Se jubila el maestro

Escuela

A lo largo de este mes de junio no son pocas las jubilaciones de docentes que se celebrarán en Navarra. La mayor parte, sobre todo si son de secundaria, las reciben como una bendición, otros con alivio, y los hay, tal vez los menos, que sienten una indisimulada pena por dejar una profesión en la que han trabajado tanto como han disfrutado. Pero habrá pocas que hayan reunido las características de la que tuvo lugar en Oteiza el pasado 9 de junio.

Se jubilaba Jesús Mari Albéniz, un maestro que llegó al pueblo en septiembre de 1976 y que se ha mantenido en su puesto, sin cambiar de destino, 42 años. Pese a haberlos tenido excelentes, Jesús Mari ha sido en nuestro colegio la encarnación del buen maestro: preparado, vocacional, inquieto, atento, dedicado, cercano, y preocupado por hacer de sus alumnos no solo hombres y mujeres con conocimiento, sino como decían nuestros padres y abuelos, hombres y mujeres de provecho.

El día fue una sucesión de actos en el que los sentimientos se hicieron memoria y recuerdo, cariño y presencia, música y palabra. Una abarrotada iglesia parroquial, cedida amablemente para la ocasión, sirvió de marco idóneo para la celebración de un acto institucional en el que el agradecimiento fue la idea más repetida. El ayuntamiento le entregó una placa conmemorativa. El actual director del centro, sin poder disimular su emoción, agradeció en nombre de todos los compañeros antiguos y actuales del centro su trabajo y su calidad humana. Todos los niños del colegio, situados junto a él en los primeros bancos, le cantaron algunas de las canciones aprendidas de sus labios. Un representante de la Apyma, en representación de todos los padres y madres, le recordó los buenos momentos vividos a lo largo de los años y su implicación en el proyecto del centro. Ex-alumnos y ex-alumnas le leyeron poemas y recuerdos, algunos llegados desde fuera de España. También la jota se hizo presente por parte de la familia Fernández Cambra, con letras alusivas que hicieron derramar lágrimas a más de uno. Llegaron también vídeos de jóvenes profesores interpretando con sus alumnos las canciones que ellos habían aprendido en Oteiza. Y hasta los más mayores se sumaron a la fiesta interpretando el prólogo del Florido Pensil, para recordar la escuela en la que el propio Jesús Mari se inició en Artavia en los años cincuenta del pasado siglo. El acto terminó con dos intervenciones especialmente señaladas: la de José Luis de Antonio, director, compañero y amigo durante buena parte de la estancia de ambos en el centro, jubilado hace unos años; y la del propio homenajeado, que quiso recordar en una trabajada y bien pensada intervención, su larga etapa de maestro. Pidió perdón por los errores, dio las gracias a todos, recordó sus objetivos educativos y ponderó el valor y la importancia de la educación pública en nuestros pueblos. Un digno colofón para una sesión inolvidable.

Una nutrida mesa de 400 comensales continuó la celebración en el polideportivo. Y tras ella, más regalos, música y una sana convivencia cerró un día que pasará a los anales de Oteiza como la jornada en la que todo un pueblo reconoció la tarea callada, discreta y eficaz de un hombre que amó su profesión desde el primer día al último, realizando su trabajo sin alharacas, cumpliendo simplemente su deber. Que esta fiesta excepcional, como no se ha conocido otra en Oteiza, haya sido en honor a un maestro, reconcilia con la profesión y habla bien de un pueblo que ha sabido reconocer en Jesús Mari Albéniz a uno de los suyos, dedicado a lo largo de más de cuarenta años a educar a sus hijos más pequeñós

Esta misma semana y en este mismo medio, con palabras que reflejan bien la personalidad de ambos, José María Romera, excelente profesor de secundaria, se despedía de una profesión en la que también ha disfrutado mucho. “Uno está convencido de que el mayor mérito de un profesor reside en disfrutar de su tarea, porque solo así logrará que sus discípulos aprecien el valor del conocimiento. A la descripción mortificante de la enseñanza se le opone otra menos difundida pero más cierta que habla del placer y el privilegio de contribuir a que otros aprendan. Dar clase puede ser a veces fatigoso e ingrato, pero en última instancia es una gozada. Y aunque dejar de hacerlo cuando llega la edad de la jubilación tiene su parte de indiscutible recompensa por la libertad que otorga, tener que decir adiós a la enseñanza es como recibir un violento empujón que te saca del recreo cuando mejor lo estabas pasando. Queda al menos el consuelo de poder decir: que me quites lo enseñado”.

