Se jubila el maestro

Escuela

A lo largo de este mes de junio no son pocas las jubilaciones de docentes que se celebrarán en Navarra. La mayor parte, sobre todo si son de secundaria, las reciben como una bendición, otros con alivio, y los hay, tal vez los menos, que sienten una indisimulada pena por dejar una profesión en la que han trabajado tanto como han disfrutado. Pero habrá pocas que hayan reunido las características de la que tuvo lugar en Oteiza el pasado 9 de junio.

Se jubilaba Jesús Mari Albéniz, un maestro que llegó al pueblo en septiembre de 1976 y que se ha mantenido en su puesto, sin cambiar de destino, 42 años. Pese a haberlos tenido excelentes, Jesús Mari ha sido en nuestro colegio la encarnación del buen maestro: preparado, vocacional, inquieto, atento, dedicado, cercano, y preocupado por hacer de sus alumnos no solo hombres y mujeres con conocimiento, sino como decían nuestros padres y abuelos, hombres y mujeres de provecho.

El día fue una sucesión de actos en el que los sentimientos se hicieron memoria y recuerdo, cariño y presencia, música y palabra. Una abarrotada iglesia parroquial, cedida amablemente para la ocasión, sirvió de marco idóneo para la celebración de un acto institucional en el que el agradecimiento fue la idea más repetida. El ayuntamiento le entregó una placa conmemorativa. El actual director del centro, sin poder disimular su emoción, agradeció en nombre de todos los compañeros antiguos y actuales del centro su trabajo y su calidad humana. Todos los niños del colegio, situados junto a él en los primeros bancos, le cantaron algunas de las canciones aprendidas de sus labios. Un representante de la Apyma, en representación de todos los padres y madres, le recordó los buenos momentos vividos a lo largo de los años y su implicación en el proyecto del centro. Ex-alumnos y ex-alumnas le leyeron poemas y recuerdos, algunos llegados desde fuera de España. También la jota se hizo presente por parte de la familia Fernández Cambra, con letras alusivas que hicieron derramar lágrimas a más de uno. Llegaron también vídeos de jóvenes profesores interpretando con sus alumnos las canciones que ellos habían aprendido en Oteiza. Y hasta los más mayores se sumaron a la fiesta interpretando el prólogo del Florido Pensil, para recordar la escuela en la que el propio Jesús Mari se inició en Artavia en los años cincuenta del pasado siglo. El acto terminó con dos intervenciones especialmente señaladas: la de José Luis de Antonio, director, compañero y amigo durante buena parte de la estancia de ambos en el centro, jubilado hace unos años; y la del propio homenajeado, que quiso recordar en una trabajada y bien pensada intervención, su larga etapa de maestro. Pidió perdón por los errores, dio las gracias a todos, recordó sus objetivos educativos y ponderó el valor y la importancia de la educación pública en nuestros pueblos. Un digno colofón para una sesión inolvidable.

Una nutrida mesa de 400 comensales continuó la celebración en el polideportivo. Y tras ella, más regalos, música y una sana convivencia cerró un día que pasará a los anales de Oteiza como la jornada en la que todo un pueblo reconoció la tarea callada, discreta y eficaz de un hombre que amó su profesión desde el primer día al último, realizando su trabajo sin alharacas, cumpliendo simplemente su deber. Que esta fiesta excepcional, como no se ha conocido otra en Oteiza, haya sido en honor a un maestro, reconcilia con la profesión y habla bien de un pueblo que ha sabido reconocer en Jesús Mari Albéniz a uno de los suyos, dedicado a lo largo de más de cuarenta años a educar a sus hijos más pequeñós

Esta misma semana y en este mismo medio, con palabras que reflejan bien la personalidad de ambos, José María Romera, excelente profesor de secundaria, se despedía de una profesión en la que también ha disfrutado mucho. “Uno está convencido de que el mayor mérito de un profesor reside en disfrutar de su tarea, porque solo así logrará que sus discípulos aprecien el valor del conocimiento. A la descripción mortificante de la enseñanza se le opone otra menos difundida pero más cierta que habla del placer y el privilegio de contribuir a que otros aprendan. Dar clase puede ser a veces fatigoso e ingrato, pero en última instancia es una gozada. Y aunque dejar de hacerlo cuando llega la edad de la jubilación tiene su parte de indiscutible recompensa por la libertad que otorga, tener que decir adiós a la enseñanza es como recibir un violento empujón que te saca del recreo cuando mejor lo estabas pasando. Queda al menos el consuelo de poder decir: que me quites lo enseñado”.

A todos los que como Jesús Marí Albéniz han dedicado su vida a enseñar conocimientos y educar en valores, es decir, a ser auténticos maestros, muchas gracias.

Diario de Navarra, 22/6/2018

 

Viaje a Egipto. El arte al servicio del poder (IV)

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Primera imagen de Abu Simbel, todavía con luz artificial

Apenas ha habido tiempo de cerrar el ojo cuando el despertador suena de nuevo. Son la 1,30 de la madrugada y Ahmed ha decidido ser el primero en llegar a Abu Simbel. Cuando dejamos la ciudad, todavía hay vida y jóvenes que salen de algunos locales de ocio. En nuestro autobús monta, además de un segundo chofer, un policía que acompaña al grupo. Las medidas de seguridad no terminan ahí. Frecuentes tanquetas y controles asiduos en la carretera demuestran que Egipto se ha tomado muy en serio el tema de la seguridad, ya que ésta es básica para el turismo y éste es, a su vez, la primera fuente de divisas del país.

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El sol comienza a elevarse sobre las aguas del lago Nasser

Todavía es de noche cuando llegamos a Abú Simbel, ya muy cerca de la actual frontera con Sudán y lugar de entrada y paso desde la antigüedad. Para reafirmar su poder, Ramsés II decidió erigir un templo en el que su imagen y sus victorias son el argumento fundamental. Debía de impresionar en aquellas fechas, en torno al 1500 a.C., a todo viajero, comerciante o militar encontrar tal señal de poderío y grandeza. Un templo a la orilla del Nilo, presidido por cuatro enormes estatuas de más de 20 metros de altura de Ramsés II sentado, acompañado de su esposa e hijos de menor tamaño a sus pies.

