Pablo Domínguez, misionero paúl

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El pasado 27 de julio les daba noticia del fallecimiento de Carmelo Velloso, un misionero paúl de Larraga, que había pasado su vida entre los presos de la cárcel de Martutene y los más pobres de Honduras. Hoy, sin cumplirse dos meses, debo hacerme eco de la muerte de Pablo Domínguez, también misionero paúl, en los últimos cinco años responsable de la iglesia de La Milagrosa de Pamplona.

Carmelo y Pablo, mis dos grandes amigos de la adolescencia y primera juventud en los paúles, han pasado los últimos meses de su vida, unidos por el dolor y la enfermedad, entre la residencia de La Milagrosa y el hospital de San Juan de Dios. Y han tenido ocasión de asumir, aceptar y pasar por el crisol de la reducción y el sufrimiento una vida de entrega, según el ideal y el carisma de su fundador, San Vicente de Paúl.

Pablo nació en Tornos (Teruel) en 1950. Huérfano de padre desde muy joven, su familia se trasladó primero a Zaragoza y después a Cataluña. Él ingresó con 10 años en el colegio de Teruel para estudiar humanidades. Durante 5 años, en Cuenca, Madrid y Zaragoza, fuimos compañeros y amigos y compartimos inquietudes humanas y espirituales. Gocé de su amistad y admiré sus virtudes humanas y cristianas, concretadas en una personalidad sana y alegre, una actitud de servicio siempre presente y una vocación firme.

Cuatro ámbitos han centrado su vida y su misión, todos ellos perfectamente acordes con el carisma vicenciano: la formación de seminaristas en los años ochenta, un periodo convulso en el que las vocaciones religiosas empezaban a disminuir drásticamente; el acompañamiento a los jóvenes, una pastoral difícil a la que él dedicó algunos de los mejores años de su vida; el acompañamiento a las hijas de la caridad, una tarea casi permanente y especialmente querida en su actividad; y las misiones populares, la actividad más conocida de los paúles a lo largo del siglo XX. Pero los años del padre Langarica ya habían pasado, y el viejo y altisonante modelo de misión que tantos éxitos había cosechado no se adecuaba a las nuevas necesidades pastorales. Pablo se aplicó con entusiasmo y entrega, junto a otros compañeros suyos como Luis Mª Martínez Sanjuán, a diseñar nuevas fórmulas, nuevos estilos y nuevos equipos de sacerdotes, hermanas y seglares para continuar la misión tradicional. Los últimos años los pasó al frente de la iglesia de La Milagrosa, animando el culto y acompañando a emigrantes y marginados a través del programa Manos Abiertas.

El funeral, celebrado el pasado 20 de septiembre en esta misma iglesia, fue todo un compendio de su vida y estuvo pleno de simbolismo. En el recinto eclesial, levantado por Víctor Eusa en forma de nave ascensional -la nueva arca de Noé-, nos reunimos, presididos por el provincial, David Carmona, representantes de toda la familia vicenciana. Su familia de sangre, con su hermana Pili al frente, que venida de Cataluña le ha acompañado durante toda la enfermedad; buena parte de sus compañeros de congregación, llegados para despedir a una persona especialmente querida; una nutrida representación de hijas de la caridad, prueba del cariño y el poso que Pablo ha dejado entre ellas; y amigos varios de uno y otro signo, muchos de ellos feligreses de La Milagrosa.

La confianza que él tuvo en Dios y que dejó patente en conversaciones con unos y otros (“Lo tengo asumido, Román”, me dijo en mi última visita al hospital) se hizo presente en los cantos y las palabras pronunciadas en el funeral. Examinado de amor al atardecer de su vida, y puesto que Dios es amor, no tengo duda de que lo ha recibido en su amistad y que descansa junto a Él. Quiero pensar además que su funeral fue un aldabonazo positivo para todos. Así creí apreciarlo en el símbolo de la luz. Pese a las tormentas, la nave continúa, y allí en las vidrieras del techo apareció un rayo de luz que parecía decirnos: “No temáis, yo estaré con vosotros hasta el fin del mundo”.

Diario de Navarra, 25 de septiembre de 2017

 

 

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