A todos los que como Jesús Marí Albéniz han dedicado su vida a enseñar conocimientos y educar en valores, es decir, a ser auténticos maestros, muchas gracias.

Diario de Navarra, 22/6/2018

 

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SOS por la Navarra vacía

Aguilar

Valle de Aguilar, en la merindad de Estella, un ejemplo de la Navarra vacía

La mañana del martes, mientras volvía de Pamplona a Oteiza, venía escuchando en la radio un debate entre los candidatos a la presidencia del gobierno foral sobre los problemas de la despoblación en Navarra y cómo combatirlos. Les confieso que no me dejó buen sabor de boca: lugares comunes, apelaciones a la situación heredada, referencias a programas extraordinarios que apenas se esbozan y nunca se cumplen, y muy poca concreción, podría ser el resumen de lo dicho.

Y, sin embargo, no me resisto a reclamar una vez más la atención a un problema que crece a medida que pasan los años y disminuye la población asentada en las zonas rurales. Solo les daré a ustedes un dato, suficientemente revelador del problema. Pese a que la población de Navarra ha crecido en 120.000 personas desde 1990 hasta la actualidad, el número de navarros que vive en poblaciones de menos de 500 habitantes se ha reducido casi a la mitad, pasando del 7% al 4% del total.

Aunque buena parte de mi vida profesional la he pasado en Pamplona, nací en Los Arcos y vivo en Oteiza desde hace 36 años. Habito, en consecuencia, en la Navarra rural, participo de los pros y contras de la vida en un pequeño municipio, y creo conocer las necesidades de un territorio que, aunque pobre en habitantes, es rico en identidad histórica, constituye el eje vertebrador de su territorio y reúne algunas de las señas culturales y sociales que nos caracterizan como pueblo. De ahí que, en vísperas de las elecciones municipales, forales y europeas, me atreva a sugerir algunas pautas de actuación para el tiempo que se nos abre.

Creo que la primera obligación de los poderes públicos es tomar conciencia del problema. Y, tras la toma de conciencia, articular medidas para paliar a corto plazo la situación y tratar de solucionar a medio y largo plazo la muerte demográfica de estas zonas de Navarra. Esto requiere no medidas partidistas, sino un pacto global que abarque a todos los grupos presentes en el Parlamento y trascienda legislaturas y colores políticos. En consecuencia, la política de cohesión territorial debe ser prioritaria en la agenda de la próxima legislatura y debe reflejarse en presupuestos -lo más importante- y normas legales. Dado que la la Ley Foral de Administración Local de Navarra, recientemente aprobada, me temo que será papel mojado, debería aprovecharse la ocasión para pactar una nueva que, por consenso mayoritario, tratara de ayudar en esta búsqueda de la cohesión territorial.

Con carácter general, la Navarra rural no tendrá futuro si no se garantizan algunas condiciones básicas: mejores infraestructuras, una sanidad, educación y servicios sociales de calidad y un acceso a las nuevas tecnologías que permitan iniciativas en el ámbito del sector servicios. Y junto a ello, un apoyo efectivo a alcaldes y concejales, que se encuentran más solos que la una, y a las mujeres emprendedoras, motor del desarrollo en los últimos años. En las poblaciones entre 500 y 1000 habitantes, que no son pocas en Navarra, subrayaré de nuevo la importancia de la escuela rural para el futuro de nuestros pueblos. Hasta el presente, la escuela rural, necesariamente pública porque la concertada no está presente, ha respondido bien a lo que se esperaba de ella. Pero corre serios riesgos para el futuro si no solventamos razonablemente la aplicación de los modelos lingüísticos y no primamos los costes de la etapa infantil y el comedor para hacerla viable y posible.