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María Luisa y Román, ante la fachada del templo

El curso del Nilo y el desierto acabaron casi con esta espectacular puerta de entrada al Alto Egipto, la tierra de los faraones. Solo a comienzos del siglo XIX fue encontrado semihundido en la arena, y pocos años después pudo ser limpiado y reconocido.

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Vista general de los dos templos, bañados ya en la luz del amanecer

Pero el verdadero momento de peligro para el monumento llegó con la planificación de la gran presa de Asuán. Buena parte de Nubia debía ser sacrificada para favorecer la economía del resto del país. Y los nubios llevaron la peor parte. Dejaron casas, campos y terruño y tuvieron que emigrar a nuevos asentamientos.

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La cabeza caída de una de las estatuas nos permite apreciar la grandiosidad del conjunto

¿Y qué hacer con el templo de Abú Simbel? Imposible acometer la salvaguarda de los templos que debían ser literalmente engullidos por las aguas. Por una vez, la cooperación internacional surtió efecto y el templo pudo ser salvado trasladándolo de lugar, fragmentado en múltiples pedazos. Una montaña artificial, una estructura de hormigón y la pericia humana consiguieron su objetivo. Esa fue la imagen que pudimos apreciar a nuestra llegada. Primero, nocturna, tras observar la parte trasera de la montaña.

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Vista del acceso al interior del recinto con el sol impactando sobre las estatuas-columna

El gran Ramsés vigila de nuevo las aguas del río, convertido en un impresionante lago artificial que ocupa 500 kilómetros de largo y 5.000 km2 de superficie, justo la mitad de Navarra. Una imagen impactante y espectacular, que poco a poco queda envuelta en una luz difusa, porque el amanecer asoma y el sol, primero tenue, y después brillante, se levanta sobre el algo. La preciosa luz del amanecer acaricia el templo y las luces eléctricas dejan paso a la luz natural en una imagen única difícilmente olvidable. Impresionante el contexto, impecable la reconstrucción, hermoso el edificio, tanto por dentro como por fuera.

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Como en buena parte de los edificios, magníficos relieves decoran sus paredes

El templo dedicado a su esposa favorita Nefertari, nos presenta a ésta junto con Ramsés II en el exterior, todo bello, pero más reducido en dimensiones.

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Una última imagen del conjunto, ya como despedida

Son las 7 de la mañana cuando salimos del recinto. La opinión general es que mereció mucho la pena el madrugón. Pero junto a la belleza, la dureza de la vida del egipcio actual. El mercadillo de la salida, reciente y bien acondicionado, ya está a pleno rendimiento y los vendedores dispuestos a convencer de lo bueno y barato de su mercancía. Y así, hasta bien entrada la noche.

Tras Abú Simbel, nos espera la gran presa de Asuán, obra emblemática de Nasser en la segunda mitad del siglo XX, junto con la nacionalización del Canal de Suez. La obra, de enorme envergadura, no impresiona en exceso frente a Itaipú, que tuve la oportunidad de conocer hace unos años, en la frontera entre Argentina, Brasil y Paraguay.

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Vista parcial del imponente obelisco inacabado, desechado por las grietas encontradas en la propia cantera

Volvemos a Asuán para conocer la cantera de granito rosa y el obelisco inacabado, una pieza única de la época de la reina Hatshepsut de 45 metros, agrietada en la cantera y que no pudo ser empleada para tal fin. Difícil de entender el trabajo de la cantera, el traslado por barco y la ubicación en el sitio elegido. Pero ahí están, en Egipto o fuera de él, dando fe del poderío de una civilización que domesticó la naturaleza y fue capaz de elevarse a cotas apenas logradas por la humanidad a lo largo de los siglos.

La vuelta al barco y la larga siesta tras la comida intentan compensar la larga marcha de la mañana. Para la tarde tenemos reservada una doble actividad. La visita a una casa de esencias en las que un hispano-egipcio, en perfecto castellano, nos introduce en los secretos de este mundo tan peculiar; y la presencia en el espectáculo histórico-musical del templo de Filé, otro de los grandes monumentos salvados de las aguas del Nilo.

Una barquitas nos permiten acceder a la isla de Filé. El complejo arquitectónico, de época ptolemaica, retoma vida en un espectáculo de luz y sonido bien planteado y trabajado. Lo escuchamos en español, lo cual ayuda mucho, y la historia de Isis y Osiris se desgrana en un marco incomparable y bajo un manto de estrellas espectacular. Tras la historia de los dioses, escuchamos la propia historia del templo progresivamente en manos de ptolemaicos, romanos, ortodoxos, musulmanes en sus variadas familias y las potencias colonizadoras. Salvado también de la inundación del Nilo gracias a la ayuda internacional, hoy supone un hito en la visita a Asuán que culmina con un pequeño viaje de ida y vuelta en barca a motor hasta la isla que lo cobija.

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La imaginación y el buen hacer del personal de servicio del barco nos depara estas sorpresas al entrar en la habitación

Después de un larguísimo e inolvidable día, es el momento de intentar conciliar el sueño, tras la suculenta cena que nos ofrecen en el barco. La comida es buena y variada, los camareros, amabilísimos, y todo, cercano y próximo, Casi hemos hecho ya del barco nuestra casa.

Viaje a Egipto. Un crucero por el Nilo (III)

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Los cuatro componentes de la calesa camino del tempo de Edfú

El día se presenta más relajado, tras el maratón espectacular que vivimos ayer. No obstante, la buena costumbre de Ahmed, nuestro guía, permanece. Le gusta ser el primero en llegar a los sitos y, de nuevo, fuimos conscientes de sus buenas razones.

