Viaje a Sicilia. La quintaesencia clásica (V)

Tras algunos problemas de intendencia, recupero el relato del viaje a Sicilia que dejé interrumpido en el mes de marzo.

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Vista del teatro griego de Siracusa

El viaje de Catania a Siracusa es un compendio de las bellezas de la isla. El mar, siempre el mar azul, a uno de los lados. Al otro lado, la mole del Etna en todas sus expresiones: entre nubes, con nieve en la cumbre, limpio o con fumarolas, según horas y condiciones meteorológicas. Y en medio, un territorio feraz, que en el tramo que nos ocupa abarca la buena agricultura mediterránea, sobre todo naranjos.

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Entrada a la Oreja de Dionisio

Siracusa es, sobre todo, la presencia griega en la isla. El primer monumento visitado es el teatro, excavado en la roca de la colina con todos los elementos perfectamente visibles. Las fotos se suceden por doquier, ¿quién puede resistirse a inmortalizar su imagen en el espacio que conoció la interpretación de tragedias griegas, comedias romanas y espectáculos variados durante ocho siglos, hasta que la prohibición a finales del Imperio Romano acabó con todo tipo de espectáculos.

En la misma cantera rocosa se encuentra otra sorpresa de la ciudad, la llamada Oreja de Dionisio, un espacio natural utilizado como cárcel en determinadas épocas. El grupo no se resiste a experimentar su sonido natural y entona una melodía tradicional que suena muy bien entre el eco y la inmensidad del espacio.

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Restos de edificios de época griega en Ortigia

De los aledaños de la ciudad griega, dejando a un lado el moderno santuario de la Virgen de las Lágrimas, pasamos a la isla de Ortigia, verdadero corazón de Siracusa. Toda ella es un monumento, pero la palma se la lleva la catedral. He ahí un ejemplo de continuidad cultural de un edificio que se levantó como templo dórico en el siglo V a.C. y que, tras las adaptaciones propias de cada etapa, ha devenido en un conjunto dórico empotrado en un hermoso cascarón barroco.

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Vista de las columnas dóricas en el exterior de la catedral de Siracusa

Las columnas dóricas, con su friso y su arquitrabe todavía visibles, articulan el exterior e interior de una manera sorprendente. La gran portada barroca añade exotismo a la construcción y una hermosa interpretación de la columna en la articulación de la fachada. La plaza de la catedral probablemente deba añadirla a ese elenco de plazas que a veces cito como especialmente representativas. Completan el conjunto el palacio arzobispal, la iglesia del fondo y una serie de palacios hoy convertidos en veladores y restaurantes.

 

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Vista de las columnas dóricas en el interior

Recorremos a pie la isla de Ortigia para buscar el restaurante para la comida, que se encuentra enclavado en una callejuela con encanto. Su nombre, Ostrería de Mariano, nos remite a los restaurantes familiares tradicionales, con un menú aceptable.

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Vista de la fachada barroca de la catedral de Siracusa

Tras la comida tenemos un rato para pasear por el entorno marítimo, particularmente hermoso. El paseo marítimo dispone de unos gigantescos ficus, que sorprenden por su porte y elegancia.

La vuelta a Catania nos sigue deparando buenos paisajes, entre ellos la perspectiva del Etna, ya con la luz cambiante del atardecer. Y a esa hora en la que el sol enciende las fachadas e ilumina torres y estatuas, llegamos a Catania, la gran urbe del sur de la isla.

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Vista de la fachada barroca de la catedral de Catania

La plaza de la catedral es el punto de encuentro. De nuevo, el barroco siciliano se hace presente, en este caso con el color oscuro de la piedra basáltica que lo caracteriza. El elefante con su columna a cuestas, emblema y símbolo de la ciudad, nos reúne junto a un espacio jovial y animado.

 

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Vista de la plaza mayor de Catania con el ayuntamiento al fondo

Pero la ciudad ofrece mucho en un espacio acotado. La tumba de su hijo más ilustre, Vincenzo Bellini, al que está dedicado también el teatro de ópera, ocupa la primera de nuestras visitas. Sus iglesias son abundantes y ricas, barrocas en su mayor parte. Sus palacios, también barrocos y que sin exagerar pueden contarse por docenas, nos hablan de su antiguo esplendor, aunque buena parte de ellos necesitan alguno más que una buena mano de pintura. Y también, como sorpresa adicional, sus fiestas religioso-festivas.

