcribir el texto que el padre Donázar ha seleccionado para el folleto del viaje, correspondiente al evangelio de Juan: “José de Arimatea, discípulo de Jesús, solicitó de Pilato el permiso para hacerse cargo del cuerpo de Jesús y Pilato se lo concedió. Vino también Nicodemo, trayendo unas cien libras de una mezcla de mirra y áloe. Entre ambos llevaron el cuerpo de Jesús y lo envolvieron con vendas de lino bien empapadas en los aromas, según acostumbran a hacer los judíos para sepultar a sus muertos y depositaron el cuerpo de Jesús en sepulcro nuevo”.

¡Victoria, tú reinarás, oh Cruz tú nos salvarás!

Soberanía y futuro. Procesos para ejercitar el derecho a decidir hoy y en el futuro (III)

El derecho de autodeterminación es el derecho de un pueblo a decidir sus propias formas de gobierno, perseguir su desarrollo económico, social y cultural, y estructurarse libremente sin injerencias externas y de acuerdo con el principio de igualdad.

Hoy apenas hay debate en exigir esta autodeterminación para pueblos coloniales o sujetos a la dominación extranjera. La dificultad reside cuando, sobre todo en el mundo occidental, pretendemos autodeterminar a un pueblo como grupo diferenciado dentro de un Estado, ya que más del 90% de los Estados actuales son sociológicamente plurinacionales. El peligro está en lo que se ha dado en llamar el “tribalismo posmoderno”. Dicho de otra manera. ¿Dónde termina el derecho de autodeterminación? ¿Y si Álava decide autodeterminarse respecto a Euskadi? ¿Y si la merindad de Tudela decide hacerlo frente a Navarra?

En la práctica, muchas constituciones afirman que la soberanía reside en la población en su conjunto, unitariamente considerada. Algunas incluso consagran expresamente la indisolubilidad del Estado: Australia, Chipre, España, Francia, Italia, México, Nicaragua, Paraguay o Perú.

Un caso de gran interés es la Ley sobre la Claridad de Canadá. Ante la pregunta formulada por el presidente de Canadá al Tribunal Constitucional sobre si era posible la secesión unilateral de Quebec, la respuesta del tribunal fue que no, pero que la secesión no estaba prohibida. Para clarificar el proceso, el Parlamento redactó la Ley sobre la Claridad en el año 2000, señalando las circunstancias en que esta secesión podría producirse. Esta ley, curiosamente, no gustó a los partidos nacionalistas involucrados en el proceso.

Consecuencias prácticas

El independentismo democrático y pacífico es perfectamente legítimo en el marco constitucional español. Es legítima, asimismo, su aspiración a crear su propio Estado. Y es legítimo utilizar los cauces previstos para intentarlo.

Ahora bien, esta pretensión se topa con dos realidades. La primera, que la Constitución española no lo permite; y la segunda, que la Unión Europea no lo ampara ni lo alienta.

A la vista de esto, el PSN-PSOE opta por la profundización en el autogobierno, mediante los siguientes elementos: el desarrollo del Amejoramiento, el paso progresivo de una democracia representativa a una participativa; el avance en el diálogo político sin exclusiones; y el avance en la participación y el gobierno abierto.

Optar por un programa de máximos suele aportar satisfacción personal pero frustración social y política.

Soberanía y futuro. Reflexiones al hilo de una efeméride: Navarra 1512 (II)

Vista aérea de Etxarri Aranatz, una bastida fundada en 1312

Tras agradecer la invitación, formulé tres ideas previas. En primer lugar, ratifiqué el compromiso de mi partido de debatir donde le inviten sobre cuestiones relevantes de actualidad o de futuro como la conquista de Navarra o el derecho a decidir. En segundo lugar, manifesté que venía a expresar mi opinión personal y la de mi partido, el PSN-PSOE, sobre estos temas, que no es ni la de la derecha navarra ni la del nacionalismo vasco. Y, en tercer lugar, subrayé que pretendía hacerlo con respeto y en libertad, dado que un rasgo muy significativo de Navarra era su pluralidad política, social y cultural.

 El PSN y el debate sobre la conquista de Navarra.

A nuestro juicio, la conmemoración del quinientos aniversario debe servir para tres cosas:

–          Conocer mejor nuestro pasado, interpelando a las fuentes originales. Citando a Floristán, “no hay historia nacionalista  o no nacionalista, sino historia buena o historia mala”.