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Vista del imponente pilono de entrada al templo de Edfú

La salida al templo de Edfú, construido sobre una elevación sobre el Nilo es todo un poema. Lo hacemos en calesas, distribuidos de cuatro en cuatro. Moustafá, nuestro cochero, dirige un caballito ágil y un carro algo desvencijado con el que compite con otros muchos que acercan a los viajeros al templo desde la orilla del río.

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Gran patio de las ofrendas del templo de Edfú, con columnas y capiteles muy evolucionados

Apenas ha aparecido nadie cuando iniciamos la visita. Ahmed teatraliza la historia de la construcción del templo dedicado a Horus, el hijo vengador de Isis y Osiris. Contribuyo a la escena, siendo Osiris en el relato. El templo es hoy el mejor conservado de todo Egipto, ya que al librarse de las crecidas y ser cubierto por una capa de arena sobre la que se montó un verdadero poblado que vivía en él, favoreció su conservación. Se trata de un templo relativamente reciente, de época grecorromana. Levantado sobre una estructura anterior por Ptolomeo III a mediados del siglo III a.C., fue terminado en el siglo I por el padre de Cleopatra.

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La admiración del grupo ante las paredes cubiertas de relieves queda patente en la fotografía

Dos espléndidas tallas de granito de Horus flanquean un grandioso pilono de 36 metros de altura, decorado con las típicas escenas del faraón agarrando por el pelo a sus enemigos. El gran patio de las ofrendas, con columnas y capiteles muy evolucionados a los que se añaden elementos de los capiteles clásicos, además de loto y papiro, nos permite conectar con los templos del Imperio Nuevo. Una sala hipóstila interior y otra exterior, esta con la cubierta original todavía en pie, nos introducen en las grandes construcciones que vimos el día anterior. Frente a la policromía y el horror vacui característicos de columnas y paredes, el techo está casi negro, consecuencia de las hogueras multiseculares de generaciones que hicieron del templo su propia vivienda.

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María Luisa mira arrebatada al guardián del templo

La cámara de las ofrendas y el santuario con la réplica de la barca de madera llevada en procesión en las días grandes completan un espacio extraordinario. Pero tal vez, ningún templo contiene tal número de metros cuadrados de relieves, que cubren en su totalidad las paredes exteriores del templo y el muro exterior que cierra el conjunto. Todavía tenemos algo de tiempo para sentarnos de nuevo en la esplanada y contemplar el pilono de entrada, ahora ya repleto de visitantes.

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Espléndida la escultura de Horus que da entrada al conjunot

Tras la salida obligada por el mercadillo agobiante en el que el asedio al turista es continuo e inmisericorde, el espectáculo de la plaza ha cambiado por completo. Un pequeño ejército de calesas compite con llenar cuanto antes el pescante y salir corriendo. Nuestro Moustafá también lo intenta, pero conseguimos frenar su ímpetu y esperar nuestro momento. De nuevo, al barco, comida, y una pequeña siesta que yo aprovecho para redactar estas líneas. No pensaba hacer referencia a ello, pero el masajista del barco y su amigo Ahmed me dicen que cuando escriba la crónica del día me acuerde del masaje de pies y espalda que ellos han dado a María Luisa, mi mujer. Así lo hago, quede constancia de ello en su recuerdo.

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Los conductores esperan la salida de los turistas para transportarlos en las calesas

Nuestro barco está atracado en el muelle de Konombo tras Unas horas de navegación. La tarde la dedicamos a visitar otro de los templos de referencia en el Nilo. Los cocodrilos, su ubicación como paso de comercio, la llegada de oro, elefantes y esclavos dieron notoriedad a la población en la que nos encontramos.

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¿Disfrutaron los faraones de estas comodidades en sus paseos por el Nilo?

El templo, también de época ptolemaica, está situado en una curva del río y está dedicado a dos deidades: el dios cocodrilo Sobek y Horus, el dios halcón.

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Las vistas de las orillas del río apenas han variado con el paso de los siglos

Dos entradas gemelas, dos salas hipóstilas, varias antecámaras y un doble santuario dan notoriedad al templo, que convertido en un “hospital” de referencia, conserva en sus relievas precisiones sobre elementos quirúrgicos y otros detalles de interés.

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Vista del templo de Konombo con la hermosa luz del atardecer

Es importante un buen guía, porque a veces detalles menores revelan mucho más que construcciones mayores. El nilómetro, imponente pozo de piedra bien escuadrada, dedicado a medir las crecidas del río y el museo del cocodrilo situado cerca, completan el conjunto.

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Jovita y Javier, auténticos embajadores de Bargota en la corte del faraón

Tras la cena, es el momento de vestirse para la fiesta egipcia. Las chilabas compradas en los mercadillos, el barco o a los pescadores que tiran el producto con máxima precisión a la cuarta planta desde sus pequeñas embarcaciones, salen a escena y buena parte de los componentes de nuestro grupo, animadas ellas y animados ellos, aparecen relucientes y transformadas.

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No hay como una pista de baile para unir razas y religiones

Un buen rato de baile, diversión y risas que se agradecen. Pero todo debe concluir pronto, porque el de mañana es un día particularmente marcado en nuestro viaje. Es preciso dormir algo, porque Nubia, Abú Simbel y Asuán nos esperan.

 

Viaje a Egipto. El esplendor del Imperio Nuevo (II)

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Amanecer en Karnak , la primera de las muchas sorpresas del día

El barco está atracado en la orilla oriental del Nilo y nada durante la noche ha perturbado nuestro sueño ligero y breve. Tampoco el río se ha dejado ver ni apenas sentir cuando el despertador ha sonado a las 4,30 de la madrugada. Una ducha rápida, un buen desayuno y a las ¡5,30! Partíamos en dirección a Karnak. ¿Pero esto no se hacía para evitar el calor del día? No del todo. Hace 7 grados y todavía es de noche. El vieja hasta el templo de Karnak nos permite introducirnos en la historia del Imperio Nuevo, mientras con nuestro flamante autobús nos cruzamos con motos más bien desvencijadas y escasas de luces, algún motocarro, coches varios y los primeros viandantes casi todos ellos con chilabas y turbantes en la cabeza. De pronto, a las puertas del complejo templario al aire libre de Karnak, se produce el primer milagro matutino. En apenas 10 minutos, mientras se hace la luz, amanece y una suave claridad inunda unas imponentes ruinas que se corresponden con el templo.

