Una pequeña historia del belén

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Nacimiento del Belén del Príncipe. Palacio Real de Madrid

Pese a las nuevas y recientísimas costumbres que nos han inundado, estoy seguro que muchos de ustedes han dedicado parte de este mes de diciembre a poner el belén familiar. Y muy probablemente, pese al cuidado con el que envolvimos las figuras el año anterior, alguna habrá perdido un brazo o un pie. Así lo cantan los niños y mayores de Oteiza en su villancico más popular: “Otra vez he puesto/ y es un año más/ el belén de siempre/ que está en el desván./Nos trae alegría/ de la navidad/ recuerdo y nostalgia/ de los que no están./ La pastora es coja/ baila con un pie/ el pastor es manco/ así está el belén/ uno sin cabeza/ otro sin los pies/porque siendo niños/ jugamos con él…”

Con permiso de mi buen amigo el profesor Ricardo Fernández Gracia, el verdadero especialista navarro en el tema, permítanme que les resuma en unas pocas líneas una pequeña historia del belén.

Sus orígenes se relacionan más que con los escuetos relatos evangélicos, con los apócrifos y el teatro de Navidad, que tuvo un amplio desarrollo desde la Edad Media. Un hito en su historia fue la escenificación que ideó San Francisco de Asís en 1223. De ahí que los franciscanos, en su ramas masculina y femenina, se convirtieran en los propagadores de esta costumbre navideña. Pero, aunque se han conservado algunas figuras, apenas tenemos noticias de belenes y montajes durante la Edad Media y el Renacimiento. Fueron los siglos del Barroco los que dieron el impulso definitivo a los belenes, en una época en que la piedad y la religiosidad tendían a cautivar a los fieles a través de los sentidos.

Este carácter teatral, tan propio del barroco y tan bien adaptado a la historia que se pretende contar, es el hilo conductor de los belenes desde el siglo XVIII. Entre las múltiples calificaciones que pueden hacerse, me gustaría subrayar tres tipos que nos han dejado algunos de los mejores ejemplares históricos que han llegado a nuestros días.

El primero corresponde al belén conventual. En los monasterios de clausura, su preparación tenía carácter de rito litúrgico, y las figuras se iban incorporando a medida que avanzaban las fiestas que se celebraban: natividad, circuncisión, reyes, etc., variando la disposición de los componentes del conjunto. Fruto de la religiosidad de la época, no es inusual además que incorporaran ángeles con los atributos de la pasión o al propio Niño Jesús de la Pasión abrazado a una enorme cruz. Dado el hermetismo de la clausura, muchos de estos belenes son de uso exclusivo de la comunidad y no han podido ser mostrados hasta fechas muy recientes.

Más conocidos y populares resultan los vinculados a modelos napolitanos. Con destino a la corte o a casas nobles llegan figuras de terracota o madera, algunas articuladas, llenas de colorido y vida. De entre las que nos quedan en la Península Ibérica hay tres sobradamente conocidas: el belén del príncipe Carlos, hijo de Carlos III, compuesto de 180 figuras de 50 centímetros de altura, obra del valenciano José Esteve, y que puede admirarse en el Palacio Real de Madrid; el belén de Francisco Salcillo, conjunto encargado en 1776 al artista por un prócer murciano, en el que las figuras recrean un ambiente popular y pastoril vestidos a la usanza murciana; y el belén de la iglesia de Nuestra Señora de la Estrella de Lisboa, creado por Machado de Castro y consistente en más de 500 extraordinarias figuras de corcho y terracota.

El tercer grupo lo constituyen los belenes hogareños o particulares, que se generalizaron en España bien avanzado el siglo XIX. Las figuras de calidad, denominadas “de fino”, patrimonio de familias acomodadas e instituciones religiosas, se adquirían por encargo, Las más populares o “de vasto” se compraban en tiendas y mercadillos, importadas de tierras levantinas o granadinas. A estas figuras tradicionales de barro cocido le siguieron las procedentes de los talleres de Olot, correctas, uniformes y dulzonas que acabaron por generalizarse a lo largo del siglo XX. Lamentablemente, el paso del campo a la ciudad de buena parte de la población hizo que muchos belenes quedaran arrumbados y desaparecieran. Solo en los últimos años, gracias a la labor encomiable de los belenistas y otras instituciones, parece que la tradición se recupera en los espacios públicos, y el belén vuelve a estar presente, siquiera en su versión más escueta del portal, en muchas de nuestras casas.

Navarra conserva hermosos ejemplos de estos belenes históricos. Si usted tiene interés en conocerlos, el profesor Ricardo Fernández Gracia publicó el año 2005 un libro primorosamente editado, titulado Belenes históricos en Navarra. Figuras para la memoria. Dedíquele un rato estos días. Disfrutará como un niño. ¡Felices Navidades!

Diario de Navarra, 21/12/2017

 

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