Pero hay otras zonas, en las que ni siquiera esto es suficiente. Los valles pirenaicos, la zona noroeste de la merindad de Estella, las cuencas prepirenaicas de la merindad de Sangüesa y algunas zonas de la merindad de Olite se nos mueren. No hay parejas jóvenes, no hay niños y, en consecuencia, nuestros pueblos son un gran geriátrico desperdigado y atendido por los servicios sociales y un número creciente de inmigrantes, casi todas mujeres sudamericanas, que viven y acompañan a nuestros mayores. No negaré lo positivo de la situación si lo comparamos con nuestro entorno: mayor atención, mejores condiciones de vida, y una longevidad que nos sitúa en los primeros puestos del mundo. Pero convendría no caer una vez más en la autocomplacencia. Es obligación de los poderes públicos atender adecuadamente a nuestros mayores, siquiera sea para devolver el esfuerzo que ellos han hecho para disfrutar de la Navarra en la que hoy vivimos, pero debemos prever medidas a medio y largo plazo para incentivar la presencia de quienes les vayan a sustituir. Si no, a los despoblados históricos aparecidos en Navarra en el siglo XIV, después de la peste negra de 1348, la historia del futuro deberá añadir los correspondientes a los de finales del siglo XX y comienzos del siglo XXI. Depende de todos nosotros el variar esta página de nuestra historia futura.

Diario de Navarra, 16/5/2019

 

La Bardena también es luz

Bardenas

Ficha técnica

Título: Bardenas Reales. En busca de la luz

Autor: Eduardo Blanco Mendizábal

Editorial: EBMfoto

Lugar y fecha de edición: Pamplona, 2018

Páginas: 191

Precio: 35,90 euros

Si uno ojea la página oficial de las Bardenas Reales en su sección de bibliografía, le aparecerán 13 obras referidas a los más diversos ámbitos, y no están todas las que son. Creo que, por derecho propio, el catálogo debería incluir a partir de ahora la obra que les comento, un bellísimo libro que en palabras de su autor, Eduardo Blanco, reconocido fotógrafo de naturaleza y viajes, “no pretende ser un catálogo de especies o rincones de las Bardenas Reales de Navarra, sino una recopilación de momentos fugaces y emociones vividas con mi cámara durante los últimos 20 años. Las imágenes dan protagonismo al momento y a la luz con objeto de transmitir la magia de un entorno único y especial (…) Es un recorrido visual que simula el transcurso de un día y que a su vez muestra el paso de un año, aunque en realidad es el resumen de dos décadas de trabajo fotográfico”.

El resultado no puede ser más hermoso. Paisajes, y especies vegetales y animales componen el grueso de las 137 fotos de que consta el libro. Un parque natural que, pese a contener un campo de tiro, fue declarado por la UNESCO “reserva de la bíosfera” en 2000, en el que la presencia del hombre sólo se hace manifiesta en dos instantáneas: un pastor y la huella dejada en la tierra por la bota de un turista. El autor lo concluye así: “He cultivado mi arte, he pastoreado mi tiempo, he cazado algunas luces, he grabado un episodio de mi vida y he disparado mi cámara de fotos”.

Financiado mediante un campaña de crowfunding, el libro es un derroche de imágenes que van de lo mínimo a lo espectacular, está magníficamente editado y es todo un regalo para los sentidos.

Diario de Navarra, 19/4/2019

Para Alfredo, un adiós agradecido

Alfredo

Escribo estas líneas a primera hora de la tarde, apenas un rato después de haber escuchado la noticia de la muerte de Alfredo Pérez Rubalcaba que, como a muchos ciudadanos españoles, tanto me ha apenado. Estoy seguro que en los próximos días vamos a leer y escuchar numerosas loas de su persona y de su obra, todas bien merecidas. Por eso, permítanme que en esta hora me olvide un poco de todo eso, eche mano de mis recuerdos y les traslade mi impresión de la relación con Alfredo, al que conocí hace ya 35 años.

