Domingo de Ramos en Alloz

14 abril 2014

Un año más, comienzo la Semana Santa en Alloz. He acompañado a la comunidad cirtesciense, con algunas ausencias, desde hace 30 años. Todos éramos más jóvenes, y la comunidad también, además de más numerosa. Hoy quedan 17 hermanas y los cambios son evidentes. Frente a la larga fila de monjas de antaño, apenas una docena han podido seguir la procesión por el claustro y asistir desde su sitio en la sillería de la iglesia al acto litúrgico. Se nota además la ausencia de la madre Rosa, la abadesa de la comunidad hasta hace escasos meses, y persona clave en la parte musical de la liturgia. Daba la sensación de cierta horfandad y de falta de liderazgo. Y eso que el capellán es un joven monje de la trapa de San Isidro de Dueñas, con buena voz, buen hacer litúrgico y correcto en sus reflexiones homiléticas.

Pero lo importante no es lo dicho hasta ahora, sino el espacio de oración que Alloz supone y la atmósfera que nos envuelve y que permite adentrarnos en el Misterio de la Pasión, Muerte y Resurrección del Señor.

Tras la bendición de los ramos en la huerta del monasterio, iniciamos una procesión que nos lleva por el claustro para culminar en la iglesia. Durante la misma entonamos unas melodías que ensalzan la entrada en Jerusalén. Ya en el claustro, sencillo e impecablemente limpio, cantamos el Himno a Cristo Rey en gregoriano “Gloria laus tibi sit”, y de nuevo volvemos a entonar el ¡Hosanna en el cielo! con el que comenzamos la eucaristía.

Las lecturas del ciclo A son especialmente ricas: unos versículos del libro de Isaías referidos a la figura del Siervo de Yahvé, la carta de San Pablo a los Filipenses relativa al modo en que Cristo salvó al mundo, y la Pasión según San Mateo.

El versículo tras la segunda lectura resume bien el contenido de toda la Semana: “Cristo, por nosotros se sometió incluso a la muerte, y una muerte de cruz. Por eso Dios lo levantó sobre todo y le concedió el Nombre-sobre-todo-nombre”.


Nuevas responsabilidades

5 abril 2014

Poco ha durado la tranquilidad jubilar. La semana pasada, tras una reunión de los presidentes de los Consejos Sociales del grupo G9, fui designado su presidente para los dos próximos años. Argumenté en la reunión que era la persona menos indicada para asumir el cargo, dado que hacía solo tres meses que había sido elegido presidente del Consejo Social de la Universidad Pública de Navarra. Pero tampoco podía negarme a aceptarlo,  dado que había sido uno de los promotores de la iniciativa.

El G9 lo conforman un grupo de universidades públicas que presentan una peculiaridad: son las únicas existentes en su Comunidad. La enumeración es la siguiente: Asturias, Cantabria, País Vasco, La Rioja, Pública de Navarra, Aragón, Islas Baleares, Castilla la Mancha y Extremadura. Tras mi toma de posesión tuve la oportunidad de cambiar impresiones con los presidentes de La Rioja, Aragón, Asturias y Castilla La Mancha. Todos coincidimos en un diagnóstico similar: la Universidad española necesita cambios, que los Consejos Sociales, representantes de la sociedad en la propia universidad, deben alentar y propiciar. Dado que la Conferencia de Consejos Sociales de España no funciona adecuadamente y lleva una vida mortecina, parecía oportuno unir los intereses de las nueve Comunidades de cara a trabajar una serie de objetivos comunes, a fin de ser interlocutores reales ante las instancias de la propia conferencia, el G9 de los rectores, los gobiernos autónomos o el Ministerio de Educación.

A ello nos hemos comprometido en Zaragoza. La tarea no es fácil, pero merece la pena intentarlo. Por ganas y trabajo, no quedará.


Honrar a los vivos

3 abril 2014

En un sistema democrático conviene diferenciar con claridad entre simpatía e incluso admiración personal y política, e ideología y sentido del voto. Pongamos un ejemplo. Yo, que nunca voté a Suárez, le profesé siempre una cierta simpatía personal por sus indudables méritos y virtudes, simpatía que se acrecentó tras el golpe de estado de Tejero, donde su gallardía personal representó como ninguna el anhelo de un pueblo digno y libre. Por contra, he votado a personas con las que he coincidido políticamente, sin que su vida y su obra fueran necesariamente cercanos a a mis parámetros vitales. Cosas de nuestro sistema electoral, donde las listas cerradas obligan a una elección no selectiva.

