Ciudades que fueron del Reino (II) Nájera

Nájera, sede y panteón real

Presentación geográfica, histórica y económica

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Entre la peña y el río, García el de Nájera fundó el monasterio de Santa María la Real. En la imagen, la silueta rotunda del ábside presenta buenos muros de sillería, con torreones cilíndricos de aspecto defensivo que sustituyen a los contrafuertes de ángulo y se comunican entre sí por un paso de ronda. A la derecha, el palacio abacial, hoy sede del Museo Najerillense.

La ciudad de Nájera encuentra situada en plena Rioja Alta, protegida de los vientos atlánticos por los cerros Castillo y Malpica. Situada a 484 metros de altitud, dista 26 km de Logroño. Su población actual supera los 8.500 habitantes. El río Najerilla divide la ciudad en dos barrios: en la margen izquierda, el Barrio de Adentro o casco antiguo, que es la zona básicamente histórica y turística; en la margen derecha, el Barrio de Afuera en el que encontraremos construcciones modernas y la zona industrial. Cuatro son los puentes que unen la ciudad: el más antiguo es el de San Juan de Ortega del siglo XII, a los que con el paso de los siglos se han unido tres más. Las principales vías de comunicación para llegar desde Logroño son la autovía A-12 “Autovía del Camino de Santiago” y la Carretera Nacional N-120.

El pasado histórico de la ciudad, cabeza del reino de Pamplona-Nájera en los siglos X y XI, su ubicación en pleno Camino de Santiago y la presencia de importantes monumentos histórico-artísticos, entre los que destaca el monasterio de Santa María la Real, fundado en 1052 por el rey pamplonés García Sánchez III el de Nájera y panteón real de varios monarcas de la dinastía, hacen de Nájera uno de los núcleos históricos de más interés y, en consecuencia, una de las ciudades riojanas de mayor atractivo turístico.

Nájera es el centro económico y comercial de una comarca natural, caracterizada por su buena agricultura, en la que destacan los cultivos de la vid, con presencia de numerosas bodegas de la denominación de origen Rioja, y los frutales, además de los cultivos cerealistas. Tiene también una importante industria en torno al mueble, que supone el 5% del PIB regional, con presencia de numerosos centros manufactureros reunidos en la Asociación El Mueble de Nájera.

Asiento de la monarquía pamplonesa

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La profusa decoración plateresca de las arquerías convive armoniosamente con la serena belleza del pozo, situado en medio del claustro. El conjunto es un ejemplo excepcional de la simbiosis de estilos en la España del primer tercio del siglo XVI. leyenda

Las hipótesis sobre la antigüedad y los orígenes de la ciudad son variadas. Es probable que existiera ya antes de la dominación musulmana, aunque su nombre parece de procedencia árabe (¿”ciudad entre peñas”?, ¿”nido de águilas”?) Tal vez, como consecuencia de las cabalgadas cántabroasturianas de Alfonso I a mediados del siglo VIII y la presión ovetense una centuria después, se produjo un reajuste del poblamiento de la comarca. Emergería entonces el núcleo najerense como entidad organizadora de la zona, al abrigo del talud rocoso por un lado y el río Najerilla por el otro. En esta época Najera formó parte del poder regional de los Banu Qasi, líderes de la zona hasta la derrota y muerte de Lope ibn Muhamad (907). Pocos años después, a primeros de junio de 918, las fuerzas combinadas de Sancho Garcés I, rey de Pamplona, y Ordoño II, rey de León, acampaban junto a sus defensas, tomando la plaza el año 923.

A partir de entonces, Nájera quedó inscrita en la monarquía pamplonesa. Era el primer centro de vida realmente urbana del reino pirenaico. A su poso demográfico mozárabe, todavía vigoroso, y su activa minoría judía, se unieron nuevos elementos de la nobleza y del clero pamplonés. Se daban, por tanto, las condiciones adecuadas para albergar la sede episcopal del antiguo territorio calagurritano y configurar una segunda y más lucida ciudad regia pamplonesa. Tras la conquista de Calahorra (1045), sus prelados siguieron ostentando todavía el titulo de episcopus Naierensis o episcopus Calagurritanus et Naierensis. De todos modos, la sede najerense no llegó a arraigar.

El rey García Sánchez III de Pamplona, conocido en la historiografía como García el de Nájera, frecuentó habitualmente con su “curia” la ciudad, al igual que lo había hecho su padre Sancho III el Mayor. El hijo fundó en ella el monasterio de Santa María la Real (1052), exponente de la restauración eclesiástica del reino. La jurisdicción del obispo se extendía no sólo sobre la Rioja Alta, sino sobre el extremo suroriental de la actual Navarra, gran parte de las Vascongadas y de la vieja Castilla. De este modo el monarca pamplonés pretendía dejar claro que ningún territorio suyo estaba bajo la jurisdicción de un obispo castellano. El monasterio contaba con una comunidad de clérigos que llevaban vida en común y regular, y una hospedería para albergar a pobres y peregrinos, dada su condición de villa jacobea. La iglesia fue consagrada con gran pompa en 1056 y el propio rey García la eligió como panteón de la dinastía. En ella se conservan los restos del rey y otros treinta y cuatro miembros de su descendencia. Las reliquias de San Prudencio, los mártires Agrícola, Vidal y Vicente, y Santa Eugenia hablan de la importancia que el rey concedió a la creación del monasterio. El rey García fomentó además la población “de debajo de la peña”, en la llanura. Nájera, escala importante en el Camino de Santiago, era el único núcleo urbano del reino de Pamplona y contaba con un importante mercado. La población, constituida por francos, mozárabes y una importante minoría judía, estaba organizada en barrios y contaba con sus correspondientes autoridades locales.

La muerte de García el de Nájera en Atapuerca (1054) supuso una reducción de los territorios de la monarquía pamplonesa y la reanudación de la penetración castellana en La Rioja. Pero Nájera siguió formando parte todavía del reino pamplonés y fue el lugar de enterramiento del monarca fundador del monasterio. Su hijo Sancho IV continuó frecuentando la sede najerense, pero su desgraciada muerte en Peñalén el 4 de junio de 1076, asesinado tras una conjura de sus hermanos y algunos nobles, marcó un giro histórico decisivo para la región. El monarca castellano Alfonso VI se adueñó del llamado “reino de Nájera”. Desde ese momento la ciudad dejó de ser sede regia y posesión de los monarcas pamploneses, aunque esporádicamente siguieron reivindicando el territorio.

Territorio de Castilla

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Vista de detalle de una de las arquerías del claustro. La filigrana en piedra es la base del conjunto

Alfonso VI procuró desde el primer momento atraerse a la población, confirmando y ampliando en 1076 los fueros otorgados por Sancho III y García el de Nájera. Las franquicias del fuero explican precisamente el auge alcanzado por el núcleo urbano. Los judíos gozaban de su propio fuero, que más tarde se aplicó a los judíos de Tudela (1119), Su política de centralización religiosa, sus anhelos europeizadores y su enérgico respaldo a la reforma gregoriana impulsaron a Alfonso VI a ceder el monasterio de Nájera a la orden de Cluny (1079). Buscaba un punto de apoyo para la castellanización de La Rioja. Tras la recuperación de Logroño (1143), Alfonso VII instituyó para su hijo Sancho el “reino satélite de Nájera”, último eco de la notoriedad alcanzada por la ciudad en la época pamplonesa.