Corría el año 1984. Hacía escasos meses que había sido designado Consejero de Educación y Cultura del Gobierno de Navarra en el primer ejecutivo socialista, y viajé a Madrid para establecer los primeros contactos con el equipo del ministro Maravall de cara a la creación de la Universidad Pública de Navarra. Cuando les dije que el compromiso de creación de la Universidad era firme y que además pretendíamos que la ley de creación recayera en el Parlamento de Navarra, no pudieron ocultar su escepticismo, y me recomendaron que, para empezar, me pusiera en contacto con un joven asesor de la Secretaría de Estado de Educación, que era ducho en esos temas. Me encontré con una persona simpática y agradable que tenía mi misma edad, 33 años, y que respondía al nombre de Alfredo Pérez Rubalcaba. Sin obviar los problemas, todo fueron facilidades. Me sugirió pautas y me proporcionó nombres. Y allí iniciamos una relación afectuosa, que con intermitencias varias, ha durado hasta el presente. Establecimos un mecanismo de trabajo con el Ministerio y el Consejo de Universidades que culminó en la creación de la UPNA por el Parlamento de Navarra en 1987. Hasta tal punto que, a sugerencia suya, nuestra memoria de creación se convirtió en la pauta para las muchas universidades que se crearon en los años siguientes.

Le seguí tratando asiduamente durante los años 86 al 92, en los que ocupó la Secretaría General de Educación con Solana como ministro, y en los que tuvo que bregar con aquella peculiar situación navarra en la que el Parlamento aprobaba leyes porque tenía la competencia -caso de la Ley del Euskera- y el Ministerio tenía que pagar el personal, porque la transferencia en educación estaba sin asumir. El buen talante, el conocimiento de las temas y la comprensión de la situación navarra, a la que coadyuvaba Joaquín Pascal, también prematuramente fallecido, hicieron posible una relación fluida y una transferencia ejemplar. Su designación en 1992 como Ministro de Educación y Ciencia no sorprendió a nadie. Lástima que su paso fuera breve, poco más de un año, porque el que estaba llamado a ser el mejor ministro de Educación de la democracia, fue requerido por Felipe González y sus sucesores para todo tipo de tareas: ministro de la Presidencia, diputado a Cortes, portavoz del grupo socialista en el Congreso, ministro del Interior, portavoz del Gobierno, vicepresidente primero del Gobierno y secretario general del PSOE. En todas ellas dejó prueba sobrada de su capacidad de trabajo, su inteligencia preclara y su facilidad para el trato personal, que se acrecentaba en las distancias cortas y le permitía superar diferencias personales o ideológicas.

Y cuando la victoria no le acompañó, dimitió de su cargo de secretario general y diputado, y ligero de equipaje, se reincorporó a su plaza de profesor de química orgánica en la Complutense de Madrid, en un viaje de ida y vuelta poco frecuente y muy dignificante.

Este era el Alfredo Pérez Rubalcaba que yo conocí: socialista de primera hora, comprometido con el valor de la educación pública como medio para conseguir una sociedad más justa, respetuoso con la educación concertada a la que aportó derechos y exigió deberes, servidor público que hizo de la política un instrumento al servicio de su pueblo, luchador incansable contra el terrorismo de ETA, hombre polifacético al que nada se le resistía en su afán de servicio, y al que, como a pocos, le es predicable la expresión de que el Estado le cabía en la cabeza. Probablemente el hombre que en los últimos 30 años ha estado más cerca de las grande decisiones que se han tomado en España y que ha suscitado el aplauso más unánime de toda la clase política cuando anunció su marcha en el Congreso.

Y junto al político, el ser humano entrañable, simpático, dicharachero, deportista, amigo de sus amigos, con los tenía tiempo para echar alguna caña, jugar un partido de fútbol o ver por la tele en cuadrilla al Real Madrid de sus amores. Una persona buena y cercana, al que los oropeles del cargo no consiguieron cambiar.

Por todo ello y mucho más que me dejo en el tintero, querido Alfredo, compañero, amigo, maestro, muchas gracias y hasta siempre.