Hemos asistido estos últimos días a las honras fúnebres y al luto nacional por la muerte de Adolfo Suárez. Ha sido un duelo sentido y generalizado, solo roto por algunas intemperancias como la protagonizada por los grupos nacionalistas en el Parlamento de Navarra, como si los españoles quisiéramos compensar con el afecto final, el desafecto que de forma muy mayoritaria le brindamos en la última etapa de su gobierno y en la aventura a la que se lanzó tras la creación del CDS. No obstante, en ambas manifestaciones, -afecto y desafecto- el pueblo español ha tenido una actitud más templada que sus dirigentes, crueles hasta el extremo en aquella época, y melosos, en algún caso hasta el empalago, en el momento presente. Pero una vez más ha quedado demostrado que sabemos enterrar dignamente a nuestros muertos.

Constatada de forma fehaciente esta cuestión, surge una pregunta complementaria: ¿honramos de la misma manera a los vivos? La respuesta no deja lugar a dudas: evidentemente no. Apliquemos este principio a dos momentos de nuestra historia reciente, referidos a España y a Navarra.

Cuando se echa la vista atrás y se contempla la España que dejó el franquismo, uno no puede menos que experimentar una gozosa sensación de alivio y satisfacción. Alivio, porque pasar de un régimen autoritario a uno democrático, incluidas sus imperfecciones, no es fácil, y nosotros, todos nosotros, hicimos una transición de libro. Satisfacción, porque la España que acaba de entrar en el siglo XXI, se parece muy poco a la que inició la transición en 1975, con la muerte de Franco. Y esto en cualquier ámbito que se considere: económico, social, cultural, educativo o religioso. También en esto se equivoca el refrán cuando señala que cualquier tiempo pasado fue mejor. Y esta tarea, obra de todos, la lideraron una generación de españoles de todo signo y color político, que todavía viven en buena parte, y que se merecen el recuerdo y la gratitud de todo el país. En estos tiempos en que la clase política está tan denostada, es preciso recordar y reconocer el coraje, los principios morales, los ideales y el afán de servicio que caracterizó a una generación de españoles que, con radicales discrepancias de origen, supieron ceder, negociar y convenir en beneficio de todos. Y los de ahora, ¿por qué no?, preguntará más de un lector. En una solo frase, creo que falta grandeza de miras y sentido de Estado.

Si de España pasamos a Navarra, la situación no difiere sustancialmente. Poco tiene que ver la Comunidad en vías de desarrollo de los setenta, con la Navarra de principios del siglo XXI, ubicada, también con el esfuerzo de todos, en el pelotón de cabeza de las regiones de la Unión Europea. En todo caso, la transición en Navarra presentaba una dificultad adicional, ya que a la tradicional dicotomía izquierda/derecha se unía en nuestro caso la dialéctica nacionalista, con el macabro añadido de ETA actuando de forma implacable en nuestro territorio. Y sin embargo, la transición fue posible. Y lo fue por dos razones. La primera, porque el imperativo legal previsto en el Amejoramiento en favor del partido más votado en caso de ausencia de mayoría, hizo de la necesidad virtud. Y la segunda, porque los líderes políticos de esta etapa, sin duda una de las más brillantes de nuestra historia, aún con borrones de todos conocidos, interpretaron correctamente los anhelos de la mayoría, y sometieron sus legítimas aspiraciones políticas de partido a la consecución de objetivos al servicio de la Comunidad en su conjunto. También a ellos, algunos fallecidos, otros injustamente tratados, y los más felizmente jubilados, les debemos reconocer los valores cívicos que hicieron posible aunar fueros y modernidad, y concretarlos en una Comunidad propia y diferenciada, con altas cotas de autogobierno.

¿Y por qué ahora no es posible esto? Esta es la gran pregunta, cuya respuesta está en manos de los partidos que conforman el arco parlamentario. Las culpas están repartidas, y no a partes iguales precisamente. Harían bien los partidos en tomarse la pregunta muy en serio, no vaya a ser que la sociedad navarra, en recíproca actitud, dedica tomárselos a ellos como una broma pesada.

