¿Qué hacemos con los Caídos?

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Vista frontal del Monumento a los Caídos

En las últimas semanas, Diario de Navarra está recogiendo un interesante y fructífero debate en torno al monumento a los Caídos. Sin otro ánimo que el de contribuir a un intercambio de opiniones que deseo respetuoso y documentado, desgrano algunas reflexiones en torno al mismo.

Todo edificio, y más si tiene un carácter público, es hijo de su tiempo y está preñado de simbología, en unos casos explícita y en otros más oculta. De todo tenemos en nuestra larga, compleja y fructífera historia. Pero habrá pocos en nuestra tierra que la presenten tan rotunda y unidireccional como el que nos ocupa.

Comencemos por los hechos históricos. No es la primera vez que la guerra civil nos ha dividido y empapado en sangre. Luchas fratricidas entre burgos, beaumonteses contra agramonteses, navarros en ambos ejércitos que se enfrentaron en la conquista de Navarra por Castilla, en la Guerra de Sucesión, en las guerras napoleónicas, en las guerras carlistas y, finalmente, en la guerra civil. Si nos circunscribimos a ésta última, el episodio más sangriento y cruel de nuestro siglo XX, convendría subrayar tres datos diferenciadores de las otras contiendas civiles: aunque fueron clara mayoría los contendientes que lucharon en el llamado bando nacional, la legalidad democrática, por imperfecta que ésta fuera, no estaba de su parte; los asesinados y represaliados, básicamente republicanos, no lo fueron en el frente bélico, sino en la retaguardia; y, finalmente, la gran mayoría de la jerarquía católica se decantó claramente del lado de los sublevados, dando carácter de cruzada a lo que fue una cruenta guerra civil.

Por todo ello no sorprende que, para conmemorar a los Caídos por Dios y por España -por utilizar la terminología de la época- , el régimen emergente, bendecido por la jerarquía católica española, levantara un monumento que, en el estilo arquitectónico dominante, exaltara a los combatientes de uno de los bandos. Y dada la importante contribución de Navarra al alzamiento y la victoria, tampoco sorprende que sea éste el monumento más significativo, tras el Valle de los Caídos.

A la vista de lo dicho anteriormente, bastante incontestable, hay quien se inclina por demoler el edificio, dada la rotundidad de su simbología y lo explícito de su finalidad. No comparto esta opinión. Yo soy partidario de conservarlo por tres razones que, muy sucintamente, expongo a continuación.

La primera, de carácter patrimonial. El edificio no es una pieza maestra arquitectónicamente hablando, pero estamos en Pamplona, está bien resuelto, tiene dignidad suficiente y es representativo de una época que forma parte de nuestra historia.

La segunda, de carácter histórico. Como hemos visto, los episodios guerracivilistas no han sido infrecuentes a lo largo de nuestra historia. Sin embargo, ésta la debemos asumir en su totalidad,

tratando de situar los acontecimientos en su contexto. En unos casos serán ejemplos positivos y, en otros, ejemplos negativos de los que también se pueden extraer lecciones para el futuro. Nos sorprendería saber que buena parte de los navarros nacidos a partir de los años sesenta del pasado siglo, es decir la mayoría, desconocen el origen y el significado del edificio.

La tercera, de carácter cultural. De acuerdo con la Ley de Memoria Histórica, el edificio debe perder todo significado de exaltación del régimen franquista, cosa que ya se ha hecho. Pero no es suficiente. En mi opinión, la redención del edificio, aunque con dificultades, se la ofrecerá un nuevo y acertado uso cultural, sostenido en el tiempo. Creo además que el edificio debe recuperar su dimensión navarra más que estrictamente pamplonesa. Por todo ello, mi propuesta sería diseñar un espacio que fuera un memorial cívico que recordara a las personas y los hechos más significativos de nuestra historia. Sin inversiones extraordinarias, ya que los medios audiovisuales y las nuevas tecnologías deberían ser elementos básicos del proyecto. Y como nuestra historia no es precisamente pacífica, a fin de evitar un nuevo debate, resultaría imprescindible que el proyecto y sus contenidos tuvieran un carácter estrictamente técnico y los acometiera una comisión multidisciplinar elegida por el Parlamento de Navarra por mayoría de dos tercios, a fin de garantizar el consenso y la continuidad del proyecto.