Diario de Navarra, 11/5/2019

 

De la devoción al lujo

Ficha técnica

Título: Joyería en Navarra 1550-1900

Autor: Ignacio Miguéliz Valcarlos

Editorial: Cátedra de Patrimonio y Arte Navarro

Lugar y fecha de edición: Pamplona, 2018

Páginas: 98

Precio: edición no venal

La historia del arte en Navarra ha conocido en los últimos lustros progresos muy considerables, sobre todo en los ámbitos de las artes mayores: arquitectura, escultura y pintura. Conocido en sus líneas básicas este ámbito general, empiezan a aparecer

monografías globales de algunas de las llamadas artes decorativas o menores, que permiten completar adecuadamente la visión de conjunto de cada etapa. Son tres las aparecidas en los últimos años, que merece la pena destacar: Platería en el taller de Pamplona en los siglos del barroco, obra de Mercedes Orbe Sivatte; El arte al servicio del esplendor de la liturgia. Siglos XVI-XVIII, resumen de la tesis doctoral de Alicia Andueza Pérez, ambas editadas por el Gobierno de Navarra; y la que pretendo brevemente comentar para ustedes, Joyería en Navarra 1550-1900, obra de un especialista en el tema, el profesor Ignacio Miguéliz Valcarlos.

El libro traza un panorama general analizando tanto las obras realizadas en Navarra como las venidas de fuera que se conservan en nuestro territorio. Precedido de un prólogo y una introducción, el libro se articula en tres capítulos de desigual tamaño. El primero, muy breve, explica la razón social del enjoyamiento, vinculado a las clases privilegiadas y a las imágenes religiosas. El segundo, algo más desarrollado, está dedicado a los plateros de oro en Navarra, en el que se estudian las ordenanzas del gremio de plateros de Pamplona, la formación del platero de oro y el libro de exámenes de plateros de Pamplona. El tercero, que ocupa los dos tercios siguientes del libro repasa con carácter cronológico la joyería de los siglos XVI, XVII, XVIII y XIX. Una amplia bibliografía cierra el volumen.

La virtud principal del texto reside en la capacidad de síntesis del autor, que le permite en apenas cien páginas trazar un panorama global de la joyería en Navarra solo posible cuando uno domina fehacientemente el ámbito de estudio, cosa que sucede con el profesor Miguéliz que dedicó su tesis doctoral al arte de la plateria en Gipuzkoa.

Una vez más, el buen hacer del autor y de la Cátedra de Patrimonio y Arte Navarro ha ido acompañado del buen gusto derrochado por Calle Mayor en su diseño y maquetación, cosa que se agradece especialmente en un tema por definición exquisito como es éste. El texto, en una pauta digna de destacar, puede descargarse on line en la web de la Cátedra (https://www.unav.edu/web/catedra-patrimonio)