Diario de Navarra, ¾/2014


Cultura, entre la decepción y la esperanza

29 marzo 2014

Si preguntáramos a los ciudadanos cuál es la situación de Navarra, sin mayor especificación, estoy seguro que una buena parte se inclinaría por calificarla de mala. Este es el difuso estado de opinión que se ha instalado en la colectividad, fruto del delicado momento político, económico y social en que vivimos. La situación polìtica sigue cada día más enrarecida, sin que se atisbe solución alguna en el horizonte; el número de parados continúa por encima de los cincuenta mil, acostumbrados como estábamos a convivir con el pleno empleo; los jóvenes mejor preparados siguen saliendo al extranjero porque no encuentran empleos adecuados a su preparación; y el clima social es pesimista, dado que la crisis parece que ha llegado para quedarse.

Pero no conviene regodearse en lo negativo. Pese a las dificultades, el Estado de Bienestar sigue siendo una realidad entre nosotros. Y la educación, la sanidad y las políticas sociales continúan en parámetros que resisten bien cualquier comparación de Pirineos hacia abajo, aunque no brillan como lo hicieron antaño.

También la cultura fue un sector que nos dio grandes satisfacciones. La programación cultural de Baluarte y Gayarre, la red de casas de cultura diseminadas por el territorio, la otrora bien abastecida red de bibliotecas, son algunos de los programas estrella de la programación de Navarra. Pero esa sensación de satisfacción y cierto engolamiento que normalmente acompaña a las manifestaciones de las autoridades forales del ramo, caen como un castillo de naipes cuando nuestra programación se somete al dictamen de criterios externos y se hace en el contexto de la realidad española en su conjunto.

Eso es lo que ha sucedido, una vez más, con el barómetro del Observatorio de la Cultura, una encuesta semestral entre especialistas de las distintas artes sobre la calidad y la innovación en la programación cultural de las Comunidades y las ciudades. La novena consulta del Observatorio, respondida por 120 miembros del panel, se conoció la semana pasada y resulta descorazonadora. Respecto a la calidad de su programación cultural, Navarra se sitúa en la decimotercera posición, empatada con Canarias, La Rioja, Castilla La Mancha y las ciudades autónomas de Ceuta y Melilla. Sí, han leido bien, en el pelotón de cola, un poquito peor que el Osasuna en la liga. Hace justo un año, en la séptima consulta, Navarra se situaba en la novena posición, empatada con Aragón. En estos doce meses nuestra Comunidad ha sido adelantada por Murcia, Cantabria, Aragón y Extremadura. Si de la calidad pasamos a la innovación, hemos descendido dos puestos en un año, siendo superados por Extremadura y Aragón. Tampoco Pamplona sale bien parada del trance. No consigue entrar entre las 20 ciudades con más calidad de programación cultural, y ocupa el puesto vigésimo en innovación, empatada con León y Palma de Mallorca.

Cariacontecidos por el resultado, nos preguntamos: ¿Y todo esto por qué? La respuesta no es difícil de explicar y obedece a tres razones: unos presupuestos cada año más raquíticos, una ausencia de planificación, que impide saber a dónde vamos, y una falta de implicación de los responsables forales y municipales, que han dejado de considerar prioritario el sector cultural. Tres ejemplos serán suficientes para corroborar lo dicho: la cantidad consignada en los presupuestos de Navarra para Cultura en 2014 es, aproximadamente, el 0,73% del presupuesto de Navarra, la misma que en 1983. ¡Hace exactamente 31 años! El Plan Estratégico de Cultura de Navarra duerme el sueño de los justos, escondido en un cajón, y el de Pamplona, el equipo municipal decidió no culminarlo, tras haber gastado varios cientos de miles de euros en el empeño. Finalmente, uno de los programas más coherentes y exitosos del departamento, el INAAC, acaba de recibir inexplicablemente, su sentencia de muerte.

