Viaje a Madrid. Paradas de ida y vuelta (y 6) Alcalá de Henares

Una ciudad universitaria y conventual, Patrimonio de la Humanidad

50.- Detalle de la parte central de la fachada de la Universidad del Alcalá, obra cumbre del Renacimiento español20160804_083600.jpg

Vista de la fachada de la Universidad Complutense fundada por el cardenal Cisneros en 1499. Obra de Rodrigo Gil de Hontañón, es una obra señera del plateresco español

Nuestro viaje de Navarra a Madrid ha discurrido hasta el momento por las provincias de Soria y Guadalajara, caracterizadas por la escasez demográfica, el envejecimiento de la población, la ausencia de actividad industrial que merezca tal nombre y la prevalencia del cultivo del cereal en unas tierras depauperadas. Es lo que podríamos denominar la España profunda, que subsiste en forma de pequeñas ciudades, pueblos y aldeas, en muchos casos oprimidas por el peso de la historia a la que pretenden sacarle lustre como medio de prosperidad y progreso. Pero la situación cambia radicalmente a la salida de Guadalajara. El corredor del Henares, en otro tiempo tierra de cereal con pequeñas huertas regadas por un río exiguo en su caudal, se ha convertido en un polígono industrial continuo a uno y otro lado de la autovía que, durante 22 kilómetros, une sin interrupción el último tramo de la provincia de Guadalajara con la nueva Comunidad Autónoma de Madrid, surgida más por descarte que por convicción, tras la aprobación de la Constitución de 1978. Alovera, Azuqueca de Henares y Meco son los antiguos pueblos situados a la vera del camino, hoy convertidos en ciudades dormitorio de la gran área industrial. Justo antes de terminar la larga recta y coger el desvío hacia Alcalá nos encontramos con dos edificaciones relativamente próximas y de signo bien distinto. La primera es la cárcel de Alcalá-Meco, común en nuestros telediarios y frecuentada por delincuentes de cuello blanco que abochornan nuestra más reciente historia democrática. La segunda, el campus científico-tecnológico de la nueva Universidad de Alcalá, heredera de la Complutense fundada por Cisneros.

48.- Plaza de Cervantes, corazón  de la ciudad y su imagen más representativa20160804_070223

Plaza del Mercado o de Cervantes, corazón de la ciudad y una de sus imágenes más repreentativas

Dejamos la autovía, entramos en el casco urbano de la ciudad y tras avanzar por algunas avenidas convencionales, nos topamos con un casco histórico que nos anima a dejar el coche, movernos a pie y disfrutar de una ciudad llena de encanto. Estamos en Alcalá de Henares.

De Complutum a Alcalá

47.- Vista del casco histórico de Alcalá

Vista del casco histórico de Alcalá desde la torre de la catedral magistral de la ciudad

Como el resto de las poblaciones que hemos visitado, Alcalá de Henares cuenta con importantes restos arqueológicos que atestiguan la presencia de diferentes pueblos y culturas en la zona. Sobre la ciudad celtíbera se levantó Complutum después de la conquista romana. Excavaciones arqueológicas han ido sacando a la luz importantes vestigios, como la Casa de Hippolytus, convertida en museo. Más tarde, en el siglo IV (c. 305), durante el gobierno y persecución del emperador Diocleciano, tuvo lugar el martirio de los niños Justo y Pastor. Fueron ejecutados a las afueras de Complutum, en un espacio conocido como Campo Laudable, lugar que los cristianos empezaron a venerar y que con el tiempo sería la sede del templo dedicado a los Niños Mártires. Es el barrio histórico de Alcalá.

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Casa natal de Manuel Azaña, intelectual y político español, el hijo más ilustre de Alcalá junto con Miguel de Cervantes

Con la invasión musulmana, la antigua Complutum fue despoblándose paulatinamente para convertirse en una alcazaba conocida como “AlQal´at” de donde procede la actual denominación de Alcalá. La ciudad fue reconquistada en 1118 por el arzobispo de Toledo para el reino de Castilla. En 1129, Alfonso VII donó Alcalá y su Tierra a los arzobispos de Toledo quienes construyeron un importante castillo, luego palacio, donde residieron reyes y nobles, nacieron reyes y reinas, se celebraron cortes, y tuvo lugar la primera entrevista entre Colón y los Reyes Católicos, fundamental para el descubrimiento de América. Poco a poco Alcalá se convierte en una población próspera donde cristianos, judíos y musulmanes, asentados en sus propios barrios, conviven de manera pacífica.

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Casa natal de Cervantes, convertida en museo del escritor

Sobre los Estudios Generales del siglo XIII, en 1499 el cardenal Cisneros fundó la Universidad Complutense, convirtiéndose pronto en uno de los principales centros de irradiación de la cultura renacentista europea. Sumando a esto el auge constructivo impulsado por la Contrarreforma, se desarrolló un singular modelo de ciudad dedicada a la cultura, que sirvió como ejemplo del urbanismo español de la Edad Moderna y que ha permanecido relativamente inalterable a lo largo de los siglos. La Universidad de Alcalá tuvo su momento de esplendor en los siglos XVI y XVII, iniciando su decadencia en el siglo XVIII, hasta que en 1836 fue trasladada a Madrid. Los edificios universitarios comenzaron a ser vendidos a particulares y solo la iniciativa de los ciudadanos de Alcalá, constituidos en “Sociedad de condueños” evitó que éstos se perdieran comprando los edificios y evitando su expolio. Pero la ciudad entró en un periodo de recesión del que no salió hasta bien entrado el siglo XX. Su población disminuyó hasta los 5.000 habitantes y quedó reducida a una población agrícola, militar y conventual, duramente castigada además durante la Guerra Civil. En esta mortecina ciudad nació en 1880 Manuel Azaña, intelectual y político que ocupó en la Segunda República los cargos de presidente del Gobierno y presidente de la República, junto con Miguel de Cervantes, el hijo más preclaro de Alcalá.

51.- Vista d ela Calle porticada de Alcalá20160804_082148

Imagen de la calle mayor de Alcalá, la calle porticada más larga de España

El desarrollo industrial comenzó en la década de los sesenta. En 1977 se fundó una nueva universidad con el nombre de Universidad de Alcalá, ya que la Complutense era el nombre que había adoptado la antigua Universidad Central de Madrid, lo que supuso un renacimiento cultural de la ciudad y una recuperación del amplio patrimonio disponible. En 1991 se restauró la sede episcopal y su colegiata fue elevada al rango de Catedral-Magistral de los Santos Justo y

El desarrollo industrial comenzó en la década de los sesenta. En 1977 se fundó una nueva universidad con el nombre de Universidad de Alcalá, ya que la Complutense era el nombre que había adoptado la antigua Universidad Central de Madrid, lo que supuso un renacimiento cultural de la ciudad y una recuperación del amplio patrimonio disponible. En 1991 se restauró la sede episcopal y su colegiata fue elevada al rango de Catedral-Magistral de los Santos Justo y Pastor.

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En el cuerpo de campanas podemos observar un perfil de la torre de la magistral de Alcalá

Hoy, Alcalá de Henares es una moderna ciudad de 200.000 habitantes que, anclada en su esplendoroso pasado, se proyecta al futuro en una economía diversificada basada en la industria, la educación, la cultura y el turismo.

Universidad y recinto histórico, Patrimonio de la Humanidad

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A través del hueco del cuerpo de campanas son visibles algunos de los edificios históricos de la ciudad

La ciudad de Alcalá de Henares, que vio nacer a Miguel de Cervantes en 1547, fue declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO el 2 de diciembre de 1998. Este reconocimiento no sólo se refiere al patrimonio histórico y artístico que atesora la ciudad, sino también a la trascendente aportación de su universidad a la cultura universal, especialmente en los siglos XVI y XVII. La UNESCO declaró que “Universidad y recinto histórico de Alcalá merecían ser incluidos en la lista del Patrimonio Mundial por tres razones fundamentales:

Cisneros

Vista parcial de la estatua del cardenal Cisneros situada en la plaza que preside la fachada de la universidad

 

– Alcalá de Henares es la primera ciudad diseñada y construida especialmente como sede de una universidad, y este diseño serviría de modelo a otros centros de enseñanza en Europa y América.

– El concepto de ciudad ideal, la Ciudad de Dios (Civitas Dei), se materializó por primera vez en Alcalá, desde donde se irradió al mundo entero.

– La contribución de Alcalá al desarrollo intelectual de la humanidad se muestra en la materialización de la Civitas Dei, en los avances lingüísticos que tuvieron lugar en la ciudad, especialmente en lo relativo a la Lengua Española, y a través del trabajo de su hijo más ilustre, Miguel de Cervantes Saavedra, y su obra maestra Don Quijote de la Mancha”.

Paseos por la historia

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Interior de la colegiata de Alcalá, actual catedral-magistral, obra del siglo XVI

El casco histórico de Alcalá engloba muchos paseos posibles. En función del tiempo, uno puede realizar su propio itinerario, pero más importante que los edificios individualmente considerados, lo es el urbanismo en su conjunto, probablemente el mejor ejemplo de ciudad renacentista que uno pueda recorrer. En cada esquina, uno puede encontrarse con un colegio menor con vida propia, un convento recogido entre sus muros, una placa con el nombre de un profesor o alumno especialmente ilustre de la universidad, una iglesia con culto o reconvertida en centro cultural, o una plaza recoleta que rezuma todavía el eco del saber y el gozar de los estudiantes de otros siglos.

Pero hay algunos conjuntos de paseo obligado, con la ventaja de que se encuentran en un casco apretado y perfectamente transitable. El primero es el barrio medieval, con elementos de especial interés como el Centro de Interpretación del Burgo de Santiuste, la ermita de Santa Lucía de la calle de la Tercia, el colegio menor de Mínimos y la casa de los Lizana, la casa de la Entrevista, la cárcel vieja, el hospital de Santa María la Rica, el palacio de los arzobispos de Toledo, el Anticuarium y paseo arqueológico, el monasterio cisterciense de San Bernardo y el museo arqueológico regional.