Diario de Navarra, 19/4/2019

Pharus UPNA

UPNA

E L pasado 12 de abril, la Universidad Pública de Navarra celebró el día de la Universidad. La Ley Foral 8/1987 de 21 de abril (BON de 27 de abril) —hace ya, por tanto, 32 años— materializaba definitivamente un anhelo histórico largamente perseguido, dotando al territorio de un proyecto de nueva planta, integrador de los centros públicos existentes, con una oferta inicial no duplicada respecto a la de la universidad privada, una atención preferente a las áreas técnicas y científico-técnicas, de dimensiones medias, ubicado en un campus único sito en Pamplona, y con una estructura decididamente departamental.
El proyecto, en sí mismo considerado, trascendió claramente los estrictos límites educativos, para convertirse, en línea con la previsión de las fuerzas políticas que lo aprobaron, en un motor de desarrollo cultural, social y económico de Navarra, llamado a liderar el futuro de nuestra Comunidad.  Desde entonces, la Universidad ha venido celebrando este día con un campus cerrado por ser festivo y un acto institucional dedicado a reconocer básicamente la aportación de alumnos y profesores distinguidos. En esta edición, y adelanto que creo que con acierto, el acto tuvo importantes novedades. La primera, de carácter simbólico: el lugar de acogida no fue la enorme y fría aula magna del Sario, sino el ámbito probablemente más emblemático de la institución, la biblioteca, verdadero corazón del campus universitario. La segunda, de forma: frente al carácter algo seriado y rutinario de los actos institucionales, la reunión resultó ágil, interesante y ajustada en tiempo. La tercera, de contenido: se trataba, ante más de 200 representantes del mundo académico, empresarial, social y político, de
dar a conocer algunas de las novedades en las que la UPNA trabaja en el campo de la investigación, y de presentar el programa “Pharus UPNA”, el proyecto que pretende vincular de una manera más decidida a la Universidad con la sociedad navarra, que la paga y a la que sirve preferentemente. Los profesores Mar Rubio, Humberto Bustince, Idoia Labayen y Javier Fernández-Montalvo nos brindaron cuatro breves y apretadas intervenciones sobre proyectos de investigación en marcha. El rector Alfonso Carlosena, en una de sus últimas intervenciones públicas, tras su sorpresivo anuncio de no concurrir a las elecciones que se celebrarán el mes que viene, presentó el programa “Pharus UPNA”, que recoge una serie de líneas de actuación ya conocidas, vinculadas con la relación Universidad-Sociedad, articulándolas en un todo conjunto bien presentado. Esta vinculación, no por obligada menos conveniente y necesaria, presenta algunas cifras económicas dignas de ser tenidas en cuenta: La UPNA ingresó en 2017, 60,4 millones de euros procedentes del Gobierno de Navarra, y casi 17 millones más procedentes de la facturación de sus servicios. Sin duda, una buena línea de actuación en la que cabe mucha mejora. De ahí la necesidad de hacer más efectiva, intensa y visible esta vinculación. Subrayaré por especialmente importante, el programa A3U (Amigos y Antiguos Alumnos de la Universidad Pública de Navarra), que trata de anudar unas relaciones más estrechas con los casi 40.000 egresados de la Universidad en estos 32 años, muchos de ellos ya líderes de la Navarra del siglo XXI en los más variados campos. En este ámbito, casi todo está por hacer. Pero no puedo terminar estas líneas sin hacerme eco de un aspecto claramente deficitario que sigue sin solucionarse. En 1995, el Parlamento de Navarra aprobaba la Ley Foral de Creación del Consejo Social de la Universidad Pública de Navarra, modificada en 2008. El Consejo Social es el órgano de participación de la sociedad en la Universidad y tiene funciones relevantes asignadas por la ley foral: la planificación y el desarrollo institucional, la supervisión de la gestión económica, la promoción de la colaboración de la sociedad en la financiación de la Universidad y la adaptación de la actividad formativa e investigadora a las necesidades sociales. Parecería lógico que ante el enunciado anterior, Rectorado y Consejo Social fueran de la mano en la consecución de estos objetivos. Nada más lejos. Pese al trabajo desarrollado por el Consejo Social en la tarea de acercar el mundo de la empresa a la Universidad, concretado en la presencia de un importante número de profesionales en tareas de evaluación, intercambio y mentorización, ni una sola vez fue citado el Consejo Social en toda la sesión, ni para agradecer su trabajo, ni para solicitar su ayuda. Una pena, porque con la voluntad de una de las partes no es suficiente para avanzar adecuadamente. Es, sin duda, uno de los retos del próximo cuatrienio. En todo caso, el formato y contenido de la sesión fue, en mi opinión, positivo en el fondo y en la forma, y constituyó un buen broche para un intenso y fructífero cuatrienio en el que las luces han brillado más que las sombras, que también las ha habido.

Diario de Navarra, 18/4/2019

 

Un clásico, recuperado

Libro

Ficha técnica

Título: Alfonso el Batallador

Autor: José María Lacarra

Editorial: Urgoiti editores

Lugar y fecha de edición: Pamplona, 2018

Páginas: 174

Precio: 15,20 euros

La Vida de Alfonso el Batallador se publicó en Zaragoza en 1971, año en que yo comencé a estudiar Filosofía y Letras en dicha universidad. En el curso 73-74, ya vinculado a la sección de Historia, José María Lacarra fue mi profesor de Historia Media de España y de Instituciones Medievales, y en ese contexto tuve ocasión de leer el libro que hoy les comento, Alfonso el Batallador, editado por Urgoiti. Ya entonces me deslumbró por lo sobrio, austero y ajustado del relato, donde el conocimiento de las fuentes estaba presente pero no abrumaba, y la historia era más que una serie de hechos cronológicos para presentarse como un relato complejo en el que los factores humanos, sociales y religiosos, unidos a los políticos, permitían dibujar un retrato creíble de un personaje singular, Alfonso el Batallador, rey de Aragón y Pamplona. Hoy, cuarenta y ocho años después, he vuelto a leer con delectación una obra que sigue conservando buena parte de su valor, por más que determinados juicios y apreciaciones sobre la poliédrica figura del monarca sean deudores de los años de redacción. Pero el modo de historiar, la aproximación a las fuentes, la ecuanimidad en el juicio y la perspicacia en el análisis, me siguen pareciendo características que definen a un maestro en el oficio.