 

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Tumba de Vincenzo Bellini en la catedral de Catania

Es 24 de enero y dentro de unos días se celebrará Santa Águeda, patrona de la ciudad. La calle principal, la vía Etnea, está cortada porque una estructura a modo de baldaquino, a mitad de camino entre paso procesional y templete gastronómico, es llevada en andas por unos jóvenes entunicados que procesionan acompañados de una banda de música más profana que religiosa.

 

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Vista de la procesión cívica en honor de Santa Águeda

De nuevo la expresión religiosa mediterránea aparece en una de sus características representaciones. Es casi de noche, pero no queremos privarnos de un paseo por una de las colinas adyacentes al centro de la ciudad, dedicada a albergar los colegios y conventos masculinos y femeninos que se levantan en la urbe tras la última erupción del Etna. Da la impresión de que se ha producido una verdadera competición entre las órdenes religiosas y sus donantes para levantar el edificio más amplio y lujoso. Un reto entonces, y un reto ahora para encontrar financiación y nuevos usos a un patrimonio desbordante.

 

Catania, estoy seguro, ofrece mucho más, pero la noche se ha echado encima. Tomamos una cerveza al aire libre en una de las concurridas cafeterías de la calle principal. Es una noche fresquita pero agradable, no en vano estamos en enero.

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Exterior de uno de los conventos situados en la colina

Un día sin duda intenso, del arte clásico al barroco. En una y en otra época, Sicilia parece encontrarse como pez en el agua. Y Catania, la resurrecta nueve veces, quiere unirse a la fiesta. Nada ha podido con ella, ni la naturaleza, ni la mafia, ni la mala praxis política. El futuro no lo tiene fácil, pero con estos antecedentes uno no puede ser pesimista.

 

Una tendencia preocupante

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Vista aérea del colegio actual

Aunque no exenta de borrones, la morfología urbana de Pamplona es ordinariamente definida como equilibrada, bien articulada y de una calidad más que aceptable. Hasta comienzos del siglo XX, la ciudad apenas experimentó variaciones significativas respecto del modelo medieval, caracterizado por casas de planta rectangular, largas y profundas, con la fachada estrecha, una tipología gótica que perdurará a través de los años. Las murallas, en los siglos XVI y XVII, los palacios urbanos en el siglo XVIII, y la creación de infraestructuras y equipamientos ciudadanos en el XIX, marcarán los hitos básicos de su desarrollo y evolución. Es a comienzos del siglo XX cuando la ciudad experimenta el tirón definitivo que le dará el aspecto que hoy presenta.

La primera etapa de este siglo corresponde a la época de los Ensanches, con pequeñas experiencias de ciudad jardín, vivienda barata o monumentalismo de posguerra. La segunda etapa, que se inicia con el Plan General de Ordenación Urbana de 1957, nos trajo la eclosión de los principios del Movimiento Moderno, con mejor o peor fortuna. La tercera etapa comienza en la década de los setenta, y sus manifestaciones se podrían sintetizar en la recuperación de formas y teorías que la repetición de la herencia del Movimiento Moderno había soslayado. La cuarta etapa se concreta en una expansión de la comarca de Pamplona que no tiene precedentes, con actuaciones dispares como Mendillorri, Sarriguren, Ezcaba, Buztintxuri o Ripagaina, además de otros desarrollos de ciudad extendida en diferentes puntos de la comarca. El balance, en palabras de José María Ordeig y Laura Rives, podría ser el siguiente: “En definitiva, tenemos una ciudad que muchos visitantes envidian. Estamos creciendo, para bien o para mal, como nunca hacia la Comarca. Hay un buen hacer profesional a nivel de diseño y podemos, además, realizar una reflexión teórica sobre el particular con el apoyo académico. Falta quizá una mayor toma de conciencia de lo que significa el salto comarcal, a la luz de los parámetros actuales. Pero Pamplona, durante todo el siglo XX ha tenido recursos suficientes para acometer los nuevos retos y planteamientos urbanísticos que se le presentaron”.

En este panorama que podríamos denominar, sin ánimo peyorativo, de “aurea mediocritas”, se han sucedido las polémicas urbanísticas. La última a la que estamos asistiendo es la correspondiente al Plan Salesianos, que básicamente consiste en la construcción en el extrarradio pamplonés de un nuevo centro educativo adaptado al siglo XXI, pagado básicamente con las plusvalías generadas por la venta de la parcela, lo que implica necesariamente, para que la operación sea viable, la aparición de unas torres que rompen la relativamente armoniosa línea de los ensanches.

