Berta Isla

Bertra

Javier Marías es un escritor que no deja a nadie indiferente. Su prosa rica, premiosa y envolvente tiene lectores ávidos y personas a las que les resulta difícil digerirla. Yo, que en otras épocas me situaba entre los segundos, progresivamente voy pasando al bando de los primeros. Pero sé que tengo que tener paciencia. Pasarán páginas y páginas y parecerá que no ha sucedido nada, pero al igual que en nuestra vida, los detalles condicionarán el relato y la existencia.

Berta Isla y Tomás Nevinson se conocieron en Madrid. Tomás, medio español medio inglés, es un superdotado para las lenguas y los acentos, y eso hace que durante sus estudios en Oxford, ciudad y ambiente que Marías conoce y refleja muy bien, los servicios secretos aprovechen un desliz sexual del protagonista y el supuesto asesinato de su amante ocasional para introducirlo en los servicios secretos británicos. A partir de ahí, Berta Isla tendrá una convivencia intermitente y, lo que es más inusual, una desaparición del marido que durará años.

Esa anodina espera, que la novela consigue que sea apasionante, es el núcleo de la novela. Y ello le da pie al autor para desgranar reflexiones sobre la fragilidad de las relaciones humanas donde el para siempre resulta una quimera inalcanzable, la necesidad de fingir lo que no es, las anécdotas diarias de una vida en espera, sin saber si aquel que es el marido volverá o habrá desaparecido para siempre. Un marido, además, que a la vuelta de su peculiar exilio, reflexionará en estos términos. “Lo que pensé y me he repetido con frecuencia es lo siguiente: Lo que ahora sea será siempre. Seré quien no soy, seré ficticio, seré un espectro que va y viene y se aleja y vuelve. Y sucederé, seré mar y nieve y viento”.

Marías aprovecha también las entrelíneas de la novela para dejarnos su visión de la vida y del tiempo presente, que no es muy distinto del que expresa todas las semanas en su columna del País Semanal. “Tengo la impresión -decía hace algunos sábados- que vivimos en un tiempo estúpido e infantilizado”. Y al presentarnos al Tomás Nevinson que acaba de regresar de Oxford con su Bachelor of Arts en el bolsillo señala: “Entonces todo iba más rápido y más adelantado que ahora, en contra de lo que se cree, y los jóvenes se sentían adultos desde muy pronto, se sentías listos para acometer tareas, ejercitarse sobre la marcha y encaramarse a los lomos del mundo. No había motivo para esperar ni remolonear, y tratar de prolongar la adolescencia y la niñez, con sus plácidas indefiniciones, parecía propio de pusilánimes y medrosos, de los que la tierra está hoy tan llena que ya nadie los ve como tales. Son la norma, una humanidad sobreprotegida y haragana, surgida en un plazo brevísimo después de siglos de lo contrario: actividad, inquietud, intrepidez e impaciencia”.

A la hora de elegir país para trabajar, la razón domina sobre la pertenencia: “la vida de cualquiera, le dice su mentor en Oxford, está por doquier; está donde va; está donde cae”. Buena reflexión frente a los nacionalistas doctrinarios, convencidos de haber nacido en un lugar predestinado.

La supuesta muerte de Tomás en la guerra de las Malvinas, le permite reflexionar al autor sobre el papel del pueblo en la nueva política. “El pueblo, que a menudo es vil y cobarde e insensato, nunca se atreven los políticos a criticarlo, nunca lo riñen ni le afean su conducta, sino que invariablemente lo ensalzan, cuando poco suele tener de ensalzable, el de ningún sitio, Es sólo que se ha erigido en intocable y hace las veces de los antiguos monarcas despóticos y absolutistas. Como ellos, posee la prerrogativa de la veleidad impune, no responde de lo que vota ni de a quién elige, de lo que apoya, de lo que calla y otorga o impone y aclama”.

El paso del tiempo, inexorable, lo refleja muy bien en esta ácida reflexión: “Retornar a Inglaterra no era para él una opción: la nación tendría que haberse parado o tendría que haberse parado su edad, y esas dos cosas jamás se detienen, en ningún tiempo ni en ningún lugar. Los países los usurpan quienes van naciendo sin querer, a nosotros nos usurpan los adultos o los viejos en que nos convertimos sin querer”.

