Nuestra Iglesia diocesana

iGLEISA

Al leer el enunciado del artículo, más de uno pensará que me he equivocado de sección. Pero quisiera creer que el asunto del que les hablo interesa a no pocos, sean creyentes sociológicos, miembros activos de esta Iglesia diocesana o agnósticos. Desde una perspectiva estrictamente laical, me gustaría contribuir a un debate necesario, que la propia Iglesia nos plantea.

El domingo pasado se celebró en toda España, y por tanto también en Navarra, el día de la Iglesia diocesana. Una jornada en la que se nos invitaba a orar y a colaborar económicamente para ayudar al sostenimiento de la misma “con el deseo de que pueda servir mejor y más adecuadamente en todos los campos en los que trabaja en favor de la sociedad”, en palabras de Francisco Pérez, arzobispo de Pamplona y obispo de Tudela.

Bajo el lema de “Somos una gran familia contigo”, la diócesis entregó un folleto en el que se pretendía subrayar tres aspectos: una Iglesia que es familia, una Iglesia que es transparente, y una Iglesia que comparte y ayuda. Sin dudar de la buena voluntad de la campaña y los esfuerzos de la propia Iglesia por lograr los objetivos perseguidos, convengamos en que el punto de partida no es halagüeño, el reto no es fácil y la labor resulta francamente ímproba.

La Iglesia católica en Navarra se encuentra inmersa en una sociedad descarnadamente secularizada en la que ha perdido, afortunadamente, buena parte de su poder político y de su influencia social. Una Iglesia, además, que si medimos su éxito por la celebración de los sacramentos -bautizos, comuniones, confirmaciones, matrimonios- y la asistencia a la misa dominical, se encuentra en franca regresión. A ello se une la disminución del número de sacerdotes, religiosos y misioneros, tan abundantes en otras épocas, lo que obliga a plantearse una nueva organización y estructura para hacer frente a los nuevos tiempos.

Ante este panorama, ¿qué debemos hacer?. En esta tarde hermosamente otoñal, desde el rincón de la Navarra rural en la que habito, se me ocurren algunas propuestas que dejo enumeradas, aunque necesitarían un mayor desarrollo.

Lejos del boato de antaño, convertida de nuevo en levadura en la masa, la Iglesia que peregrina en Navarra debe ser consciente de su situación y tener clara su misión fundamental: anunciar la “buena noticia” y acompañar a los creyentes en Jesús de Nazaret en su vida de fe y esperanza. Más que la cantidad, lo que debe primar es la búsqueda de la calidad de esa fe, sabiendo que lo importante no es tanto la palabra que se anuncia como los hechos que se viven.

Esta vivencia y la situación descrita nos obligan a variar la orientación y la estructura radicalmente jerárquica de la Iglesia institucional. Por necesidad y convicción, los laicos debemos aumentar nuestro protagonismo en la vida ordinaria de la Iglesia, reservando a los clérigos lo que les es propio. Son pocos, serán menos y, en consecuencia, la actividad litúrgica y pastoral difícilmente podrá pivotar sobre la misa dominical. Se imponen otros usos y alternativas que no exijan la presencia del sacerdote. Animar la fe vivida en grupos reducidos, y orar juntos, sea en la iglesia o fuera de ella, serán realidades que acabarán imponiéndose.

Consecuencia de lo anterior, esta Iglesia deberemos mantenerla los que formamos parte de ella. Afortunadamente no es poco lo avanzado. En 2017, de los casi 23 millones de euros ingresados por la diócesis, más de 16 millones, el 71% del total, procedieron de las aportaciones voluntarias de los fieles y la asignación tributaria. La autofinanciación nos dará mayor conciencia de pertenencia, mayor responsabilidad y mayor libertad en nuestra actuación.

Nuestra Iglesia de Navarra está compuesta básicamente por una feligresía muy mayor. No hace falta sino ver los asistentes a la misa dominical. Acercarse a los jóvenes, contar con ellos y tenerlos en cuenta en todos los planes de pastoral, con todas las dificultades que esto supone, debería ser una prioridad inexcusable. Y esto nos lleva a plantearnos la tarea educativa desarrollada por los numerosos centros católicos presentes en la Comunidad. ¿Son semilla de cristianos comprometidos y responsables o cumplen otra misión?

Y una última idea para terminar. La Iglesia está para servir, no para ser servida. Y siendo medianamente fieles a la doctrina evangélica, las prioridades están meridianamente claras: los pobres y marginados.

Tras estas reflexiones, confieso que no tengo claro cómo será nuestra Iglesia diocesana del futuro. Solo sé que será más laica y menos clerical, más personal y menos cultual. Y que urge avanzar en esta dirección. Cuanto más tardemos, más difícil será la adaptación.

Diario de Navarra, 15/11/2018

 

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