La mía es una modesta aportación al debate. La experiencia nos dice que los edificios que pierden su uso se deterioran rápidamente y resulta cada vez más difícil darles nueva utilidad. De ello tenemos lamentablemente ejemplos palpables en nuestra tierra. Que el nuevo uso sirva para olvidar precisamente los horrores de la guerra civil, porque lamentablemente aquella guerra no la ganó nadie ya que la perdimos todos.

Diario de Navarra, 23/2/2017

Viaje a Sicilia. El estilo árabe-normando (II)

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Portada de la catedral de Monteale

Tras la noche, con movida musical incluida, amanece con tiempo frío pero soleado. La visita la comenzamos por Monreale, a escasos siete kilómetros de Palermo. Se trata de aprovechar el menor tráfico y poder ver la catedral de Santa María la Nueva en las mejores condiciones. Estamos casi solos y con la ayuda del pinganillo todo se desarrolla en perfecto orden.

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Comenzar por Monreale tiene un inconveniente. Es tan grande su categoría, que todo lo demás parece cuestión menor. Pero también una ventaja, expresada por los alumnos con admiración: su visita, contemplación y deleite justifican el viaje.

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El grupo sigue absorto las explicaciones de la guía

Esta dinastía normanda merece capítulo aparte en la historia de Sicilia. Aportaron tolerancia, innovación política y administrativa y un gusto exquisito por el arte. Monreale es todo suntuosidad, elegancia y esplendor, con el mosaico convertido en biblia en piedra como elemento dominante.

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Vista general del claustro adosado a la catedral

¡Qué viveza de imágenes, dominio del color y riqueza de oros y mármoles! Resulta casi milagroso que haya llegado a nosotros en condiciones casi intactas. Suelo, paredes y bóvedas reflejan como el primer día el mundo en el que fueron concebidas y afortunadamente solo han sufrido pequeños añadidos que apenas han variado la fisonomía del conjunto.

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Los alumnos pasean por el interior del claustro

Todo el esplendor de los mosaicos interiores se vuelve austeridad en el exterior. Tanto la logia que da a la plaza del ayuntamiento, con sus elegantes arcadas del quattrocento, como las torres de defensa y los muros bajos, saeteras incluidas, indican bien a las claras su respectiva misión.

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Plaza de Monreale, con el ayuntamiento en primer término

Tras un relajado café en los bares de la plaza, iniciamos el descenso hacia Palermo, tan cerca en el espacio y con intereses y objetivos tan distintos. El palacio real reúne buena parte de la historia de Sicilia en el medievo y la época moderna. Hoy sede del parlamento regional, los medios de seguridad se endurecen, detector de metales incluido. Una vez en el interior nos interesan dos piezas sobre el resto: la capilla palatina y el patio de los virreyes.

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Vista del Patio de los Virreyes, situado en el Palacio Real

 

 

 

 

 

 

 

Esta capilla es otro ejemplo inmortal del estilo árabe-normando. De nuevo el fulgor de los mosaicos y el oro brillan por doquier. Y afortunadamente también, solo algunos elementos han sido modificados. Con mucha razón, el conjunto de piezas de Palermo y Monreale ha sido declarado Patrimonio de la Humanidad. El patio de los virreyes es un imponente conjunto del siglo XVI, similar a los existentes en otras muchas zonas de España. El ejemplo más arquetípico, tal vez, de la presencia española en la isla.

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Interior de la Capilla Palatina con sus espléndidos mosaicos

Tras la comida en un restaurante de la ciudad, el autobús nos conduce a la catedral. Toda la emoción que la catedral de Santa María produce por el exterior, con sus arcos entrelazados, torres a los pies y hermosos ábsides, que definen claramente el estilo ya conocido, se vuelve frialdad académica en un interior radicalmente reformado en el último barroco, convertido casi ya en neoclásico.

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Vista del exterior de la catedral de Palermo y el palacio arzobispal

Y no le falta interés ni a la cúpula ni a la solución interior, incluida la tumba de Santa Rosalía, una riquísima urna de plata maciza, obra maestra de la plateria siciliana del siglo XVII.