Sancho VI el Sabio, un rey del que hablaremos muchos en entregas sucesivas, entre octubre de 1162 y marzo de 1163, aprovechando la crítica situación de Castilla durante la minoría de Alfonso VIII, se apoderó de casi toda La Rioja, pero no pudo conquistar Nájera. Convertida en un centro secundario de la frontera oriental de Castilla, la ciudad solo vuelve a emerger muy esporádicamente en la historia peninsular. Fue escenario de la coronación de Fernando III (1217). En sus campos se enfrentaron los partidarios de Enrique II de Trastamara y Pedro I el Cruel (1367), y dentro de su recinto se entrevistaron en 1451 Carlos, príncipe de Viana, y su padre Juan II.

Durante la edad moderna y hasta la actualidad, Nájera ha seguido desempeñando modestas funciones de centro comarcal, pero con con el sello indeleble de su historia como centro político, eclesiástico, económico y cultural del primitivo reino de Pamplona durante más de un siglo.

Patrimonio monumental

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El carácter comercial y de servicios de la ciudad, unido a su carácter jacobeo, queda patente en esta fotografía. Un reencuentro que nos acerca a los usos y costumbres de la ciudad medieval.

Conviene comenzar la visita a la ciudad acercándose a las oficinas de turismo, bien situadas en cada uno de los dos barrios. Allí recibirán cumplida información con dos folletos sencillos, pero completos. El primero, titulado “Nájera y su comarca”, junto con el plano de la ciudad, señala las visitas imprescindibles. El segundo, titulado “Nájera, reino milenario”, detalla la historia, la arquitectura religiosa y civil, y la ciudad en la actualidad. En hoja aparte les entregarán una relación de horarios de visita a los principales monumentos.

Tf. de la oficina de turismo: 941 360041

najera@lariojaturismo.com

Santa María la Real

El edificio actual apenas conserva restos de la fábrica primitiva de los siglos XI y XII. Su configuración actual data de los siglos XV y XVI, a la que se añadieron otras dependencias en los siglos siguientes. Pero lo que sí queda en evidencia es su carácter monástico: un gran claustro es la pieza referencial del conjunto, en torno al cual se distribuyen racionalmente todas las dependencias conventuales: iglesia con sacristía, refectorio, sala capitular y portería, junto a otros añadidos de época barroca como el palacio abacial.

El grueso del magnífico templo conventual data de las décadas centrales del siglo XV, finalizándose a comienzos del siglo XVI. Su exterior presenta buenos muros de sillería, con torreones cilíndricos de aspecto defensivo que sustituyen a los contrafuertes de ángulo y se comunican entre sí por un paso de ronda. La fábrica, adosada al claustro, presenta planta de cruz latina con tres naves y cabecera plana, pudiendo apreciarse la evolución de pilares y bóvedas. Sobre los dos primeros tramos de la nave se eleva el coro, construido en 1535, que se abre en un arco escarzano en cuya clave se halla el escudo con las armas de Navarra-Evreux, blasón que se repite en otras partes del conjunto.

Destacan en su interior las imágenes medievales de la Virgen, una sillería del coro tardogótica de espectacular y fina filigrana, los sepulcros reales y un buen conjunto de retablos barrocos y rococós.

Otro de los elementos destacados del conjunto es el Claustro de los Caballeros, un extraordinario ejemplo de la arquitectura protorrenacentista en La Rioja, labrado entre 1516 y 1535. La profusa decoración plateresca se une al nuevo lenguaje ornamental del estilo “romano” a base de candelabros, medallones y grutescos. En los muros se alojan bajo arcosolios diferentes sepulcros de ilustres familias riojanas entre los que destaca el de don Diego López de Haro, señor de Vizcaya y fundador de Bilbao en 1300.

Otras visitas de interés

– Real Capilla y Parroquia de la Santa Cruz.

Se trata de una iglesia de planta de salón, de tres naves con tres tramos de igual altura, crucero y ábside, levantada en el primer tercio del siglo XVII, con añadidos posteriores. Destacan en su interior buenos ejemplos de imaginería y un conjunto de relicarios con los restos de San Prudencio de Armentia, patrono de la ciudad. Está declarada Monumento Nacional. – Convento de Santa Elena.

Habitado por una comunidad de clausura de monjas clarisas, se levantó a lo largo del siglo XVII.

Castillo de la Mota

Ocupa toda la cumbre del cerro de su nombre, dominando la vega baja del Najerilla. Es una fortificación de origen musulmán que fue conquistada en el 923 por Ordoño II y Sancho Garcés I. El castillo cumplió un importante papel político y militar hasta el siglo XVI. En él se alojaron Carlos V y Felipe II en varias de sus visitas a Nájera.

Alcázar

El alcázar se sitúa a media ladera, entre el castillo y el casco urbano. Además de defensa sirvió también como residencia real y palacio ducal, erigido por los duques de Nájera a mediados del siglo XVI. – Museo Arqueológico Najerillense.

El edificio que ocupa el museo formó parte del monasterio de Santa María la Real y estaba unido a él por un paso volado sobre la calle. Se construye en el siglo XVIII como palacio del abad del monasterio. Cárcel del partido y juzgado comarcal, el museo se abrió al público en 2001. Los fondos están integrados básicamente por colecciones de arqueología, etnografía y arte.

San Millán de la Cogolla dista 18 kilómetros de Nájera. Allí se encuentran el monasterio de San Millán de Suso (arriba) y el monasterio de San Millán de Yuso (abajo), ambos declarados  Patrimonio de la Humanidad en diciembre de 1997.

Gastronomía, comercio y cultura

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La sobriedad arquitectónica y la belleza ornamental se dan la mano en la fachada del Hotel Duques de Nájera, ejemplo de la renovación hostelera experimentada por la ciudad, importante enclave del Camino de Santiago, en los últimos años.a leyenda

Nájera goza del carácter hospitalario y acogedor de sus gentes con los visitantes y peregrinos. “Peregrino en Nájera, ¡¡Najerino!!” es el eslogan que recibe a todos ellos a la entrada del municipio.

La cocina riojana, además de por sus extraordinarios vinos, se caracteriza por la gran calidad de sus productos típicos: las verduras, legumbres, embutidos y carnes de la zona.

La oferta comercial tiene personalidad propia con abundancia de negocios familiares. Los encontrará distribuidos en todo el casco urbano dándose la mayor concentración en la calle Mayor.

En verano, Nájera se convierte en la capital cultural de La Rioja, con el Festival Reino de Nájera (19 al 23 de julio), conciertos programados por la Orden de la Terraza, exposiciones y congresos científicos, como la Semana de Estudios Medievales (del 24 al 28 de julio).

El panteón real

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Las estatuas orantes del rey García y la reina Estefanía presiden el panteón real, remodelado según modelos manieristas en la segunda mitad del siglo XVI.

El panteón real se encuentra ubicado a los pies de la iglesia del monasterio de Santa María la Real. Desde el punto de vista artístico merece especial atención la cubierta del sarcófago de doña Blanca, hija de García Ramírez el Restaurador y mujer de Sancho III el Deseado de Castilla, que puede datarse a mediados del siglo XII.

