Para Alfredo, un adiós agradecido

Alfredo

Escribo estas líneas a primera hora de la tarde, apenas un rato después de haber escuchado la noticia de la muerte de Alfredo Pérez Rubalcaba que, como a muchos ciudadanos españoles, tanto me ha apenado. Estoy seguro que en los próximos días vamos a leer y escuchar numerosas loas de su persona y de su obra, todas bien merecidas. Por eso, permítanme que en esta hora me olvide un poco de todo eso, eche mano de mis recuerdos y les traslade mi impresión de la relación con Alfredo, al que conocí hace ya 35 años.

Corría el año 1984. Hacía escasos meses que había sido designado Consejero de Educación y Cultura del Gobierno de Navarra en el primer ejecutivo socialista, y viajé a Madrid para establecer los primeros contactos con el equipo del ministro Maravall de cara a la creación de la Universidad Pública de Navarra. Cuando les dije que el compromiso de creación de la Universidad era firme y que además pretendíamos que la ley de creación recayera en el Parlamento de Navarra, no pudieron ocultar su escepticismo, y me recomendaron que, para empezar, me pusiera en contacto con un joven asesor de la Secretaría de Estado de Educación, que era ducho en esos temas. Me encontré con una persona simpática y agradable que tenía mi misma edad, 33 años, y que respondía al nombre de Alfredo Pérez Rubalcaba. Sin obviar los problemas, todo fueron facilidades. Me sugirió pautas y me proporcionó nombres. Y allí iniciamos una relación afectuosa, que con intermitencias varias, ha durado hasta el presente. Establecimos un mecanismo de trabajo con el Ministerio y el Consejo de Universidades que culminó en la creación de la UPNA por el Parlamento de Navarra en 1987. Hasta tal punto que, a sugerencia suya, nuestra memoria de creación se convirtió en la pauta para las muchas universidades que se crearon en los años siguientes.

Le seguí tratando asiduamente durante los años 86 al 92, en los que ocupó la Secretaría General de Educación con Solana como ministro, y en los que tuvo que bregar con aquella peculiar situación navarra en la que el Parlamento aprobaba leyes porque tenía la competencia -caso de la Ley del Euskera- y el Ministerio tenía que pagar el personal, porque la transferencia en educación estaba sin asumir. El buen talante, el conocimiento de las temas y la comprensión de la situación navarra, a la que coadyuvaba Joaquín Pascal, también prematuramente fallecido, hicieron posible una relación fluida y una transferencia ejemplar. Su designación en 1992 como Ministro de Educación y Ciencia no sorprendió a nadie. Lástima que su paso fuera breve, poco más de un año, porque el que estaba llamado a ser el mejor ministro de Educación de la democracia, fue requerido por Felipe González y sus sucesores para todo tipo de tareas: ministro de la Presidencia, diputado a Cortes, portavoz del grupo socialista en el Congreso, ministro del Interior, portavoz del Gobierno, vicepresidente primero del Gobierno y secretario general del PSOE. En todas ellas dejó prueba sobrada de su capacidad de trabajo, su inteligencia preclara y su facilidad para el trato personal, que se acrecentaba en las distancias cortas y le permitía superar diferencias personales o ideológicas.

Y cuando la victoria no le acompañó, dimitió de su cargo de secretario general y diputado, y ligero de equipaje, se reincorporó a su plaza de profesor de química orgánica en la Complutense de Madrid, en un viaje de ida y vuelta poco frecuente y muy dignificante.

Este era el Alfredo Pérez Rubalcaba que yo conocí: socialista de primera hora, comprometido con el valor de la educación pública como medio para conseguir una sociedad más justa, respetuoso con la educación concertada a la que aportó derechos y exigió deberes, servidor público que hizo de la política un instrumento al servicio de su pueblo, luchador incansable contra el terrorismo de ETA, hombre polifacético al que nada se le resistía en su afán de servicio, y al que, como a pocos, le es predicable la expresión de que el Estado le cabía en la cabeza. Probablemente el hombre que en los últimos 30 años ha estado más cerca de las grande decisiones que se han tomado en España y que ha suscitado el aplauso más unánime de toda la clase política cuando anunció su marcha en el Congreso.

Y junto al político, el ser humano entrañable, simpático, dicharachero, deportista, amigo de sus amigos, con los tenía tiempo para echar alguna caña, jugar un partido de fútbol o ver por la tele en cuadrilla al Real Madrid de sus amores. Una persona buena y cercana, al que los oropeles del cargo no consiguieron cambiar.

Por todo ello y mucho más que me dejo en el tintero, querido Alfredo, compañero, amigo, maestro, muchas gracias y hasta siempre.

Diario de Navarra, 11/5/2019

 

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