El gatopardo

El Gatopardo

La preparación de un viaje a Sicilia con mis alumnos del Aula de la Experiencia de la UPNA , me ha dado la ocasión de volver los ojos a la buena literatura que ha dado la isla. Dante asegura que en la corte de Federico II, que reinó entre 1197 y 1250, nació la literatura italiana: “todo lo que de poético se creó antes de nosotros los toscanos, se llama siciliano”. Pero es en los últimos cien años cuando la gran tradición cultural de la isla cristaliza en un magnífico conjunto de hombres de letras que recogen una característica señalada por Leonardo Sciascia: “tener como materia y como objeto Sicilia, representándola como un medio de llegar a través de ella a la comprensión y al destino de toda la humanidad”. Y para subrayar la misma idea, remachaba: “Sicilia es el mundo”.

Puestos a resumir lo más selecto, éstos serían los autores más representativos: En el siglo XIX, Verga y De Roberto, autor de Los virreyes, su obra maestra, en la que realiza un retrato despiadado de la degeneración de una clase social, coincidente con la dominación española. En el siglo XX, Pirandello, autor de El difunto Matías Pascal, premio Nobel en 1934; Lampedusa, al que luego nos referiremos; Quasimodo, poeta que obtuvo el Premio Nobel en 1959; y Sciascia, del que hace escasas semanas les glosé su libro El contexto. El siglo XXI tiene un líder indiscutible, Camilieri, autor de los relatos policiacos de Montalbano, el culto, melancólico y fatalista comisario de provincias que permite al autor hacer un retrato crítico pero entrañable de la Sicilia provinciana. Por cierto, una interesante entrevista con el escritor acaba de aparecer en el Diario de Navarra del 17 de julio.

De entre todos los citados, El gatopardo de Giuseppe Tomasi de Lampedusa, tal vez sea el más conocido, apoyado en la película del mismo nombre, magistralmente dirigida por Visconti.

 

El gatopardo es una novela escrita por Giuseppe Tomasi di Lampedusa entre 1954 y 1957, y publicada una vez muerto su autor. Narra las vivencias de don Fabricio Corbera, Príncipe de Salina y su familia entre 1869 y 1910. El título se refiere al leopardo jaspeado que aparece en el escudo de armas de la familia. En mayo de 1860, tras el desembarco de Garibaldi en Sicilia, don Fabricio, personaje inspirado en el bisabuelo del autor, asiste con distancia y melancolía al final de una época. La aristocracia va a ser sustituida por la burocracia y la burguesía, la nueva clase social emergente, aprovechando la llegada del nuevo régimen generado por la unificación italiana. Su sobrino Tancredi, un oportunista que combate en las filas garibaldinas, destinado inicialmente a casarse con Concetta, hija del Príncipe, lo terminará haciendo con la bellísima Angelica, hija de Calogero Sedára, un prestamista y usurero burgués de origen humilde, que hará carrera como político. La vida del Príncipe transcurre con monotonía y desconsuelo, hasta que muere en una anónima habitación de hotel en Palermo en 1883, cuando regresaba de Nápoles adonde había acudido para unas visitas médicas. En su palacio próximo a Palermo vivirán sus tres hijas, dedicadas a coleccionar falsas reliquias hasta su muerte en 1910.

Cartel

Más importante que la historia en si misma, la novela es un magistral fresco de una familia, una época y un territorio. De su lectura, que recomiendo vivamente, extraigo algunos párrafos memorables:

– “Un Falconeri debe estar a nuestro lado, por el rey.

Los ojos volvieron a sonreir.

-Por el rey, es verdad, pero ¿por qué rey?

El muchacho tuvo uno de sus accesos de seriedad que lo hacían impenetrable y querido.

– Si allí no estamos también nosotros -añadió-, ésos te endilgan la república. Si queremos que todo siga como está, es preciso que todo cambie. ¿Me explico?”.

“Después de cenar, a las nueve, tendremos el placer de ver a todos los amigos. Donnafugata (el feudo propiedad de Don Fabricio) comentó extensamente estas últimas palabras. Y al príncipe, que no había encontrada cambiada a Donnafugata, se le halló, en cambio, muy cambiado, a él que nunca antes hubiera empleado tan cordiales expresiones. Y en aquel momento, invisible, comenzó la declinación de su prestigio”.

“Un castigo de Dios, excelencia, un castigo de Dios. Y todavía no vemos más que el principio de la carrera de don Calogero: dentro de unos meses será diputado en el Parlamento de Turín. Dentro de unos años, cuando se pongan en venta los bienes eclesiásticos, pagando cuatro cuartos, se quedará con los feudos de Marca y Fondachello y se convertirá en el mayor propietario de la provincia. Este es don Calogero, excelencia, el hombre nuevo como debe ser. Pero es una lástima que deba ser así”.

“El sueño, querido Chevalley, el sueño es lo que los sicilianos quieren; ellos odiarán siempre a quien los quiera despertar, aunque sea para ofrecerles los más hermosos regalos. Y, dicho sea entre nosotros, tengo mis dudas con respecto a que el nuevo reino tenga en la maleta muchos regalos para nosotros”.

“Esta violencia del paisaje, esta crueldad del clima, esta tensión continua en todos los aspectos, estos monumentos, incluso, del pasado, magníficos, pero incomprensibles porque no han sido edificados por nosotros y que se hallan en torno como bellísimos fantasmas mudos; todos estos gobiernos que han desembarcado armados viniendo de quién sabe dónde, inmediatamente servidos, al punto detestados y siempre incomprendidos, que se han expresado sólo con obras de arte enigmáticas para nosotros y concretísimos recaudadores de impuestos, gastados luego en otro sitio: todas estas cosas han formado nuestro carácter, que así ha quedado condicionado por fatalidades exteriores además de una terrible insularidad de ánimo”.

“El príncipe estaba deprimido: Todo esto no tendría que durar, pero durará siempre. El siempre de los hombres, naturalmente, un siglo, dos siglos… Y luego será distinto, pero peor. Nosotros fuimos los Gatopardos, los Leones. Quienes nos sustituyan serán chacalitos y hienas, y todos, gatopardos, chacales y ovejas, continuaremos creyéndonos la sal de la tierra”.

Ficha bibliográfica: LAMPEDUSA, G.T. de, El gatopardo, Seix Barral, Barcelona, 1983.

 

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