Bajo el coro se encuentra el panteón real propiamente dicho, cerrado por una ostentosa reja neorrenacestista que imita a la original, trasladada al Museo Arqueológico Nacional. El panteón es obra de la segunda mitad del siglo XVI y está organizado en varios planos y altura que conducen gradualmente a la Santa Cueva. Guarda diez sarcófagos de monarcas navarros. Como avanzadilla, custodian el recinto dos reyes de armas barbados con picas y vestidos a la usanza del siglo XVI con casacas de largas caídas que lucen las armas de Navarra y de los reyes fundadores. En un plano posterior, a ambos lados de la cueva, se sitúan las estatuas orantes de los reyes García y Estefanía. Ambas aparecen sobre elevadas urnas decoradas con las armas de Navarra-Evreux. Las figuras de los reyes se hallan arrodilladas sobre cojines. Todavía se encuentran en su primitivo ámbito diez sepulcros de caja prismática que constituían el segundo orden de sepulturas del panteón, guardándose el primero en la capilla de la Cruz. Los nombres de los sepulcros, algunos de atribución dudosa, son los siguientes: Blanca de Navarra, mujer de Sancho III el Deseado; el infante Ramiro; Blanca, mujer de Sancho; Sancho el Noble, hijo de García; Sancho, hijo de García el Mayor; Clara Urraca, mujer de Sancho; Bernudo III de León; Sancho el Valiente y su mujer Beatriz. Algunos conservan escudos de Navarra y restos de policromía sobre la piedra.

El interior de la cueva está bastante alterado, y sólo permanecen dos de los cuatro sepulcros que albergó originalmente, así como una imagen gótica de la Virgen del Alcázar o de la Rosa, de finales del siglo XIII.

Para saber más

FORTÚN, L.J. (director), Sedes reales de Navarra, Gobierno de Navarra, Pamplona, 1991. Las páginas 87 a 103 están dedicadas a Nájera y son obra de Margarita Martín.

FORTÚN, L.J. y FLORISTÁN, A., Navarra: Los límites del Reyno, Gobierno de Navarra, Pamplona, 2008.

MONTERRUBIO DEL POZO, R., Santa María la Real de Nájera, Edilesa, León, 2001.

RAMÍREZ MARTÍNEZ, J.M., Guía histórico-artística Nájera, Anavía, Logroño, 1991.

RUEDA ESTRADA, A., Guía de La Rioja Alta y la Sierra, Peñacorada ediciones, Logroño, 2016.

Ciudades que fueron del Reino. (I) Calahorra

A modo de introducción

Cuando se observa a través de los mapas la evolución de las fronteras de Navarra a lo largo de la historia, sorprende comprobar los vaivenes espaciales del reino de Pamplona en la Alta Edad Media, hasta que poco a poco el territorio va delimitando claramente su espacio, cosa que sucede en torno al año 1200. Desde entonces, solo algunos pequeños cambios alteran los límites de la actual Comunidad Foral. En estos espacios de frontera, sin embargo, se asentaron ciudades importantes que con el paso del tiempo se han convertido en centros comarcales o regionales de sus respectivos territorios. No somos pocos los navarros que las hemos visitado con frecuencia, dada su cercanía y su interés turístico, comercial, cultural o gastronómico. Pero tal vez nos haya pasado desapercibida su vinculación con el reino de Pamplona primero y con el reino de Navarra después. Esa es la pretensión de la presente serie veraniega: recordar la vinculación histórica de cada una de las poblaciones con el antiguo reino de Navarra, sin olvidar la evolución posterior y su huella cultural. Además del aspecto histórico, apartado importante de cada reportaje, se glosarán los aspectos artísticos, turísticos y gastronómicos de especial interés. A ello se añadirá un apartado final “Para saber más” a fin de ampliar las aspectos esbozados.

Aunque no están todas las que son, sí son todas las que conforman la serie. Las poblaciones seleccionadas son, por orden de antigüedad, Calahorra, Nájera, Laguardia, Vitoria, San Sebastián y San Juan de Pie de Puerto. Todas ellas ostentan el título de ciudad a excepción de Laguardia y San Juan de Pie de Puerto, que tienen el título de villas.

No se trata con ello de realizar un ejercicio lastimero de irredentismo político, sino de constatar la evolución histórica de una tierra que constituye una comunidad política diferenciada, sólida y bien trabada, solidaria con las otras regiones de España y firmemente enraizada en la Europa que estamos construyendo. La visita a las ciudades propuestas pretende unir, no separar; conocer, no reivindicar; y ampliar horizontes.

Todas son salidas cómodas, susceptibles de realizarse en un día. Una jornada en la que hay tiempo para todo: ver sus monumentos más representativos, pasear su casco histórico, disfrutar de su gastronomía -excelente en todos los casos- y realizar algunas compras, porque todas son poblaciones en las que el comercio tiene un importante papel. Todas ellas pueden ser disfrutadas en familia, que es una manera óptima de realizar un viaje. Los autores del reportaje, que las han recorrido una vez más, también en familia, para rememorar ambientes y realizar fotos, desean que las disfruten al menos tanto como ellos. Anímense, las tienen todas a la vuelta de la esquina.

Presentación geográfica, económica e histórica

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Vista parcial del casco antiguo de la ciudad desde la orilla del Cidacos, con la catedral en primer término

Calahorra es un municipio de la Comunidad Autónoma de La Rioja, situada en una colina a 358 metros sobre el nivel del mar, en la margen derecha del Ebro y en el tramo final del río Cidacos. Sus tierras limitan al norte con la Comunidad Foral de Navarra, siendo el Ebro la frontera natural que le separa de los municipios de San Adrián y Azagra.

Calahorra es el centro histórico, cultural, comercial, administrativo y religioso de la Rioja Baja, y el segundo municipio de la Comunidad. Es cabeza de partido judicial y sede del obispado de Calahorra, La Calzada y Logroño. A 1 de enero de 2016 su población ascendía a 23.827 habitantes. Calahorra es una ciudad de servicios. Mientras el campo sólo supone el 6% de la afiliación laboral de la ciudad, el sector servicios genera el 60% de los puestos de trabajo y la industria representa poco más del 20%. La producción agrícola se centra principalmente en la horticultura y la verdura. La hostelería y la restauración, con las Jornadas Gastronómicas de la Verdura como elemento estrella, representan sectores en alza.

Desde el Paleolítico Inferior hasta nuestros días, la riqueza histórica de Calahorra es excepcional. Si durante el imperio romano la ciudad de Calagurris destacó como una de las urbes importantes de Hispania, no menos importante es el papel desempeñado por Calahorra como ciudad aglutinadora de asentamientos prerromanos, enclave celtíbero aliada de Sertorio, sede episcopal desde los primeros tiempos del cristianismo o ciudad de frontera en la Edad Media. Una continuidad cuyo resultado es la ciudad moderna que hoy podemos disfrutar.

De la romanización al reino de Pamplona

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La estatua del escritor y retórico Quintiliano, situada delante del ayuntamiento,  preside la ciudad nueva,

 

En el año 187 a.C., las fuentes clásicas nos hablan de un enfrentamiento que tiene lugar en Calagurris entre celtíberos y romanos, siendo la primera vez que Calahorra aparece en la historia.

El apoyo de la ciudad a Sertorio supuso su destrucción en el 72 a.C y su vinculación a los vascones, aliados de Pompeyo en el conflicto. De ahí que Calagurris sea una de las ciudades vasconas citada numerosas veces en las fuentes literarias, epigráficas y numismáticas de época romana. Pocos años después, el 30 a.C., Octaviano, el futuro Augusto, funda Calagurris Iulia Nassica. La población experimenta un importante y progresivo desarrollo urbanístico, dotándose de los elementos urbanos clásicos en el mundo romano. La presencia del escritor y retórico Quintiliano (siglo I) y del poeta cristiano Prudencio (siglo IV) nos hablan de la intensa romanización de la ciudad.