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Todo el esplendor barroco es poco para honrar a Santa Rosalía, patrona de Palermo

El deambular por el caso histórico de Palermo nos lleva a la plaza próxima, con la estatua de Carlos V con todos los títulos de su imperio; al decadente esplendor de la propia plaza, llena de elegantes y desvencijados palacios barrocos; los Quattro Canti, apoteosis de la monarquía hispana representada por los virreyes más temidos que amados; la escenografía barroca de la fuente del ayuntamiento que en su dimensión asfixia la propia plaza; el esplendor y el lujo de barroco religioso palermitano, representado en la iglesia de los teatinos, con sus columnas monolíticas, su techo lleno de estucos y pinturas, y sus capillas de mármoles taraceados.

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Detalle del mármol taraceado, típico del barroco palermitano

Pero con ser mucho lo visto, todavía nos queda una sorpresa para finalizar. Aprovechando el comienzo de la temporada de ópera, sugerí la posibilidad no de ver el teatro Massimo, dedicado a Verdi, sino de asistir a la ópera Macbeth que teníamos en cartel. Tras muchos avatares, Laura, nuestra eficaz guía, nos consiguió entradas para el día 26, una vez dada la vuelta a la isla. Allí estaremos, si Dios quiere.

 

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El Teatro Massimo engalanado para la inauguración de la temporada de ópera

Viaje a Sicilia. Vuelta a Trinaclia (I)

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Tras la experiencia de dos años a Grecia con los alumnos del Aula de la Experiencia de la UPNA, este año hemos decidido variar el recorrido. Para rememorar los cuatro grandes periodos estudiados en el curso: griego, romano, románico -en su variante árabe-normando- y gótico, pocos destinos tan apetecibles y apropiados como Sicilia, la Magna Grecia de los textos clásicos.

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El primer alto en el camino en el área de servicio de Lleida

La propuesta fue acogida con interés por los alumnos, y al día siguiente de terminar el cuatrimestre, aprovechando las breves vacaciones, emprendimos el viaje. Ya sé que enero no es el mes más propicio, pero hasta ahora las ventajas han superado a los inconvenientes: el clima frío y la posibilidad de lluvia existen, pero la seguridad de no tener aglomeraciones y ver los edificios y museos casi solos no tiene precio, sobre todo si se ha vivido la experiencia del verano siciliano, en el que la isla se llena de turistas que, más que las playas, escasas y no muy renombradas, buscan otros alicientes como el turismo cultural.

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Momento del embarque en el aeropuerto de Barcelona

Salimos de Oteiza a buena hora, las cuatro y media de la mañana, en medio de la ola de frío que nos azota esos días. El termómetro del autobús marca 5 grados bajo cero, algo absolutamente inusual entre nosotros. Y a las cinco y cuarto de la mañana, los 50 componentes del grupo, de los que 40 son alumnos y 10 acompañantes, esperan tan ateridos como ilusionados nuestra llegada al Aulario de la UPNA. Todos estamos puntuales, buen inicio para el viaje a Barcelona, donde tomaremos el avión a las trece horas.

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La Via Vittorio Emanuele, desde el balcón del hotel

Del viaje, poco que decir: frío intenso; nieve en algunos tramos; algo de lluvia en otros; la parada reglamentaria en el área de servicio de Lleida, tras dormitar durante tres horas; y a las once, sin incidencia alguna, en el aeropuerto del Prat, en Barcelona.

Nos espera el representante de Politours, Marius Ortíz que, discreto y eficaz, nos ayuda en el embarque y las gestiones del viaje. Sin apenas tiempo para más, embarcamos en el avión que nos llevará a Palermo.

Pero la sorpresa, en materia de vuelos, salta donde menos te lo esperas. Tras el embarque, el capitán nos anuncia que tenemos diez aviones por delante de nosotros para el despegue y que, para ahorrar combustible, no nos moveremos hasta nuevo aviso. Los nervios se acumulan, pero yo cojo mi guía de Sicilia y procedo a una relajada lectura de sus primeras páginas, Me acompañó en mi primer viaje hace diez años a la isla y me acompaña también en éste, pese a que tiene quince años y ha sido actualizada.

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Otra vista de la vía Vittorio Emanuele en sentido opuesto

Tras una hora de espera, iniciamos vuelo, El momento del despegue me parece siempre imposible y pondero, una vez más, los avances de la técnica. Me agarro a la butaca, cierro los ojos, me encomiendo al Señor, recuerdo a los míos, y en poco más de dos horas estamos divisando Palermo, donde tomamos tierra a las cuatro de la tarde.

