Se jubila el maestro

Escuela

A lo largo de este mes de junio no son pocas las jubilaciones de docentes que se celebrarán en Navarra. La mayor parte, sobre todo si son de secundaria, las reciben como una bendición, otros con alivio, y los hay, tal vez los menos, que sienten una indisimulada pena por dejar una profesión en la que han trabajado tanto como han disfrutado. Pero habrá pocas que hayan reunido las características de la que tuvo lugar en Oteiza el pasado 9 de junio.

Se jubilaba Jesús Mari Albéniz, un maestro que llegó al pueblo en septiembre de 1976 y que se ha mantenido en su puesto, sin cambiar de destino, 42 años. Pese a haberlos tenido excelentes, Jesús Mari ha sido en nuestro colegio la encarnación del buen maestro: preparado, vocacional, inquieto, atento, dedicado, cercano, y preocupado por hacer de sus alumnos no solo hombres y mujeres con conocimiento, sino como decían nuestros padres y abuelos, hombres y mujeres de provecho.

El día fue una sucesión de actos en el que los sentimientos se hicieron memoria y recuerdo, cariño y presencia, música y palabra. Una abarrotada iglesia parroquial, cedida amablemente para la ocasión, sirvió de marco idóneo para la celebración de un acto institucional en el que el agradecimiento fue la idea más repetida. El ayuntamiento le entregó una placa conmemorativa. El actual director del centro, sin poder disimular su emoción, agradeció en nombre de todos los compañeros antiguos y actuales del centro su trabajo y su calidad humana. Todos los niños del colegio, situados junto a él en los primeros bancos, le cantaron algunas de las canciones aprendidas de sus labios. Un representante de la Apyma, en representación de todos los padres y madres, le recordó los buenos momentos vividos a lo largo de los años y su implicación en el proyecto del centro. Ex-alumnos y ex-alumnas le leyeron poemas y recuerdos, algunos llegados desde fuera de España. También la jota se hizo presente por parte de la familia Fernández Cambra, con letras alusivas que hicieron derramar lágrimas a más de uno. Llegaron también vídeos de jóvenes profesores interpretando con sus alumnos las canciones que ellos habían aprendido en Oteiza. Y hasta los más mayores se sumaron a la fiesta interpretando el prólogo del Florido Pensil, para recordar la escuela en la que el propio Jesús Mari se inició en Artavia en los años cincuenta del pasado siglo. El acto terminó con dos intervenciones especialmente señaladas: la de José Luis de Antonio, director, compañero y amigo durante buena parte de la estancia de ambos en el centro, jubilado hace unos años; y la del propio homenajeado, que quiso recordar en una trabajada y bien pensada intervención, su larga etapa de maestro. Pidió perdón por los errores, dio las gracias a todos, recordó sus objetivos educativos y ponderó el valor y la importancia de la educación pública en nuestros pueblos. Un digno colofón para una sesión inolvidable.

Una nutrida mesa de 400 comensales continuó la celebración en el polideportivo. Y tras ella, más regalos, música y una sana convivencia cerró un día que pasará a los anales de Oteiza como la jornada en la que todo un pueblo reconoció la tarea callada, discreta y eficaz de un hombre que amó su profesión desde el primer día al último, realizando su trabajo sin alharacas, cumpliendo simplemente su deber. Que esta fiesta excepcional, como no se ha conocido otra en Oteiza, haya sido en honor a un maestro, reconcilia con la profesión y habla bien de un pueblo que ha sabido reconocer en Jesús Mari Albéniz a uno de los suyos, dedicado a lo largo de más de cuarenta años a educar a sus hijos más pequeñós

Esta misma semana y en este mismo medio, con palabras que reflejan bien la personalidad de ambos, José María Romera, excelente profesor de secundaria, se despedía de una profesión en la que también ha disfrutado mucho. “Uno está convencido de que el mayor mérito de un profesor reside en disfrutar de su tarea, porque solo así logrará que sus discípulos aprecien el valor del conocimiento. A la descripción mortificante de la enseñanza se le opone otra menos difundida pero más cierta que habla del placer y el privilegio de contribuir a que otros aprendan. Dar clase puede ser a veces fatigoso e ingrato, pero en última instancia es una gozada. Y aunque dejar de hacerlo cuando llega la edad de la jubilación tiene su parte de indiscutible recompensa por la libertad que otorga, tener que decir adiós a la enseñanza es como recibir un violento empujón que te saca del recreo cuando mejor lo estabas pasando. Queda al menos el consuelo de poder decir: que me quites lo enseñado”.