Tras la caida del imperio romano, los visigodos se hacen progresivamente dueños de la Península Ibérica. Los historiadores admiten un esquema de provincias regidas por un duque y territorios gobernados por un conde. El centro de estos territorios sería una ciudad dotada de sede episcopal, una vez producido el proceso de cristianización. En el territorio de los vascones o en sus proximidades existieron de forma permanente tres diócesis en época visigoda: Pamplona, Calahorra y Tarazona. Estas ciudades pudieron ser también capitales de otros tantos condados, destinados a repartirse el espacio próximo y otros colindantes. Aristócratas y obispos, bajo el patrocinio de los mártires Emeterio y Celedonio, son los verdaderos protagonistas del poder en una Calagurris que seguía utilizando las instituciones romanas de gobierno municipal, al mismo tiempo que se convertía en una prestigiosa sede episcopal.

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El final del Paseo del Mercadal acoge la Matrona, símbolo de la resistencia de la ciudad frente a los invasores

Al sur del territorio o condado de Pamplona, en la línea del Ebro, se situaban los distritos de Calahorra, Tarazona y, tal vez, Ejea. En uno de los dos primeros, con más probabilidad en Calahorra, hay que colocar la sede del conde Casius, que en el 714, tras la invasión de la Península Ibérica por los musulmanes, se convirtió al Islam.

La invasión musulmana modificó el esquema de ordenación del territorio y en la segunda mitad del siglo IX el enfrentamiento entre cristianos y musulmanes fraccionó el espacio y creó una frontera militar de trazado variable entre unos y otros. El territorio pamplonés sufrió dos líneas de acoso por el sur. Por un lado, tras la fundación de Tudela como ciudad fortificada en el 802, peligraban las llanuras y rebordes meridionales del Arga y el Aragón. Por el otro, desde Calahorra, fuertemente islamizada hasta el punto de que sus obispos abandonan la ciudad y se refugian en Asturias a finales del siglo VIII y principios del IX, se podía controlar con facilidad toda la Ribera estellesa e incluso la cuenca baja del Arga.

La línea que va desde la sierra de Codés hasta la sierra de Peña sirvió para diferenciar el territorio cristiano controlado desde Pamplona del territorio musulmán dirigido desde Calahorra y Tudela. Esta frontera entró en convulsión desde mediados del siglo IX, cuando se rompió la tradicional alianza entre Íñigos y Banu Qasi. Durante el gobierno de Fortún Garcés (882-905) el territorio de Pamplona fue acosado permanentemente por los Banu Qasi, con saldo positivo para estos últimos. Pero la situación cambió en el 905, con el ascenso al poder de un experimentado caudillo, Sancho Garcés I, miembro de la estirpe de los Jimeno, el verdadero creador del reino de Pamplona.

Calahorra en la órbita pamplonesa

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Vista del interior de la catedral de Calahorra, edificio levantado básicamente en el siglo XVI

A partir de 907, los pamploneses pasaron de ser atacados a atacar y conquistar nuevos territorios. Tras el castillo de Monjardín, Sancho Garcés I ocupó el valle del Ega hasta llegar al Ebro, con la vista puesta en la ciudad de Calahorra, que cayó fugazmente en sus manos, juntamente con Arnedo, en el 914, aunque al poco tiempo hubo de replegarse. La primera década de su reinado (905-915) la dedicó a frenar a los Banu Qasi e incorporar parte de Tierra Estella y las riberas del Ega, Arga y Aragón.

La segunda parte de su reinado (914-924), Sancho Garcés I la empleó en la conquista de La Rioja. Después del fugaz intento del 914, una primera campaña con voluntad de conquista permanente de La Rioja tuvo lugar en el 918. Sancho Garcés I, rey de Pamplona, y Ordoño II, rey de León, saquearon los alrededores de Nájera, pero no consiguieron conquistarla. Tomaron Arnedo y Calahorra y volvieron por el distrito de Tudela a sus bases. Era un éxito parcial y su pervivencia no sería larga, pero había demostrado la debilidad de los Banu Qasi. Una gran expedición lanzada por el emir Abderramán III volvió a dejar las cosas como estaban. Después de recuperar Calahorra y Cárcar, el emir remontó la cuenca del Ega, se adentró en el valle de Guesálaz, y entre Muez y Salinas de Oro, en Valdejunquera, derrotó a los dos reyes cristianos. La Rioja quedó de nuevo en manos musulmanas, pero el efecto de la campaña fue efímero.

En el 923 se produjo una nueva campaña para reconquistar La Rioja. Sancho Garcés I obligó a los Banu Qasi a refugiarse en la fortaleza de Viguera y luego la tomó. Mientras tanto, Ordoño II conquistaba Nájera. Toda la Rioja Alta quedó en manos del rey de Pamplona, que también ocupó Calahorra. Al año siguiente Abderramán III lanzó la “campaña de Pamplona” (924) en la que los ejércitos cordobeses recorrieron todo el reino saqueando cuanto encontraron a su paso, incluida la ciudad de Pamplona. Pero el emir no pudo doblegar el poder del reino pamplonés, ni cambiar sus fronteras. Ni siquiera fue capaz de mantener la plaza de Calahorra. La campaña ratificó la conquista de La Rioja, incorporada toda ella al reino pamplonés, y provocó la destitución y desaparición de los Banu Qasi.

El territorio y las fronteras legadas por Sancho Garcés I se mantuvieron esencialmente estables a lo largo del siglo X, con algunas variantes. La presión del califato de Córdoba contra los reinos cristianos se hizo presente en las fronteras navarras. Cuando murió Abderramán III (961), los reyes cristianos quisieron terminar con el yugo musulmán, pero el nuevo califa, Al-Hakam II, reaccionó con dureza y lanzó una serie de campañas militares. En una de ellas el general Galib recuperó para el califato la plaza de Calahorra (968). Para los pamploneses supuso un fuerte quebranto, pues era la única ciudad episcopal de época romano-visigoda que habían logrado conquistar. Con ella se perdió el valle del Cidacos riojano y quedaba amenazada la Rioja Alta.

La ciudad permaneció en manos musulmanas hasta el año 1045. En las primavera de dicho año, reanudada la reconquista del valle del Ebro, García Sánchez III conquistó Calahorra, la vieja ciudad romana que había pertenecido al reino pamplonés entre 923 y 968. Días después de su toma, el rey y su mujer, Estefanía, hicieron una cuantiosa donación a la catedral de Calahorra para celebrar dicha efemérides.

Poco duró la pertenencia de Calahorra al reino pamplonés. En 1087, Sancho Ramírez y Alfonso VI llegan a un acuerdo. El primero reconoce la incorporación a Castilla de los territorios ocupados por el segundo en 1076, La Rioja, entre otros. A su vez, Alfonso VI reconoce la dignidad real de Sancho Ramírez sin cortapisa alguna, aunque tuvo que prestar vasallaje al rey castellano por un territorio que comprendía el corazón del reino pamplonés, el llamado “condado de Navarra”.

A partir de siglo XII, Calahorra es ciudad fronteriza del reino de Castilla. Su importancia estratégica en la frontera del Ebro marcará en buena medida el interés de los distintos monarcas en la concesión de libertades y franquicias a la ciudad, lo que explica su pujante desarrollo a lo largo de los siglos siguientes.

Patrimonio monumental

Oficina de Turismo

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Convento de carmelitas descalzos, que hoy acoge a la Virgen del Carmen, patrona de la Ribera

Conviene comenzar la visita por la Oficina de Turismo, ubicada en el edificio de Abastos, en la plaza del Raso, corazón del casco histórico. Allí le ofrecerán una completa información y una serie de guías actualizadas sobre los principales monumentos de la ciudad. El mapa incluye también información sobre la historia, museos y monumentos, gastronomía, fiestas y tradiciones, y lugares de recreo y senderismo.

