Y ahora, la bandera

Bandera

¡Menuda racha la del gobierno de Navarra, sostenido por el cuatripartito! A una política educativa errática y sectaria, que partidarios como se dicen de la escuela pública están consiguiendo el aumento de la concertada, se han unido en las últimas semanas asuntos nada menores: un decreto sobre el euskera en la enseñanza y en la administración, que está levantando ampollas; una previsible modificación de la ley para ampliar la zona mixta, sin estudios sociolingüísticos que la avalen; y una modificación de la ley foral de Símbolos de Navarra para, digámoslo sin ambages, conseguir que la ikurriña ondee en ayuntamientos y edificios oficiales.

Hagamos un poco de historia. La bandera de Navarra viene usándose como símbolo de la Comunidad Foral desde 1910, siendo izada en días singulares. Desde 1982, con la LORAFNA, las banderas oficiales ondean permanentemente en las fachadas del Palacio de Navarra y en otros edificios institucionales. Finalmente, la ley foral de Símbolos de Navarra de 2003 define la bandera como “expresión de la identidad de Navarra, de su unidad como Comunidad Foral y de la solidaridad entre todos los ciudadanos que la habitan y de éstos con el resto de ciudadanos de España”.

Pese a la claridad de las normas, debemos reconocer que ni las autoridades forales, ni las estatales, ni las municipales han sido celosas en su cumplimiento. En unos casos, las banderas no se exhibían; en otros, faltaba la de España; y en algunos más, se añadía permanente o puntualmente la ikurriña. Enredados en otros asuntos, éste nos parecía cuestión menor. Y aquellos polvos trajeron estos lodos. ¿Qué tratamiento tiene la bandera en los países de nuestro entorno, impecablemente democráticos? Un tratamiento digno, nada vergonzante, el del símbolo que une e identifica. Y ésa debería de ser la pauta también entre nosotros.

Pero el actual gobierno, sostenido por un cuatripartito en el que dos partidos se confiesan abiertamente nacionalistas y los otros dos dicen que no lo son pero ejercen como tales, ha propuesto y el Parlamento ha aprobado, de nuevo por una exigua mayoría de 26 votos, la derogación de la ley de Símbolos que prohibía la exhibición de otras banderas. En teoría todas serán posibles a partir de ahora, pero la realidad se impondrá en las próximas semanas o meses. Veremos ondear en ayuntamientos y edificios oficiales la bandera de la Comunidad Autónoma del País Vasco o Euskadi, y tal vez para despistar, alguna otra ocurrencia exótica. Para justificar este hecho, bastante insólito en el mundo al que pertenecemos, se parte de una falacia: que las banderas representan sentimientos y que el objetivo es la inclusión y la concordia para que todos nos sintamos representados. Y esto es falso. Las banderas representan pertenencias políticas, en nuestro caso, “la expresión de la identidad de Navarra y de su unidad como Comunidad Foral”. ¿Acaso se impide a alguien enarbolarla en su balcón, en la calle o en cualquier manifestación social, cultural o política? Claro que no, pero se pretende un paso más, darle carácter institucional. De ahí el interés en ascender de la calle al balcón municipal o al edificio oficial.

Y de nuevo aquí, el gobierno y los grupos que lo apoyan no se han atrevido a ir de frente. Han decidido traspasar la responsabilidad a los ayuntamientos, como en el caso del paso de los municipios a la zona mixta. ¿Recuerdan ustedes la guerra de las banderas que caracterízó a los veranos de muchos de nuestros pueblos? Aquí está de nuevo, a la vuelta de la esquina. Las mociones, las presiones y las tensiones van a volver a nuestros salones de plenos, con el riesgo de que desciendan a bares, tertulias y familias. Y la convivencia es un valor superior con el que no deberíamos jugar.

No está en mi ánimo incitar a ninguna rebelión ni motín, sino todo lo contrario. Por eso no me parecen oportunas algunas iniciativas que estoy viendo en las redes sociales, tratando de contraponer lo vasco a lo navarro. El componente euskaldún de Navarra es parte esencial de su identidad y está integrado en su cultura. La jota pertenece tanto a los que hablamos castellano como a los que hablan euskera. Y el vascuence es un patrimonio de todos los navarros, también de los que no somos vascoparlantes.

Termino con otro símbolo: el himno. Reconozco que me gusta más la música, la “marcha para la entrada del Reyno”, obra de los siglos XVII-XVIII, que la letra, compuesta por Manuel Iribarren en 1971. Pero su tercera estrofa contiene un mensaje muy de actualidad: “En cordial unión/ con leal tesón,/ trabajemos y hermanados/ todos lograremos/ honra, amor y paz”.

Diario de Navarra, 6/4/2017

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