La polémica ha suscitado un jugoso debate en este mismo medio: por un lado, acreditados arquitectos partidarios y detractores del plan; por otro, articulistas que aducen argumentos educativos y urbanísticos para mostrarse a favor o en contra del proyecto. Sin duda, todos tienen su parte de razón. Permítanme, por tanto, que yo exprese la mía, abordando un punto de vista complementario que no ha aparecido todavía en el debate.

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Simulación de las nuevas torres en el terreno ocupado por el colegio

La ciudad, a lo largo del siglo XX, ha acumulado en su recinto urbano una serie de centros educativos, normalmente vinculados a órdenes religiosas, que han desarrollado un importante papel en la formación de las clases medias y populares. Algunos de estos centros se han quedado obsoletos y con demasiada alegría y poca reflexión, en algunos casos previo pelotazo urbanístico, han sido desplazados a la periferia. ¿Qué ha perdido la ciudad? Mucho, especialmente la ciudad central, envejecida y con poco tránsito infantil y juvenil. El colegio servía al barrio, daba vida, hacía ciudad y articulaba la trama ciudadana. El nuevo colegio periférico es menos ciudadano, no tiene vínculo con la ciudad y a la postre es mucho más caro y menos ecológico, dado que casi todos los alumnos deben ser transportados. Y esto, no un día, sino todos los días del año y todos los años de vida del centro, que se cuentan por décadas. El ejemplo de maristas o el nuevo colegio Izaga, son buenos ejemplos de esta tipología.

Hecha esta reflexión, aunque mi propuesta ya no sea factible, me atrevo a verbalizarla: Salesianos debería quedarse donde está. Y dada su contribución innegable al desarrollo de la educación en Navarra, debería de recibir las ayudas necesarias para que el nuevo proyecto, racional y medido, fuera factible. Eso sí, inserto dentro de la planificación general de la enseñanza que corresponde a la administración. Creo que la educación, la ciudad y el ecosistema urbano saldrían ganando. Y si no es posible hacerlo, que sirva al menos de reflexión para otros casos futuros que, sin duda, se presentarán.

Diario de Navarra, 8/6/2017

 

Me rindo

2666

Ahora que dispongo de más tiempo, he decidido intentar la lectura de algunos autores, que hasta ahora no me había sido posible abordar, sobre todo por su dificultad de escritura. He tenido en las últimas semanas en mi mesilla de noche, modo ebook, la titulada 2666.

2666 es una novela póstuma del escritor chileno Roberto Bolaño( 1953-2003) publicada en el año 2004. Consta de cinco partes que el autor, por razones económicas, planeó publicar como cinco libros independientes para asegurar así, en caso de fallecimiento, el futuro de sus hijos. No obstante, tras su muerte, los herederos ponderaron el valor literario y decidieron editarla como una única novela. La decisión la tomaron junto con su editor, Jorge Herralde, y el crítico literario, Ignacio Echeverría, que revisó y preparó para su publicación los manuscritos del autor.

Gran parte de la acción de los cinco libros transcurre en la ciudad ficticia de Santa Teresa, que se ha identificado con Ciudad Juárez. La primera parte se titula La parte de los críticos, y los personajes principales son el francés Jean-Claude Pelletier, el italiano Piero Morini, el español Manuel Espinoza y la inglesa Liz Norton, profesores de literatura que se embarcan en la búsqueda del escritor alemán Benno von Archimboldi. En La parte de Amalfitano el personaje principal es Óscar Amalfitano, un profesor chileno que se trasladó a Santa Teresa desde Barcelona junto con su hija para dar clases en la universidad de dicha ciudad. En La parte de Fate, un periodista estadounidense, Quincy Williams, cuyo apodo es Fate, debido al fallecimiento de un compañero se desplaza a la ciudad mencionada a cubrir la noticia de un combate de boxeo. La cuarta parte se titula La parte de los crímenes y describe los asesinatos de mujeres acontecidos en la ciudad de Santa Teresa, junto con las investigaciones que se llevan a cabo y que normalmente no arrojan ningún resultado. La novela finaliza con La parte de Archimboldi, donde se narra la vida del escritor Benno von Archimboldi, y los intentos de su hermana para sacar al hijo de esta de la prisión de Santa Teresa. El nexo de todas las partes de la novela parece ser los asesinatos de las mujeres en Santa Teresa.

