Impresiones de un abuelo en China

Dongguan

Vista parcial de la ciudad de Dongguan

Permítanme que hoy, día festivo para muchos y jueves santo con clara evocación religiosa para otros, mi reflexión tenga un tono marcadamente personal. Pero acabo de llegar de China y quiero trasladarles mis impresiones sobre lo que he visto y vivido en mis dos semanas largas de estancia.

A finales del siglo XIX, un italiano de apellido Felloni, natural de Bedonia, en la región de Emilia-Romagna, se instaló en el pueblo alavés de Bernedo. Desconozco la razón exacta de su llegada, pero probablemente tuvo que ver con la situación económica de la familia, que no era precisamente voyante. Aquel emigrante, que era mi bisabuelo paterno, tenía un apellido que le sonó raro al secretario municipal y decidió castellanizarlo. Años después la familia se trasladó a Los Arcos donde Román Felones, mi abuelo, echó raíces. Mis otros apellidos -Morrás, García de Galdeano, Arbizu- me vinculan más a una tierra que considero la mía, y a la que he dedicado buena parte de mi tarea profesional. Convencido como estoy de que la pureza está en la mezcla, como cantaba Pau Donés, el cantante de Jarabe de Palo, he intentado no sacralizar nunca mi tierra de pertenencia, pero agradezco haber nacido en ella en una época en la que ha pasado de ser una región pobre y agraria a otra caracterizada por su alto nivel de bienestar, aunque no falten problemas que solventar ni retos a los que enfrentarse.

Ese espíritu inquieto del antepasado Felloni italiano parece haberse encarnado de nuevo en mi hijo Javier que, tras recorrer varios continentes, ha recalado como profesor de español en la Guanmei International School, una escuela internacional situada en la ciudad china de Dongguan, a mitad de camino entre Hongkong y Cantón. Allí conoció a la psicóloga del centro, que hoy es su esposa, y allí nació mi nieto, un niño oficialmente chino llamado Mikel Felones Wu. ¡Como para creer en esencias patrias! Los tres estuvieron este verano en España, pero para celebrar su primer aniversario decidí trasladarme a Dongguan donde he pasado con ellos dos semanas. Lo más hermoso que me ha ocurrido es poder compartir con mi nieto unas jornadas inolvidables, solos los dos mientras sus padres trabajaban: comer juntos, disfrutar juntos, salir al mercado, pasear por el barrio, compartir el parque infantil con otros niños y abuelos chinos, y visitar en familia la ciudad y las dos urbes próximas. Y todo ello sin poder intercambiar todavía palabras, pero felices y unidos por un sentimiento de pertenencia que espero que perdure mientras viva, pese a los mundos tan distintos en que previsiblemente habitaremos. Para empezar, el del lenguaje. Me consuela pensar que mi torpeza con los idiomas nunca será para él obstáculo alguno. Su padre le habla en castellano, su madre en inglés y sus abuelos chinos en mandarín y cantonés. En conjunto los tres idiomas con mayor número de hablantes de la tierra. Idiomas, por cierto, que los hijos de algunos españoles amigos de Javier residentes en la ciudad hablaban con fluidez entre ellos, en una velada en la que tuve el gusto de participar.

Pero más que las andanzas de familia, a ustedes probablemente les interesará mi impresión de lo visto estos días. Se lo resumo no en dos palabras como Jesulín, sino en una: impresionante. Guangdong, la provincia en la que vive Javier, es aproximadamente una tercera parte que España y tiene más de 100 millones de habitantes, con Cantón (14) y Hongkong (8) como ciudades más conocidas. Es el principal centro fabril de China y se le considera “el taller del mundo”. Mi foto de situación es la siguiente: La que está llamada a ser la primera potencia mundial en no más de 20 años, es oficialmente un régimen comunista que ha conseguido sacar globalmente de la pobreza a la nación más poblada de la tierra, vive un sistema de capitalismo salvaje propiciado por la desregulación casi total de las condiciones laborales, está inmersa en un consumismo frenético y con la euforia propia de quienes van mejorando a marchas forzadas su situación económica, y está dotando de infraestructuras gigantescas al país para modernizarlo y articularlo. Pero a esta cara más positiva se contrapone otra más negativa: aumento creciente de las desigualdades sociales y grandes deficiencias en los tres ámbitos en los que se define un estado del bienestar: salud, educación y servicios sociales. En el ámbito político, la ausencia de libertades se concreta sobre todo en una rígida censura de prensa que hace que ni whatsapp, ni youtube, ni google estén disponibles, y que la televisión china, con sus 16 canales, marque la postura oficial y casi única. Pero seamos conscientes de la realidad. Hoy, el mapa del mundo ya no tiene a Europa como centro neurálgico. Ese centro se ha desplazado a China y la vieja Europa y la península ibérica son el extremo occidental, el auténtico Finis terrae del nuevo mundo. Aún dentro de la globalización creciente, no dejo de preguntarme: ¿cómo vivirá mi nieto estas dos realidades?

Diario de Navarra, 29/3/2018

 

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