¿Cabe esperanza ante semejante panorama? Sí, y no deberíamos tirar la toalla, por duro que resulte. Este martes, los grupos políticos presentes en el Parlamento comenzaron a debatir el proyecto de Ley Foral de Mecenazgo Cultural. El texto del gobierno es un válido punto de partida. Pero algunas de las enmiendas presentadas permiten mejorarlo sustancialmente y abrir una puerta a la esperanza. Si la ley consigue materializar un compromiso inequívoco de los poderes público con la cultura, y propiciar una práctica cada vez más generalizada del micromecenazgo cultural, la ley puede constituir un antes y un después en el sombrío panorama de la cultura navarra y un hito a nivel nacional. El próximo Barómetro debería recoger la aparición de la norma de Navarra, pionera a nivel estatal. ¿No vamos a ser capaces de ponernos de acuerdo ni siquiera en esto?


La vida simple (II)

24 marzo 2014

Estas son algunas de las reflexiones del libro que me han gustado especialmente.

Empujo la puerta de la cabaña. En Rusia, la formica triunfa. Setenta años de materialismo histórico han aniquilado todo sentido estético en el ruso. ¿De dónde viene el mal gusto? ¿Por qué hay linóleo en lugar de nada? ¿Cómo fue que el kitsch se apoderó del mundo? La avalancha de los pueblos hacia lo feo fue el principal fenómeno de la mundialización. Para convencerse basta con circular por una ciudad china, observar los nuevos códigos de circulación del Correo francés, o la ropa de los turistas. El mal gusto es el denominador común de la humanidad” (12 de febrero)

La cabaña es una caja de cerillas. Hija del bosque, destinada a la podredumbre: los troncos de las paredes eran los mismos árboles que se alzaban en lo que ahora es claro. Cuando su propietario la abandone volverá al humus. Ofrece en su simplicidad una protección perfecta contra el frío invernal. No afea el paisaje que la aloja. Junto con la yurta mogol y el iglú esquimal, comparte el podio de las más bellas respuestas humanas a la adversidad del medio” (12 de febrero)

Habría que erigir en principio el consejo de Baden-Powell: al marcharse del sitio del campamento, dejar solo dos cosas. La primera, nada. La segunda, las gracias. ¿Lo esencial? No pesar demasiado sobre la superficie del globo” (18 de febrero)

El hombre libre es dueño del tiempo. El hombre que domina el espacio es apenas poderoso, E nla ciudad, los minutos, las horas, los años se nos escapan, Corren desde la llaga del tiempo herido. En la cabaña, el tiempo se calma, se acuesta a nuestros pies como viejo perro amable y, de pronto, ya no sabemos que existe. Soy libre porque mis días lo son” (3 de marzo)

Para llegar al sentimiento de libertad interior, se necesita espacio en abundancia y soledad. Hay que agregar el dominio del tiempo, el silencio total, la sobriedad de la vida y la cercanía del esplendor geográfico. La ecuación de estas conquistas lleva a la cabaña” (11 de marzo)

Me adormezco leyendo un poco de poesía china. Aprendo de memoria un verso que servirá en una conversación cuando me encuentre sin argumentos. “En todo esto hay una significación profunda. A punto de expresarla, he olvidado las palabras” (25 demarzo)

Cada vez que los pescadores rusos visitan mi cabaña tengo la impresión de que la división de caballería ha venido a acampar en mi jardín. Fatalismo, espontaneidad, despotismo: los rasgos del carácter mogol inoculados en el sistema venoso eslavo. El nómada aflora bajo el leñador. El rerrible marqués de Custine tenía razón: “Rusia se ha encargado de traducir Asia a Europa”(1 de abril)

Llevo una pequeña cruz ortodoxa al cuello. Amo a ese hombre que perdonaba a las mujeres adúlteras, ibas por los caminos con la boca llena de parábolas pesimistas, abucheaba a los burgueses y fue a suicidarse en lo alto de una colina donde sabía que le esperaba la muerte. Me siento parte de la cristiandad, esas tierras donde hombres que habían decidido venerar a un dios que profesaba el amor dejaron entrar a sus ciudades la libertad, la razón y la justicia. Lo que no me atrae es el cristianismo, ese nombre que se le da al retorcimiento que hace el clero de la palabra evangélica, esta alquimia de brujos con tiaras y campanillas que han transformado una palabra ardiente en código penal. Cristo habría debido ser un dios griego” (23 de mayo)

A las ocho, todas las tardes, el sol logra deslizar un rayo por una grieta entre las cumbres. Me importa poco saber si el responsable de esta belleza es Dios o el azar. ¿Acaso hay que conocer la causa para gozar del efecto? (24 de mayo)

