Hombres buenos

13 julio 2015

Honbres buenos

Acabo de terminar la lectura del último libro de Arturo Pérez Reverte Hombres buenos. Se trata de una larga novela de 583 páginas en la que el escritor, miembro activo de la Real Academia de la Lengua Española, nos narra el viaje a París de dos académicos del finales del siglo XVIII para comprar por mandato de la propia institución la Enciclopédie, ou dictionenaire raisonné, de Dálambert y Diderot, la Biblia de la modernidad en los tiempos de la Ilustración.

El libro, distribuido en 12 capítulos, nos narra las aventuras de don Hermógenes Molina, bibliotecario de la docta casa y de don Pedro Zárate, brigadier retirado de la Real Armada, comisionados de la institución para la compra de los 28 volúmenes de la primera edición, pese a que la obra estuviera prohibida en España. Visto desde esa perspectiva, el libro presenta todos los componentes de una buena novela de intriga y acción: buena descripción de los personajes, magnífica ambientación, credibilidad, y un ritmo literario ágil tan característico del autor.

Pero el libro presenta para mí una novedad digna de ser resaltada. No soy especialmente adicto a la novela histórica porque, en unos casos, carece de sufienciente soporte documental, y en otros se excede en vuelos literarios olvidando los hechos que le dan soporte. Me parece que en este caso hay un difícil equilibrio que, sin perjuicio de contar los hechos básicos de una historia que sucedió en realidad, contiene también los elementos complementarios que permiten que la imaginación del autor reconstruya ambientes, situaciones y diálogos que dan credibilidad y calor literario a la historia.

Me ha intersado también una novedad incorporada a la novela. El autor dedica en el propio cuerpo de la obra bastantes páginas a explicarnos la documentación de la propia historia. El sistema de postas del siglo XVIII entre Madrid y París; la minuciosa descripción de la ciudad de Paris y la vida de salones y cafés; costumbres poco conocidas para nosotros como los duelos de honor con toda su parafernalia y lenguaje peculiar; o la vida del Madrid de la segunda mitad del siglo XVIII. Esa exigente y concienzuda documentación queda puesta de manifiesto en esas páginas y resulta reveladora del trabajo de un escritor que se toma en serio su tarea. Nada obligaba a Pérez Reverte a profundizar en los detalles y dotarlos de rigor histórico, tratándose de una novela, pero esta actitud le da credibilidad a su trabajo y le aporta un plus que se agradece grandemente.

Los demonios familiares, las filias y las fobias que caracterizan al autor también están presentes en la obra. Es obvio que a estas alturas de su vida, Pérez Reverte tiene una considerable mochila de la que no puede prescindir para bien o para mal en su personal escritura. Pero todo ello no oscurece, hablando del Siglo de las Luces, una obra bien escrita, interesante, ágil y con buen mensaje de fondo. Se la recomiendo como lectura de estos meses veraniegos.

Ficha bibliográfica: Pérez Reverte, A., Hombres buenos, Alfaguara, Barcelona, 2015


Otro hito jacobeo

9 julio 2015

Camino primitivo

Camino primitivo, uno de los cuatro tramos declarados Patrimonio Mundial

El Camino de Santiago es, sin duda alguna, uno de los grandes hitos de la cultura europea. Fue desde el primer momento un fenómeno complejo en el que la religión, la cultura, la economía y la sociedad se dieron la mano a lo largo de los siglos, conformando territorios y uniendo reinos en un viaje de ida y vuelta. Iniciada la peregrinación, todavía reducida al ámbito hispánico durante el siglo IX, los siglos siguientes conocieron el proceso de formación de la ruta, culminado a lo largo del siglo XII. Con relativa rapidez alcanza un evidente protagonismo el conocido como Iter Francorum, Vía Francígena, Camino Francés o Camino Francisco que, hasta hoy, sigue siendo la ruta por excelencia. Cuando se inició la revitalización y recuperación del Camino en los años sesenta del pasado siglo, todos los esfuerzos de las instituciones civiles y religiosas se volcaron en esta ruta. En 1987, el Consejo de Europa instituyó el Camino de Santiago como Itinerario Cultural Europeo y en 1993 el Camino fue declarado Patrimonio de la Humanidad. Los años jubilares de 1965, 1971, 1982, 1993, 1999, 2004 y 2010 han supuesto un aumento casi exponencial de la cifras de peregrinos, de tal forma que hoy el Camino Francés está próximo a la saturación y tal vez haya que ir pensando en tomar medidas para evitar que la vía jacobea pierda los valores que le son propios y no muera de éxito.