Esto y mucho más es lo que ofrece la nueva novela de Marías: una buena historia, muy buena literatura y densidad en fondo y forma. Si te atreves, paciencia, no es cuestión de un fin de semana.

Ficha bibliográfica: MARÍAS, J., Berta Isla, Alfaguara, Barcelona, 2017.

 

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Una medalla discutida y discutible

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Navarra ha contado desde antiguo con distinciones para premiar a las personas o entidades que se han distinguido por sus méritos especiales en favor de la comunidad. La Medalla de Oro de Navarra, creada por la Diputación Foral en 1973, fue modificada por el Gobierno de Navarra en 1984, y se encuentra actualmente regulada por un decreto foral de 1998. El artículo 1º de dicha norma señala literalmente lo siguiente: “La Medalla de Oro de Navarra es la principal condecoración de la Comunidad Foral, destinada a premiar a las personas, instituciones, entidades o colectivos cuyos méritos en la defensa, promoción o fomento de los intereses de Navarra resulten estimados por el conjunto de la sociedad”. La medalla es de oro y esmalte. En el centro, sobre un fondo circular de esmalte rojo, aparece la figura armada y ecuestre de un rey de Navarra. Alrededor lleva una orla con el lema “Servicio, Integridad, Lealtad”. En el reverso figura el escudo de Navarra. Pero, obviamente, más interesante que su aspecto material, aunque el lema bien merece subrayarse, es su valor simbólico. La responsabilidad de la elección recae en el Gobierno de Navarra. Que su entrega se realice en el acto institucionalmente más relevante del año, coincidiendo con el Día de Navarra, no hace sino subrayar la importancia concedida al galardón.

Cuando uno repasa la lista de premiados, ve representadas personas relevantes de los ámbitos más diversos, instituciones de peso y prestigio, y colectivos que realizan una gran labor social. En la mayor parte de los casos, habiendo sido posible otras designaciones, el acierto ha acompañado la decisión. En otros casos, los menos, la polémica ha enturbiado la concesión. Pero cabe decir que el debate se ha desarrollado en parámetros razonables. No ha ocurrido lo mismo este año. La concesión de la medalla a título póstumo a los historiadores Hermilio de Olóriz, Julio Altadill y Arturo Campión ha levantado una polvareda que corre el riesgo de llevarse por delante al propio galardón. Las razones aducidas por el Gobierno de Navarra para tal concesión son básicamente las siguientes: “Por su contribución a la historia y la cultura navarras y a la defensa de los derechos históricos del antiguo Reino de Navarra, y sobre todo y de una manera especial, por su labor decisiva a la hora de definir para Navarra un símbolo permanente de su identidad del que carecía hasta entonces: la bandera de Navarra tal y como se conoce hoy, cuyo diseño fue aprobado por la Diputación Foral en 1910”. Pero las críticas se han multiplicado: en unos casos, poniendo el acento en la veracidad histórica de la razón aducida, el diseño de la bandera; en otros, atacando las ideas de Arturo Campión, sin duda el más importante y significado de los tres galardonados. Y tan fuertes han sido las críticas, que el propio Parlamento de Navarra, a través de su Junta de Portavoces, aprobó por mayoría una declaración institucional en la que rechazaba la distinción a Campión, calificándolo de integrista, xenófobo y racista, y pedía al gobierno que la reconsiderase. Nada de esto ha sucedido y, tras ratificar el Gobierno de Navarra su concesión, cuatro grupos políticos que representan a la mayoría de la ciudadanía navarra han anunciado que no asistirán al acto institucional.

Al hilo de la polémica, me gustaría hacer dos consideraciones, una como ciudadano y otra como modesto historiador. Teniendo presente que el escudo, la bandera y el himno son los símbolos de identidad exclusivos de la Comunidad Foral, sorprende y mucho que el mismo gobierno que ha promovido la derogación de la Ley de Símbolos vigente, que permitiría ondear en los edificios institucionales otra bandera además de la oficial, decida conceder el máximo galardón a los que diseñaron la que, por definición, representa a la Comunidad. Por otro lado, abierto el filón de la historia, éste se convierte en inagotable: ¿Por qué no a Sancho el Sabio que se autotituló por vez primera Rey de Navarra”? ¿o a los redactores del Fuero General? ¿o a Martín de Azpilicueta, tal vez nuestro intelectual más completo? ¿o a José Yanguas y Miranda, historiador y negociador de la Ley Paccionada? Como verán, el elenco sería interminable.