Los viajeros apurados necesitan cambiar. No encuentran suficiente el espectáculo de una mancha de sol sobre un talud arenoso. Su lagar está en un tren, o frente al televisor, pero no en una cabaña. A fin de cuentas, el único peligro que amenaza al ermitaño, además del vodka, el oso o las tormentas, es el síndrome de Stendhal, la sofocación ante la belleza” (26 de mayo)

El ermitaño acepta no pesar nada en la marcha del mundo, no contar para nada en la cadena de las causalidades. Sus pensamientos no modelarán el curso de los hechos, no ejercerán influencia sobre nadie. Sus actos no sognifcarán nada (salvo quizás ser objeto de algún recuerdo) ¡Qué liviandad hay en esta idea! Y cómo preludia el desasimiento final: nunca nos sentimos tan vivos como al estat muertos para el mundo” (29 de mayo)

Rainer María Rilke decía: si tu vida cotidiana te parece pobre, no la acuses. Acúsate a tí mismo de no ser lo bastante poeta para percibir sus riquezas” (3 de junio)

En el borde la playa se abren las anémonas. Avispas y abejas r inventse embriagan. ¿Por qué Dios en su infinita sabiduría, no hizo que el hombre creyera en El benditamente, sin dudas ni cuestionamientos? Haber inventado esta cosa tan perfectamente inexplicable como la fecundación de las flores por los himenópteros y haber olvidado dar señales tangibles de Su existencia, ¡qué negligencia! (7 de junio)

Hoy, cuando se conoce a alguien, apenas después del apretón de manos y una mirada furtiva, se toma nota de los nombres de sitios y blogs. La sesión ante la pantalla ha reemplazado a la conversación. Después del encuentro, no conservaremos el recuerdo de los rostros o de los timbres de voz, sino que tendremos tarjetas con números. La sociedad humana ha logrado un sueño: frotarse las antenas al modo de las hormigas. Un día, nos contentaremos con olernos” (10 de julio)

La vida en cabaña en una lija. Raspa el alma, desnuda el ser, vuelve salvaje el espíritu e hirsuto el cuerpo, pero abre en el fondo del corazón papilas tan sensibles como las esporas. El ermitaño gana en dulzura lo que pierde en civilidad” (16 de julio)


La vida simple (I)

21 marzo 2014

Acostumbrados a nuestra civilización, la propuesta era interesante. Así la expresa el autor en la presentación de su libro: “Me había prometido vivir como ermitaño en el fondo de los bosques, antes de cumplir los cuarenta años. Me instalé durante seis meses en una cabaña siberiana a orillas del lago Baikal, en la punta del cabo de los Cedros del Norte. Tenía el pueblo más cercano a ciento veinte kilómetros, ningún vecino, ni rutas de acceso; a veces, una visita. En invierno, temperaturas de treinta grados bajo cero, en verano osos en la ribera. En resumen, el paraíso. Llevé libros, puros y vodka. El resto -el espacio, el silencio, la soledad- ya estaba allí. En ese desierto me inventé una vida sobria y bella, viví una existencia reducida a gestos simples, miré los días pasar, frente al lago y el bosque. Corté leña, pesqué la cena, leí mucho, subí a las montañas y bebí vodka, mirando por la ventana. La cabaña era un puesto de observación ideal para captar los estremecimientos dela naturaleza. Conocí el invierno y la primavera, la felicidad, la desesperación y, finalmente, la paz”.

Al final del libro, su experiencia se resume en una frase: “Es bueno saber que en un bosque del mundo, allá lejos, hay una cabaña donde algo es posible, situada no muy lejos de la dicha de vivir”.

Y ¿qué hay entre medio? Un experiencia radical, condensada en la autosuficiencia -pesca y recolección de frutos silvestres- a los que el autor añade puros habanos y vodka en superlativa abundancia; mucho ejercicio físico en forma de caminatas interminables por el lago helado y la montaña, además del corte de leña imprescindible en un clima tan hostil; y mucha y variada lectura que sorprende por su variedad y erudición. También el amor y el desamor hacen su presencia de forma inesperada. “Y de pronto todo se derrumba. En la pantalla del teléfono satelital que reservo para las urgencias y no he utilizado todavía aparecen cinco líneas, más dolorosas que una quemadura con hierro candente. La mujer que amo rompe conmigo. No quiere más a un hombre que es un feto llevado por las corrientes. He pecado por mis huidas, mis evasiones y por esta cabaña”. (16 de junio) ¿La amaba de verdad? ¿Es posible que no haya tenido ni un solo pensamiento que reflejar hacia ella desde el 9 de febrero que inició su diario?