Pero el Camino, que más acertadamente debería enunciarse en plural, no termina en el Camino Francés. Así fue históricamente y así lo desean las mismas instituciones que propiciaron la declaración de Patrimonio de la Humanidad en 1993. Esta vez con el empeño adicional de las Comunidades de La Rioja, País Vasco, Cantabria, Asturias y Galicia. Al final, el objetivo se ha conseguido. En el marco de la 39ª sesión celebrada hace escasas fechas en Bonn (Alemania), la Organización de las Naciones Unidas para la Ciencia, la Educación y la Cultura (UNESCO) ha incluido en la lista de Patrimonio Mundial el bien “Los Caminos de Santiago del Norte Peninsular”.

¿Qué incluye esta denominación un tanto ambigua? La cuatro nuevas rutas que se incorporan son: El Camino Primitivo, que se inicia en Oviedo; el Camino Costero, de 936 kilómetros de longitud; el Camino vasco-riojano, que comienza en Irún; y el Camino de Liébana, ramal que une el Camino con el monasterio de Santo Toribio.

El carácter histórico de estos Caminos está ampliamente acreditado y documentado. Para quien desee conocerlos algo más a fondo basta revisar los capítulos XIX a XXII del tomo II de “Las peregrinaciones a Santiago de Compostela” de los profesores Vázquez de Parga, Lacarra y Uría, que, pese a ser escritos en la década de los cuarenta del pasado siglo en difíciles condiciones, siguen siendo una referencia esencial en la historia de la peregrinación. Pero tan meridiano como lo anterior resulta tras su lectura que estas vías, con todo su interés, no pueden competir ni en importancia histórica, ni artística ni documental con la ruta por excelencia que es el Camino Francés.

De ahí que a estas alturas del desarrollo jacobeo, las reticencias que históricamente han mantenido Comunidades como Aragón, Navarra y Castilla y León carezcan de sentido. Si algo le sobra al Camino Francés son peregrinos y un punto de mayor sosiego y una mejor atención al margen de albergues y negocios varios sería una consecuencia buena para la ruta principal. Junto a lo cuantitativo, nada despreciable, debe cuidarse lo cualitativo, que no solo de pan vive el hombre.

Y sentado este primer precedente, ¿qué hacemos con el resto de las rutas? Que el fenómeno jacobeo sigue en alza no cabe ninguna duda. Sirva como ejemplo que, para sorpresa de casi todos, el último congreso nacional de asociaciones jacobeas se celebró en ¡Jaén!. Queda mucho por hacer y conviene no precipitarse. El espaldarazo de la declaración de la UNESCO va a ayudar a los nuevos tramos a darse a conocer, pero consolidar una infraestructura permanente no es fácil, ni cuestión de días ni de años. La experiencia nos dice que una buena coordinación entre instituciones, una continuidad en las políticas presupuestarias y un proyecto integral de actuación resultarán claves para el éxito de la empresa.

En todo caso, es cuestión de alegrarse como país. Con éste son ya 44 los bienes que España tiene inscritos en la lista del Patrimonio Mundial, ocupando la tercera posición de todo el mundo. Un acicate más, ahora que comienza el verano, para aprovechar la larga lista e incorporar la visita a alguno de ellos en nuestras vacaciones. No hay excusa, los tenemos en la puerta de casa.