–          Es preciso tratar de converger en puntos de encuentro. Hoy nadie duda de que aquello fue una conquista militar, cuestión que suscitaba controversia hace unos años.

–          Es preciso desmitificar la historia. Tendemos a pensar que cualquier tiempo pasado fue mejor y eso es un craso error. Hasta la segunda mitad del siglo XX, el objetivo de la inmensa mayoría de los navarros fue sobrevivir. Hoy, pese a la crisis, aspiramos a otras cosas. No sumos súbditos, sino ciudadanos con derechos y deberes. Vivimos en una Comunidad con amplia autonomía, insertada en España y Europa. Y aspiramos a formar parte de los regiones más desarrolladas

 Nivel de soberanía a la largo de la historia

Entre los siglos X a XIX, Navarra fue un reino propio e independiente, un Estado del Antiguo Régimen. Con la aparición del sistema liberal y constitucional, tras la primera guerra carlista, la soberanía pasó a la nación española y gozamos de mayor o menor autonomía según las épocas.

 Origen del actual estatus político

–          La Ley de 25 de octubre de 1839 confirmó los fueros, sin perjuicio de la unidad constitucional de la monarquía.

–          La Ley Paccionada de 1841 conserva parte del régimen foral.

–          La Constitución de 1978, en su disposición adicional primera, ampara y respeta los derechos históricos de Navarra.

 ¿Hasta qué punto ha habido capacidad de decidir el futuro? ¿Navarra es lo que quiere ser?

El proceso constituyente supuso una etapa complicada de transición política e institucional, que permitió pasar de la dictadura a la democracia.

En Navarra fue especialmente intenso por dos razones: la existencia de un sector partidario de la incorporación a Euskadi, y la existencia del terrorismo de ETA.

Se debatieron dos grandes temas: la integración en el País Vasco y la reforma del régimen foral.

Navarra es una Comunidad Foral dentro del Estado de las Autonomías español con una peculiaridad: dispone de un régimen específico para su posible incorporación a la Comunidad Autónoma del País Vasco. En este supuesto, el Parlamento, por mayoría puede votar la incorporación a la CAV. Esta decisión debe ser ratificada en referéndum expresamente convocado al efecto y aprobado por mayoría de los votos válidos emitidos. Desde 1978 hasta hoy, 2012, no se ha hecho uso de este cláusula. Por lo tanto, Navarra es lo que mayoritariamente sus ciudadanos han decidido que sea en las elecciones generales y forales. Entre un 70 a 75% son partidarios de seguir como Comunidad diferenciada. Entre un 25 y un 30% don favorables a su incorporación a Euskadi.

 ¿Cuáles han sido los sujetos de la soberanía o el derecho a decidir? ¿Cuáles deben ser?

Con carácter general, el pueblo español en su conjunto. Para la posible integración en la CAV, el pueblo navarro en su conjunto, porque así lo fija la Constitución española.

Soberanía y futuro. Balance (I)

El pasado sábado, 12 de mayo, representé a mi partido en una mesa redonda celebrada en la casa de cultura de Etxarri Aranatz,  titulada “1312-1512-2012. Soberanía y futuro”. La organizaba una asociación, Etxarri Aranatz 2012, surgida para celebrar el séptimo centenario de la fundación de la villa, acaecido precisamente el año 1312 y que reunió a las aldeas existentes en una bastida para defenderse de las incursiones de los alaveses, entonces pertenecientes al reino de Castilla. Participamos en la misma, Joseba Egibar, presidente del Gipuzku Buru Batzar, Joan Tardá, presidente de Esquerra Republicana de Catalunya, Pernando Barrena, dirigente de la izquierda abertzale y yo mismo, como presidente del PSN-PSOE.

La decisión de mi presencia en el acto no fue fácil ni sencilla. Por un lado, el tema objeto de la misma, ciertamente complejo de abordar en un contexto nacionalista como el que se planteaba. Y, por otro, la invitación formulada por un ayuntamiento gobernado por Bildu con mayoría absoluta y la presencia de un dirigente de la izquierda abertzale, todavía sin decidir por el Tribunal Constitucional la posible legalización de Sortu.

Fuimos convocados una hora antes en el ayuntamiento para poder saludarnos, hablar brevemente del contenido de la mesa redonda y familiarizarnos con moderador e intérprete, ya que la mesa redonda contó con traducción simultánea para aquellos que no conocíamos ni el euskera ni el catalán.