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Una galería de esfinges da acceso al primer pilono del templo

La primera y más profunda impresión es la grandiosidad del conjunto. Todo en Egipto tiene otra dimensión. La medida no es la figura humana, insignificante, sino una escala sobrenatural, el mundo de los faraones y del más allá, e incluso divina, el culto a los dioses presididos por Amón Ra.

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La rampa de adobe de la parte posterior del pilono nos permite apreciar el proceso constructivo del mismo

Precisamente el templo de Karnak está dedicado a Amón y supone la culminación del poder tebano del Imperio Nuevo entre 1500 y 1100 a.C. Una avenida procesional de esfinges con cabeza de carnero nos lleva hasta el primer pilono inacabado, pero de dimensiones enormes. Su parte interior conserva parte de la enorme rampa de adobe por la que con rodillos y cuerdas arrastraban los bloques de piedra para colocarlos sobre el muro.

Tras el pilono se encuentra el gran patio con los santuarios de Seti II y Ramsés III, el gran faraón magníficamente representado. La única columna de 21 metros de las 10 inicialmente existentes es recuerdo vivo de esta sección grandiosa.

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Columna del patio de Seti II y Ramsés III. Sus 21 metros de altura son buen ejemplo de la grandiosidad de la arquitectura egipcia

El segundo pilono da paso a la gran sala hipóstila, ejemplo supremo de colosalismo, buen gusto, relieves inmarcesibles con una tenue policromía en algunos lugares y una abigarrada serie de columnas para articular un techo arquitrabado de enorme peso y poder. 134 altísimas columnas no dejan lugar a dudas: estamos ante una de las construcciones más singulares e impresionantes realizadas por bora humana.

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La historia de la arquitectura posee pocos espacios tan bellamente abrumadores como la sala hipóstila de Karnak

Los pilonos siguientes se adornan con obeliscos de una sola pieza como el de Hatshepsut, de 30 metros de altura, el más alto de Egipto.

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El obelisco de la reina Hatshepsut, otro símbolo universal del arte egipcio

 

Todo el conjunto termina en el santuario original de Amón, núcleo del templo y morada oscura del dios.

La visita nos deja una sensación de fragilidad e impotencia frente al orden faraónico y divino. Aunque el templo merecía una visita sosegada y una lectura más detenida de relieves y mensajes en ellos contenidos. Pero no podemos pasar por alto las extraordinarias condiciones en que hemos realizado nuestra visita. Salir a muy primera hora y ser los primeros nos ha permitido ver el santuario en unas condiciones privilegiadas. Por si había alguna duda, la multitud congregada a la salida nos ha servido de estímulo. En Egipto, madrugar tiene premio.

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El templo de Luxor, con su pilono, sus seis estatuas de Ramsés II y su obelisco. El segundo se encuentra en la plaza de la Concordia de París

 

Tras un paseo en autobús por el Luxor histórico, una ciudad que vive básicamente del turismo, hemos llegado a la explanada del templo de Luxor, el segundo complejo fundamental de la orilla oriental.

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Hermosa estatua del omnipresente Ramsés II, el gran faraón guerrero

Una colosal avenida de esfinges que próximamente unirá en forma peatonal los tres kilómetros que separan los templos de Karnak y Luxor en línea recta, nos acerca al segundo templo que se inició con un enorme pilono de 24 metros de altura levantado por Ramsés II en el Imperio Nuevo, decorado con 6 estatuas del faraón, 4 sentadas y 2 erguidas, de las que quedan solamente 3. De los dos obeliscos de granito rosa, uno se conserva in situ y el otro preside la plaza de la Concordia en París. Le sigue el gran patio con doble fila de columnas y unas muy hermosas y monolíticas estatuas del gran guerrero, con representación de sus esposas e hijos (al menos 17), además de los reyes vencidos en sus expediciones militares. Una gran columnata y patio de Amenofis III da paso a la cámara de Amón y el santuario con la barca sagrada. Si en Karnak la grandiosidad es el principal elemento, en Luxor sobresalen las estatuas de Ramsés II y los relieves de prácticamente todas las paredes del templo, un horror vacui que se extiende por cientos de metros cuadrados de piedra, con escenas de todo tipo y un realismo y calidad indudables.

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El cartucho del faraón y una escena doblegando a sus enemigos decoran la estatua del faraón

La visita a los templos de Luxor y Karnak justifica un viaje a Egipto. Sería lo apropiado para un día entero o al menos una mañana, pero apenas son las 10 y queda mucho que ver.

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El templo memorial de Ramsés III conserva sus columnas y cubiertas repletas de relieves y bellos colores

Sin solución de continuidad nos trasladamos a la orilla occidental del Nilo. Allí visitamos el templo memorial de Ramsés III, resguardado por la gran montaña tebana que cierra la estrecha franja bañada por el Nilo. La construcción del enorme templo presenta algunas novedades. Resaltaré dos: el acceso a través de un edificio de dos plantas inspirado en una fortaleza siria, y el extraordinario conjunto de relieves policromados que se conservan en buen estado muchos de ellos tras más de 3.000 años de existencia. Un templo muy importante que sin sus hermanos mayores y más conocidos sería excepcional.