Después de esta pequeña síntesis, tomada de Wikipedia, y de los premios obtenidos, lo lógico hubiera sido que disfrutara del texto. No me ha sido posible. Funcionaba como un somnífero, una vez que lo cogía en la mesilla de noche. No ha sido el ambiente adecuado, me dije optimista. Y comencé uno recientemente editado, titulado “El espíritu de la ciencia ficción”. El resultado no ha sido mejor. No he podido pasar de la página 50, sin que pueda resumirles su contenido, porque apenas me he enterado de nada.

Por eso, desisto. Me rindo. Lamentablemente, para mí Bolaño, por supuesto que desde el respeto, siempre será un escritor maldito.

BOLAÑO, R., 2666, Anagrama, Barcelona, 2004.

Universitarios navarros en la Edad Moderna

Distritos

Mapa universitario español durante buena parte del siglo XX

En nuestra entrega anterior, dejamos a los escasos universitarios navarros de la Edad Media acogidos a los “erasmus” de la época, básicamente el patrocinio real o clerical, en algunas de las más prestigiosas universidades europeas: París, Toulouse, Avignon, Salamanca o Bolonia. A fin de completar el panorama, echaremos hoy una mirada sobre el periodo siguiente, el de la Edad Moderna, hasta llegar al momento de la creación de la Universidad Pública de Navarra en 1987.

Los intentos de creación de una universidad pública en el territorio se suceden también en estos siglos. A lo largo de los siglos XVI, XVII y XVIII, las cortes de Navarra abordaron temas relacionados con la cuestión universitaria en 151 ocasiones, de las cuales 28 fueron acuerdos de creación, 19 discusiones sobre la financiación y 54 referidos al acceso de navarros a los colegios mayores, sobre todo a los de Alcalá. Se crearon además dos universidades dependientes de instituciones religiosas: La Universidad benedictina de Iratxe y la Universidad dominicana de Santiago en Pamplona.

¿Dónde estudiaban nuestros universitarios y quiénes eran? La respuesta, en síntesis, podría ser la siguiente: Nuestros universitarios, religiosos, clérigos seculares o laicos, vinculados tradicionalmente a las universidades francesas, vuelven poco a poco sus ojos hacia las universidades peninsulares, especialmente las situadas en Castilla, sobre todo Alcalá, Salamanca y Valladolid.

El procedimiento ordinario de entrada lo constituyen los colegios menores y mayores, primer paso y medio principal para poder conseguir más adelante distintos cargos de relevancia en la alta administración civil y eclesiástica castellana, ya que gran parte de las plazas se surtía con gente procedente de tales centros de enseñanza. Como ejemplo, de los 47 ingresados en el colegio de Santa Cruz de Valladolid, 22 fueron catedráticos de la Universidad de Valladolid; 14 desempeñaron cargos en audiencias y chancillerías; 1 fue médico del emperador Carlos; 7 estuvieron vinculados a la inquisición; 3 fueron obispos; 1, arzobispo; y además, 9 fueron miembros del Consejo de Navarra. En conjunto, Navarra aportó un número de estudiantes a las universidades castellanas superior al conjunto de aragoneses, catalanes y valencianos, si bien es cierto que los tres territorios tenían universidades propias.

En el siglo XVIII, la progresiva decadencia y desprestigio de las universidades hizo que el número de estudiantes descendiera de forma significativa, incluso en las de mayor rango y solera. Las universidades dejan paso a nuevas instituciones educativas y culturales que preparan y sostienen a la selecta minoría que domina los ámbitos económicos y culturales. La simbiosis de unos y de otros, hará posible la “hora navarra” del siglo XVIII, con la presencia de minorías selectas e influyentes de navarros en la corte madrileña, que ya tenemos acreditada a finales del siglo XVII.

En el siglo XIX, los intentos de creación de una universidad pública se suceden y a los de las cortes de Navarra del primer tercio del siglo, se unen los de la Universidad Vasco-Navarra de 1866 y la Universidad de Navarra del mismo año.

En el siglo XX continúan las iniciativas: La Universidad Vasco-Navarra de 1918; el proyecto de Universidad Católica en Pamplona de 1936; el Estudio General de Navarra (1952), convertido en 1960 en la Universidad Católica de Navarra -nombre oficial del centro creado-; el Centro Asociado de la UNED en Navarra en 1973; y, finalmente, la creación de la Universidad Pública de Navarra en 1987.