Diario de Navarra, 9/7/2015


Siria en el corazón

25 junio 2015

Palmira

Vista parcial de Palmira con la fortaleza al fondo

Los medios de comunicación nos han informado en los últimos días que la cifra de desplazados en el mundo sigue creciendo de forma casi exponencial. Podemos llegar a entender que este exilio forzoso lo sea por razones económicas, tratando de buscar una vida mejor. Las imágenes de barcazas a la deriva en el Mediterráneo, históricamente un mar de vida, cultura y mestizaje, nos lo recuerdan casi cada día, con el riesgo que conllevan de convertirse en una rutina apenas noticiable. Pero resulta increible que a estas alturas del siglo XXI, todavía haya millones de personas que tengas que salir de su tierra por razones de tipo político, religioso o cultural. ACNUR acaba de dar la cifra aproximada de 2014: 59,5 millones. A este cifra contribuye de forma poderosa Siria, nuestro país de referencia: 7,6 millones de desplazados internos y 3,8 millones de refugiados propiamente dichos.

A estas cifras abrumadoras, sin duda las más importantes, se unen otros daños colaterales, especialmente estratégicos para un país que tiene en el turismo cultural una de sus principales fuentes de ingresos. La guerra civil y los ataques del Estado Islámico han destruido 24 ubicaciones de interés y han dejado muy dañados 5 lugares declarados por la UNESCO Patrimonio de la Humanidad. Y lo peor está por llegar. Ayer mismo, este periódico recogía el siguiente titular: “El Estado Islámico comienza la destrucción de Palmira”.

En la primavera de 2009 tuve la oportunidad de realizar un viaje a Siria y Jordania. Pocos paises me han impresionado tanto como el primero de ellos, para mí un verdadero descubrimiento. Estas fueron algunas notas que redacté a mi vuelta y que retomo hoy para ustedes: “La Siria que nos transmiten las agencias internacionales podríamos resumirla así: antigua en lo histórico, rica en lo artístico, desértica en lo geográfico, poco desarrollada en lo económico y totalitaria en lo político. Pues bien, en cinco días, esta Siria tópica ha adquirido matices nuevos y se ha enriquecido con otras visiones. Pocos países poseen un estrato histórico tan potente y rotundo. Fue el punto de cruce de los enfrentamientos expansionistas de las primeras potencias de la historia; el eje entre Oriente y Occidente con las expansión de las culturas griega y romana; el epicentro de la conquista árabe con los califas omeyas; el espacio vinculado durante siglos al imperio otomano; y, tras la sujeción a los intereses occidentales, el país orgulloso y aislado desde su independencia. Esta historia rica y compleja se manifiesta de forma especial en el arte. Imposible enumerar lo visto, pero nunca olvidaré algunas obras maestras: las estatuas de Mari, las ciudades helenísticas de Palmira y Apamea, el teatro romano de Bosra, la sinagoga de Dura Europos, el santuario bizantino de San Simeón Estilita, la mezquita omeya de Damasco, o la imponente fortaleza gótica del Krak de los Caballeros” (…) Lamentablemente, el país no pasa por sus mejores momentos. Articulado en una sociedad disforme y muy diferenciada, donde la huella musulmana es viva y patente, en el territorio conviven la penuria y la escasez con los barrios opulentos de Damasco y Alepo. Y todo ello articulado en un sistema totalitario y corrupto, donde el culto a la personalidad del joven jefe de Estado, Bachir el Asad, resulta tan omnipresente como antipático”. Añándanle a ello una cruenta guerra civil y la aparición del radicalismo religioso más sectario, bárbaro y analfabeto, y tendrán una idea aproximada de lo que hoy queda de la Siria de antaño.