60.- Colegios menores y conventos son la tónica dominante  de la ciudad20160804_080938

Los colegios menores y los conventos masculinos y femeninos se suceden en el recinto histórico

El barrio universitario se estructura en torno al Colegio Mayor de San Ildefonso, donde vivieron, enseñaron o aprendieron personajes de la talla de intelectual de Nebrija, Arias Montano, el navarro Martín de Azpilcueta, Quevedo, Calderón, Lope de Vega o Tirso de Molina. El Colegio Mayor estaba compuesto por varias edificaciones, el Patio de las Escuelas, el Patio de los Filósofos, el Patio Trilingüe, el Paraninfo o Aula Magna y la capilla de San Ildefonso, donde se encuentra el sepulcro del cardenal Cisneros. Entre los años 1537 y 1553 se realiza la obra más emblemática del patrimonio complutense. Sobre una pared de ladrillo, Rodrigo Gil de Hontañón idea una fachada de piedra caliza con una estética nueva y sorprendente, que convierte a este monumento en uno de los hitos arquitectónicos y escultóricos del Renacimiento plateresco en España. Este Colegio Mayor se complementa con los Colegios Menores, edificios renacentistas y barrocos hoy restaurados y vueltos a dedicar a su primitiva función, la docencia y administración universitaria. Otros edificios completan el recorrido: la ermita del Cristo de los doctrinos, la plaza del Mercado, hoy de Cervantes, el Centro de Interpretación “Los universos de Cervantes”, la torre de Santa María, el corral de comedias, la calle mayor bajo soportales, el museo-casa natal de Cervantes, y el hospital de Antezana.

Cervntes

Don Miguel de Cervantes preside la antigua plaza del Mercado, hoy plaza que lleva su nombre

Estos barrios entrelazan a su vez tres culturas existentes en la ciudad a lo largo de la Edad Media, con elementos, calles y placas que veremos reflejados en nuestro paseo: el barrio de la morería, el barrio judío y el barrio cristiano. Y todavía quedan, si tienen tiempo, ganas y paciencia, otras rutas que transitar: la ruta cervantina, la ciudad literaria, los caminos de la ciudad de las artes y las letras, y la ciudad de las cigüeñas. ¿Merece o no merece la pena un alto en Alcalá de Henares? Contéstense ustedes mismos tras la visita.

Para saber más

Don Quijote

Don Quijote y Sancho dialogan en la puerta de la casa natal del escritor

La oficina de turismo se encuentra ubicada en pleno casco antiguo, en el callejón de Santa María, junto a la plaza de Cervantes. Disponen de mapas y textos varios con edificios de interés, horarios y visitas guíadas.

VV.AA., Guía turística. Alcalá de Henares, Ayuntamiento de Alcalá de Henares, Madrid, 2016, 42 págs. Se trata de una guía actualizada, completa y gratuita que encontrarán en la oficina de turismo.

CERVANTES, M. DE, Don Quijote de la Mancha, Real Academia Española, Asociación de Academias de la lengua española, Penguin Random House, Barcelona, 2015, 1249 págs. Se trata de la edición conmemorativa del IV centenario de Cervantes. Además del texto, con edición y notas de Francisco Rico, se acompaña de cuatro estudios de Darío Villanueva, Mario Vargas Llosa, Francisco Ayala y Martín de Riquer. Es un texto altamente recomendable por la calidad de los estudios que acompañan al texto y el precio, 13,90 euros.

CERVANTES, M. DE., Don Quijote de la Mancha, Puesto en castellano actual íntegra y fielmente por Andrés Trapiello, Destino, Madrid, 2015, 1040 págs.  «En la versión de Trapiello la obra de Cervantes se ha rejuvenecido y actualizado […] sin dejar de ser ella misma, poniéndose al alcance de muchos lectores a los que el esfuerzo de consultar las eruditas notas a pie de página o los vocabularios antiguos, disuadían de leer la novela de Cervantes de principio a fin. Ahora podrán hacerlo, disfrutar de ella y, acaso, sentirse incitados a enfrentarse, con mejores armas intelectuales, al texto original». Del prólogo de Mario Vargas Llosa.

AZAÑA, M., La velada en Benicarló: Diálogo de la guerra de España, Castalia, Madrid, 2005, 301 págs. La velada en Benicarló puede considerarse como uno de los mejores libros de Azaña, una de las obras más importantes del pensamiento político español del siglo XX, un gran documento sobre la República y también un inapreciable testimonio sobre nuestra guerra civil. El texto cumple así dos importantes objetivos: ayudar a comprender mejor la guerra y la República, y, por otro, reflejar de modo meridiano la real dimensión de Manuel Azaña; el hombre de razón, el liberal insobornable que ni en los momentos más duros de su vida perdió su amor a España y a la libertad.

Viaje a Madrid. Paradas de ida y vuelta (5) Guadalajara

Una ciudad asomada al balcón industrial del Henares

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Fachada del palacio del Infantado, principal joya artística de la capital

Si ustedes han subido a Medinaceli desde el barrio de la Estación, les recomiendo que desciendan por el otro lado de la ladera. Tras pasar por la ermita del Humilladero, levantada en el siglo XVI, toman la carretera de la derecha hasta el siguiente cruce. Ambrona y su museo, con los restos del cazadero de elefantes del Paleolítico Inferior (300.000 a.C.) les esperan, si ustedes disponen de tiempo, a poco más de 10 kilómetros. El perfil de Medinaceli sigue dominando la altura. Salimos de nuevo al cruce de la autovía y por el moderno viaducto nos incorporamos a un clásico del camino, la antigua Nacional II, hoy autovía del Nordeste, que nos conducirá a Guadalajara.

Durante unos kilómetros, el mínimo Jalón, recién aparecido en superficie, las viejas salinas y los molinos abundantes nos acompañan en el viaje. El ascenso hasta Alcolea nos hará recuperar prácticamente la altura de Medinaceli. Acabamos de dejar la otrora Castilla la Vieja, hoy Comunidad Autónoma de Castilla y León, y nos hemos incorporado a la provincia de Guadalajara, hoy Comunidad Autónoma de Castilla La Mancha. De nuevo el paisaje se abre y se esponja a la altura de Alcolea. A la izquierda dejamos la carretera que nos conducirá a las tierras del Alto Tajo, cuya capital, Molina de Aragón, es rica en historia, cultura y patrimonio natural. A la derecha, una carretera comarcal nos conducirá hasta Sigüenza, la ciudad episcopal. Por tres veces se nos invitará a desplazarnos a Sigüenza por carreteras comarcales en los 70 kilómetros de línea casi recta que tenemos hasta Guadalajara. Si tienen tiempo no caigan en el error de pasar de largo. El doncel, que duerme el sueño del caballero en su sepulcro de la catedral, les echará en falta y se perderán un centro histórico de primer nivel.

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Palacio del Infantado. Vista del zaguán con su escalera de acceso y, al fondo, el patio principal

El paisaje apenas cambia hasta Torija. La planicie la comparten extensas manchas de vegetación autóctona, más bien rala dada la altura y la dureza del clima, y campos de cereal. Pero el agua no está lejos. Cela y su Viaje a la Alcarria se nos cruzan en el camino. El escritor comenzó su recorrido de posguerra en Guadalajara y armó su libro en torno a personas, paisajes, ríos y ciudades: del Henares al Tajuña, pasando por Torija y Brihuega; del Tajuña al Cifuentes, visitando la población del mismo nombre; del Cifuentes hasta el Tajo, con Gárgoles y Trillo en el camino; del Tajo al arroyo de la Soledad, visitando La Puerta y Budia; del arroyo de la Soledad al arroyo Empolveda, pasando por Durón y, tras dormir al raso, llegar a Pareja. Finalmente, visita Sacedón, donde pagó un duro por la habitación de dos camas y seis pesetas por el desayuno; toma un autobús hacia Tendilla y Pastrana, que le pareció “una gran ciudad un poco dormida”, para terminar montado en el coche de don Paco en Zorita, pueblo todavía sin la central nuclear “que vive en familia, y en paz y en gracia de Dios”.

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Palacio del Infantado. Vista parcial del patio principal con su ostentosa decoración

Estamos ya de vuelta, a las puertas de Guadalajara. Reconozco que es preciso hacer un esfuerzo para desviarse de la ruta. Madrid está muy cerca y la perspectiva desde la carretera no ayuda. Urbanizaciones convencionales, edificaciones mil veces vistas y la ausencia de un reclamo especial nos empujan a seguir. Pero si tienen tiempo entren en Guadalajara, les espera mucho más que un gran palacio.

Una historia en construcción

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San Ginés, una de las iglesias del casco histórico de Guadalajara

Guadalajara tiene orígenes remotos que la ligan con la Celtiberia. Pero las primeras referencias históricas nos informan de su condición de plaza fuerte en la etapa de al-Andalus. Su nombre actual parece provenir de Wad al-Ayara, traducción al árabe de su nombre prerromano, Arriaca.

En 1085, Guadalajara fue incorporada por Alfonso VI al reino de Castilla. A lo largo de la Edad Media, las prebendas reales fueron numerosas: Alfonso VII le concedió fueros en 1133, ratificados por Fernando III en 1219; Alfonso le concedió asiento en Cortes y Alfonso X el Sabio la organización de ferias. Por último, Enrique IV devolvió a Guadalajara definitivamente el título de Ciudad en 1460. La villa, en estos siglos medievales, se había estructurado en un próspero núcleo urbano en el que convivían cristianos, judíos y musulmanes. Los monumentos mudéjares que todavía se conservan son prueba de esta mutua influencia.

Pero Guadalajara ha estado unida históricamente a la familia de los Mendoza. La pugna entre el poder real y el nobiliario se decantó a lo largo del siglo XV a favor de éste último. En 1475, Diego Hurtado de Mendoza recibió el título de duque del Infantado y la ciudad se convirtió en una corte señorial del Renacimiento, repleta de casonas blasonadas, hermosas capillas y espaciosos conventos. Este periodo fundacional abarcó los siglos XVI y XVII en el que se instalaron en la ciudad comunidades de franciscanos, carmelitas, jesuitas y hospitalarios.