A todos los que como Jesús Marí Albéniz han dedicado su vida a enseñar conocimientos y educar en valores, es decir, a ser auténticos maestros, muchas gracias.

Diario de Navarra, 22/6/2018

 

Anuncios

Política cultural para después de una guerra

mutiloa

Ficha técnica

Título: La Institución Príncipe de Viana. Creación y política cultural, 1940-1948

Autora: Mercedes Mutiloa Oria

Editorial: Gobierno de Navarra

Lugar y fecha de edición: Pamplona, 2018

Páginas: 626

Precio: 20 euros

El título, obvio es decirlo, está sugerido por la conocida película, Canciones para después de una guerra, del realizador Basilio Martín Patino. ¿Es posible que aquel periodo hostil, sectario y ramplón en casi todos los órdenes, pudiera producir resultados plausibles en el ámbito cultural? La respuesta la tienen ustedes en este libro: Si, es posible. A la vista de lo conseguido, me atrevería incluso a pensar que la salvaguarda del patrimonio fue uno de los pocos ámbitos en los que el decenio de los cuarenta, tan duro y oscuro en casi todos los órdenes, presenta un balance positivo.

El reino de Navarra llegó a comienzos del XIX con un importante patrimonio histórico-artístico acumulado a lo largo de los siglos. Pero el desarrollo de éste, con la guerra de la Independencia, las sucesivas guerras carlistas y los procesos de desamortización religiosa y civil, fue especialmente dañino. El proceso de salvaguarda y recuperación del patrimonio lo llevó a cabo en Navarra, al igual que en el resto de las provincias españolas, la Comisión de Monumentos Históricos y Artísticos, puesto en marcha por el gobierno central. Su importante tarea está magníficamente estudiada por Emilio Quintanilla Martínez en su libro La Comisión de Monumentos Históricos y Artísticos de Navarra, editado por el Gobierno de Navarra en 1995.

Al año siguiente de acabar la guerra, la Diputación Foral de Navarra creó la Institución Príncipe de Viana como instrumento para atender la defensa y custodia del patrimonio navarro y activar el desarrollo cultural de la región. Con una encomiable continuidad familiar, ya que el padre de nuestra autora, José María Mutiloa Poza, catedrático de Geografía e Historia en el instituto Padre Moret de Pamplona con quien compartí docencia, había dedicado su tesis doctoral a la Desamortización eclesiástica en Navarra, Mercedes Mutiloa abordó su estudio en una tesis doctoral que presentó en la Universidad de Navarra en 2006. Doce años después -nunca es tarde si la dicha es buena- el estudio acaba de ver la luz, con el título La Institución Príncipe de Viana. Creación y política cultural, 1949-1948. Con minuciosidad y pulso firme, necesario para no perder el rumbo entre tanta documentación administrativa, la autora divide el libro en cuatro grandes capítulos. El primero está dedicado al nacimiento de la Institución Príncipe de Viana. Se analiza y desgrana la creación, objetivos y competencias de la institución; la organización interna; y las relaciones con el resto de instituciones civiles y religiosas.

El segundo capítulo es el más importante cuantitativa y cualitativamente hablando. Bajo el título de “La protección del patrimonio histórico artístico de Navarra. La sección de monumentos de la Institución Príncipe de Viana”, analiza la configuración, atribuciones y fines de la sección de monumentos; y las intervenciones sobre el patrimonio civil y el de la Iglesia. A lo largo de 200 páginas, encontramos por primera vez una pormenorizada relación de las intervenciones efectuadas. Y uno, que ha vivido de cerca la gestión de esta política cultural, se queda pasmado ante la relación de lo intervenido: castillos de Olite y Javier, Comptos, inicio del Museo de Navarra, acueducto de Noáin, conjuntos catedralicios de Pamplona y Tudela, Roncesvalles, Leire, Irache, Iranzu, La Oliva, Tulebras, claustro de Los Arcos, San Pedro de Olite, claustro de San Pedro de la Rúa de Estella, Ujué, Santa María de Sangüesa, pórticos de Ochovi, San Martín de Unx y Gazólaz, por citar algunos de los más relevantes. ¡Y todo en ocho años, y en la década de los cuarenta!

