Viaje a China. Un paseo por Hong Kong (XVII)

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Javier selecciona unas gafas en la tienda, mientras su dueña prepara las mías

La mañana del sábado es algo distinta a las anteriores. No se han escuchado los gorjeos de Mikel tocando diana a las 7 y no he dormido nada de bien debido a la pesadez de estómago que me proporcionaron el excesivo número de trozos de pizza, no menos de ocho, que Paulo nos sacó a la mesa la noche anterior, y tal vez a la inquietud de la vuelta ya inminente.

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A las nueve de la mañana, tras un desayuno con huevo frito y panceta que Javier me ha preparado y una taza de café, iniciamos el camino hacia Hong Kong. La venida la hicimos con un taxi-camioneta que cogimos en el aeropuerto de Hong Kong, con la que nos acercamos a la ciudad. Tras hacer los trámites de aduana, llegamos a Shenzhen y allí, con otro taxi parecido, los acercamos a Dongguan, donde Javier tenía su coche aparcado en un hotel hasta donde llegan los taxis. Esta vez hemos optado por acercarnos en su coche hasta el metro más cercano, dejarlo aparcado y tomar un tren suburbano que nos ha acercado hasta Shenzhen. Aunque las estaciones no son pocas, el tren es moderno, cómodo y barato. Los trámites aduaneros de salida no son complicados y me sorprende el número de personas que encontramos a nuestro paso. Shenzhen es una ciudad muy reciente y muy dinámica. Es zona de actuación especial y ha crecido como la espuma.

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Vista del interior de auditorio y palacio de congresos

Antes de pasar la aduana de Hong Kong nos acercamos a un edificio próximo, dedicado todo él a la venta de gafas, todas copias de marcas buenas y a un precio casi de ganga. Y una vez más, el modelo chino de trabajo se pone en evidencia. La tienda elegida es ya conocida por Javier y su dueña une la simpatía y la profesionalidad con el buen hacer comercial. Quiero gafas bifocales, esas que en España tardan unos días y están por las nubes. Me explora cuidadosamente la vista, me habla del ligero aumento que he experimentado y ¡en hora y media! Las gafas son una realidad.

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Vista de la torre portuaria, corazón de la concesión inglesa

No me resisto a abastecerme bien: unas para Iñigo, otras para Javier, mis bifocales a las que añaden unos cristales oscuros para el sol, otras gafas de sol, y unas sólo de lectura que ella me recomienda. Las seis por algo más de 300 euros, precio que encuentro muy razonable. Aprovechamos para dar un paseo por Shenzhen y comer algo para dar tiempo a recoger las gafas. Una comida suave, también en un italiano, para compensar el exceso de anoche.

 

Tras recoger la mercancía, pasamos la aduana de Hong Kong. Una riada de gente que no se de donde sale se arremolina junto a los puestos de entrada. Volvemos a coger un tren que nos llevará hasta el centro de la ciudad. Hong Kong apenas tiene 1000 kilómetros cuadrados, y es una estrecha franja costera muy montañosa con más de 200 islas en su entorno. De ahí que la población crezca en altura y los bloques de entre 20 y 30 pisos sean los ordinarios. Todo distribuido donde se puede, ganando al mar y a la montaña espacios en otros ámbitos inverosímiles.

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Imagen de Javier consultando su móvil en el jardín adyacente a la torre portuaria

Hong Kong es caótico y fascinante. Acompañados de nuestra inseparable maleta, nos acercamos a la bahía, el lugar de la concesión inglesa durante 150 años y contemplamos la archiconocida línea de rascacielos situada enfrente de nosotros. Allí compiten el HSBC de Foster y el Banco de China de Ming, de arquitecturas señeras y divergentes los dos. Descansamos en la orilla, hacemos unas fotos, miramos los primeros whatsssaps que ya entran con normalidad y enviamos los primeros mensajes. Hong Kong es todo lujo, limpieza, verticalidad y comercio, con edificios para el ocio y la cultura. El palacio de la música ocupa un espacio central y está formado por un moderno edificio blindado al exterior, con un interior deslumbrante. Veo magníficos reclamos de óperas y conciertos que van a tener lugar próximamente y todo tiene un aire más occidental que Cantón.

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Aunque la tarde está nublada, la foto permite apreciar el sly-line más característico de Hong Kong con los rascacielos al fondo

El eslogan “un país, dos sistemas” que ha sido una realidad desde el traspaso de poderes a finales de los ochenta del pasado siglo, funciona, aunque el precio sea la reducida libertad política. Las dos banderas, la china y la hongkonesa, ondean en los edificios y el lujo está a la vista en las tiendas y marcas de moda que invaden el centro.

Damos un paseo y nos acercamos a Nathan Road y buscamos los autobuses que llevan al aeropuerto. Javier quiere volver pronto, porque el trayecto para él también será largo y tiene que pasar de nuevo los trámites de aduanas. Nos despedimos, le doy las gracias por su acogida, le manifiesto mi contento por el viaje, nos damos un abrazo. Le pido que cuide de Mikel y de Carmen y nos despedimos hasta el verano. Hemos mirado vuelos y hay uno directo y reciente de Shenzhen a Madrid que parece que le gusta. El aeropuerto está a dos horas de casa y le evita los trámites engorrosos de la frontera. Si Dios quiere, los tres estarán con nosotros un mes el próximo verano.

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Las tiendas de lujo se alinean en una de las calles centrales de la ciudad

El viaje al aeropuerto tiene su interés, con un alarde de carreteras y puentes para salvar desniveles. Mediante puentes, permiten unir las islas y tener un tráfico relativamente fluido. El aeropuerto, inmenso y más hermoso de lo que me había parecido a la venida, es obra gigante de Foster y ocupa una isla artificial.

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Las estructuras verticales predominan en el conjunto urbano de Hong Kong

Está considerado uno de los mejores del mundo y resulta fácil y operativo. En 15 minutos he resuelto los trámites y me dirijo a la zona de embarque. Tengo cuatro horas de tiempo que se me pasa volando. Miro correos y whatssapps acumulados, leo detenidamente la prensa española con Cataluña dando guerra todavía, hablo con María Luisa y comentamos las primeras impresiones.

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El viaje hasta el aeropuerto permite disfrutar de hermosas vistas y grandes infraestructuras

Embarcamos a las doce y cuarto, y a la una y quince despegamos. Espero tener un buen viaje.

 

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