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Vista de la plaza del Ayuntamiento con el edificio historicista de principios del siglo XX al fondo

La llegada de la casa de Borbón supuso para la ciudad un cambio sin precedentes. A los desastres de la Guerra de Sucesión siguió un revulsivo económico y demográfico ejemplificado en la instalación de la Real Fábrica de Paños, que convirtió a Guadalajara en uno de los principales centros manufactureros de la España de la Ilustración. La Guerra de la Independencia acabó con esta actividad. Los inmuebles se reconvirtieron años más tarde en instalaciones militares y en1833 se instalaba la Academia de Ingenieros del Ejército. Guadalajara recuperaba su función de plaza militar para, más tarde, convertirse en adelantada de la aeronáutica y la automoción al ser, desde 1896, la sede del Servicio de Aerostación Militar y, desde 1917, de la Hispano S.A., Fábrica de Automóviles y Material de Guerra. La Guerra Civil acabó con estas buenas perspectivas y, dada su vinculación republicana, fue olvidada durante décadas por el franquismo.

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El casino principal, pieza indispensable en una ciudad de provincias del siglo XX

Hoy, Guadalajara vive un nuevo despertar, al calor del potente foco madrileño. A la tradicional actividad comercial, funcionarial y de servicios de la ciudad, se ha añadido un importante núcleo industrial. Y la explosión demográfica no se ha hecho esperar: poco más de 18.000 habitantes en 1950, 21.000 en 1960, 31.000 en 1970, 55.000 en 1980 y 83.000 en 2015. De ahí las nuevas urbanizaciones y servicios, tan visibles a nuestro paso por la autovía. Pero dentro, nos espera un núcleo histórico amable, accesible y de interés, que nos disponemos a sugerir brevemente.

Mucho más que un gran palacio

El casco histórico de la ciudad queda enmarcado por el eje cultural al norte, la Carrera y la plaza de Santo Domingo al este, y por la plaza y calle Mayor al sur, que constituyen la espina dorsal de la ciudad, alargando su recorrido hasta la plaza de los Caídos, donde se levanta el edificio más emblemático de la capital, el único que ha pasado a todas las historias del arte, el palacio del Infantado.

Les aconsejo que comiencen su itinerario por la Oficina de Gestión Turística Municipal, situada a escasos 200 metros de dicho palacio. Además de una completa y profesional información, podrán comenzar un itinerario ascendente que les permitirá conocer lo esencial de la ciudad.

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Vista del panteón de la condesa de la Vega del Pozo, obra de finales del siglo XIX

Unos cientos de metros más abajo, encontramos los dos restos más antiguos: el puente califal sobre el Henares, uno de los escasos exponentes de la ingeniería andalusí, datable en el siglo X, y el Alcázar Real, ya de época cristiana, del que hoy conservamos los paramentos izados en el siglo XIV. El resto del edificio fue lamentablemente destruido en la Guerra Civil.

Desde la Oficina de Gestión Turística es perfectamente visible el palacio del Infantado. Poco antes de llegar a él se encuentra el torreón de Alvar Fáñez de Minaya, unido a la leyenda de la reconquista de la ciudad en 1085.Se trata de una torre pentagonal de comienzos del siglo XIV, que formaba parte de la antigua muralla medieval.

El palacio del Infantado es la joya artística de Guadalajara. Obra de Juan Guas, arquitecto de los Reyes Católicos, se trata de un edificio único que reúne lo mejor de las tres tradiciones en las que bebe el arquitecto: sus orígenes nórdicos, la tradición de los alarifes de al-Andalus y las soluciones clasicistas planteadas por los tratadistas italianos. El resultado es un edificio con una fachada espectacular, una portada profusamente decorada y un patio interior todavía de reminiscencias góticas en las que la decoración se impone a los valores arquitectónicos. Novedosa en también la galería de arcos de medio punto sobre pilares elípticos y el extenso jardín de recreo que se abre al sur. El palacio está incluido desde 2015 en la lista indicativa de España para optar a su designación como Patrimonio de la Humanidad. Una imponente figura en bronce de Pedro González de Mendoza, el Gran Cardenal, hijo del marqués de Santillana, recuerda en la plaza, a los pies del palacio, a la estirpe que hizo posible la construcción de tan bello edificio.

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Palacio del Infantado. Vista parcial del patio principal

La calle que sale de la plaza de los Caídos inicia un suave ascenso que nos llevará hasta la plaza Mayor. A nuestra izquierda dejamos dos edificios de interés: la iglesia de Santiago, un bello ejemplo de confluencia de los estilos gótico y mudéjar, y el convento de la Piedad, edificio renacentista de comienzos del siglo XVI, hoy instituto Liceo Caracense. La plaza Mayor ha sido el corazón de la ciudad desde su reconquista en 1085. Aquí se emplazaron las Casas del Concejo, que se rehicieron en el siglo XVI. El actual ayuntamiento se levantó en 1906. Llama la atención su carácter historicista y su campanario de hierro forjado.

A la derecha de la plaza Mayor se encuentran buena parte de los edificios histórico-artísticos más importantes de la ciudad: la concatedral de Santa María, donde el mudéjar, el renacentista y el barroco se suceden; la capilla de Luis de Lucena, edificio renacentista; el convento de San José, ejemplo de fundación teresiana; y el palacio de la Cotilla, elegante edificio del siglo XVI.

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Vista del monumento al conde de Romanones, ministro de Instrucción Pública, en cuyo mandato los sueldos de los maestros aparecieron por primer vez en los presupuestos generales del Estado

De la plaza Mayor a la plaza de Santo Domingo se alzan los edificios más representativos de la arquitectura historicista de principios del siglo XX. Para nosotros los navarros, hay un conjunto monumental de especial interés, situado fuera del recinto histórico y visible desde la autovía: el panteón de la Condesa de la Vega del Pozo y el centro benéfico dedicado a niñas y niños de Guadalajara. La misma condesa que mandó levantar en Dicastillo un palacete neogótico que constituye una rareza dentro de nuestro panorama artístico regional. Al margen del gusto estético personal, panteón y edificaciones anexas constituyen uno de los conjuntos monumentales más bellos de la arquitectura española del siglo XIX.

Sigüenza y su doncel

46.- .- Vista general de la catedral de Sigüenza

Vista aérea de la catedral de Sigüenza, con su carácter de iglesia-fortaleza perfectamente visible

La catedral de Sigüenza es una de las más hermosas y desconocidas catedrales de España. Las obras dieron comienzo en el siglo XII, a instancias del primer obispo y señor de Sigüenza, don Bernardo de Agen, después de la reconquista de la ciudad. Prosiguieron a todo lo largo de la Edad Media, quedando completo el edificio en el siglo XV. Su estructura estaba, en principio, incluida entre los muros de la ciudad y presenta todavía hoy un neto carácter defensivo. Su imponente presencia sobre el conjunto urbano refleja fielmente el dominio de los obispos, que ejercieron el señorío sobre la ciudad durante ocho siglos.

Entre los retablos y capillas de su interior sobresale la capilla de los Vázquez de Arce, conocida como “la del doncel”. El más bello y conocido de sus enterramientos corresponde a Martín Vázquez de Arce, muerto gloriosamente en la guerra de Granada cuando sólo contaba veinticinco años de edad. Del conjunto sepulcral destaca la bellísima estatua de alabastro del caballero que, armado de espada y puñal, vistiendo cota de guerrero y adornado el pecho con la cruz de Santiago, aparece recostado sobre el lecho de muerte, con un libro abierto entre sus manos. Es, sin duda, una de las obras cumbres de la estatuaria del renacimiento español

Para saber más

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Sepulcro de don Martín Vázquez de Arce, el doncel de Sigüenz

La Oficina de Gestión Turística Municipal está situada muy cerca del palacio del Infantado. Allí podrán hacerse con toda la información necesaria para la visita a la ciudad: mapa, guía turística, guía gastronómica e información de visitas guiadas.

En la web encontrarán además múltiple información y PDFs descargables para preparar la visita.

Entre los textos más representativos, les sugiero los siguientes:

VV.AA., Guadalajara. Guía turística, Ayuntamiento de Guadalajara. Es una guía actualizada, gratuita y muy completa que les ayudará a realizar una cómoda visita a la ciudad.

CELA, C. J., Viaje a la Alcarrria, Austral, Espasa-Calpe, Madrid, 1970. Es una de las muchas ediciones de un clásico que no envejece. Ameno y de fácil lectura, es lectura muy recomendable.

ATEMPORA. Catedral de Sigüenza. Se trata una exposición que recorre la sociedad, la cultura y el arte del Siglo de Oro con motivo del cuarto centenario de la muerte de Cervantes y Shakespeare. Se articula en 14 apartados distribuidos entre el claustro y la catedral. Permanecerá abierta hasta el 16 de octubre

 

Viaje a Madrid. Paradas de ida y vuelta (4) Medinaceli

Una villa petrificada y varada en lo más alto

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Vista de la villa de Medinaceli desde la carretera de acceso del barrio de la Estación

La salida de Almazán por la antigua carretera general nos permite conocer el tramo más moderno de la villa, surgido al calor de la modesta industrialización de la segunda mitad del siglo XX. Recién abandonado el casco urbano, una primera rotonda nos invita a desviarnos del camino previsto y tomar la carretera que nos conducirá a la ciudad episcopal del Burgo de Osma. Si tienen ustedes tiempo, no duden en hacerlo porque Osma es una joya artística, urbanística y gastronómica.

El paisaje de Almazán a Medinaceli presenta cierta monotonía no exenta de aspectos de interés. Junto con las tierras llanas dedicadas al cereal, moteadas por ligeras manchas verdes de girasol, otro elemento se enseñorea del paisaje: los molinos, en una proporción que nos recuerda a las sierras de nuestra Navarra media. Convendremos en que estéticamente no añaden nada al paisaje de Castilla, es más, han roto esa paz visual que conlleva sus amplias perspectivas, pero bienvenidos sean si ayudan a que los pueblos no mueran definitivamente y los modestos presupuestos municipales puedan hacer frente a las necesidades de una población muy envejecida que los habita mayoritariamente.

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Vista del barrio de la Estación y la autovía desde el arco romano

Dos caminos de muy distinto signo cruzan la nueva autovía. Por un lado, la cañada de merinas, recuerdo del glorioso pasado en que la Mesta era una todopoderosa organización y los rebaños de ovejas la principal fuente económica de la región. Por otro, la línea del ferrocarril Soria-Ambrona en la que tantas esperanzas se depositaron y tan escasos resultados ofreció al impulso regional.