Los otros dos capítulos, pese a no tener la potencia del anterior, presentan también un gran interés. El tercero está dedicado al patrimonio bibliográfico y documental, fundamentalmente la Biblioteca General y el Archivo General de Navarra. Y el cuarto, al patrimonio mueble, sobre todo al Museo de Navarra.

Bienvenido sea un libro que analiza la primera etapa de la conocida como Institución Príncipe de Viana, sin duda, el instrumento cultural más importante del que se ha dotado Navarra a lo largo del siglo XX. Cabe esperar que en los próximos años podamos conocer las sucesivas etapas, que desearíamos tuvieran el rigor, la minuciosidad y el buen hacer del libro que ahora presentamos.

Permítasemos una observación bienintencionada. Echo en falta un capítulo de conclusiones, que ayude a sintetizar un texto de más de 600 páginas, lo que no obsta para felicitar efusivamente a la autora. Su padre, estoy seguro, estaría muy orgulloso de ella y de su obra.

Diario de Navarra, 4/1/2019

Escurrir el bulto

mendia

En los días previos a la Navidad, una fotografía publicada en el Diario Vasco, con los principales dirigentes institucionales del País Vasco -Andoni Ortuzar (PNV), Arnaldo Otegi (Bildu), Idoia Mendia (PSE-PSOE) y Lander Martínez (Podemos-Euskadi) cocinando y brindando en una sociedad gastronómica donostiarra, provocó una auténtica polvareda. Al día siguiente, José María Múgica, hijo de Fernando Múgica Herzog, abogado y dirigente socialista asesinado por ETA en 1996 en San Sebastián, solicitó la baja del partido. “No en mi nombre. Te ruego tramites mi baja del PSOE”, fue la reacción de Múgica tras salir a la luz aquella foto.

Una semana después del suceso, la líder del PSE-PSOE ha publicado un artículo en su página personal de Internet, titulado Nuevos fariseísmos, nuevos populismos, en el que reconoce que “han sido días duros, en los que he tenido que leer y escuchar acusaciones gruesas que no me afectan en lo personal, porque una ya ha visto de todo a estas alturas”.

Idoia Mendía se refugia en la trayectoria casi heróica de su partido que es el mío, para cuestionar las críticas que ha recibido. Mendia reconoce que las críticas “me indignan en la medida que cuestionan, muchas veces desde la cómoda distancia, el compromiso ético y democrático del partido que lidero, de mis compañeros y compañeras, de una organización centenaria que ha tenido que aguantar lo que no está escrito por hacer política en este país”.

“No nos lo merecemos”, dice Mendia en su escrito. Pero, a mi juicio, no es esa la cuestión. Nadie cuestiona, que yo sepa, la trayectoria del partido, sino su decisión de comparecer con Otegi en el reportaje, con lo que ello supone de intento de blanqueo de una trayectoria abominable. Lo más honrado por su parte hubiera sido pedir perdón, o al menos disculpas por el error cometido y la afrenta producida a muchos de sus compañeros. Una pena que la secretaria general del partido en Euskadi no haya aprovechado la ocasión para rectificar. Cuanto más tarde en hacerlo, más ahondará la brecha con una buena parte de su partido y de su electorado.