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El templo conmemorativo de Hatshepsut, horadado en el farallón de la montaña tebana sorprende por su radical modernidad

Visitados los templos es el momento de dar paso a otra tipología especialmente importante, las tumbas. Dos aspectos complementarios ayudan a dar al conjunto el carácter excepcional que presentan. Por un lado, la importancia de la vida de ultratumba en la cultura y la religión egipcia, y por otro la existencia de una cadena montañosa próxima al Nilo de extrema sequedad, que permite horadar la piedra e introducir el sarcófago literalmente en la montaña, añadiéndole todo tipo de ajuares, relieves, pinturas y menajes con una riqueza tal que solo podemos apreciar viendo el poderío de la tumba de Tutankamon, al fin y al cabo un faraón menor.

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Si esto sucede en invierno, ¿qué agobios no habrá en verano con el sol cayendo a plomo?

La más original de todas es, sin duda, el templo conmemorativo de Hatshepsut, no estrictamente tumba, pegado al farallón de la montaña. Su radical modernidad todavía sorprende hoy. Una terraza inferior, una primera columnata, una terraza intermedia, otra columnata intermedia, una terraza superior y el santuario de Amón, apenas un apéndice final, componen un conjunto singular, fruto del trabajo en común de una faraona poderosa y s¡nfgular (retratada con barba postiza como sus homólogos masculinos) y su arquitecto Senenmut, miembro de su corte y posiblemente su amante. Su cercanía no acabó en vida, sino que el propio arquitecto descansa en un sepulcro excavado en la roca muy cerca de su amada. Una excepción en el mundo masculino que duró 15 años y que marca la historia de Egipto.

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Imagen de los turistas y visitantes desde la plataforma de acceso al templo de Hatshepsut

Tras la tumba de Hatshepsut, que pudimos disfrutar durante un buen rato desde un café ubicado a los pies del recinto, nos trasladamos al otro lado de la colina, un lugar especialmente inaccesible, árido y seco hasta el extremo, el valle de los reyes.

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Entrada a una de las tumbas del valle de los reyes. Solo las gafas del vigilante egipcio nos permiten deducir que no es una imagen venida del más allá

63 tumbas son las aparecidas hasta el presente, de las que solo una menor, la del Tutankamon, ha llegado intacta hasta nuestros días. Tras una puerta sencilla, se encuentra un mundo sorprendente. Pasillos, galerías, paredes exquisitamente trabajadas, una policromía excepcional y, en algunos casos, sarcófagos vacíos, es lo que resta de aquellos que se consideraron todopoderosos e inmortales. Prácticamente todas fueron saqueadas en un momento u otro de la historia, dejando si no ajuares, sí momentos imborrables de la vida y la cultura egipcia. Como ejemplo de otras muchas, visitamos las de Ramsés III y Merenptah. Imborrable el recuerdo y maravillosa la experiencia. No la perturbaron siquiera la multitud de vendedores que apostados a la entrada y salida de los edificios, exhibían su mercancía con profesionalidad, empuje y casi asedio en algunos casos.

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Vista de uno de los infinitos relieves que decoran las paredes de las tumbas

Los colosos de Memnón, entrada a otro de los recintos sagrados, cerró nuestra visita.

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Entrada a una de las tumbas en el impresionante e inhóspito valle de los reues

Abrumados, extenuados, muertos físicamente tras el viaje, las escasas horas de sueño y lo intenso de la mañana, llegamos al barco para comer. Siesta, larga siesta, descanso y tarde la recuperación. NO es posible seguir este ritmo, pero lo hoy vivido no se nos olvidará fácilmente.

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Escaleras de acceso al interior de una de las tumbas. Las paredes aparecen cubiertas de hermosas escenas bellamente policromadas

¡Qué comienzo de viaje tan espectacular!

 

Viaje a Egipto. Donde todo comienza (I) 11 de enero de 2020

Egipto

El lema con el que turismo de Egipto se presenta al mundo

Los prospectos sobre Egipto traen todo tipo de mensajes para captar la atención del potencial visitante. El nuestro recoge el programa con el siguiente epígrafe: “Egipto, donde todo comienza”. Aunque algo oscuro para el turismo menos avezado, la frase recoge fielmente lo que Egipto ha supuesto para la historia de la humanidad. El neolítico, la escritura, la historia en definitiva, tienen en el valle del Nilo un enclave fundamental. El espacio que permitió pasar a partir del quinto milenio a.C. de la prehistoria a la historia, ejemplificado en una civilización que supone en sí misma una cumbre de la historia de la humanidad.

Mi contacto con el arte egipcio viene de lejos. Comenzó en el bachillerato, aunque ya aquellas películas emblemáticas, como los 10 Mandamientos, la primera película que yo vi de niño en el cine en Logroño, a donde nos desplazamos toda la familia en la camioneta de mi abuela, me aproximaron a una civilización llena de lujo, oropel, mensajes y enormes diferencias sociales.

Moises

Los diez mandamientos, la primera película que vi en pantalla grande y que tanto me impresionó

Tras el bachillerato, con aquella historia del arte universal donde las pirámides, los faraones, el Nilo, Nefertiti y los templos empezaron a tomar cuerpo, la licenciatura en Filosofía y Letras me permitió ahondar progresivamente en una materia que me ha interesado especialmente. Los nombres de Ignacio Barandiarán, Antonio Beltrán, Mari Carmen Lacarra, Gonzalo Borrás y Federico Torralba acompañaron cada una de las etapas y marcaron a fuego una inclinación que se tradujo en una materia para mí obligatoria en mi docencia de bachillerato. Prácticamente, todos los años de docencia acumulados, aproximadamente 18, tuvieron a la historia del arte como elemento clave, con una práctica que intenté siempre acompañar de diapositivas y salidas fuera del aula. Un programa de aplicación del arte al estudio del entorno, titulado “Tierra Estella, una mirada a nuestro entorno”, dirigido por los hermanos Larreta y yo mismo, docentes los tres en el IES Tierra Estella, quedó finalista en los Premios Giner de los Ríos de Innovación Educativa en los primeros años del siglo XXI.