Llegados a los altos de Radona, que superan con creces los mil metros, aparece al fondo y en lo alto la silueta, primero desdibujada y luego inconfundible, de la torre de una iglesia. Faltan todavía 17 kilómetros, pero la villa de Medinaceli ya se percibe en el horizonte. Allí permanece en pie, oteando el horizonte y guardando los caminos desde hace más de 2.000 años.

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Vista general del arco romano de Medinaceli, su emblema más significativo

Hitos en la historia

Durante buena parte de la historia de la humanidad, la ubicación geográfica ha sido factor esencial para el emplazamiento de una población. La fácil defensa, la presencia de agua y los cruces de caminos son algunos de estos factores. Este es el caso de Medinaceli. Situada a 1.204 metros de altura, ocupa lo alto de un cerro sobre el nacimiento del río Jalón, paso obligado entre las meseta castellana y el valle del Ebro. Aunque la vida en la zona viene de muy antiguo es en la época romana cuando la ciudad entra en la historia propiamente dicha. La ciudad celtíbera de Ocilis, dado su estratégico emplazamiento, fue primero conquistada y luego prontamente romanizada. Su arco romano, sus mosaicos y sus murallas son buena prueba de ello.

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Vista exterior de la colegiata c0n la torre en primer término

La época musulmana supone el segundo hito importante en la historia de Medinaceli. Situada en la marca que separaba al-Andalus de la España cristiana, Medinaceli fue un enclave de primer orden en la época del califato cordobés. La tradición señala que Almanzor fue herido en la batalla de Calatañazor y llegó cadáver a Medinaceli, siendo enterrado en su recinto. La desintegración del califato y la definitiva consolidación de la frontera del Duero convierten a Medinaceli en auténtica avanzadilla, lo que hace que cambie de manos en varias ocasiones durante el siglo XI. A comienzos del siglo XII, en 1124, Alfonso el Batallador la ocupa definitivamente como territorio cristiano.

No obstante, durante el siglo anterior, Medinaceli ocupará un importante papel en las correrías del Cid Campeador. El Cantar del Mío Cid, según Menéndez Pidal obra de un juglar de la zona, alude a la villa en varias ocasiones. Así recoge el poema la salida de Jimena y sus hijas camino de Valencia:

Gerardo Diego

Poética y certera descripción de la villa en palabras de Gerardo Diego

 

“Pasada que fue la noche y llegada la mañana,

después de oír misa todos, dispusiéronse a la marcha.

Cuando de Medina salen, el río Jalón pasaban,

por el Arbujuelo arriba va en marcha espoleada,

hasta llegar a Molina la que Abengaldón mandaba” Alfonso VII concedió a Medinaceli un fuero especial, quedando constituído como concejo independiente al servicio del rey. En esa condición participó en las batallas de Alarcos, las Navas de Tolosa y Algeciras. Pero la suerte cambió en 1368. Ese año, Enrique II donó la villa a Bernal de Bearne con el título de conde de Medinaceli y a doña Isabel de la Cerda, su mujer, a la muerte de éste. En 1489, el condado fue elevado a categoría de ducado, confirmando los Reyes Católicos a don Luis de la Cerca como primer duque.

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Vista de la plaza de entrada a la colegiata

La bonanza de lo siglos XVI, XVII y XVIII, dio paso a un progresivo decaimiento. En 1842 la población era de 1.600 vecinos. Durante el siglo XX, el núcleo económico y administrativo se trasladó del centro histórico al nuevo barrio de la Estación, debido a la circulación de la carretera N-II y el paso del ferrocarril. En 2010 el núcleo histórico contaba con 564 habitantes. Hoy, Medinaceli parece resurgir con un cuidado urbanismo, una gastronomía abundante y un buen centro de iniciativas turísticas, que lo sitúan con frecuencia en la relación de pueblos más bonitos de España.

Evocación de una tarde de mayo

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Plaza Mayor de Medinaceli con la alhóndiga, el palacio y la torre de la colegiata al fondo

 

Aunque castigado por el paso de los siglos, el patrimonio de Medinaceli abarca épocas y estilos bien distintos. El primero en el tiempo es el arco romano, único de tres arcadas existente en España y de dimensiones notables, acrecentadas además por su singular emplazamiento a la entrada de la ciudad y asomado al valle. Su antigüedad, probablemente del siglo I d.C., evidencia su pronta e intensa romanización. Posteriores en el tiempo son las murallas y los mosaicos aparecidos recientemente en la Plaza Mayor y que hoy podemos admirar en la exposición situada en el Palacio Ducal.

La época de dominio musulmán apenas nos ha dejado algunos lienzos de murallas y la conocida como “puerta árabe”. El castillo de Medinaceli se encuentra en el extremo oeste del cerro que ocupa la villa. Posiblemente es obra de los siglos XIII y XIV. Su estampa actual es la de una ruina consolidada. Tampoco han quedado apenas restos de las parroquias de la Edad Media, hasta un total de 13 que aparecen enumeradas en los documentos. Todas ellas fueron derribadas al levantarse la colegiata, según bula del Papa Pío IV, expedida en 1563.

Convento clarisas

Vista exterior del convento de monjas clarisas de Santa Isabel

 

La gran época de esplendor se inicia en el siglo XVI y a este siglo y los siguientes responde en buena medida la trama urbana que hoy podemos transitar. Si puedo, en mis viajes a Madrid me suele gustar parar en Medinaceli y pasear por sus calles normalmente desiertas. La última vez entré en el convento de Santa Isabel, de monjas clarisas, y asistí al rezo del rosario, la plegaria del mes de mayo y la exposición del Santísimo. Una comunidad de 11 monjas en el bajo coro, unos cuantos feligreses y un sacerdote de edad avanzada éramos toda la concurrencia. La ceremonia me recordó otros tiempos en Los Arcos y Pamplona. “Venid y vamos todos/ con flores a porfía/ con flores a María/ que Madre nuestra es”, cantamos en la fresca tarde de mayo, situados como estábamos a 1204 metros de altura. Por supuesto, tras la exposición del Santísimo, situado en un baldaquino rococó inserto en un retablo de traza parecida al de San Gregorio Ostiense, rezamos las casi olvidadas salutaciones: “Bendito sea Dios; bendito sea un santo nombre…” A la salida, di un paseo por la plaza Mayor, una de mis plazas rurales preferidas de España. Abierto como estaba el Palacio de Medinaceli, entré a echar un vistazo. El amable responsable de su conservación, un arquitecto jubilado mallorquín, me permitió acceder al patio, un rotundo rectángulo de dos pisos de arcadas superpuestas de raigambre renacentista, hoy cubierto con una cúpula acristalada. La enorme plaza estaba vacía, con una sola persona sentada en un banco. Paseé por el antiguo foro romano, me acerqué a la alhóndiga, hoy sede del ayuntamiento, y me asomé a la colegiata, un enorme edificio renacentista de los siglos XVI y XVII. He aquí un ejemplo de la España histórica que se resiste a morir. Apenas quedan vecinos los días de labor. Pero los fines de semana, gracias a la autovía y a la cercanía a Madrid, las calles reviven, los restaurantes se animan y la población recobra un poco de vida. ¿Hasta cuando?

El paseo pausado por Medinaceli nos permitirá sentir el eco de lo irrepetible, los viejos pasos perdidos, la dura vida del campesinado al servicio de un duque todopoderoso y el esplendor de la nobleza y el alto clero. Todo ello susceptible de percibir por el ojo atento en las calles de piedra, las casas humildes y las señoriales, las ermitas y los rincones con encanto, hoy espacio para una sugerente gastronomía.

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El Palacio ducal de Medinaceli presenta mejor aspecto externo que interno. Vista de la escalera de subida al piso principal

El Burgo de Osma, ciudad episcopal

Burgo de Osma

Una catedral con pueblo, como la definió Julio Llamazares

En El Burgo de Osma vive menos gente que en la calle Fuencarral de Madrid, pero tienen una catedral a cuyo lado la Almudena no pasa de ser un templo grande de escaso interés artístico, empeorado por unos frescos lamentables (…) El visitante camina tranquilo por los soportales de la calle Mayor de esta localidad soriana, protegiéndose del sol inclemente del verano o el frío y la lluvia del invierno. Hay bares, chacinerías y tiendas de artesanía típica en los que detenerse. Y de pronto, en una plaza que surge a la derecha, aparece ante sí una soberbia catedral, de dimensiones notables. Más aún si se tiene en cuenta que el pueblo cuenta con poco más de 5.000 habitantes. Hay un dato que prueba sin margen de error la importancia que esta localidad tuvo en la Edad Media: en 1101 comenzó la construcción de una catedral en estilo románico y las obras avanzaron a tal velocidad que medio siglo más tarde ya estaba terminada. Los peregrinos que iban venerar los restos de san Pedro de Osma -el turista hallará referencias al santo en todos los rincones de la localidad-– fueron generosos con sus aportaciones y de ahí la duración insólitamente breve de las obras. Sin embargo, en 1232 el obispo del lugar decidió que ese templo se había quedado pequeño y ordenó su demolición para levantar otro gótico en su lugar. Esta vez no hubo tanta prisa: las obras de la torre, lo último que se levantó, no finalizaron hasta la segunda mitad del siglo XVIII, con arquitectos vascos como artífices de la misma. La plaza de la catedral permite una vista muy hermosa del templo. Y el claustro es también muy bello”.

Julio Llamazares, “Catedrales con pueblo”, El Correo, 23 de mayo de 2014

Para saber más

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Fachada principal de una de las casonas existentes en la villa

En la oficina de información turística les ofrecerán información y material básico para visitar Medinaceli. También en la web disponen de información abundante con posibilidad de descargar folletos de Medinaceli y alrededores.

Para profundizar en determinados aspectos les sugiero los siguientes textos:

MANRIQUE ROMERO, A., Guía para descubrir el Alto Jalón, Ámbito, 1999, 192 págs.

FERNÁNDEZ PEREGRINA, B., Medinaceli. Guía histórico-turística, Junta de Castilla y León, Almazán, 2003, 42 págs.

LLAMAZARES, J., Las rosas de piedra, Alfaguara, Madrid, 2008, 608 págs.

Cantar del Mío Cid, edición, estudio y notas de Alberto Montaner, RAE, Galaxia Gutenberg-Círculo de Lectores, Madrid-Barcelona, 2011.