Pero no puedo terminar esta evocación sin recordar Palmira, probablemente el lugar más emblemático del país. Lo recuerdo así: “Nuestro primer contacto con la ciudad y sus oasis de palmeras es la zona de tumbas (dos de las cuales acaban de ser voladas por el Estado Islámico), en los extramuros del recinto urbano. Pero Palmira es, sobre todo, la extensa ciudad histórica conformada por el gran templo, la vía sacra, la calle principal y los edificios públicos adyacentes. Un conjunto impresionante en dimensión y calidad. Una vez más queda demostrado que en Oriente, a diferencia de Grecia, la medida de todas las cosas no es el hombre, sino que el gigantismo lo invade todo. El estilo palmireño, a caballo entre Grecia, Roma y el mundo sasánida, es robusto, recargado y mestizo. Un paseo entre sus restos nos familiariza con Zenobia y sus sueños, y la puesta de sol desde la fortaleza termina definitivamente de encandilarnos. La piedra rosada refulge al sol, recuperando por unos momentos el esplendor del tiempo perdido. ¿Y la Palmira de hoy? Un gran poblachón con algunos hoteles de lujo y un turismo de horas, que se contenta con dar una vuelta por la zona arqueológica y seguir rumbo a otros lugares”.

¿No es posible, en nombre de la civilización, detener todo este horror humano y artístico?

Diario de Navarra, 27/6/2015

 

 


Johann Sebastian Bach. Los días, las ideas y los libros

22 junio 2015

aNDRÉS

Les aporto un pequeño comentario al segundo libro de Ramón Andrés Johann Sebastian Bach. Los días, las ideas y los libros, que he leido en las últimas semanas. Siguiendo la dinámica del autor, el libro es mucho más que la simple biografía del gran músico. El subtítulo es indicativo de sus pretensiones: contextualizar a través de sus libros y su música, el mundo que le tocó vivir. Pero es tanta la erudición del autor, tan complejas sus referencias musicales y tan minucioso el análisis, que el libro me ha superado grandemente. De ahí que he realizado una lectura transversal del mismo, deteniéndome en el último capítulo, dedicado al numeroso grupo de compositores relacionados con Bach.

Si algo queda claro en el libro es la profundidad de la obra del músico alemán, que el autor emparenta con las corrientes no solo musicales, sino también espirituales y culturales de la época. Afortundamente no es imprescindibles conocer éstas para disfrutar de su música. Con más o menos sutileza técnica, sus pasiones, sus cantatas, sus variaciones o su música para órgano siguen estando en lo más alto y a la vez al alcance de todos.

Ficha bibliográfica: R. Andrés, Johan Sebastian Bach. Los días, las ideas y los libros, Acantilado, Barcelona, 2005


No sufrir compañía. Escritos místicos sobre el silencio

17 junio 2015

Andrés

El último premio Príncipe de Viana de la Cultura me ha dejado un sabroso descubrimiento: la obra de Ramón Andrés, que incomprensiblemente desconocía. Tras ojear algunos de sus libros, recalqué que había que estar atentos a la entrega del premio, pues era previsible que constituyera una hermosa pieza, como así sucedió. En medio de las urgencias del momento, más pendientes de presencias y ausencias futuras, Ramón Andrés realizó un breve, profundo y hermoso alegato sobre la cultura a la que definió como una “forma de resistencia” y abogó por la utilidad de la misma frente al predominio del homo tecnicus, propio de nuestro tiempo.

Con más sosiego, acabo de terminar la lectura de uno de los libros del autor recomendados por un amigo: No sufrir compañía. Escritos místicos sobre el silencio. El título, perturbador y equívoco, está tomado nada menos que de San Juan de la Cruz, que en sus Avisos espirituales escribe que el alma “ha de ser tan amiga de la soledad y el silencio, que no sufra compañía de otra criatura”.