Las reflexiones se concretan en un diario multiforme que lo mismo abarca un poética descripción de la naturaleza, una enumeración de sus andanzas, que unas selectas y sesudas reflexiones sobre las cuestiones más variadas. No es un libro fácil, pero su interés resulta indudable.

Sylvain Tesson, La vida simple, Alfaguara, Madrid, 2013


Maestros que se nos van

15 marzo 2014

En la educación católica que acompañó nuestra niñez y juventud, la figura del director espiritual ocupaba un lugar relevante. Ni que decir tiene que su importancia era todavía mayor en los seminarios o colegios apostólicos que preparaban a los jóvenes de ambos sexos para la vida religiosa. Su práctica constituye una línea de actuación que hunde sus raíces en la historia de la Iglesia y ha dado como fruto una escuela abundante, variada y fecunda de figuras señeras y de textos escritos para acompañar a este proceso siempre delicado.

Tras los cambios aportados por el Vaticano II, la estricta figura del director espiritual, onmipotente conductor de almas, ha perdido fuerza, pero la necesidad de acompañar un proceso de búsqueda personalizada de la fe se mantiene inalterable. Y esto, cualquiera que sea el modelo de vida del creyente, laico o consagrado, que no es, ni de lejos, lo más importante.

En este panorama ciertamente confuso, donde algunos pretenden seguir a Jesús de Nazaret en la vida ordinaria, aparecen personas especialmente dotadas par el discernimiento espiritual, que constituyen un verdadero don de Dios para quien lo necesita. Este fue mi caso. En un determinado momento de mi vida, especialmente crucial, por sugerencia de un amigo, recurrí a Elías Cabodevilla. Me recibió en un modesto despacho de la iglesia de San Antonio de Pamplona, me escuchó con atención, y en un rasgo que le honra, me sugirió plantear la cuestión a un franciscano, Javier Garrido, del que no había oido hablar. Me fié de ambos, y con Javier Garrido, además de encarrilar mi vida, puedo decir que comencé a intuir, entre tropiezos y dificultades, una nueva vida espiritual en la que Dios es Padre Bueno, más que Juez implacable. En los últimos treinta años, no son pocas las ocasiones en las que Elías Cabodevilla, en la capilla penitencial de San Antonio, bajo la atenta mirada del bellísimo Crucificado de Alonso Cano, me ha recordado esa misma realidad. Por eso, hace unas semanas, cuando me enteré de su muerte repentina, me uní a una iglesia abarrotada, y recé y di gracias a Dios por su vida y por su obra.

Esta misma búsqueda, siempre a través de amigos interpuestos, me ha llevado a recabar el apoyo de otra persona especialmente dotada para el discernimiento y el acompañamiento espiritual, Teresa Iribarnegaray. Sus retiros y ejercicios, nada fáciles por lo intenso de los mismos, constituyen momentos propicios para la reflexión y el encuentro con Dios y con uno mismo. Suelen terminar con una eucaristía compartida, donde la cercanía y el calor humano y espiritual se hacen presentes. En algunas ocasiones, el sacerdote que ha presidido la celebración ha sido José Enrique Ruiz de Galarreta, jesuita recientemente fallecido. He aquí otra referencia en materia de acompañamiento espiritual. Sus celebraciones, sus charlas y sus escritos han dejado profunda huella entre nosotros. No pude ir a su funeral, que seguro que fue emocionante, pero me acerqué el día anterior al colegio de San Ignacio y visité su capilla ardiente, escasa en flores, como seguramente él previó, pero llena de personas que testimoniaban su cariño para decirle simplemente gracias.

Se nos han ido dos maestros, a los que muchos creyentes, entre ellos yo, debemos mucho. Es el momento de recordarlos, dar gracias a Dios por su vida y por su obra, y tratar de poner en práctica su mensaje.


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