 

 

Viaje a Madrid. Paradas de ida y vuelta (3) Almazán

Una villa histórica entre pinares y campos de cereal

25.- Vista general de Alamzán

Vista general de la villa de Almazán

 

 

 

 

 

Para los navarros de antaño, el viaje a Madrid tenía en Almazán una parada casi obligada. Y no tanto porque la población estuviera a poco más de dos horas y media de Pamplona y nuestro coche nos avisara de que era necesario descansar para cumplir con las normas de seguridad vial, ya que esas cosas las hemos interiorizado hace relativamente poco tiempo, sino porque nos encontrábamos a mitad del camino y se imponía una parada técnica. Pero había un colectivo, los funcionarios forales, para los que visitar el Hostal Antonio era casi literalmente obligado a la ida y a la vuelta, ya que el viaje de trabajo solía incluir parada y fonda en sus instalaciones en el sentido literal de la palabra. Bien surtida por los camiones que llevaban el pescado a Madrid, la antigua Casa Antonio ofrecía como platos estrella los garbanzos con espinacas y bacalao, la merluza a la romana y el somarro. ¡Aquellos viajes que incluían ir la víspera, realizar las gestiones pertinentes y, en muchos casos, volver al día siguiente! Se lo recordaba a mi hijo al que acompañé´el pasado 2 de mayo a Madrid en condiciones bien distintas. Salimos de Oteiza sin madrugar, tomamos un café en la plaza Mayor de Almazán, comimos en un restaurante a pie de carretera en Algora, llegamos a Madrid, subimos las maletas al piso junto a la plaza de las Ventas, volví a la carretera, paré en la Medinaceli histórica, allá en lo alto, y llegué a Oteiza a cenar. Son las ventajas del tiempo presente.

19.- Vista área de la plaza remodelada

Vista general del entorno rehabilitado de la Plaza Mayor

Si uno llega a Almazán desde Ágreda, tras la industriosa Ólvega y la falda del Moncayo, una reciente y moderna carretera, financiada en buena medida con los fondos FEDER procedentes de la Unión Europea, nos conducirá a los campos de Gómara, donde el cereal subraya su presencia por medio de enormes silos visibles en todo su entorno. Y desde muchos kilómetros de distancia, apreciaremos la silueta de Almazán, situada en la colina encima del Duero.

Si, por el contrario, el acceso lo hacemos desde Soria, el paisaje cambia sustancialmente. La moderna autovía, ya afortunadamente en uso tras una fatigosa espera, corre paralela a la antigua carretera general en medio de una mancha de pinares que se enseñorea de todo el paisaje. El Duero lo hemos dejado prácticamente a la salida de Soria y no lo volvemos a encontrar hasta la entrada de Almazán. La guía Anaya, aparecida este mismo año, nos la describe con esta pulcra exactitud: “Encrucijada de caminos y tierra resinera por excelencia, también la presencia del Duero ha marcado la historia de esta comarca por la que Soria se vierte hacia el sur”.

Historia de una villa fortificada

28.- Murallas de Almazán

Vista de una de las puertas del recinto amurallado

Aunque el término de Almazán conserva restos de épocas anteriores, no será hasta la dominación musulmana cuando entre definitivamente en la historia. La frontera entre el territorio cristiano y al-Andalus se estabiliza en los siglos IX y X, dejando una zona de nadie que el gran historiador Claudio Sánchez Albornoz denominó “el desierto estratégico de Duero”. Pero no será hasta comienzos del siglo XII -1128- cuando Almazán, topónimo árabe que significa “lugar fortificado”, es repoblada establemente por Alfonso el Batallador. El hecho social más significativo de la conquista y repoblación es que, en origen, se trata de una ciudad muy islamizada, lo que dejará huella en sus iglesias románicas, como tendremos ocasión de comprobar. En 1158 acontece un hecho singular. Sancho el Deseado firma en Almazán la orden de donación de la plaza de Calatrava a los monjes cistercienses con Raimundo de Fitero al frente, quienes asumieron su defensa contra los almohades. Este fue el origen de la creación de la orden militar de Calatrava, tan unida a nuestra reconquista.

21.- Vista desde el Duero

Vista de la privilegiada ubicación de la villa sobre el río Duero

La vida durante los siglos medievales no fue precisamente tranquila, porque la cercanía a la frontera aragonesa supuso un permanente sobresalto. No obstante, dada su estratégica posición, fue morada frecuente de reyes y reinas en su itinerante ir y venir por sus dominios.

Todos estos continuos enfrentamientos, así como el progresivo avance de la frontera cristiana, supusieron una gran merma en la población de esta zona del Duero al producirse importantes migraciones hacia las tierras más ricas del sur. Pero la repoblación había dado sus frutos. La población se amuralló aprovechando además el desnivel del río, se levantaron en la villa nuevas parroquias, se alzaron conventos masculinos y femeninos y surgieron ermitas y hospitales.

En el siglo XV, Enrique IV concede el título de señor de Almazán a Juan Hurtado de Mendoza, un título que con el paso del tiempo entroncará con el marquesado de Altamira, cuyo palacio renacentista preside la plaza mayor de Almazán.

29.- Vista del Ayuntamiento de Almazán20160502_145054

Vista del edificio del Ayuntamiento, sito en la Plaza Mayor

El reinado de los Reyes Católicos, que instalaron su corte durante varios meses en la villa, dio comienzo a una etapa de cierto esplendor que se prolongó hasta comienzos del siglo XIX. La Guerra de la Independencia tuvo para Almazán consecuencias catastróficas, debido al incendio de la villa en 1810 como represalia a la resistencia ofrecida dentro de sus muros, y a los constantes requerimientos de dinero y víveres, tanto para las tropas francesas como para las partidas guerrilleras de El Empecinado y el Cura Merino, entre otros. Pero supuso también la desaparición del régimen de señoríos y que la villa dejara de ser jurisdicción del conde de Almazán y marqués de Altamira. Estabilizada entre 2.000 y 3.000 vecinos a todo lo largo de los siglos XIX y primera mitad del XX, la villa conoció un notable aumento demográfico a partir de 1970, ascendiendo su población en 2015 a 5.734 habitantes.

Conocida como la “Villa del mueble” por la pujanza de las industrias del ramo en décadas anteriores, hoy es la segunda población de la provincia, dedicada al sector servicios y cabecera de una comarca donde alternan el cereal y el regadío.

Un rico patrimonio artístico

24.- Mirador desde la plaza Mayor

La rehabilitación de la Plaza Mayor ha añadido un mirador hacia la ribera del Duero

Las circunstancias históricas sucintamente descritas explican su rico patrimonio artístico. Puestos a destacar lo más sobresaliente, me atrevería a sugerirles cuatro ejes. El primero, el recinto amurallado medieval, objeto de un itinerario perfectamente señalizado. El segundo, la colección de iglesias y conventos, con ejemplares que van del románico al barroco sin solución de continuidad. Las doce parroquias iniciales de la población serían románicas, de las que perduran restos en tres: San Miguel, San Vicente y Santa María del Campanario. San Miguel es, sin duda, la iglesia más importante de Almazán y una de las cumbres del románico soriano, monumento nacional desde 1931. Su privilegiada ubicación en la plaza Mayor por un lado, y mirando al Duero por el otro, permiten divisarla desde lejos, convirtiéndose en el elemento más emblemático de la villa. Para los que estamos acostumbrados a la contemplación de Eunate o Torres del Río, alzar la vista a la cúpula de su cimborrio es reencontrarnos con los elementos califales que nos resultan tan familiares. El tercero, la galería de edificios civiles, entre los que sobresale el palacio de los Hurtado de Mendoza o de Altamira, también en la plaza Mayor. La fachada principal, renacentista, es propia de una casa que acogió a reyes y emperadores a lo largo de los siglos. No se salvó del saqueo napoleónico y hoy, a las espera de una restauración de conjunto, acoge la oficina de turismo y una pequeña sala de exposiciones. Y el cuarto, como síntesis y quintaesencia de los tres anteriores, la plaza Mayor. Objeto de una rehabilitación integral nada convencional pero hecha con gusto, que ha reportado premios a sus autores, la plaza se articula en torno a cuatro edificios singulares de interés: la iglesia de San Miguel, el ayuntamiento de la villa, el palacio de los Hurtado de Mendoza y el antiguo casino, notable edificio de principios de siglo XX, además de soportales en dos de sus lados. A todo ello se une una hermosa estatua sobre pedestal de Diego Laínez, el adnamantino más ilustre de la historia de la villa.

23.- Pasarela sobre el Duero

Vista de la iglesia de San Miguel y la pasarela que conduce al paseo de ronda y al Duero

Almazán forma parte de la red de Ciudades y Villas Medievales junto con Hondarribia, Laguardia, Estella, Sos del Rey Católico, Sigüenza, Pedraza, Consuegra, Coria, Olivenza, Vila Viçosa y Marvao. Una red a la que merecería la pena volver algún día.

Henos aquí, de nuevo, ante un casco urbano que visto desde el exterior aparentemente ofrece poco, pero que oculta en su interior un patrimonio artístico de primer orden.

Diego Laínez, su hijo más ilustre

27.- Estatua de Diego Laínez

Estatua de Diego Laínez, el adnamantino más ilustre de la historia de la villa

Diego Laínez, uno de los grandes de la iglesia hispana del siglo XVI, nació en Almazán en 1512, en el seno de una familia descendiente de judíos sefardíes.. Estudió filosofía en Alcalá de Henares y teología en París, donde conoció a Ignacio de Loyola. Hizo los votos con él en 1534 como miembro de la Compañía de Jesús, y fue ordenado sacerdote en Roma en 1537. Teólogo de reconocido prestigio, fue uno de los hombres claves del Concilio de Trento, iniciado en 1545, participando en sus sesiones hasta su conclusión. Hasta tal punto era importante su presencia que, verdad o leyenda, se cuenta que el Concilio paraba sus deliberaciones cuando él estaba enfermo. A la muerte de Ignacio de Loyola, y tras dos años de vicario general, la I Congregación General convocada para elegir nuevo general y aprobar las Constituciones le eligió en el primer escrutinio. El generalato de Laínez fue muy fructífero. Además del despliegue misionero, dio un gran impulso a los centros educativos, promoviendo la creación de colegios en muchos países. Su generalato fue breve, siendo sustituido por otro español, Francisco de Borja. A él se deben, además de obras teológicas, la biografía del fundador, publicada con el titulo de Vida de San Ignacio. Falleció en Roma en 1565.

