Escapadas de verano. Valladolid

vASLLADOLID

Patio de San Gregorio, sede del Museo Nacional de Escultura

Es costumbre en esta sección dedicar las colaboraciones de verano a sugerir salidas culturales de un día, que podamos efectuar desde cualquier lugar de la geografía navarra. Dado que en los años anteriores hemos procurado visitar lugares relativamente cercanos, vamos a ampliar el radio de acción, teniendo presente que las autovías nos permiten recorrer cómodamente distancias antes impensables.

Visité Valladolid por primera vez el Viernes Santo de 1979. Sentado en una silla en la Plaza Mayor, el espectáculo del mejor barroco hispano -todo arte, devoción, color, luz, música y teatro- me deslumbró. Volví en 1988 con ocasión de la exposición de Las Edades del Hombre, de las que volveremos a hablar próximamente. Y tras casi treinta años de ausencia, el pasado martes dediqué el día entero a redescubrir una ciudad que encontré muy crecida, todavía provinciana en el mejor sentido de la palabra, aunque con ciertas ínfulas de ciudad grande, renovada en su casco histórico y con un patrimonio artístico -motivo básico de mi visita- extraordinario.

En poco más de tres horas de cómodo viaje, incluida una breve parada en el entorno de Dueñas para degustar unos torreznos recién fritos, llegué a Valladolid. Afortunadamente, unos extensos polígonos industriales forman ya parte de un paisaje que antaño quedaba reducido a algunas harineras, bodegas y maquinaria agrícola. Y con el nuevo paisaje, un nuevo río, el Pisuerga, recuperado y vinculado a la ciudad, junto a extensos parques que mitigan el carácter y color casi estepario de la meseta.

La ciudad presenta un centro histórico amplio, transitable, en parte peatonalizado y muy renovado. Puede usted dejar cómodamente el coche en el parking de la Plaza Mayor o de la catedral, ambos perfectamente ubicados. No hay más inconveniente que el precio. Justo al lado, de camino hacia la catedral, está la oficina de información turística. Su eficiente responsable me dio cumplida información y me surtió de un mapa de la ciudad y de toda clase de folletos, gratuitos y bien elaborados. Les recomiendo tres: museos e iglesias, Valladolid monumental y Semana Santa. Si ustedes son amigos de la gastronomía, añadan el dedicado a las tapas y pinchos, que no desmerecen de los nuestros.

Puestos a seleccionar un recorrido básico, mi sugerencia es la siguiente: Comiencen por la Plaza Mayor, la primera plaza regular de España, plaza del mercado desde el siglo XVI. El núcleo artísticamente más relevante está ubicado en torno a la Plaza de San Pablo. A mitad de camino, entre las calles Platería y Felipe II, se encuentra la iglesia penitencial de la Santa Vera Cruz, sede la cofradía del mismo nombre. Allí encontrarán algunas de las mejores tallas de Gregorio Fernández, el gran imaginero del siglo XVII en Castilla. Y la iglesia respira quietud, oración y silencio, entre velas encendidas que nos hablan de una religiosidad aún presente.

La Plaza de San Pablo reúne arte exquisito por los cuatro costados. La iglesia de San Pablo, construida en el siglo XV, con la monumental fachada-retablo de estilo hispano-flamenco; el Palacio de Pimentel, que vio nacer a Felipe II en 1527, con su hermosa ventana esquinada de estilo plateresco; y el Palacio Real, residencia de Felipe III entre 1601 y 1606, años en los que Valladolid fue capital de las Españas. Justo al lado, se encuentra el Colegio de San Gregorio, bello ejemplo del gótico isabelino en fachada, patio y estancias, y hoy sede del Museo Nacional de Escultura . Es, sin duda, lo más trascendente de la ciudad, artísticamente hablando. Admire la arquitectura -no olvide la joya de la capilla-, los techos y, sobre todo, las obras maestras de la imaginería hispana. En su especialidad, no hay ninguno que se le iguale. Berruguete y Fernández son las estrellas indiscutibles, pero la constelación que les acompaña no les van a la zaga.

El núcleo de la catedral, imponente, desvencijada e inconclusa, junto a la iglesia de La Antigua, único resto románico en la ciudad, y las ruinas de la vieja colegiata, son otro vector importante, al que se añadió en el siglo XVIII el edificio de la Universidad.

Y aún hay un tercero, en torno al monasterio e iglesia de San Benito el Real. La monumental iglesia, maltrecha pero con obras importantes en su interior, ¡qué dos Cristos yacentes de Gregorio Fernández!, y el Patio Herreriano, hoy sede del Museo de Arte Contemporáneo Español, son visita inexcusable. En casi todos los sitios, la tranquilidad fue total y, dada mi condición de jubilado, todas la visitas fueron gratuitas,

Quedan los paseos por las calles porticadas, otros conjuntos de interés, el Valladolid burgués y la zona de tapas en torno a la Plaza Mayor. Será cuestión de volver otro día para completar el itinerario.

Diario de Navarra, 27/6/2019

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