Plaza del Raso. 16

Tf. 941105061

www.ayto-calahorra.es

turismocalahorra@ayto-calahorra.es

Entre los edificios dignos de visitar, sobresalen los siguientes:

Catedral de Santa María y Museo Diocesano

Enclavada en el solar del martirio de los santos patronos de la ciudad, Emeterio y Celedonio, y por eso ubicada en la parte baja de la ciudad, es el monumento más importante de la población. Aunque su origen se remonta a los siglos altomedievales, el edificio actual abarca básicamente los siglos XVI al XVIII.

El Museo Diocesano está ubicado en el claustro plateresco de la catedral y contiene básicamente obras de arte pertenecientes a las iglesias de los pueblos ya desahabitados de la diócesis.

Plaza Cardenal Cascajares s/n

  1. 941130098 – 660098293 – 606523923

http://www.catedral calahorra.org

curiacalahorra@teleline.es

Iglesia de San Andrés

El templo actual es fruto de la ampliación dieciochesca de una iglesia del siglo XVI.

Calle San Andrés s/n

  1. 941130596

sanandrescala@iglesiaenlarioja.org

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Iglesia de Santiago el Real, situada en la plaza del Raso, con torre y fachada de Santos Ángel de Ocandátegui

Iglesia de Santiago el Real

Se trata de una gran iglesia de los siglos XVII y XVIII levantada por los Raón. La fachada y la torre, de fines del siglo XVIII, son obra de Santos Ángel de Ochandátegui. Posee una buena colección de escultura, obra de Diego de Camporredondo. Los tres son maestros con abundante obra en Navarra.

Plaza del Raso, 4

  1. 941130573

santiagocala@iglesiaenlarioja.org

Museo de la romanización

Se trata de un centro abierto en los años ochenta del pasado siglo, que pretende dar a conocer la evolución del mundo prerromano, romano y cristiano de los primeros siglos en Calahorra y en el conjunto de La Rioja.

C/ Ángel Oliván, 8

Tf. 941105063

museo@ayto-calahorra.es

Otros puntos de interés

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La Moza, el rollo jurisdiccional para impartir justicia, todavía perdura al comienzo del paseo de Mercadal

Convento de franciscanos de San Salvador, convento de carmelitas descalzas (monasterio de San José), convento de carmelitas descalzos (santuario de Nuestra Señora del Carmen), humilladero, fuente de los trece caños, palacio episcopal, seminario de Santo Toribio de Mogrovejo, arco del Planillo de San Andrés, la Moza (rollo jurisdiccional en el paseo de Mercadal, junto al ayuntamiento), la Matrona (imagen de la resistencia de la ciudad, al final del paseo de Mercadal)

Para saber más

CINCA, J.L. y GONZÁLEZ, R. (coordinadores). Calahorra, una ciudad para descubrir, Amigos de la historia de Calahorra, Calahorra, 2008.

CINCA, J.L. y GONZÁLEZ, R. (coordinadores). Historia de Calahorra, Amigos de la historia de Calahorra, Calahorra, 2011.

FORTÚN, L.J. y FLORISTÁN, A., Navarra: Los límites del Reyno, Gobierno de Navarra, Pamplona, 2008.

LLAMAZARES. J., ¡Calahorra, Calahorra…!, en “Las rosas de pìedra, Alfaguara, Madrid, 2008, págs. 334-350. Se trata de una jugosa y personal crónica del novelista sobre la catedral de Calahorra, inserta en un libro sobre las catedrales de España.

TOBÍAS, E. y OTROS, Calahorra en ruta hacia Santiago, Instituto de Estudios Riojanos, Gobierno de La Rioja, Logroño, 1999.

 

 

 

 

 

 

Una idea fuerte de España

Junco

El pasado 16 de julio, en un medio de difusión nacional, el conocido periodista Juan Cruz le hizo una buena entrevista a Íñigo Errejón, diputado de Podemos. Ninguno de los temas eran menores: la idea de España, las relaciones PSOE-Podemos, el encaje de Cataluña en España, el papel de la izquierda y el patriotismo, y el balance (positivo) de las cuarenta años de democracia. Como se ve, asuntos todos que permiten perfilar un retrato aproximado de un político joven con un discurso interesante, propio y no exento de contradicciones.

Permítanme, aunque estemos en verano, algunas digresiones sobre uno de los temas que me han ocupado con frecuencia en esta sección, y que hoy, casi en vísperas del 1 de octubre, día D de las relaciones entre Cataluña y el resto de España, es particularmente candente: la idea de España y su articulación territorial.

Tengo sobre la mesa, en fase de lectura, un libro particularmente interesante a estos efectos: Dioses útiles. Naciones y nacionalismos, de José Álvarez Junco, catedrático de Historia del Pensamiento y los Movimientos Políticos y Sociales, autor también de otros textos de referencia como Mater Dolorosa. La idea de España en el siglo XIX y Las historias de España. Visiones del pasado y construcción de identidad. El autor enumera en la introducción las dos ideas esenciales que lo inspiran. La primera es que la identidad española es una construcción histórica, producto de múltiples acontecimientos y factores, algunos estructurales, pero en su mayoría contingentes. Ni existe un “genio nacional” español, ni somos anormales o raros. La segunda se resume en que la distancia y la comparación son la actitud y el método más recomendables para comprender adecuadamente un problema político o histórico. Tras repasar los casos de construcción nacional, analiza con detenimiento el caso español y concluye lo siguiente: “España intentó pasar de imperio a Estado-nación moderno (…) pero en un momento de constantes altibajos políticos y extrema debilidad económica, asociando en el siglo XX el españolismo a dos dictaduras que terminaron siendo muy impopulares. Con lo que sobrevivió, pero seriamente cuestionada por segmentos de población periférica, quizás no mayoritarios, pero sí suficientemente amplios como para crear serios problemas, unos problemas que siguen sin resolverse en el momento de concluir este capítulo”. (2016).

Como señala Álvarez Junco, España llegó a 1975, año de la muerte de Franco, con una idea de nación y una bandera contaminada por la dictadura franquista y muy vinculada a una ideología derechista y conservadora. No fue suficiente el esfuerzo del PCE, aceptando bandera y monarquía, ni el patriotismo constitucional practicado por los gobiernos socialistas, de claro signo regeneracionista y modernizador. Desgraciadamente no fue suficiente, y menos en la España periférica, donde la fuerza de la autonomía, cuando no del independentismo, prevaleció sobre la idea de pertenencia a la Nación española.

Errejón

Íñigo Errejón, en su entrevista, da su explicación: “Creo que los progresistas de España (quizás hay razones históricas para ello) cometieron una irresponsabilidad que no tiene razón de ser: alejarse de España, sentir que España era el problema y que la solución era una especie de cosmopolitismo”.

Por eso sorprende gratamente que un influyente dirigente como Íñigo Errejón, claramente situado a la izquierda, hable de su idea de España: “Creo que ya va siendo hora de reivindicar, desde posiciones inequívocamente progresistas y democráticas, una idea fuerte de España, un patriotismo desacomplejado. Hay muchas razones para estar orgullosos de nuestro país.”.Pero su discurso, como el de todos los partidos, no está exento de contradicciones: “En un país que tiene la diversidad cultural y nacional que tiene España, que siempre ha tenido diferentes pertenencias nacionales, la unión se construye a partir del reconocimiento de esas diferencias y eso implica el acuerdo. Con Cataluña hace falta un nuevo acuerdo, pero un acuerdo que reconozca que los catalanes tienen derecho a decidir su encaje en España”.