Desde hace 15 años, coincidiendo con el estreno del programa Aula de la Experiencia en la Universidad Pública de Navarra, vengo impartiendo la materia de Arte Antiguo y Medieval, en la que Egipto ha tenido cabida. Pero faltaba una cosa por llenar: visitar in situ una región y una cultura que tanto me ha fascinado, que me sigue fascinando y que tantas veces he explicado en clase. Así que, tras la salidas en los últimos años a Sicilia, Grecia Continental y las ciudades griegas del Asia Menor, era el momento de poner rumbo a Egipto. En un formato condensado, 8 días, pero suficiente para conocer lo básico de los ingentes tesoros que el país del Nilo atesora.

El grupo, de carácter mixto, lo componemos 44 personas, de las que 32 son alumnos del curso de Historia del Arte universal y de España que imparto en Los Arcos a 65 alumnos de la zona, y 12 forman el pequeño grupo procedente del primer curso del Aula de la Experiencia de UPNA.

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Los viajeros toman el avión a Madrid camino de Egipto

El sábado 11 de enero, partíamos en autobuses Latasa de Oteiza a las 7,30 de la mañana. Una madrugada tan fría como hermosa nos ha permitido recoger a los componentes del grupo en Los Arcos, Estella y Pamplona. A las 9 en punto, partíamos hacia Madrid. La impecable conducción de Jesús, nuestro chófer, nos llevó entre el frío, la rosada mañanera y la niebla hasta Medinaceli, donde casa Nico nos recibió una vez más para desayunar y descansar. A las 2 en punto estábamos en Barajas. El embarque se produjo sin problemas y puntualmente también despegamos hacia Egipto. Ahora en avión, un aparato que cada vez que levanta el vuelo uno no puede menos que admirarse y encomendarse a Dios, en cuyas manos estamos con más propiedad que nunca. Prácticamente todos los pasajeros somos turistas y viajeros -me gusta más la segunda expresión que la primera-, que pretenden pasar una semana en Egipto. Casi todos nos volveremos a ver el próximo sábado en este mismo vuelo con destino a Madrid.

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Terminal de maletas en el aeropuerto de Luxor. Nuestro primer contacto con Egipto

Y del aeropuerto de Luxor, directamente al barco atracado en el Nilo. El viaje sirve para que nuestro guía Ahmed nos introduzca en un país del que ha hecho su profesión y su vida. Licenciado en Filología Hispánica y con estudios de historia del arte, su español es limpio, sobrio y claro. Sin muchas alharacas nos da instrucciones prácticas y nos introduce en las primeras palabras del vocabulario árabe.

Son ya las 11,30 cuando llegamos al barco atracado en el río. De nombre Crown Prince, es una motonave moderna de cuatro alturas, en la que ocupamos un amplio y confortable camarote en el piso tercero. Recibimos las instrucciones del día siguiente, con llamada a las 4,30 horas y, tras un tentempié de bocadillos y fruta, nos vamos a dormir.

Una vez más, se impone la modernidad y sus transportes. Bus, avión y barco en un mismo día, que nos permite pasar de la civilizada y algo revuelta Navarra actual a dormir sobre el propio Nilo cual si de un sueño faraónico se tratara, para despertar mañana mecidos por sus aguas a una cultura y una civilización que está en la cuna de lo que nosotros hemos llegado a ser.

 

 

Hombres de guerra y fortuna

Sidi

Los nacidos antes de la década de los sesenta recordamos todavía unos textos de historia de España trufados de grandes gestas militares y héroes calificados de legendarios: Viriato, Guzmán el Bueno, el Cid, los conquistadores o Agustina de Aragón, por poner algunos ejemplos. He vuelto a recordarlo estos días por dos motivos bien distintos. El primero, la interesante y agria polémica suscitada por el libro Imperiofobia y leyenda negra de Elvira Roca Barea, -que sostiene que los españoles hemos interiorizado acríticamente la leyenda negra, que empezó en Italia y terminó siendo asumida por la élite ilustrada española-, refutado de forma implacable por José Luis Villacañas en Imperiofilia y el populismo nacional-católico: Otra historia del imperio español, y por Arturo Pérez Reverte en su artículo de XLSemanal, Imperioapología y otros disparates. “Populista nacional-católica, nacionalista española, reaccionaria, vanidosa”, dice el último de la primera, a la que ésta responde tachándole de “muy fanfarrón, muy miles gloriosus, pero no engaña a nadie”. Todo, como ven, muy edificante en una polémica que todavía continúa en los medios escritos. El segundo, la lectura estos días de dos libros complementarios, escritos por dos amigos -compadres se llaman mutuamente- que se respetan y admiran. Uno es una novela, Sidi, de Arturo Pérez Reverte y el otro, una obra histórica divulgativa, La conquista de América contada para escépticos, de Juan Eslava Galán.

Las dos pretenden ofrecer una visión, si no nueva, sí desmitificadora de dos de los episodios más conocidos y ensalzados de la historia de España. La figura histórica del Cid, glosada por el Cantar del mismo nombre y convertida por Ramón Menéndez Pidal en fuente histórica válida, ha llegado a nuestros días más jaleada que estudiada, más utilizada en sus elementos pseudo-históricos que valorada como joya literaria. Un joven historiador, David Porrinas, acaba de publicar un revelador estudio en el que Rodrigo Díaz de Vivar aparece como un guerrero aventurero y oportunista, que se mueve con habilidad en la frontera difusa entre la cristiandad y el islam, al frente de unas tropas compuestas por su propia mesnada y un contingente variable de tropas musulmanas. Todo para conseguir un botín. Esa misma idea es la recogida por Arturo Pérez Reverte en su novela Sidi, Un relato de frontera. Dejando al margen la calidad literaria del autor, que ya fue glosada hace unas semanas por José Luis Martín Nogales en su sección de este mismo medio, me parecen especialmente destacables en esta visión cidiana, su buen conocimiento del Cantar de Mio Cid, su excelente retrato de la sociedad del siglo XI, lo preciso de su especializado vocabulario y, sobre todo, el retrato de un caudillo -altivo, leal a su señor natural, al servicio del mejor postor, fuera cristiano o musulmán- y su mesnada: “aquellos hombres olían a estiércol de caballo, cuero, aceite de armas, sudor y humo de leña. Rudos en las formas (…) eran guerreros y nunca habían pretendido ser otra cosa (…) Profesionales de la frontera, sabían luchar con crueldad y morir con sencillez”. En mi opinión, una gran novela que rescata al hombre y humaniza al héroe mitificado.