El marco urbano de la villa de Etxarri Aranatz, hermoso urbanísticamente, tiene todavía algo de intimidatorio. Una profusión de carteles pidiendo la vuelta de los presos a casa, un pebetero encendido en honor de una persona llamada Pello, cuyo retrato estaba instalado en el kiosko situado frente a la casa consistorial, y unas pintadas alusivas a la banda terrorista ETA, componían el marco exterior no precisamente amable. Sin embargo, la actitud de todos los asistentes, intervinientes, invitados, autoridades y público, que llenaba en buena parte la casa de cultura, fue respetuosa y llena de corrección.

El debate se dividió en dos partes. Una primera, en la que se nos pidió una reflexión al hilo de la efeméride de 1512 y una segunda, centrada en los procesos para ejercitar el derecho a decidir hoy y en el futuro. Muy sucintamente, pretendo recoger el contenido de mi intervención, ya que no será la última vez en que tengamos que referirnos al “derecho a decidir”, una cuestión básica para el nacionalismo y que está llamada a ocupar  un papel relevante en el inmediato futuro.

El balance de la mesa redonda fue, a mi juicio, positivo y aleccionador. El debate fue sosegado pero intenso. Dos horas ininterrumpidas hablando de derecho a decidir, soberanía, independencia, derechos históricos, autodeterminación, etc., dan para mucho. Yo defendí con corrección y vigor mis posiciones constitucionalistas, claramente minoritarias. Pero hubo elementos cruciales para el futuro de Navarra y el debate político en nuestra Comunidad que merecen ser resaltados: pluralismo, respeto y libertad. Y un deseo compartido: que desaparecida ETA, se inicie un nuevo tiempo en el que, sin olvidar a las víctimas, seamos capaces de construir una convivencia en paz.

Una belleza racional y discreta

El pasado miércoles, 9 de mayo, los jurados de los premios Príncipe de Asturias de las artes y Príncipe de Viana, emitieron su fallo. Y el azar quiso que quedaran unidos en la memoria de los navarros dos hombres bien distintos, Rafael Moneo y Antonio López, unidos en una misma pasión por el arte y por la vida, y vinculados por lazos de familia y amistad a esta tierra.

A lo largo de la semana pasada, los medios de comunicación recogieron semblanzas de los premiados y comentarios, las más de las veces acertados, sobre su obra. No es fácil, por tanto, aportar novedades a la hora de valorar dos trayectorias que tienen ya asiento propio en los libros de historia del arte, como artistas relevantes en sus respectivas disciplinas. Pero tal vez fuera oportuno señalar algunas cualidades comunes que, al margen de su singularidad, les hacen vivir y sentir en una misma onda. ¿Cuáles son éstas? En mi opinión, la búsqueda de la belleza como fin, el trabajo y la verdad como método, y la discreción como forma de diálogo con el otro.

En la obra arquitectónica de Moneo y en la obra pictórica y escultórica de López, la belleza es el objetivo. Y esto, en cada una de sus manifestaciones, sean sus grandes obras de referencia o sus aparentes trabajos menores. Una belleza, además, que tiene un sentido unitario y que se expresa de igual manera en la rotundidad externa de una arquitectura limpia y racional, que en el detalle interior de una lámpara, una moldura o una manilla en el caso del navarro. Y, en el caso del manchego, que impregna por igual sus grandes obras, fruto del trabajo de años, que los apuntes para sus talleres. Con un sentido platónico tan acusado, que belleza y verdad  parecen la misma cosa.

Si la belleza es el objetivo, el trabajo y la verdad son el medio para acercarse a ella. Lo señalaba acertadamente Fernando Redón, presidente del jurado del premio navarro, buen amigo de Moneo, al referirse a la obra de López: “es todo verdad, es un austero manchego incapaz de fingir una actitud”. Mario Vargas Llosa en su último ensayo “La civilización del espectáculo”, subraya que la democratización de la cultura habría tenido el indeseado efecto de “trivializar y adocenar la vida cultural donde el facilismo y superficialidad se justifican por el propósito de llegar al mayor número de gentes”. No es el caso de nuestros dos autores, porque si algo les caracteriza a ambos es que la inspiración siempre les encontró trabajando y que la impostura y la trivialidad no tienen cabida en su obra.