No coincidir con él en este último punto, no significa desconocer lo que de positivo tienen sus declaraciones. ¿Será la izquierda, fundamentalmente PSOE y Podemos, capaz de formular una idea de España que le permita liderar el país de nuevo, como sucedió en la década de los ochenta y noventa del pasado siglo? Alfredo Pérez Rubalcaba le ha recordado muy oportunamente en ese mismo medio que el éxito fue de todos los españoles, aunque eso sí, liderados por Felipe González y los gobiernos socialistas.

Diario de Navarra, 3/8/2017

 

 

 

Lecciones de un viaje al sur de Francia

Albi

Vista exterior de la imponente catedral de Albi

A principios de junio realicé un viaje de estudios al sur de Francia, en compañía de mis alumnos de los cursos de arte del Aula de la Experiencia de la UPNA y Los Arcos. El objetivo del recorrido seleccionado era disfrutar de lo mejor del románico y del gótico francés, en especial del primero de los estilos. ¡Otro que se va fuera de España -dirá más de uno-, como si aquí no tuviéramos mucho y bueno en materia artística! Efectivamente, lo tenemos y lo hemos visitado, porque no concibo un curso de arte sin las salidas didácticas correspondientes a las diversas zonas de Navarra. De todos los estilos, del románico al neoclásico, tenemos buenas muestras en salidas de un día, fáciles y accesibles en casi todos los casos. Sin olvidarnos del resto de España, tierra fecunda en arte e historia, cada día también más accesible y con mejores servicios turísticos y culturales.

Pero, en esta ocasión, se trataba de cruzar la frontera y recorrer una tierra con la que nos unen lazos históricos no pequeños. El primer día remontamos la vía aragonesa, y a través de Jaca y Somport nos adentramos en el Bearne. Oloron-Saint Maríe, Lescar y Pau fueron nuestras paradas. En una entrega anterior tuve la oportunidad de glosar el panteón de Lescar a propósito de una reflexión sobre los panteones reales, en vísperas del homenaje anual que tributó el Gobierno de Navarra en Leire a “los reyes y reinas de Navarra”. El día siguiente fue particularmente exquisito, con la visita a Saint Bertrand de Comminges, con su imponente iglesia fortaleza y Moissac, una joya de primerísimo nivel en la escultura románica europea. Toulouse nos ocupó el tercer día de nuestro viaje. Visitar Saint Sernin y su imponente basílica es tomar contacto con otro de los hitos jacobeos, además de recordar la huella tan presente de San Saturnino, patrón de Pamplona, y de los propios canónigos tolosanos en Artajona. El país de los cátaros ocupó nuestro cuarto día. Una población encaramada en lo alto que lo fue todo, como Cordes sur Ciel; Albí, ejemplo de gótico meridional, con la catedral en ladrillo más imponente que haya visto en mi vida; y Rodez, una de las grandes catedrales en las pequeñas ciudades francesas, fueron las tres etapas del día. Por estrechas carreteras llegamos al día siguiente a Conques, otro de los hitos del viaje. Su ubicación, la iglesia de peregrinación de Santa Fe, extraordinaria en su portada y armoniosa en su interior, y el pequeño casco urbano, justifican por sí solos la visita. Pero todavía quedaban Figeac, patria de Champolion con su rico patrimonio, y Cahors, lugar de partida de buena parte de los francos que poblaron Estella, con su catedral, ejemplo de románico bizantino y su extraordinario puente Valantré, digno heredero en gótico del de Puente la Reina. Al día siguiente visitamos el insólito santuario de Rocamadour, también con reminiscencias en Sangüesa y Estella, y Souillac, donde el exquisito Isaias sigue montando guardia en el pórtico. En un tranquilo día de votaciones legislativas, el domingo, visitamos Limoges; la catedral de Angulema, ejemplo paradigmático de románico bizantino con su portada-fachada; hasta llegar a Burdeos, la gran ciudad señorial en el estuario del Garona. Nuestro último día nos llevó de Burdeos – con una rápida visita a la catedral, espléndida en entorno, fachada e interior- a Bayona,y de allí a Pamplona, a donde llegamos con la mochila llena de momentos gratos y edificios extraordinarios.

Moissac

Portico de Moissac, obra maestra de la escultura románica

Pero además de arte, el sur Francia nos dejó algunas lecciones para aprender. En lo cívico, un país limpio, cuidado, respetuoso de su historia, orgulloso de sí mismo, que exhibe himno y bandera como patrimonio común indiscutido, al margen de opiniones políticas de sus ciudadanos. En lo turístico, unos territorios donde el patrimonio está interiorizado como un valor no solo cultural, sino fuente de riqueza sobre todo para las zonas rurales. De ahí la abundante presencia de pequeños hoteles con encanto, casas rurales y facilidades para las visitas que jalonan todos sus pueblos. En lo cultural y patrimonial, una preocupación por darles vida digna de encomio. Y en lo religioso, unos templos donde se respetan las horas de culto y la liturgia es viva y vivida en clave de comunidad, en una sociedad laica y altamente secularizada.

Dado que estamos en fase de redacción del Plan Estratégico de Turismo, creo que deberíamos aprovechar las sinergias de nuestra pertenencia a la Comunidad de Trabajo de los Pirineos y nuestra entrada en la Eurorregión Aquitania-Euskadi-Navarra para fortalecer estos vínculos y desarrollar políticas más activas en la materia, que son posibles y necesarias. Es la mejor manera de justificar nuestra presencia en dichas instituciones. Nuestro patrimonio no es inferior, ni mucho menos, pero podemos y debemos aprender de los franceses, maestros en sacar todo el jugo que les ha deparado la historia. En la sociedad del siglo XXI, donde el ocio es un valor en alza, hacer del patrimonio una fuente de riqueza para nuestros pueblos y ciudades es un reto y una oportunidad.

Diario de Navarra, 21/7/2017

El gatopardo

El Gatopardo

La preparación de un viaje a Sicilia con mis alumnos del Aula de la Experiencia de la UPNA , me ha dado la ocasión de volver los ojos a la buena literatura que ha dado la isla. Dante asegura que en la corte de Federico II, que reinó entre 1197 y 1250, nació la literatura italiana: “todo lo que de poético se creó antes de nosotros los toscanos, se llama siciliano”. Pero es en los últimos cien años cuando la gran tradición cultural de la isla cristaliza en un magnífico conjunto de hombres de letras que recogen una característica señalada por Leonardo Sciascia: “tener como materia y como objeto Sicilia, representándola como un medio de llegar a través de ella a la comprensión y al destino de toda la humanidad”. Y para subrayar la misma idea, remachaba: “Sicilia es el mundo”.

Puestos a resumir lo más selecto, éstos serían los autores más representativos: En el siglo XIX, Verga y De Roberto, autor de Los virreyes, su obra maestra, en la que realiza un retrato despiadado de la degeneración de una clase social, coincidente con la dominación española. En el siglo XX, Pirandello, autor de El difunto Matías Pascal, premio Nobel en 1934; Lampedusa, al que luego nos referiremos; Quasimodo, poeta que obtuvo el Premio Nobel en 1959; y Sciascia, del que hace escasas semanas les glosé su libro El contexto. El siglo XXI tiene un líder indiscutible, Camilieri, autor de los relatos policiacos de Montalbano, el culto, melancólico y fatalista comisario de provincias que permite al autor hacer un retrato crítico pero entrañable de la Sicilia provinciana. Por cierto, una interesante entrevista con el escritor acaba de aparecer en el Diario de Navarra del 17 de julio.