Algo similar ocurre con el libro de Juan Eslava Galán. ¿Cómo humanizar una gesta memorable sin olvidar ni las miserias y atrocidades de la conquista, ni las hazañas extraordinarias que llevaron a cabo? No es el primer libro en el que Eslava se enfrenta a una situación similar y a base de sabia erudición, arte narrativo e ironía inteligente, en frase de Pérez Reverte, consigue su objetivo. “Nadie cuenta la historia como Eslava Galán”, dice el novelista. Tal vez sea un exceso, pero pocos divulgadores están a su altura.

De la misma forma que Pérez Reverte convierte su novela en un relato histórico, Eslava Galán acaba por hacer de su historia un relato casi novelado. El detalle, el humor, la reflexión perspicaz y el lenguaje limpio y descarnado son las especias que condimentan el fruto sazonado que presenta el libro. Un difícil equilibrio en el que prima la visión del soldado de fortuna -la inmensa mayoría de los que llegaron a América-, sin obviar los dislates y gestas que llevaron a cabo. Para finalizar, se plantean también las cuestiones de las que tanto se ha hablado en los últimos años: los conquistadores, ¿fueron depredadores o civilizadores? ¿Qué decir de la independencia y el exterminio de los indios? ¿Y del debate entre indigenismo versus hispanidad? Las tres las aborda el autor con criterio ecuánime y contextualización adecuada.

Dos libros, en fin, que les recomiendo para este enero en el que la historia de España vuelve a estar en el candelero. Me temo que dado el contexto político en el que nos movemos, no será la última incursión en el tema.

Diario de Navarra, 9/1/2020

 

El festival de villancicos

villancicos

Si uno ojea las páginas del Diario de Navarra en estas fechas, hay una actividad que se repite insistentemente y sobresale sobre todas las demás: los conciertos de Navidad, sean interpretados por grupos autóctonos o foráneos, profesionales o aficionados, de música instrumental o vocal. Afortunadamente, los tenemos de todo tipo y condición, en consonancia con una tradición que tiene raíces bien asentadas: el carácter básicamente religioso de la Navidad en nuestra tradición cultural cristiana y la raigambre coral de nuestra tierra, antaño vinculada a la parroquia y hoy compartida con otras instituciones. Pero hay una modalidad en la que me gustaría fijarme hoy para ponderar su importancia y darle el valor que tiene y que, a veces, nos pasa desapercibido. Me refiero a los festivales de villancicos, protagonizados básicamente por los coros parroquiales de la Navarra rural. Como ejemplo de los mismos, citaré el celebrado el pasado domingo, tras la misa dominical, por los coros parroquiales de La Solana, en el que participaron feligreses y vecinos de Allo, el valle de Santesteban de La Solana (Ázqueta, Igúzquiza y Villamayor de Monjardín), Arróniz, Dicastillo y Oteiza.

La iglesia de Oteiza fue la anfitriona del evento, que ya hacía el número 15 de las ediciones celebradas. Un público mayoritariamente veterano, procedente de las localidades vecinas, daba a la iglesia el aspecto de los días grandes, que ya solo alcanzamos a verlo en las fiestas patronales o en los funerales. El párroco y el alcalde dieron la bienvenida a los asistentes. Más de uno tal vez se sorprenda y apele a la separación entre Iglesia y poder civil. En mi opinión, en esta oportunidad ninguno de los dos sobraba. Porque el acto no era ni exclusivamente religioso ni estrictamente civil. Era la lógica simbiosis de una tradición que alcanza al conjunto de manifestaciones de un pueblo y que apela a una comunidad religiosa y cívica, el viejo arciprestazgo de La Solana y los municipios de la comarca del mismo nombre, reunidos en el mejor espacio disponible, una iglesia que se abre a todos y que es de todos, al margen de las cuestiones de titularidad que tanto daño han hecho en la consideración de la parroquia como bien que los vecinos y feligreses debemos mantener y proteger.

Tras la interpretación de dos villancicos por parte de cada uno de los coros, como colofón final, todos subieron al presbiterio para entonar el Adeste fideles y el Noche de paz, que hicieron vibrar a los asistentes y recordar a los ausentes, especialmente cercanos en estas fechas. Pero todavía había una última sorpresa. Todos juntos también, tras el agradecimiento y la despedida de la presidenta del coro de Oteiza, entonaron Un canto de paz, villancico especialmente querido por Enrique Arellano, párroco de Dicastillo y Arellano durante muchos años, recientemente fallecido. Bien conocido en la zona, Enrique Arellano era el prototipo del clérigo modelado por el Vaticano II, un navarro recio y un sacerdote trabajador y comprometido con su feligresía y con su gente.

Una comida de hermandad de más de 130 personas en la casa de cultura de la villa, seguida de una larga sobremesa, con cantos, melodías y buena conversación fraternal, dio fin a una edición que esperamos tenga su continuidad el año próximo en Dicastillo.