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Palermo esconde tesoros en todas las esquinas. Vista de la casa enfrente del hotel

Nos espera nuestra guía Laura, una buena profesional nacida en Catania, amable, servicial y con un buen español en su bagaje. El viaje a Palermo, casi 20 kilómetros de autopista, sirve para entrar en contacto con el paisaje y el paisanaje. La mafia enseguida se hace presente, ya que el aeropuerto se llama “Falcone y Borsellino” en honor de los dos magistrado asesinados en los años noventa del pasado siglo. Dos obeliscos, a mitad de camino y en la orilla de la autopista, recuerdan la masacre de Falcone, su mujer y sus escoltas. En la caseta próxima a la montaña, desde donde se dio la orden de explotar el explosivo, un cartel bien visible dice: “Mafia No”.

Es viernes, cinco de la tarde y a punto de anochecer. La entrada en Palermo nos permite adivinar algunas características de la ciudad: entre el mar y la montaña, caótica, llena de circulación, desordenada y bella. De una belleza oscura e intensa. Fue mucho más de lo que es, y guarda en su perímetro urbano historia y arte a raudales. Todo en cantidad y calidad, hasta el punto de no poder con todo ello.

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El balcón abombado es una de las señas de identidad de la isla

El paseo en autobús nos permite apreciar su estructura urbana. La calle Maqueda y la calle Vittorio Emanuele, ortogonales, se juntan en los Quattro Canti, corazón teatral de la urbe, que divide la ciudad en cuatro grandes barrios. Nuestro hotel está situado en la calle Vittorio Emanuele, junto al puerto, y es un viejo palacio de los siglos XVI-XVII rehabilitado. El balcón de la habitación, con los herrajes abombados tan característicos de Sicilia, ofrece una hermosa vista sobre la calle.

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Vista de la galería del hotel sobre el comedor

Nos lanzamos alegremente a conocer la ciudad, Tras una estupenda pizza acompañada de cerveza en una tasca a la que entramos a la salida del hotel, subimos la calle hasta Quattro Canti, tomanos la vía Maqueda -nombre tomado de uno de los virreyes españoles- hasta la plaza Verdi y el teatro Massimo, y por la vía Cavour volvemos al hotel dando un largo y agradable paseo. Mi primera impresión es la siguiente: ¡Cuánto se ha hecho y cuánto queda por hacer!.

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El teatro Massimo, iluminado y adornado para la inauguración de la temporada de ópera

Tras la cena, a dormir. Pero es viernes y la calle adyacente es un lugar de copas. Así que disfrutamos de un concierto inesperado, ya que un conjunto está tocando al aire libre, pese a ser enero. Afortunadamente terminan pronto y estamos rendidos.

La campaña de Manos Unidas

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Manos Unidas es la ONG de desarrollo de la Iglesia católica y de voluntarios, que trabaja para apoyar a los pueblos del Sur en su desarrollo y en la sensibilización de la población española.

Aunque todo el año activa, es ya tradicional que el segundo viernes de febrero tenga una especial actualidad propiciando el Día del Ayuno voluntario, al que sigue el domingo siguiente una colecta para recabar ayuda para sus proyectos. El lema de este año es “1/3 de nuestros alimentos acaba en la basura”, mientras 800 millones de personas siguen pasando hambre en el mundo.

En la misa dominical en la parroquia de Oteiza he recogido hoy el folleto que resume la actividad del año anterior y los proyectos para el 2017. El informe central del folleto se titula “El mundo no necesita más comida, necesita más gente comprometida” De él tomo las siguientes párrafos.

“Todavía hay cientos de millones de personas que pasan hambre en el mundo. Según el último informe del Programa Mundial de Alimentos, el hambre representa el mayor riesgo para la salud en el mundo. De hecho, mata a más personas cada año que el sida, la malaria y la tuberculosis juntos. Podemos destacar algunos datos recogidos en el informe:

– Dos tercios del total de personas que pasan hambre se encuentran en Asia, ya que es el continente más poblado. Sin embargo es el África subsahariana la región del mundo donde se encuentra el porcentaje más alto de hambrientos: una de cada cuatro personas está desnutrida.

– La desnutrición es la causa del 45% de las muertes de niños y niñas menores de cinco años, más de tres millones al año.

– Aproximadamente 100 millones de niños en los países en desarrollo tienen un peso inferior al normal, son uno de cada seis. Uno de cada cuatro niños y niñas en el mundo padecen retraso en su crecimiento, una cifra que se incrementa a uno de cada tres en los países en desarrollo.