La Coral Nora en su cincuentenario

Nora

Una de las características definitorias de la vida musical navarra es la pujanza de la música coral. Sus dos conjuntos más representativos, el Orfeón Pamplonés y la Coral de Cámara de Pamplona, tras los avatares que les han acompañado en los últimos lustros, viven un momento dulce que se ha concretado en nuevos y asentados directores, un repertorio renovado, una preocupación creciente por la música creada en Navarra o por autores navarros, una proyección nacional y un reconocimiento de su trayectoria por parte de las instituciones forales, concretado en la medalla de oro de Navarra para el Orfeón Pamplonés en 2010 y en el premio Príncipe de Viana de la Cultura para la Coral de Cámara de Pamplona en 2018.

Pero, afortunadamente, estas dos agrupaciones están sólidamente asentadas en un numeroso grupo de corales, distribuidas por toda la geografía foral, como tenemos ocasión de comprobar si ojeamos la página de la Federación de Coros de Navarra. Además de los coros federados, existen otras formaciones corales más o menos estables, asociadas a veces a instituciones educativas o colectivos de variado signo. En su mayor parte están integradas por músicos aficionados y su origen está vinculado, en buena medida, a las parroquias de sus poblaciones de origen. Acompañar la liturgia ha sido su cometido inicial y principal, y de ahí han saltado a participar en los actos cívicos de la localidad, después de las poblaciones vecinas, y finalmente del conjunto de Navarra y regiones limítrofes.

¿Quién no ha iniciado estas fechas con un concierto prenavideño, bien sea de su coral parroquial o de otro grupo invitado para el evento? En la parroquia, en la casa de cultura, en centros educativos, asistenciales o de tercera edad, o por las calles de nuestros pueblos y ciudades, la imagen de nuestros coros cantando villancicos forma parte de nuestra tradición y actualidad.

Por citar mi propia experiencia, perfectamente intercambiable por la de cualquiera de ustedes, mi fin de semana prenavideño incluyó dos conciertos de dos corales navarras veteranas y de calidad: la coral San Blas de Burlada en Oteiza y la coral Nora de Sangüesa en Los Arcos. Permítanme que glose la trayectoria de esta última, que este año celebra el cincuenta aniversario de su fundación.

Los orígenes de la coral Nora se remontan a un pequeño grupo de hombres ligados al convento de los capuchinos de la ciudad, que decidieron unirse para cantar. Poco tiempo después, se les incorporaron un grupo de mujeres de la localidad y, en 1968, se convirtieron en una coral mixta con el nombre de una las vírgenes sangüesinas, titular de la ermita de la Nora. Un joven director de 23 años, Fermín Iriarte tomó las riendas del grupo en el que ha permanecido nada menos que 43 años, con algunos pequeños intervalos en los que la dirigieron Carmen Pombo, Ricardo Elizalde y Pedro de Felipe. Sus objetivos estuvieron claros desde el principio: conocer la música coral de todas las épocas y estilos, desde el gregoriano hasta el actual, pasando por los grandes maestros del canto coral; e investigar y difundir la música de compositores navarros, especialmente de los sangüesinos, entre los que sobresalen las figuras de Juan Francés de Iribarren y Luis Elizalde. Fruto de su buen hacer, la coral ha acompañado asiduamente los actos oficiales que el Gobierno de Navarra ha celebrado con carácter anual en la abadía de Leire y en el castillo de Javier.

Pero, por encima de su proyección regional y nacional, nada despreciable, la coral Nora está fuertemente enraizada en la vida local y comarcal de una ciudad, Sangüesa, que ha sabido cuidar como pocas en Navarra toda la riqueza musical y folclórica acumulada a lo largo de los siglos.

Hoy, de la mano de Bruno Jiménez, la coral sigue siendo la referencia musical de su entorno. El concierto de Los Arcos, presentado por Miguel Ángel Osés, un capuchino tan querido en Los Arcos, su pueblo, como en Sangüesa, en cuyo convento de San Francisco vive y sirve, fue un buen ejemplo de esta dilatada y fructífera trayectoria. Sirvan estas líneas como homenaje, no solo a la coral Nora, que se lo merece, sino a todas las corales navarras de cualquier punto de nuestra geografía que han sostenido, y en muchos casos todavía sostienen y alientan la vida musical, religiosa y social de nuestra Comunidad.

Les deseo que disfruten de la Navidad y de nuestras corales. Están ustedes es muy buena compañía.