Pero aunque lo fundamental del libro es el texto del autor, y les animo vivamente a leerlo, la edición que les presento presenta otras novedades dignas de interés, contenidas en el estudio preliminar de Fermín Miranda, colaborador estrecho de Ángel J. Martín Duque, discípulo a su vez del historiador estellés.

Bajo el rótulo “José María Lacarra de Miguel. El oficio de historiar”, Fermín Miranda, fiel a su estilo incisivo y algo heterodoxo, realiza un sucinto repaso a su vida, que abarca periodos nada fáciles y tan dispares políticamente como el turnismo, la dictadura de Primo de Rivera, la II República, la Guerra Civil, el franquismo y la transición democrática. La semblanza del historiador en su contexto, aunque sintética, es la más ecuánime que conozco, sin obviar las críticas de algunos a la etapa del 31 al 39, especialmente compleja por ideologízada.

Como libro paradigmático de “alta divulgación”, nada usual en España en los años setenta, el libro se lee sin especial dificultad, dada la claridad y dominio del autor sobre el personaje y la época tratados. Pero si uno quiere ahondar en el estudio del personaje y situarlo en el contexto historiográfico actual, resulta de gran utilidad la lectura del breve capítulo titulado “José María Lacarra y Alfonso el Batallador”. La pretensión es doble, en palabras de Miranda: “por una parte, analizar los aspectos fundamentales de la visión que (Lacarra) ofrece del monarca y de su obra (…) y por otra, señalar los trabajos y visiones de algunos historiadores que se han acercado a esos temas en los años posteriores, para ofrecer una imagen somera (…) de cómo han evolucionado en el casi medio siglo que ha transcurrido desde entonces”. Poco que añadir, sino que el objetivo ha sido, a mi juicio, perfectamente logrado.

El capítulo más extenso del libro está dedicado a la reconquista de Zaragoza, incluyendo la del valle del Ebro y el Jalón. En palabras del autor, “Sobre Tudela se dirigió la hueste tan pronto como se sometió Zaragoza, y se entregó el 25 de febrero de 1119, firmándose un pacto de capitulación el 15 de marzo, sobre las mismas bases que el de Zaragoza. Esta capitulación fue jurada por Alfonso el Batallador y quince de sus barones.” Acabamos de conmemorar -y no digo celebrar para no suscitar polémicas adicionales- el novecientos aniversario de la conquista y capitulación de la ciudad, evento que ha pasado casi inadvertido. Lacarra ya lo estudió en un trabajo publicado en 1946 en la revista Príncipe de Viana y que afortunadamente su libro nos lo vuelve a recordar.

Termino como comencé, con una evocación personal. Tuve la oportunidad, como consejero de Cultura, de sugerir al Gobierno de Navarra que lo aceptó, la concesión en 1984 de la Medalla de Oro de Navarra al más ilustre de nuestros historiadores, y despedirme de él, acompañando a Ángel J. Martín Duque, en una visita que le hicimos en su domicilio de Zaragoza. Sirvan estas líneas en las que recomiendo la lectura del texto, para homenajear al primero y recordar al segundo, maestro y discípulo, las dos grandes figuras del medievalismo navarro.

Diario de Navarra, 19/4/2019

La entrevista

papa

Para los que seguimos de cerca la actualidad española, hay una entrevista que está en nuestro imaginario como paradigma de un género tan habitual como difícil: la que Iñaki Gabilondo le hizo a Felipe González, siendo éste presidente del Gobierno de España, en un momento particularmente complicado. A partir del domingo pasado, aunque por motivos distintos, aquella entrevista muchos la acompañaremos con otra, la que durante setenta minutos Jordi Évole realizó al papa Francisco en el Vaticano. Frente a estas dos exitosas, recordemos una fallida: la que hace unos años Jesús Hermida le hizo al rey Juan Carlos, que por excesivamente respetuosa, resultó vacía y sin ningún interés.