No conviene remover innecesariamente el pasado, sobre todo si lo que se pretende es sacar ventaja de él. Ya han sido galardonados en años anteriores algunos de nuestros mejores historiadores: José María Lacarra, Julio Caro Baroja, José Miguel de Barandiarán, Ángel Martín Duque o José María Jimeno Jurío. Centrémonos por tanto en el presente, y busquemos personas, instituciones y colectivos que hagan honor al lema que contiene la medalla: que sean íntegros, leales y que sirvan a Navarra. Afortunadamente, sin necesidad de rebuscar en exceso, disponemos de buenos ejemplos entre nosotros merecedores del galardón. ¡Feliz Día de Navarra!

23/11/2017

Viaje al sur de Francia (y VIII) Una ciudad renovada y señorial

12 de junio. Burdeos, Bayona, Pamplona

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Vista parcial de la plaza que rodea la catedral de Burdeos

El viaje toca a su fin, pero todavía quedan perlas por admirar. Tras el paseo vespertino por la urbe bordelesa, hoy toca visitar la catedral, un imponente conjunto gótico de los siglos XIII al XV. La primera sorpresa es la urbanización de la plaza, obra del estellés Patxi Mangado, en línea de otras obras conocidas del arquitecto. Bancos, losetas, fuentes y farolas nos resultan familiares. Las obras, de gran tamaño, han dotado de uniformidad al conjunto, resaltando los formidables contrafuertes exteriores y la imponente torre exenta. Es lunes, día en que la catedral está cerrada al público, pero los buenos oficios de Trinitat, neustra guía, han conseguido que el padre Pierre, el párroco de la catedral, nos permita una visita tranquila y minuciosa. Compartimos estancia con un grupo de niños de las escuelas de Burdeos. Están realizando una actividad que no había visto nunca en España. Sobre la pantalla situada al comienzo de la nave mayor se proyecta una película de dibujos animados a la que los niños ponen la música y los efectos especiales. Es su forma de acercarse a la música y de conocer el patrimonio. Una experiencia que provoca nuestra sorpresa, admiración y aplauso cuando finaliza.

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Vista exterior de la catedral

La catedral permite resumir lo visto durante la semana. Una única nave, románica en origen, desarrollada en el gótico meridional a lo largo del siglo XIII, a la que se añade en los siglos XIV y XV un crucero y un gran presbiterio con girola, según el modelo del gótico radiante del norte de Francia. Tal vez la pieza clave del conjunto sea la puerta real del siglo XIII, realzada ahora tras las obras de urbanización de la plaza. La calidad del conjunto es superior a la puerta del crucero, más aparatosa y efectista, que se nos abre para la entrada. Por cierto, el parteluz ha servido de espacio para que dos jóvenes sin techo, con colchón y perro incluido, pasen la noche al raso. Tampoco la rica y civilizada Francia se libra de estas diferencias sociales que ponen en evidencia a nuestra sociedad del bienestar.

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Interior de la catedral con la nave románica y la posterior ampliación gótica

Tras la visita a la catedral y un paseo por su entorno salimos hacia Bayona. Recorremos las Landas en toda su extensión, con sus dunas, su inabarcable llanura, sus bosques de pinos y sus campos de maíz. Una recta interminable que nos permite observar el rosario de camiones españoles que se dirigen hacia el resto de países europeos con mercancía para la exportación. Ha ahí una de las razones de nuestra favorable balanza importación-exportación.

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Mapa en el que se aprecia la larga carretera que recorre las Landas

La agujas de la catedral de Bayona, situada en una pequeña loma a las orillas del Nive y del Adour, se divisan en el horizonte. En un restaurante a las orillas del río, situado en un hermoso edificio del siglo XVIII, el primero de la ciudad en su género, tenemos nuestra última comida juntos. A la finalización de la misma, tomo la palabra para hacer una pequeña despedida. Recuerdo el objetivo del viaje, recuerdo las condiciones que deben cumplirse para que un viaje salga bien, pondero la buena labor de Félix, nuestro chófer, y Trinitat, nuestra guía, y doy las gracias a todos por su puntualidad, camaradería y deseos de aprender. Me despido oficialmente de los alumnos de 1º del Aula de la Experiencia y emplazo a los del curso de arte navarro de Los Arcos a septiembre para iniciar la segunda parte del mismo.

