Hombres de guerra y fortuna

Sidi

Los nacidos antes de la década de los sesenta recordamos todavía unos textos de historia de España trufados de grandes gestas militares y héroes calificados de legendarios: Viriato, Guzmán el Bueno, el Cid, los conquistadores o Agustina de Aragón, por poner algunos ejemplos. He vuelto a recordarlo estos días por dos motivos bien distintos. El primero, la interesante y agria polémica suscitada por el libro Imperiofobia y leyenda negra de Elvira Roca Barea, -que sostiene que los españoles hemos interiorizado acríticamente la leyenda negra, que empezó en Italia y terminó siendo asumida por la élite ilustrada española-, refutado de forma implacable por José Luis Villacañas en Imperiofilia y el populismo nacional-católico: Otra historia del imperio español, y por Arturo Pérez Reverte en su artículo de XLSemanal, Imperioapología y otros disparates. “Populista nacional-católica, nacionalista española, reaccionaria, vanidosa”, dice el último de la primera, a la que ésta responde tachándole de “muy fanfarrón, muy miles gloriosus, pero no engaña a nadie”. Todo, como ven, muy edificante en una polémica que todavía continúa en los medios escritos. El segundo, la lectura estos días de dos libros complementarios, escritos por dos amigos -compadres se llaman mutuamente- que se respetan y admiran. Uno es una novela, Sidi, de Arturo Pérez Reverte y el otro, una obra histórica divulgativa, La conquista de América contada para escépticos, de Juan Eslava Galán.

Las dos pretenden ofrecer una visión, si no nueva, sí desmitificadora de dos de los episodios más conocidos y ensalzados de la historia de España. La figura histórica del Cid, glosada por el Cantar del mismo nombre y convertida por Ramón Menéndez Pidal en fuente histórica válida, ha llegado a nuestros días más jaleada que estudiada, más utilizada en sus elementos pseudo-históricos que valorada como joya literaria. Un joven historiador, David Porrinas, acaba de publicar un revelador estudio en el que Rodrigo Díaz de Vivar aparece como un guerrero aventurero y oportunista, que se mueve con habilidad en la frontera difusa entre la cristiandad y el islam, al frente de unas tropas compuestas por su propia mesnada y un contingente variable de tropas musulmanas. Todo para conseguir un botín. Esa misma idea es la recogida por Arturo Pérez Reverte en su novela Sidi, Un relato de frontera. Dejando al margen la calidad literaria del autor, que ya fue glosada hace unas semanas por José Luis Martín Nogales en su sección de este mismo medio, me parecen especialmente destacables en esta visión cidiana, su buen conocimiento del Cantar de Mio Cid, su excelente retrato de la sociedad del siglo XI, lo preciso de su especializado vocabulario y, sobre todo, el retrato de un caudillo -altivo, leal a su señor natural, al servicio del mejor postor, fuera cristiano o musulmán- y su mesnada: “aquellos hombres olían a estiércol de caballo, cuero, aceite de armas, sudor y humo de leña. Rudos en las formas (…) eran guerreros y nunca habían pretendido ser otra cosa (…) Profesionales de la frontera, sabían luchar con crueldad y morir con sencillez”. En mi opinión, una gran novela que rescata al hombre y humaniza al héroe mitificado.

Algo similar ocurre con el libro de Juan Eslava Galán. ¿Cómo humanizar una gesta memorable sin olvidar ni las miserias y atrocidades de la conquista, ni las hazañas extraordinarias que llevaron a cabo? No es el primer libro en el que Eslava se enfrenta a una situación similar y a base de sabia erudición, arte narrativo e ironía inteligente, en frase de Pérez Reverte, consigue su objetivo. “Nadie cuenta la historia como Eslava Galán”, dice el novelista. Tal vez sea un exceso, pero pocos divulgadores están a su altura.

De la misma forma que Pérez Reverte convierte su novela en un relato histórico, Eslava Galán acaba por hacer de su historia un relato casi novelado. El detalle, el humor, la reflexión perspicaz y el lenguaje limpio y descarnado son las especias que condimentan el fruto sazonado que presenta el libro. Un difícil equilibrio en el que prima la visión del soldado de fortuna -la inmensa mayoría de los que llegaron a América-, sin obviar los dislates y gestas que llevaron a cabo. Para finalizar, se plantean también las cuestiones de las que tanto se ha hablado en los últimos años: los conquistadores, ¿fueron depredadores o civilizadores? ¿Qué decir de la independencia y el exterminio de los indios? ¿Y del debate entre indigenismo versus hispanidad? Las tres las aborda el autor con criterio ecuánime y contextualización adecuada.

Dos libros, en fin, que les recomiendo para este enero en el que la historia de España vuelve a estar en el candelero. Me temo que dado el contexto político en el que nos movemos, no será la última incursión en el tema.

Diario de Navarra, 9/1/2020

 

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