Una tendencia preocupante

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Vista aérea del colegio actual

Aunque no exenta de borrones, la morfología urbana de Pamplona es ordinariamente definida como equilibrada, bien articulada y de una calidad más que aceptable. Hasta comienzos del siglo XX, la ciudad apenas experimentó variaciones significativas respecto del modelo medieval, caracterizado por casas de planta rectangular, largas y profundas, con la fachada estrecha, una tipología gótica que perdurará a través de los años. Las murallas, en los siglos XVI y XVII, los palacios urbanos en el siglo XVIII, y la creación de infraestructuras y equipamientos ciudadanos en el XIX, marcarán los hitos básicos de su desarrollo y evolución. Es a comienzos del siglo XX cuando la ciudad experimenta el tirón definitivo que le dará el aspecto que hoy presenta.

La primera etapa de este siglo corresponde a la época de los Ensanches, con pequeñas experiencias de ciudad jardín, vivienda barata o monumentalismo de posguerra. La segunda etapa, que se inicia con el Plan General de Ordenación Urbana de 1957, nos trajo la eclosión de los principios del Movimiento Moderno, con mejor o peor fortuna. La tercera etapa comienza en la década de los setenta, y sus manifestaciones se podrían sintetizar en la recuperación de formas y teorías que la repetición de la herencia del Movimiento Moderno había soslayado. La cuarta etapa se concreta en una expansión de la comarca de Pamplona que no tiene precedentes, con actuaciones dispares como Mendillorri, Sarriguren, Ezcaba, Buztintxuri o Ripagaina, además de otros desarrollos de ciudad extendida en diferentes puntos de la comarca. El balance, en palabras de José María Ordeig y Laura Rives, podría ser el siguiente: “En definitiva, tenemos una ciudad que muchos visitantes envidian. Estamos creciendo, para bien o para mal, como nunca hacia la Comarca. Hay un buen hacer profesional a nivel de diseño y podemos, además, realizar una reflexión teórica sobre el particular con el apoyo académico. Falta quizá una mayor toma de conciencia de lo que significa el salto comarcal, a la luz de los parámetros actuales. Pero Pamplona, durante todo el siglo XX ha tenido recursos suficientes para acometer los nuevos retos y planteamientos urbanísticos que se le presentaron”.

En este panorama que podríamos denominar, sin ánimo peyorativo, de “aurea mediocritas”, se han sucedido las polémicas urbanísticas. La última a la que estamos asistiendo es la correspondiente al Plan Salesianos, que básicamente consiste en la construcción en el extrarradio pamplonés de un nuevo centro educativo adaptado al siglo XXI, pagado básicamente con las plusvalías generadas por la venta de la parcela, lo que implica necesariamente, para que la operación sea viable, la aparición de unas torres que rompen la relativamente armoniosa línea de los ensanches.

La polémica ha suscitado un jugoso debate en este mismo medio: por un lado, acreditados arquitectos partidarios y detractores del plan; por otro, articulistas que aducen argumentos educativos y urbanísticos para mostrarse a favor o en contra del proyecto. Sin duda, todos tienen su parte de razón. Permítanme, por tanto, que yo exprese la mía, abordando un punto de vista complementario que no ha aparecido todavía en el debate.

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Simulación de las nuevas torres en el terreno ocupado por el colegio

La ciudad, a lo largo del siglo XX, ha acumulado en su recinto urbano una serie de centros educativos, normalmente vinculados a órdenes religiosas, que han desarrollado un importante papel en la formación de las clases medias y populares. Algunos de estos centros se han quedado obsoletos y con demasiada alegría y poca reflexión, en algunos casos previo pelotazo urbanístico, han sido desplazados a la periferia. ¿Qué ha perdido la ciudad? Mucho, especialmente la ciudad central, envejecida y con poco tránsito infantil y juvenil. El colegio servía al barrio, daba vida, hacía ciudad y articulaba la trama ciudadana. El nuevo colegio periférico es menos ciudadano, no tiene vínculo con la ciudad y a la postre es mucho más caro y menos ecológico, dado que casi todos los alumnos deben ser transportados. Y esto, no un día, sino todos los días del año y todos los años de vida del centro, que se cuentan por décadas. El ejemplo de maristas o el nuevo colegio Izaga, son buenos ejemplos de esta tipología.

Hecha esta reflexión, aunque mi propuesta ya no sea factible, me atrevo a verbalizarla: Salesianos debería quedarse donde está. Y dada su contribución innegable al desarrollo de la educación en Navarra, debería de recibir las ayudas necesarias para que el nuevo proyecto, racional y medido, fuera factible. Eso sí, inserto dentro de la planificación general de la enseñanza que corresponde a la administración. Creo que la educación, la ciudad y el ecosistema urbano saldrían ganando. Y si no es posible hacerlo, que sirva al menos de reflexión para otros casos futuros que, sin duda, se presentarán.

Diario de Navarra, 8/6/2017

 

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