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Vista parcial de la fortificación que envuelve parte de la ciudad

Yo solo nos queda la catedral de Bayona, un edificio gótico emparentado con la catedral de Pamplona. Lo recorremos por dentro, resumimos su contenido, paseamos su clausttro y deambulamos durante un buen rato por su casco histórico, bien cuidado y limpio.

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Vista de una de las calles peatonales que conforman el casco histórico con la catedral al fondo

De allí a Pamplona, Estella y Oteiza. Besos, abrazos, agradecimientos y hasta luegos. Espero que para muchos haya sido una semana para el recuerdo.

Lutero. Una vida delante de Dios

Lazcano

El pasado día 31 de octubre se cumplieron 500 años de la misiva que Lutero envió a su arzobispo presentando las 95 tesis sobre las indulgencias. Probablemente, frente a lo publicado por Melanchthon, Lutero nunca clavó en la iglesia del castillo de Wittenberg el documento, pero esa anécdota añadió carácter épico a una iniciativa que tendría graves consecuencias religiosas y políticas en el futuro.

Entre los numerosos libros que han aparecido estos meses dedicados a la figura de Lutero, Rafael Lazcano, historiador, bibliógrafo y editor, especializado en historia de la Iglesia, ha publicado uno que califica como vita brevis, titulado Lutero, una vida delante de Dios. “Una vida, en palabras del propio autor, escrita en el contexto de su época y desde la que emerge el hombre de fe, el teólogo creyente, el personaje y la evolución doctrinal a lo largo de su andadura personal al compás de los tiempos y las circunstancias”.

Martín Lutero fue universitario en Erfurt, religioso en el convento de San Agustín, estudiante, profesor y doctor en teología en Erfurt y Wittenberg, y catedrático de Sagrada Escritura a la que dedicó treinta y dos años de enseñanza. El libro nos permite seguir su evolución humana y cristiana que le llevó desde su creencia radical en una imposibilidad de salvación a intuir una nueva doctrina basada en la teología de la cruz y la certeza de la salvación por la fe sola. Por medio quedan sus 95 tesis contra las indulgencias, los conflictos con el papado y el emperador, el apoyo de los príncipes alemanes, la bula de excomunión de León X, la ruptura definitiva con la Iglesia católica, la hora de la espada y la cólera en la guerra de los campesinos, su matrimonio con Catalina de Bora, su vida matrimonial en Wittenberg dedicada a la cátedra, el púlpito y la pluma, la ratificación de su doctrina de la justificación por la fe y su última etapa como padre de la Reforma.

Pero ¿cuál fue el legado de Lutero tras una vida convulsa, compleja y rica? Esta es la conclusión del autor. “Con un estilo fácil y elocuente, popular y acerado, sobre todo una vez que deja el catolicismo. La teología de Lutero quiere hallar a un Dios propicio en medio del sentimiento íntimo que experimentaba de su propia debilidad moral. Desconfiaba del amor de Dios, y su interior estaba lleno de angustia y desesperación religiosa. Un pesimismo radical invadió su alma impulsiva, radical y fogosa hasta el alumbramiento de una nueva doctrina: la salvación del hombre no se consigue por el cumplimiento de la ley, sino por el Evangelio; no por las obras, sino por la sola fe, entendida como fiducia, confianza y esperanza en Dios. En efecto, la doctrina de la justificación por la fe es la columna vertebral de todo el sistema teológico y de su pensamiento. Volcado hacia la predicación transmitió las bases doctrinales del edificio de la Reforma con sutileza teológica y no escasa belleza literaria.

Por la traducción de la Sagrada Escritura al alemán merece el título de forjador de la moderna lengua alemana. El proporcionó al pueblo alemán una versión maestra de la Biblia por sencilla y castiza.

Lutero y la Reforma protestante insistieron con mantenida relevancia en que era más importante que el buen cristiano se ocupase de pensar y sentir la fe dentro de sí mismo que de mostrar su adhesión a la práctica externa de ritos y devociones. El doctor de Wittenberg, fuerza motriz de la Reforma, en cuanto testigo del evangelio e instrumento en las manos de Dios, nos recuerda y plantea, a su vez, la raíz religiosa del hombre y del mundo. Este vivir delante de Dios es todo cuando representa la vida de la fe que ofrece al creyente la certeza de la salvación”.