Y, finalmente, la discreción como forma de diálogo con el otro. La figura del artista genial, y éstos lo son, suele estar ligada con frecuencia a dichos y hechos de cierta extravagancia. Será difícil encontrar en las biografías de los premiados  actitudes, gestos y frases altisonantes o fuera de tono. Y ocasiones no han faltado. La exposición pública al que le sometió la ampliación del Prado al arquitecto y las antológicas de su obra al pintor se prestaban de forma pintiparada al aparente lucimiento.

Permítanme una reflexión final para terminar, relativa al premio Príncipe de Viana. En muchas ocasiones, los galardonados honran más al premio que el premio a los galardonados.  Y la nómina del Príncipe de Viana acoge afortunadamente a los dos. Pero es preciso clarificar los objetivos que el premio persigue. ¿A quién se quiere premiar, a los representantes de la cultura navarra, española o internacional? Comenzó con los primeros, dando como resultado una honrosa nómina foral; siguió, en una experiencia a mi juicio negativa, con los últimos; y la convocatoria de 2012 ha mantenido un equívoco dañino, que no le hace ningún bien al premio en el futuro. Mi propuesta es volver al ámbito de las personas nacidas o vinculadas a Navarra. Aprendamos de la historia y la experiencia. La modestia y la discreción son características que siempre nos han ido bien.

Diario de Navarra, 17/5/2012

La Ruta de la Seda. Sin rebelión a bordo (III, 5 de abril)

Vista exterior del Museo de Historia de Uzbekistán

El Museo de Historia de Uzbekistán está situado en el centro de la ciudad administrativa, a medio camino del hotel en que nos alojamos a la Plaza de la Independencia. Es un edificio de los años cincuenta del pasado siglo, levantado en el rígido estilo soviético dominante y dedicado a Lenin. El vestíbulo y la escalinata lo dicen todo: magnificencia y frialdad brillan por igual.

Pero con la independencia de 1991, el museo fue reconvertido en centro de historia del nuevo-viejo país y la decoración varió sustancialmente. El primer piso está dedicado a la historia patria, desde la prehistoria hasta la revolución soviética de 1917. Una serie de vitrinas con materiales significativos van señalando los pasos fundamentales de la historia de Uzbekistán, una tierra de paso entre Oriente y Occidente que explica buena parte de su devenir. Característico de los años ochenta, al museo le sobran piezas menores y le faltan elementos relevantes. Pero es lo que hay. Lo mejor ha volado a San Petersburgo, Moscú o los países occidentales. Nuestra entusiasta guía local, con una dentadura dorada, como buena parte de los uzbekos, traducida por Irina, le pone ganas e ilusión. Pero el tiempo apremia y el segundo piso, dedicado al periodo soviético se queda para mejor ocasión.

Sección de las especias en el colorista mercado de El Chorsu

De allí al mercado más conocido de la ciudad, el Chorsu, situado en un barrio más popular. Sorprenden varias cosas en el recinto: la riqueza, limpieza y abundancia de los puestos distribuidos por mercancías: especias, frutos secos, tubérculos, hortalizas, etc.; el espacio en el que está ubicado, una gran cúpula que le da un aire especial; y la abundancia de personas dedicadas al mercado negro de intercambio de divisas en medio de la pasividad de la policía que asiste impertérrita al espectáculo. Y no es porque el dinero no se vea, ya que el cambio hace que los fajos de billetes de 1000 sum, la moneda local, sean la tónica de todos los componentes del grupo.

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Vista de Íñigo, parco en euros pero millonario en sum

 Tras la comida en un reciente y minimalista restaurante de la ciudad, el escaso tiempo restante lo dedicamos a pasear brevemente por el Tashkent administrativo, oficial y concurrido: la plaza de Tamerlán, centro radial de la ciudad nueva programada por los rusos, la plaza de la Independencia, con los espacios públicos del parlamento y los ministerios, además del Memorial de los caídos en la segunda guerra mundial, inscritos en unas planchas planchas como recuerdo imperecedero, y el metro, relativamente reciente y único en el Asia central. Pese a su modernidad, la magnificencia recuerda al metro moscovita, instrumento de propaganda del régimen. Con la guerra fría aún reciente, el metro es no fotografiable, en una imagen que nos trae recuerdos de otras épocas. Pero no es despreciable recordar que estamos en un país rodeado de estados inestables, cuando no declaradamente conflictivos y que la seguridad tiene un precio.