– En estos países hay 66 millones de niños y niñas que asisten al colegio con hambre. Solo en África hay 23 millones. Se estima que con 2.300 millones de dólares al año se podría solventar esta terrible situación.

Las cifras nos apabullan, pero no conviene dejarse amilanar por su dimensión. Y tampoco sirve dejar en manos de los gobiernos la resolución de los problemas. ¿De verdad que no resulta posible poner cada uno nuestro granito de arena? La campaña de Manos Unidad es un aldabonazo a nuestra conciencia, sea ésta cívica o religiosa.

 

Andanzas sicilianas

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Vista del templo dórico de la Concordia en Agrigento

La UPNA puso en marcha desde el curso 2001-2002 un título propio, denominado Diploma en Humanidades y Ciencias Sociales, dirigido a las personas mayores de cincuenta años, que ha sido un éxito y goza de excelente salud. Casi desde su inicio, por invitación de la Universidad, imparto la materia de Arte Antiguo y Medieval, un cuatrimestre en el que procuro que los alumnos aprendan disfrutando y que lleguen a gustar el arte, un ámbito del saber que les hará pasar tan buenos ratos en la etapa en la que se encuentran. Como además viven en Navarra, un espacio artístico privilegiado en el que a no más de cincuenta kilómetros de su casa pueden disfrutar de obras artísticas de primer nivel, he procurado completar las clases teóricas con salidas in situ a diversos lugares emblemáticos para contemplar dichas obras. Creo que todos disfrutamos y que la experiencia es muy positiva.

 

Pero también a mi me ha llegado la jubilación, y ahora dispongo de más tiempo para hacer cosas que antes me resultaban imposibles. Por eso, desde hace tres años, el cuatrimestre termina con un viaje de fin de curso a lugares especialmente significativos. En los dos últimos años el país visitado ha sido la Grecia continental. Con frío, pero casi solos, hemos podido admirar la Acrópolis de Atenas, Micenas, Olimpia, Delfos o Meteora,

Este año, hemos elegido otro destino. Y pocos lugares tan apropiados para disfrutar de arte griego, romano, románico en su vertiente árabe-normando y gótico como Sicilia, la Magna Grecia de los textos clásicos, sin contar el renacentista y barroco, que lo verán en años sucesivos. Así que el 20 de enero, a las cinco y media de la mañana y a cinco grados bajo cero, salíamos del Aulario de la UPNA hacia Palermo, vía Barcelona. Imposible resumir todo el contenido del viaje en unas pocas líneas. Pero los siete intensos días nos permitieron conocer lo más granado de la isla. Palermo, la hermosa, caótica y desvencijada capital de la isla; Monreale, donde la gran catedral de Santa María la Nueva, recubierta de mosaicos, ha quedado varada en el tiempo cobijando lo más selecto de una época de verdadero esplendor; Segesta, donde la lluvia y la belleza llenaron a partes iguales el cuerpo y el espíritu de los cincuenta miembros del grupo; Agrigento, con un valle de los templos abierto casi exclusivamente para nosotros en una radiante mañana; Villa Casale, con sus impresionantes 20.000 metros cuadrados de mosaicos romanos en la mansión más completa de todo el imperio; Catania, la ciudad oscura y barroca, varias veces reconstruida tras los terremotos; Siracusa, donde acariciamos las columnas dóricas del templo griego, hoy convertido en la catedral cristiana; Taormina, donde evocamos a Edipo Rey en el teatro grecorromano, con el Etna al fondo; el estrecho de Mesina, con la punta de la bota de la Italia peninsular al otro lado; la Cefalú medieval, con una catedral donde el Pantocrator bizantino reina en su hierática belleza; para volver de nuevo a Palermo, disfrutar de una memorable sesión del Macbeth de Verdi en uno de los coliseos operísticos más espectaculares de Europa, el teatro Massimo, para recorrer después callejuelas y rincones inolvidables en su decrépita hermosura.

Y todo ello, con buen ánimo, compañerismo, sin incidentes mayores y la suerte de contar con un buen chófer y una excelente guía. Y Sicilia, ¿cómo está? Mejor que la última vez que la visité hace ya diez años, pero todavía renqueante y perezosa. Las infraestructuras dejan mucho que desear, y eso que vive básicamente del turismo, las autopistas no merecen tal nombre, el cuantioso patrimonio ha mejorado pero sigue desvencijado, y el recelo hacia el norte y el gobierno central se mantiene inalterado. Pero, pese a todo, Sicilia es un destino inmejorable, que recomiendo vivamente.