El libro se compone de dos partes bien definidas. En la primera, Ramón Andrés resume en un amplio prólogo, que es un ensayo en sí mismo, el origen y desarrollo de las tradiciones espirituales y filosóficas de Oriente y Occidente. Para el autor, el silencio, que es algo más que la interrupción de los sonidos o buscar el reverso del lenguaje oral, posee, contradictoriamente, una poderosa dimensión comunicativa y una extraña capacidad para facilitar la entrada en el mundo del espíritu, el pensamiento y las artes. Es, tanto como el habla, una forma de conocimiento, la llave que permite introducirse en la complejidad de la conciencia. Desde el silencio puede analizarse otra perspectiva de la conducta humana, interpretar críticamente la cultura y explicar de modo sutil y poco habitual toda construcción metafísica. Su recorido por las tradiciones espirituales de Oriente y Occidente es fino en su análisis y abrumador en su conocimiento.

Las frases memorables y las citas se suceden, Me limitaré a recoger algunas que me han gustado especialmente.

“Podría pensarse que el silentium es la lógica de la nada, su correspondiente, pero resulta, bien al contrario, un atento “escuchar” en todas direcciones, advertir, lo más desnudamente posible, la voz en la que se ha vaciado cuanto existe (…) Es, antes que otra cosa, un estado mental, un mirador que permite captar toda la amplitud de nuestro límite y, sin embargo, no padecerlo como línea última. Estar sosegado en lo limitado es tarea del silencio (…) La máxima confuciana de poseer “la identificación silenciosa de las cosas” es esencial y exacta para comprender qué son el silencio y su escucha” (pág. 11-12)

“San Buenaventura, exhortando al retiro interior comenta que el hombre, cuando calla, piensa en sus caminos (Homo, cum tacet, cogitat vias suas), aunque si desea alcanzar la más alta perfección debe ayudarse, cosa necesaria, de la virtud del silencio (virtus silentii)” (pág. 15)

“Es el silencio, o puede ser, un mandato del alma (Spinoza), lo que queda del mundo y de la muerte, su despojo (Shakespeare), aquello en que la forma se desconoce (Agustín), el más fiel de los confidentes (Kierkegaard), la puerta de entrada de la sabiduría (Juan de la Cruz), el resultado de toda obra (Bergson), el espacio entre la aspiración y la espiración, que siempre es reinicio (Gadamer), el engarce entre los signos que buscan un sentido (Humboldt), lo previo frente a la trascendencia (Jaspers), lo no dicho e imposible de decir (Wittgenstein), el obligado camino ente el exterior y el interior (Heidegger), el modo de cubrir la distancia infinita (Weil)”. (pág. 17)

“Del mismo modo, como reducción de espacios, y siguiendo la matáfora del monasterio y la celda, cabe pensar que el libro podía empezar a entenderse, al igual que ahora, como un desierto, un monasterion, una clausura, una ventana entre las manos. Porque el libro era y es, a la vez que receptáculo, una forma de derecho al silencio”. (pág. 45)

“Dice Tauler: Elige callar tú y hablará Dios o hablar tú para que Él calle. Debes hacer silencio, Entonces será pronunciada la palabra que tú podrás entender y nacerá Dios en el alma. En cambio, ten por cierto que si tú insistes en hablar nunca oirás su voz. Lograr nuestro silencio, aguardando la escucha del Verbo, es el mejor servicio que le podemos prestar. Si sales de tí completamente, Dios te dará en plenitud, porque en la medida que tú sales Ël entra. Ni más ni menos” (págs. 46-47).

“La tercera de las señales que ha de haber el espiritual, dice San Juan de la Cruz, es si el alma gusta de estarse a solas con atención amorosa a Dios sin particular consideración, en paz interior y quietud y descanso, y sin actos y ejercicios de las potencias, memoria, entendimiento y voluntad -a lo menos discursivos, que es ir de uno a otro-; sino sólo con la atención y noticia general amorosa que decimos, sin particular inteligencia y sin entender sobre qué”. (pág. 49)

“El amor es, para Osuna, una maravilloso callar, lo que verdaderamente empuja a salir de sí para establecerse en lo amado, que es la expresión más alta del silencio” (pág. 60)

