Velázquez, Rembrandt y Vermeer en el Prado

Prado

Que Madrid tiene una bien ganada fama de ciudad de museos es un hecho incuestionable. Desde hace un par de décadas se ha consolidado una ruta artística de proyección internacional, “ El Paseo del Arte”, que permite visitar tres museos de primer nivel: el Prado, el Thyssen y el Reina Sofía, cada uno con sus propias especificidades.

La primera colaboración de este año la dediqué precisamente al bicentenario del Prado, dado que en 2019 se cumplen los 200 de su creación como Museo Real por el rey Fernando VII. En el artículo les subrayaba que el verdadero acontecimiento no es el bicentenario, sino el museo en sí. Las más valiosas exposiciones no son las temporales, sino la colección permanente, esa que está a nuestro alcance durante todo el año.

Pero el bicentenario bien merecía un esfuerzo extraordinario por tratar de completar, siquiera provisionalmente, algunas ausencias que el Prado tiene, aunque sea probablemente el mejor museo de pintura del mundo. Nuestro Siglo de Oro presenta una nómina nutridísima de grandes pintores, entre los que sobresale Velázquez, el más genial de todos ellos. Las circunstancias históricas contribuyeron a que en el Prado estén representados también algunos de los grandes `pintores europeos de su tiempo. En cantidad y calidad ninguno como Rubens, el extraordinario y prolífico pintor de Flandes. Pero en los Países Bajos, en trance de separación del Imperio Hispánico por intereses políticos, económicos y religiosos, brillaban otros dos pintores, Rembrandt y Vermeer poco o nada representados en nuestro museo. Por eso, que Velázquez reciba en su casa a los otros dos autores citados en una exposición titulada “Velázquez, Rembrandt, Vermeer. Miradas afines” es una idea excelente y una oportunidad única para observar y disfrutar del diálogo fecundo entre tres de los más grandes en el universo pictórico de todos los tiempos.

De la exposición del Prado, verdaderamente memorable y que justifica sobradamente una escapada a Madrid, podemos deducir, al menos, cuatro conclusiones.

Muchos pintores españoles y holandeses del siglo XVII comparten una técnica de pincelada suelta y aspecto abocetado, como si los cuadros estuvieran sin terminar. Esta forma de trabajar, heredera de los pintores venecianos del siglo XVI, en especial de Tiziano, tuvo en España y en los Países Bajos una especial incidencia. He aquí una afinidad que no había sido suficientemente puesta de relieve y que queda patente si uno analiza las obras presentes en la exposición.

Sin embargo, entre los historiadores del arte de los siglos XIX y XX primaron una visiones más políticas que artísticas y subrayaron, a veces en exceso, las diferencias existentes como una forma más de afirmar las diferencias entre naciones en lucha.

Es obvio, en consecuencia, que la pintura europea se expresa en variantes regionales herederas de una tradición paneuropea, que pone en evidencia que esa tierra común a la que aspiramos es mucho más que la Europa de los mercaderes, y que probablemente lo que la salvará o le permitirá seguir a flote es la existencia de valores culturales comunes que alimentan a cada una de las partes que la componen.

Finalmente, una última constatación. La exposición pone de manifiesto que no hay una única manera de acceder al Olimpo pictórico. La genialidad es el fruto complejo y maduro de la inspiración, la técnica y la habilidad para reflejar situaciones y sobre todo estados de ánimo, y en ese sentido los tres pintores de la muestra son verdaderamente excepcionales.

Aunque la exposición sea un verdadero acontecimiento artístico, dado el reducido número de piezas y la corta duración de la visita, bien merece que la acompañemos de otra, también estupenda, dedicada a Fray Angélico y los inicios del Renacimiento en Florencia.

Y no olviden que están ustedes en el Prado y que ninguna exposición temporal, por extraordinaria que sea, puede compararse con la visita de la exposición permanente. Perderse en sus salas, disfrutar de los autores, sorprenderse con sus obras, puede hacer de cualquier día de 2019 una jornada inolvidable. Reitero lo que les dije en mi colaboración de enero. Elijan si pueden las horas menos concurridas y no traten de abarcarlo todo. El Prado exige espíritu abierto, dosificación y paciencia. Opten por el banquete, no por el atracón. Y no se preocupen, las obras no caducan. Probablemente en materia artística, no habrá regalo igual en todo el año.

Diario de Navarra, 26/7/2019

 

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