Diario de Navarra, 27/12/2018

Pasado y presente del vino navarro

Bodega

Bodega Nekeas, con Añorbe al fondo

Ficha técnica

Título: Para una historia del vino y de la Bodega Nekeas de Añorbe

Autores: Javier San Martín

Lugar y fecha de edición: Pamplona, 2018

Páginas: 345

Precio: edición no venal

Javier San Martín es un profesor navarro, catedrático de filosofía y profesor emérito de la UNED en su sede central de Madrid. Hombre de vasta cultura y autor prolífico vinculado a los ámbitos de la fenomenología y la antropología filosófica, cultiva también otras parcelas del saber tan interesantes como inusuales. Nacido en Añorbe de una familia de agricultores con honda raigambre en la villa, a ella vuelve todos los veranos y en ella disfruta y estudia los aspectos más vinculados a su familia y a su tierra. Fruto de este interés son sus “Ensayos de etnohistoria de Añorbe”, publicados en la revista Cuadernos de Etnografía y Etnología de Navarra, en 2007, en cuya continuación sigue trabajando en la actualidad.

Vinculado a esta faceta, y aprovechando el 25 aniversario de la creación de la bodega Nekeas, la propia bodega acaba de publicar Para una historia del vino y de la bodega Nekeas de Añorbe. El título refleja con claridad el contenido del libro, dividido en dos partes de desigual extensión.

En la primera se incluyen una serie de noticias sobre la historia del vino en Añorbe, procedentes de documentos de los archivos parroquial y diocesano, y algunos particulares. Con discontinuidad histórica, se repasan temas como algunas medidas utilizadas; la primera noticia del vino de Añorbe, que data de 1572; el precio de la tierra; y la extensión, el precio y el rendimiento de la viña a lo largo de los siglos XIX y XX.

Esta historia centenaria había terminado casi por extinguirse en la segunda mitad del siglo XX con el arranque de la inmensa mayoría de las viñas. Pero el tesón y la fe de un grupo de agricultores del pueblo, dirigidos por Francisco San Martín, hizo variar el curso de la historia. Con pulso firme, el autor desgrana la historia de éxito, aunque no exenta de riesgos y dificultades, de la bodega Nekeas, que este año cumple su cuarto de siglo de historia. Una historia que, como señala Javier San Martín, ha colocado a Añorbe en el mapa y ha supuesto un impulso para la economía del pueblo.

Pero la vida sigue. Y en un corto apéndice, Francisco San Martín, alma mater del proyecto, fusiona sus recuerdos y sus realidades, y nos narra la corta historia de la nueva plantación de olivos y la creación del trujal de Nekeas.

El texto excede con mucho el mero carácter de libro conmemorativo, para convertirse en un hito más, nada desdeñable, en la larga historia del vino en Navarra.

Diario de Navarra, 7/12/2018

Etxezarra, un diálogo en el tiempo

Etxezarra

Ficha técnica

Título: Etxezarra. 1912-Baztan-2012. Fr. Pedro de Madrid-José Luis Larrión. Elkarrizketak-Diálogos

Autores: José Javier Azanza, Roberto San Martín

Editorial: Analecta

Lugar y fecha de edición: Pamplona, 2018

Páginas: 191

Precio: 22 euros

En el 2012, año del centenario del álbum fotográfico de caseríos baztaneses de Fray Pedro de Madrid, y año también en que José Luis Larrión refotografió dichos caseríos, Carlos Cánovas publicó el excelente libro Navarra/Fotografía, el texto de referencia para conocer la historia de la fotografía en nuestra Comunidad. Sorprende, sin embargo, que en el índice onomástico del citado texto, de nada menos que 518 páginas, no aparezca citado Fray Pedro de Madrid, de nombre civil Pedro Satué Blanco, pese a ser el gran triunfador del concurso de fotografía celebrado en Pamplona para conmemorar el VII Centenario de la batalla de las Navas de Tolosa.