Para saber más

26.- Cúpula del cimborrio de San Miguel

Iglesia de San Miguel. Vista de la cúpula del cimborrio, con evidentes influencias califales

La oficina de turismo de Almazán se encuentra ubicada en la plaza Mayor, en los bajos del palacio de Altamira. Allí le ofrecerán prospectos y folletos turísticos que le ayudarán a conocer la ciudad.

En la red están disponibles buen número de páginas dedicadas a Almazán y su comarca. La página  http://www.sorianitelaimaginas.com ofrece, entre otros, el folleto Tierras de Almazán que puede descargarse con facilidad.

Algunos textos especialmente recomendables son los siguientes:

22.- Rehabilitación Plaza Mayor de Almazán

Detalle del acceso de la plaza al paseo de ronda

FRÍAS PACHECO, C., Itinerarios del románico en Soria, Soria, 2014, 80 págs. Se trata de una población reciente en la que la autora estudia 26 iglesias distribuidas por la provincia. La portada está dedicada, precisamente, a la cúpula del cimborrio de San Miguel de Almazán.

GARCÍA DE CASTRO VALDÉS, J., Diego Laínez (1512-1565): Jesuita y teólogo del Concilio, Mensajero, Madrid, 2013, 180 págs. Consecuencia de los estudios realizados copn motivo del V centenario de su nacimiento (1512), el libro ofrece una visión actualizada y sintética de este adnamantino universal.

DEL HUERTO, J. y FRÍAS, T., Guía de Almazán, Centro de Iniciativas y Turismo de Almazásn. Soria, 1991, 119 págs. Se trata de una guía básica, ya con 25 años, en la que la historia, el arte, los hijos ilustres, las fiestas y tradiciones y la gastronomía ocupan lugar relevante.

 

 

 

 

Viaje a Madrid. Paradas de ida y vuelta (2) Soria

“Barbacana hacia Aragón en castellana tierra” (A. Machado)

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Estatua de Antonio Machado en la fachada del instituto que lleva su nombre

Campos de Soria

En esta ocasión no seguimos la ruta de Ólvega, el puerto de la Carrasca, con sus 1196 metros de altitud, y la carretera que, vía Gómara, nos llevará entre extensos campos de cereal hasta Almazán. Optamos por la carretera de Soria, vía Matalebreras y el puerto del Madero. Antonio Machado, que nos acompañará en nuestras paradas sorianas, reflejó en sus Campos de Soria con precisión y maestría el paisaje que nos acoje:

“Es la tierra de Soria árida y fría.

Por las colinas y las sierras calvas,

verdes pradillos, cerros cenicientos,

la primavera pasa

dejando entre las hierbas olorosas

sus diminutas margaritas blancas.

La tierra no revive, el campo sueña./

Al empezar abril está nevada

la espalda del Moncayo;

el caminante lleva en su bufanda

envueltos cuello y boca, y los pastores

pasan cubiertos con sus luengas capas.

La carretera, de largas rectas, nos permite contemplar dos elementos comunes a buena parte de las poblaciones hasta la capital de la provincia: iglesias románicas y torreones de vigilancia de la vieja frontera contra los musulmanes.

Soria histórica

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Vista de conjunto desde San Juan de Duero. En primer lugar, las junqueras y álamos del rio. A la izquierda, el puente y el parador sobre el viejo castillo. A la derecha, el caserío de la ciudad

El sistema de variantes, generalizado en los últimos lustros en todas la ciudades de España, supone una gran ventaja para el viajero, obsesionado por ganar tiempo, y para el tránsito ciudadano en la larga y sorda batalla entre vehículos y peatones por el dominio de la ciudad. Pero tiene también sus inconvenientes. Las ciudades han visto devaluadas sus entradas tradicionales, sus perspectivas urbanas y sus referencias históricas. Esto es muy visible en nuestro caso. La nacional 122, procedente de Zaragoza y Pamplona vía Ágreda, se ha convertido en las afueras de Soria en una áspera variante que bordea la ciudad, buscando sobre todo los accesos a Logroño, Burgos, Valladolid y Madrid. Su mejor virtud no es la belleza, pero si continuamos por ella, pasaremos por la curva de ballesta de la que habla Machado para referirse al Duero a su paso por la ciudad, y otearemos el cerro de Garray con las ruinas de la antigua Numancia, tan ponderada en nuestros viejos libros de historia como ejemplo de la lucha indígena frente a Roma.

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Vista general de la calle Collado con sus arcadas porticadas, arteria principal de la ciudad histórica

Les recomiendo que tomen la primera salida y entren en la ciudad por el camino tradicional. Casi de repente, se toparán con el arrabal, el Duero con sus junqueras y álamos, el puente medieval de datación incierta y un apretado caserío situado a 1.063 metros de altura, del que destacan el actual parador de turismo sobre las ruinas del castillo y las torres de sus iglesias y palacios.

Sobre los orígenes de Soria nada se sabe a ciencia cierta. La arqueología solo constata la existencia en el cerro del castillo de un asentamiento prerromano habitado por pastores, vinculado a la cercana Numancia. La huella romana tampoco es notable. Sin embargo, la ciudad acoge un museo especialmente interesante para conocer un territorio rico en yacimientos paleontológicos y arqueológicos, que nos llevarán desde Paleolítico inferior (yacimientos de Torralba y Ambrona en torno al 300.000 a. C.) hasta la Edad Media ( la Soria musulmana y la conquista cristiana). El periodo mejor representado es el correspondiente a la cultura celtíbera, con Numancia y sus restos como referencia indiscutible. El Museo, ampliado y remodelado a finales de los ochenta del pasado siglo, se encuentra situado en pleno centro de la ciudad y es una visita obligada que dejará huella.

Retomando el curso de los siglos, se especula que sería Fernán González, primer conde independiente de Castilla, quien habría erigido aquí una fortificación para proteger el paso del Duero. Conquistado posteriormente por Almanzor, retornaria a manos castellanas a comienzos del siglo XI, junto con otras plazas fuertes como Osma y San Esteban de Gormaz.

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Fachada de la iglesia de Santo Domingo, uno de los emblemas del románico soriano

Territorio fronterizo en disputa con el vecino reino de Aragón, la primera constancia documental de Soria aparece en el Cantar del Mío Cid. En 1134, reinando Alfonso VII, Soria quedaría definitivamente unida al devenir de Castilla. Durante el reinado de Alfonso VIII conoció un gran auge urbano, alcanzando con Alfonso X en 1256 nuevos privilegios. Soria se convirtió en un burgo dinámico, habitado por comerciantes, artesanos y clérigos, que creció en torno al collado que separa el monte del castillo y los cerros de alrededor, llegando a tener 36 parroquias.

La creación del Honrado Concejo de la Mesta en el último tercio del siglo XIII y el consiguiente auge del comercio de la lana, supusieron el definitivo florecimiento de la ciudad. Pese a que los siglos siguientes conocieron un lento y progresivo declive, el urbanismo soriano contiene buenas muestras de edificios de los siglos XVI, XVII y XVIII.

La ciudad comenzó a desperezarse a partir de la segunda mitad del siglo XIX. Capital de provincia, y formando parte de la Comunidad Autónoma de Castilla y León, Soria es hoy básicamente una población cercana a los 40.000 habitantes dedicados al comercio y los servicios, con modestos polígonos industriales en sus alrededores.

Soria artística

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Pocas imágenes tan evocadoras como las arcadas del claustro de San Juan de Duero, nutrido de influencias varias

Soria es una ciudad de reducidas dimensiones, propicia para el paseo sosegado y tranquilo, con bellísimos rincones y hermosas vistas. Permite además, dado su pequeño tamaño y lo apretado de su caserío, realizar un paseo por los estilos artísticos habidos en nuestro país entre los siglos XII al XX. De ahí que el románico, el gótico, el renacentista, el barroco, el neoclásico, el modernista y algún ejemplo de arte actual, convivan en su limitado espacio urbano.

Una visita planificada en sentido clásico, nos permite proponer dos itinerarios esenciales. El primero nos lleva desde la Alameda a la plaza Mayor, y pasa por las plazas, parques, monumentos y edificios civiles y religiosos más importantes de la población, vertebrados a lo largo del paseo del Collado, arteria de la Soria más tradicional. Es el espacio urbano por excelencia de la ciudad histórica. El segundo nos lleva desde la plaza Mayor hasta el Duero, pasando por ruinas, palacios y templos también indispensables en una visita a la ciudad.

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Fachada del palacio de los Ríos y Salcedo, hoy Archivo Histórico Provincial, principal edificio plateresco de la ciudad

En esa relación de estilos que señalábamos, el románico es el más característico y abundante. Coincide con el periodo de máximo esplendor urbano, sobre todo en su etapa final. A este estilo pertenecen la monumental portada de Santo Domingo; el claustro, la sala capitular, la portada y el museo de la concatedral de San Pedro; las ruinas del monasterio de San Juan de Duero, con el peculiar y evocador armazón de su primitivo claustro; y la bien articulada iglesia de San Juan de Rabanera, con su espectacular cimborrio.

El gótico nos dejó nuevos espacios remodelados en el grupo de iglesias románicas, además de capillas como la de los Calderones en la iglesia de Santa María la Mayor o la llamada torre de Doña Urraca.

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La fachada del palacio de los Condes de Gómara es una de las grandes  del renacimiento hispano

La euforia constructiva del siglo XVI también dejó huella en Soria. Destacan los palacios, sobre todo el de los Ríos y Salcedo, sede del Archivo Histórico Provincial y el de los condes de Gómara, uno de las grandes fachadas renacentistas españolas; y buena parte de la concatedral de San Pedro, con la fachada, el interior de bóvedas estrelladas y el retablo del altar mayor, entre otros. Sorprende que la ciudad no haya sido sede episcopal en su larga historia. Pero la existencia de la diócesis de Osma desde el siglo VI supuso un lastre del que no pudo zafarse. Los conflictos entre la catedral de Osma y la colegiata de San Pedro de Soria fueron constantes desde el siglo XIII, pero no fue hasta 1959 cuando Juan XXIII creó la diócesis de Osma-Soria y elevó a la colegiata de San Pedro al rango de concatedral.