De entre todos los citados, El gatopardo de Giuseppe Tomasi de Lampedusa, tal vez sea el más conocido, apoyado en la película del mismo nombre, magistralmente dirigida por Visconti.

 

El gatopardo es una novela escrita por Giuseppe Tomasi di Lampedusa entre 1954 y 1957, y publicada una vez muerto su autor. Narra las vivencias de don Fabricio Corbera, Príncipe de Salina y su familia entre 1869 y 1910. El título se refiere al leopardo jaspeado que aparece en el escudo de armas de la familia. En mayo de 1860, tras el desembarco de Garibaldi en Sicilia, don Fabricio, personaje inspirado en el bisabuelo del autor, asiste con distancia y melancolía al final de una época. La aristocracia va a ser sustituida por la burocracia y la burguesía, la nueva clase social emergente, aprovechando la llegada del nuevo régimen generado por la unificación italiana. Su sobrino Tancredi, un oportunista que combate en las filas garibaldinas, destinado inicialmente a casarse con Concetta, hija del Príncipe, lo terminará haciendo con la bellísima Angelica, hija de Calogero Sedára, un prestamista y usurero burgués de origen humilde, que hará carrera como político. La vida del Príncipe transcurre con monotonía y desconsuelo, hasta que muere en una anónima habitación de hotel en Palermo en 1883, cuando regresaba de Nápoles adonde había acudido para unas visitas médicas. En su palacio próximo a Palermo vivirán sus tres hijas, dedicadas a coleccionar falsas reliquias hasta su muerte en 1910.

Cartel

Más importante que la historia en si misma, la novela es un magistral fresco de una familia, una época y un territorio. De su lectura, que recomiendo vivamente, extraigo algunos párrafos memorables:

– “Un Falconeri debe estar a nuestro lado, por el rey.

Los ojos volvieron a sonreir.

-Por el rey, es verdad, pero ¿por qué rey?

El muchacho tuvo uno de sus accesos de seriedad que lo hacían impenetrable y querido.

– Si allí no estamos también nosotros -añadió-, ésos te endilgan la república. Si queremos que todo siga como está, es preciso que todo cambie. ¿Me explico?”.

“Después de cenar, a las nueve, tendremos el placer de ver a todos los amigos. Donnafugata (el feudo propiedad de Don Fabricio) comentó extensamente estas últimas palabras. Y al príncipe, que no había encontrada cambiada a Donnafugata, se le halló, en cambio, muy cambiado, a él que nunca antes hubiera empleado tan cordiales expresiones. Y en aquel momento, invisible, comenzó la declinación de su prestigio”.

“Un castigo de Dios, excelencia, un castigo de Dios. Y todavía no vemos más que el principio de la carrera de don Calogero: dentro de unos meses será diputado en el Parlamento de Turín. Dentro de unos años, cuando se pongan en venta los bienes eclesiásticos, pagando cuatro cuartos, se quedará con los feudos de Marca y Fondachello y se convertirá en el mayor propietario de la provincia. Este es don Calogero, excelencia, el hombre nuevo como debe ser. Pero es una lástima que deba ser así”.

“El sueño, querido Chevalley, el sueño es lo que los sicilianos quieren; ellos odiarán siempre a quien los quiera despertar, aunque sea para ofrecerles los más hermosos regalos. Y, dicho sea entre nosotros, tengo mis dudas con respecto a que el nuevo reino tenga en la maleta muchos regalos para nosotros”.

“Esta violencia del paisaje, esta crueldad del clima, esta tensión continua en todos los aspectos, estos monumentos, incluso, del pasado, magníficos, pero incomprensibles porque no han sido edificados por nosotros y que se hallan en torno como bellísimos fantasmas mudos; todos estos gobiernos que han desembarcado armados viniendo de quién sabe dónde, inmediatamente servidos, al punto detestados y siempre incomprendidos, que se han expresado sólo con obras de arte enigmáticas para nosotros y concretísimos recaudadores de impuestos, gastados luego en otro sitio: todas estas cosas han formado nuestro carácter, que así ha quedado condicionado por fatalidades exteriores además de una terrible insularidad de ánimo”.

“El príncipe estaba deprimido: Todo esto no tendría que durar, pero durará siempre. El siempre de los hombres, naturalmente, un siglo, dos siglos… Y luego será distinto, pero peor. Nosotros fuimos los Gatopardos, los Leones. Quienes nos sustituyan serán chacalitos y hienas, y todos, gatopardos, chacales y ovejas, continuaremos creyéndonos la sal de la tierra”.

Ficha bibliográfica: LAMPEDUSA, G.T. de, El gatopardo, Seix Barral, Barcelona, 1983.

 

Viaje a Sicilia. Una noche en la época (VIII)

Nuestro día no terminó con la llegada a Palermo. Procuro, siempre que viajo a una ciudad, estar atento a la actualidad musical o teatral que se ofrezca. He tenido a lo largo de los años la oportunidad de escuchar buenos conciertos en Praga, Berlín o Budapest a un precio relativamente asequible. De ahí que, nada más llegar a Sicilia, comprobé el programa del teatro Massimo y vi la posibilidad de asistir a una de las óperas de la temporada que se iniciaba esos días. Tras intensas gestiones que demostraron la constancia y profesionalidad de Laura y la desidia de los responsables del teatro, conseguimos entradas no para el estreno, pero sí para el 26, jueves.

Llegamos al hotel, nos cambiamos de ropa, nos pusimos nuestras mejores galas, que no eran muchas, y salimos hacia el teatro. El Teatro Massimo de Palermo es el mayor de los teatros de ópera de Italia y el tercero más grande de Europa. Se inauguró con el Falstaff de Verdi en 1897.

Los exteriores del teatro, siguiendo la moda neoclásica de utilizar arquitectura antigua, presenta una pronaos corintia hexástila elevada sobre una monumental escalera. A los laterales de ésta se encuentran dos leones de bronce con alegorías de la Tragedia y la Lírica. Sobre las seis columnas se puede leer “L’Arte rinnova i popoli e ne rivela la vita”: “el arte renueva los pueblos, y en ellos revela la vida”. Existen varias teorías sobre la paternidad de esta frase, sin llegar a existir consenso. En lo alto del edificio se construyó una enorme cúpula semiesférica. El esqueleto de la cúpula es una estructura metálica reticular que se apoya sobre un sistema de rodillos que permiten los movimientos provocados por los cambios de temperatura.

La simetría alrededor del eje de ingreso, la repetición constante de ciertos elementos (columnas, ventanas en arco, etc.) y la decoración rigurosamente compuesta definen una estructura espacial simple y una volumetría clara, armónica y geométrica, de inspiración griega y romana. Las referencias formales en este edificio son, además de teatros antiguos, construcciones religiosas y públicas romanas como el templo, la basílica civil y las termas. El interior, magníficamente decorado, dispone de alrededor de tres mil quinientos asientos. El Teatro Massimo reabrió sus puertas el 12 de mayo de 1997, tras un largo periodo de abandono.

Las últimas escenas de El Padrino III se rodaron precisamente en la escalinata del teatro.

La ópera programada era Macbeth, obra en cuatro actos y diez cuadros con música de Giuseppe Verdi, estrenada en el Teatro de la Pergola de Florencia el 14 de marzo de 1847. El libreto está basado en la tragedia homónima de Shakespeare. Fue la décima ópera de Verdi y también la primera de las obras de Shakespeare que adaptó a la escena operística.

