Xabier Lete en Arantzazu

 

El 4 de diciembre de 2010 fallecía Xabier Lete, cantautor y poeta. Su muerte fue muy sentida porque, además de excelente artista, era una buena persona. Le dediqué un breve post en el que recordaba nuestra etapa de responsables de cultura, él de Gipuzkoa y yo de Navarra, nuestra vieja y espaciada amistad y la imagen de hombre culto, sensible y comprometido que traslucía en todas sus actuaciones.

El pasado 11 de agosto, acompañado de mi buen amigo Javier Rozas, asistí en Arantzazu al concierto-homenaje que la Quincena Musical Donostiarra dedicaba a su figura. Nos recibió José Antonio Echenique, alma de la Quincena, otro viejo amigo común con el que compartimos proyectos culturales en los años ochenta.

Nuestra primera sorpresa fue el ambiente del homenaje. 1300 personas abarrotaban la basílica dotando al entorno de un calor físico, humano y espiritual digno de encomio.

El concierto fue muy peculiar. En la primera parte, la Coral de Cámara de Pamplona interpretó algunas de las composiciones musicales que más gustaban a Xabier Lete. Él mismo dejó constancia de ellas en sus escritos: “Hay músicas que, cada vez más, me emocionan muchísimo. La música es, entre todas las artes, la más misteriosa y hay en ella latentes unas fuerzas y unas emociones que en otras artes yo no encuentro”. Curiosamente, algunas de estas composiciones él las vincula con Navarra, donde sea en Bera o en Ujué, quedó subyugado con su música. La Coral, dirigida por Josep Cabré, interpretó la Misa pro defunctis de Tomás Luis de Victoria y el Ave Verum y el Laudate Dóminum de Mozart. El rigor, la musicalidad y el buen momento artístico de la coral quedaron patentes, una vez más, en un entorno propicio al recuerdo emocionado de Xabier Lete y Lourdes Iriondo.

La segunda parte fue un expreso homenaje al cantautor en el que se interpretaron y vivieron una parte de sus canciones más significativas. Sus colegas y amigos, Antton Valverde, Pier Paul Berzaitz, Amaya Zubiria, Petti, Erramun Martikorena y Joxan Artze pusieron voz al sentimiento que invadía la inmensa nave de la basílica. Era emocionante ver cómo, a la menor indicación, el auditorio cantaba la estrofa y vivía lo que el intérprete indicaba. Lástima que mi desconocimiento del euskera me impidiera vivir en plenitud el momento de comunión espiritual que el acto desprendía. Porque, eso sí, allí no hubo más lengua que el euskera. Solo la ayuda del programa de mano nos permitió seguir un acto que, pese a todo, fue bello y emocionante.

Salimos de Arantzazu, caída ya la tarde y a punto de cerrarse la luz entre montañas. A Xabier le hubiera gustado el homenaje. Un homenaje convertido en recuerdo emocionado y agradecido que, en una tarde radiante de este agosto que se acerca a su día más rutilante, la Asunción de la Virgen, le dedico también yo modestamente desde este vientre fértil de la tierra cálida, que así definió él a la Navarra Media.

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