Plaza de Amin Temur, centro radial de Tashkent

Tras la visita a la capital, nos trasladamos al aeropuerto, y lo que lo iba a ser un apacible vuelo interno, acabó convertido en un episodio a mitad de camino entre el chiste, la pesadilla y el caciquismo. Cinco minutos antes de la salida, nos comunican que 19 personas del grupo, cuyas plazas estaban confirmadas, no pueden viajar en el mismo. La razón es tan humana como inexplicable: quienes detentan el poder han decidido que las plazas las ocupen unos diplomáticos que, al parecer, tienen prioridad sobre los ciudadanos que han pagado y confirmado su billete. Más tarde nos enteramos de que los diplomáticos, que efectivamente estaban en sus asientos cuando subimos al avión, no eran tales sino personal de determinado ministerio que acompañaba al titular, de visita al día siguiente a la ciudad de Urgench, a donde nosotros nos dirigíamos, distante 1119 kilómetros de la capital.

María Luisa vivió el episodio con enfado y cierta preocupación, ya que Íñigo era uno de los 19 afectados por el desembarco caciquil del poder. Aunque no fui muy consciente de lo sucedido hasta llegar al avión, no me preocupé grandemente. Nicanor, el guía y otras personas quedaban en tierra y esto para él era una anécdota más que añadir a su experiencia viajera. Pese al enfado y el pequeño caos de las maletas que nos acompañó al llegar a Uschent, predominó la sensatez y un vuelo posterior los trajo junto a nosotros pasada la una de la madrugada. Con una anécdota adicional, digna de una película de James Bond. Íñigo se quedó dormido y, aunque el móvil estaba apagado, sonó la alarma que sobresaltó a la tripulación. Afortunadamente, todo quedó en un susto que añadir al cuaderno de viaje.

Pero Khiva, la reina del desierto, nos deparaba la primera sorpresa. El hotel que íbamos a ocupar, una madraza recientemente restaurada y especialmente hermosa en su estructura arquitectónica, no tenía el mínimo confort exigible a una instalación de estas características. Nuestra inicial habitación, en la que literalmente no cabíamos, fue sustituida por otra más amplia, tras ardorosa lucha de María Luisa con el responsable, batalla librada en correcto castellano, lo que no impidió al uzbeco comprender el problema.

Las idas y venidas de la habitación, la espera de Íñigo que no llegó hasta casi las dos de la mañana y las incomodidades de la cama hicieron que la noche fuera casi toledana. Pero poco importaba, Khiva prometía mucho y su descubrimiento y goce era lo importante.

Portada de nuestro hotel en Khiva, una madraza del siglo XVI, con Elena y Lautaro, nuestros guías, en primer término

Pese a ser un día distinto,  no puedo olvidar que hoy es Jueves Santo, un día que me trae recuerdos de ropa limpia y religiosidad popular, procesión y Hora Santa. Antes de ir a dormir, recojo el texto que Francisco nos ha puesto en el folleto del viaje: “Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que le había llegado la hora de dejar este mundo para ir al Padre y habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el final. Jesús se ciñó una toalla a la cintura, echó agua en la jofaina y se puso a lavar los pies a sus discípulos”. Hoy, en todo el mundo, las comunidades cristianas cantarán: ubi caritas et amor, Deus ibi est.

La Ruta de la Seda. Tashkent, capital de Uzbekistán (II, 4 de abril)

María Luisa e Íñigo ante el aeropuerto de Tashkent

El aeropuerto de Tashkent nos deparó una primera y desagradable sorpresa. Las maletas de cuatro de nuestos compañeros no llegaron y al incordio de la pérdida hubo que sumar los inconvenientes de la reclamación y la espera. El aeropuerto, relativamente cercano a la ciudad, es una instalación relativamente reciente, con algunos tics burocráticos y administrativos que recuerdan épocas pasadas. Será inevitable que un país que pretende abrirse al turismo como una de las fuentes de riqueza del inmediato futuro, mejore rápidamente en este terreno y de facilidades a un sector que está llamado a adquirir gran importancia en la vida de las próximas generaciones uzbecas.

El hotel Tashkent Palace ofrece todos los ingredientes de comodidad y amplitud exigibles a instalaciones de este tipo. Somos tres y el espacio se achica, sin llegar a ser reducido. Nuestra primera visita es al Museo de Artes Aplicadas, edificio del siglo XIX ubicado en la residencia de un diplomático. Las colecciones tienen su interés, aunque es este un ámbito que nunca me ha interesado especialmente: vestimenta, ornato doméstico, artesanía y tejidos constituyen el grueso de las colecciones que están instaladas en habitaciones revestidas a la moda del siglo XIX, con un elemento musulmán dominante y variaciones locales.