Sólo espero y deseo que no sea verdad el veredicto del Principe de Salina en el Gatopardo de Lampedusa, cuando en 1860 declina ante el representante del gobierno formar parte del Senado del nuevo reino. “En Sicilia no importa hacer mal o bien, el pecado que nosotros los sicilianos no perdonamos nunca es simplemente el de “hacer”. Somos viejos, Chevalley. muy viejos. Hace por lo menos veinticinco siglos que llevamos sobre los hombros el peso de magníficas civilizaciones heterogéneas, todas venidas de fuera, ninguna germinada entre nosotros, ninguna con la que nosotros hayamos sintonizado. Somos blancos como usted. Chevalley, y como la reina de Inglaterra; sin embargo, desde hace dos mil quinientos años somos colonia. No lo digo lamentándolo: la culpa es nuestra. Pero estamos cansados y también vacíos”. Un diagnóstico tan pesimista como realista, que a principios del siglo XXI conserva su parte de verdad.

Diario de Navarra, 9/1/2017

Los paisajes de Navarra

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Nuestra Comunidad es una tierra, en general, bien estudiada en los ámbitos de la historia, la geografía, el arte o la etnografía. A los nombres señeros de los grandes estudiosos que crearon escuela -José María Lacarra y Ángel J. Martín Duque, Alfredo Floristán Samanes y María Concepción García Gaínza, a los que habría que añadir José Miguel de Barandiarán, Julio Caro Baroja y José María Jimeno Jurío-, se unieron en los años ochenta un grupo de autores que divulgaron dichos conocimientos y los hicieron accesibles a una buena parte de la ciudadanía. Fue la época de los libros en fascículos editados por la CAN y por el Diario de Navarra, y de textos bien conocidos sobre naturaleza, ecología, paisaje y parques naturales en los que se repiten los nombres de Jesús Elósegui, Fernando Pérez Ollo y Fernando Redón, entre otros.

Ahora bien, si yo tuviera que escoger tres nombres que han descrito como nadie el paisaje navarro, no dudaría a la hora de la elección. Se trata de tres personas con ideologías y trayectorias vitales bien distintas: José Javier Uranga, Víctor Manuel Arbeloa y Javier Pagola. Del primero destacaría sus artículos a lo largo de muchos años en el Diario y su hermoso Bardenas Reales. Paisajes y relatos, completado con la vigorosa paleta de César Muñoz Sola. Del segundo, es preciso recordar sus seis volúmenes Por Navarra, la colección de apuntes sobre pueblos y paisajes más completa de las publicadas en nuestra tierra, con la ventaja, además, de que el autor amablemente permite descargarlos desde su activo, interesante y variado cuaderno de bitácora.

El más joven de los tres es Javier Pagola, periodista bien conocido por sus muchos años en Radio Pamplona, donde con voz recia, austera y comprometida ejercía una encomiable tarea profesional, atento a las novedades de todo tipo que surgían en la plural e inquieta Navarra de la transición. Pero Javier era y es también un hombre que conoce su tierra como la palma de la mano, y que en su emisora proponía salidas, sugería itinerarios y glosaba enclaves rurales y urbanos con atinados y bellos apuntes.

Hace unos años, en 2008, el Gobierno de Navarra publicó su libro Navarra por mil caminos, un logrado y sólido volumen bellamente editado, del que se han hecho varias ediciones en castellano, además de en euskera e inglés. El libro es una sucesión de apuntes donde la descripción del paisaje, el dato histórico, la valoración artistica o la interpretación etnográfica se dan la mano en un todo que realza cada uno de sus ámbitos. En suma, uno de los textos que mejor reflejan ese microcosmos rico y plural en el que vivimos.

Ocho años después, el Gobierno de Navarra acaba de publicar Conocer y contemplar. Los paisajes de Navarra. Aunque el espíritu es el mismo, el texto recientemente editado presenta algunas novedades dignas de ser subrayadas, que paso a comentarles.

