La evolución de la fiesta

Glosas

Cuando lea estas líneas en la mañana del 6 de julio, Pamplona, la capital de tercer orden, aquella a la que hasta hace unos años le faltaba universidad y le sobraban cuarteles y conventos, habrá estallado en una fiesta continua.

La ciudad y la fiesta han evolucionado con el paso de los años. No podía ser de otra manera si recordamos que la diminuta y enclaustrada ciudad de principios que siglo, que apenas superaba los 30.000 habitantes, hoy tiene 200.000 a los que se suman los muchos navarros que tienen por copatrón a San Fermín, para los cuales Pamplona es su segunda fiesta patronal después de las de su pueblo. Si a eso añadimos la masiva invasión de foráneos, los corsés físicos y anímicos del casco viejo pamplonés han saltado necesariamente por todos los lados. En acertada frase del profesor Ricardo Fernández Gracia, “las fiestas constituyen un fenómeno dinámico, que aparentemente se han secularizado y se han vuelto más lúdicas, identitarias y supralocales. Se han hecho más espectaculares y menos rituales”.

Pamplona ha visto recogido en un libro de José María Iribarren, Pamplona y los viajeros de otros siglos, las opiniones de los extranjeros que pasaron por la ciudad. “Los viajeros de siglos anteriores son, a decir verdad, bastante parcos y bastante insulsos en sus noticias y comentarios (…) Fuera de un militar granadino -don Jacinto Aguilar- que describió muy detalladamente los Sanfermines del año 1629, y del pícaro Estebanillo González, que nos descubre sus truanerías, los demás dicen poco de provecho. A partir del siglo XVIII, los viajeros que nos visitan aportan datos y consignan observaciones de interés y de enjundia. Así la descripción de los Sanfermines del año 1766 que escribió el amanuense y colega del Padre Enrique Flórez, o la que de las fiestas del año 35 del último siglo hizo un inglés que se firmaba “Poco Más”. Pero la estampa más preciosa y completa, la más emocionante y colorista que un autor extranjero haya podido dedicar a una capital española es la que en 1843, en plena madurez de su talento literario, escribió Víctor Hugo sobre Pamplona”. Dejo de lado la aportación de Hemingway, por suficientemente conocida y glosada.

Pero aunque el mismo Iribarren diga que “aprendemos a saber cómo somos cuando nos vemos retratados o juzgados por los demás”, son los escritores autóctonos los que de verdad han profundizado en el carácter y sentido de la fiesta. Una fiesta cuya verdadera esencia se encuentra con más verdad en los apuntes de los cronistas locales que en los sesudos estudios de socíólogos o etnólogos.

De estos cronistas, la ciudad ha tenido cuatro, a mi juicio magníficos, a lo largo del siglo XX. Ángel María Pascual fue el primero en el tiempo y el de mayor calidad literaria. Sus Glosas a la ciudad no se detienen especialmente en los sanfermines, pero nadie como él acertó a evocar la vida de la Pamplona de posguerra. Su artículo dedicado a las Vísperas de 1946 es especialmente hermoso: “Hay muchos que opinan ser las Vísperas, el 6 de julio, lo mejor de las fiestas. Serán quizás los mismos que, entre todas las horas del día, prefieren la frescura del amanecer. Pero a partir de este punto, el ramo de visperistas se bifurca en dos grandes grupos. Del 6 de julio prefieren unos el momento del mediodía, cuando un cohete arranca doce meses de tetricópolis, de habitualidad y de rutina, y se los lleva por el aire para pulverizarlos allí arriba en el humo del primer estampido. Otros prefieren las cinco y media de la tarde, cuando el Ayuntamiento se asoma a la puerta de la casa consistorial y Cervantes y Berruezo levantan en el aire la batuta para arrancar el primer compás del Vals de Astráin (…) Baja la clerecía con sus capas rojas con el escudo de la ciudad. Inciensos,cortesías, reverencias. Y lejos, un eco de voceríos, de carreras de chiquillos, de charangas discordes y dormidas, tras la gruesos muros en la tarde candente de la Taconera”.

José María Iribarren reunió sus artículos desde los primeros años treinta hasta 1968 en el libro Sanfermines, editado por esta casa. Es la colección más nutrida y vivaz sobre los diversos aspectos de la fiesta en los años de la posguerra y el desarrollismo. El testigo lo recoge, y de qué manera, José Miguel Iriberri, que durante muchos años, en este mismo medio, ha tomado la temperatura de la fiesta como el verdadero doctor de cabecera de la nueva Pamplona. ¿Para cuándo la recopilación de sus apuntes? Y finalmente, Juan José Martinena, siempre al quite con sus crónicas de la Pamplona que fue y que, pese a los embates de la modernidad, se resiste a dejar morir sus ritos y liturgias.

Les aseguro que yo quería hablarles de dos momenticos nuevos: el almuerzo masivo de la mañana del 6 y la transformación de la ciudad en blanco y rojo entre las 11 y las 12 de esa misma mañana. Pero donde hay patrón no manda marinero. Y hoy he preferido que hablaran los que saben. ¡Felices Sanfermines!

Diario de Navarra, 6/7/2017

 

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