¿Y dónde estudian nuestros estudiantes? La tendencia iniciada en el siglo XVI se acentúa y la salida más allá del Pirineo queda reservada a clérigos seculares y religiosos. Toman el relevo, de forma progresiva, la Universidad de Salamanca para los clérigos y religiosos, y para los laicos las universidades centrales que se crean en España con las sucesivas reformas liberales, Madrid y Barcelona especialmente, además de otras universidades del entorno más próximo: Zaragoza, Valladolid, Oviedo, Santiago, a la que, ya en el franquismo, se añadirá la Universidad del País Vasco.

La creación de la Universidad de Navarra, primero, y la Universidad Pública de Navarra, después, a la que se unirá el creciente peso de la UNED, harán que Navarra, en los últimos 25 años, pasé de ser una tierra de emigración universitaria a una tierra de inmigración. Y en este contexto de vuelta a los orígenes, hay que situar el fenómeno Erasmus. Bienidos sean los que salen y bienvenidos los que llegan. No hay mejor forma de hacer honor a la palabra que define a la institución.

Diario de Navarra, 25/5/2017

 

Universitarios navarros en la Edad Media

Item un privilegio con la bula del papa Alexandre IV que otorgó al Rey de Navarra que podiese facer Estudio General en Tudela et los estudiantes que hubiesen sus beneficios así como los estudiantes de París. Datum Anagnie, VIII idus maii, pontificatus nostri anno quinto

Nota del inventario del notario Martín Périz de Cáseda, de 1328

La Unión Europea, aliviada con la victoria de Macron en Francia, celebró antesdeayer el Día de Europa. Con tal motivo, la UPNA dedicó una jornada a estudiar el impacto del programa ERASMUS, feliz iniciativa nacida hace 30 años, coincidente con el nacimiento de la propia Universidad Pública de Navarra. ERASMUS es el acrónimo del nombre oficial en inglés (Plan de Acción de la Comunidad Europea para la Movilidad de Estudiantes Universitarios), coincidente con el nombre en latín del filósofo, teólogo y humanista holandés Erasmo de Roterdam (1465-1536), una de las figuras claves del renacimiento europeo. La importancia del programa ha desbordado el mundo académico, habiéndose convertido en un elemento importante para fomentar la movilidad y conocimiento de la Unión Europea entre la población joven. Las cifras de curso 2016-2017 son incontestables: más de 400 jóvenes navarros procedentes de las dos universidades saldrán a otros países europeos, mientras que nos visitarán 450 estudiantes foráneos.

Esta iniciativa de salir a estudiar al extranjero, para sorpresa de muchos, no es nueva entre nosotros. Como es bien sabido, el reino de Navarra intentó dotarse de una universidad pública desde muy pronto. A lo largo de la Edad Media tenemos documentados los siguientes intentos: el Estudio General de Tudela por parte de Teobaldo II en 1259; el proyecto de universidad en Ujué de la mano de Carlos II en 1378; y el proyecto de universidad en Pamplona, promovido por Catalina y Juan de Albret, en 1499. Tras la enumeración de los repetidos fracasos, algunas preguntas queda en el aire: ¿tenemos noticia de los universitarios navarros de la época? ¿Quiénes eran? Qué condición tenían? ¿Qué y dónde estudiaban? Los estudios de José Goñi, Luis Javier Fortún y el recientemente fallecido Pascual Tamburri nos permiten responder básicamente a las preguntas formuladas, que resumo para ustedes.

La hilazón de Navarra con el movimiento cultural europeo es preciso buscarla en la presencia de las órdenes mendicantes y la partida hacia las universidades extranjeras. Las órdenes mendicantes se expandieron rápidamente por Navarra. Las principales ciudades y villas del reino vieron instalarse en sus recintos urbanos a franciscanos y dominicos. Agustinos, carmelitas y mercedarios completaron esta nutrida trama conventual. A diferencia de otras órdenes existentes, la finalidad apostólica y la importancia de la predicación, explican su interés por el estudio y la necesidad de contar con centros docentes propios. A veces, estos centros docentes reunían alumnos procedentes no sólo del convento propio, sino de otros conventos de la orden. De ahí la existencia de Studia Generalia que, pese a su nombre, no cabe confundir con los propiamente universitarios.

La presencia de navarros, clérigos y laicos, en universidades extranjeras completa el panorama de la época. De los 440 universitarios navarros documentados, conocemos la condición de un tercio de ellos. El grupo más importante (90) corresponde a canónigos, siendo Pamplona el cabildo que aportó un mayor número (63), seguido de Tudela y Roncesvalles, con 20 y 7 respectivamente.