En la entrevista emitida el domingo pasado, un éxito indudable de audiencia, cabría distinguir dos planos: la forma y el fondo.

En cuanto a la forma, la heterodoxia estuvo presente de principio a fin: nada de pompa y solemnidad, ni en las personas, ni en el tratamiento, ni en el decorado. Si en vez de la sobria mesa de madera, se hubiese desarrollado en una mesa camilla, nuestra impresión hubiera sido la de una amable conversación ¡en español! entre un abuelo simpático y lúcido y un nieto talludito que recoge sus vivencias a mitad de camino entre el respeto y el desparpajo. Lo del abuelo no me lo invento. Así definió él cariñosamente la presencia del emérito Benedicto XVI en una entrevista: “es como tener al abuelo en casa”.

¿Por qué fue elegido Jordi Évole, un periodista de izquierdas, amable pero incisivo en sus preguntas, tan alejado de la nomenclatura oficial y eclesial? Yo me lo explico desde la apuesta firme de Francisco desde el primer día por las periferias entendidas en sentido amplio: geográficas, sociales, culturales, ideológicas y religiosas. No hay sino que ver los países visitados por el Papa, mayoritariamente del tercer mundo, donde los católicos en muchas ocasiones son una minoría. No es por casualidad que Évole comenzara su programa con unas imágenes del Papa explicando el por qué de su nombre, en alusión a Francisco de Asís, hecho pobre para los pobres.

Pero, afortunadamente, más importante que la forma fue el fondo. Pactada para hablar básicamente de inmigración, la habilidad de Évole y la condescendencia de Francisco -más determinante la segunda que la primera- permitieron abordar otros muchos temas de actualidad, nada fáciles la mayor parte: la pobreza en el contexto del Vaticano, los abusos sexuales, el capitalismo, el periodismo, los nuevos pecados sociales, la riqueza, la homosexualidad, el feminismo, la curia romana, el aborto, la prostitución, la memoria histórica, la exhumación de Franco, las armas, los chismorreos, y hasta su día a día en el Vaticano, por citar los más importantes.

Vi a Francisco, probablemente la mayor referencia moral en el mundo de hoy, rotundo en sus juicios y admoniciones contra la inmigración, la construcción de muros o la venta de armas. Como la entrevista se dirigía básicamente al público español, Évole centró sus preguntas en la actuación de sus dirigentes. Las respuestas, desde las concertinas al Open Arms, no fueron nada complacientes. Hasta me parecieron más rotundas que las dedicadas a Trump, más elusivas, o a su vecino Salvini, que no apareció, paradigma de una infame actuación en la propia Italia.

Pero Francisco, además de referente moral, es cabeza visible de la Iglesia Católica. Y ahí, la doctrina se mantiene inmutable, léase la referida a la homosexualidad o el aborto. No cabía esperar otra cosa. Pero sí cabía esperar más en temas en los que los avances son lentos y en los que las reticencias las tiene en casa: la feminización de la Iglesia, pese a su cálida referencia al femenino del nombre; medidas drásticas contra la pederastia; la reforma de una curia que es más rémora burocrática que palanca de evangelización, por citar algunos casos. Confiemos en que Francisco, como le preguntó Évole, no haya echado el freno y el proceso puesto en marcha sea imparable.

En todo caso, que Francisco es un personaje extraordinario y singular quedó fuera de toda duda. Sus respuestas pudieron gustar más o menos, entusiasmar a unos, defraudar a otros y dejar indiferentes a los más, pero que un Papa se arriesgue a una entrevista con Évole, a tumba abierta y sin cuestionario previo es sinónimo de un deseo de cambio indudable. Y esto en una institución como la Iglesia católica, decantada en dos mil años de difícil y frágil equilibrio entre el mundo espiritual al que aspira y el mundo temporal del que se sirve. Y este cambio lo representa Francisco, un hombre maduro, sereno, con los pies en el suelo, un equilibrio psicológico envidiable que le permite dormir como un tronco en palabras textuales suyas, simpático, e incluso bromista, que el otro día, espoleado por Évole, nos deparó una entrevista inolvidable.

Diario de Navarra, 4/4/2019