Como se ve una visión de Lutero y su legado muy distinta de la que ha sido habitual en la tradición de la Iglesia católica. El libro es relativamente fácil de leer y resulta de utilidad para conocer su figura y su obra de en el 500 aniversario de la Reforma.

Ficha bibliográfica: LAZCANO GONZÁLEZ, R., Lutero. Una vida delante de Dios, San Pablo, Madrid, 2017.

 

Viaje al sur de Francia (VII) Tranquilo día de votaciones legislativas

11 de junio. Limoges, Angulema, Burdeos

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Vista general de la estación modernista de Limoges

Esta mañana me he levantado temprano para terminar mis impresiones del día de ayer. Hace calor, se presenta un día espléndido, y Francia celebra la primera vuelta de las elecciones legislativas tras el triunfo incontestable de Macron en las presidenciales de mayo.

Tras un desayuno copioso, salimos hacia la estación modernista de Limoges-Benedictins, en honor a la ubicación de la estación en lo que en otro tiempo fue monasterio de esta orden. Las dimensiones notables de la estación y su gran torre son hoy una referencia en Limoges, emplazada como está delante de la gran plaza donde se celebra, entre otros, el día nacional.

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Vista exterior de la catedral de San Esteban de Limoges

De allí partimos hacia la catedral de Saint Etienne. Dado que está cerrada, recorremos el mercadillo dominguero donde se venden todo tipo de objetos en desuso y de una relativa antigüedad. Una costumbre dominical que se repite en muchas partes de Francia. La catedral abre a las 10 y nos permite apreciar un edificio con una torre románica a los pies, continuada en gótico en los pisos superiores. El interior, armonioso en proporciones y bastante unitario responde a un gótico propio de los siglos XIV y XV.

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Vista de conjunto del armonioso interior

Junto al edificio en sí, destacan algunos sepulcros góticos, un “juvé” renacentista, al igual que un hermoso sepulcro también renacentista de fina labra y algunas otras piezas de interés. Mientras salimos, un coro ensaya algún concierto próximo a celebrar y la atmósfera invita a continuar sentados en las nuevas sillas de anea recientemente renovadas. Pero debemos seguir la marcha hacia Angulema.

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Vista de conjunto de la catedral de Angulema con la torre románica  al fondo

El calor aprieta y el camino hasta Angulema, la capital del departamento de Charente, se produce entre el sopor del calor externo y el paisaje que nos acompaña. Al final del viaje, la ciudad se percibe sobre la colina, otra de las pequeñas ciudades francesas que conservan del esplendor antiguo la sede del obispado. San Pedro de Angulema interesa por varias razones. Es una de las obras maestras del arte románico en su modalidad de bizantino, pero al exterior destacan sobre todo una esbelta torre románica que se ha mantenido casi inalterable, un hermoso juego de volúmenes articulados en torno al gran ábside y la impresionante portada-fachada, pareja a la de Notre Dame de Poitiers, que reflejan lo mejor del estilo románico poitevino.

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Vista de la rica  portada-fachada de la catedral de Angulema

Su interior tampoco carece de interés. Responde muy bien a un tipo de reconstrucción hoy tal vez considerado excesivo, pero que salvó buena parte de los edificios de Francia en el siglo XIX. En esa etapa se reconstruyó por dentro, quitándole adherencias de otros estilos, añadiendo elementos nuevos y dándole una pátina uniforme, encalado además con un blanco que aclara aún más su piedra natural. El sistema de cúpulas, además, está perfectamente claro y visible. El reflejo fiel de un modelo que paenas en visible en España.

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El románico bizantino a base de cúpulas queda patente en la imagen

La comida y el restaurante nos ofrecieron buen menú y mucho calor. Y entre siesta y canciones de María Dolores Pradera, el Dordoña y el Garona ya crecidos nos acompañan hasta Burdeos. La ciudad nos recibe imponente, renovada y muy hermosa. Una ciudad señorial que el vino y el comercio marítimo han convertido en referencia urbanística, arquitectónica y económica.