Le siguen las órdenes mendicantes, con 50 universitarios conocidos. Franciscanos (26) y dominicos (14) ocupan los lugares preeminentes, mientras que agustinos, mercedarios y carmelitas tienen cifras reducidas.

Las preferencias de los universitarios navarros aparecen también claramente definidas en la documentación: 152 se inclinaron por el derecho canónico, 61 por teología, 33 por derecho civil, 31 por medicina, 18 por artes y 8 compaginaron ambos derechos. Las universidades en las que cursaron los estudios son conocidas en un centenar de casos. En 71 ocasiones son universidades francesas las elegidas: París, con 36 estudiantes, sobre todo teología; Toulouse, la más cercana, con 23; y Avignon, con 11 estudiantes de derecho canónico, son las más representativas. Completan la cifra la Corona de Aragón con 13 casos, Salamanca con 8 y Bolonia con 6.

La conclusión es evidente: el pequeño reino navarro, necesitado de cuadros competentes que se hicieran cargo de una administración cada vez más compleja y desarrollada, envía a sus hijos, a veces con la protección real, a las universidades más prestigiosas de la época. Las fronteras peninsulares, tal como hoy las conocemos, son una entelequia. La posición geográfica, la querencia natural francesa propiciada por las dinastías reinantes y las mayores facilidades encontradas, explican una diáspora tan peculiar como interesante.

Como ven ustedes, poquita cosa, pero la semilla estaba echada. En la próxima entrega les contaré las vicisitudes de los siglos XVI al XX. Pero, incluso para los optimistas, una cosa queda clara: en este ámbito, como en otros muchos, cualquier tiempo pasado fue peor.

Diario de Navarra, 11/2017

 

 

El monarca de las sombras

Cercas

Reconozco que Javier Cercas es un autor que me resulta próximo por razones literarias y cívicas. Los libros Soldados de Salamina y Anatomía de un instante me causaron una excelente impresión en su día, y su visión lúcida del tiempo presente, unida a la defensa de los valores democráticos y constitucionales en la Cataluña de hoy, son facetas que avalan estas dos razones a las que me refería anteriormente.

La lectura de la nueva novela del autor no me ha decepcionado, ni mucho menos. El monarca en las sombras, curioso título de profunda raíz literaria, narra la búsqueda del rastro casi perdido de un joven anónimo que peleó por una causa injusta y murió en el lado equivocado de la historia. Se llamaba Manuel Mena, y en 1936, al estallar la guerra civil, se incorporó al ejército de Franco. Dos años después murió combatiendo en la batalla del Ebro, la más dura de las contiendas de la guerra, y durante décadas se convirtió en el héroe oficial de la familia. Era tío abuelo de Javier Cercas, quien siempre se negó a indagar en su historia, hasta que se sintió obligado a hacerlo. El resultado de esa indagación es una novela peculiar, llena de emociones y hasta de humor, que nos enfrenta a algunos de los temas esenciales de la narrativa de Cercas: la naturaleza poliédrica del heroísmo, la pervivencia de los muertos o la dificultad de hacerse cargo del pasado más incómodo, que casi todos llevamos en la mochila.

La primera sorpresa de la novela es el carácter de la misma. ¿Puede llamarse novela a un texto que narra la indagación sobre un hecho histórico, trufado de recuerdos personales, en los que el autor participa en muy primera persona? En todo caso es un complejo y poliédrico modo de narrar una historia que resulta apasionante y que nos lleva del caso particular de Manuel Mena a la reflexión lúcida sobre una guerra que condicionó radicalmente la vida de nuestros abuelos, marcó la trayectoria de nuestros padres y todavía vive en la memoria de muchos de nosotros, la tercera generación tras la guerra.

El título de la novela también me llamó la atención desde el principio. Y es el propio autor quien nos da una explicación larga y razonada al final de la misma. “Es mil veces preferibles ser Ulises que ser Aquiles, vivir una larga vida mediocre y feliz de lealtad a Penélope, a ïtaca y a uno mismo, aunque al final de esa vida no aguarde otra, que vivir una vida breve y heróica y una muerte gloriosa, que es mil veces preferible ser el siervo de un siervo en la vida que en el reino de los sombras el rey de los muertos”.