¿Y qué tiene de especial esta celebración similar a tantas otras? Hurguemos un poco en sus entresijos. En la Navarra vaciada en la que cada vez vivimos menos, cualquier iniciativa civil o religiosa que propugne la unión, la cooperación y el conocimiento mutuo debe ser bienvenida. Para cantar hay que salir de la comodidad del hogar, reunirse semanalmente y hacer grupo. Y compartir esfuerzos con los capaces y los menos capaces. Todos, del primero al último, comenzando por el director o directora, son importantes en el coro. En muchas pequeñas poblaciones, sobre todo en el largo invierno de nuestra tierra, es una de las escasas ocasiones para salir, relacionarse y convivir. Si el festival es de arciprestazgo o comarca, hay que ponerse de acuerdo, trasladarse y compartir objetivos y escenario. Lo necesitamos. Si es en el ámbito civil, hacer comarca es imprescindible para acceder a servicios básicos y propiciar el mantenimiento, siquiera sea a la baja, de la población. Y si es en el religioso, los cambios que vamos a experimentar en la iglesia navarra no han hecho sino comenzar. La unidades parroquiales que agrupan varios pueblos son una realidad y se van a acentuar, y la presencia de los laicos se impondrá más pronto que tarde. Los coros parroquiales son, sin duda alguna, levadura que puede propiciar avances en ambos sentidos.

No puedo dejar de manifestar una preocupación. Apenas había matrimonios jóvenes, y los chavales y los niños brillaban por su ausencia. ¿Contamos con ellos o hablamos de dos realidades paralelas? Esta Navidad también es suya, pero si no la vivimos y celebramos juntos, acabarán por considerarla una antigualla y desaparecerá. Aún estamos a tiempo de intentarlo.

¡Felices Navidades para todos!

Diario de Navarra, 26/1/2020

 

Una obra académica de madurez

Dinero

Ficha Técnica

Título: Dinero y deuda. Crédito judío en las villas navarras del Camino de Santiago 1266-1413.

Autor: Juan Carrasco

Editorial: Liber ediciones

Páginas: 599

Precio: 40 euros

Juan Carrasco se doctoró en Historia en la Universidad de Navarra en 1972, con una tesis sobre la población navarra en el siglo XIV, que obtuvo el premio extraordinario de doctorado. Ha sido docente en las Universidades de Granada, Cáceres y Pública de Navarra a la que se incorporó como catedrático de historia medieval en 1990 hasta su jubilación en 2010. Si uno analiza el balance de su actividad universitaria, se encontrará con un docente e investigador que no ha rehuído nunca su participación en tareas de administración y gestión, en una actitud de servicio público que ha marcado su trayectoria. Sin embargo, puesto a definirse, siempre ha optado por calificarse como “un universitario de oficio”, a la que yo añadiría, que también de vocación. Fallecido recientemente Ángel Martín Duque, su maestro, él es ahora el decano de los medievalistas navarros y el directo continuador de una escuela que ha dado excelentes frutos. Sus estudios se han centrado básicamente en el Reino de Navarra, abordando principalmente temas de historia urbana, en especial las finanzas públicas, y los judíos y sus actividades económicas. Las series documentales Acta Vectigalia Regni Navarrae y Navarra Judaica, de las que es coeditor, dan buena prueba de ello.

El presente libro, como señaló muy acertadamente Luis Javier Fortún el día de su presentación en Estella hace algunas semanas, “es la culminación de más de tres décadas dedicadas a los registros del sello de Navarra: primero la búsqueda y acopio de estos textos, luego la publicación de 146 de ellos en cuatro tomos de su obra Navarra Judaica (1994-2003), y finalmente su estudio a lo largo de quince años y varios trabajos”. El resultado, opinión en la que coincido con Fortún, es un libro de madurez, sólido en sus datos, sistemático en su desarrollo y honesto en su planteamiento científico. No creo que la minoría judía en los distintos reinos de las Españas medievales – título utilizado por el autor en uno de sus libros-, disponga de estudios de semejante nivel y profundidad como el que el profesor Carrasco acaba de presentar para Navarra.

Tras una introducción dedicada a los tiempos y usos de la moneda en Navarra, el autor estudia los mercados de las buenas villas del reino: Pamplona, Sangüesa, Monreal, Puente la Reina, Estella, Los Arcos, y Viana y su Aljama, en unas fechas que van, en la mayor parte de los casos, desde el último tercio del siglo XIII a comienzos del siglo XV. Ante esta enumeración, no sorprende el subtítulo del mismo: Crédito judío en las villas navarras del Camino de Santiago (1266-1413). En cada uno de estos mercados, aunque con especificidades, se estudia la judería, los prestamistas y la cuantía del capital prestado, las compraventas de heredades e hipotecas, los impagos, terminando en todos los casos con los deudores y la geografía de la deuda.

Pero si el libro ya resulta de por sí sólido en su parte expositiva, los Apéndices acreditan el imponente trabajo que hay detrás: 125 apretadas páginas con todo tipo de datos en cuadros pormenorizados relativos a cada uno de los mercados estudiados; 6 mapas con la cartografía de la deuda; un amplio apartado de fuentes y bibliografía; y un breve capítulo de conclusiones. Si el texto resulta demasiado duro para el lector no especializado, como es mi caso, le recomiendo la lectura detenida de estas ocho páginas de conclusiones. Le permitirán hacerse una idea global de lo que el crédito judío supuso en las poblaciones de referencia y su área de influencia.

Estudiado monográficamente el eje de la peregrinación compostelana, el autor anuncia una próxima publicación con las aljamas del valle del Ebro: Tudela y Val de Funes. A la vista de todo ello, sorprende que el autor afirme, como final de su introducción, “no estar seguro de haber conseguido evitar esa posible impresión de tener en la mano unos meros apuntes discontinuos, carentes del más elemental encofrado”. Creo que estamos, más bien, ante un sólido y bien cimentado edificio que, estoy seguro, se convertirá en obra de referencia y que constituye la culminación de un trabajo de toda una vida académica dedicada a la docencia y a la investigación. Justo lo que cabe exigir de un universitario de oficio, comprometido con el pasado, el presente y el futuro de su tierra.

Diario de Navarra, 20/12/2019