El barroco nos dejó cuatro edificios bien conocidos: el palacio de los Linajes, hoy ayuntamiento, las ermitas de San Saturio, patrón de la ciudad, situada sobre el Duero, y la Virgen de Mirón, y el antiguo convento de jesuitas, hoy IES Antonio Machado, en el que el poeta dio clases de francés entre 1907 y 1912. Neoclásicos son el palacio de la Audiencia y la fuente de los Leones, ambos en la plaza Mayor.

La actual Alameda de Cervantes, un hermosísimo parque de propiedad municipal desde el siglo XVII, abre los espacios de los siglos XIX y XX. El Casino, con la imagen de Gerardo Diego en bronce, tomando un café y leyendo un libro en su portal; algunas casas modernistas; y el Museo Numantino son exponentes de esta arquitectura.

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El autor no pudo resistirse a tomar un café con el maestro Gerardo Diego a las puertas del Casino

Pero si algo llama la atención en la Soria de hoy es el cuidado aspecto de sus calles, su limpieza y el acertado mantenimiento de su casco histórico. Llegar hasta el centro con el aparcamiento subterráneo bajo el parque y encontrar una eficaz y amable oficina de información en la plaza de Mariano Granados, verdadero centro neurálgico de Soria, es otro de sus aciertos. Lo comprobarán cuando lleguen.

Soria, el Duero y los poetas

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Evocadora estampa machadiana con el olmo seco, la iglesia de la Virgen del Espino y el cementerio donde reposa Leonor

Soria y el Duero, ayer defensa y hoy lugar de esparcimiento, están indisolublemente unidos por varios motivos. El primero, el orográfico. Dionisio Ridruejo lo dice con poéticas palabras: “el Duero da a Soria un ceñido abrazo en sus roquedales grises antes de verdecerle la ribera de álamos y alejarse entre peñas”. Pero, más importante aún, es el poético. No hay río en la península ibérica más cantado por los poetas, ni ciudad española más vinculada a la poesía que la capital soriana. Gustavo Adolfo Bécquer, Antonio Machado -que encontró el amor en la joven Leonor y en el cementerio del Espino la dejó para siempre- y Gerardo Diego dieron vuelo a un territorio que tuvo continuidad en Dionisio Ridruejo y José García Nieto, entre otros poetas.

Así canta Machado sus riberas:

“He vuelto a ver los álamos dorados,

álamos del camino en la ribera

del Duero, entre San Polo y San Saturio,

tras la murallas viejas

de Soria -barbacana

hacia Aragón, en castellana tierra-”.

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Lápida de Leonor Izquierdo, esposa del poeta. Su rápida y sentida muerte la reflejó el poeta en estos versos: “Señor, ya estamos sólos mi corazón y el mar”

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Gerardo Diego, docente en el instituto de Soria como Machado, le canta así en su célebre poema:

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Vista del Duero, río poético por excelencia entre los peninsulares

Río Duero, río Duero,

nadie a acompañarte baja,

nadie se detiene a oír

tu eterna estrofa de agua.

Indiferente o cobarde

la ciudad vuelve la espalda.

No quiere ver en tu espejo

su muralla desdentada (…)

Río Duero, río Duero,

nadie a estar contigo baja,

ya nadie quiere atender

tu eterna estrofa olvidada,

sino los enamorados

que preguntan por sus almas

y siembran en tus espumas

palabras de amor, palabras”.

Para saber más

La visita a Soria puede prepararse de dos maneras distintas y complementarias: con las guías turísticas o con los libros de autor.

Entre las primeras destacamos PAZ SAZ, P., Soria, Anaya Touring, Madrid, 2016

Soria es tierra especialmente fértil en libros de autor. Aunque distintos entre sí, destacamos los siguientes:

RIDRUEJO, D., Soria, Gadir, Madrid, 2013. Político y escritor soriano muy notable, se trata del tomo dedicado a Soria que el autor publicó en 1975 con el nombre de Guía de Castilla la Vieja.

HERNÁNDEZ, A., Donde la vieja Castilla se acaba: Soria, Rimpego, León, 2015. Gran conocedor de Soria por ser durante muchos años cronista oficial de la ciudad, En palabras de Julio Llamazares, su prologuista, es “una declaración de amor y una introspección poética”.

LLAMAZARES, J., Cuaderno del Duero, Edilesa, León, 1999. Buen escritor de viajes, se trata de un libro poético e introspectivo en línea con el estilo del autor.

 

 

 

Viaje a Madrid. Paradas de ida y vuelta (I) Ágreda

1.- Vista general

Vista general del caserío donde destacan, además de su privilegiada ubicación,  las siluetas de iglesias y palacios

A modo de introducción

Tengo sobre la mesa dos libros especialmente notables en la literatura de viajes del siglo XX: Castilla, de Azorín, publicado en 1912 y Viaje a la Alcarria, de Camilo José Cela, escrito a finales de 1947. Ambos textos, en lenguajes tan personales y distintos, nos relatan las andanzas de los autores por Castilla la Vieja, el primero, y la comarca de la Alcarria, hoy parte de Castilla La Mancha, el segundo. Los dos hicieron su recorrido de forma premiosa, sea en autobús o ferrocarril, visitaron ciudades y pueblos, se hospedaron en ventas, posadas y fondas, hablaron con los vecinos y contemplaron campos de cereal con escasa cosecha, hermosos paisajes, poblaciones decadentes y mucha amabilidad y hospitalidad.

La Castilla y la Alcarria de Azorín y Cela responden a una España ya desaparecida, la primera todavía sumida en la crisis existencial derivada de la pérdida de Cuba y Filipinas en 1898, y la segunda inmersa en una dura posguerra que todavía perduraría algunos lustros. El turismo entonces era cosa de extranjeros, intelectuales o excéntricos y la preocupación fundamental de los vecinos era llevarse algo a la boca y tirar para adelante.

3.- Azulejo

Azulejo. La imagen es tan modesta como representativa. las tres culturas presentes en el callejero de las casas

Hoy, pese a las dificultades y la dureza de una crisis que da la sensación de que ha venido para quedarse, la situación es bien distinta. Somos una potencia turística mundial, 70 millones de personas nos visitarán durante 2016, el turismo supuso un 11% del Producto Interior Bruto (PIB) de España en 2015 y, dadas las dificultades geopolíticas del mundo, nuestro país se ofrece como lugar seguro para pasar unas vacaciones. Y esto no solo en el turismo de sol y playa, sino también en el de interior, con atención especial a las rutas culturales, paisajísticas y gastronómicas.

Fruto del desarrollo y de la mejora social y cultural, el viaje es hoy también una actividad en alza entre nosotros. Los navarros, junto a vascos, catalanes y madrileños estamos a la cabeza en viajes realizados y dinero gastado, lo cual es una prueba más de nuestro desarrollo. La proliferación de guías de viaje no es sino la constatación de esta realidad.

Pero frente a la actitud de Azorín o Cela, nuestros viajes no son en general premiosos y contemplativos. Tendemos más bien a lo contrario: visitar muchas ciudades, recorrer muchos kilómetros y hacerlo en un reducido número de días. En consecuencia, nos limitamos a picotear algunos lugares de algunas ciudades para decir a continuación que conocemos España o cualquier otro país que apenas hemos entrevisto.

Nos sucede lo mismo en nuestro ámbito más cercano. Estoy seguro que muchos de los que leerán este líneas habrán estado en Madrid. ¿Quién no ha viajado a la capital de España por motivos de trabajo, estudio, familia u ocio? Ahora bien, serán muchos menos, por no decir muchísimos, los que hayan pasado una y otra vez por la puerta de ciudades y pueblos del camino sin haberse parado nunca en ninguno, a excepción de un café o un bocadillo en Medinaceli o el 103, antigua venta de Almadrones. ¡Pues no saben ustedes lo que se han perdido!, porque la ruta Pamplona-Madrid, vía Soria y Guadalajara conserva algunas poblaciones especialmente interesantes.

Pero, afortunadamente, esto todavia tiene remedio. El objetivo de esta serie, que constará de seis entregas este verano, es paliar este desconocimiento, sugerir algunas visitas y animarles a disfrutar de lugares que les esperan a la vera de la carretera. Llegar pronto es lo más rápido, pero no lo más aconsejable. Tómense su tiempo y disfruten. Ágreda, Soria, Almazán, Medinaceli, Guadalajara y Alcalá de Henares les esperan. ¡Feliz viaje!

Ágreda

4.- Ayuntamiento

La sobria belleza del edificio renacentista del Ayuntamiento es ejemplo del esplendor experimentado por la villa en el siglo XVI. La oficina de información se encuentra situada a pie de calle.

No les ha pasado sólo a ustedes. También puedo hablar en primera persona. He ido a Madrid decenas de veces, vía Ágreda, Ólvega y Almazán, por la carretera conocida como “la ruta de los navarros”. Pues bien, a diferencia de las otras poblaciones, que las conozco bien por parar con frecuencia en ellas, en Ágreda no había estado nunca hasta este año. Aunque no es excusa, dos cosas ayudan a pasar de largo por la población: el escaso tiempo recorrido desde la salida y el aspecto poco sugestivo que ofrece la antigua carretera que la cruza. A ello se ha añadido en los últimos tiempos un problema adicional. La sempiterna por inconclusa autovía de Navarra, que un día unirá Medinaceli con Tudela, tiene en funcionamiento un tramo como variante, lo que nos aleja todavía un poco más del núcleo urbano. Pero la desangelada estampa que se ofrece a nuestra vista, cambia radicalmente una vez estamos en la población.

A la vera del Moncayo

Desde el cruce a Fitero, Ablitas y Cascante, una vez pasado Cintruénigo y en pleno valle del Ebro, la carretera comienza a empinarse leve y continuadamente. Con el Moncayo al fondo, dejamos Navarra, atravesamos durante algunos kilómetros La Rioja, con Valverde como población de referencia, y entramos en la provincia de Soria, antigua Castilla la Vieja de nuestros mapas infantiles, hoy Comunidad Autónoma de Castilla y León. El paisaje se transforma en un abrir y cerrar de ojos y llegados a la planicie soriana, Ágreda se ofrece de forma recatada a nuestros ojos, recostada a la vera del Moncayo. Situada en un lugar estratégico, entre la depresión del Ebro y la meseta castellana, supone un paso inmejorable en el sistema ibérico. Ayer lugar de paso y tierra de frontera, hoy es puerta de acceso de las gentes de Aragón, Navarra y La Rioja a tierras de Castilla y Madrid.