La valoración de la vida y obra de Manuel Mena le lleva al autor a algunas páginas de especial interés. Tomo dos párrafos que reflejan bien la ambivalencia del autor sobre el balance de una vida tan corta como intensa. Cuando tras muchos años regresa con su madre a Bot, el pueblo donde murió Manuel Mena y se encuentra sólo con ella en la habitación donde exhaló el último aliento, se pregunta qué le habría dicho al joven alférez moribundo si le hubiese acompañado en ese trance: “Me contesté que habría intentado, que habría hecho lo posible por ayudarle a bien morir. Pensé que le habría dicho que era verdad, que iba a morir, pero que no moría solo ni anónimo en la habitación en penumbra de una posada, lejos del combate y de la gloria, sin haber podido dar la medida de sí mismo en el campo de batalla. Pensé que le habría dicho que era verdad, que iba a morir, pero que debía de morir tranquilo, porque su muerte no era una muerte absurda. Que no moría peleando por unos intereses que no eran los suyos ni los de su familia, que no moría por una causa equivocada (…) que su muerte tenía sentido. Que moría por su madre y sus hermanos y sus sobrinos y por todo cuanto era decente y honorable. Que su muerte era una muerte honorable. Que había estado a la altura y había dado la talla y no se había arrugado. Que moría en combate como Aquiles en la Iliada. Que su muerte era Kalos thanatos y él moría por valores que lo superaban y que la suya era una muerte perfecta que culminaba una vida perfecta. Que yo no iba a olvidarlo. Que nadie iba a olvidarlo. Que viviría eternamente en la memoria volátil de los hombres, como viven los héroes. Que su sufrimiento estaba justificado. Que era el Aquiles de la Ilíada y no de la Odisea. Que en el reino de los muertos no pensaría que es preferible conocer la vejez siendo el siervo de un siervo que no conocerla siendo el monarca de las sombras. Que nunca sería como el Aquiles de la Odisea, que nadie le había engañado, que no le mataba un malentendido. Que la suya era una bella muerte, una muerte perfecta, la mejor de las muertes, Que iba a morir por la patria”. Recuerdo que el libro se abre con la cita de Horacio: Dulce et decorum est pro patria mori”.

Pero se impone su propia opìnión, que no se atreve a comunicar a su madre: “Que tío Manolo no murió por la patria, mamá. Que no murió por defenderte a tí y a tu abuela Carolina ni a la familia. Que murió por nada, porque le engañaron haciéndole creer que defendía sus intereses cuando el realidad defendía los intereses de otros y que estaba jugándose la vida por los suyos cuando el realidad sólo estaba jugándosela por otros. Que murió por culpa de una panda de hijos de puta que envenenaban el cerebro de los niños y los mandaban al matadero. Que en sus últimos días o semanas o meses de vida lo sospechó o lo entrevió, cuando ya era tarde, y que por eso no quería volver a la guerra y perdió la alegría con que tú lo recordarás siempre y se replegó en sí mismo y se volvió solitario y se hundió en la melancolía. Que quería ser Aquiles, el Aquiles de la Ilíada, y a su modo lo fue, al menos lo fue para tí, pero en realidad es el Aquiles de la Odisea, que está en el reino de las sombras maldiciendo ser en la muerte el rey de los muertos y no el siervo de un siervo en la vida. Que su muerte fue absurda”.

Porque para el autor, Manuel Mena había perdido la guerra tres veces: “la primera, porque lo había perdido todo en la guerra, incluida la vida; la segunda, porque lo había perdido todo por una causa que no era la suya sino la de otros, porque en la guerra no había defendido sus propios intereses sino los intereses de otros; la tercera, porque lo había perdido todo por una mala causa: si lo hubiera perdido por una buena causa, su muerte habría tenido un sentido, ahora tendría sentido rendirle tributo, su sacrificio merecería ser recordado y honrado. Pero no, la causa por la que murió Manuel Mena era una causa odiosa, irredimible y muerta”.

En definitiva, un libro interesante, distinto, escrito con brillantez literaria y honradez intelectual.

Ficha bibliográfica: Javier Cercas, El monarca de las sombras, Literatura Random House, Barcelona, 2017.