La segunda parte del libro es una cuidada selección de textos de los principales místicos españoles de los siglos XV, XVI y XVII. Estos son sus nombres: García Jiménez de Cisneros, Bernardino de Laredo, Francisco de Osuna, Juan de Valdés, Pedro de Alcántara, Juan de Ávila, Juan de Bonilla, Alonso de Orozco, Luis de Granada, Teresa de Jesús, Luis de León, Baltasar Álvarez, Juan de los Ángeles, Alonso Rodriguez, Juan de la Cruz, Antonio Molina, Luis de la Puente, Juan Falconi, María de Ágreda y Miguel de Molinos.

Ni el tema ni la prosa de estos autores son fáciles y los textos pueden resultar difíciles e indigestos. Pero una ojeada resulta imprescindible. En todo caso, solo el prólogo justifica el libro.

Ficha técnica: R. Andrés, No sufrir compañía. Escritos místicos sobre el silencio, Acantilado, Barcelona, 2010.


Así empieza lo malo

14 junio 2015

Marías

Más de uno habrá pensado al leer el título que me estoy refiriendo a la actualidad política nacional, foral o municipal. Nada más lejos. La dejaré para los próximos días, porque lo sucedido no es baladí y merece algún comentario. “Así empieza lo malo” es el título de la novela que acabo de terminar, no sin algún esfuerzo, obra del laureado Javier Marías.

Comenzaré por decir que la novela me ha gustado mucho. Y, sin embargo, no me ha resultado nada fácil de leer, digerir y comprender. Esa es la primera nota que me interesa apuntar. Javier Marías no es autor fácil y su línea argumental se enreda con frecuencia en disquisiciones en las que aprovecha para dar su opinión, muchas veces a contracorriente, sobre acontecimientos, personas y realidades sociales.

Tampoco ayuda a ello su escritura compleja y rica, de párrafos largos, frases entrecruzadas y composición singular. Pero en esa escritura hay muchas lecturas, mucho oficio, mucha inventiva y mucho mundo literario.

La contraportada del libro hace referencia, y con razón, a “una historia tenue de la vida íntima, de las que no suelen contarse o sólo en susurros”. Tras casi cincuenta páginas llegué a preguntarme: ¿pasará algo o el libro nos deparará una historia sin historia? Efectivamente pasó, ¡vaya que sí pasó! Pero hicieron falta casi quinientas páginas para alcanzar un climax imprevisto y asistir a un desenlace inesperado.

La novela es altamente recomendable, pero hay que acompañarla con dosis de paciencia y pulso firme. Y aguantar algunos lugares comunes que se le escapan al autor y que están presenten en casi toda su trayectoria. Si los protagonistas de su novela son hombres y mujeres con pequeñas miserias a veces poco comprensibles, como no admitírselas al autor, que lanza dardos envenenados, irónicos y sutiles eso sí, contra tirios y troyanos.

Una novela que revela la espléndida madurez de su autor.

Ficha técnica: J. Marías, Así empieza lo malo, Alfaguara, Madrid, 2014.


Nuevos usos institucionales

13 junio 2015

Leire

Autoridades civiles y religiosas en Leire

Escribo estas líneas en la tarde del miércoles, recién llegado del acto de Leire en el que los Reyes de España han entregado el Premio Príncipe de Viana de la Cultura a Ramón Andrés y han presidido el funeral por los antiguos Reyes de Navarra. Al habitual ceremonial se han unido este año como novedades, una reflexión tan breve como hermosa y profunda sobre el valor de la cultura por parte del galardonado, y algunas caras nuevas que pronto ocuparán un papel relevante en la vida política navarra. Pero a lo largo del acto, que ha tenido un indudable tono de fin de ciclo, no he podido sustraerme a una reflexión que me ha rondado persistentemente por la cabeza: ¿Tendremos nuevo premio el año que viene?, ¿qué formato tendrá?, ¿quiénes serán los asistentes? No tengo dudas que habrá cambios, solo resta por saber el alcance y el sentido de los mismos.