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El Garona y la proximidad al mar condicionan el desarrollo urbano de Burdeos

La visita es corta, pero de gran interés. Avenidas, calles y plazas desbordan calor humano y atmosférico. El paseo por algunas de sus calles más frecuentadas nos permite tomar el pulso a una ciudad cosmopolita que parece tener más habitantes de los que señala su censo. Y es que desborda porte de gran ciudad europea.

Mañana toca pasearla de nuevo, ya que la salida nocturna ha sido sustituida por estas notas evocadoras escritas en la habitación del hotel próximo a la estación del tren.

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Visto lo visto, no sorprende la elección

La televisión nos trae las noticias de actualidad. Nadal ha ganado su décima Roland Garros y el partido del `presidente Macron ha arrasado en la primera vuelta de las elecciones legislativas. El poder llama al poder. Un partido sin pasado, con presente y un futuro prometedor ha doblegado a la derecha y al socialismo. ¡Suerte para Macron y su tercera via!

Una tarea digna de encomio

 

Coro

Navarra ha sido tradicionalmente tierra fecunda en canto coral. Los coros parroquiales de antaño, impulsados por una larga tradición de clérigos, acompañaban las celebraciones religiosas, especialmente en los días grandes, con composiciones y polifonías que han quedado en nuestras memorias de niñez y juventud. Desde los años setenta, los cambios aportados por el Concilio Vaticano II, la aparición de las escuelas y conservatorios de música, y la actuación de las instituciones públicas han hecho que el viejo y benemérito modelo de coro parroquial haya sido sustituido por otro donde la relación con la parroquia es menos estrecha, la dirección ha pasado a manos de laicos, el repertorio es mucho más amplio y los vínculos entre los coros se han fortalecido extraordinariamente. Este esfuerzo desembocó en la creación de la Federación de Coros de Navarra en 1988, con intención de unir a todas las formaciones corales de nuestra tierra, dotando de organización a una de nuestras tradiciones más arraigadas.

Los objetivos establecidos apenas han cambiado con los años, aunque hayan crecido muchos los programas en marcha: difundir y transmitir al público el amor por el canto; acercar la música, sobre todo en la Navarra rural, a quienes gusten de ella; formar futuros cantores a través de cursos, conferencias y clases magistrales; y editar publicaciones y grabaciones de interés pedagógico y cultural.

Esta tarea, desarrollada de forma altruista, ha exigido el trabajo y el compromiso de muchas personas a lo largo de los 29 años de vida de la Federación. Y Carlos Gorricho, su presidente, representa hoy la continuidad en una tarea que está compartida por otros muchos nombres. Pero el trabajo no ha sido fácil. Soy conocedor de primera mano de las dificultades para cuadrar presupuestos, de las reiteradas incomprensiones de la administración foral que les ha llevado en ocasiones a denunciar en el Parlamento su situación, y de la dificultad adicional de hacer presente la música, no en los escenarios de las ciudades y pueblos grandes de nuestra Comunidad, sino en las localidades más pequeñas, normalmente en el presbiterio de nuestras iglesias. Pero el esfuerzo ha valido la pena y de él nos beneficiamos anualmente varios miles de navarros.

La página web de la Federación, completa y actualizada, da cumplida cuenta de la situación a día de hoy. Agrupa a 66 coros y ha presentado para el curso 2017-2018 una programación en la que, bajo los eslóganes “Música al alcance de todos” y “Con voz propia”, a los programas de años anteriores añade uno nuevo: Música en red, que pretende llevar el canto coral por todo el tejido de los Civivox de Pamplona. 215.000 euros, de los que 127.000 serán costeados por la propia federación, permitirán ofrecer más de un centenar de conciertos y programas de variado signo.