Fruto de los intereses convergentes de un bibliotecario y bibliófilo acreditado, Roberto San Martín; de un historiador del arte polivalente e inquieto, José Javier Azanza; de un fotógrafo profesional de mirada fina y penetrante, José Luis Larrión; unido al legado del entonces fraile capuchino de Lekaroz, Fray Pedro de Madrid, surge este libro coral, que presenta muchos alicientes.

El núcleo central del libro lo constituye un conjunto de fotografías de indudable interés en si mismo. Este diálogo etnoartístico de las fotografías de los 23 caseríos baztaneses tomadas por Fray Pedro de Madrid a comienzos del siglo XX y las tomadas por José Luis Larrión a estas mismas construcciones a comienzos del XXI, permite a los autores reflexionar sobre cuestiones conexas, que enriquecen la estricta visión fotográfica.

La semblanza de Fray Pedro de Madrid (1880-1936); la descripción y valoración del álbum fotográfico Echezarra; un capítulo dedicado a la refotografía; y una reflexión sobre la arquitectura y el caserío en el Valle de Baztan, completan el contenido.

El libro se abre con una semblanza de Fray Pedro de Madrid (1880-1936) “polifacético personaje, fraile capuchino durante casi veinte años, músico, pintor y fotógrafo en el colegio de Lekaroz, tardío fotógrafo profesional especializado en retratos artísticos al frente de su propio establecimiento y colaborador en las revistas gráficas más importantes del momento”. A la semblanza le sigue una descripción y valoración, tanto técnica como sociológica, del álbum fotográfico Echezarra, formado por doce hojas con veinticuatro fotografías, conservado actualmente en el archivo del convento de capuchinos de Pamplona, e inédito hasta el momento como tal colección completa.

La visión de Fray Pedro de Madrid dialoga, un siglo después, con la expresada por José Luis Larrión, en un jugoso capítulo titulado “Refotografía: cuando la fotografía se mira a sí misma”. La refotografía es un género que pretende recuperar momentos ya vividos con la simple repetición de la toma desde el lugar preciso en que fue captada la imagen anterior. Ello permite, en palabras de Ricard Martínez “una interacción entre dos momentos, una comunicación no verbal entre las imágenes que se convierte en vehículo de emociones y sentimientos profundos”.

Tras presentar a los autores y sus obras, el texto aporta una reflexión sobre la arquitectura del caserío en el Valle de Baztan, analizando tanto los caseríos de comienzos el XX, como estos mismos edificios evolucionados a comienzos del siglo XXI. Frente a la visión y función de los caseríos fotografiados por Fray Pedro de Madrid, que podrían resumirse, al decir de los autores, en “paisaje, heredad, familia y trabajo”, los del siglo XXI, refotografiados por José Luis Larrión, obedecen a otras pautas más multifuncionales, vinculadas a las nuevas formas de vida del valle. En todo caso, como señala el acertado epílogo del libro, “pervivencia, ausencia y transformación, son los tres sustantivos que definen el acontecer del caserío en Baztan durante el último siglo”.

En línea con lo anterior, los autores se permiten incluso un guiño al futuro: emplazan a la generación de principios del siglo XXII, a elaborar un nuevo trabajo de refotografía, que permitiría conocer “lo inmutable y lo mutable en doscientos años en torno al caserío”.

El libro, magníficamente editado por Analecta, tiene formato apaisado y presentación bilingüe. Constituye un ejemplo de cómo fotografías y texto pueden apoyarse mutuamente. Hasta tal punto, que las hermosas fotografías y el enjundioso texto le permiten trascender de su aspecto de libro de regalo y ámbito baztanés, para pasar a ser una aportación muy estimable en la bibliografía del paisaje y la etnografía de Navarra.

