Valores que perduran

Jesus

El pasado miércoles, 5 de febrero, falleció de forma repentina Jesús Chivite Lauroba. Dada la edad del difunto y las circunstancias de su muerte, su trayectoria personal y vital, y lo amplio de su familia -cinco hijos e hijas, entre las que se encuentra la actual presidenta del Gobierno de Navarra-, el funeral constituyó una impresionante manifestación de duelo.

Con el mayor respeto a su familia y a sus amigos, me gustaría trasladarles algunas reflexiones que rondaron por mi mente en el tanatorio, el traslado hasta la iglesia y el funeral celebrado en la parroquia de San Juan Bautista de Cintruénigo, sobre las que tuve ocasión de comentar con algunos de los asistentes y reflexionar durante mi vuelta a Oteiza en coche.

He compartido con su hija María años de militancia política y de actividad en el Parlamento de Navarra y he seguido su trayectoria desde muy primera hora. En algunas ocasiones había coincidido con sus padres y habíamos intercambiado opiniones de todo tipo: políticas, personales, religiosas y vitales. Por vivencias y edad, a Jesús y Mila los sentía próximos, además de ser los padres de mi compañera de partido y parlamentaria. Y sabía de sus esfuerzos por sacar adelante a sus hijos, su compromiso político, sindical y social, su vinculación a la parroquia y su respeto por las ideas y vivencias de cada uno.

En todo funeral se mezclan, y más en los tiempos que corren, dos tipos de personas: las que pretenden manifestar con su presencia la solidaridad con la familia, que tanto se agradece en estas circunstancias, y las que, además, unen a la solidaridad un sentimiento religioso expresado en la participación en la eucaristía de la misa funeral, en la que encomendamos al Padre Bueno el alma del difunto con el deseo y la esperanza de que viva para siempre junto a Él.

El traslado del féretro del tanatorio hasta la iglesia fue multitudinario y respetuoso. Allí estaban muchos de los que, con serias discrepancias ideológicas en otros momentos, las aparcaron para estar cerca de quien, de forma repentina, había perdido a un ser querido. Un gesto que honra a unos y a otros y que nos recuerda que a veces lo accesorio nos impide centrarnos en lo importante.

La iglesia presentaba el aspecto de los días grandes. Su hermosísimo interior, uno de los grandes templos navarros del siglo XVI, presidido por un extraordinario retablo renacentista, estaba abarrotado de personas que venían a despedirse de Jesús y a acompañar a su familia. Las lecturas, bien elegidas; el coro, numeroso y realzando la celebración; la homilía del párroco, ajustada en la glosa de las bienaventuranzas, aplicadas en este caso a una persona que, además de su familia, hizo del trabajo social y la ayuda a los demás un compromiso y el norte de su vida; la intervención de un familiar cercano, reflejo de una fe profunda y una confianza en Dios difícil de escuchar incluso en las celebraciones de despedida; y, lo más emocionante para mí por ser la primera vez que lo veía, la voz agradecida de Mila, la esposa de Jesús, viuda reciente, que expresaba con palabras sentidas la gratitud dolorida de una familia ante las muestras de cariño recibidas. Los asistentes, creyentes o no, estoy seguro que salimos del funeral con una mezcla de sentimientos acumulados: el dolor inevitable de la familia, el cariño afectuoso de los asistentes, la sorpresa de las intervenciones desde el ambón, y el buen hacer de una comunidad parroquial que acogió, agradeció y valoró el trabajo y la cercanía de uno de los suyos. En definitiva, si me permiten la expresión, tuvimos la impresión de haber asistido a un funeral como Dios manda.

Tras los intensos días del tanatorio y del funeral, la vida sigue y llega un periodo de vacío nada fácil de llenar. La nueva vida la deseamos plena para Jesús, sosegada para Mila, su mujer, con bríos renovados para sus hijos, y llena de esperanza para sus nietos. Y para los que tuvimos la fortuna de apreciar lo mucho y bueno que allí vimos y oímos, el deseo de recuperar lo importante y desechar lo accesorio. Una vez más, conviene recordar la frase de San Juan de la Cruz hecha canción, que suele cerrar algunos de nuestros funerales: “Al atardecer de la vida, nos examinarán del amor”. Jesús Chivite Lauroba dio pruebas fehacientes de que el amor por su familia y por los demás llenó su vida. Y los que lo conocimos, lo corroboramos y se lo agradecemos.

Diario de Navarra, 13/2/2020

 

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