 

La UPNA cumple 30 años

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Vista aérea del campus de Pamplona

Mañana, 21 de abril de 2017, la Universidad Pública de Navarra cumplirá 30 años. Aquel inolvidable día, en el último pleno de la legislatura, el Parlamento de Navarra aprobaba la ley foral que hacía realidad un proyecto demandado e intermitente, intentado numerosas veces por las instituciones navarras desde el siglo XIII, y finalmente hecho realidad con la aprobación de dicha ley. Su artículo 1º define con claridad el objeto de la misma: “Se crea la Universidad Pública de Navarra, entidad a la que se encomienda el servicio público de la educación superior en Navarra, mediante el ejercicio de la docencia, el estudio y la investigación”.

Un gobierno en minoría, pero con capacidad negociadora, ideas claras y sentido de Estado, fue capaz de convencer a la mayoría de las fuerzas políticas forales, al gobierno de España y al Consejo de Universidades, de la necesidad de dotar a Navarra de una Universidad de nueva planta, adaptada al modelo de la LRU, y que sirviera a su vez de pauta para las nuevas universidades previstas en otras Comunidades de España. El hacer de la necesidad virtud y conseguir un consenso social y político amplio fueron algunas de las claves del éxito de una operación difícil en lo político, compleja en lo administrativo, exitosa en lo social y muy rentable en los ámbitos educativo, cultural y económico.

Iniciada su andadura, la UPNA ha ido desarrollando progresivamente todo su potencial. Convertida, tanto de hecho como de derecho, en la universidad de los navarros, los distintos gobiernos forales, empujados por el Parlamento, los equipos rectorales sucesivos -nada menos que siete-, y los miembros del Consejo Social la han dotado de recursos humanos y materiales suficientes para llevar a cabo su misión. En estos 30 años, la UPNA ha sido una palanca clave en el desarrollo de la Comunidad y, en mi opinión, uno de los acontecimientos más importantes acometidos por Navarra en estos tres decenios.

Con el buen trabajo del profesorado y del personal de administración y servicios, donde la excepción negativa confirma la regla, el balance de lo realizado hasta ahora es razonablemente positivo. La UPNA se ha consolidado como una buena universidad generalista, con índices destacados en el conjunto de la universidad española en determinados ámbitos. Pero su mayor logro y timbre de gloria lo constituyen los más de 30.000 egresados, salidos de sus aulas, muchos de los cuales son hoy ya líderes sociales, económicos, políticos y culturales de la Comunidad.

Los números correspondientes al curso 2016-2017 son alentadores: 2 campus, 6 facultades y escuelas, 22 departamentos, 20 titulaciones de grado impartidas, 8.043 estudiantes en titulaciones oficiales, 885 miembros del PDI (personal docente e investigador), 456 miembros del PAS (personal de administración y servicios), 106 grupos de investigación, 59 tesis doctorales leídas, 5 centros e institutos de investigación y 66,7 millones de euros de presupuesto inicial. Cifras frías pero elocuentes, que encierran trabajo, esfuerzo, ilusiones, presente y mucho futuro, que entre todos los navarros hacemos posibles con nuestros impuestos.

Pero la Universidad Pública de Navarra es, sobre todo, futuro y éste no se presenta exento de dificultades. A corto plazo, quedan retos pendientes. El plan plurianual de financiación, la definición de las nuevas titulaciones, el despliegue del plan estratégico en marcha, la reposición de plazas de profesorado, tratando de buscar un equilibrio entre los docentes de la casa con buenos currículos docentes e investigadores, y los docentes e investigadores externos, son algunos de ellos. Y junto a éstos, otros retos más estructurales nos esperan en el camino. A mi juicio, el mayor, aunque no sea una opinión compartida por todos, es la revisión del modelo actual a otro que debería estar basado en la especialización, la internacionalización y la integración en ámbitos regionales europeos. Y ahí, la apuesta por el campus Iberus de Excelencia Internacional, que acoge a las universidades del valle medio del Ebro y las francesas del otro lado del Pirineo, debe ser clara y estratégica. Quedan también por solventar otras cuestiones pendientes: la redefinición del campus de Tudela, que más pronto que tarde habrá que abordar en serio; el refuerzo de la interacción con las empresas navarras, todavía con claro margen de mejora; y una apuesta decidida por las dobles titulaciones y la enseñanza en inglés, como pauta y camino hacia esa internacionalización exigida y deseada.

Pero quiero terminar con una felicitación general. Ha sido la sociedad navarra en su conjunto la que ha sostenido, animado y financiado la UPNA a lo largo de estos 30 años. Y eso merece elogio y reconocimiento, porque la levantamos entre todos y es para todos. Es signo de unidad y no de división, cuestión no menor en los tiempos que corren.

Diario de Navarra, 20/4/2017