Viaje a Sicilia. Del Jónico al Tirreno (VII)

El día se inicia de muy primera hora, ya que a las 7,30 estamos en ruta. Son muchos los kilómetros que nos separan de Palermo y debemos llegar de buena hora, porque Verdi nos espera.

Desandamos el camino transitado el día anterior, todo a pie del Etna, con la ventaja añadida de que el gigante hoy se nos muestra casi al completo. Y la vista no deja de ser sorprendente. El mar, con sus irisaciones plateadas al fondo; tras la ciudad y sus urbanizaciones, que se han apoderado de toda la costa, los feraces campos de cultivo mediterráneos con los naranjos como elemento dominante; y a los pies del Etna, una serie de pueblos que conviven con un volcán que de vez en cuando asusta, pero da más de lo que perjudica: tierra buena, turismo en alza y fuente de riqueza. Hoy la cumbre está nevada y presenta una vista de postal.

La autopista serpentea la costa, horadada por túneles y con numerosos viaductos. Es una lástima que una obra de infraestructura tan costosa tenga un mantenimiento tan deplorable: Firme en malas condiciones, continuos cierres de carriles y obras interminables en marcha. Enzo nos ratifica que nunca la ha conocido sin obras.

Tras pasar por Taormina, divisamos en lo alto Calatabiano, uno de los lugares inmortalizados por Andrea Camilieri y el comisario Montalbano. Al fondo, los montes Peloritani dejan entrever pueblos encaramados a la montaña, esa Sicilia rural que nunca visitamos, hermosa en su decrepitud y que tanto nos recuerda a nuestra España rural. Una gran iglesia normalmente barroca dedicada a la Virgen, una serie de casas en laderas, muchas personas mayores, escasos jóvenes que se han ido a la ciudad y al norte en busca de mejores condiciones de vida, y ausencia casi absoluta de niños. En mis tiempos universitarios, cuando pasé tres veranos en Ginebra allegando recursos para el curso siguiente y practicar el francés, uno de mis compañeros de trabajo era un joven de Trapani. ¿Qué habrá sido de él? ¿A dónde le habrá conducido la vida?

Nos acercamos a Messina, la punta nororiental de la isla, donde solo tres kilómetros la separan de Calabria y la punta de la bota de la Italia peninsular. Cien veces azotada por los terremotos y cien veces reconstruida, Messina espera pacientemente la construcción del puente atirantado sin pilares más grande del mundo. ¿No sería mejor con ese dinero mejorar radicalmente las infraestructuras de la isla para facilitar un desarrollo equilibrado y sostenido? Esas y otras reflexiones nos desgrana Laura, nuestra guía siciliana, que ama profundamente su tierra y la conoce como la palma de su mano.

El enclave, pese a estar marcado por viaductos y urbanizaciones de escasa calidad, es de una gran belleza. No sorprende que la mitología griega situara aquí a Scila y Caribdis, porque las corrientes del estrecho hacían muy peligrosa la navegación por estas aguas, cosa que ahora, con los grandes ferris, no plantean gran dificultad. Su posición estratégica convierte a Messina en el segundo puerto de Sicilia, tras Palermo.

Y del Jónico, el mar griego por excelencia, al Tirreno, que nos vincula ya más directamente al mundo romano. Continuamos por la autopista, igualmente desvencijada, hasta llegar a a Milazzo, con fortaleza española y salida de los barcos hacia las islas Eolias, conocidas sobre todo por su actividad volcánica y hoy dedicadas al turismo de calidad. Vulcano, Lípari y Strómboli son las más conocidas.

Allá arriba, casi colgando como balcón sobre el mar, se alza Tyndaris, la ciudad griega y sus restos arqueológicos. Junto a ellos se levanta el santuario más popular de toda Sicilia. Una Virgen negra procedente de Oriente de origen bizantino, del tipo Monserrat, es la patrona del santuario. Se celebra una gran romería el 8 de septiembre, festividad de la Natividad de la Virgen María y día mariano por excelencia junto con el 15 de agosto. El santuario está reedificado muy recientemente, sin especial interés artístico, pero digno y respetuoso con las formas de la tradición siciliana. Hay celebración litúrgica, cánticos incluidos. Pero son solo cuatro fieles los que asisten un 26 de enero a la misa de las 11 horas. Las vistas sobre el Tirreno, las islas Eolias, los montes Peloritani, la Rocca di Novara y el golfo de Patti y sus pequeños lagos es especialmente hermosa.

Tras la parada y la visita, de nuevo al autobús hacia Cefalú, siempre a la orilla del mar, entre túneles y viaductos. Divisamos otro de los parques naturales de la isla, los montes Nebradi y, poco a poco, nos acercamos a Cefalú, la principal visita artística del día.

Cefalú nos retrotrae de nuevo a la edad media y la época normanda, con la ventaja añadida de que el enclave y el urbanismo no han perdido el encanto de antaño. En el interior de la catedral realizamos una pequeña síntesis de todo lo visto, dado que es el último edificio que visitamos. La catedral contiene restos griegos en las columnas monolíticas reaprovechadas; el edificio responde al mejor momento árabe-normando del siglo XII, con el espectacular Pantocrator del ábside; y el barroco siciliano está presente en el crucero y en detalles del conjunto. Un buen ejemplo de convivencia de estilos y del esplendor del arte en esta isla privilegiada.

Un restaurante junto al puerto nos permite apreciar una buena cocina marinera. Mejillones con tomate y un pescado muy agradable son los ingredientes de la comida en un espacio que mira al mar.

El tramo hasta Palermo nos depara la sorpresa de que nuestro chófer, Enzo, debe comenzar mañana otro servicio y debe dejarnos. Adelanto la despedida prevista para la noche y agradezco en nombre del grupo la labor siempre ingrata y no demasiado valorada del chófer. Un viaje es el resultado de muchos elementos que deben estar bien coordinados: un buen destino, una buena preparación, una buena organización, un tiempo aceptable, una buena guía y un buen chófer, entre otros. Enzo ha demostrado profesionalidad, amabilidad y buen trato, y ha respondido en condiciones extremas. El día de Érice puso a prueba todas estas cualidades. Y Laura también ha demostrado conocimiento, saber hacer, disponibilidad y buena mano. A ella debemos, en buena medida, la sorpresa que nos deparará esta tarde la ópera.

 

Anuncios