SOS por la Navarra vacía

Aguilar

Valle de Aguilar, en la merindad de Estella, un ejemplo de la Navarra vacía

La mañana del martes, mientras volvía de Pamplona a Oteiza, venía escuchando en la radio un debate entre los candidatos a la presidencia del gobierno foral sobre los problemas de la despoblación en Navarra y cómo combatirlos. Les confieso que no me dejó buen sabor de boca: lugares comunes, apelaciones a la situación heredada, referencias a programas extraordinarios que apenas se esbozan y nunca se cumplen, y muy poca concreción, podría ser el resumen de lo dicho.

Y, sin embargo, no me resisto a reclamar una vez más la atención a un problema que crece a medida que pasan los años y disminuye la población asentada en las zonas rurales. Solo les daré a ustedes un dato, suficientemente revelador del problema. Pese a que la población de Navarra ha crecido en 120.000 personas desde 1990 hasta la actualidad, el número de navarros que vive en poblaciones de menos de 500 habitantes se ha reducido casi a la mitad, pasando del 7% al 4% del total.

Aunque buena parte de mi vida profesional la he pasado en Pamplona, nací en Los Arcos y vivo en Oteiza desde hace 36 años. Habito, en consecuencia, en la Navarra rural, participo de los pros y contras de la vida en un pequeño municipio, y creo conocer las necesidades de un territorio que, aunque pobre en habitantes, es rico en identidad histórica, constituye el eje vertebrador de su territorio y reúne algunas de las señas culturales y sociales que nos caracterizan como pueblo. De ahí que, en vísperas de las elecciones municipales, forales y europeas, me atreva a sugerir algunas pautas de actuación para el tiempo que se nos abre.

Creo que la primera obligación de los poderes públicos es tomar conciencia del problema. Y, tras la toma de conciencia, articular medidas para paliar a corto plazo la situación y tratar de solucionar a medio y largo plazo la muerte demográfica de estas zonas de Navarra. Esto requiere no medidas partidistas, sino un pacto global que abarque a todos los grupos presentes en el Parlamento y trascienda legislaturas y colores políticos. En consecuencia, la política de cohesión territorial debe ser prioritaria en la agenda de la próxima legislatura y debe reflejarse en presupuestos -lo más importante- y normas legales. Dado que la la Ley Foral de Administración Local de Navarra, recientemente aprobada, me temo que será papel mojado, debería aprovecharse la ocasión para pactar una nueva que, por consenso mayoritario, tratara de ayudar en esta búsqueda de la cohesión territorial.

Con carácter general, la Navarra rural no tendrá futuro si no se garantizan algunas condiciones básicas: mejores infraestructuras, una sanidad, educación y servicios sociales de calidad y un acceso a las nuevas tecnologías que permitan iniciativas en el ámbito del sector servicios. Y junto a ello, un apoyo efectivo a alcaldes y concejales, que se encuentran más solos que la una, y a las mujeres emprendedoras, motor del desarrollo en los últimos años. En las poblaciones entre 500 y 1000 habitantes, que no son pocas en Navarra, subrayaré de nuevo la importancia de la escuela rural para el futuro de nuestros pueblos. Hasta el presente, la escuela rural, necesariamente pública porque la concertada no está presente, ha respondido bien a lo que se esperaba de ella. Pero corre serios riesgos para el futuro si no solventamos razonablemente la aplicación de los modelos lingüísticos y no primamos los costes de la etapa infantil y el comedor para hacerla viable y posible.

Pero hay otras zonas, en las que ni siquiera esto es suficiente. Los valles pirenaicos, la zona noroeste de la merindad de Estella, las cuencas prepirenaicas de la merindad de Sangüesa y algunas zonas de la merindad de Olite se nos mueren. No hay parejas jóvenes, no hay niños y, en consecuencia, nuestros pueblos son un gran geriátrico desperdigado y atendido por los servicios sociales y un número creciente de inmigrantes, casi todas mujeres sudamericanas, que viven y acompañan a nuestros mayores. No negaré lo positivo de la situación si lo comparamos con nuestro entorno: mayor atención, mejores condiciones de vida, y una longevidad que nos sitúa en los primeros puestos del mundo. Pero convendría no caer una vez más en la autocomplacencia. Es obligación de los poderes públicos atender adecuadamente a nuestros mayores, siquiera sea para devolver el esfuerzo que ellos han hecho para disfrutar de la Navarra en la que hoy vivimos, pero debemos prever medidas a medio y largo plazo para incentivar la presencia de quienes les vayan a sustituir. Si no, a los despoblados históricos aparecidos en Navarra en el siglo XIV, después de la peste negra de 1348, la historia del futuro deberá añadir los correspondientes a los de finales del siglo XX y comienzos del siglo XXI. Depende de todos nosotros el variar esta página de nuestra historia futura.

Diario de Navarra, 16/5/2019

 

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