En torno a los panteones reales de Navarra

Lescar

Lápida en bronce de la catedral de Lescar

En 1991, el Gobierno de Navarra editó un libro institucional titulado “Sedes reales de Navarra”, en el que colaboraron un buen elenco de prestigiosos historiadores, dirigidos por Luis Javier Fortún. El texto pretendía ofrecer una exposición sistemática de la huella histórica y artística que el Reino de Navarra ha dejado en las ciudades y lugares que albergaron la sede de sus monarcas o los panteones regios durante los siete siglos en los que Navarra fue reino independiente. Pese a los años transcurridos, el texto, profusamente ilustrado y bellamente editado, sigue conservando el interés de antaño.

La parte tercera del texto está dedicada a los panteones regios. Fruto de su rica y azarosa historia, los restos de los monarcas se encuentran dispersos por distintos lugares. Pese a las reducidas dimensiones del reino, sorprende la larga lista de panteones reales: Leire, Monjardín, Oña, Nájera, San Juan de la Peña, Huesca, Pamplona, Roncesvalles, Saint Denis, Ujué, Santa María de Nieva, Poblet y Lescar.

El mausoleo regio es una constante de civilizaciones y pueblos distintos. Se trataba no solo de contener los restos mortales de los monarcas, sino de convertir a los mismos en foco de atención y punto de referencia para los súbditos. El lugar unía intereses religiosos y políticos y tendía a ser el mismo para toda la dinastía, a fin de convertirlo en un símbolo visible de la misma. Los casos de Leire y Pamplona, por señalar los dos panteones más ilustres, son los más representativos.

Leire es un curioso caso de mausoleo itinerante, que acogió a personajes de la familia real durante los siglos IX, X y XI. A raíz de la desamortización de Mendizábal, los restos han estado en un arcón de madera en Yesa, en dos ocasiones; de nuevo en el monasterio en un ataúd marmóreo “bizantino”; y finalmente en una arqueta de madera situada en un arcosolio del muro norte de la iglesia. Una placa de bronce describe los nombres de los monarcas cuyos restos contiene el arca.

El panteón de la catedral de Santa María de Pamplona es el más importante de la monarquía navarra. A partir de 1134, con García Ramírez el Restaurador, se convirtió en el panteón habitual de los soberanos navarros, que manifestaron su deseo de reposar en el mismo lugar donde habían recibido la unción y coronación real. El hundimiento de la catedral en 1390 hizo desaparecer casi todos los sepulcros previos a Carlos III. Hoy el mausoleo por excelencia es el de Carlos III y doña Leonor, obra maestra del llamado gótico borgoñón, labrado por el maestro Jean Lome entre 1413 y 1419. A sus pies, una lápida instalada en 1903, recuerda los numerosos miembros enterrados bajo el mausoleo, correspondientes a las dinastías reales de los siglos XII al XV.

Tienen también carácter colectivo, aunque en menor número, los panteones de Nájera (García Sánchez III el de Nájera, 1035-1054 y Sancho Garcés IV el de Peñalén, 1054-1076); San Juan de la Peña (Sancho Ramírez, desde 1076 rey de Pamplona y su hijo y sucesor Pedro I, 1094-1104); y Saint-Denis, a las afueras de París (dinastía Capeta, reyes de Francia y de Navarra entre 1274 y 1349).

En algunos casos, fueron los propios monarcas quienes eligieron un destino peculiar, normalmente por razones afectivas. A ese modelo responden los casos de Monjardín (Sancho Garcés I, 905-925 y García Sánchez I, 925-970); Oña (Sancho el Mayor, 1000-1035); Huesca (Alfonso el Batallador, enterrado en 1134 en el castillo de Montearagón, hoy en San Pedro el Viejo); Roncesvalles (Sancho VII el Fuerte, 1192-1234); y Ujué (corazón de Carlos II, 1350-1387);Pero no siempre pudieron ser respetados los designios reales, debido a la coyuntura política de cada momento. De ahí la existencia de sepulcros aislados, situados en lugares inicialmente no previstos. Es el caso de Santa María de Nieva (Blanca de Navarra, 1425-1441); Poblet (Carlos Príncipe de Viana, muerto en 1461 y Juan II, rey de Navarra y Aragón, muerto en 1479); y Lescar (Francisco Febo, Juan de Albret y Catalina, todos en la segunda mitad del siglo XV y primeros años del siglo XVI).

El pasado 5 de junio, en el marco de un viaje de estudios al sur de Francia con mis alumnos del Aula de la Experiencia de la UPNA y Los Arcos, del que les hablaré en la próxima entrega, nuestra primera parada fue Lescar, pequeña localidad situada cerca de Pau, en el Bearne. Su catedral románica posee un valor artístico indiscutible, pero para los navarros, monárquicos o no, tiene un evidente valor sentimental. En el presbiterio, una modesta placa de bronce señala: “Aquí están inhumados los reyes de Navarra de la familia Foix-Bearn”. También ellos pidieron en su testamento ser enterrados en la catedral de Pamplona, pero los avatares políticos lo impidieron. Afortunadamente, una iniciativa presentada hace unos años por Bildu en el Parlamento de Navarra, más política que histórica, pidiendo su vuelta, no prosperó. Allí reposan en paz. Pero si ustedes pueden acercarse, merece la pena hacerlo. En el recinto, sentirán el latido su historia.

Diario de Navarra, 22/6/2017

 

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