Diario de Navarra, 7/12/2018

El callejero como arma política

Ejercito

Avenida del Ejército, con la ciudadela a la izquierda

Foto tomada de Diario de Navarra

El callejero de una ciudad constituye la decantación histórica de los gustos y querencias de una determinada comunidad a lo largo de los siglos. En nuestro caso, casi todos los núcleos urbanos de cierta entidad contienen los siguientes elementos: calles con nombres relativos a la posición en el propio núcleo (mayor, medio, bajera) o ubicación topográfica (castillo, eras), advocaciones del santoral (Santa María, San Salvador, San Martín, San Fermín, San Francisco Javier), gremios que lo habitaron (carpintería, herrería, zapatería, mercaderes), iglesias y conventos existentes en su recinto urbano (Carmen, descalzos, recoletas, Compañía), y referencias geográficas varias (ríos, montes, pueblos y ciudades), entre otras. A ellas se fueron añadiendo, con motivo de la expansión urbana, nombres de reyes y figuras relevantes de la política, la religión, la cultura y las artes. Fue a lo largo de los siglos XIX y XX, cuando buena parte de las calles existentes cambiaron de nombre con motivo de guerras, revoluciones, cambios drásticos de forma de Estado o de gobierno, y golpes militares. Fueros, república y constitución fueron denominaciones intercambiadas con frecuencia a lo largo de estos dos siglos. Por supuesto, la llegada de la dictadura franquista incorporó al callejero la inevitable Francisco Franco, unido a una serie de personajes vinculados al régimen.

La llegada de la etapa democrática supuso una cierta limpia en el callejero tradicional. Se añadieron algunas, Constitución sobre todo, y se eliminaron otras, Franco, la más frecuente. Todo ello generó un cierto debate en los medios, pero apenas pasó de ahí dado lo razonable de las propuestas. Finalmente, la ley de memoria histórica en vigor, exigió la eliminación del callejero de nombres vinculados al franquismo, y con alguna reticencia mayor, tampoco generó mayores problemas.

Pero el sorpresivo anuncio del alcalde de Pamplona de la eliminación de la avenida del Ejército del callejero de la ciudad, supone un salto cualitativo que no puede ser obviado. ¿Qué razones lo justifican? Si nos guiamos por lo reflejado en los medios de comunicación “continuar visibilizando a las mujeres relevantes en el callejero de la ciudad”. No parece mala idea si se aprovecha para dotar de nombre a las nuevas calles o sustituir las que resulta obligado hacerlo. ¿Pero qué obliga a cambiar de nombre a la avenida del Ejército, arteria consolidada, nacida en 1963, siendo alcalde de Pamplona Miguel Javier Urmeneta, y que ocupa un espacio donde se ubicaron los cuarteles e instalaciones militares de la ciudad? La respuesta es simple: nada, solo la voluntad de eliminar la referencia al ejército español. Dudo mucho que esto se hubiera producido si hubiera estado dedicada al ejército navarro, si alguna vez existió como tal.

Y es que ese ejército español, al que Asiron y los suyos parecen querer identificar con el ejército franquista, también es el ejército que luchó en la guerra de la independencia, el de los golpes de estado liberales, el ejército de la república o el que no se sumó al golpe de estado del 23F. Es, sobre todo, el ejército al que la Constitución española de 1978 encomienda “garantizar la soberanía e independencia de España, defender su integridad territorial y el ordenamiento constitucional”. Y, en este contexto, es el ejército que por su aportación en misiones de paz propició que la plaza mayor de Mostar en Bosnia, lleve el nombre de plaza de España. Ironías del destino, uno de sus servidores, Pedro Bereterra, nacido en el valle de Roncal, enrolado con el nombre de Pedro Navarro en las filas del Gran Capitán, recibió por sus servicios en la batalla de Ceriñola (1503) -reinando en Navarra precisamente Catalina de Foix- el título de Conde de Oliveto. calle que linda con la avenida del Ejército.

Como verán ustedes no hablo de Catalina de Foix, porque me merece todo el respeto y es solo la excusa utilizada. A sus cualidades añadiré una que yo valoro mucho: el intento de creación de una universidad en Pamplona en 1499. Para evitar ser catalogado de beaumontés, les diré que el año pasado, con motivo de un viaje con mis alumnos de arte navarro al sur de Francia, iniciamos nuestro periplo acercándonos hasta Lescar para recordar a los reyes navarros que allí descansan. Viaje que este año repetiremos con los alumnos de historia de Navarra a Oña, Nájera y de nuevo Lescar, No con ánimos irredentistas, sino para conocer mejor una historia que nos ha situado en Navarra, España y Europa, un ámbito privilegiado en un mundo convulso como el que nos encontramos.