A mi juicio, la primera y principal es un largo texto, a modo de ensayo, titulado El paisaje en el tiempo, que constituye la primera parte del libro. Fruto maduro de un lector experimentado y un humanista ejerciente, el texto rezuma conocimiento, reflexión, visión de conjunto y mirada limpia. Ama su tierra y destaca sus virtudes, sin obviar los peligros que la acechan y los errores cometidos. Su reflexión termina así: “El paisaje somos nosotros, el paisaje es nuestro espíritu. Para bien o para mal lo ha construido la intervención humana. Ya no queda paisaje natural, ni siquiera en la alta montaña. Intervenir es preciso, acertado a menudo, pero la contemplación nos hace sabios. Hombres y mujeres no pretendemos ya ser la medida de todas las cosas, sino los inquilinos que habitan por un tiempo y con cuenta de no alterar demasiado, esta casa que ocupamos por derecho pero donde estamos como de prestado”.

El libro tiene una triple dimensión: literaria, gráfica y auditiva. Los 52 paseos propuestos, 13 para cada estación, conforman la segunda parte del libro. Son textos breves, en su mayoría procedentes de los apuntes radiofónicos. Resultan sugerentes, están pulcramente escritos y muy bien documentados, con asidua presencia de elementos filológicos y etnográficos que los enriquecen. El aparato gráfico lo componen una foto a todo color relativa al paisaje glosado, y acuarelas y dibujos que le dan el aire de un cuaderno de campo. Finalmente, un CD con una serie de textos en castellano y euskera recupera el calor de la palabra hablada, envuelta en el aroma familiar que Pagola sabe transmitir.

Finalmente, el libro es enteramente bilingüe, está editado con primor y su precio es asequible. No es por causalidad que esté en cabeza de los libros más vendidos en Navarra en los dos últimos meses. Se lo merece.

Diario de Navarra, 26/1/2017

 

Tú no eres como las otras madres

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Animado por el comentario de Víctor Manuel Arbeloa, que en su cuaderno de bitácora valoraba la novela como excepcional, inicié la lectura del libro con los mejores augurios. Terminada ésta, no dudo de haber leído un buen libro, pero no tengo la sensación de haber tropezado con una obra maestra.

La novela reconstruye la vida de una madre, una mujer nacida en una familia de la burguesía judía del Berlín de entreguerras, liberada de los prejuicios de su tiempo y casada sucesivamente con tres hombres bien distintos. Es madre de tres hijos tenidos con hombres a los que ha amado, además de otras muchas relaciones ocasionales. La vida nos la cuenta una de sus hijas, Angelika Schrobsdorff, que coincide con las autora de la novela, por lo que tiene mucho de biográfico.

Dos épocas bien distintas se describen en la obra. En la primera parte, el Berlín desenfrenado de los locos años veinte, con sus fiestas, sus conciertos y sus cabarets, se nos presenta un periodo de pasión, juventud, energía y loca actividad política en el que se incuba el nazismo. El fresco que se nos propone es amplio, brillante y bien articulado, y la sociedad alemana, con las fracturas que se adivinan, se nos describe desde la perspectiva de una clase media donde soñadores, artistas, agitadores, conspiradores, espías, criados, intelectuales y falsificadores tienen su asiento.

Pero esa mujer liberada y poco temerosa es judía y esta condición marcará el resto de su vida. La preocupación inicial da paso a un miedo progresivo que se convierte en preocupación obsesiva por ella y su familia a medida que los nazis se asientan en el poder. Si quiere sobrevivir tendrá que aceptar un matrimonio de conveniencia, y exiliarse a Bulgaria con sus dos hijas, desconocedoras en buena medida de lo que se les viene encima. El hijo, que toma conciencia de su condición de judío, se alista en el ejército francés y muere en la batalla. Las cartas entre madre e hijo alcanzan una gran intensidad y constituyen momentos especialmente afortunados de la novela. Y todo ello, teniendo que dejar a sus padres en Berlín, con el consiguiente final esperable. Esta segunda etapa, en la que la madre conoce la pobreza y el dolor del exilio, le hará replantearse el sentido de la vida. Pero incluso en los peores momentos y circunstancias, visible sobre todo en las cartas finales a sus hijos, su mensaje siempre será optimista: la vida merece la pena vivirla.

La novela, publicada en 1992, ha sido uno de los grandes éxitos de 2016 en España.

Ficha bibliográfica: SCHROBSDORFF, A., Tú no eres como las otras madres, Periferica & Errata naturae, Madrid, 2016.