Pero el programa anual más ambicioso es el Ciclo Coral Internacional, que acaba de cerrar su XXIII edición. Del 27 de octubre al 6 de noviembre, 18 coros de 13 países (Rusia, Francia, Indonesia, Filipinas, Letonia, Estados Unidos, Reino Unido, Ucrania, Eslovenia, Chequia, Argentina, Hungría y Estonia) han ofrecido 29 conciertos en 21 localidades distribuidas por toda la geografía navarra. Y de estos conciertos, en su mayor parte gratuitos, han disfrutado más de 11.000 personas. He tenido la oportunidad de asistir a tres de ellos. El primero, en el cómodo auditorio del Centro Cultural Tafalla, a cargo del coro Maska de Letonia. El concierto fue verdaderamente excepcional. Pocas veces he visto una agrupación con empastes, volúmenes y dominio de las voces tan bien trabajados, además de un programa tan arriesgado y poco convencional. El Sophia Chamber Choir de Eslovenia estuvo bien, pero sin el nivel del letón. Y del auditorio de Tafalla a la iglesia de San Juan de Estella. El coro Sansara del Reino Unido, un grupo de apenas 19 componentes, mostró excelentes cualidades: gran sonoridad, ductilidad y versatilidad. Sin la comodidad de Tafalla, pero con la ventaja añadida de tener enfrente, mientras sonaba la polifonía, uno de los grandes retablos navarros del renacimiento. Me llamó mucho la atención la juventud de los componentes de los diversos coros, que contrasta con la acusada veteranía que presentan los nuestros. De ahí la pertinencia de continuar con los cursos de iniciación a fin de hacer cantera.

Resulta obligado aplaudir el esfuerzo de organización y la calidad de los conjuntos. Y si esto ha sido así este año, ¿qué nos deparará el año que viene, que la Federación cumple 30 años? No dudo que intentarán superarse.

Diario de Navarra, 9/11/2017

 

Viaje al sur de Francia (VI) El santuario de la Virgen negra

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El río Lot abraza casi en su totalidad la población de Cahors

10 de junio. Cahors, Rocamadour, Souillac, Limoges

Tras una noche plácida en la amplia habitación del hotel, el puente Valentré amanece envuelto en la niebla, que añade una lectura poética a la épica de su construcción y emplazamiento. Tras un desayuno completo, salimos hacia Rocamadour, uno de los grandes santuarios de peregrinación de Francia.

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Rocamadour, literalmente colgado de la roca

De nuevo, las estrechas carreteras nos llevan por el departamento del Lot, entre amables paisajes, hasta Rocamadour. El valle abierto en la montaña calcárea por el río Alzou permite situar a la localidad en un lugar inverosímil. Pegado a la roca y colgado literalmente de ella se encuentra el santuario. El cuerpo de San Amador, presuntamente incorrupto, fue encontrado por los monjes benedictinos en el interior del santuario mariano en 1162, en pleno auge de las peregrinaciones. Desde entonces, además de etapa del Camino jacobeo, la imagen diminuta de la Virgen negra ha atraído a peregrinos de toda condición, de reyes a mendigos, pasando por nobles, clérigos, laicos, artistas, sabios  y analfabetos.

Los espacios se estrechan, pero los lugares de interés se acumulan: la cripta del siglo XII, un espacio rotundo cubierto con una elemental bóveda de crucería; la basílica superior, cuya similitud con la de San Juan de la Peña me viene a la memoria, con su pared de roca y su arquitectura acomodada al terreno, mientras una joven dirige el rosario desde el púlpito situado en medio del espacio, junto a una de las columnas centrales; las capillas de San Blas y San Miguel, ya góticas; y el pequeño espacio dedicado a la Virgen de Rocamadour, de especial evocación y recuerdo para los estelleses del barrio del mismo nombre. Tras la salida de los capuchinos, una iglesia románica con la imagen de la titular y un albergue recientemente montado nos recuerdan el carácter jacobeo de una advocación y un enclave que pervive desde el mismo siglo XII en que nació su homólogo francés. Unos peregrinos franceses llegan entre plegarias sentidas. Juntos cantamos la Salve Regina y los que apenas podemos comunicarnos con las lenguas procedentes del latín, cantamos juntos en esta lengua común a la Virgen en la plegaria también secular entonada miles de veces en el santuario. El sonido del órgano nos lleva de nuevo a la iglesia principal. Son las once de la mañana y comienza la misa. No son las afluencias de antaño, pero un grupo de peregrinos acompañados de su párroco asisten a la eucaristía. Una monja canta desde el coro con el escaso pueblo fiel. Pero la tradición continúa.