Creo que para casi todos los asistentes del grupo importaba menos la calidad musical que la oportunidad de asistir a un espectáculo en vivo en un gran teatro de ópera italiano. Desde las gradas más altas donde estábamos situados, el espectáculo era imponente: un grandioso escenario, un patio de butacas con una aparatosa lámpara colgante y una innumerable serie de palcos superpuestos en cinco pisos, que componían en sí mismos una hermosa coreografía. Digamos como referencia, que el teatro Gayarre, también italiano en su concepción, tiene capacidad para 900 espectadores.

Y si interesante fue la función, con una coreografía muy sucinta pero de gran plasticidad, tanto o más interesante resultó el recorrido por el hall y los distintos pisos durante el entreacto. Allí, junto al busto de Verdi y una maqueta del teatro, María Luisa tuvo la oportunidad de fotografiarse con un elegante señor tocado con traje y sombrero que no tuvo ningún inconveniente en posar con una señora más bastante más joven que él como recuerdo de nuestra visita.

Fue, sin duda ninguna, un digno final para un viaje que nos ofreció lo mejor de una isla que lo tiene casi todo.

 

Viaje a Sicilia. Del Jónico al Tirreno (VII)

El día se inicia de muy primera hora, ya que a las 7,30 estamos en ruta. Son muchos los kilómetros que nos separan de Palermo y debemos llegar de buena hora, porque Verdi nos espera.

Desandamos el camino transitado el día anterior, todo a pie del Etna, con la ventaja añadida de que el gigante hoy se nos muestra casi al completo. Y la vista no deja de ser sorprendente. El mar, con sus irisaciones plateadas al fondo; tras la ciudad y sus urbanizaciones, que se han apoderado de toda la costa, los feraces campos de cultivo mediterráneos con los naranjos como elemento dominante; y a los pies del Etna, una serie de pueblos que conviven con un volcán que de vez en cuando asusta, pero da más de lo que perjudica: tierra buena, turismo en alza y fuente de riqueza. Hoy la cumbre está nevada y presenta una vista de postal.

La autopista serpentea la costa, horadada por túneles y con numerosos viaductos. Es una lástima que una obra de infraestructura tan costosa tenga un mantenimiento tan deplorable: Firme en malas condiciones, continuos cierres de carriles y obras interminables en marcha. Enzo nos ratifica que nunca la ha conocido sin obras.

Tras pasar por Taormina, divisamos en lo alto Calatabiano, uno de los lugares inmortalizados por Andrea Camilieri y el comisario Montalbano. Al fondo, los montes Peloritani dejan entrever pueblos encaramados a la montaña, esa Sicilia rural que nunca visitamos, hermosa en su decrepitud y que tanto nos recuerda a nuestra España rural. Una gran iglesia normalmente barroca dedicada a la Virgen, una serie de casas en laderas, muchas personas mayores, escasos jóvenes que se han ido a la ciudad y al norte en busca de mejores condiciones de vida, y ausencia casi absoluta de niños. En mis tiempos universitarios, cuando pasé tres veranos en Ginebra allegando recursos para el curso siguiente y practicar el francés, uno de mis compañeros de trabajo era un joven de Trapani. ¿Qué habrá sido de él? ¿A dónde le habrá conducido la vida?

Nos acercamos a Messina, la punta nororiental de la isla, donde solo tres kilómetros la separan de Calabria y la punta de la bota de la Italia peninsular. Cien veces azotada por los terremotos y cien veces reconstruida, Messina espera pacientemente la construcción del puente atirantado sin pilares más grande del mundo. ¿No sería mejor con ese dinero mejorar radicalmente las infraestructuras de la isla para facilitar un desarrollo equilibrado y sostenido? Esas y otras reflexiones nos desgrana Laura, nuestra guía siciliana, que ama profundamente su tierra y la conoce como la palma de su mano.

El enclave, pese a estar marcado por viaductos y urbanizaciones de escasa calidad, es de una gran belleza. No sorprende que la mitología griega situara aquí a Scila y Caribdis, porque las corrientes del estrecho hacían muy peligrosa la navegación por estas aguas, cosa que ahora, con los grandes ferris, no plantean gran dificultad. Su posición estratégica convierte a Messina en el segundo puerto de Sicilia, tras Palermo.

Y del Jónico, el mar griego por excelencia, al Tirreno, que nos vincula ya más directamente al mundo romano. Continuamos por la autopista, igualmente desvencijada, hasta llegar a a Milazzo, con fortaleza española y salida de los barcos hacia las islas Eolias, conocidas sobre todo por su actividad volcánica y hoy dedicadas al turismo de calidad. Vulcano, Lípari y Strómboli son las más conocidas.

Allá arriba, casi colgando como balcón sobre el mar, se alza Tyndaris, la ciudad griega y sus restos arqueológicos. Junto a ellos se levanta el santuario más popular de toda Sicilia. Una Virgen negra procedente de Oriente de origen bizantino, del tipo Monserrat, es la patrona del santuario. Se celebra una gran romería el 8 de septiembre, festividad de la Natividad de la Virgen María y día mariano por excelencia junto con el 15 de agosto. El santuario está reedificado muy recientemente, sin especial interés artístico, pero digno y respetuoso con las formas de la tradición siciliana. Hay celebración litúrgica, cánticos incluidos. Pero son solo cuatro fieles los que asisten un 26 de enero a la misa de las 11 horas. Las vistas sobre el Tirreno, las islas Eolias, los montes Peloritani, la Rocca di Novara y el golfo de Patti y sus pequeños lagos es especialmente hermosa.

Tras la parada y la visita, de nuevo al autobús hacia Cefalú, siempre a la orilla del mar, entre túneles y viaductos. Divisamos otro de los parques naturales de la isla, los montes Nebradi y, poco a poco, nos acercamos a Cefalú, la principal visita artística del día.

Cefalú nos retrotrae de nuevo a la edad media y la época normanda, con la ventaja añadida de que el enclave y el urbanismo no han perdido el encanto de antaño. En el interior de la catedral realizamos una pequeña síntesis de todo lo visto, dado que es el último edificio que visitamos. La catedral contiene restos griegos en las columnas monolíticas reaprovechadas; el edificio responde al mejor momento árabe-normando del siglo XII, con el espectacular Pantocrator del ábside; y el barroco siciliano está presente en el crucero y en detalles del conjunto. Un buen ejemplo de convivencia de estilos y del esplendor del arte en esta isla privilegiada.

Un restaurante junto al puerto nos permite apreciar una buena cocina marinera. Mejillones con tomate y un pescado muy agradable son los ingredientes de la comida en un espacio que mira al mar.

El tramo hasta Palermo nos depara la sorpresa de que nuestro chófer, Enzo, debe comenzar mañana otro servicio y debe dejarnos. Adelanto la despedida prevista para la noche y agradezco en nombre del grupo la labor siempre ingrata y no demasiado valorada del chófer. Un viaje es el resultado de muchos elementos que deben estar bien coordinados: un buen destino, una buena preparación, una buena organización, un tiempo aceptable, una buena guía y un buen chófer, entre otros. Enzo ha demostrado profesionalidad, amabilidad y buen trato, y ha respondido en condiciones extremas. El día de Érice puso a prueba todas estas cualidades. Y Laura también ha demostrado conocimiento, saber hacer, disponibilidad y buena mano. A ella debemos, en buena medida, la sorpresa que nos deparará esta tarde la ópera.