El euskera ante el espejo

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Matías Múgica, filólogo, traductor y escritor

 

Para que un país civilizado y moderno esté bien gobernado deben concurrir al menos dos factores: tener una clase política honesta que aspire al bien común y sostenerse en una administración profesional y competente. Pese a que todo sea mejorable, creo honestamente que el bienestar de la Comunidad Foral se debe en primer lugar al trabajo y esfuerzo de la ciudadanía, sin olvidar la parte imputable a la clase política -pese a su mala prensa actual- y a los funcionarios.

Todos conocemos casos de funcionarios probos -mujeres y hombres, hoy día internacional de la mujer-, eficientes, bien preparados y con criterio propio. Personas que no necesariamente ocupan los niveles más altos de la administración, sino que desarrollan su tarea como funcionarios rasos o, como máximo, jefes de negociado y de sección. Uno de ellos, Matías Múgica, fue entrevistado por Íñigo Salvoch el pasado domingo en Diario de Navarra. Las dos densas páginas de la magnífica entrevista están llenas de conocimiento, lecturas y plurilingüismo.

El pamplonés Matías Múgica es nativo en castellano y francés, aprendió la lengua vasca por la curiosidad que sintió de niño al oir a su abuela hablar el dialecto labortano al otro lado de los Pirineos, domina el inglés, el alemán y el italiano, ejerció como traductor hasta 2001, y actualmente trabaja como editor en la sección de Publicaciones. Los que de una u otra forma estamos vinculados al mundo del libro sabemos de su buen gusto, sus buenas maneras, su sabiduría y su buen hacer. Suyos son algunos textos de la colección didáctica Chipi-Txapa, Margarita de Angulema. Una princesa del Renacimiento y Con letra aguda y fina. Navarra en los textos de Julio Caro Baroja, del que es compilador. Como traductor, acaba de recibir el Premio Euskadi de Literatura por la traducción al euskera del poemario Le Testament, obra del poeta francés del siglo XV François Villon.

Lo dicho hasta aquí le acredita como un funcionario culto, ejemplo no inusual en nuestra administración. Pero lo que me ha movido a dedicarle estas líneas es su opinión autorizada, clara y rotunda sobre un tema que valora, conoce y ama como pocos: el euskera. Como lingüista lo tiene claro: “el euskera es lo más interesante que hay en este entorno, en un radio de varios miles de kilómetros a la redonda. Es un prodigio lingüístico que en este rincón de Europa quede una lengua prerromana.” Tiene claro también cuál debería de ser el objetivo de la política lingüística: “centrar el esfuerzo en la comunidad tradicional de hablantes para los que el euskera es la lengua propia”. En consecuencia tacha de “error brutal haber pasado el foco de las políticas lingüísticas de las comunidades tradicionales de hablantes a la reimplantación en Tafalla o a la implantación en Tudela”. Lo que llama “purpurina nacionalizadora” tal vez sirva para la construcción nacional, pero muy poco para garantizar el futuro de la lengua. Sostiene que “lo que indica la vitalidad del idioma es el uso espontáneo y no inducido” y, en consecuencia le parece “que el aumento del conocimiento no tiene nada que ver con el aumento de uso. Si alguien pensaba hace unos años que en Pamplona se iba a hablar euskera hasta por las esquinas, eso era puro delirio”.

Frente a la muy extendida opinión de que la Ley del Vascuence -título elegido con el visto bueno de José María Satrústegui, secretario de Euskaltzaindia, en las negociaciones en las que participé de forma directa-, frena el desarrollo del euskera, Múgica opina que “la zonificación responde perfectamente a la realidad. Ahora, cuando el objeto de la política no es respetar la realidad, sino crear a martillazos una realidad nueva, la zonificación no sirve”. Y aún avanza un paso más. Está a favor de que el euskera se contemple como requisito allá donde sea necesario para atender al administrado, pero que cuente como mérito para un puesto para el que no tiene relevancia laboral es un peligro. Y culmina su lúcida flexión con la siguiente frase: “Si hubiera un poco mas de racionalidad y un poco menos de visceralidad emocional y ventajismo ideológico, tendría que ser posible llegar a un acuerdo político para defender el euskera en Navarra sin que nadie se vea mermado en sus derechos”.

Perdonen que el entrecomillado sea especialmente abundante. Pero yo, que no hablo euskera pero que luché denodadamente para que, de acuerdo a lo previsto en la ley, todo aquel que quisiera pudiera hacerlo, me siento totalmente identificado con sus reflexiones. Nadie tiene la verdad absoluta en este tema. Pero a Matías Múgica le sobra amor a la lengua, conocimiento y cordura como para que sus reflexiones no caigan en saco roto.

Diario de Navarra, 8/3/2018

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