Estoy seguro de que la llegada del nuevo gobierno, con el apoyo del cuatripartito en la fórmula que se determine, va a traer de nuevo a la actualidad un debate que no hemos acabado de resolver en la etapa democrática: la presencia del poder político, sea municipal, parlamentario o foral en las manifestaciones religiosas que tanto abundan en nuestra tradición como pueblo.

Para iniciar esta mínima reflexión, comencemos por señalar lo previsto en nuestra Constitución. El artículo 16.3 señala: “Ninguna confesión tendrá carácter estatal. Los poderes públicos tendrán en cuenta las creencias religiosas de la sociedad española y mantendrán las consiguientes relaciones de cooperación con la Iglesia Católica y las demás confesiones”. La aconfesionalidad está clara, pero a partir de ahí, casi todo es interpretable. Habrá quien apoyado en este artículo propicie una radical separación que traerá como consecuencia la ausencia de toda autoridad política en los actos religiosos habituales en casi todos nuestros pueblos y ciudades. Y habrá quien, basándose en este mismo precepto, interprete que la creencia mayoritaria de su población le exige la presencia en dichos actos.

Pongamos algunos ejemplos. Suponiendo que se quiera mantener la presencia de los Reyes de España en el acto que nos ocupa, que será una decisión sin duda polémica sea cual fuere el sentido de la misma, ¿debe incluir la jornada una celebración litúrgica con presencia de las más altas autoridades religiosas de Navarra? ¿Y qué decir de la presencia del Ángel de Aralar, tan querido para el mundo nacionalista, cuando en la próxima primavera intente visitar las sedes del Parlamento, el Gobierno o el Ayuntamiento?

Si de los actos institucionales pasamos a las fiestas patronales, el panorama se nos presenta igualmente complejo ¿Procesión de San Fermín sí, pero misa y vísperas en la octava no, como tienen por costumbre algunos grupos? Y los concejales que asistan, ¿representan a la corporación o lo hacen a título personal? ¿Qué prima en estas consideraciones, su sentido netamente religioso o su carácter popular y folklórico, enraizado en una tradición de siglos? Hoy ya tenemos planteamientos netamente diferenciados. Naci en Los Arcos y allí el ayuntamiento participa de forma asidua en procesiones y misas, con ofrenda personal del alcalde a la Patrona en el multitudinario final de la novena el día 14 de agosto. Vivo en Oteiza, donde la Corporación solo se deja ver una vez al año en la iglesia con motivo del día del patrón.

El asunto que apunto no es ni de lejos el más importante con el que se va a enfrentar el nuevo gobierno y las nuevas corporaciones municipales, pero no es un tema baladí, porque con la sensibilidad a flor de piel, como todo lo que afecta a las creencias y símbolos, puede ser motivo de discordia y confrontación. Por eso, antes de que lleguen las primeras decisiones, convendría una llamada a la mesura y la concordia. En época de pérdida de mayorías absolutas y de gobiernos a varias bandas convendría no guiarse por posturas maximalistas. De ahí que la responsabilidad sea, en primer lugar, de las autoridades civiles. También en esto acordar es mejor que imponer y ceder más rentable socialmente que avasallar. Pero también las autoridades religiosas tienen algo que decir. No les corresponde a ellas el protagonismo, sino a los electos. Ser hoy en Navarra factor de concordia es el mejor favor que la Iglesia puede hacer a nuestra nada fácil convivencia.

El verano promete ser movido en este sentido. Veremos, estoy seguro, más de un caso que nos sorprenderá. Y es que las vivencias y creencias populares están más enraizadas que algunas ideologías, por laicas que parezcan. Disfrutemos y dejemos disfrutar. Todos tenemos cabida en esta tierra que es la nuestra.

Diario de Navarra, 11/6/2015


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