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Vista parcial de las sucesivas edificaciones medievales en torno al santuario

La población medieval, que vista desde arriba tiene el encanto de lo auténtico, ha quedado convertida en calle comercial, con tiendas abiertas en cada uno de sus portales. Tal vez nos parezca un exceso, pero algo así debieron de ser en la Edad Media si debían de hacer frente a las necesidades generadas por la peregrinación. Tras un descanso en uno de los apacibles lugares de la plaza, subimos de nuevo la escalinata que nos lleva al santuario y cogemos el funicular que nos asciende a la planicie de arriba donde está situado el castillo.

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Vista parcial del pórtico de Souillac, ubicado en el interior tras la restauración de la iglesia

El camino hacia Souillac nos permitirá acercarnos hasta la embocadura del Dordogne, un hermoso río frecuentado por los hombres desde la Prehistoria. Lascaux es para el arte prehistórico lo que Conques y Moissac para el románico, hito indiscutible en la carrera por conocer el origen y la evolución del homo sapiens. Y sus caballos y animales ocupan similar rango en la historia del arte que el Isaías del pórtico de la abacial que visitaremos por la tarde. Pero la sorpresa del mediodía es la comida en uno de los hotelitos de la localidad, que apenas tiene 3.500 habitantes. Comida elaborada, bien presentada y mejor servida. Con servilleta de tela y todo.

Tras la comida nos espera la abacial de Santa María. Su gran iglesia de planta de cruz latina, de grandes dimensiones, con un transepto de 33 metros y ábside con tres capillas,  y bóvedas según modelo románico bizantino, nos permite apreciar de nuevo un modelo absolutamente inusual entre nosotros. Pero la verdadera joya es el pórtico, ubicado en el interior, tras la restauración de la iglesia, y rehecho a partir del primitivo. La leyenda de Teófilo entre San Benito y San Pedro, el enorme parteluz, ejemplo señero del horror vacui con sus tres caras enteramente labradas, acompañan a Isaías, situado junto a la puerta. Nuestro profeta comparte ubicación con Oseas, también del mismo maestro, pero sin la finura y gracia del primero. Sus delicadas facciones, su peinado, el exquisito dominio de los pliegues, en parte drapeados, y el juego casi de baile de sus piernas entrelazadas, hacen del maestro de Souillac una cumbre del románico a la altura del parteluz de Moissac, también de la mano del maestro o su taller.

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Pocas imágenes románicas alcanzan la exquisitez del Isaías de Souillac

El breve paseo por el casco urbano nos permite admirar el bello juego de volúmenes del ábside exterior, visto también en Conques, la limpieza de calles y fachadas, sus numerosos hoteles y los restos de la iglesia de San Martín, dañada en las guerras de religión y hoy convertida en una evocadora ruina externa y un acogedor espacio interno dedicado a oficina de turismo.

Los viaductos nos acompañan en la salida de la población, camino de Limoges. En la centralizada Francia, todas las dificultades de relación transversal se vuelven facilidades en disposición vertical, camino de París. La tarde es calurosa, pero el aire acondicionado de Félix nos permite un viaje cómodo, entre el sueño y los apuntes de Trinitat. Limoges se nos ofrece con un alto campanario destacando en lo alto de la cité. Allá vamos y en la plaza de la República, en pleno corazón de la ciudad, tenemos nuestro hotel, el Royal Limousin Mercure.

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Vista de la planta del monasterio de San Marcial de Limoges, cuyos restos se conservan en la plaza donde está ubicado el hotel

Su ubicación no podía ser más acertada. Estamos en el espacio de la antigua abadía de San Marcial de Limoges, una de las grandes iglesias de peregrinación del Camino francés, literalmente derruida durante la Revolución Francesa y hoy en trance de descubrimiento en forma de excavaciones arqueológicas que ocupan parte de la plaza.

Me quedo en el hotel redactando estas notas hasta la hora de cenar. Tras la cena, un paseo por la ciudad vieja nos permite reencontrarnos con la capital del Limousin, famosa por sus esmaltes. Es sábado, y un buen tiempo y un buen ambiente se apoderan de las calles. Saint Michel des Lions con su airoso campanario, San Pedro y la capilla de San Aureliano, sostenida por los carniceros del barrio, que la salvaron en época revolucionaria, son algunos de los rincones bulliciosos y llenos de gente joven por los que pasamos.

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Buen ambiente en las calles del casco antiguo en la noche del sábado

 

Tras el paseo, a dormir, que mañana nos espera una jornada fuerte en calor e interés. De nuevo, un gran día.