5.- Palacio de los Castejones y jardin renacentista

Palacio de los Castejones. Hermosa foto que condensa la síntesis artística de la villa. En primer término, el jardín renacentista del palacio de los Castejones, el gran edificio civil de Ágreda

Pero si uno se acerca un poco más y deja la autovía o la carretera generaL comprueba que la orografía de la vieja población es especialmente apropiada para la defensa. Aunque la zona conoció la presencia de celtíberos y romanos, Ágreda entra en la historia propiamente dicha en la época de la dominación musulmana. Fue bastión de la frontera con los reinos cristianos entre los siglos VIII al XI. En estos siglos, el promontorio rocoso de La Muela y el Barrio Moro fueron dos baluartes casi inexpugnables. Conquistada por Alfonso el Batallador en 1119, pasó a manos aragonesas hasta que en 1134, a la muerte de éste, Alfonso VII la incorporó definitivamente a la Corona de Castilla.

De este siglo XII datan sus tres barrios de San Miguel, Santa María de la Peña y San Juan, con sus respectivas e iniciales iglesias románicas, Cada uno de estos barrios se dotó de muralla interior, además de la muralla general que defendía el conjunto de la población. En torno a 1140 se forma la Comunidad de Villa y Tierra de Ágreda, favorecidos sus habitantes con privilegios, franquicias, exenciones y fueros.

Ágreda esencial. La ciudad de las tres culturas

Pasear por Ágreda hoy, con sus escasos 3.000 habitantes, es acercarse a una villa con un patrimonio artístico de primer nivel, que bien merece su catalogación de Conjunto Histórico-Artístico. No hay un solo estilo desde el siglo VIII hasta nuestros días que no tenga una muestra representativa. Pero, a mi juicio, más interesante que los monumentos individualmente considerados, es el conjunto y su emplazamiento. Pasear por sus calles; recorrer el Barrio Moro con sus lienzos de muralla y su centro de interpretación; observar el espectáculo milenario de las huertas árabes situadas en bancales; topar con la sinagoga, hoy convertida en restaurante; visitar sus primitivas iglesias románicas ampliamente rtemodeladas en los siglos siguientes; extasiarse con las crucerías estrelladas de la basílica de la Virgen de los Milagros; recibir una información profesional y precisa sobre la población en la oficina de turismo, sita en el elegante edificio renacentista del Ayuntamiento; descubrir el palacio de los Castejón con sus hermoso jardines renacentista y barroco; y caminar pausadamente al convento de las concepcionistas siguiendo la huella de su fundadora e hija más ilustre, Sor María de Jesús de Ágreda, son algunas de las muchas posibilidades que la villa ofrece.

Cuando terminen la visita, estoy seguro que compartirán la misma reflexión que yo hice: ¿Pero cómo es posible que hayamos olvidado una población que lo da todo sin pedir casi nada a cambio? No queda sino disfrutar y agradecer a los muchos voluntarios que atienden palacios e iglesias su disposición y su amabilidad.

Sor María de Ágreda, personaje singular

7.- La dama de azul

La Dama azul. Cartel del acto celebrado el pasado año en la Universidad de St. Mary´s en Texas

Nuestra monja nació en la villa de Ágreda en 1602. La peculiar familia, compuesta por padre, madre, dos hermanos y dos hermanas, decidió separarse y entrar en religión. Los tres varones ingresaron en distintas órdenes religiosas, mientras que la madre y las dos hijas fundaron un convento en su propia casa. En 1627, Sor María de Jesús de Ágreda fundó el convento de la Inmaculada Concepción del que fue nombrada abadesa a las 25 años de edad por dispensa papal, cargo que ostentó hasta su muerte en 1665.

Sor María pertenece a la saga de místicas españolas más conocidas y fue una importante escritora de literatura religiosa. Su obra cumbre es la Mística Ciudad de Dios, en la que narra la vida de la Virgen María. Pese a no salir nunca del convento de Ágreda fue consejera del rey Felipe IV con el que mantuvo una nutrida correspondencia a lo largo de 22 años. Más exótica si cabe es su faceta evangelizadora. Mediante el don de la bilocación (fenómeno paranormal, sobrenatural o divino, según el cual una persona u objeto estaría ubicado en dos lugares diferentes al mismo tiempo), sor María fue vista repetidas veces por los indios de Nuevo México, Tejas y Arizona donde preparaba a los indígenas para su bautismo por los misioneros. Allí era conocida como la Dama azul por el color del hábito conventual. Hoy, y a consecuencia de ello, la villa de Ágreda está hermanada con el Estado de Nuevo México en los Estados Unidos de América.

En el convento que ella fundó podemos admirar su iglesia, el cuerpo incorrupto de la Venerable y un pequeño museo de su vida y obra de gran interés artístico, histórico y devocional.

Para saber más

ALCALDE CRESPO, G., Ágreda, Ayuntamiento de Ágreda, Edilesa, 2005. Una guía actualizada, útil y bien editada de la población.

FERNÁNDEZ GRACIA, R., Arte, devoción y políica. La promoción de las artes en torno a sor María de Ágreda, Diputación Provincial de Soria, Soria, 2002. Excelente estudio del profesor Fernández Gracia en el marco del IV centenario del nacimiento de Sor María de Jesús.

SIERRA, J., La dama azul, Planeta, Barcelona, 1998. Primera novela del famoso escritor, basada en las bilocaciones de sor María de Jesús y sus predicaciones a los indígenas de Nuevo México.

 

 

 

El origen de la fiesta

San Fermín

Hoy es siete de julio, festividad de San Fermín. Y son tantos los matices que tiene esta fiesta que no he podido sustraerme a glosar algunos, hoy tal vez postergados, pero que constituyen los cimientos de lo que, con el paso de los siglos, han llegado a ser los sanfermines.

Todas las culturas han tenido sus fiestas, ocasión propicia para el encuentro de la comunidad y la vertebración del sentido de pertenencia a una familia, un pueblo o una religión. La Biblia es un ejemplo paradigmático del valor de la fiesta en el desarrollo del pueblo de Israel. Lo mismo sucede en las llamadas culturas clásicas.

El cristianismo penetró en Navarra en el siglo III a través del valle del Ebro, llegando inmediatamente a Pamplona, eje vertebrador del territorio de los vascones. En los siglos IV y V el territorio más romanizado se cristianiza y Pamplona se dota de una sede episcopal que continuará hasta nuestros días.

El culto a los santos, entendido en sentido amplio, constituye una de las mayores expresiones de la piedad cristiana. Prácticamente todas las poblaciones navarras tienen un santo titular, sea Dios Padre, Jesús, la Virgen en sus múltiples acepciones, los santos propiamente dichos o la corte celestial. Y las fiestas patronales se articulan en torno a la celebración del santo patrón, con novena previa, procesión y misa solemne en el día grande, y espectáculos que lo acompañan. Con el correr de los siglos, son clásicos la música y el baile, los fuegos artificiales, los toros y los gigantes y cabezudos. Por supuesto, a todos ellos acompañan la comida y la bebida en unos tiempos en los que aquella escasea y la mesa bien surtida es parte obligada del evento.

Y comienzan a aparecer las advocaciones. La primera, en el corazón de la diócesis, ya que el culto a la Virgen en la catedral de Pamplona se remonta al siglo V. En ese mismo siglo comienzan a titularse los templos, dotándolos cuando resulta posible de reliquias. Las primeras advocaciones conocidas son las referidas a San Martín de Tours, San Esteban protomártir, San Pedro, San Juan Bautista y San Andrés. A ellos se unió en el siglo VIII San Miguel, que se adueña de las alturas y se convierte en patrón de la reconquista con Sancho Garcés I en el siglo X.

Tal vez a más de uno le habrá sorprendido la ausencia de mención alguna a San Fermín, un santo que hoy recorrerá en olor de multitud las calles de los burgos pamploneses, acompañado del cabildo catedralicio, las cruces parroquiales, las cofradías y el ayuntamiento en cuerpo de ciudad. Un santo que probablemente será glosado en la homilía de hoy en su capilla siguiendo las pautas de su leyenda, una composición tardía y desprovista de veracidad histórica, como reconoció en su día don José Goñi Gaztambide al comienzo de su Historia de los obispos de Pamplona. El supuesto primer obispo pamplonés, San Fermín, no fue conocido en Navarra hasta el año 1186, desarrollándose a partir de entonces un incremento cultual sostenido y constante, que a finales de la Edad Media apenas traspasaba la capital del reino, salvo en su festividad litúrgica. Las ideas que acabo de exponer muy sucintamente están tomadas básicamente del libro de Roldán Jimeno, El culto a los santos en la cuenca de Pamplona. De San Fermín, como de Santiago en Compostela, lo importante son los frutos, no tanto la veracidad de su origen.

Lo que sucede después es más conocido y menos discutido. Las fiestas de San Fermín están relacionadas con tres celebraciones: los actos religiosos, las ferias comerciales y las corridas de toros, documentadas desde el siglo XIV. En 1466 su culto se extendió a toda la diócesis. En 1591, el sínodo trasladó su celebración del 10 de octubre al 7 de julio, fecha de tiempo más seguro coincidiendo además con la feria, lo que hizo que se popularizara el culto. En 1622, a los pocos meses de su canonización, las Cortes de Navarra propusieron que San Francisco Javier fuera proclamado patrono universal del reino de Navarra. Pero el obispo, el cabildo y el clero secular, enfrentados a una influyente Compañía de Jesús, defendieron con ardor el patronazgo tradicional de San Fermín. En 1657, la Santa Sede, con el pragmatismo que le caracteriza, determinó que los dos santos fueran nombrados copatronos igualmente principales. Y, a partir de ahi, una advocación en alza que ha articulado una fiesta de renombre universal.

¿Los sanfermines son solo eso? Evidentemente no, pero no serían los sanfermines sin eso. Cada generación los ha ido completando con sus aportaciones. En la fiesta todos tenemos cabida, solo hace falta respeto, tolerancia y deseo de disfrutar. ¡Felices sanfermines a todos!. A los presentes y a los ausentes, que también ellos los recordarán con especial fervor y cariño.

Diario de Navarra, 8/7/2016