Viaje a Sicilia. La quintaesencia clásica (V)

Tras algunos problemas de intendencia, recupero el relato del viaje a Sicilia que dejé interrumpido en el mes de marzo.

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Vista del teatro griego de Siracusa

El viaje de Catania a Siracusa es un compendio de las bellezas de la isla. El mar, siempre el mar azul, a uno de los lados. Al otro lado, la mole del Etna en todas sus expresiones: entre nubes, con nieve en la cumbre, limpio o con fumarolas, según horas y condiciones meteorológicas. Y en medio, un territorio feraz, que en el tramo que nos ocupa abarca la buena agricultura mediterránea, sobre todo naranjos.

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Entrada a la Oreja de Dionisio

Siracusa es, sobre todo, la presencia griega en la isla. El primer monumento visitado es el teatro, excavado en la roca de la colina con todos los elementos perfectamente visibles. Las fotos se suceden por doquier, ¿quién puede resistirse a inmortalizar su imagen en el espacio que conoció la interpretación de tragedias griegas, comedias romanas y espectáculos variados durante ocho siglos, hasta que la prohibición a finales del Imperio Romano acabó con todo tipo de espectáculos.

En la misma cantera rocosa se encuentra otra sorpresa de la ciudad, la llamada Oreja de Dionisio, un espacio natural utilizado como cárcel en determinadas épocas. El grupo no se resiste a experimentar su sonido natural y entona una melodía tradicional que suena muy bien entre el eco y la inmensidad del espacio.

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Restos de edificios de época griega en Ortigia

De los aledaños de la ciudad griega, dejando a un lado el moderno santuario de la Virgen de las Lágrimas, pasamos a la isla de Ortigia, verdadero corazón de Siracusa. Toda ella es un monumento, pero la palma se la lleva la catedral. He ahí un ejemplo de continuidad cultural de un edificio que se levantó como templo dórico en el siglo V a.C. y que, tras las adaptaciones propias de cada etapa, ha devenido en un conjunto dórico empotrado en un hermoso cascarón barroco.

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Vista de las columnas dóricas en el exterior de la catedral de Siracusa

Las columnas dóricas, con su friso y su arquitrabe todavía visibles, articulan el exterior e interior de una manera sorprendente. La gran portada barroca añade exotismo a la construcción y una hermosa interpretación de la columna en la articulación de la fachada. La plaza de la catedral probablemente deba añadirla a ese elenco de plazas que a veces cito como especialmente representativas. Completan el conjunto el palacio arzobispal, la iglesia del fondo y una serie de palacios hoy convertidos en veladores y restaurantes.

 

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Vista de las columnas dóricas en el interior

Recorremos a pie la isla de Ortigia para buscar el restaurante para la comida, que se encuentra enclavado en una callejuela con encanto. Su nombre, Ostrería de Mariano, nos remite a los restaurantes familiares tradicionales, con un menú aceptable.

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Vista de la fachada barroca de la catedral de Siracusa

Tras la comida tenemos un rato para pasear por el entorno marítimo, particularmente hermoso. El paseo marítimo dispone de unos gigantescos ficus, que sorprenden por su porte y elegancia.

La vuelta a Catania nos sigue deparando buenos paisajes, entre ellos la perspectiva del Etna, ya con la luz cambiante del atardecer. Y a esa hora en la que el sol enciende las fachadas e ilumina torres y estatuas, llegamos a Catania, la gran urbe del sur de la isla.

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Vista de la fachada barroca de la catedral de Catania

La plaza de la catedral es el punto de encuentro. De nuevo, el barroco siciliano se hace presente, en este caso con el color oscuro de la piedra basáltica que lo caracteriza. El elefante con su columna a cuestas, emblema y símbolo de la ciudad, nos reúne junto a un espacio jovial y animado.

 

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Vista de la plaza mayor de Catania con el ayuntamiento al fondo

Pero la ciudad ofrece mucho en un espacio acotado. La tumba de su hijo más ilustre, Vincenzo Bellini, al que está dedicado también el teatro de ópera, ocupa la primera de nuestras visitas. Sus iglesias son abundantes y ricas, barrocas en su mayor parte. Sus palacios, también barrocos y que sin exagerar pueden contarse por docenas, nos hablan de su antiguo esplendor, aunque buena parte de ellos necesitan alguno más que una buena mano de pintura. Y también, como sorpresa adicional, sus fiestas religioso-festivas.

 

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Tumba de Vincenzo Bellini en la catedral de Catania

Es 24 de enero y dentro de unos días se celebrará Santa Águeda, patrona de la ciudad. La calle principal, la vía Etnea, está cortada porque una estructura a modo de baldaquino, a mitad de camino entre paso procesional y templete gastronómico, es llevada en andas por unos jóvenes entunicados que procesionan acompañados de una banda de música más profana que religiosa.

 

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Vista de la procesión cívica en honor de Santa Águeda

De nuevo la expresión religiosa mediterránea aparece en una de sus características representaciones. Es casi de noche, pero no queremos privarnos de un paseo por una de las colinas adyacentes al centro de la ciudad, dedicada a albergar los colegios y conventos masculinos y femeninos que se levantan en la urbe tras la última erupción del Etna. Da la impresión de que se ha producido una verdadera competición entre las órdenes religiosas y sus donantes para levantar el edificio más amplio y lujoso. Un reto entonces, y un reto ahora para encontrar financiación y nuevos usos a un patrimonio desbordante.

 

Catania, estoy seguro, ofrece mucho más, pero la noche se ha echado encima. Tomamos una cerveza al aire libre en una de las concurridas cafeterías de la calle principal. Es una noche fresquita pero agradable, no en vano estamos en enero.

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Exterior de uno de los conventos situados en la colina

Un día sin duda intenso, del arte clásico al barroco. En una y en otra época, Sicilia parece encontrarse como pez en el agua. Y Catania, la resurrecta nueve veces, quiere unirse a la fiesta. Nada ha podido con ella, ni la naturaleza, ni la mafia, ni la mala praxis política. El futuro no lo tiene fácil, pero con estos antecedentes uno no puede ser pesimista.

 

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