La comida tiene lugar en uno de los restaurantes habilitados para turistas que empiezan a aparecer en la nueva república. Será la primera de una serie casi idéntica, en la que el pan, las ensaladas y las sopas, todo ello adobado con plantas aromáticas, se harán omnipresentes.

Monumento a los muertos en el terremoto que asoló la ciudad

La tarde la reservamos para visitar el llamado casco antiguo de Tashkent. Es la primera vez que un casco antiguo en un país musulmán carece de espacio urbano abigarrado, callejuelas y espacios propios de una medina. Lo visitado es, más bien, una ciudadela o recinto sagrado, donde los minaretes, las cúpulas y las madrazas lo dominan todo, en medio de amplios espacios abiertos donde los niños vuelan sus cometas con indudable habilidad. Cinco edificios sobresalen en el conjunto. En primer lugar, la gran mezquita moderna, con minaretes exentos y cilíndricos, reservada para la oración de los viernes, sede del gran muftí de Uzbekistán. En segundo lugar, la llamada biblioteca, una pequeña madraza que alberga el Corán de Usmán, un pergamino de extraordinario valor histórico y cultural que recoge un texto del libro sagrado de los musulmanes, fechado en el siglo VII. En tercer lugar, la gran mezquita del siglo XII, precedida de un gran portalón  o fachada, que da acceso a un patio interior, hoy ocupado por una serie de tiendas artesanales dedicadas a la venta de productos locales. En cuarto lugar, uno de los mausoleos que contiene las tumbas de los muftíes de la región desde el siglo XVI. Y, finalmente, una escuela islámica moderna que recoge a los alumnos procedentes de las 12 escuelas coránicas que en el país preparan a los aspirantes para ejercer de imanes. Sobresalen de todo el conjunto las cúpulas de los edificios, de un verde turquesa cerámico engarzado en juegos geométricos y frases coránicas.

El grupo ante la gran mezquita del siglo XII

El cansancio hace mella en el grupo y decidimos un pequeño cambio sobre la marcha. Dejamos para mañana algunas visitas y nos volvemos al hotel a descansar y reponer fuerzas, porque el sol aprieta y empieza a pesar en unos y otros.

La siesta, reparadora y extensa, y la ducha relajante nos prepararon para el último acto del día, una cena de conjunto en un conocido restaurante de la ciudad. El amplio local tiene el tipismo algo impostado de los lugares turísticos que tanto y tan bien hemos explotado en España: un gran salón, habitaciones pequeñas adosadas y un mirador de madera con sus correspondientes espacios reservados. Un grupo de música autóctono, pundonoroso y veterano, nos amenizó la velada que terminó en lo gastronómico mejor de lo que empezó, con unos pinchos de cerdo y cordero bien asados y un pastel relleno tan sabroso como contundente.

¿Y qué sensación nos ha producido Tashkent? No es una ciudad impresionante por ningún concepto, pero no carece de interés. Es una gran urbe, ubicada en un cruce de caminos histórico. Fundada hace 1200 años, ha conocido periodos de esplendor y decadencia. El periodo de influencia ruso, en la segunda mitad del siglo XIX, dejó una ciudad renovada, con un urbanismo monumental y radial, a la manera de París, Viena y otras ciudades centroeuropeas. La plaza de Amin Temur, Tamerlán para nosotros, es el centro de la nueva ciudad. De este punto nacen las grandes avenidas que distinguen actualmente su urbanismo.

El futbol y el Barça también estaban presentes en Tashkent

En ella conviven los restos de la ciudad antigua, los grandes edificios de la dominación zarista, a la que siguió la época soviética, y los modernos edificios actuales. Sin especial tráfico, con un clima especialmente benigno, entre 20 y 25 grados, la ciudad es algo impersonal y falta de fuerza. Desarrollada en horizontal, los parques, el arbolado y una edificación de escasa calidad dominan el conjunto. Pero esta ciudad, probablemente es otra cosa a 20 grados bajo cero en invierno y a 45 grados en verano. Una vez más, la vida y la cara amable que ofrece al turista no es la verdadera y el día a día para la inmensa mayoría de ciudadanos que la habitan se rige por otros parámetros menos amables. ¡Suerte para ellos en la nueva etapa de la globalización que les espera!