Conozco y respeto al que fue mi colega docente en historia del arte, el doctor Asiron, al que tengo por persona razonable, instruida y culta. Pero reconozco que el alcalde Asiron presenta un perfil bien distinto. Como uno es bien pensado, achaquémoslo a las malas compañías.

Diario de Navarra, 13/12/2018

 

La mujer en la Navarra de la posguerra

Pierola

Ficha técnica

Título: Mujer e ideología en la dictadura franquista. Navarra (1939-1960)

Autora: Gemma Piérola Narvarte

Editorial: Pamiela

Lugar y fecha de edición: Pamplona, 2018

Páginas: 352

Precio: 24 euros

Pese a constituir la mitad de la población, la presencia de la mujer en la historiografía tradicional ha sido a la largo de la historia meramente testimonial. Limitada a personajes singulares, normalmente vinculados a relevantes ejemplos en el orden político, religioso, social o cultural, el resto parecen no existir. Este relato monocorde, realizado además por varones, llega hasta el mismísimo siglo XX en el que la perspectiva de género, unida a la presencia activa de destacadas historiadoras, consigue hacerse un hueco en la historiografía académica. Este hecho cabe situarlo para España en los años setenta, concretado en publicaciones y debates de indudable interés.

En este contexto cabe situar la tesis doctoral de Gemma Piérola, Mujer e ideología en la dictadura franquista. Navarra (1939-1960), leída en la Universidad Pública de Navarra en 2011. Siete años después, acaba de aparecer el libro del mismo título, que paso a comentarles.

Dejemos bien sentado un asunto no menor: una tesis doctoral -ahora que están en solfa algunas de personajes notorios- es un trabajo original de investigación, normalmente arduo y complejo, realizado con una metodología científica. Pese a que tesis y libro no son, ni deben ser, la misma cosa, el texto de nuestra autora deja bien a las claras el origen y la metodología del mismo: las abundantes notas a pie de página, las relación exhaustiva de fuentes de todo tipo utilizadas, y la completa bibliografía que cierra el volumen, así lo acreditan.

Gemma Piérola, consciente de las limitaciones de los escasos e incompletos estudios existentes, limita su estudio a la mujer navarra durante el primer franquismo, el periodo más difícil y oscuro de la dictadura. Ello le permite abrir líneas de investigación y profundizar en el objeto de estudio, valiéndose además de la utilización de fuentes orales ideológicamente dispares, sin ocultar sus limitaciones, que ella misma enumera: la presencia de otros grupos de mujeres vinculados a partidos y sindicatos de izquierda y nacionalistas, y la represión, cárcel o formas de resistencia femenina durante la dictadura.

El volumen aborda cuatro cuestiones básicas, en palabras de Inmaculada Blasco, autora del prólogo: “la situación que vivieron las navarras en la inmediata posguerra, presidida por la represión, el hambre y el miedo; el modelo de feminidad ideal que impuso la Iglesia católica, uno de los principales aliados, y pilar, del franquismo; los roles de género que la publicidad difundió a través de los medios de comunicación provinciales; y, por último, la implantación de las organizaciones femeninas de encuadramiento permitidas por el régimen de Franco”, concretadas en la Sección Femenina de Falange, las Margaritas carlistas y las ramas femeninas de Acción Católica.

El resultado es francamente satisfactorio. Sin las orejeras y visión unidireccional que a veces acompañan a otros trabajos radicalmente feministas, Gemma Piérola ofrece una visión sólida y equilibrada de un periodo al que pertenecen las navarras de hoy que tienen más de 70 años. Ante el cambio tan brusco experimentado, no puedo menos que subrayar la capacidad de adaptación de dicha generación, elemento clave para entender nuestro presente. Tras un texto de tanto interés, solo echo en falta un mayor desarrollo de las conclusiones que, tal vez, el libro se merecía.

Cabe subrayar, para terminar, la limpia y adecuada presentación de la edición, en la buena línea de Pamiela.

Diario de Navarra, 7/12/2018