El jardín de los frailes

El jardín

Manuel Azaña, El jardín de los frailes, El País, 2003.

En 1926, Manuel Azaña se decidió a publicar íntegro un manuscrito que parcialmente había aparecido seis años antes en los cuadernos de La Pluma. “He puesto -señalaba en el breve prólogo del libro- el mayor conato en ser leal a mi asunto, respetando, a costa de mi amor propio, los sentimientos de un mozo de quince a veinte años y el inhábil balbuceo de pensar, en tal cruce de corrientes y tensión que en otro espíritu pudieran mover un giro trágico. No gusto yo, con afición egoísta, del tiempo pretérito. Me apiado de la mocedad verdadera, ignorante de su virtud: los placeres en proyecto son el origen del infortunio”.

Cuando los publicó, España se hallaba inmersa en plena dictadura de Primo de Rivera, y las fuerzas democráticas y de izquierda velaban armas para propiciar un cambio de régimen, que se alumbró 5 años después, con la proclamación de la Segunda República.

Todavía no había llegado el tiempo del Azaña político de primera fila, con altas responsabilidades en la gobernación del Estado, y memorables discursos en las Cortes que le acreditan como uno de los mayores tribunos que haya conocido nuestra historia parlamentaria.

El Azaña de El jardín de los frailes es el hombre intelectual que reflexiona sobre una etapa nada satisfactoria para él, los años vividos en el internado de los agustinos de El Escorial, dedicados a un aprendizaje memorístico y tradicional, en medio de una educación católica que dejó poca huella en su vida y le alejó de la Iglesia antes de dejar el monasterio que representaba mejor que ninguna otra cosa la España imperial, tan jaleada en aquellos días del fin de siglo, en el que se iban a perder las últimas colonias del imperio.

El soliloquio autobiográfico que Azaña nos propone es de una gran belleza. No es fácil traducir a buena literatura las pequeñas y menudas andanzas de un interno de buena familia de Alcalá, llamado a formar parte de la élite sociopolítica del país. Pero entre el día a día vulgar y anodino del colegio, situado eso sí en uno de los grandes edificios monumentales que ha dado la historia del arte, aparecen descripciones hermosísimas, un lenguaje exquisito, un castellano depurado y unos retratos de gran penetración psicológica.

Estamos ante el Azaña intelectual, que deberá ceder aparentemente su puesto al hombre de Estado, presto a la modernización de España. Y aunque lo segundo tal vez tape lo primero, nada podrá impedir que Azaña sea considerado unos de los grandes literatos clásicos del siglo XX. El jardín de los frailes así lo acredita.

 

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